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19 de abril: día del indio americano

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Día de la convivencia en la diversidad cultural

En Pazcuaro (México, 1940), se reunieron grupos aborígenes en una asamblea y proclamaron una vez más sus derechos.  Quedó establecida la conmemoración del día del indio americano y se fundó la Asociación Indigenista Interamericana.

2003: conmemoración en Chubut...

El 19 de abril de 1998, en “El Maitén” -provincia de Chubut-, se realizó la primera Fiesta del indio americano con la participación de distintos grupos aborígenes.  En sucesivas ceremonias expresaron algunas de sus creencias y tradiciones; exhibieron la destreza de los jinetes y expusieron diversas artesanías y comidas típicas de la zona. [1]

Sabido es que “El Maitén se encuentra rodeado por distintas comunidades aborígenes como las colonias ‘Vuelta del Río’ y Pastoril Cushamen... la más importante dentro de la Provincia”.

“Fiesta”... en Cushamen.

La población mapuche participa en la Fiesta del 19 de abril expresando su cultura y una vez más, en la ceremonia del camaruco elevan sus ruegos para poder vivir en paz disponiendo de los bienes necesarios para su desarrollo. [2]

Testimonio de un maestro...

“Mi destino patagónico se decidió el 23 de marzo de 1936.  Ese día, el Consejo Nacional de Educación, en su sesión habitual, resolvió designar maestro de tercera, a cargo de la Escuela Nº 15 Colonia Pastoril Cushamen (Chubut) al Maestro Normal Nacional, Julián Isidoro Ripa.   Me enteré de la noticia, un día o dos después, por el diario La Prensa, que tenía una sesión dedicada a esos informes”.  Julián nació Santa Rosa (La Pampa) y allí creció y como él lo expresaba: “soñé con el feliz momento en que, ya maestro, se me designara para un puesto en cualquier lado”.  Habían tenido en cuenta sus antecedentes: 19 años y egresado el año anterior.  Por eso, interpretó que si se le “confiaba la dirección de una escuela, no había que razonar mucho para comprender que si la escuela no estaba en el mismo infierno estaría en sus proximidades. Y, debo confesarlo, me entró miedo ¡Mucho miedo!  Como es natural, enseguida me puse a averiguar en qué parte del Chubut se hallaba la Colonia Pastoril Cushamen, y qué población tenía.  Supe que se trataba de una colonia indígena.  Mi total ignorancia de la realidad, hizo que aumentaran mis temores.  Me vi viviendo en medio de una toldería, rodeado de indios desnudos, con plumas y lanzas.  Creo que, de noche, hasta llegué a escuchar en sueños, sus feroces alaridos”. /.../  Venir de mi Santa Rosa natal, a esta región, era como viajar a la luna. /.../ El 16 de abril de 1936, tomé el tren en Santa Rosa, rumbo a lo desconocido, entre los abrazos y lloros de mis familiares, que me despedían como si fuera a la muerte.  Al poner el pie en el tren, aquel día, di a mi vida un rumbo del que jamás me he arrepentido.”  [3]

“Camaruco en Cushamen”

“Una redonda, gigantesca luna de marzo se ha posado sobre el filo de la planicie, frente a la escuela.  El rancho de la escuela, los sauces de la escuela, lucen, brillantes, en el iluminado cañadón.

El cacique me ha invitado al camaruco que tiene convocado para mañana. Como las ceremonias empezarán al alba, iré esta noche al lugar de la reunión.

Un caballo me espera ya ensillado.  Don Segundo me ha prestado, par que me luzca, un hermoso pampa que es su orgullo. También es en este momento, el mío.  Tengo la vanidad de mostrarme bien montado.

El pampa es redomón.  Aunque ya manso, tiene mucho brío, es vivaz en extremo, y lo asustan todos los movimientos, todos los ruidos, todas las sombras.

Estoy en la cocina, listo para emprender el viaje, cuando me han sobresaltado unos gritos y unas risas muy extraños en ese lugar y a esa hora.” /.../

“¿Puede nadie imaginar lo que siente un maestro aislado en una escuela solitaria, cuando de improviso sale de su rancho y se encuentra con dos condiscípulos, amigos de la infancia, casi hermanos? /  Pasados los abrazos del encuentro... ambos insisten en que tenemos que ir, quien sabe si se les presentará otra oportunidad igual.”

“Pasada la medianoche, tres alegres amigos partimos de la escuela hacia el mallín en que será la rogativa. Está a cuatro leguas, en uno de los lotes que fuera del caique.

La alegría de la llegada, la novedad de lo que vamos a ver, la conversación, han borrado del cuerpo de mis amigos las huellas del cansancio.

Las cuatro leguas hasta el mallín, en la clara noche de otoño, se nos hacen cortas.

Estamos ya en el lugar de destino; el mallín muestra un aspecto fantasmal.

Han venido en primitivas carretas, de todos los rumbos de la Colonia, familias enteras: mujeres, hombres, jóvenes, niños.

Los hay de los lugares más lejanos; de río Chico, de Fitamiche, de Blancura, de Ranquil-Huao...

Más de quinientos aborígenes han respondido a la amable invitación que el cacique les hiciera llegar conforme con el rito impuesto por la costumbre.

Saludamos a algunos. Pero tenemos que buscar en ese hacinamiento de carretas, de gente que duerme en el suelo, de fogones encendidos, de chicos que grita, de perros que ladran, de caballos que relinchan, un claro donde desensillar y tender nuestro apero para dormir un rato. /.../ Estamos muy excitados, el recado no es cómodo para nuestros cuerpos y el poncho no nos defiende suficientemente del frío.  Es fría la madrugada de otoño./ Nos levantamos. Se ven fogatas en todos los campamentos, por todos lados. Nos arrimamos a una de ellas en busca de calor.

Escuchamos un sonido monótono que en ese lugar y a esa hora tiene una profunda tristeza, como si viniera del fondo de la historia de este pueblo reunido en el valle.

El sonido proviene de un instrumento que toca el indio Esteban.  Está compuesto de una larga caña colihüe que tiene un cuerno en un extremo.  El indio Esteban es ciego.  [4]

La actividad que se nota en todos lados a la tenue luz del alba, indica que se ultiman los preparativos para la ceremonia.  En el centro del lugar elegido para ésta, se han enclavado, en filas, varias cañas colihüe.  Las identifico con un altar araucano.

Ya están todos los concurrentes ubicados alrededor de las cañas.  Frente a ellas, dos mozas, dos vírgenes, de dieciséis o diecisiete años.

Más adelante, dos caballos: completamente blanco el uno, y alazán el otro. Se mueven inquietos, sujetos por dos muchachones que parecen jugar un papel importante en el rito.

El cacique, desde su caballo, comienza a arengar, en su lengua a ‘la gente de mi tribu’.  Mujeres viejas, las ‘machis’, cantan acompañadas de sus tambores (cultrun).

Doscientos jinetes rodean la escena, mientras los caballos del frente son pintados con rayas de vivos colores.  También son pitados los mocetones que los sujetan.

Todo se mueve de pronto.  Gritos se suceden a gritos y una ola como de locura agita a caballos y jinetes.  Giran en torno al altar de cañas, mientas las ‘machis’ siguen con su canto invariable y con sus tambores.

Doña Carmencita, una india muy vieja, muy pequeñita, está de pie.  Su figura, su canto, su cultrun, imponen.  Las otras mujeres están sentadas.

Los caballos pintados, montados por los mozos, galopan al frente, portando sendas banderas argentinas sujetas a cañas.

A la luz del sol que asoma detrás de los cerros y comienza a alumbrar el mallín, la carrera desenfrenada de tantos jinetes sobrecoge el espíritu.

Hemos sido invitados a participar de la cabalgata, que integramos ignorantes de su significado”.  /.../

“En cada vuelta, cuando los jinetes miran al oriente, frente al sol que nace, detienen los caballos y mientras con una mano sujetan las riendas, mueven la otra, puño en alto, a manera de saludo.

El galope dura por lo menos una hora.  Los indios montan, en esta ocasión, sus mejores pingos, lucen su mejor apero.  Brilla el plateado en muchos recados. Resto celosamente conservado de días mejores.

Los caballos, sudorosos, se han detenido junto al altar de cañas.  Los más viejos han desmontado y allí, sombrero en mano, con sus largas, negras melenas, de rodillas, frente al sol dan grandes voces, parecen orar.

Hay a mi lado, quien me traduce lo que expresan: ‘Piden que haya un buen año para todos que no falte alimento ni a hombres ni animales. Que las plantas y pastos tengan agua...’

Sigue el vocerío invocatorio.

Ahora, los jinetes reciben de las ‘machis’ un jarrito lleno de un líquido que se extrae de unas tinas.  Es maíz, molido a diente, fermentado (mudai).

Con el jarrito en la mano, los jinetes galopan hacia el sol y efectúan una especie de aspersión de parte del líquido del jarro.  Con el resto, hacen signos sobre el anca de sus caballos.

Todos fuman, incluso los más pequeños, arrojando bocanadas de humo en distintas direcciones.  Es, sin duda, una parte del rito.

Comenzamos ahora otra fase de la ceremonia. Doña Carmelita que es, sin duda, la ‘machi’ principal, seguida de las vírgenes y de las demás ancianas, comienza a danzar, al son de su tambor, alrededor del altar de cañas.  Los mozos que cabalgan el caballo alazán y el caballo blanco, van delante, retrocediendo, tocando sus pufulcas (especie de pito araucano).  Se mueven en una especie de paso de baile hecho de pequeños saltos.

Doña Carmelita canta mientras baila.  Su canto es una quejumbrosa imploración.

El ciego Esteban acompaña la danza con el sonido de su trutruca.

Las demás mujeres concurrentes se van agregando al baile, formado de dos en dos detrás de las ‘machis’.

En sentido contrario, danzan en doble fila, los hombres dados de la mano, mientras marcan el compás con sus pufulcas.

Hace calor a mediodía y el baile sigue y sigue el monocorde sonar de la trutruca, de las pufulcas y de los cultrunes.  [5]

  Ceremoniosamente, el cacique me ha invitado a bailar.  Nos hemos dado la mano, serios, poseídos del clima que nos rodea.

He aprendido a dar los pasos de la danza.  Mis compañeros también danzan.

A media tarde, quienes han quedado preparando la comida, anuncian que todo está listo  Se hace, entonces un paréntesis, las ollas de puchero y los asados se ven rodeados por la concurrencia

Hay algo que me extraña: nos e ha tomado una gota de vino.  Es la primera reunión sin vino que presencio.

El vino está prohibido durante el camaruco, me informan.  Y la prohibición se respeta.  Es fácil imaginar cómo terminarían las ceremonias si hubiera libertad de beber.

Después de la comida, se reinicia el baile.  Siguen sonando, siempre iguales los cultrunes, pufulcas y trutrucas.  Una pesada capa de polvo, levantada por los pies de los oficiantes, nos han pintado de gris las caras.” /.../

“El camaruco durará tres días.  Pero, en nuestra fatiga, creemos haber visto bastante.

Nos despedimos del cacique y de los principales jefes de familia.

Emprendemos el regreso a la escuela.”

 

(Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.) 



[1] Los actos fueron organizados por la Agrupación Gaucha  “El Mensual” con el propósito de concretar “un justo y reconocido homenaje a nuestros compatriotas aborígenes” y de “reivindicar los derechos de los marginados y postergados por la conquista”...  Por iniciativa de la legisladora Isabel Césaro, esa Fiesta del indio americano fue declarada de interés provincial, y también  el Concejo Deliberante reconoció el interés municipal. # Entre las comidas típicas: queso cordillerano elaborado con leche de animales que por su alimentación generan un tipo característico; chicha que se obtiene del trigo molido y colocado en una bolsa donde después de ser machacado es lavado y molido con una piedra, luego se lo deja fermentar con azúcar quemada; también puede ser de manzanas que pasadas por un cedazo producen el líquido que también se deja fermentar.  Con el trigo hecho para la chicha, se elabora un pan que se cocina al rescoldo, es decir directamente cerca del fuego y aprovechando el calor de las cenizas.

[2] 2003: en la legislatura de Chubut, el bloque de diputados representantes de la Alianza, presentó “un proyecto de resolución solicitando al Poder Ejecutivo se declare de ‘interés provincial permanente’ la Fiesta del Aborigen a realizarse cada año en el mes de abril en la localidad de Cushamen, pueblo fundado por aborígenes y sus descendientes, ya que “importa una oportunidad de recuperación y revalorización cultural del pueblo mapuche y su idiosincrasia.”

[3] Ripa, Julián I. Recuerdos de un maestro patagónico. Buenos Aires, Marymar, 1ª ed. 1980, p. 1-2.  Leo en la primera página su dedicatoria: “A Nidia O. de Fontanini, maestra y escritora, con un cordial abrazo desde la cordillera patagónica. Esquel, 3 de Enero/81. Julián I. Ripa”.  Después, más cartas... y una prolongada pausa aunque sigue latente aquella amistad a perpetuidad.  # En otro relato, Ripa alude a la experiencia de ser “maestro convertido en profesor”. Sabido es que “durante los siete años que vivió en esa región, curso, con carácter de libre, la carrera de abogado”, en la Universidad Nacional del Litoral.  “Obtenido el título, debió renunciar para ejercer la profesión.  Se trasladó entonces a Esquel y durante los treinta y seis años siguientes siguió estrechamente ligado a los indígenas, a sus problemas, a sus dolores, a sus miserias.” Luego publicó Recuerdos de un abogado patagónico...

[4] Ibidem, p. 46-51. En las regiones andinas suelen usar dos instrumentos de viento de características similares: el erke y  la trutruca que es una rústica trompeta hecha de origen araucano: una caña flexible de 3 a 6 metros de largo, ahuecada y que permite emitir un prolongado sonido monocorde. Para la construcción usan cañas de  colihue cortadas longitudinalmente y extraída la pulpa, se unen los bordes y se insertan en una tripa de caballo fresca que al secarse mantiene firmes las dos partes. Generalmente para la ejecución, se apoya el pabellón sobre el suelo o un tronco.  Al tocador, lo nombran trutrukatun kamañ.

[5]Los cultrunes son semiesferas de madera seleccionada que después de ser ahuecadas son cubiertas con una membrana tensada mediante trencillas de crin que entrelazan esos bordes con un aro ubicado en la parte inferior externa.  Los sonidos dependen de la percusión con las manos o usando palillos.

 

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