11-06-2005 – Último Vuelo de Juan José Saer

Juan José Saer (1937-2004)

Aproximación biográfica.

Juan José Saer nació el 28 de junio de 1937 en Serodino, departamento, provincia de Santa Fe, República Argentina. Sus padres eran de ascendencia siria.

La familia se trasladó a Santa Fe de la Vera Cruz -capital de la provincia- en 1948.

El talentoso escritor Gastón Gori rememoraba aquel tiempo de acercamiento de Saer a su hogar, donde seguía floreciendo la bignonia. Ha recordado el préstamo de todas las obras del polaco Joseph Conrad (Teodor Josef Honrad Korzeniovski, 1857-1924) que estaban en su biblioteca y comentaba que Saer las leía con entusiasmo, sin apuro para devolverlas.

En funcionamiento la Escuela de Cinematografía dirigida por el pionero, poeta y peregrino Fernando Quique Birri (fines de la década del ’50), el escritor Juan José Saer fue Profesor de Historia del Cine y de Crítica y Estética Cinematográfica. Produjo algunos cortometrajes.

Obtuvo en 1968 una beca para perfeccionamiento durante seis meses en Francia y desde entonces residió en París. Casado con Laurence Gueguen, tenía dos hijos: Jerónimo y Clara.

Sabido es que tras emigrar a Francia dejó de editar en su país natal durante una década y media. A partir de diciembre de 1983, al comenzar la presidencia del doctor Raúl Ricardo Alfonsín -radical-, el santafesino Juan José Saer empezó a proyectar ediciones argentinas, como sucedió con la mayoría de los autores que se habían alejado por distintos motivos desde la década del ’70.

Realizó viajes por distintos países, desde mediados de la década del ’80 estuvo en Buenos Aires en varias Ferias Internacionales del Libro; pasaba por la capital santafesinas donde encontraba a hermanas y amigos.

Sus trabajos fueron publicados y comentados en diarios de distintos países, desde el 2002 fue colaborador de La Nación de Buenos Aires.

Fue profesor en la Universidad de Rennes. Jubilado en tales funciones al comenzar el siglo veintiuno.

En octubre de 2004, el jurado reunido en París le otorgó el “XV Premio Unión Latina de Literaturas Románicas” -creado en 1990-, compartido con el rumano Virgil Tanase. Los miembros del Jurado expresaron que habían valorado “una obra rica y variada de modo silencioso, alejado de los grandes circuitos de la publicidad literaria”.

En ese tiempo ya estaba enfermo (cáncer de pulmón) y al mes siguiente, no pudo asistir al III Congreso de la Lengua que se realizó en Rosario el 17 de noviembre de 2004 con presencia de los Reyes de España y envió una extensa carta que fue difundida por distintos medios. La semana siguiente, el 24 de noviembre entregaron aquel Premio en Roma y tampoco pudo estar para recibirlo.

Ocaso del siglo XX: algunas conclusiones de Saer…

Durante una entrevista en la capital argentina, Juan José Saer refiriéndose a las actuales tecnologías de comunicación social, dijo:

No es que los nuevos soportes no permitan una elaboración cultural, es que vivimos una invasión de productos industriales. El modo en que los grandes grupos monopólicos hegemonizan la cultura es inadmisible. Esto afecta severamente a la literatura porque afecta a la industria del libro”.

Acerca de los políticos argentinos y de las sucesiones presidenciales, expresó:

…en el fondo, en toda posición de privilegio se agazapa el fantasma de la tiranía”…

Es cierto que en este libro hay afirmaciones fuertes, pero son sencillamente opiniones. He perdido muchas certidumbres a lo largo de mi vida. No es tranquilizador, pero al menos uno se siente más humano”…

…parafraseando a Saramago: ‘No soy un escritor de izquierda, sino una persona de izquierda. Me considero socialista. Diría: un alfonsinista de izquierda, porque creo que Alfonsín tuvo ideas de cambio. Creo que los políticos no tienen derecho a decir que no se puede cambiar la realidad. Se les paga para eso. Yo quisiera extremar un poco las ideas de la Alianza, quisiera que fueran más atrevidas, más osadas. De todos modos estoy muy contento con su triunfo. Me hubiera gustado que ganara también en la provincia de Buenos Aires, pero me doy cuenta de que la gente está contenta, sobre todo por el equilibrio de poderes que resulta de esta elección’. Interrogado sobre el presidente saliente, Saer se indigna. ‘No puedo sino destacar la actitud inmunda (no creo que haya otra palabra) de Menem la noche de las elecciones. Su manera de minimizar el proceso democrático me pareció intolerable, una grosería frente a las instituciones’.” i

14-12-2004: mensaje de Saer desde París para “La Nación”.

El domingo 14 de noviembre desde el diario “La Nación” de la capital federal se difundió una carta enviada por Saer, invitado al III Congreso de la Lengua y convencido de no poder viajar:

…después de estudiar el minucioso programa de intervenciones, que aborda múltiples temas -lingüísticos, sociológicos, políticos o culturales-, pensé que el uso privado de la lengua, de importancia más circunscripta, podía tal vez resultar de algún interés puesto en relación con su uso literario. Desgraciadamente un impedimento mayor me privó de mi viaje, de manera que, para estar presente de algún modo en esa gran fiesta de nuestro idioma, decidí resumir mi trabajo en estas breves páginas. El lector de ellas observará que uso el término privado en el sentido de ‘no literario’, lo cual puede parecer un poco extravagante.

Pido disculpas de antemano por esa exagerada libertad semántica.

Los poetas latinos se nutrieron de cultura griega, y aunque adoptaron prácticamente todos los géneros literarios griegos, y sus lectores habituales conocían el griego tan bien como ellos, los trataron en latín.

En el siglo XIII, Dogen, el célebre maestro japonés del budismo zen, estaba exclusivamente nutrido de cultura china, pero escribió los 95 sermones de su tratado La verdadera ley, tesoro del ojo, el Shôbôgenzô, en japonés, tosca lengua vulgar inadecuada para la meditación según los prejuicios de la época. ‘Nosotros, los vulgares, no nacimos en la tierra del Medio (la China), y nuestro país es una orilla perdida en la loma del diablo’, escribe él mismo en su tratado, pero en japonés. Y el más ilustre de todos, Dante, que no requiere presentación, hizo del dialecto toscano la más universal de las lenguas poéticas.

Después de hacer un vibrante elogio del idioma gaélico, el gran poeta irlandés W. B. Yeats aclara: ‘Se preguntarán ustedes por qué, a pesar de este elogio del gaélico, he escrito toda mi obra en inglés. Pues porque si bien el gaélico es mi lengua nacional, el inglés es mi lengua materna’.

En el Río de la Plata, a principios del siglo XIX, un ejemplo modestísimo, pero de consecuencias decisivas para nuestra literatura, muestra que la elección de la lengua materna como vehículo expresivo en el contexto de una cultura literaria que prescinde de ella es un motivo constante en la historia de las letras. Me refiero a la breve obra de Bartolomé Hidalgo (1788-1822), el iniciador de la poesía gauchesca: de las ciento cincuenta páginas que en la cuidada edición de la Biblioteca Artigas de Montevideo constituyen su obra completa, las primeras sesenta se debaten en el esfuerzo inútil de imitar la retórica neoclásica que en esos años dominaba las letras hispánicas, tanto en la corte como en las colonias. Son imitaciones sin vida de una retórica vacía, sin filiación empírica ni referencias reconocibles. Hasta que, fechado en 1816, aparece el primer Cielito de la independencia, en el que, a partir de ciertas canciones populares, su lenguaje poético se transforma radicalmente, se vivifica y se regenera.

Con los Cielitos y los Diálogos patrióticos de Hidalgo, se estrena en literatura la lengua rioplatense, que en cierto sentido es y no es el español. El español sería el marco estructural de referencia del que el habla rioplatense, con el conglomerado histórico, multicultural y plurilingüístico que lo formó -aborigen, castellano, portugués, andaluz, gallego, y más tarde, inmigratorio-, obtiene su coloración específica.

Por supuesto que estas consideraciones a posteriori estaban excluidas de las intenciones de Hidalgo: soldado y funcionario militar durante las guerras de independencia, su objetivo era comentar en versos populares, a menudo festivos, los avatares de la guerra para incitar a los gauchos, en su inmensa mayoría analfabetos, con esa poesía oral, a enrolarse en la lucha contra los españoles. Nadie ignora este detalle pero el tema es otro: la imperiosa tendencia de la lengua en lo que tiene de más íntimo y privado a nutrir sin cesar la literatura y a producir, a partir de una estricta y subjetiva privacidad del uso lingüístico, figuras universales.

En el caso de Hidalgo y del género gauchesco, el hecho es evidente. Del primer Cielito, de 1816, a La vuelta de Martín Fierro, de 1879, el impulso inicial de la poesía gauchesca, con su picardía intencionada y jocosa, en la que se percibe sin embargo una atmósfera constante de desafío y violencia, el mero goce verbal de las formas populares -es decir, en cierto sentido, privadas, no consagradas literariamente- que recorre toda la historia de la poesía gauchesca, en el Martín Fierro de José Hernández aparece al servicio de una construcción narrativa y de un designio poético más ambicioso que cristalizan en situaciones y personajes novedosos y autónomos. El mero verso festivo se vuelve ironía trágica y el desafío juguetón amenaza sangre, muerte.

Cuando adoptaba el estilo neoclásico, Hidalgo desperdiciaba sus intenciones en los moldes de una retórica tan petrificada que todo estaba dicho de antemano en ella en forma convencional sin que ninguna idea, sentimiento, emoción, expresión nueva surgiese del texto. Sus poemas patrióticos en jerga neoclásica ni siquiera son poéticamente deplorables; peor aún: son abstractos y sin vida. Es cuando asume la privacidad del habla en sus textos que éstos se vuelven vivientes y fecundos. Los mismos temas tratados por dos retóricas diferentes son objetivamente en la página temas diferentes, contradictorios, irreconciliables.

El habla popular rural en tiempos de Hidalgo era privada en el sentido de que no estaba previsto su uso literario, intelectual o filosófico. Era, por decirlo de alguna manera, de uso doméstico. Es posible verificar en cualquier tradición literaria la evolución de los géneros, de los lenguajes y de las formas percibiendo de inmediato esa intrusión renovadora de estilos, léxicos, expresiones consideradas hasta este momento como no literarias. Como lo escribe en una carta a Balzac del 3 de octubre de 1840, Stendhal, mientras escribía La Cartuja de Parma, solía leer cada día dos o tres páginas del Código Civil para ‘ser más natural’. Este ideal de prosa narrativa, así como el torrente verbal joyceano que arrastra de todo en su corriente, ejemplifican por vías diferentes esa necesidad de toda literatura de renovarse de tanto en tanto anexando zonas de la lengua que estaban aparentemente destinadas a quedar para siempre fuera de ella.

La privacidad en sentido estricto, el uso personal de la lengua, es el jardín secreto en el que cada uno cultiva las especies de su predilección. En ese espacio íntimo, las leyes del idioma se relativizan y la infancia que persiste en el adulto, la ensoñación, la somnolencia incitan a veces a retorcerles el cuello a las palabras como otros antes a la retórica o al cisne. La acumulación asociativa única que el uso personal de las palabras obtiene en el transcurso de una existencia le da a cada una el tenor de una pieza única que reúne en ella, más allá del significado estricto que le atribuyen las gramáticas, la paleta multicolor de connotaciones recogidas en su ir y venir por los campos de la experiencia. El verde de la hierba no es un mero adjetivo, sino la vivencia simultánea de los mil matices de verde percibidos y almacenados en la memoria.

Esa intimidad con las palabras, solamente es posible en el ámbito de la lengua materna. Más allá de la corrección gramatical, de la pertinencia conceptual, en las zonas porosas y ambiguas del lenguaje, vecinas del fantasma o del sueño, de la interpretación subjetiva, de la materialidad pura del signo, en sus infinitos usos no literarios, la lengua materna nutre sus reservas inagotables y secretas de poesía.

Como ejemplo, bastan las tres grandes figuras de la vanguardia latinoamericana: Huidobro, Vallejo, Neruda. Podemos considerar cada una de sus poéticas como la consecuencia extrema de un uso privado del lenguaje. Altazor, Trilce, Residencia en la Tierra, libros tan diferentes entre sí, tienen sin embargo ese punto común, verificable a simple vista, a saber, las libertades insólitas que sus autores fueron capaces de atribuirse respecto de las normas, lingüísticas y gramaticales en general, y retóricas en particular, que reglamentaban en su tiempo la expresión poética. Huidobro, que escribió poesía en dos idiomas, castellano y francés, sólo cuando trabaja en su lengua materna alcanza una intensa invención verbal, como si el francés, su lengua de adopción, sólo le permitiese ejercer un ingenio limitado, más artesanal que verdaderamente poético, como el latín de Dante o la retórica neoclásica de Hidalgo. En francés, no es más que el epígono de Reverdy; en castellano, el inventor mágico de Altazor, prestidigitador inagotable del idioma.

En Residencia en la Tierra, el discurso poético parece a menudo no tener destinatario. El soliloquio se vuelve tan vagamente alusivo que por momentos resulta incomprensible; pero a pesar de la oscuridad de la anécdota, la emoción poética fluye sin interrupción. Las imágenes, las asociaciones parecen arbitrarias, inconexas, pero se integran en un paisaje rítmico y verbal de una coherencia ejemplar del principio al fin del libro. El texto surge directamente, sin mediaciones conceptuales, desde esa zona crepuscular donde el lenguaje es blando y moldeable y las asociaciones se liberan de las correspondencias lógicas entre las palabras de modo que nombre, adjetivo, verbo y prácticamente todas las otras funciones gramaticales son transgredidas por el uso privado del lenguaje.

Pero es César Vallejo el que más lejos ha llevado esa intrusión de la lengua privada en la poesía. La oscuridad vallejiana proviene de la materia subjetiva bruta que, sin explicaciones ni mediaciones, Vallejo incorpora al poema. El lector experimentado de esa poesía única termina reconociendo las evocaciones íntimas -recuerdos, fragmentos de recuerdos, imágenes despedazadas- que entran en cada poema y terminan por volverse procedimientos, elementos constructivos, apuesta retórica. El hermetismo cede después de repetidas lecturas como una fotografía que va revelándose, y sin alcanzar sin embargo una total nitidez, se reconoce en ella una escena de hospital, un recuerdo infantil, una instantánea callejera, percibidas imperfectamente por el lector a causa de la vaguedad misma que tienen en la memoria del poeta. Lo esencial del poema no es la escena en la calle, sino la vaguedad íntima que se ha vuelto materia poética.

Sin embargo, la intrusión de la lengua privada no siempre es hermética en la poesía de Vallejo. Uno de sus más célebres poemas, el número XXIII de Trilce, que es una evocación de la madre muerta comienza así: Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos / pura yema infantil innumerable, madre. Tres veces en el poema la palabra madre sirve para invocarla. Pero al final, cuando la emoción alcanza su mayor intensidad, la palabra íntima, doméstica, infantil, estalla en el último verso: cuando tú nos lo diste / ¿di, mamá? ‘Madre’ pertenece a la literatura; ‘mamá’ irrumpe de un trasfondo preliterario y hasta esa aparición desgarradora en la obra singular de Vallejo, parecía desterrada de antemano de toda poesía trágica. ii

Por Juan José Saer

Para LA NACION – París, 2004”

Obras editadas…

Cuentos

1961: En la zona. (Reeditado.)

1965: Palo y hueso.

1967: Unidad de lugar.

1976: La mayor.

1983: Narraciones 1 y 2. (Selección de relatos.)

1986: Juan José Saer por Juan José Saer.

Novelas

1964: Responso.

1966: La vuelta completa.

1969: Cicatrices.

1974: El limonero real. (Reedición, 2002.)

1980: Nadie nada nunca.

1983: El entenado. (Algunos críticos de arte la reconocen como su mejor obra.)

1985: Glosa.

1986: La ocasión. (Distinción: “Premio Nadal”.)

1992: Lo imborrable.

1994: La pesquisa.

1997: Las nubes.

2000: Lugar

2001: Cuentos completos. (Cuatro relatos inéditos, Seix Barral.)

Poesías.

1977: El arte de narrar. (Su producción poética…)

Ensayos

1988: Para una literatura sin atributos. (Conjunto de artículos y conferencias.)

1991: El río sin orillas.

1997: El concepto de ficción.

1999: La narración-objeto.

Desde París, su Último Vuelo…

Juan José Saer estuvo en las últimas semanas internado en el Instituto “Gustave Roussy”, un centro oncológico de París, Francia.

El sábado 11 de junio de 2005, anunciaron el fallecimiento de Juan José Saer en la primera página del diario “El Litoral” de la capital santafesina, la ciudad que tantas veces recorrió y describió en su original narrativa, el lugar que era su lugar aunque estuviera en el continente europeo porque siguen estando familiares y amigos…

Desde Italia informaban que el velatorio sería la morgue del Instituto donde falleció y que “podría ser enterrado el jueves próximo en el cementerio “Pèrre- Lachaise” donde están sepultados… Guillermo Apollinaire, Miguel Ángel Asturias, Honoré de Balzac, María Calas, Federico Chopin, Paul Eluard, Molière, Alfredo de Musset, Oscar Wilde…

Noticias desde “La Nación, donde colaboraba…

El domingo, desde La Nación de Buenos Aires, informaron:

“Murió Saer, uno de los escritores más prestigiosos de la Argentina.

El narrador y ensayista, de 67 años, estaba finalizando una ambiciosa novela.

Es el creador de una de las máximas expresiones de la literatura contemporánea.

Santa Fe es el escenario de casi todas sus obras, desde donde retrató la compleja experiencia humana.”

La periodista Raquel San Martín, escribió:

“A partir de ayer, miles de lectores -entre Santa Fe y el mundo- extrañarán la voz reconocible, compleja y entrañable de Juan José Saer. El narrador argentino, creador de una de las máximas expresiones de la literatura argentina contemporánea, murió ayer a los 67 años en París, donde residía desde hace más de tres décadas, cuando reapareció un cáncer de pulmón del que se había recuperado en los últimos meses.

La enfermedad lo sorprendió cuando trabajaba en los tramos finales de su ambiciosa novela ‘La grande’, que iba a publicarse en septiembre.

Narrador, cuentista, poeta y ensayista, a través de su vasta producción ficcional, Saer fue dando forma a un mundo literario propio, con un lenguaje complejo y particular, y una geografía precisa. La ciudad de Santa Fe y sus alrededores son el escenario de la mayor parte de su obra, en la que van y vuelven, se reencuentran y se pierden los mismos personajes (Carlos Tomatis, Pichón Garay, Barco, Ángel Leto, Washington, el matemático…).

Desde ese universo reconocible, donde los objetos y los detalles se describen con minuciosidad y dedicación, Saer abarcó toda la complejidad de la experiencia humana. La violencia, el tiempo, la memoria y la percepción; los vaivenes políticos del país y las discusiones literarias son una permanente inquietud en sus relatos.

Acerca de sus libros y ediciones…

Saer comenzó a publicar en la década del 60, una época de experimentación y vanguardia, sin pasar por Buenos Aires, lo que lo mantuvo alejado del canon literario oficial y motivó que su primera producción sólo fuera redescubierta años después.

Sin embargo, el autor -para quien escribir era una tarea ‘muy laboriosa y poco placentera’- fue construyendo un creciente grupo de lectores fieles, y sus obras se reeditan desde hace años con venta sostenida. Alejado de los circuitos literarios oficiales, para muchos Saer se situó en las últimas décadas, a fuerza de literatura, como el mejor escritor argentino vivo.”

Saer estaba a punto de terminar su más ambiciosa novela, en la que trabajaba desde hacía años y que había bautizado ‘La grande’, en referencia a las 500 páginas que ya había escrito y a la complejidad de trama narrativa y personajes. El relato transcurre en siete jornadas, a partir de un martes, e incluye al ‘elenco estable’ de personajes, como Saer lo llamaba, aunque el principal es Gutiérrez, un joven que presentó en un cuento de su primer libro, y que ahora retoma, 30 años después, cuando regresa a Santa Fe.

El autor ya había escrito y revisado -con su habitual prolijidad, pero particularmente obsesionado por este texto- cinco de las siete jornadas del relato, estaba a punto de terminar la sexta y tenía esbozada la séptima, que había imaginado como un epílogo. El Grupo Planeta tenía previsto publicar la novela en septiembre, ocasión para la que Saer iba a viajar a la Argentina. Además, la editorial tiene lista una recopilación de artículos publicados en diarios, llamada ‘Trabajos’.

Escritor preocupado por la posibilidad misma de contar, en una reflexión sobre sus narradores preferidos en LA NACION, Saer describió, sin proponérselo, el efecto que sus propias historias deparan a quienes se asoman a ellas: ‘Si buena parte de nuestras lecturas son obligatorias, las que nos transforman, nos conmueven o simplemente nos gustan coinciden de pronto con una zona irreductible de nosotros mismos, cuya existencia tal vez ignorábamos y que la lectura nos revela’.”

La novela inconclusa…

Declaraciones ante periodistas de distintos medios europeos y argentinos, generó expectativas entre los lectores de la producción literaria de Juan José Saer. Por la red de redes difundieron lo que había expresado desde París durante un diálogo con integrantes “Ñ”

El elenco estable está. Pero en este libro los personajes principales son algunos que fueron secundarios en otros libros y relatos míos. El gran protagonista aquí es Gutiérrez, que apareció por primera vez en el cuento Tango del viudo. Y también está Nula, un árabe que vende vinos”, contaba entonces. Los escenarios de la novela están situados en Santa Fe: la escena inicial del relato sucedía a orillas del río Colastiné, en las arenas de la playa Guadalupe

El día después…

Distintos medios han recordado parte de la trayectoria de este escritor santafesino que como tantos, emigró y vivió sus últimos días en otros continentes.

Desde La Nación han difundido las expresiones de “intelectuales argentinos” que “manifestaron su pesar por la muerte del autor de ‘El limonero real’.”

Necesito expresar que me conmovió el fallecimiento de Juan José, hombre… porque el autor perdura tras cada título, en sucesivos párrafos.

Aquí, lo dicho por escritores de Buenos Aires:

El Saer persona era lo menos semejante a su refinada literatura. Era un tipo fantástico, que te sorprendía con comentarios inesperados. Lo conocí en los 70, en París. Tuvimos una fuerte discusión en un seminario sobre Felisberto Hernández. El tenía una concepción muy aristotélica y chocó con mi punto de vista”.

Escritor y profesor de literatura Mario Goloboff.

La literatura Argentina perdió un gran estilista. Su escritura era muy refinada. Tenía un estilo propio inconfundible, casi respiratorio, que muy pocas plumas logran conseguir.”

Escritor y crítico literario Luis Chitarroni.

”Hay que rescatar la obra narrativa de Saer, que es de gran seriedad. Hay que recordar que Saer fue uno de los grandes escritores argentinos de la segunda mitad del siglo XX.”

Horacio Salas (ex Director de la Biblioteca Nacional.)

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Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

 

i Comentario del repotaje de Daniel Link, en “Artnovela”, portal de Cultura.

ii Es oportuno reiterar esta nota incluida en el trabajo titulado “TRILCE: ESCRITURA DE LA CONVULSIÓN Y EL DESASOSIEGO” por Mateo Goycolea de la Universidad de Chile: “…otra experiencia determinante en los años de Trilce es la de la cárcel, a raíz de una participación que absurdamente se le achacó a Vallejo en los disturbios que ocurrieron en Santiago de Chuco el 1 de agosto de 1920 (…) Vallejo había pasado dos meses de vacaciones en su pueblo; ya de vuelta a Trujillo a principios de julio, decide repentinamente regresar a Santiago, donde debían celebrase las fiestas del patrón del pueblo y donde la situación política era, dice Espejo, ‘sumamente candente’. Después de la asonada del 1 de agosto un juez instructor enviado de Trujillo ordena la detención de doce personas, entre las cuales estaban César Vallejo y dos de sus hermanos, Víctor y Manuel. A fines de agosto se le encausa como instigador intelectual de los sucesos, y entonces se esconde en la casa que Antenor Orrego poseía en Masinche, cerca de Trujillo. El 7 de noviembre es detenido en Trujillo y permanece en la cárcel de esta ciudad hasta el 26 de febrero de 1921. La experiencia de la cárcel fue precedida pues por la angustia de más de dos meses de persecución y vida clandestina.’ Ferrari, Américo. Trilce. En Vallejo, César. Obra Poética, p. 162. Edición crítica de Américo Ferrari. Editorial Universitaria, Colección Archivos, Madrid (primera reimpresión), 1997.