William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616)

William-Shakespeare

William Shakespeare nació en 1564 en la aldea de Stratford-on-Avon, en Inglaterra.

Hijo de un próspero comerciante de lana y “guantero” instalado en ese lugar.

A los 7 años ingresó en la Escuela de Gramática y han reiterado que el aprendizaje del latín “dejó huella imborrable en su vocabulario”.

Con la autorización de sus padres, siendo menor de edad se casó con Anne Hathaway, de 26 años. Su primera hija nació en 1583 y los mellizos Hamnet y Judith, veinte meses después.

Algunos biógrafos destacan que a fines de esa década, huyó porque lo perseguían “por el robo de un ciervo de los campos de un noble” y otros expresan que fue “en busca de fortuna”.

Sus primeros trabajos literarios estaban relacionados con adaptaciones de antiguas obras de teatro con la finalidad de ser puestas de escena. Fue actor y desde 1592 ante “una plaga” que obligó al cierre de los teatros, se dedicó más a la literatura logrando que al año siguiente, en Londres imprimieran por primera vez su poema Venus and Adonis” (Venus y Adonis). En 1594 publicó Lúcrece.

En algunas crónicas lo han comparado con un “ave de rapiña” o han reiterado que era “un plagiario incorregible” o destacan que en 1599, fue uno de los accionistas del Teatro Globe.

Como suele suceder aún, los lectores en aquel tiempo no podían distinguir si sus poemas eran autobiográficos. Aquí, una traducción:

En soledad lamento mi desastroso estado,

Con el cielo sordo a mis llorares,

Me veo y maldigo mi destino,

Deseando ser más rico en esperanza,

Caracterizado como él, como él rico en amigos,

Deseando el arte de ese hombre y sus alcances,

Con lo que yo más y el público estaba desilusionado.

Tal la traducción de esos versos que aproximan al significado de lo que expresó el talentoso Shakespeare, en “su idioma”, con diferente fonética…

Sabido es que al comenzar el siglo XVII, Shakespeare trabajó intensamente en la escritura de textos dramáticos y en 1603, ya había concluido las cuatro tragedias: Hamlet, Otelo, Rey Lear y Macbeth.

Han registrado que durante veinte años de trabajo literario, terminó treinta y siete obras; ciento cincuenta y cuatro sonetos hasta 1609 (sin hallarse los manuscritos originales)…

Soneto XXX

“Cuando en sesiones dulces y calladas

hago comparecer a los recuerdos,

suspiro por lo mucho que he deseado

y lloro el bello tiempo que he perdido,

la aridez de los ojos que me inunda

por los que envuelve la infinita noche

y renuevo el plañir de amores muertos

y gimo por imágenes borradas.

Así, afligido por remotas penas

puedo de mis dolores ya sufridos

la cuenta rehacer, uno por uno,

y volver a pagar lo ya pagado.

Pero si entonces pienso en ti,

mis pérdidas se compensan, y cede mi amargura.”

“Hamlet”…

Una de las obras más nombradas de William Shakespeare, es Hamlet.

Un drama que tiene como protagonistas a Hamlet, hijo del rey difunto que aparece como La Sombra y de Gertrudis, reina de Dinamarca; sobrino de Claudio, luego esposo de Gertrudis.

Polonio -lord chambelán-, era el padre de Ofelia y de Alertes. Cinco eran los cortesanos: Voltimand, Cornelio, Osric, Rosencrantz y Guildenstern.

Hacia el final del segundo acto, un cómico estuvo declamando “con buen acento y excelente expresión” de acuerdo a lo expresado por Polonio y tras un breve diálogo continuó, hasta que el lord chambelán dijo: “…Por favor, basta ya”.

En ese instante, Hamlet le recomendó:

“-…Mi buen amigo, cuidaréis de que los cómicos estén bien atendidos. ¿Oís? Haced que los traten con esmero, porque ellos son el compendio y breve crónica de los tiempos. Más os valdría un mal epitafio para después de muerto que sus maliciosos epítetos durante vuestra vida.”

Contestó Polonio que los trataría “conforme a sus merecimientos” y Hamlet, dijo:

“Dad a cada uno el trato que se merece ¿y quién escapará de una paliza? Tratadlos según vuestro propio honor y dignidad; y así, cuanto menos lo merezcan, tanto mayor mérito habrá en vuestra largueza. Acompañadlos.”

Rosencrantz y Guildenstern saludaron y se alejaron junto a Polonio, en el momento en que Hamlet empezó a decir:

“-Está bien, sí; quedad con Dios. Ya estoy solo. ¡Oh, qué miserable soy, qué parecido a un siervo de la gleba!

¿No es tremendo que ese cómico, no más que en ficción pura, en sueño de pasión, pueda subyugar así su alma a su propio antojo, hasta el punto de que por la acción de ella palidezca su rostro, salten lágrimas de sus ojos, altere la angustia de su semblante, se le corte la voz, y su naturaleza enterase adapte en su exterior a su pensamiento?… ¡Y todo por nada!”

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“He oído contar que personas delincuentes, asistiendo a un espectáculo teatral, se han sentido a veces tan profundamente impresionadas por el solo hechizo de la escena, que en el acto han revelado sus delitos; porque aunque el homicidio no tenga lengua, puede hablar por los medios más prodigiosos. Voy a hacer que esos cómicos representen delante de mi tío algo parecido al asesinato de mi padre. Observaré su semblante, le sondaré hasta la médula, y por poco que se altere, sé lo que me toca hacer. El espíritu que he visto bien podría ser el diablo, pues que al diablo le es dado presentarse en forma grata. ¡Sí!, ¿y quién sabe si, valiéndose de mi debilidad y melancolía, ya que él ejerce tanto poder sobre semejante estado de ánimo, me engaña para condenarme? Quiero tener pruebas más seguras. ¡El drama es el lazo en que cogeré la conciencia del rey!” i

Al comenzar el acto siguiente -tercero del drama en torno al asesinato del padre de Hamlet-, en la sala del castillo estaba Gertrudis, la Reina y madre cuando entraron el Rey, la Reina, Polonio junto a su hija Ofelia, también los dos cortesanos ya nombrados, a quienes el Rey necesitando saber qué causas provocan la turbación de Hamlet, les pregunta:

“-¿Y no podéis, mediante algún subterfugio, arrancarle el motivo de ese trastorno, que turba tan cruelmente la paz de su existencia con esa alborotada y peligrosa locura?”

Después de breves diálogos hasta que el Rey recomendó a los dos cortesanos:

“-…Aguijoneadle de nuevo amigos míos, e inclinad su ánimo a semejantes deleites.”

Al entrar Hamlet, dijo “algo” que aún repiten algunos hombres en distintos continentes, sin saber quién ni dónde lo pensó y escribió por primera vez en inglés:

To be or not to be: that is the question”. ii

Ser o no ser: esa es la cuestión” es la traducción al castellano más difundida, semejante a la versión de Luis Astrana Marín, también aquí subrayada en la reiteración de lo expresado por Hamlet: iii

“-¡Ser o no ser: he aquí el problema! ¿Qué es más levantado para el espíritu: sufrir los golpes y dardos de la insultante Fortuna, o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? ¡Morir…, dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¡He aquí un término devotamente apetecible! ¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida! ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio! Porque ¿quién aguantaría los ultrajes y desdenes del mundo, la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones que el paciente mérito recibe del hombre indigno, cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete? ¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo, después de la muerte, esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otro que desconocemos? Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes; y así los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento, y las empresas de mayores alientos e importancia, por esta consideración, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción… Pero ¡silencio!… ¡La hermosa Ofelia! Ninfa, en tus plegarias acuérdate de mis pecados.”

Siguieron los breves diálogos y Hamlet preguntó: “¿Eres honesta?”… “¿Eres hermosa?”

Ofelia, también interrogaba: “¿Qué quiere decir Vuestra Señoría?”

Hamlet respondió:

“-Que si eres honesta y hermosa, tu honestidad no debiera admitir trato con tu hermosura.”

Ofelia exclamó: “¡Oh poderes celestiales, restituidle la razón!” y Hamlet dijo:

“-También he oído hablar, y mucho, de vuestros afeites. La Naturaleza os dio una cara, y vosotras os fabricáis otra distinta. Andáis dando saltitos, os contoneáis, habláis ceceando, y motejáis a todo ser viviente, haciendo pasar vuestra liviandad por candidez. ¡Vete, ya estoy harto de eso; eso es lo que me ha vuelto loco!”…

(En ese momento, Ofelia se aleja.)

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Luego, Polonio el padre de Ofelia y de Laertes estaba escondido detrás de un tapiz cuando Hamlet, creyendo que era el Rey, acertó con su estocada. Reproches e insultos. iv

Comienza el cuarto acto “en una sala en el castillo”; en otra sala siguen dialogando y también en “una llanura en Dinamarca” donde se encontraron con Fortinbras -caudillo del viejo rey de Noruega- acompañado por “un Capitán con soldados en marcha”.

Diálogos breves hasta que el capitán se aleja.

Tras él “salen todos, menos Hamlet que dijo: “-Pronto os alcanzaré. Id un poco delante”.

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En la memoria de Hamlet estaban latentes los recuerdos: …en “el salón del trono del castillo” había estado dialogando con su tío Claudio, hermano de su padre muerto y enseguida casado con Gertrudis, reina de Dinamarca, madre de Hamlet…

El nuevo Rey, había hecho algunas recomendaciones a Laertes antes de su partida.

Después había dicho: “…Y ahora, Hamlet, primado de mi trono, mi hijo…” provocando esta respuesta: “(Aparte) Un poco menos que primado y un poco más que primo”.

Enseguida la Reina le había sugerido: “Querido Hamlet, arroja ese traje de luto y miren tus ojos como a un amigo al rey de Dinamarca. No estéis continuamente con los párpados abatidos, buscando en el polvo a tu noble padre. Ya sabes que ésta es la suerte común; todo cuanto vive debe morir, cruzando por la vida hacia la eternidad.”

Él, había afirmado: “-Sí, señora; es la suerte común” y su madre le había dicho: “-Pues si lo es, ¿por qué parece que te afecta de un modo tan particular”

Se había prolongado aquel diálogo:

“HAMLET. –¡‘Parece’, señora! ¡No; es! ¡Yo no sé parecer! ¡No es sólo mi negro manto, buena madre, ni el obligado traje de riguroso luto, ni los vaporosos suspiros de un aliento ahogado; no el raudal desbordante de los ojos, ni la expresión abatida del semblante, junto con todas las formas, modos y exteriorizaciones del dolor, lo que pueda indicar mi estado de ánimo! ¡Todo esto es realmente una apariencia, pues son cosas que el hombre puede fingir; pero lo que dentro de mí siento sobrepuja a todas las exterioridades, que no vienen a ser sino atavíos y galas del dolor!

REY. –Es una hermosa acción que enaltece vuestros sentimientos, Hamlet, el rendir a vuestro padre ese fúnebre tributo; mas no debéis ignorar que vuestro padre perdió a su padre; que éste perdió también al suyo, y que el superviviente queda comprometido por cierto término a la obligación filial de consagrarle el correspondiente dolor; pero perseverar en obstinado desconsuelo es una conducta de impía terquedad; es un pesar indigno del hombre; muestra una voluntad rebelde al cielo, un corazón débil, un alma sin resignación, una inteligencia limitada e inculta”…

Recordaba Hamlet que el Rey siguió hablando y que su madre había insistido: “…Te suplico que permanezcas con nosotros; no vayas a Wittenberg”. Tras el sonido de las trompetas habían salido todos, y él siguió con sus reflexiones:

“…¡Que se haya llegado a esto!… ¡Sólo dos meses que murió!… ¡No, no tanto; ni dos! ¡Un rey tan excelente… tan afectuoso para con mi madre, que no hubiera permitido que las auras celestes rozaran con demasiado violencia su rostro! ¡Cielos y tierra! ¿Habrá que recodarlo? ¡Cómo! ¡Ella, que se colgaba de él, como si su ansia de apetitos acrecentara lo que los nutría! Y, sin embargo, al cabo de un mes… ¡no quiero pensar en ello! ¡Fragilidad, tu nombre es mujer!… ¡Un mes apenas, antes de estropearse los zapatos con que siguiera el cuerpo de mi pobre padre… casada con mi tío, con el hermano de mi padre, aunque no más parecido de mi padre que yo a Hércules!… ¡Al cabo de un mes!… ¡Aun antes que la sal de sus pérfidas lágrimas abandonara el flujo de sus irritados ojos, desposada! ¡Oh ligereza más que infame, correr con tal premura al tálamo incestuoso! ¡Esto no es bueno, ni puede acabar bien! Pero ¡rómpete, corazón, pues debo refrenar la lengua!” v

Tales recuerdos seguían conmoviendo a Hamlet cuando estaba en la “llanura de Dinamarca” observando cómo se alejaban el Capitán y los soldados en marcha.

En esas circunstancias, dijo:

“¡Cómo me acusan todos los sucesos y cómo aguijonean mi torpe venganza. ¿Qué es el hombre, si el principal bien y el interés de su vida consistieran tan solo en dormir y comer? Una bestia, nada más. Seguramente. Aquel que nos ha creado con una inteligencia tan vasta que abarca lo pasado y el porvenir no nos dio tal facultad y la divina razón para que se enmoheciera en nosotros por falta de uso. Ahora, sea olvido bestial o algún tímido escrúpulo de reflexionar en las consecuencias con excesiva minucia, reflexión ésta que de cuatro partes tiene una sola de prudencia y siempre tres de cobardía, no comprendo por qué vivo aún para decir: ‘Eso está por hacer’, puesto que tengo motivo, voluntad, fuerza y medios para llevarlo a cabo. Ni me faltan, para exhortarme, ejemplos, tan patentes como la tierra; dígalo, si no, esta hueste tan imponente, conducida por un príncipe joven y delicado, cuyo espíritu henchido de divina ambición le hace mohines al invisible éxito, aventurando lo que es mortal e incierto a todo cuanto puedan osar la fortuna, la muerte y el peligro, tan solo por una cáscara de huevo. Verdaderamente, el ser grande no consiste en agitarse sin una razón poderosa; antes bien, en hallar noble querella por un quítame allá esas pajas cuando está en juego el honor. ¿Qué papel estoy, pues, haciendo yo que tengo un padre asesinado y una madre mancillada, fuertes acicates para mi razón y mi sangre, y dejo que todo duerma en paz? Mientras que, para vergüenza mía, estoy viendo la muerte inminente de estos veinte mil hombres, que por un capricho y una ilusión de gloria corren a sus tumbas cual si fueran lechos, y pelean por un trozo de tierra tan reducido que no ofrece espacio a los combatientes para sostener la lucha, ni siquiera es un osario bastante capaz para enterrar a los muertos. ¡Oh! ¡A partir de este instante, sean de sangre mis pensamientos, o no merezcan sino baldón!” vi

Durante la quinta escena, mientras Ofelia estaba cantando, el Rey exclamó:

“-¡Desvaríos acerca de tu padre!”

Ella respondió:

“-Por favor, ni una palabra de esto: mas si os preguntan lo que significa, decid lo siguiente” y empezó a cantar: vii

“Mañana es la fiesta de San Valentín

al toque del alba vendré por aquí.

Iré a tu ventana, que soy doncellita

pronto a convertirme en tu Valentina.”

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Sucesivos diálogos y Ofelia, cantando, cantando…

“Lleváronle en su ataúd

con la cara descubierta.

A la non, non, nominanón;

a la non, non, nominanón.

Y llovieron muchas lágrimas

sobre su tumba entreabierta.”

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“Cantad abajo, abajito,

y llamadle, que está abajo.”

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¿Y no volverá otra vez?

¿Y otra vez no volverá?

No, no, porque ya está muerto

en su sepulcro de piedra

y nunca más volverá.

Su barba era cual la nieve;

su cabello, como el lino.

Se ha marchado, se ha marchado;

son vanos nuestros suspiros.

¡Dios se apiade de su alma! viii

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En otra estancia del castillo, la Reina anuncia otra desgracia diciéndole a Laertes que ha muerto su hermana Ofelia, ¡ahogada!…

En el quinto y último Acto, dos sepultureros están en el cementerio cumpliendo sus misiones. Mientras cavan con picos y azadones, uno de ellos canta… hasta que llega Hamlet con su amigo Horacio, a quien interroga: ix

“-¿No tendrá ese hombre conciencia de su oficio, que canta mientras abre la fosa?”

El Clown sigue cantando hasta que saca una calavera y Hamlet dice:

“-Esa calavera tenía lengua y podía en otro tiempo cantar. ¡Cómo la tira contra el suelo ese bribón, como si fuera una quijada con que Caín cometió el primer asesinato!… Y la que está manoseando ahora ese bruto acaso sea la cholla de un político, de un intrigante que pretendía engañar al mismo Dios.”

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“-O tal vez la de un cortesano que sabía decir: ‘¡Felices días, amable señor!’ ‘¿Cómo estáis, mi querido señor’ Este podría ser el señor de Tal, que hacía elogios del caballo del señor de Cual, para pedírselo prestado después ¿No es verdad?

Horacio sólo contestaba: “Bien podría ser, señor” y “Sí, señor”.

Hamlet siguió hablando y el Clown cantando, hasta que sacó otra calavera.

En ese momento, el príncipe dijo: x

“He aquí otra. ¿Por qué no podría ser la calavera de un abogado? ¿Dónde están ahora sus sutilezas y sus distingos, sus argucias, subterfugios y artimañas? ¿Cómo sufre ahora que ese grosero ganapán le dé con su pala inmunda en la mollera, sin atreverse a lanzar contra él una querella por lesiones? ¡Hum! Este sería en su tiempo un gran comprador de tierras, con sus hipotecas, sus resguardos, sus fines, sus dobles garantías y sus cobranzas. ¿Será acaso el fin de sus fines y el cobro de sus cobranzas el tener su fino testuz relleno de lodo fino?

¿Por ventura todas sus garantías, por dobles que sean, le garantizarán de sus compras algo más que lo largo y lo ancho de un par de escrituras? Los solos títulos de propiedad de sus tierras cabrían apenas en esta caja; y el heredero mismo no debe tener más, ¿eh?”

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Como en macabra ronda, cayeran muertos Claudio y su esposa Gertrudis, luego tomó la copa Hamlet y exclamó:

“¡Oh! Me muero, Horacio. El activo veneno subyuga por completo mi espíritu. No puedo vivir lo bastante para saber nuevas de Inglaterra, pero auguro que la elección recaerá en Fortinbrás; tiene a su favor mi voz muribunda. Díselo así con todos los incidentes, grandes y pequeños que me han impulsado… ¡Lo demás es silencio!…. ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!…”

Y muere… ¿o vive?

Habían entrado Fortinbrás y los embajadores ingleses, dialogaron con Horacio y finalmente, el príncipe de Noruega ordenó:

“¡Que cuatro capitanes levanten sobre el pavés a Hamlet, como guerrero, pues si hubiese reinado, no cabe duda que hubiera sido un gran rey! ¡Que por su muerte hablen alto la música marcial y las honras guerreras! ¡Llevaos los cadáveres, que el espectáculo es más propio de un campo de batalla! ¡Id y mandad a los soldados que hagan fuego!

(Marcha fúnebre. Salen, llevándose los cadáveres. Después se oye una descarga de artillería.)

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William Shakespeare falleció el 23 de abril de 1616 y tiempo después, dos amigos decidieron recopilar sus obras en el “Primer folio” y una vez más, otra controversia porque algunas crónicas destacaron que “la autenticidad de esos textos es algo dudosa”… casi, casi, como sucede en estos primeros años el siglo veintiuno en distintos continentes.

Se impone la evocación de otros hechos relatados por Shakespeare…

Hamlet estaba en el salón del castillo con varios cómicos dialogando con Ofelia y en esas circunstancias, “entran un REY y una REINA, con aire muy amoroso. Se abrazan.” xi

Entra un CABALLERO, “le quita la corona al REY, le besa, vierte veneno en el oído del Monarca y desaparece. Vuelve la REINA, encuentra muerto a su esposo y hace gestos de desesperación. El envenenador, acompañado de uno, dos o tres personajes mudos, entra de nuevo, aparentando lamentarse con ella”.

Ofelia pregunta “-Qué significa esto, señor?”

Hamlet, le responde:

“-Bah! Una leve fechoría; lo que en términos vulgares se llama un crimen.”

Casi, casi, como acontece en la actualidad en algunas comarcas y en grandes ciudades, cuando la simulación es cómplice de la impunidad…

Intuyo que podrían ser millones, las personas que cerca de la medianoche, podrían sentir el impulso de expresar en su idioma, casi lo mismo que escribió Guillermo Shakespeare: xii

Languidecen mis fuerzas, y quisiera burlar el tedio del día con el sueño”.

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Creí haber terminado esta síntesis relacionada con una parte de la trayectoria de William Shakespeare y siento el impulso de expresar algo de lo percibido el sábado 16 de septiembre de 2006 –día memorable en la historia de los argentinos-, cuando el periodista y docente universitario Osvaldo Quiroga, durante la “XII Feria del Libro de Santa Fe” se refirió a “la importancia de la lectura y el arte”, insistiendo en que: xiii

“El arte es mucho más importante de lo que la gente cree.”

Desde su punto de vista, “William Shakespeare es el que mejor comprende el siglo XX”.

Una afirmación que genera interrogantes porque el talentoso escritor inglés murió a mediados de la segunda década del siglo XVII, “el mismo día que Miguel de Cervantes Saavedra -23 de abril de 1616, declarado Día del Idioma”…

Es oportuno reiterar una vez más algo de lo tanto que Shakespeare ha escrito y pertinente a rotundas valoraciones en torno a insoslayables historias del siglo veinte:

“Los pillos son tantos, que no es difícil que terminen por ahorcar a la gente honrada”… xiv

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Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

i Shakespeare, William. Hamlet. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1969, p. 50-52.

ii Ibídem, p. 54-56.

iii Los editores, tras la portada, en el pie de página destacaron: “La traducción de esta obra ha sido efectuada por Luis Astrana Marín, y sus derechos pertenecen a AGUILAR, Sociedad Anónima en Ediciones, la que ha dado el correspondiente permiso para su publicación.”

iv Ídem. Cuarta escena del tercer acto, en el gabinete de la Reina, p. 74-81.

v Íd., p. 14-16.

vi íd. p. 86-87.

vii íd. p. 89.

viii íd. p. 93-94.

ix íd. p. 104.

x íd. p. 105.

xi íd. p. 62.

xii íd. p. 65.

xiii Acto realizado en la Carpa “Gastón Gori” (19 a 19:50), en el Centro Municipal de Exposiciones de la capital santafesina, organizado por la Universidad Nacional del Litoral, la Secretaría de Cultura de la Provincia y diversas asociaciones.

xiv Orbea de Fontanini, Nidia A. G. 1957 – Aproximaciones a la Convención Constituyente. (30 páginas, inédito.)