JOSÉ ORTEGA y GASSET

gasset

Metáforas, caza y rebelión de masas…

José Ortega y Gasset nació el 9 de mayo de 1883 en el seno de una familia sin dificultades económicas. Hijo de José Ortega y Munilla y de María Dolores Gasset y Chinchilla; nieto de Eduardo Gasset y Artime, fundador del periódico El Imparcial que luego dirigió su padre. Estudió en el Colegio de los Jesuitas “San Estanislao de Kostka” en Málaga. Luego ingresó en la Universidad de Deusto de Bilbao (1897–98) y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid hasta obtener el título de Doctor en Filosofía de la Universidad de Madrid en 1904, con su tesis titulada Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda. Durante el bienio siguiente estudió en Alemania, regresó a España y comenzó su labor como profesor numerario de Psicología, Lógica y Ética en la Escuela Superior del Magisterio de Madrid (1909). Casado en abril de 1910 con Rosa Spottorno Topete, nacida en 1884. En octubre de ese año fue designado profesor de Metafísica en la Universidad Central, vacante por fallecimiento de Nicolás Salmerón. Nacieron tres hijos: en 1911, Miguel Germán en Alemania; en 1914 nació Soledad y en 1916 José Ortega y Spottorno, orientado hacia el estudio de lo relacionado con técnicas agrícolas y graduado como Ingeniero Agrónomo. i

El notable filósofo y escritor español José Ortega y Gasset, llegó por primera vez a la Argentina el 22 de julio de 1916, tiempo de la elección del doctor Hipólito Irigoyen para ejercer la presidencia de la Nación.

Conoció a Victoria Ocampo y su hija Soledad rememoró que durante un diálogo telefónico, su padre le había sugerido a la escritora y promotora cultural, que impusiera el nombre Sur a la revista que iba a publicar y así fue. ii

Desde 1917, José Ortega y Gasset colaboró con el diario El Sol publicando en folletos dos de sus obras más importantes: España invertebrada y la rebelión de las masas.

Llegó a Buenos Aires por segunda vez en 1928, cuando el líder de la Unión Cívica Radical había sido reelecto y en esas circunstancias, durante una conferencia en la Asociación Amigos del Arte de la ciudad de Buenos Aires, anticipó algunos temas que incluiría en su libro La Rebelión de las masas.

En ese tiempo cruzó la pampa en tren rumbo a Chile para pronunciar una serie de conferencias. Mientras observaba el inmenso paisaje pampeano percibió intensas señales que luego reflejó en su ensayo Intimidades

En enero de 1929 retornó a su tierra natal y al año siguiente, lo conmovieron dos acontecimientos: tras la destitución de Primo de Rivera retornó a su cátedra universitaria e intervino activamente en la formación de la segunda República Española: fundó junto la Agrupación al Servicio de la República junto a Gregorio Marañón y Pérez de Ayala, por la provincia de León integró la Cámara de los Diputados. Las experiencias entre “políticos” durante ese período provocaron desánimo en el perseverante José Ortega y decidió dedicarse a la escritura y a la cátedra. El 6 de septiembre de 1930 un movimiento cívico militar impidió que el doctor Hipólito Yrigoyen terminar la segunda presidencia.

Fundó la Revista de Occidente en 1923 y la dirigió hasta 1936, comienzo de la guerra civil española cuando tropas al mando del general Francisco Franco cumplieron la impresionante misión que determinó la destrucción de incontables familias en distintas regiones españolas, el éxodo a través de los Pirineos o cruzando ríos, mares y el pujante océano…

En aquel tiempo, Ortega y Gasset estaba enfermo y tres días después del comienzo del cruento enfrentamiento, varios comunistas armados con pistolas llegaron hasta su hogar e intentaron acercarse a su lecho para exigirle la firma al pie del Manifiesto que difundirían a favor del gobierno republicano.

Reitero una vez más la anécdota difundida desde la red de redes, que solemos nombrar Internet y que se asemeja a una casi inabarcable y sorprendente biblioteca…

Ortega se negó a recibirlos y fue su hija la que en una conversación con ellos -conversación que, como ella misma relató más tarde, llegó a ser muy tensa-, consiguió convencerlos de redactar otro texto muy corto y menos politizado y que, efectivamente, acabó siendo firmado por Ortega, junto con Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y otros intelectuales. En su artículo En cuanto al pacifismo, escrito ya en el exilio, se refiere Ortega a este episodio. En ese mismo mes de julio y a pesar de su grave enfermedad, huyó de España (lo que consiguió gracias a la protección de su hermano Eduardo, persona de valimiento cerca de diversos grupos políticos de izquierda) y se exilió; primero en París, luego en los Países Bajos y Argentina, hasta que en 1942 fijó su residencia en Lisboa. A partir de 1845 su presencia en España fue frecuente, pero habiéndosele impedido recuperar su cátedra (aunque al parecer consiguió cobrar sus sueldos atrasados), optó por fundar un ‘Instituto de Humanidades’ donde impartía sus lecciones. Durante estos años, y hasta su muerte en 1955, fue fuera de España -sobre todo en Alemania-, donde recibió el crédito y las oportunidades de expresión que correspondían a su prestigio.”

En julio de 1936, el avance de las tropas al mando del general Francisco Franco provocó el comienzo de la guerra civil española y José Ortega y Gasset se trasladó a Francia, vivió en París y luego viajó a Holanda.

Terminada la guerra con la derrota de los republicanos, a mediados de 1939 decidió viajar por tercera vez hacia Buenos Aires donde ya habían llegado otros exiliados españoles, “… ciudad absurda que cada día adora más”… como lo expresó su amiga Victoria Ocampo en la década anterior.

En tales circunstancias, distintas crónicas han destacado que soportó varios “contratiempos y mezquindades”, tampoco hubo reconocimientos públicos.

En ese tiempo, fracasó en su intento de obtener el nombramiento para una cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras, sólo pronunció conferencias en la asociación Cultural Española y en Amigos del Arte; también en el Teatro Colón, entre otras salas.

Cuando se alejó de la Argentina estaba desalentado

El talentoso José Ortega y Gasset falleció el 18 de octubre de 1955, en la ciudad de Madrid, su tierra natal y capital de España.

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La metáfora

Ha destacado el filósofo español que “nuestra mirada al dirigirse a una cosa, tropieza con la superficie de ésta y rebota volviendo a nuestra pupila. Esta imposibilidad de penetrar los objetos, da todo acto cognoscitivo -visión, imagen, concepto-, el peculiar carácter de dualidad, de separación entre la cosa conocida y el sujeto que conoce”. iii

Explicó luego que “la palabra ‘metáfora’ –transferencia, transposición- indica etimológicamente la posición de una cosa en el lugar de otra… La metáfora, pues, consiste en la transposición de una cosa desde su lugar real a su lugar sentimental”.

“…el término ‘metáfora’ significa a la par un procedimiento y un resultado, una forma de actividad mental y el objeto mediante ella logrado.”

“Toda imagen tiene, por decirlo así, dos caras. Por una de ellas es imagen de esta o aquella cosa; por otra parte, es, en cuanto imagen, algo mío”…

Es decir, lo que veo…

Releo lo escrito por José Ortega y Gasset en su estudio filosófico titulado “Las dos grandes metáforas” (En el segundo centenario del nacimiento de Kant.) iv

“Cuando un escritor censura el uso de metáforas en filosofía, revela simplemente su desconocimiento de lo que es filosofía y de lo que es metáfora. A ningún filósofo se le ocurriría emitir tal censura” y anota:

“Adviértase que cuando Aristóteles lo hace contra Platón, no es precisamente para atacar las metáforas de éste, sino, al contrario, para hace contar que ciertos conceptos suyos de pretensión rigurosa, como la ‘participación’, no son, en realidad, más que metáforas.”

Significaciones o conceptos – Cosas…

“La metáfora es un instrumento mental imprescindible, es una forma del pensamiento científico. Lo que puede muy bien acaecer es que el hombre de ciencia se equivoque al emplearla y donde ha pensado algo en forma indirecta o metafórica crea haber ejercido un pensamiento directo. Tales equivocaciones son, claro está, censurables, y exigen corrección; pero ni más ni menos que cuando el físico se trabuca al hacer un cálculo. Nadie en este caso sostendrá que la matemática debe excluirse de la física. El error en el uso de un método no es una objeción contra el método. La poesía es metáfora; la ciencia usa de ella nada más. También podía decirse: nada menos.

Pasa con esta fobia de la metáfora científica como con las llamadas ‘cuestiones de palabras’. Cuando más liviano es un intelecto, mayor propensión muestra a calificar las discusiones de meras disputas verbales. Y, sin embargo, nada es más caro que una auténtica disputa de palabras. En rigor, sólo quien se halle habituado a la ciencia gramatical es capaz de discutir sobre palabras. Para los demás, la palabra no es sólo un vocablo, sino una significación adjunta a él. Cuando discutimos palabras nos es muy difícil no disputar sobre significaciones. Éstas son los tradicionales conceptos de que habla la vieja lógica. Y como el concepto, a su vez, no es sino la intención mental hacia una cosa, tendremos que las pretendidas disputas de palabras son, en verdad, querellas sobre cosas. Acontece que, en ocasiones, la diferencia entre dos significaciones o conceptos -por tanto entre dos cosas- es muy pequeña, y al hombre práctico o romo no le intensa. Entonces, se venga del oto interlocutor, acusándole de logomaquia. Hay gente enferma de la vista a quien interesaría que todos los gatos fueran pardos. Pero no faltará nunca algunos hombres capaces de sentir la suprema fruición de las menudas diferencias entre los objetos; siempre habrá magníficos deportistas de sutileza, y cuando queramos oír ideas interesantes acudiremos a ellos, a los disputadores de palabras.

Parejamente, el espíritu inepto e ineducado en la meditación será incapaz, al leer un libro filosófico, de tomar como sólo metáfora el pensamiento que es sólo metafórico”. (…)

“Si fuéramos a apurar un poco el tema, comenzaríamos por sustituir el término ‘metáfora’, que puede inducir a error en su sentido habitual. Metáfora es transposición de nombre. Pero es el caso que existen muchas transposiciones de nombre, las cuales no son lo que aludimos con el nombre de metáfora. He aquí algunos ejemplos variamente notorios.

‘Moneda’ designa el objeto intermediario del tráfico cuando consiste en un metal acuñado. Primitivamente, ‘moneta’ significó ‘la que amonesta, la que avisa y previene’. Era una invocación de Juno. En Roma existía un templo a ‘Juno Moneta’, junto al cual había una oficina de cuño. El objeto elaborado aquí atrajo sobre sí el epíteto de Juno, Nadie al usar la palabra moneda, piensa hoy en la soberbia diosa.

(Juno en la mitología romana fue una deidad mayor, equivalente a Hera en la griega. Era la diosa del matrimonio y reina de los dioses. Hija de Saturno y Ops, hermana y esposa de Júpiter con quien tuvo dos hijos: Marte y Vulcano y una hija: Ilitía.)

‘Candidato’ era el hombre vestido de blanco. Cuando en Roma un ciudadano optaba a alguna magistratura, se presentaba al cuerpo electoral cándidamente ataviado. Hoy es candidato todo el que opta a un cargo, cualquiera sea su indumentaria. Es más, las solemnidades electorales de nuestro tiempo propenden al traje negro.

‘Declararse en huelga’ se dice en francés: Se mettre en grève. ¿Por qué grève significa huelga? El que usa tal palabra no lo sospecha, ni le hace falta. La voz le designa directamente la significación huelga. Grève significó primariamente en francés ‘ribera arenosa’. El Ayuntamiento de París fue construido junto al río. Ante él se extendía una ribera arenosa, una grève, y la plaza del Ayuntamiento se llamó place de la Grève. A esta plaza acudían los vagos; luego, los obreros sin trabajo que esperaban contrata. Faire grève llegó a significar hallarse sin trabajo, y hoy denomina el abandono deliberado del menester. Toda esta historia de la palabra ha sido reconstituida por los filólogos, pero no existe en la mente cuando la usa el obrero.

Son éstos ejemplos de transposición sin metáfora. En ellos, una voz pasa de tener un sentido a tener otro, pero con abandono del primero.

Cuando hablamos del ‘fondo del alma’, la palabra ‘fondo’ nos significa ciertos fenómenos espirituales ajenos al espacio y a lo corpóreo, donde no hay superficies ni fondos.

Al denominar con la palabra ‘fondo’ cierta porción del alma, nos damos cuenta de que empleamos el vocablo, no directamente sino por medio de su significación propia. Cuando decimos ‘rojo’ nos referimos, desde luego, y sin intermediario alguno al color así llamado. En cambio, al decir del alma que tiene ‘fondo’, nos referimos primariamente al fondo de un tonel o cosa parecida, y luego, desvirtuando esta primera significación, extirpando de ella toda alusión al espacio corporal, la atribuimos a la psique. Para que haya metáfora es preciso que nos demos cuenta de esta duplicidad. Usamos un nombre impropiamente a sabiendas de que es impropio.”

“El silencio, que no es nada por sí, es algo real para nosotros en cuanto es lo diferente, lo otro que el ruido. Al callar súbitamente todo rumor en torno y hallarnos náufragos en el silencio circundante, nos sentimos turbados como si algún grave personaje se inclinara, severo, sobre nosotros para inspeccionarnos.

No son, pues, todos los objetos igualmente aptos para que los pensemos, para que tengamos de ellos una idea aparte, de perfil bien definido y claro. Nuestro espíritu tenderá, en consecuencia, a apoyarse en los objetos fáciles y asequibles para poder pensar los difíciles y esquivos.

Pues bien: la metáfora es un procedimiento intelectual por cuyo medio conseguimos aprehender lo que se halla más lejos de nuestra potencia conceptual. Con lo más próximo y lo que mejor dominamos, podemos alcanzar contacto mental con lo remoto y más arisco. Es la metáfora un suplemento a nuestro brazo intelectivo, y representa, en lógica, la caña de pescar o el fusil.”

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La caza: vacaciones de humanidad…

José Ortega y Gasset, con el título Vacaciones de Humanidad ha dejado significativas señales: v

“…el principio inspirador de la caza deportiva es perpetuar artificialmente, como posibilidad para el hombre, una situación en gado sumo arcaica: aquella primeriza en que, siendo ya humano, vivía aún en una órbita de existencia animal.

Es posible que algún cazador se me ofenda al presumir que mi definición de la caza implica haberle yo tratado de animal. Pero dudo que si es cazador de verdad, de verdad se enoje. Porque en eso radica el garbo y delicia del cazar: que proyectado el hombre por su progreso inevitable fuera de la ancestral proximidad con animales, vegetales y minerales, en suma, con la Naturaleza, se complace en el retorno artificioso a ella, única ocupación que le permite algo así como unas vacaciones de humanidad. Esto riza el rizo de la meditación… porque ello quiere decir que en la cacería el hombre consigue di-vertirse y distraerse de ser hombre. Y esto es lo superlativo de la diversión: es la di-versión radical. Siento que el lector llegue fatigado a esta etapa final de nuestro estudio, pero la verdad es que nos queda el rabo por desollar.

Tanto vale decir vida como decir actualidad. Porque vida es eso que tenemos que hace aquí y ahora. Eso que tenemos que hacer variará sobremanera en las épocas de la historia; pero, sea una cosa u otra, lo que no varía es que no está hecho, sino que tenemos aún que hacerlo, y esto es lo que de vida tiene. La vida es, pues, esencialmente tarea y problema abierto: una maraña de problemas que hay que resolver, en cuya rama procelosa, queramos o no, braceamos náufragos. Las vidas inactuales, las vidas del pasado, no son, claro está, vida en el propio sentido de la palabra: son cuentos que nos cuentan sobre vidas que fueron; que fueron para los que tuvieron que vivírselas, como nosotros la nuestra, antes de que nadie se las pudiera contar. De aquí que por uno de sus haces toda la vida es, mientras se está viviendo, más o menos, siempre angustiosa, porque consiste en problemas indómitos y de urgente solución. En cambio, siempre que el hombre mira desde su actualidad una vida pretérita, ve junto a los problemas que la abrumaron las soluciones, mejores o peores, que estos problemas recibieron. La cual trae consigo que toda vida pasada se presente como más fácil, menos angustiosa que la actual; es una charada cuya solución poseemos de antemano, verdaderamente: la solución los ha cerrado sobre sí mismos. Esa vida de otrora, aparece completa comparada con la actual, que es, por definición, lo siempre incompleto” (…)

“Con excepciones, que, analizadas, no hacen sino confirmar la regla, acaece que, en verdad, toda la vida pasada fue mejor, en el sentido de que era menos problemática, más fácil. Si los problemas en que consistió fuesen el mismo calibre que los nuestros, podríamos también aprovechar, sin más, las soluciones que les fueron dadas. Entonces cabría inscribir nuestra existencia en la antigua, con la ventaja de tener ya, gracias a ésta, resuelto por anticipado su problematismo. Es decir, que la historia se estabilizaría, la vida habría perdido su dramática sustancia de enigma abierto y urgencia aún sin remedio; sobre el planeta habría surgido una realidad radicalmente distinta de la vida y con opuestos atributos, a saber: la beatitud”…

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“La rebelión de las masas”

En la edición del sábado 20 de diciembre de 2008, con el título Los bárbaros modernos difundieron otra interesante nota del filósofo argentino Santiago Kovadloff alusiva al octogésimo aniversario de la primera publicación de La rebelión de las masas, exhaustivo estudio que es una de las fuentes bibliográficas recomendadas por educadores profesionales en distintas latitudes.

En algunos programas de televisión, suelen dialogar con Santiago Kovadloff y la sencillez y precisión de sus testimonios son como faro luminoso orientando en la oscura noche de la historia contemporánea que estremece a la mayoría de los argentinos…

¿O a la minoría? -susurra el Duende Azul.

Aquí, la reiteración de algunos párrafos de la nota publicada a fines de 2008 en el diario fundado por Bartolomé Mitre con el lema “La Nación será una tribuna de doctrina”, editado por primera vez el 4 de enero de 1870.

Escribió Santiago Kovadloff:

“Hay que reconocerlo: en órdenes fundamentales como lo es el de la política, Ortega supo ver más lejos que Martín Heidegger. Aun antes de 1930, el pensador español se daba perfecta cuenta de lo que el maestro alemán fue incapaz de comprender: que el nacionalsocialismo, tanto como el fascismo y el bolchevismo, constituía un brutal retroceso histórico. El célebre ‘olvido del Ser’ fue, como bien saben los entendidos, central en la meditación heideggeriana. Ese ‘olvido’ e incluso ‘el olvido de ese olvido’ signaban, a su juicio, el destino enajenado de la civilización europea, perdida en la idolatría del cálculo, la exaltación de los objetos y la impotencia para comprender qué significa pensar. En el escritor español, en cambio, el olvido inquietante, aterrador para sensibilidades como la suya, era el del pasado histórico, desatendido en el presente como fuente de orientación y aprendizaje. Sólo así se explicaba que el imperialismo del mundo antiguo regresara, remozado, en las consignas totalitarias de los camisas pardas, los devotos de la cruz gamada y los enardecidos propulsores de la hoz y el martillo. ‘La desaparición de la cultura histórica en las dirigencias políticas y en la gente sin más -anota Ortega- facilita la repetición, la inexperiencia, pues experiencia es aprovechar lo sucedido, conocerlo.’ Y añade luego, clarividente: ‘Con el pasado no se lucha cuerpo a cuerpo. El porvenir lo vence porque se lo traga. Como deje algo de él fuera está perdido’.

En suma: en el nazismo, al que Heidegger concibió como una alborada promisoria, Ortega reconoció de inmediato los indicios de un crepúsculo atroz para la cultura europea. Ese crepúsculo, según él, prosperaba gracias al respaldo del afianzamiento del hombre masa. En ese hombre, la conciencia del pasado histórico se mostraba debilitada, por no decir extinguida, y el presente, extraviado en una actitud acrítica e intolerante que encontraba en la siembra de violencia y en la inseguridad social los síntomas reveladores de su precariedad política.

A este desatino que impide aleccionarse en el pasado suma Ortega otra observación de rotunda actualidad: la creciente ineptitud demostrada por su tiempo para comprender que la cultura científica, con todas sus derivaciones tecnológicas, era una construcción de muy delicada trama, cuyo sustento requería mucha educación; una educación muy superior a la evidenciada por el hombre medio. Y -esto es lo notable- el perfil revelador de ese hombre medio de precaria formación incluía, a juicio de Ortega, a muchos de los que ejercían la práctica científica sin comprensión cabal de lo que ella les demandaba. Leámoslo: ‘Este desapego hacia la ciencia como tal aparece, quizá con mayor claridad que en ninguna otra parte, en la masa de los técnicos mismos -de médicos, ingenieros, etc.-, los cuales suelen ejercer su profesión con un estado de espíritu idéntico en lo esencial al de quien se contenta con usar el automóvil o comprar el tubo de aspirina, sin la menor solidaridad íntima con el destino de la ciencia, de la civilización’.

La embestida de la cultura de masas dejaba ver, ya en las dos primeras décadas del siglo, un marcado retroceso de la responsabilidad subjetiva en lo relativo al sustento del saber. Y ello, según Ortega, en una civilización cada vez más ‘artificial’, vale decir, producida por el hombre y, por eso, demandante de especial atención, comprensión y responsabilidad para su adecuado mantenimiento, no sólo en lo relativo a su eficacia, sino también en lo que hace a su consistencia ética.

En pocos meses más, cumplirá ochenta años la primera edición de La rebelión de las masas. En ella reunió su autor, bajo la forma de capítulos sucesivos y complementarios, una prolífica secuencia de artículos periodísticos que sorprendieron, desconcertaron y deslumbraron a sus lectores madrileños. En aquella España brumosa de 1926, irrumpía un pensador dotado de inusitado aliento expresivo que, lejos de orientar sus pronunciamientos hacia el orbe académico, salía a la calle a decir a sus contemporáneos qué estaba ocurriendo en Europa y de qué modo la filosofía era instrumento apto para la meditación de la vida diaria y su eventual transformación.

Ortega no sólo nos habla del hombre masa; habla también con él. Lo convoca, lo interpela, lo provoca. Lo incita a reaccionar, a despertarse. A reconsiderar la indolencia y aun la complicidad con que se deja llevar por las tendencias dominantes de la época.

Para llegar adonde quiere no recurre al tratado ni a la monografía. Como ya señalé, la enunciación académica no le sienta. Su herramienta, su terreno, los encuentra en el periodismo. Es en él donde Ortega despliega su formidable talento de ensayista y donde nosotros vamos a encontrar un signo más de su vigencia.

Ortega sabe que el hombre cuya conducta le importa ponderar es lector de diarios. Y allí, en el diario, le sale al encuentro. Lejos está de temer que la sustancia filosófica de su pensamiento se vea vulnerada en un medio informativo. Por el contrario: soslayando todo prejuicio, presenta su reflexión enhebrada con la noticia. Porque es el tejido, la urdimbre conceptual de la vida cotidiana lo que a Ortega le importa iluminar. Y así como, en su momento, Sócrates buscó a sus interlocutores en las calles de Atenas, así buscó Ortega a los suyos en las páginas del periódico. En otros términos: Ortega concibe el diario como la gran plaza pública de su tiempo. Se explica, entonces, el desdén con que se recibieron sus propuestas allí donde el arte de pensar era concebido como una práctica anémica y despersonalizada.

Desde un comienzo, Ortega se mostró tal como era: señor de una prosa límpida, riguroso y ameno a la vez, notablemente dotado para la comunicación cautivante de lo complejo.

En 1917, Spengler rozó, a su modo, la cuestión que desvelaba a Ortega. Diez años después, Heidegger la subrayó, al categorizar lo que tan sugestivamente llamó ‘avidez de novedades’. Más cerca de nosotros, Fromm popularizó algunos de sus rasgos distintivos. Baudrillard la exploró con acierto, remitiendo a los efectos subjetivos derivados del auge de la sociedad informática y del frenesí del consumo. Beck ahondó en sus configuraciones y consecuencias mediante una obra maestra: La sociedad del riesgo. Toda la tarea de divulgación sociológica efectuada por Bauman parece inspirada en las derivaciones que tuvo el derrumbe del racionalismo moderno, tempranamente señalado por Ortega. La ensayística de Magris se inspira en ella y lo mismo cabe decir de la de Steiner. Pero, hasta donde alcanzo a ver, fue Ortega el primero que, en el siglo XX, nos habló con inigualada pertinencia de esa nueva subjetividad en marcha: la del bárbaro moderno. ‘El europeo que empieza a predominar -ésta es mi hipótesis- sería, relativamente a la compleja civilización en que ha nacido, un hombre primitivo. [?] Este desequilibrio entre la sutileza complicada de los problemas y la de las mentes será cada vez mayor si no se le pone remedio y constituye la más elemental tragedia de la civilización.’

Ortega no sólo previó lo que vendría. Anticipó, además, buena parte de las consecuencias de toda índole que resultarían de lo que previó. El vacío moral, por ejemplo, en el que, a fuerza de desaciertos, terminarían cayendo las democracias occidentales; el retorno de los maniqueísmos, el auge de la tecnocracia, el desprecio que sentenciaría a la sabiduría por parte del conocimiento especializado en una cultura apegada a lo instantáneo y siempre renovable. No es de extrañar, en consecuencia, que su palabra circule con tanta fuerza todavía. La preserva y la impone, aun en circunstancias tan adversas como las actuales, el poder de las ideas a las que da vida. Ese poder se abre paso, una y otra vez. Acaso porque, generación tras generación, advertimos que, en incontables aspectos, Ortega fue un visionario. Su lectura anticipada de nuestro presente lo convierte en un contemporáneo de todos nosotros.

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En las entrelíneas ¡la METÁFORA!

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

Desde SANTA FE de la VERA CRUZ.

República Argentina.

i En la página “Grupo Bunge – Filosofía y Ciencia”, el 19 de julio de 2006 reiteraron lo expresado por Mario Augusto Bunge acerca de José Ortega y Gasset y su hijo José –Pepe- Ortega y Spottorno (1916-2002): “Pero de hecho, el primer filósofo de la técnica fue el español José Ortega y Gasset (1883-1955). Ortega admiraba tanto a la técnica que escribió un libro sobre ella e instó a su hijo a que estudiase agronomía, o sea, la técnica agrícola. Pero mi finado amigo, el agrónomo Pepe Ortega y Spottorno prefirió el periodismo y la edición, campos en los que descolló. Y el amor de Ortega por la técnica y por la ciencia fue puramente platónico: no influyó sobre su filosofía.” // El distinguido humanista Mario Augusto Bunge, nació en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1919. Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas desde 1952, siguió investigando y recibió quince diplomas de doctorados y cuatro como Profesor Honorario. Catedrático de Física en las Universidades de Buenos Aires y de La Plata. Residente en Canadá desde 1966, es profesor universitario. Fue investido Doctor Honoris Causa en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca el 15 de mayo al mediodía. Autor de más de 40 libros y de medio millar de trabajos publicados en diarios y revistas de distintas latitudes.

ii Ortega, Soledad. “Victoria Ocampo al trasluz de una doble amistad”. Nota publicada en Revista de Occidente, Nº 37, segunda época, p. 12.

iii Ortega y Gasset, José. Obras Completas – Tomo V (1941-1946) y “Brindis y Prólogos”. Madrid, Revista de Occidente, 5ª edición, 1961, p. 256. (Ejemplar de la biblioteca particular del escritor santafesino Carlos López González, adquirido para nuestra biblioteca familiar en el año 2008).

iv Ortega y Gasset, José. Obras Completas – Tomo II – El Espectador (1916-1934) y “Brindis y Prólogos”. Madrid, Revista de Occidente, 4ª edición, 1957, p. 387-391. (Ejemplar de la biblioteca particular del escritor santafesino Carlos López González, adquirido para nuestra biblioteca familiar en el año 2008).

v Ortega y Gasset, José. Obras Completas – Tomo V (1941-1946) y “Brindis y Prólogos”. Madrid, Revista de Occidente, 5ª edición, 1961, p. 476. (Ejemplar de la biblioteca particular del escritor santafesino Carlos López González, adquirido para nuestra biblioteca familiar en el año 2008).