Pedro Badanelli – Andaluz, Parroco en Suardi (Argentina, 1937)

Casi prólogo…

El sacerdote jesuita Pedro Badanelli -andaluz que desde 1937 fue cura párroco de Suardi, departamento San Cristóbal, provincia de Santa Fe-, como lo ha destacado durante un acto público el licenciado en cooperativas Amílcar Damián Renna, también fue profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Litoral y desde la cátedra, generó nuevas conclusiones acerca de la “Sociología”.

En la década siguiente continuaba desarrollando actividades cerca de la capital santafesina y el 27 de abril de 1946, en la legendaria Librería y Editorial Colmegna terminaron la edición de su obra “Rafael Camacho / Su vida / Su obra / Su arte”.

El 24 de febrero de ese año fue electo presidente de la Nación el entonces Coronel Juan Domingo Perón y asumió esas funciones el 4 de junio. En ese tiempo, en las escuelas era obligatoria la enseñanza religiosa o de “Moral”, en la Doctrina Peronista redactada por el santafesino Raúl Mende de acuerdo a los conceptos expresados por “el Conductor” del movimiento nacional justicialista.

El 1º de Mayo, celebración del Día del Trabajo y de los Trabajadores, en 1955 tuvo características excepcionales: el secretario general de la C.G.T. Eduardo Vuletich anticipó que los trabajadores pedirían una reforma constitucional para suprimir la enseñanza religiosa en las escuelas y lograr la separación de la Iglesia del Estado.

Pedro Badanelli era un talentoso andaluz, escritor, ex-sacerdote apoyó al gobierno y hasta se imaginó una Iglesia Nacional integrada por quienes habían sido separados de la Iglesia Apostólica Romana. La población sufría con esas contradicciones. Se planteaba un profundo conflicto de conciencia.

La tradicional procesión de Corpus Christi, el 11 de junio, fue reemplazada por una ceremonia en la Catedral Metropolitana, aunque los asistentes avanzaron con una gran cruz sobre la Avenida de Mayo hasta el Congreso.

Sabido es que en 1955, algunos obispos difundieron la noticia de que le presidente General Juan Domingo Perón había sido excomulgado. Luego se pidió a S.S. Juan XXIII la absolución “por lo menos ad cautelam”, en gestión a cargo de Jorge Antonio y el Dr. Raúl Matera motivó que la Sagrada Congregación Consistorial (18-01-63) labrara un acta reconociendo que Perón “manifestó sus dolorosos sentimientos por los sucesos ocurridos” -… incendios en iglesias del centro de la Capital Federal- y reiteró su convicción de que “no le había alcanzado a él la censura de referencia, pero tenía temor de que pudiese haber ocurrido”. El acta fue entregada por el Obispo de Madrid Mons. Leopoldo Eijo Garay, quien la cumplió fuera de confesión el 13 de febrero, de acuerdo documentos conocidos en Buenos Aires en agosto de 1971. Son testimonios del Sen. Deolindo Fernando Bittel. en su ensayo histórico sobre “qué es el peronismo”. En esas circunstancias, Pedro Badanelli era un talentoso andaluz, escritor, exsacerdote apoyó al gobierno y hasta se imaginó una Iglesia Nacional integrada por quienes habían sido separados de la Iglesia Apostólica Romana. La población sufría con esas contradicciones. Se planteaba un profundo conflicto de conciencia. Perón en sus relatos autobiográficos manifestó: “La revolución del 16 de setiembre, la segunda, fue realizada bajo el lema de “Cristo Bendito”, un sector de Tato y Novoa. La revolución nació y ‘engordó’ en Córdoba, cuna de la oligarquía terrateniente y vacuna de la Argentina. Monseñor Lafitte dirigió todo. Sibilinamente, como hacen ellos. En Córdoba los curas salieron con fusiles. Iban también con ametralladoras en los camiones. Iban con sotana y hasta se hicieron fotografías… Toda esa gente tenía armas en las iglesias. Monseñor Lafitte fue el autor de todo. Y como él quería la revolución, hizo echar a monseñor Copello, que era un viejito bueno y sin carácter. Ellos dos habían sido dominados por la camarilla de los curas jóvenes que hicieron todo. No sé si esa venganza me hizo mal a mí o mal a la Iglesia. Todavía no podemos decir quien es el vengador. “

Mons. Eijo Garay, Obispo de Madrid-Alcalá, bendijo en Madrid el casamiento de Juan Domingo Perón-presidente electo en tres períodos- y María Estela Martínez de Perón -vicepresidenta 1973-1974 y presidenta a partir de la enfermedad y fallecimiento de Perón -el 1º de julio de 1974, hasta el golpe de Estado del 24-03-1976.

A fines de la década del ‘80, tras la lectura de Un escritor en el exilio, interesante relato de Mareili Sordello relacionado con el escritor y diplomático uruguayo Alberto Nin Frías, amigo del jesuita Pedro Badanelli -cura párroco de Suardi en 1933- y después de sucesivos diálogos, sentí el impulso de explorar las páginas de distintos libros con el propósito de encontrar más señales del Padre Pedro Ruiz Badanelli, confesor del rey Alfonso XIII.

Sabido es que el Padre Pedro Badanelli logró editar su libro titulado “Perón, la Iglesia y un cura” (Buenos Aires, Coyoacan,1962). Ese año, editaron 13 Cartas inéditas de Miguel de Unamuno a Alberto Nin Frías, con prólogo y glosas de Pedro Badanelli.

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Rafael Camacho – Su vida – Su obra – Su arte

Pedro Badanelli escribió un artículo “que la colectividad andaluza de la República Argentina ofreciera como homenaje a Rafael Camacho, transcribiéndolo a su vez de la revista ‘Hogar Andaluz’ y difundiéndolo profusamente en primorosas hojas volanderas.”

Por sobre todos los nombres que en el mundo se adelantan a la exigencia de una atención preferente hay uno que enjoyado de deslumbrantes claridades y de profundos y misteriosos prestigios viene a ser como la síntesis ardiente de todos los portentos infinitos y como el resumen y la glorificación de todos los matices de la humana embriaguez: ¡¡¡ANDALUCÍA!!! Pandereta de luz, con cárieles enmadroñados de estrellas, arrojada por Dios desde el cielo sobre el hermoso valle del Guadalquivir -según la feliz imagen del soneto de Rueda- para nada menos que alegrar el tedio y el aburrimiento de la humanidad fatigada.

Las virtudes de esta tierra, que no sólo es carne y alma, sino hueso y médula, son muchas, pero entre todas destácase la que llamara Villaespesa ‘virtud esencial de la tierra andaluza’, cual es la de su propia e inconfundible personalidad.

Pero por desgracia no todo lo que rotulado con etiqueta de la autenticidad ha venido desde Andalucía a estas tierras del Plata ha respondido al prestigio de esa ‘autenticidad’. Por esta razón cuando los andaluces, que entendemos de verdad lo nuestro, vemos que llega algo que vale la pena, algo que, en realidad, responde y corresponde a lo que es representativo del cuerpo y del alma de nuestra Andalucía, nos sentimos legítimamente orgullosos.

No hace mucho, dejándome llevar por la curiosidad y por el espíritu crítico hacia todo lo andaluz, tuve ocasión de ver y de escuchar a Rafael Camacho. Cuando los que me acompañaban que eran varios escritores de prestigio, requirieron mi parecer, les aseguré, sinceramente, que en mi opinión este Rafael Camacho era ‘lo más grande’ que, en su género y en muchos años, nos había enviado Andalucía.

Y como todo artista de genio, cual Camacho, suscita, tras la emoción, una serie de reflexiones, quiero referirme a él, en un par de cuartillas, como a un andaluz ‘tipo’, vale decir como a un andaluz en la máxima y más definitiva y estupenda significación del vocablo, pues no vacilo en afirmar que ningún bardo, ni antiguo ni moderno, ha expresado jamás, como este Camacho, lo que es Andalucía. Es el artista más verídico con respecto al arte andaluz, que he conocido, no solamente en lo que expresa sino en cómo lo expresa. Es en lo andaluz viril lo que la Pastora Imperio es y significa en lo andaluz ‘hembra’. Ambos, Pastora Imperio y Rafael Camacho, la hembra artista y el macho castizo en combustión gitana, que del alma de la humana tristeza extraen la alegría insospechada para desparramarla por la tierra como un tesoro desbordante. En Pastora, como en Rafael, todo es sangre y música, dolor y sueño… constituyendo ambos dos estampas magníficas y definitivas de Andalucía. Los ojos de Pastora Imperio son verdes y los de Rafael Camacho son negros. En los de ella se encierran todas las profundidades del Océano y en los de él todas las profundidades de la Noche. Mar y Cielo que no admiten pequeñas comparaciones. Mar y Cielo que saben pasar de las claridades más diáfanas y dulces a las negruras más sombrías y borrascosas. Dos inmensidades, la del Agua y la del Cielo en confabulaciones misteriosas con vientos y con nubes…

Rafael Camacho ‘canta’ y ‘baila’. Su danza es lenta, apolínea, ofídica, con color de ‘verde luna’, sabor de olivos del Guadalquivir y misterio de plenilunio en noche cortijera de San Juan. ¡Qué de lejos nos lega al tablao esa su danza que es pasión y llama, ritmo y majeza, rito y articulación, brinco y taconeo, pies y manos, y dedos castañeteadores como en repiqueteo de cibélicos crótalos.

Rafael Camacho ocupa él solo el tablado. Nada de coro, nada de comparsa, nada, en fin, de ‘cuadro flamenco’. Él solito bastándose y sobrándose para llenarlo todo con la superabundancia que le brota de sí mismo. Viéndole perfilarse y avanzar airoso hacia las candilejas, protagonista seguro de sí propio, nos recuerda aquel famoso ‘dejarme solo’, o ‘fuera gente’ del inmortal Joselito cuando relegando a barreras a su cuadrilla, quedábase en mitad del redondel como único y suficiente espectáculo.

DANZA: Cuando Rafael Camacho baila bate y juega con gracia inimitable las banderillas de sus brazos, y olvidándose del público que le mira, se embriaga para gustarse a sí mismo en su propia fiebre caracoleante. Su danza es ritual y jerárquica, de extraña belleza calurosa, y siempre es ‘danza de fuego’. Mientras haya quien baile, como Rafael Camacho, con tales abundancias emotivas, y las suscite, el baile andaluz no perderá el prestigio de su fama y de su mágica significación.

CANTE: Rafael Camacho es todo un ‘cantaor’. Esta rotunda afirmación, pensada y expresada en andaluz, adquiere los fueros de una definición. He dicho ‘cantaor’ porque ya sabemos que una cosa es el ‘cante’, y otra muy distinta el ‘canto’. El canto es arte, y el ‘cante’ es vida. El canto se estudia en los Conservatorios, y basta garganta, timbre y un buen profesor para llegar a actuar en el Scala de Milán o en el Ópera de París. El ‘cante’, en cambio, no se aprende porque nada puede ser enseñado cuando ha de tratarse, en cada caso, de una creación. Y el ‘cantaor’ no es intérprete de ningún compositor, sino creador, compositor y ejecutante él mismo y de sí mismo. El canto sale de la garganta, y el ‘cante’ brota y tiene que brotar, para que de verdad lo sea, de los mismos reaños del corazón y del alma. Por esta razón no puede haber críticos de ‘oficio’ para el ‘cante’, y sí para el canto. El canto se entiende, y el ‘cante’ se siente. El canto podrá deleitar, agradar y hasta entusiasmar. Pero solamente el ‘cante’ tiene el privilegio de hacernos verdaderamente hervir poniéndonos el alma y la sangre en combustión.

Y Rafael Camacho que es ‘bailaor’, es también ¡rara y feliz coincidencia!, ‘cantaor’. Rafael Camacho posee, en fin, las tres potencias pirómanas del alma de Andalucía: pasión, ímpetu y aventura

Por poseer estas tres cualidades Rafael Camacho, en llegado que llegó a la Argentina, pudo hacer suya la frase de César al Senado anunciando la rapidez de sus triunfos: “veni, vide, vici…”

PEDRO BADANELLI

(De la Revista ‘HOGAR ANDALUZ’)i

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Hoy, sábado 23 de septiembre de 2006 estoy releyendo este libro prestado por María de las Mercedes Garay cuando estábamos avanzando en lo previsto para la presentación del audiovisual Como nacen los brotes, en la XII Feria del Libro de Santa Fe.

Ella sugirió la interpretación de poemas de Federico García Lorca y así el acto comenzaría con la reiteración de dos romances del granadino, en su voz…

En tales circunstancias, refiriéndose a sus lecturas nombró a Pedro Badanelli y a Rafael Camacho. Sucesivos comentarios en torno a sus vivencias mientras era la telefonista en el Hotel Castelar y su recuerdo del momento en que le entregó ese libro con relatos sobre la vida, obra y arte de Rafael Camacho, con blancas tapas y cubierta con tonos violáceos.

Una vez más, generosa acercó ese libro para que ampliara lo pertinente al controvertido sacerdote jesuita que tantas señales dejó en esta provincia litoraleña. Al final, en la página noventa y nueve, consta: “Se acabó de imprimir en Santa Fe de la Vera Cruz (Argentina) el día 27 de abril de 1946 en los Talleres Gráficos de Raúl Castellví.”

Aquí, la reiteración ineludible porque es una edición de hace seis décadas, hace tiempo agotada en una de las tantas desaparecidas librerías y editoriales santafesinas… ii

Su vida…

En la cima más sugestiva de todos los problemas humanos está el que se desprende del concepto de que para cada hombre el MUNDO no es todo el mundo sino tan sólo aquella porción geográfica que vitalmente lo produce e informa. Cuerpo y alma de cada hombre, es decir, el hombre entero, viene a ser siempre como un organismo de viviente receptividad, verdadera antena radiotelegráfica que recoge e intercepta las incontables vibraciones de la realidad circunstantes. Hay una sordera y una ceguera que no dependen de oídos y ojos, sino que surgen como innata y negativa propensión de nuestra propia intimidad psíquica y que a su vez anula todo lo que no le es afín.

En nada ni en nadie como en Andalucía, y en el andaluz el concepto del propio e inconfundible carácter de la determinadísima substantividad propia se dan de un modo tan superlativo. Gracias a esta doble y recíproca modalidad, geográfica y humana, es posible a lo que ha de entenderse por “lo andaluz” conservar su imborrable y rebrillante perfil milenario.

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Y dentro de la gran geografía andaluza hay una constelación lírica integrada por las tres ciudades cumbres del valle del Guadalquivir: CÓRDOBA, SEVILLA Y GRANADA… con sus tres motivos respectivos y característicos de olivares, de agua y de montañas… CÓRDOBA, SEVILLA Y GRANADA: las tres ciudades que hay siempre que citar juntas.

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Yo no me atreveré a decir que se haya hablado demasiado de Sevilla, pues las sugestivas irradiaciones de su gracia y de su misterio son inagotables. Pero, esto sí, no vacilo en observar en alta voz que de Córdoba se ha hablado y se ha habla demasiado poco. La razón de este casi menosprecio por la tan andaluza y maravillosa ciudad de los califas estriba, para mi observación, en que nuestros sentidos no son los suficientemente agudos como para poder llegar a recoger ni la luz de su esplendor ni la voz de los sonidos que su cuerpo y su alma encarnan. Porque así como nuestro aparato visual sólo percibe los colores que se ordenan desde el rojo hasta el violeta y no los que en el espectro sabemos que existen a ultranza del último, para los cuales nuestras débiles y defectuosas pupilas son prácticamente ciegas; y así como en el orden de las sonoridades son sordos nuestros tímpanos para la captación de las vibraciones que pasan de las cuarenta mil por segundo, así, y por análogas razones, en el aspecto o sentido de lo misterioso y de lo estético sólo percibimos lo que cae dentro de una primera y más fácil selección.

Sevilla, cosa vibrante y decorada, alegría y goce fresco de vivir y de reír, ciudad, por excelencia, torera, galante y donjuanesca, resulta siempre y para todos de fácil entendimiento y apreciación. Y lo mismo, aunque en otro aspecto, cabe decir de Granada, la ciudad hecha para los sueños y los ensueños… pero cuyos encantos entran a torrentes por los poros todos del alma sin que su apercibimiento exija mayor esfuerzo.

…En cambio Córdoba, morena y cerrada, enjuta y silenciosa, con silencios de enamorados, como los cuadros de su Romero de Torres, está hecha par no reír, como Sevilla, ni para soñar como Granda, sino para MEDITAR… Y como la función de meditar es la más rara, exquisita y aristocrática de todas las funciones por ser actividad que exige elevación y jerarquía intelectual, he aquí la razón del porqué Córdoba viene a ser para la comprensión vulgar la más inaccesible de todas las ciudades de Andalucía, como quiera que antes que otra cosa Córdoba es profundidad y hondura, ensimismamiento y hermetismo, melancolía y altivez, y, en fin, nostalgia… una enorme e incurable nostalgia –nostalgia sin resignación- de haber sido durante siglos y siglos la más deslumbrante de todas las ciudades de Occidente; la rival de Bagdad, la que centurias antes que el renacimiento hiciese brotar las fuentes de la cultura clásica hacía fluir y correr hacia el resto del mundo el caudal de la más rica civilización que conociera el mundo durante la Edad Media y en cuyo seno se plasmaron nada menos que las soléricas esencias que el viejo mundo había de trasegar al Mundo Nuevo. Nunca como entonces, ciudad alguna del orbe, fue, como la Córdoba del Califato, luz de España y antorcha del mundo…

Ya se lee en Cervantes, que era, por cierto, de progenie cordobesa, aquello de “andar de ceca en Meca”. Pues bien: la Ceca era la fastuosa mezquita cordobesa que se erguía entre un cañaveral integrado por más de tres mil minaretes.

Y en fin, diremos con Fernández Mato, que: Córdoba es una conversa, pero no una arrepentida. Su silencio sirve de freno a los suspiros. Y así, Sevilla es luminosa. Granada es musical, y Córdoba es honda, honda, honda…”

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Yen esta Córdoba, honda y cetrina, enigmática y meditabunda… nació una Nochebuena, con rostro de bronce y corazón califal, RAFAEL CAMACHO. Nació bajo el signo de la Estrella de Belén y trayendo a la vida, como marcado destino, una misión que cumplir: la de enseñar al mundo en qué consiste la profundísima quintaesencia milenaria del arte calé de Andalucía, del que antes de él, de RAFAEL CAMACHO, nosotros, todos, incluso los andaluces, no conocíamos más que su áspero exterior.

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En el Archivo de la Iglesia Parroquial de San Miguel Arcángel está asentada la partida de bautismo de NARCISO RAFAEL CAMACHO JIMÉNEZ, cuya infancia, que fuera atracción y delicia de toda la chiquillería del barrio, se deslizó a la sombra del vetusto campanario, hasta poco después de cumplir los doce años, en que muerta su madre y con ella el único ser que en la vida tenía, el chiquillo -ya visionario y vagueador- al encontrarse solo, sin pariente alguno, y en la más completa y abandonada libertad, rumbeó a Sevilla cuya ciudad le esperaba para templar con el temple de su gracia el “bronce y sueño” de su chavalería, ya marcadamente gitana y cordobesa. Y en ésta, su escapada y su establecerse en Sevilla, cuya fama y ambiente tanto le imantaban, encontraremos al clave de ese dualismo que bifurcará para siempre las categorías personales de Camacho: de un lado la alegría inconsciente del sevillano; de otro la seriedad del gesto y esa sonrisa enigmática del perfecto andaluz califal, que convertida en un signo misterioso y tremendo, pone -en el decir de Ortega y Gasset- escalofrío en la médula…

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Y como una vocación auténtica consiste, antes que en otra cosa, en un fijarse en “algo”, y en no importar nada el resto de las cosas circunstantes, una vez en Sevilla y sin la constante persecución de aquélla su buenísima madre, que imbuida del viejo concepto que de la farándula tenían en aquel entonces las buenas mujeres lugareñas, habíase dedicado a llorar “la mala suerte” de tener un hijo, e ¡hijo único! “para mayor desgracia” que en vez de aprender un oficio “decente” jugaba al teatro; y a querer disuadirle a fuerza de bien intencionadas palizas de su terco e “inconcebible” empeño farandúlico, el niño RAFAEL, pudo, libre ya de tan amorosa como férrea tutela, dar libre expansión a sus deseos. Estos, de momento, no eran, ni podían ser otros, que los que le llevaban cada noche a asistir boquiabierto a cuantos espectáculos de arte andaluz se representaban en teatros, “colmaos” y salones de aquella Sevilla jaranera y sandunguera de los tiempos de “La Macarrona…”

Su frecuencia en asistir al Salón Olimpia, el más “flamenco” de los tablaos sevillanos, hizo que Rafaelito Camacho se hiciera popular entre aquél elemento de guitarristas cantaores, bailaores y majos y majas de rumbo… que iban despertando en el chiquillo la revelación de la idea a la cual había luego, triunfalmente, de consagrar por completo su existencia. Porque en el artista podrán sobrevenir después otros motivos justos y lógicos para ejercer su arte –gloria, fama, riquezas…- pero lo primero que se da y se encuentra en él, como primer plano intencional, es el afán desinteresado e instintivo del placer del arte por el arte mismo.

Y este afán desmedido, esta chalaura es la que ya había prendido como llama inextinguible en el alma de Rafaelito que peregrinando como el reflector de un navío sobre el área inabarcable de los infinitos motivos del arte andaluz, y espumando de ellos lo que más se ajustaba a su propia índole temperamental, soñaba con debutar allí, precisamente allí, en “la Catedral del arte flamenco”, en aquel salón Olimpia… por donde habían desfilado, nada menos que La Niña de los Peines y la de La Puebla, La Malena, El Niño de Utrera, El Pena, Chacón, el Cojo de Málaga, El Breva, El Chato de Jerez, Anilla la Ronda, Mariana Márquez, Conchiya la Peñaranda, La Caramba, la PASTORA IMPERIO, y.. en fin, la “flor y la canela” de toda Andalucía…

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Y como inspirada en un pasaje del Evangelio de San Juan, se ha dicho una y mil veces, convertida ya en frase hecha, lo que de: “no hay hombre, sin hombre”, a lo que podría añadirse: “y sin circunstancias favorables”, así fue para Rafaeliyo… aquella noche en que a boca de jarro le dijera, muy en serio, el dueño y empresario del Olimpia Don Francisco Arday: “oye, Rafaé, te atrevería tú a debutá mañana”.

…Porque para el caso que cierta pareja de bailes extranjeros había fracasado con tan definitiva desgracia que era necesario cancelarle el contrato y buscar de inmediato un número que llenase el hueco.

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¡Debutar, y debutar a la noche siguiente…! Pues no era nada lo del ojo…; y sin tiempo para ensayar, ni para templarse,…; y sin un traje siquiera con que salir del trance.

…Y así hubo que improvisarlo todo… hasta el nombre con que el chico había de hacer su presentación, acordando el propio empresario que puesto que se le llamaba de primer nombre de pila NARCISO, le encuadraría bien anunciarle como NARCY, dado que en aquellos tiempos estaban de moda los nombres breves e inglesados.

Todo, digo, hubo que improvisarlo menos lo que ya era una realidad definitiva: la condición artística que llevaba congénitamente, y enraizada, hasta la médula de sus huesos, aquél chaveiya de 15 años…

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Y el público del Olimpia que estuvo en seguida en antecedentes de lo que pasaba y del improvisado debut de aquel niño que había venido de Córdoba… no habló aquel día de otra cosa y no esperó otra hora que la señalada para el acontecimiento, mientras el protagonista, mitad loquito de contento y mitad temblando más que un azogado, contaba los minutos que faltaban para que se les decidiese ¡nada menos! que la vida de su arte, que era para él mucho más importante que su propia vida.

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Después del “Cuadro Flamenco” en que tomaban parte aquella noche “bailaoras” de la categoría y fama de La Gonzalitos y de La Sorda, y de “cantaoras” como La Pompi, célebre por las saetas que cada madrugada del Viernes Santo cantaba en La Campana, bailaron y cantaron otros artistas, sin que el público, ansioso por ver aparecer al debutante, les prestara mayor atención…

Hubo una pausa. Los tocaores verificaron el temple, las guitarras se pusieron a tono, y por el fondo del tablao apareció ¡por fin! Rafaeliyo er de Córdoba, majo y juncal, vistiendo un traje negro “emprestao…” y adornando su cabeza con un sombrero calañé, al que había tenido que meter papeles en la badana para poder ajustárselo.

…Olés, vivas y aplausos atronadores le saludaron. Por su majeza, su marchosería, la picante gracia de sus ojos negros y presumidos andares, a los parroquianos se les antojó aquél garboso muñeco encarnación viviente no ya del torerillo andaluz sino de la mismísima Andalucía. Taconeando levemente y mirando de soslayo, dio una vuelta al tablao ejecutando así lo que había pensado serle lo más difícil: su salida, su aparición ante el temible y respetable público. Luego, desde el fondo, se vino sobre el público acentuando el taconeo, hiriendo las tablas cada vez con más seguridad, precisión y nervio, y cuando llegó a las candilejas quedó clavado frente al público con un pitillo en la boca y la cabeza echada soberbiamente hacia atrás, los ojos entornados y la boca sonriente. Estallaron de nuevo los olés. El mocito cambió bruscamente de expresión y de postura y al compás de la música cantó, con aplomo increíble, una canción que parecía en cierto modo haber sido escrita para él: “LOS HUERFANILLOS…” canción llena de desgarrador patetismo donde se narran las vicisitudes y la trágica muerte de un torerillo andaluz que se lanzó a la vida de las plazas para sostener a sus hermanitos menores. Y el estribillo de esta canción, primera que cantaba en público, fue coreado por los “cantaores” que asistían con estudiado gesto de protección al debut del prodigioso muchacho:

Déjame que yo toree

que somos tres hermaniyos;

quiero ganar mucho oro

que somos toos huerfaniyos…

Y luego de “Los Huerfanillos” cantó “La Romería del Quintillo”, y, en fin, como último número de aquella su primera noche triunfal, cantó, mientras sus pinreles ejecutaban un rítmico repiqueteo, la bonita y conmovedora copla de “El Niño de los Monjas…”

El Olimpia vibró de arriba abajo en un solo clamor de entusiasmo, y muchos parroquianos se habían subido sobre las sillas y aplaudían rabiosamente. Uno de ellos gritó: -Esto es el acabose, er disloque

El mocito, muy pálido, pero sonriendo, se adelantó lo más posible hacia el público para dar las gracias.

-Choca ahí esos cinco -le dijo luego Don Francisco, el amo del Olimpia, cuando sudoroso se quitaba el traje en el camerino. Y más de una “cantaora” se lo comió a besos.

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El último cuadro había concluido. Los artistas despojados de sus tajes de “luces” y cambiadas las sedas por el percal, descendieron del tablao y se desparramaron por las mesas de los amigos ansiando refrescarse con manzanilla de Sanlúcar el reseco gaznate y hambrientos del pescao frito que con sus consabidos rabanitos traían a esa hora de la freiduría de la Plaza del Duque.

-No cabe más -aseguraban; es un niño que promete de verdá y que le va a quitá los humos a más de cuatro.

En la mesa de “Er cateto de Morón”, rico labrador que venía a Sevilla todos los meses a meterse en juerga y a cambiar rumbosamente unos cuantos billetes de los grandes, el asombro había desatado las lenguas, no obstante lo cual nadie acertaba a expresar cabalmente lo que sentía. Por fin “Er Cateto…” sentenció solemnemente:

-Este niño va a ser er nuplo der tablao

Y María “la guapa” que alternaba aquella noche con el Cateto y con otros amigos, muy ensimismada y apurando una caña de “Mil Pesetas”, preguntó:

-“¿Er nuplo…? ¿qué quie decí eso der nuplo?

A lo que respondió, aclarando el unto, el propio Don Francisco Arday que de pie había asistido al final de la conversación.

-Pues eso de “er nuplo”, que ha dicho aquí Don Manué, quie decir er NON PLUS, o sea lo mejón de lo mejón.

Y por las mentes de todos los que rodeaban la mesa del opulento y generoso Cateto de Morón pasaron ideas y palabras de aprobación, porque hasta los del oficio encontraron tan superior al niño debutante que ni siquiera sentían como artistas, los malditos escozores de la envidia.

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Mientras todo esto ocurría, y los parroquianos iban, poco a poco, desfilando por la puerta de salida de la calle Trajano, el niño Rafael Camacho, que se había escabullido por la puertecilla trasera que daba a la de Tarifa, vagaba por las calles sin rumbo y sin sueño. Entre las flores de algunas rejas, en las callejuelas tortuosas por donde ya no transitaba un alma, brillaban los ojos de las mocitas que a esa hora, y a hurtadillas de los padres, pelaban la pava con los mocitos que echado atrás el sombrero de ala ancha permanecían recortados en los barrotes de las rejas en posturas estudiadamente presumidas.

Pero la mirada del niño Rafael no se detenía en la tierra… sino que intentaba abrirse paso hacia los estrechos retazos de cielo que se descubrían entre las hileras de las tortuosas casas…

Sin saber cómo se encontró en la amplia y castiza Alameda de Hércules completamente silenciosa en aquella hora lívida de la noche avanzada. Se sentó en un banco. De sus ojos brotaron dos lagrimones como dos granizos derretidos. Había triunfado ¡al fin! pero no tenía aquella noche a quien ir a contarle su triunfo… porque aquélla madrecita linda y santa a quien tanto él había hecho sufrir con su “dichosa” afición al arte, no estaba ya en el mundo… Se fue al otro con “su pena” en el alma… Pero ahora al través de la transparencia de aquella noche sevillana, cuajada arriba de luceros y abajo de jazmines, ella… le sonreía a su Rafael de su alma… aumentada su gloria de santa, con al gloria de artista de su hijo…

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A la noche siguiente, antes de la función, Don Francisco, luego de celebrarle su triunfo y de alabarle su habilidad, sacose ceremoniosamente del bolsillo de su chaleco una linda medalla de oro con la imagen del Señor del Gran Poder y se la obsequió al muchacho que la recibió con emoción incontenida.

Rafeliyo, tú vas a revolucionar el arte; tú vas a darle la vuelta al mundo removiendo muchos rescoldos de nuestra tierra -le dijo Concha la de Huelva.

-¡Bien dicho, güervana, bien dicho! -prorrumpió La Pompi radiante. Yo digo lo mismo, hija…

-Por favor, señores; no me hagan ustedes creer que voy a salvar a España.

-Hay muchas maneras de salvar a España, Rafaé -dijo Don Francisco-. En tu género puedes llegar a ser un tío catastrófico…

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Y como el hombre que un día ha podido pronunciar su ¡EUREKA! puede decir, en realidad, que descubrió su propia vida tras la cual sólo le queda continuar viviéndola, así RAFAEL CAMACHO, luego de su debut triunfal, no pudo pensar en otra cosa que en dar pábulo a su gran negocio sentimental: su arte, al cual, en su encendida imaginación, hacía ya cabalgar sobre el pegaso de las más atrevidas y risueñas ilusiones…

Rafael se había puesto en claro consigo mismo, y esto le bastaba. Pero como nadie es profeta en su tierra, le aconsejaron se trasladase a Madrid o a Barcelona donde el horizonte artístico podía brindarle insospechadas posibilidades…

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Y solito, con un paquete de ropas por todo equipaje, llegó a la Ciudad Condal llamando a las puertas de la Fortuna. Pero como ésta, antes de entregarse, suele someter a duras pruebas a sus amadores, no fueron pocas a las que sometió al niño cordobés injertado en sevillano.

Barcelona no contaba con él, con aquél chiquillo desconocido y extraño que se ofrecía a cantar y a bailar aunque fuese “de balde” con tal de que vieran de todo lo que era capaz…

Las anécdotas y las peripecias que llenaron aquellas primeras semanas de su vida en Barcelona abarcarían con su relato todo un libro voluminoso. Días sin pan y noches sin techo fueron, incluso, nuevas calamidades que pusieron de relieve, en su caso, de todo lo que se es capaz de vencer en al vida cuando lo que aguijonea no es el espíritu de aventura sino el soplo de fuego de una auténtica vocación que desea a todo trance y a cualquier precio poder llegar a realizar en actos todo lo que somos y todo lo que como carga divina llevamos en potencia. Y este anhelo que basta a henchir el volumen de la personalidad es nada menos que lo que justifica una existencia: la de cada uno de los tocados con la gracia celeste de la genialidad o del arte.

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Y como en todo aquello que en la vida nos hizo de alguna manera grandes o fuertes hay siempre de por medio un poco, o un mucho, de amor, activo o pasivo; y como por otra parte está reservado a los artistas unas veces el privilegio y otras la desgracia de suscitar emociones y pasiones delirantes, he aquí que cuando el chiquillo cordobés sintiendo ya agotadas sus fuerzas en aquella desigual lucha entre la insignificancia de sus medios y el colosal volumen del egoísmo de la gran ciudad, pensaba ya en solicitar un billete de caridad para regresar a su Andalucía, no por sentirse fracasado sino por desesperación ante el fracaso de los demás… que no querían perder tiempo en tratar de comprenderle, surgió para él, de improviso, un romance salvador. Una vieja artista gaditana, retirada de las tablas desde hacía años, conoció casualmente al muchacho y se enamoró de él. No pasó este amor de la raya de lo decente, pero como una mujer madura y enamorada de un chiquillo, aunque lo sea tan sólo platónicamente, se siente capaz de cargarse a hombros el mundo y sus arrabales, la buena dama jubilada no dio paz a su empeño en ver triunfar a su muchacho hasta que, por fin, consiguió que Don Benito Ulesia, contratista de Variedades, se lo llevara a un Café-Cantante de Sarriá con una asignación de tres duros por noche y una botella de champagne para que la rifase.

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Y no fue necesario más. Como el arte del dichoso chiquillo no se parecía al de nadie, repitióse ahora en Sarriá y más tarde en Tarrasa (que llegó a llamarle “su hijo predilecto” y donde se vinculó para toda su vida con lazos de entrañables amistades) las mismas emocionadas y delirantes escenas de aquella inolvidable noche de su debut en el Olimpia de Sevilla.

Y de Sarriá, barriada barcelonesa, fue contratado nada menos que para EL PARALELO, donde propiamente recibió la alternativa, y donde logró su triunfo definitivo por aquello que se dice, y con razón: “el que pasa El Paralelo puede ir por el mundo entero”…

…Y por el mundo entero, efectivamente, está volando el nombre y la genialidad de RAFAEL CAMACHO, aquel chico que con el improvisado nombre de NARCY debutara medrosamente, y como por broma, en una noche de primavera sevillana…

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Y fue París, donde los artistas del orbe encuentran su tribuna de gloria, la gran ciudad resplandeciente por la que primero, entre las para él extranjeras, paseara su garbo y su arte demostrando lo que es y lo que vale la auténtica Andalucía jerarquizada…

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Y luego, a su regreso, toda España pudo ver y admirar al ya consagrado hijo de Guadalquivir que sabía, como pocos, transfundir a los públicos el hondo secreto de la pena negra del arte “calé”…

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Y más tarde, en fin, el gran vuelo a los ultramares… poblados de ensueños, que con ventajoso contrato lo transportó de Barcelona a Buenos Aires para ser aquí, en las orillas del Río de la Plata, el niño mimado de todos los públicos, el hijo predilecto de la Fama y el amado de la Fortuna.

Y la Radio… y el Cine… y proposiciones de ventajosos contratos para Chile, Perú y Cuba… y para renovar el que le trajo a Buenos Aires.

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Y como este primer capítulo está epigrafado con el rótulo “SU VIDA…” muchos lectores se sentirán defraudados al no leer aquí nada que haga referencia a esas intimidades de los artistas que tanta curiosidad despiertan en sus admiradores y sobre todo en sus admiradoras…

¿Su vida? ¡¡¡LA VIDA de Rafael Camacho!!! Esa vida suya que empieza cada noche cuando ha descendido del tablao y que dura hasta el otro día a la hora en que el hombre privado se torna en personaje público…

¿Su vida?… ¿Qué puede importarte a ti y a mí?… ¿Qué es, y qué tiene que ser, a la fuerza, la vida de un artista?… Antes que otra cosa una lucha… Y enseguida, un trabajo constante, y un problema que resolver, una verdad que descubrir, una superación que conquistar… Media vida, en fin, representando, y la otra media pasada en prepararse apara representar. Privaciones sin cuento: en el comer, en el beber, hasta en el dormir…

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Por lo demás, su vida, como toda vida, no puede consistir en otra cosa que en el peculiar modo de ver, de contemplar y de interpretar el Universo.

Pero yo, que soy también, como él, andaluz, sé muy bien que los andaluces no tenemos más que una forma de interpretación cósmica y vital que viene a ser algo así como un engarce del pensamiento, en calma, del árabe que sueña… con la serenidad del griego que contempla…

¿ANDALUCÍA…? Una escéptica sonrisa de tolerancia ante la pobre gente, “la gente formal” que toma la vida en serio.

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En cuanto a lo demás… resuelva cada uno sus incógnitas personales sin meterse a curiosear ni a husmear en las ajenas…

¿Contar la verdadera verdad de una vida ajena…? ¿Pero es que acaso, lector, serías tú capaz de contarnos tu verdadera vida…? ¡¡¡Vamos, hombre…!!!

Su obra

Andalucía la menos separatista, sin duda, de todas las regiones de España, es, sin embargo, la más separada del reto de las que integran el gran mosaico del mapa español. Ninguna otra región no solamente de España sino del mundo entero posee como Andalucía una modalidad y una cultura más radicalmente suyas. Este dato es el más absolutamente imprescindible de subrayar para empezar siquiera a entender el medular concepto que se encierra en el resonante y luminoso nombre de ANDALUCÍA.

Los andaluces nos caracterizamos desde siempre… (es decir desde que existimos como tales (o sea desde que fuimos tartéssicos) por muchas modalidades peculiarísimas e inconfundibles. Entre éstas por nuestro odio a todo lo cruento. A los guerreros, como a tales hombres de oficio bélico, los hemos despreciado siempre. Odiamos, por instinto, al militarismo en cuanto representa un estar preparado ya para lo sanguinolento. Nada de Cid Campeador, ni de Jaime el Conquistador. Simpatizamos con la inofensividad de Alfonso IIº el Casto y con la piedad doliente de Alfonso IVº el Monje, Pero detestamos a Alfonso el Batallador justamente por ser batallador.

La aspiración más fuertemente irreprimible de los andaluces es a que nos dejen vivir en paz. Consecuencia de esta repugnancia por todo lo que signifique guerras y espadas es que Andalucía haya intervenido tan poco en lo que se entiende por Historia Universal, y que no es otra cosa (por cierto mal entendida) que la historia cruenta del mundo.

Nos hemos dejado conquistar, sin resistencia, por todos los pueblos: desde el fenicio hasta el árabe, y esto no por cobardía, sino por la astuta seguridad de que nuestros conquistadores tenían que acabar, fatalmente, por ser ellos los conquistados. Porque es el caso que Andalucía convierte, como por arte de hechicería, en andaluz, a todo el que, venga de donde venga, cae en su seno. Este doble prodigio de captación y de adaptación, de puro evidente no ha sido nunca lo suficientemente puesto de relieve ni observado. Andalucía se ha dedicado a lo que pudiéramos decir cazar con trampa a los pueblos todos del Mediterráneo. Así, al desembarco estrepitoso y al ataque brutal de los conquistadores Andalucía ha presentado siempre no su espada sino la muelle fascinación de su blandura, pues como ha dicho Ortega y Gasset, con feliz e ingeniosa frase, la táctica de Andalucía ha sido siempre la táctica del colchón: ceder y ser blanda, acabando de este modo y siempre por embriagar con su delicia al áspero ímpetu del invasor. El olivo bético -y continúo haciendo hablar a Ortega- es símbolo de la paz como norma y principio de cultural. Pero mientras creamos haberlo dicho todo cuando acusamos al andaluz de holgazán seremos indignos de penetrar en el sutil misterio de su alma y de su cultura. Se dice pronto eso de “holgazanería” aunque es una palabra bastante larga. Pero en vez de afrontar el hecho con pedante además de mal maestro de escuela y atribuir a este pueblo viejísimo la nota de pereza como una arbitraria calificación escolar, mejor será que abramos bien los ojos y agucemos la mente a fin de entenderlo. Corremos si no el riesgo imprevisto de enaltecer la holgazanería, puesto que ella ha hecho posible la deleitable y perenne vida andaluza.

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En realidad ningún enfocamiento tan certero del problema andaluz ha podido darse como el que encierran los enjundiosos conceptos de Ortega y Gasset, el que por no ser andaluz añade al valor dogmático de su autoridad de pensador ilustre el mérito garantido de una absoluta imparcialidad.

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Efectivamente cuando analizamos la historia de cualquier otro pueblo que no sea el andaluz, aun sin salir de España, nos encontramos con que la síntesis de su vitalidad consiste y ha consistido siempre en un empeño, sin tregua, por aumentar su dicha guerreando. Pero la ecuación última del problema de la felicidad no puede consistir en un perpetuo estado de nerviosa belicosidad. Una metafísica de la guerra como explicación de todo el proceso histórico de la biología humana será siempre de un patetismo tan desgarrador como decepcionante. Pues bien: es tan solamente el pueblo andaluz el que en contraposición exclusiva del resto del mundo cifra todo su esfuerzo en no esforzarse y en hacer de la evitación del grosero y siempre brutal esfuerzo bélico el principio de su propia existencia, que a todo trance se empeña en ser pacífica.

Así, pues, todo el que desee entender a Andalucía ha de empezar por reconocer toda la grandeza que encierra en una manera tal de interpretar la vida, vale decir en colocar como ideal de la humana existencia no la lucha, sino la no lucha. Este hecho es tan enorme que nada resulta tan difícil para los pueblos no andaluces como el poder explicárselo. Pero si consideramos que la idea bíblica del Paraíso es justamente una idea de no esfuerzo ante lo geográfico, llegaremos necesariamente a la conclusión de que solamente en la gracia cromática del gran valle del Guadalquivir puede encontrarse un residuo, al menos, de aquella ideal y paradisíaca felicidad perdida…

De este modo podemos ya dejar sentadas estas dos ideas básicas tendientes a la captación del problema andaluz: convicción plena de habitar el rincón mejor del planeta, y anhelo decidido de paz como norma de conducta garantizadora de no ser molestado en el legítimo disfrute de ese paraíso

Y esta convicción, por una parte, y este anhelo, por otra, son y constituyen, sin duda, las causas originantes de la virtud esencial del pueblo andaluz, cual es su marcadísima personalidad, intensa, irreductible y sobre todo absorbente, con esa absorción, que observábamos antes, y que selecciona, modifica y anula las modalidades todas de cuantos elementos extraños han intentado dominarla. Y en esta influencia transformadora que a su favor ha ejercido siempre Andalucía sobre las razas invasoras que en el suceder de su historia la han ido dominando, y en este acabar, todo lo que llega a Andalucía, por perder, más pronto o más tarde, su personalidad, y andaluzarse, dos ejemplos se destacan con marcadísimo relieve: el de los ÁRABES y el de los GITANOS, que en maravillosas operaciones de trasiegos de exósmosis y endósmosis han producido, nada menos, que todo ese doble volumen de peculiar forma de cultura que se denominan: LO ARÁBIGO ANDALUZ, Y LO ANDALUZ GITANO.

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Interesado al propósito concreto de esta obra, consagrada a poner de relieve la que de suyo realiza Rafael Camacho, el que nos fijemos tan sólo en lo andaluz gitano, conviene que observemos lo primero que la única región del mundo en que los gitanos han sido capaces de abandonar su milenario e incorregible nomadismo para trocarse en habitantes sedentarios, ha sido Andalucía, llamada por ellos mismos en sus canciones “tierra musulmana que ampara a los calés”. Basta recordar a este propósito el ejemplo del Albahicín, barrio cañí, por excelencia y tradición, donde en cuevas adornadas de relucientes metales habitan los gitanos granadinos desde los tiempos de la Reconquista.

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Y dejando a un lado, por no hacer tampoco dentro de nuestro objeto ni de nuestra intención, el problema científico de la aparición de la gitanería en el suelo de Europa, recordaremos tan sólo que ya a fines del siglo XIV la Europa germánica sintióse alarmada por la aparición de tribus errantes integradas por gente de color cobrizo y aceitunado, extraña absolutamente por sus costumbres e indumentaria a todos los pueblos occidentales.

Europa recibió muy mal a estas sospechosas pandillas de nómades bulliciosos que ataviados con todo lujo de colorines y abalorios acampaban en los suburbios para dedicarse a vender augurios, bailar al son de panderos y practicar la hechicería.

No fue, pues, extraño que desde el principio se desatara contra aquellos egipcios trashumantes -como les llamaba el vulgo- la más encarnizada de las persecuciones, pues desde que saliendo de las profundidades más ignotas del Asia se aventuraron a peregrinar hacia Occidente sus padecimientos han sido constantes como espantosos, pues la fantasía popular los culpaba siempre de todo lo malo que acontecía en los lugares por donde pasaban: desde la gallina desaparecida hasta del envenenamiento y del canibalismo. Guy d’Agne en su Dictionaire de la Conversation nos ofrece interesantes datos sobre esta raza perseguida, la cual “como los árabes del desierto, jamás pasa otra noche en el paraje donde ha despertado por la mañana”. Leyes y pragmáticas, decretos y ordenamientos, desde la Dieta de Augsburgo y el Reglamento de Francfort, hasta el bill del Parlamento Inglés y los Decretos de Felipe Vº, caen implacablemente en Europa sobre esta extraña casta de camineros impacientes que del sufrimiento tienen un concepto estoico y de la vida una idea fatalista y desdeñosa, pero que va, lógicamente, acumulando resentimiento, aversión y actitud defensiva contra todos los hombres de todas las demás razas que no sea la suyas, tan vilipendiada y perseguida. Ni pueden, ni quieren ya los gitanos entenderse con las otras gentes que habitan el mundo. Sólo piden que les permitan acudir a las ferias para el chalaneo de animales, y que les dejen cantar y bailar… a ellos los hombres de bronce y de sueño…

…Pero ni siquiera esto consiguen porque en su incesante peregrinaje no encuentran lugar alguno en el orbe donde sus actitudes puedan insertarse. Van viviendo como hongos, atenidos tan solamente a sí mismos, sin adherencia alguna enraizada al medio geográfico, sin intercambio de substancia con el dintorno. En ninguna parte encuentran el reposo, siquiera relativo, que toda alma que gime y trema sueña y apetece por muy vagabunda que sea y que se sienta. Creemos un momento que España, por fin, va a absorberlos y a otorgarles el suspirado consuelo… a estos hombres transeúntes, tan llenos de angustia y desamparo…

Pero el norte hispánico es áspero y seco y la gran meseta castellana no puede armonizar tampoco el rigorismo de su severidad monacal con la cascabelería bullanguera de su alegre paganismo. La alegría gitana es joven y voluptuosa, y España es pragmatista de la santa honestidad. Su espíritu, el de Castilla, es, exactamente, el de un castillo hecho de austeridades y como para defenderse de él contra todo lo que vive, bulle y canta fuera…

Pero por fortuna inmensa para los gitanos, no toda España es ESPAÑA, vale decir: no toda España es Castilla…; ni siquiera toda España es Galicia, paciente y laboriosa pero triste y amorriñada; ni es Cataluña ocupada tan sólo en afanes de lucro; ni es Valencia, cabizbaja y sedentaria, ufana de su arroz y sus naranjas; ni es Aragón noble y altivo en su manto de harapos… Porque más hacia el Sur, traspuestos los filones metalíferos de la Sierra Morena, estaba, como esperándoles, el gran valle del Guadalquivir, la Andalucía luminosa y radiante, la más joven de las tierras de Iberia, y cuyo suelo todo era ya un tablado de baile…

En Andalucía y solamente en Andalucía, por extrañas circunstancias de carácter y de arábiga tolerancia, no fueron ni han sido nunca perseguidos los gitanos, sino, por el contrario, tratados con especial indulgencia y cordialidad. Solamente en Andalucía (“TIERRA MUSULMANA QUE AMPARA A LOS CALÉS”) después de tantas persecuciones y de tantas leyes dictadas como a porfía por todos los gobiernos de Europa, los gitanos dejaron de ser réprobos, truhanes y vagabundos… para ser considerados como integrantes de un pueblo que aunque distinto puede vivir honradamente dentro de otro pueblo y en perfecta y tranquila convivencia con él, porque si bien los gitanos tienen la cara tiznada, en su alma de hijos del Oriente (no mongólico) vive la gracia, la armonía y el ritmo…

Y cátate aquí que ¡por fin! el traqueteo de los pies sobre las carreteras interminables… dejó de huir bajo el acosamiento, y de avanzar con recelos, para convertir el vagabundaje pobre y socaliñero en honrado tráfico de metales relucientes, y las tiendas de lona de los descampados en las pintorescas y relumbrantes cuevas del Sacro-Monte de Granada.

Y de este modo, al pie del Albahicín y a la sombra de la Alambra, surgió, por vez primera en una historia de siglos… “La Ciudad de los Gitanos”…

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Y desde entonces hay ya un alma gitana que se confundirá para siempre y sinónimamente con el alma andaluza… porque sea cual fuere la razón y el significado de tal fusionamiento y conexión, en Andalucía y solamente en Andalucía estará ya la verdadera patria de los gitanos, y de tal modo que en adelante vendrán a ser ellos el más saliente y destacado símbolo de su folklorismo

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Y ya tenemos ¡por fin! a los gitanos en su escenario apropiado: ANDALUCÍA. Y será inútil querer llegar hoy a su exacta comprensión si no es al través del color y de la palpitación andaluza, porque los gitanos, tan llagados de sequedades, han bebido tan hondo en el agua de amor de su tierra amada, que han encontrado en ella un límite, como de pozo de Jacob, que ya no pueden ni quieres traspasar. Y no es sólo el gozo de la paz ni de la tranquilidad después de tantas vicisitudes, lo que les une a ella, ni la refrigerada jocundidad cual la de las raíces que llegan, por fin, al agua traspasando la roca, sino algo más, mucho más, puesto que lo encontrado por los gitanos en su para ellos “tierra amparadora” ha sido el sortilegio mismo de su peculiar inquietud, el tan grato deslumbramiento de los fuegos de su propia modalidad pasional, y la arábiga pagana tan en consonancia con el saturamiento del paradojismo de su drama del gozar… que están en ella, en Andalucía, y que ellos aceptan con gusto en el amado cuanto se aviene mejor con el amante.

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Y la danza gitana y la danza andaluza se confundirán en una sola expresión. Panderos y castañuelas, palmas y taconeos, constituirán ya la clásica tormenta de la borrasca andaluza, en la que “el cante” vendrá a ser como el deslumbrador estallido de sus zigzagueantes centellas… ante las cuales la plenitud abismal del alma, encendida también, no encontrará confines…

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Todos los pueblos tienen, es verdad, manifestaciones artísticas equivalentes al arte musical andaluz y gitano. Pero… ¿pueden compararse siquiera? En la negativa a esta respuesta nadie vea un caprichoso y personal ditirambo. Cualquier captador neutral que extraiga, sin prejuicios, de la frondosa orquesta universal sus valores positivos tendrá que llegar a la conclusión de que solamente el arte musical andaluz (al que sólo pro inexacta y equivocada amplitud puede denominarse “arte musical español”) posee un hechizo verdaderamente internacional.

Por antagónico que un temperamento sea a lo andaluz no tendrá más remedio, si tiene alma en el cuerpo y sangre en las venas, que vibrar ante el repiqueteo de unas castañuelas y ante el estallido de una música que tras desbocarse en una algarabía de júbilo, acaba desgarrando la queja y la pasión en cadencias tan exquisitamente sutiles y dramáticas…

Los demás “cantos” y “bailes” del mundo agradan más o menos. Pero solamente “el cante” y “el baile” andaluz ENARDECEN… Y sin poderlo remediar cualquiera atrevida y contraria opinión displicente huele a pura necedad y suena a cosa blasfemaria. Tan evidente viene a ser la incontrovertible popularidad mundial del arte musical de Andalucía.

Hubo un tiempo en que la gente silbaba a Wagner, y otro en que detestaba a Debussy. La grey melómana ha tardado muchos años en aceptarlos de una vez y creer llegado el definitivo tiempo de conmoverse con ellos. Con la agitanada música andaluza… ¿aconteció alguna vez lo propio? Nunca, pues si algo en el mundo ha sido universalmente aceptado con reconocimiento de irrefrenable poder electrizante, este algo ha sido el doble arte de “lo hondo” y de “lo calé” cuyo coeficiente de popularidad no ha conocido jamás período alguno de curva declinante. Ninguna otra forma de arte, ni escultura, ni pintura, ni poesía, ha compartido jamás el paralelismo de semejante destino. Y radica, sin duda, el secreto en que la música andaluza está inspirada, cual ninguna otra, no en técnicas ni en procedimientos sino en lo que hay de más radical y de más eterno en las pasiones del alma humana. De suerte que no es popular porque es fácil, sino fácil porque es popular. Debussy en su poema sinfónico La siesta del fauno habla solamente a los artistas especializados en las captaciones de los festivales luminosos… En cambio, en una simple seguiriya lo que se expresa con los retorcidos y quejumbrosos nudos del aliento está al alcance lo mismo del mandarín chino o del profesor universitario que de la mucama barrendera o del mendigo trashumante.

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Y puesto que el “cante” y el “baile” gitano-andaluz constituyen un verdadero arte, el genio personal para expresarlo tiene que ser algo de superlativa importancia.

El buen “bailaor”, como el buen “cantaor”, han de acomodarse estrictamente al tipo de perfecto andaluz, lo mismo en ellos que en ellas, pues todos los impulsos se funden en un mismo molde de esencial finalidad flamenca.

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En este sentido la obra personal e inconfundible que RAFAEL CAMACHO viene realizando, en los mejores y más famosos tablaos de América, es una obra de interpretación del arte “calé” o arte gitano. Y fuerza es reconocer que este RAFAEL CAMACHO es “lo más grande” (como le gritara una noche cierto entusiasmado espectador, en El Tronío) que, en su género, y en muchos años, nos ha enviado Andalucía. Las castizas tierras guadalquivereñas y las que bañan el Genil y el Darro -los dos ríos gitanos, por antonomasia-, pueden sentirse orgullosas de haber enviado a las tierras del Plata este auténtico embajador de su colorido y de su arte, que maestro y mago, al mismo tiempo, del profundo misterio del alma calé sabe dejar boquiabiertos a los públicos más variados y difíciles, que cada noche le devuelven su emoción en los más delirante clamores estrepitosos. Porque RAFAEL CAMACHO no en suaves estampas de acuarelas, ni en batidos lienzos al óleo, sino en gráficos y lineales aguafuertes de pasión y de drama se ha ganado ya a toda América y no con estudiados y académicos gestos de simple artista profesional, sino con la fuerza de afirmación de verdadero marabú de un rito milenario, que plantándose airosamente ante las candilejas nos dice a todos: el espíritu que yo encarno es el de la auténtica ANDALUCÍA… es ANDALUCÍA misma; el delirio y la vorágine y la fuerza encendida de muchas razas milenarias y de muchos siglos misteriosos fundidos en el rayo blanco de un arte fraguador de encantos que nadie resiste.

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He aquí, pues la OBRA de RAFAEL CAMACHO: ella consiste en representar y significar en todas partes el viril mensaje de los deleites y las magias feroces de la divina y resplandeciente ANDALUCÍA.

Su Arte

Después de habernos asomado en el primer tiempo o capítulo de esta trilogía valorativa a “LA VIDA” de Rafael Camacho, o mejor dicho: después de habernos puesto en momentaneidad de contacto con la parte de vida que de él únicamente aquí nos interesa y que no es otra que la referente a su viaje ascensional (“la vida es un viaje” dicen los ascetas) desde la insignificancia de ser un travieso chavalillo cordobés hasta la lograda meta de llegar a significar todo un artista ungido por la fama de una mundial consagración; y después de haber parado mientes en su OBRA, que consiste -según vimos- nada más, pero nada menos, que en ir por el mundo mostrando en qué estriba la autenticidad del arte “calé-andaluz”, en contraposición a toda la quincallería con que se le ha venido a veces desprestigiando… Después de estas dos suertes de observaciones, creo necesario completar el cuadro crítico con atisbaduras, siquiera sean someras, hacia esa proyección, justamente, que constituye SU ARTE:

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Por uno u otro camino, desde uno u otro punto de vista, siempre hemos de llegar a la definitiva conclusión de que el arte es expresión de sentimientos. Claro que si nos ponemos a filosofar el arte es algo más, quizás mucho más, que expresión de sentimientos, pero nos basta con esta sola consideración por referirse a lo que, sin duda, hay en él de más cierto y genuino.

De esta verdad básica de que sea el arte expresión de sentimientos se sigue la de que su objeto no es la verdad, ni el conocimiento, sino la BELLEZA cuya emoción es, precisamente, la que pone en juego.

Pero no entenderemos por completo lo que es el arte si no lo consideramos sobre todo y subjetivamente hablando, como un verdadero engendro vital, como un auténtico instinto creador en nada diferente a el del amor mismo. Y no hay modo de apartarse de esta estética concepción platónica porque creación quiere decir en todo caso engendro de un ente vivo. En este sentido, y para el dintorno orbital del arte, el instinto está por encima de la inteligencia, porque mientras ésta por elevada y superior que sea es incapaz de dar vida a una célula siquiera, el instinto, aun el más rudimentario, puede llegar a engendrar nada menos que otro hombre y con él otra inteligencia. Así pues, el arte, como tal, es obra, propiamente, del instinto del artista, lo que no es óbice a que esté reservado a la función intelectual el ordenar los elementos plásticos de que el instinto creador se sirve. Pero se es creador, insistiremos, por instinto y no por inteligencia, lo que explica la frecuencia con que nos tropezamos con verdaderos artistas, incluso geniales, que en todo lo demás que no sea exclusivamente “suyo” son de una increíble mentecatez.

La Historia de la Filosofía demuestra, sin proponérselo de ex-profeso, que mientras las obras de la inteligencia son pasajeras y contradictorias de tal manera que incluso para los postulados de las matemáticas y para los llamados axiomas cabe, por un siempre posible y ulterior análisis, rectificación o derogamiento, para los engendros vitales del arte, una vez plenamente logrados, rige el privilegio de una milenaria inmortalidad. Y esto se ve aún más claro si observamos que cuando por declinación de la curva sentimental el arte, en algún momento histórico, se somete a la inteligencia buscando fórmulas y propósitos ajenos a la sola Belleza (cubismo, impresionismo…) la miseria artística sobreviene de inmediato.

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Pero ni el Arte ni el artista, auténticos, precisan fórmulas inspiradoras ni coadyuvantes por lo que ningún adagio tan cierto como el de que “el artista, nace”. Su creación obedece, simplemente, a la potencia del instinto con que nació, por lo que en este sentido ha podido llegar Leopoldo Lugones a la atrevida cual rotunda afirmación de que: “Las ideas no hacen falta en el arte”.

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RAFAEL CAMACHO y “su arte” se ajustan exactamente a los postulados esenciales que acabamos de recordar. En un primer lugar, pocos ejemplos tan claros de nativa y consubstancial condición artística como el que él nos ofrece. Su arte nació con él, y porque sí. RAFAEL CAMACHO no ha pisado una Escuela ni un Conservatorio, ni ha tenido jamás a su lado un profesor de ritmo ni de declamación. Y esto por fortuna inmensa porque lo académico que sirve para incubar “artesanos” del arte, sólo lleva a deformar a los que de por sí son ya auténticos artistas, a los que traen ya en lo medular el poder instintivo y comunicativo de la emoción y de la expresión de la Belleza.

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A despecho de toda vaga disquisición cabe afirmar también que cada artista viene a ser en sí mismo como una nueva obra de arte incorporada al común tesoro del eterno caudal de la Belleza. No es, pues, y tan solo una mera sensibilidad, sino, lo repetiremos, una nueva y verdadera obra de arte.

RAFAEL CAMACHO, por esencial capacidad, ha dedicado sus privilegiadas facultades a la interpretación del arte “calé”, o arte musical gitano. Lo mismo hizo ya con sus versos el insigne FEDERICO GARCÍA LORCA, aquel príncipe de los poetas de Granada que eligió a los gitanos como tema predilecto y entrañable. El mundo entero, gracias a Federico, con cuya íntima amistad me honré, reparó en los gitanos como nunca hasta entonces había hecho, y se aprendió de memoria aquello de: iii

Antonio Torres Heredia,

hijo y nieto de Camborios,

con su vara de mimbre

va a Sevilla a ver los toros.

Moreno de verde luna

anda despacio y garboso.

Sus empavonados bucles

le brillan entre los ojos.

A la mitad del camino

cortó limones redondos,

y los fue tirando al agua

hasta que la puso de oro.

Y a la mitad del camino,

bajo las ramas de un olmo,

guardia civil caminera

lo llevó codo con codo.

El día se va despacio,

la tarde colgada a un hombro,

dado una larga torera

sobre el mar y los arroyos.

Las aceitunas aguardan

la noche de Capricornio,

y una corta brisa, ecuestre,

salta los montes de plomo.

Antonio Torres Heredia,

hijo y nieto de Camborios,

viene sin vara de mimbre

entre los cinco tricornios.

.¿Antonio, ¿Quién eres tú?

Si te llamaras Camborio,

hubieras hecho una fuente

de sangre con cinco chorros.

Ni tú eres hijo de nadie,

ni legítimo Camborio.

¡Se acabaron los gitanos

que iban por el monte solos!

Están los viejos cuchillos

tiritando bajo el polvo.

…………………………………………….

A las nueve de la noche

lo llevan al calabozo,

mientras los guardias civiles

beben limonada todos.

Y a las nueve de la noche

le cierran el calabozo,

mientras el cielo reluce

como la grupa de un potro.

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Y así como hay un ANTES de Lorca, y un DESPUÉS de Lorca, porque él, como nadie, supo trocar en palabras y en versos la milenaria raíz profundísima que se ahinca en los cuerpos de “verde carne” y en las almas de “cobre amarillo” de los hijos y de los nietos de Faraón así también cabe hablar de un ANTES y un DESPUÉS de Rafael Camacho ya que ha venido, justamente, a completar la magna obra interpretativa de las esencias gitanas que iniciara Federico.

La popularidad de ambos intérpretes de la gitanería radica en que ellos, han proclamado ante el mundo el derecho de los zíncali a tener su arte ¡y qué arte!…

Verso en Federico, y música en Rafael han venido a ser una confesión, que cada uno de ambos geniales artistas nos refiere con notable originalidad interpretativa y con ánimo de que lo entendamos y lo compartamos todo, de el enorme caudal lírico que se encierra en esos hombres interesantes “morenos de verde luna” y “voz de clavel varonil”… “que dentro de la fragua lloran” su “romance de la pena negra” mientras “friegan el cobre”, y por fuera “en la noche platinoche”, la luna “con su polisón de nardos”… en el aire conmovido mueve sus brazos”, y enseña “lúbrica y pura sus senos de duro estaño”…

Las tribus en fuga que desperdigadas primero por las Lomas de Moravia y las Selvas de Bohemia huían en clanes enteros acosadas por sus perseguidores… (que lo fueron todos en Europa menos una mujer, la Reina Isabel la Católica que en su favor dictó una pragmática, y menos un hombre, el pontífice Eugenio IV que les facilitó un salvoconducto para que libremente pudieran transitar por sus dominios); el mundo de los faralaes de percalinas detonantes y de las sendas multicolores, de los sortilegios y de las adivinaciones, de la quiromancia y de los horóscopos, de la rara habilidad para la danza y la pícara sutileza para las transacciones y los cambalaches… el de la esbeltez y el del pelo enmarañado y renegrido con reflejos azules de ala de mirlo; el de la apostura y el de los magros perfiles que hacen recordar las viñetas bíblicas; el de al armónica contextura muscular y el de las cinturas flexibles y cimbreantes; el de la perfecta armonía de facciones bronceadas con tonalidades y rasgos de belleza sorprendente…; el de los ojos profundos de mágica ensoñación misteriosa y pestañas aterciopeladas…; el del escorzo y la jerigonza…; el del garbo y el de la indolencia…; el de los hiperbólicos incurables que ya cantaban martinetes, seguiriyas y bulerías, en la época del Rey Zindelón…; el que inspiró a Don Miguel de Cervantes, príncipe de los ingenios, tema para una novela ejemplar “La Gitanilla”… TODOD ELLO… todo este mundo zahorí y zincalé está en los versos de Federico García Lorca y en el cante y el baile de Rafael Camacho.

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Porque en esto consiste, exactamente, el arte de RAFAEL CAMACHO: en ser expresión del alma gitana, en ser todo eso que el mundo con hipérbole entusiasmada y exuberante ha llamado y llama “el alma gitana”.

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Pero el alma gitana tiene dos expresiones: la danza y el cante, que son “la danza” y “el cante” no de ESPAÑA, sino de ANDALUCÍA, que no es lo mismo. Nada tan absolutamente impreciso (y quiero insistir en el punto, por ser esencial para la comprensión del arte que estoy explicando) como decir, sin saber lo que se dice, y en uno como disparatado englobamiento, que “la danza gitana” es la Danza de España. Nunca me cansaré de aclarar esta cuestión. Nuestra danza gitana y nuestro cante hondo son algo nuestro, exclusivamente andaluz; como son nuestros, solamente nuestros, el garrotín y las bulerías, la seguiriya y las soleares, el martinete y el fandanguillo.

Y a fuer de legítimo andaluz recabo, ya mucha honra, para mi ANDALUCÍA el exclusivismo inexportable de ser la tierra del sol y de la alegría, de las procesiones y de los toros, del amontillado de Jerez y de la manzanilla de Sanlúcar, de los delirantes amores celosos de “navaja en la liga” (cosa única en la historia universal del amor) y de los bandidos apasionados y generosos; de la gitanería, ya no vagabunda sino sedentaria y castiza; de las blancas chaquetillas cortas y de los sombreros cordobeses, de la guitarra entre las manos y de los patios morunos velados por el toldo, refrescados por los surtidores y perfumados por los jazmines y las albahacas.

La tierra del sol porque en su gloria y para tostar la morenez fecunda de sus cortijos y de sus olivares ha derrochado todos los tesoros fabulosos de su luz más ardiente. Tierra de la alegría porque en ella desde las campanas de la Giralda hasta los cascabeles de los troncos enjaezados todo repiquetea siempre a gloria triunfal de Pascua Florida. Tierra de toros porque nosotros ajenos al intelectual boxeo y a la patada deportiva, preferimos en el campo arenado del redondel el flameo escarlata de los capotes y el temblor de encaje de las mantillas. Tierra de procesiones porque dígase en contra lo que decirse quiera, en parte alguna como en Andalucía, la intensidad religiosa alcanza una exaltación tan delirante, frenesí de las hogueras interiores que arden como cirios espectrales y votivos en honor de los Cristos y de las Vírgenes, a los que bajo el doble palio de la noche y del “paso” paseamos en la Semana Santa no en ridículas angarillas (como en las demás partes del mundo católico) sino en tronos deslumbrantes y con todo el máximo despliegue de las mejores pompas orientales… Y, en fin, tierra que es al mismo tiempo carne y alma, hueso y medula de la Arabia Feliz que por ella pasó dejándole recuerdos imperecederos de la categoría de la Mezquita de Córdoba, el Alhambra de Granada y el Alcázar de Sevilla, y de tantos y tantos prodigios de actividades artísticas e intelectuales. Por esto ANDALUCÍA, que tiene “ojos de mora y corazón de cristiana” es el punto de fusión del Oriente y el Occidente, verdadera forma de un mundo distinto en que todo puede suceder y acaba no sucediendo nada. Circo, “sangre y arena”, danza y cante, vida y muerte, la Macarena y el Gallo. Don Juan y Don Miguel, la Media-Luna para velar los sueños de la vida, y la Cruz para cobijar el sueño de la muerte. El espectáculo, pues, de Andalucía no puede ser más completo…

¿ANDALUCÍA? ¡ah!… ¡Oh!…

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Y es nada menos que toda esta geografía y toda esta historia la que nos brinda el arte interpretativo y descriptivo de RAFAEL CAMACHO. En su C a n c i o n e r o está todo lo que puede pedirse: todo lo que ríe y todo lo que canta, todo lo que acongoja hasta el sollozo y todo lo que enardece hasta el delirio, todo lo que colma de gozo y todo lo que anuda de emoción la garganta, todo lo que azulea en la calina de los rastrojos cortijeros y lo que se ve reflejado en unos ojos negros ahondados en las desolaciones del infinito…

El CANCIONAERO de Rafael Camacho es todo genuino, y por sus versos y por sus notas corre diluida la sangre milenaria que brotada de suelos calientes regados por las lágrimas de Osiris…

Todos los tipos o estilos que la inspiración gitana ha sabido introducir en la variadísima holgura del arte andaluz tienen su particular “motivo” en el repertorio de Camacho: los “cantes” de fragua, sobrios y huraños, sugeridores de renegrísimos bucles de azabache y de reflejos de cobre sobre desnudos de carbón…; los que aluden a los trajines del querer que “no hay quien comprenda en el mundo”… “según decía un calé que era un viejo profundo”, los que aluden a la celosa dignidad gitana que no concibe, ni admite, ni perdona infidelidades, y cuya letra y música se han hecho tan populares en la Argentina por haberle servido a Camacho de “característica” de sus aplaudidas radiodifusiones. Porque… ¿Quién no se sabe de memoria lo de…

“Manque vinieran

los tres Reyes Magos

con todo er tesoro

de la cristiandad

manque se junten

er sol y la luna

y durce se güerva

el agüita der má:

tu ropita con la mía

no se habría de juntá

anda y vete de mi vera

gitana tirá…

Vete donde no te vea,

y no güervas más…

Lo que se completa con el recitado de:

Mala “calé”

como no eres de ley

no puedes por el mundo

de cara rodá;

ni aunque te fundan

como las campanas

puedes ser ya buena

ni de caliá…

De un “divé” que está en lo arto

er castigo ya tendrás;

anda vete, corre y ruea

gitana tirá…

vete donde no te vea

y no güervas más…

Y, en fin, lo imponderable que nos repliega en nosotros mismos y nos asoma a los siglos remotísimos de una raza misteriosa, y que CAMACHO expone en su…:

CORAL REINA CALÉ

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querubín del baile moro…

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a la que

al son de guitarras moras

castañuela… y pandereta…

te pondría una corona

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en lugá de tu peineta.

Y para los verdaderos degustadores de lo que hay de profundo en las cuevas recónditas del alma gitana, tan imposible de aprehender con pobres explicaciones, aquello de la invocación a las arañas negras “pa que sargan de sus níos” y le piquen en el corazón si “su querer no es de veras…”

Y lo que aun es más sublime y que revela el “quid” del amor pasión, que se caracteriza por saber y poder amar sea cual fuere el comportamiento del ser amado, y que expresa Camacho en:

VUELVE A MÍ POR CARIÁ (caridad)

cuya letra es todo un tratado de profunda psicología amorosa.

Y en este punto de las letras del repertorio de Camacho justo es consignar el gran mérito colaborativo del insigne poeta Rafael de León y Arias de Saavedra el que antepone a sus dos ilustres títulos nobiliarios de Conde de Gómara y Marqués del Valle de la Reina el que le corresponde por su casticismo de primer espada en el arte andaluz.

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Sobre éstas y tantas otras anteriores observaciones podremos basar ya nuestro acercamiento a la comprensión del arte andaluz gitano, que aunque en el fondo tiene sus tristezas… nunca puede ser el arte de un pueblo triste. Porque creo que nadie ha reparado lo bastante en que una de las más exactas clasificaciones que del arte podría hacerse sería dividirlo en: arte de pueblos alegres y arte de pueblos tristes. Sobre esta base el arte andaluz será siempre un arte alegre, como el arte argentino sería siempre un arte triste. No quiero con esto señalar demérito alguno para el arte criollo. Tristeza no es sinónimo de inferioridad, sino modalidad sintomática, en este caso, de un arte nacido en una determinada cuenta maternal geográfica. “En el continente suramericano -dice el Conde de Keyserling- la tristeza primordial reina en toda su prístina pureza”.

Y en nada se ve esto mejor que comparando -por ejemplo- los dos tangos que, precisamente, caracterizan a ambos pueblos: el tango gitano andaluz que tiene toda la fluidez de un crepitante remolino de fuego, y el tango argentino, lánguido y desmadejado que expresa sólo los estratos más vulgares de la emoción. Y no hablemos de la automática, sosa y erótica danza norteamericana, expresión exacta de una civilización sin pasado, sin prehistoria, sin rito alguno de sangre misteriosa…

Y no es cuestión de albedrío. Preferir el fox norteamericano al tango andaluz, es, sencillamente un acto subversivo: es exaltar lo inferior y violar lo superior. Y aun dentro de lo suramericano el honrado público que aplaude “La vi llegar”, o “Garúa”…. y silba a La Niña de los Peines, o a Pastora Imperio ejerce un verdadero terrorismo artístico. Sería algo así como preferir Mendelssohn a Debussy.

Y es que en el mundo está haciendo mucha falta fundar academias donde se impartiesen enseñanzas sobre la doctrina de la fruición y sobre la disciplina y técnica del goce. En fin: sobre el arte del ARTE.

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Cerros de merecidos elogios, de comentarios favorables, van acompañando por todas partes aquí en América las destacadas actuaciones triunfales de RAFAEL CAMACHO. Y no es extraño que así sea puesto que se trata de la revelación neta y fulgurante de un verdadero genio de la interpretación del arte musical de la Iberia del Sur, es decir de la ANDALUCÍA gitana. Así tenía que ser porque él nos ha traído con su mensaje una expresión tan auténtica que incluso para nosotros los andaluces ha venido a significar un algo así como el encontrarnos a nosotros mismos luego de una doble y larga lejanía de espacio y de tiempo; y para los demás, para los extraños, para los infinitos extraños, ha traído la certeza plena de que ESTO era ESO que tenía que ser lo andaluz, y no otra cosa que habían querido hacerles creer que era.

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Y quiero añadir aún, y para terminar, que: RAFAEL CAMACHO se caracteriza por poseer a la par profundidad de espíritu y plenitud emocional. Él ha convertido en palabras y en música, en gestos y ademanes, la raíz, en fin, profundísima que se introduce hasta lo más hondo del tuétano de eso que ha venido constituyendo desde siempre el gitano de leyenda. Él, RAFAEL CAMACHO, ha cristalizado en coplas lo que estaba guardado como un secreto, que no por serlo a voces era menos secreto, en la vieja solera milenaria de una raza que cifra sus cuarteles de nobleza en llamarse faraónica…

Y a estas dos cosas en que estriba el arte de RAFAEL CAMACHO (profundidad y plenitud emocional) hay que agregar una tercera y en la que a mi juicio radica el complemento de las otras dos: DEDICACIÓN absoluta a su arte, detal manera que él constituye el único amor de su vida, y al cual, en cada ocasión, sacrifica absolutamente no ya sus otros amores -pues como no les da tiempo a que cuajan no se puede siquiera hablar de ellos- sino a los que podrían llegar a serlo. Estudiando de cerca la persona que se encierra dentro de la personalidad de este artista, no resulta lo menos digno de admirar este poder tremendo de renunciación que hay en él para todo atadero y otra querencia que no sea la de su propio trabajo artístico.

“Se puede ser a un tiempo -observa Eugenio D’Ors a propósito de Leonardo- un grande hombre y un hombre fracasado”… ¡Y cuántos grandes hombres son grandes fracasados por no haber sabido o no haber podido hacer de su arte su único amor! Tras el misterio de muchas vidas fracasadas que han quedado convertidas en algo así como en un caso de derrota en la tentativa de fabricar un genio… hay casi siempre, por no decir siempre, el lastre y la impedimenta de otros amores que han podido más que el que debió ser su único amor absorbente.

Las mujeres que no se resignan jamás a no serlo TODO en la vida del hombre, se acercan curiosísimas a la impenetrable intimidad de RAFAEL CAMACHO no explicándose ni su soltería ni su aislamiento, no comprendiendo las muy vanidosas que la verdadera genialidad es incompatible con el matrimonio, y de tal manera y en tanto grado que cabría establecer la proporción de que: a mejor artista, peor marido. Porque para el artista, tan absurdo resulta ella para él, como él para ella. Siempre he creído que el mayor pecado de Oscar Wilde no fue el que le llevó a la cárcel de Reading, que bien pensado más que pecado suyo fue de aquellos jueces paquidérmicos incapaces de entenderle, sino el que en mala hora le hizo contraer matrimonio. Por aquél, su desgracia no pasó de ser suya. Por éste hizo desgraciada a una mujer y a sus hijos. Y el mayor pecado es siempre el que a su alrededor crea víctimas inocentes. Y no se crea que digo esto por lo de que para Oscar Wilde fueran las mujeres valores extraños a su sensibilidad, sino por lo que hubo de tremendo error en que semejante artista y con semejante talento se empeñase un día en substituir su propia voluntad con la voluntad gregal de los demás.

Faltole el valor de su propia deshonra y en esta claudicación estuvo su deshonra mayor puesto que, sin derecho alguno, deshonró a una pobre mujer y a sus hijos. Pero no toda la culpa fue suya sino una sociedad impelente, siempre, para muchas clases de absurdos. No podemos ponerle condiciones al artista so pena de quedarnos sin él y sin su arte. No hay artista en abstracto. Se es, o no se es artista; pero si de verdad se es, se es así y nada más que así. Por esto la mayor tragedia del artista es verse forzado a vivir juzgado y controlado por los que no lo son, es decir por los que juzgan de la eficacia de una vida por la dosis de gregarismo que encierra. Pero el artista se compensa de esta incomprensión con el lujo de comprender, precisamente, a los que no le comprenden. Incomprensión, por el contrario, es juzgar sin aprehender, como quiera que de suyo el que juzga no entiende. Y además no hay que olvidar que los artistas no son prójimos del todo: son siempre un poco cosas

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Pero a lo que íbamos: “De entre todas las luchas humanas -dice el personaje Tanner, de Bernard Shaw, en HOMBRE Y SUPERHOMBRE- no hay ninguna tan traidora y tan impía como la que se libra entre el hombre artista y la mujer. ¿Quién aniquilará al otro?, ésta es la gran cuestión.

Y en otro lugar: “El verdadero artista dejará a su mujer morir de hambre, a sus hijos andar descalzos, a su madre setentona trabajar para vivir, antes que trabajar él en algo que no sea su arte”…

Y en otro: “Creen las mujeres que lo que dicen y hacen los artistas lo sienten por ellas, cuando, en realidad, lo sienten por su arte. Así: desde que existe el matrimonio, el gran artista es conocido como mal marido”.

Por esta razón (ya lo sabéis, mujeres curiosas) nos e ha casado Rafael Camacho: para no ser un mal marido, y poder seguir siendo un buen artista.

FIN

i Badanelli, Pedro. (de la Real Academia Hispano-Americana). Rafael Camacho / Su vida / Su obra / Su arte. Santa Fe de la Vera Cruz, República Argentina, 1946, p. 9-15. (Precio de venta: $ 4.- m/arg.)

ii Ibídem. Incluye fotografía entre las páginas 15 y 17. Texto a partir de la página 19. Fotografía entre las páginas 32 y 33; 64 y 65; 80 y 81.

iii Aquí el primer verso “Antonio Torres Heredia” reemplaza lo escrito equivocadamente en la página 74 del citado libro: “Antonio Vargas Heredia”, error reiterado en la segunda estrofa. Entre el verso “tiritando bajo el polvo” y “a las nueve de la noche”, línea de puntos no escrita en el poema de Lorca incluido en el “Romancero gitano” (1924-1927): “Prendimiento de Antoñito el Camborio / en el camino de Sevilla”.