Schólem Aléijem (Pereiáslev, 1859-Nueva York, 1916)

“Brujim Abaim” – ¡Bienvenidos!…

Scholem Ben Najum Rabinóvich nació el 18 de febrero de 1859 en un pueblo ruso, en Pereyaslav -también escrito Pereiaslav-, en Poltova (zona centro-norte de Ucrania, al suroeste de Kyyiv, Kiev).

En aquel invierno de 1859, un niño de siete años comenzaba sus primeros aprendizajes: era Isaac Leib Peretz, luego reconocido como lírico y esteta, escritor bilingüe -hebreo e idisch- y su obra fue cronológicamente paralela a la del talentoso Salomón, quien en 1860 empezaba a caminar con cautela…

Ese año, nació Simón Dubnow, luego destacado historiador hebreo…

Tras varios esfuerzos compartidos, se concretó la “Fundación de la Alliance Israélite Universal”. [1]

Al comenzar la adolescencia de Salomón Rabinóvich, en 1873, nació Jaim Najmán Bialik y dos años después nació Saúl Chernijovsky, destacados poetas. [2]

Sabido es que en Rusia, en 1881 comenzó la ola de pogroms y al año siguiente fundaron el movimiento BILU.

1881: Decreto Nº 12.001 – Promoción de la inmigración israelita del Imperio Ruso hacia la Argentina.

1888: desde Besarabia partieron hacia la Argentina los primeros inmigrantes independientes Se instalaron luego en la estación Monigotes (ramal Rosario-Tucumán del ex Ferrocarril Bartolomé Mitre, librada al servicio público el 1º de marzo de 1890), en el departamento San Cristóbal, provincia de Santa Fe. [3]

Han reiterado que en 1888, vivían aproximadamente 1.500 israelitas en la República Argentina, en su mayoría representantes de empresas comerciales.

1889: llegaron a Buenos Aires a bordo del vapor Wesser los primeros grupos de inmigración organizada que habían partido desde Podolia (Rusia) para instalarse en las nuevas colonias agrícolas argentinas: 120 familias, 828 personas.

1891: La Jewish Corporation Association decidió invertir en la adquisición de tierras, Colonia Mauriat (Carlos Casares, provincia de Buenos Aires). Ese año se creó la “Congregación Israelita de Buenos Aires” integrada por judíos marroquíes.

1894: Llegada de “los primeros grupos lituanos –judíos desplazados-organizados para emigrar, en la ciudad de Grodno (Rusia)”. En la provincia de Santa Fe, se instalaron cerca de Sunchales hasta que terminó la mensura de la colonia y pueblo de Moisés Ville donde comenzaron a trabajar en las chacras y lotes pertinentes. [4]

1895: Comienza a funcionar la primera escuela rural en Moisés Ville, provincia de Santa Fe.

En 1897 se realizó el Primer Congreso Sionista.

En 1914, comenzó la primera guerra mundial…

Aproximación a su trayectoria

En un relato biográfico han destacado que Salomón Rabinóvich “desde su juventud trabó contacto con el pueblo judío a través de múltiples ocupaciones que denotaron su versatilidad y su preocupación por todos los ángulos de la experiencia vital: fue, en efecto, funcionario religioso, comerciante, editor y agente de seguros, entre otros oficios a menudo opuestos entre sí, hasta desembocar en la carrera literaria, de la cual emergió con una popularidad jamás alcanzada antes.”

Salomón Rabinóvich publicó sus obras con el seudónimo Schólem Aléijem (“La paz sea con vosotros”) y han destacado que “describió con extraordinaria vivacidad la existencia cotidiana de los judíos rusos, sobre todo de la de aquellos de humilde condición”.

Samuel Rollansky aportó más datos: [5]

Oriundo de Periaslev, provincia de Poltava, a los 21 años de edad era rabino en Lublín. Comenzó a escribir en hebreo y escribió también en ruso, pero pasó definitivamente al idish en 1890, estando en otro país. En 1906 viajó a Suiza y Estados Unidos. De consecuencia de un resfrío enfermó de los pulmones. Vivió mucho tiempo en Capri, Italia. Mantuvo estrechas relaciones con Máximo Gorki. En su primer viaje sólo estuvo un año en el gran país del norte; pero en 1914, al comienzo de la primera guerra mundial, se trasladó a Nueva York”…

“Numerosos como fueron sus viajes por el mundo, no lo fueron menos sus actividades materiales. Casado con una de sus alumnas, hija de un opulento propietario, a la muerte de su suegro (1888), Schólem Aléijem se convirtió en un hombre rico y se dedicó al comercio y a las especulaciones bursátiles. En esas funciones obtuvo un abundante material que le sirvió para presentar en sus libros a la variedad parasitaria de los comisionistas, comerciantes, fanfarrones y utopistas”

Destacó Samuel Rollansky que cuando “comenzó a escribir en idish, en 1883, en el Idisches folksblat de San Petersburgo, los judíos de Rusia no estaban para risas. Aún no se habían curado las heridas de los sangrientos episodios ocurridos en el año 81. Imperaba el antisemitismo. Los millares de estudiantes judíos sufrieron un amargo desengaño. No era suficiente aprender el idioma del país e ingresar en los institutos de enseñanza superior para liberarse del antisemitismo. Todo lo contrario. Cuanto menos respeto profesaban los judíos a su propio pueblo, y su propia personalidad nacional, tanta menor consideración les demostraban los amos del país. En ese ambiente comenzó Schólem Aléijem a publicar sus cuentos en idish. Probadas sus fuerzas, en 1888 adoptó la línea definitiva de su creación literaria.

1888: un hito en la literatura judía.

Han reiterado que en 1888, Schólem Aléijem editaba un anuario “que había comenzado a publicar en Kiev con el título Idishe folksbibliotec y que “ese año Itsjoc Leibush Péretz pasó del hebreo al idish y se convirtió en el adalid del nuevo arte judío de la palabra escrita”. Ese mismo año, reitera Samuel Rollansky, “apareció la novela de Schólem Aléijem Sénder Blanc un sain guesindl (Sender Blanc y su familia), con la que se revelaba como peculiarísimo humorista judío, como pintor de tipos y como analista crítico de los cambos sociales experimentados en la vida judía.

Condena al sensacionalismo literario…

Durante el año 1888, “Schólem Aléijem conmovió al mundo cultural judío con su agresivo libro Shomers mishpet, en el que condenaba el sensacionalismo literario de Shómer (Nojum Meir Shaikevich), cuyos libros obtenían a la sazón un enorme éxito.

En el ensayo titulado Contemporary Yddish Literature, el escritor A. A. Roback destacó que “Schoélem Aléijem fue un artista del claroscuro que supo combinar la alegría de la luz con los momentos sombríos del transcurrir cotidiano”. [6]

Algunos libros fueron traducidos y editados en la mayoría de los idiomas. Varios textos fueron difundidos mediante representaciones teatrales o en cinematografía.

No ha sido por casualidad su inclusión entre los autores de trascendencia en diversos continentes y siglo tras siglo, porque como han reiterado, “el papel de Schólem Aléijem en la evolución de la moderna literatura idisch es el de un innovador y, al mismo tiempo, el de quien fija toda una larga tradición picaresca en obras de auténtico valor literario, son lo cual se proyecta a sí mismo y a las letras que representa a un plano universal; en efecto, los tipos creados por este escritor pueden ser gustados por cualquier lector, y no solo por aquel que comparta el origen étnico y religioso del autor.”

Salomón Rabinóvich falleció el 13 de mayo de 1916 en Nueva York (Estados Unidos de Norteamérica), dos años después de establecer allí su residencia.

Samuel Rollansky ha destacado que “sus funerales fueron los más grandiosos que se hayan hecho a un judío neoyorquino. Cien mil judíos lo acompañaron a la morada de su descanso eterno. Y millones lloraron su muerte”.

Epitafio

“Aquí yace un judío común.

Escribió en la jerga idish de las mujeres y para el pueblo humilde. Fue un escritor, humorista en sus menesteres, rió de todo en esta vida, no perdonó ningún pecado. El mundo, al fin, ganó la partida y él solo fue un desventurado. Y cuando el público lector lo festejaba y se reía, él sollozaba en un rincón. Él solamente lo sabía.”

Títulos de sus obras…

Salomón Rabinóvich, ¡Schólem Aléijem!… dejó un legado literario que se expandió hacia distintas latitudes. Es oportuno recordar lo expresado por Samuel Rollansky:

“De los tres clásicos de la literatura judía a Schólem Aléijem, el más joven (1859-1916), le dicen ‘nieto’, a Méndele Mójer Sfórim (1836-1917), ‘el abuelo’ y a Isjoc Leibush Péretz (1852-1915), ‘el padre’.”

En orden alfabético, aquí los títulos de algunas de sus obras:

  • Cuentos de niños.
  • Cuentos y monólogos.
  • El tío de la herencia.
  • En la tormenta.
  • Estrellas errantes.
  • Kasrilevke, ciudad grande.
  • Kasrilevke, pueblo chico.
  • Menájem Méndel.
  • Mótel, el Hijo del Cantor.
  • Pobres y alegres.
  • Realidad y fantasía.
  • Retorno de la feria.
  • Sénder Blanc.
  • Stémpeniu.
  • Tercera clase.
  • En América. (Continuación de Mótel… inconclusa al momento de su fallecimiento.)

Realidades e imaginación…

Una aproximación a las obras de Schólem Aléijem permite advertir que confluyen el realismo y la ficción porque con su potente creatividad logró crear su propio mundo.

En sus relatos, “Kasrilevke es una aldea imaginaria pero que se parece a cualquiera de las aldeas rusas en que una fuerte comunidad judía sobrelleva su vida cotidiana de fidelidades y prejuicios, en la que no falta el rabino rapaz, ni el pedante hebraísta, ni la viuda valerosa, ni el artesano honesto a carta cabal, ni el codicioso comerciante”.

Una de sus consignas: “La risa es salud. Los médicos mandan reír”.

Conclusiones de Gastón Gori, incesante lector…

Una vez más, Gastón Gori con La Pluma Incesante… logró estimular la lectura de obras de escritores de distintas latitudes y entre ellos, la de Schólem Aléijem.

El talentoso poeta, escritor y destacado orador Gastón Gori -seudónimo del doctor Pedro Raúl Marangoni-, el 2 de agosto de 1959 al rememorar el Centenario de Scholem Aleijem, expresó:   [7]

“La conmemoración universal del centenario de Scholem Aleijem -nació en Pereláslev, provincia de Poltava (Ucrania) el 18 de febrero de 1859, murió en Nueva York en 1916- ha renovado el apasionamiento con que fuera leído por generaciones anteriores, en nuevos lectores de todo el mundo que honran en él las cualidades de un gran escritor popular que, en algunos aspectos necesariamente es evocado junto a escritores como Mark Twain, por su cáustica aversión a la falsa apariencia de las virtudes, como Dickens, por la amable tristeza que fluye de muchas de sus páginas, y por su amor a los seres humildes, sensibles y pobres; como Heine, por la fuerza de su ironía, o como Gogol, por sus sátiras que a veces alcanzan eficacia formidable… Con ello queda dicho que Scholem Aleijem está en la primera línea de los clásicos humoristas, con sus modalidades propias, con sus divergencias en cuanto a la proyección de su humorismo y con la particularísima condición de ser el escritor del pueblo judío, recreador literario de su vida específica universalizado a través de numerosas lenguas, entre ellas el castellano. Y ya que hemos señalado de inmediato su cualidad predominante, su humorismo, su ironía –sin que olvidemos el complejo total de su obra- encaminado hacia una crítica de costumbres, imparcial y sonriente, es inevitable anotar que el lector santafesino hallará en muchas de sus páginas la actitud de nuestro Mateo Booz: su observación de la vida peculiar de las poblaciones pequeñas que se desarrollan con pujos de modernidad, las preocupaciones menudas de las gentes, el periodismo pueblerino, las rivalidades de aldea, los personajes típicos. Y así como Scholem Aleijem ha operado una Kasrilevke, Mateo Booz ha imaginado una ‘Tres Lagunas’, o directamente ha titulado ‘Santa Fe, mi país’, para trazar los caracteres literarios de un pueblo o de una ciudad contando las peripecias de la gente, sus humildes ensueños, sus virtudes, sus defectos. La distancia que separa a ambos escritores es la que determina no sólo la mayor facundia de Scholem Aleijem, sino su espíritu liberado de toda atadura circunstancial para observar con profunda agudeza -y admirable sencillez de medios- los conflictos esenciales en el seno de la sociedad. Por otra parte, si se aproximan por la actitud, se separan por la proyección que cada uno otorga a ello. Con todo, vincular a Mateo Booz subsidiariamente al recuerdo de numerosas páginas de Scholem Aleijem, no es condescendencia caprichosa. Vemos mal lo que tenemos demasiado cerca… o no lo queremos ver. La imparcialidad de ambos frente a las costumbres y la gente -sus personajes- es evidente, pero Scholem Aleijem sabe siempre cuándo no debe ser imparcial. A veces Mateo Booz es un impertérrito que no puede disimular lo que tiene debajo de la solapa -su burla-; Scholem Aleijem es un imparcial que no quiere ocultar del todo su parcialidad entrañable, y asoma la pata de la sota enteramente jugada a favor del más desgraciado, del más pobre, del más perseguido. Y la juega provocando, con frecuencia, nuestra carcajada, porque se pasa a menudo de la sonrisa del humorista para entrar en los dominios de la hilaridad. El paralelo es tentador, sobre todo porque llega un momento, bastante rápido, en que las líneas se bifurcan; así como tentador es el recuerdo de Roberto Payró con sus cuentos de Pago Chico, para acercarlo y compararlo con el creador de ‘Moti el hijo del cantor’, que conmoviera a Máximo Gorki y se hermanara con éste en la valoración de las virtudes y la fuerza creadora del pueblo, universalmente considerado. Pero rechazamos, por ahora, esa tentación porque exige el espacio de un ensayo y porque ahora se trata de destacar ante nuevas generaciones, la presencia del escritor ‘que dio forma artística a una realidad humorística existente fuera e independientemente de él’, porque era, además, parte esencial de esa realidad. Convivió con sus personajes reales vinculándose a ellos y penetrando en su psicología, recordando detalles sugerentes del lenguaje, de sus dichos, de sus hechos; esta vinculación fue posible porque ejerció los más variados oficios, desde rabino oficial hasta empleado, comerciante, corredor, periodista, etc. luego de cursar estudios secundarios y de dedicarse a la docencia privada. En sus libros desfilan los caracteres más distintos, el laborioso, tesonero, ingenuo y sacrificado; el que vive en la holganza imaginativa, fecundo de proyectos y escaso de labores, y, naturalmente, de fortuna; el de los triunfos nunca alcanzados; el honesto, el que aprovecha los bienes ajenos con ínfulas de honradez; el que es firme en su trabajo único y el que anda a salto de mata; hombres y mujeres, ricos y pobres, viejos y jóvenes; ignorantes e ilustrados y los que enriquecen sus luces escasas con reminiscencias deformadas de sentencias talmúdicas. El mundo de los personajes de Scholem Aleijem es como una amplísima constelación que abarca las capas sociales y dentro de ellas los tipos característicos que se diferencian por detalles psicológicos, o de costumbres, o ideológicos y permanentemente trasunta un claro verismo apenas retocado por una imaginación que no quiere desprenderse de los elementos vitales que se ofrecen a la observación directa de la existencia. Lo original es el talento de Scholem Aleijem. Se podría decir de él lo que cabe para uno de sus protagonistas: su pensamiento tiene un fondo de sonriente tristeza y de tristeza que sonríe. Pero que no le domina, sino que Scholem Aleijem sabe en el momento oportuno elegir el mejor camino para que la tristeza no se convierta en predominante y para que deje su sitio a una alegría fecunda, constructiva. Nada en él hace que se mire para atrás con melancolía; ni siquiera el dolor pasado es suficiente para desviarlo de su creyente optimismo, que se funda en su confianza en el hombre, en su amor por la humanidad. Los hombres deben sonreír en un mundo de paz; sonreír de los defectos, de las ocurrencias, de los hechos graciosos, y también, sonreír al provenir. Sus personajes jóvenes no son nunca indiferentes a su porvenir, ni al futuro de su pueblo. En una u otra doctrina, se desenvuelven con fe, y contrastan con los hombres de otras generaciones sin que éstos ofrezcan resistencia muy firme ante el avance de la juventud hacia una concepción más moderna de la vida que desean construir dentro de una sociedad liberada de la opresión de una clase sobre otra. Se alarman algunos padres de la osadía de sus hijos, de sus inclinaciones estudiosas, pero la valía que se opone es débil como si en el fondo una sutil complacencia presidiera los reproches; la casi pasividad es una forma de abrirles el camino a las nuevas doctrinas que apasionan y por las cuales luchan los jóvenes y las muchachas revolucionarias.

Las preocupaciones de Scholem Aleijem por algunos problemas de su época en cuanto al idioma utilizado, a la renovación de la literatura de su pueblo, que él creaba en idish, y su ubicación en los juicios sobre los hombres de las distintas capas sociales, son motivos presentes en su obra, de aquí que hayamos dicho que a pesar de su imparcialidad, ella no es tanta como para dejar de lado su propia visión del mundo y de los personajes que vitaliza.

La vida del escritor ha influido notablemente en su labor y la vasta arquitectura de su obra lleva implícito su propio tránsito por la vida, nunca desencajada del medio ni de la gente que trató y amó, o que observó con agudeza, incorporándola a sus personajes con amable espíritu de justicia. No es la piedad ni la ironía la que eleva su personalidad luego de comprender con hondura a los hombres, sino un entrañable amor que no lo da ingenuamente a todos, sino a aquellos que verdaderamente son capaces de suscitarlo, independientemente de sus actos. No es un moralista; es, cuanto más, un censor que eligió el camino del humorismo aun para señalar los defectos de aquellos a quienes evidentemente no ama.

Su universalidad está dada por la universalidad de todos los pueblos del mundo, y a pesar de que él sólo trata literariamente a gente de su nación dispersa en todos los países, sus personajes tienen mucho de común con los hombres y mujeres que nos rodean, a pesar de la diversidad de origen, de religión, puesto que las pasiones, los sentimientos, las ambiciones, etc., son, con leve diferencias circunstanciales, las mismas que mueven el alma del hombre en cualquier país, o más limitadamente, en cualquier pueblo con su historia, su presente y su ambición de futuro. La simpatía que rodeó a la obra de Scholem Aleijem y el cariño hacia su persona, se explicarían, si no fuera suficiente conocer más, por la eficacia de sus libros intensamente comunicativos, cercanos al corazón y al conocimiento de todos los lectores. Lo que ha conmovido a Máximo Gorki, ha conmovido a cientos de millares de lectores. De aquí que una impresionante multitud, en Nueva York, se haya acercado a rendirle homenaje postrero, en la hora de su muerte, y, como toda elevada contribución en las letras universales jamás se pierde, es explicable que al conmemorarse su centenario, sus libros vuelvan a ser leídos con apasionamiento, especialmente en la colectividad judía, a cuyo seno perteneció el creador del inmortal Tevie. Scholem Aleijem, traducido, quiere decir: la paz sea con vos…”

Vigencia de Schólem Aléijem…

Por algo, el talentoso escritor necesitó escribir:

“Todos somos violinistas tratando de sacarle a la vida melodías agradables.” [8]

La trascendencia de la obra de Schólem Aléijem ha determinado que su nombre distinga a diversas instituciones, entre ellas bibliotecas, escuelas…

2000: tras los signos de Marc Chagall

El escritor Juan Gelman en una publicación del diario Página 12 –on line-, el 14 de octubre de 2000 destacó que cuando a Marc Chagall “le pidieron que pintara los muros y el techo de la sala donde se iban a representar tres obras de Scholem Aleijem, pensó que se le abría ‘la oportunidad de sacudir al viejo teatro judío, su naturalismo psicológico, sus barbas falsas’, asentó en su autobiografía. ‘Al menos en las paredes yo podía pintar con libertad y mostrar lo que creía necesario para el renacimiento del teatro nacional.’

Realizó el trabajo en 26 días para llegar a tiempo al estreno y por eso mismo utilizó témpera y gouache en vez de óleo. Y más: pintó la ropa y el rostro de los actores antes de que salieran a escena y se negó a que se instalaran butacas a fin de que el público pudiera deambular a su antojo para mirar las telas. Abundaron los roces con el director y Chagall dejó el teatro en 1921. Dos años después también dejaba -definitivamente- la URSS, desilusionado por una revolución que había acogido con entusiasmo. El éxito movió el Teatro de Cámara a instalaciones más grandes y los lienzos quedaron en compañía del abandono. Granovsky se alejó del grupo y en 1928 tanto él como Chagall habitaban la lista de innombrables en la URSS. Durante los juicios de Moscú de la década siguiente, las telas fueron tapadas y pasaron luego a secuestro en los sótanos del Museo Tretiakov. El autor visitó la URSS en 1973 y pudo verlas más de 30 años después de haberlas pintado. Las escoltaban dos agentes de la KGB.”

2001: homenaje en la capital federal argentina…

Mediante la Ley Nº 598 sancionada el 31 de mayo de 2001 por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, se aprobó que “El Poder Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires emplazará una escultura en homenaje al escritor Scholem Aleijem en el Jardín de los Poetas del Parque Tres de Febrero”. [9]

La escultura es un busto de Schólem Aleijem, obra del entrerriano Israel Hoffman donada por su hijo Dr. César Hoffman e instalada en el mencionado Rincón de los Poetas.

(Información en diario “La Nación” de la capital federal, domingo 25 de noviembre de 2001. Es obra del escultor Hoffman, el monumento a Hernandarias colocado cerca del Túnel Subfluvial Santa Fe-Paraná al imponérsele ese nombre, luego nombrado Silvestre Begnis-Uranga por ser los dos gobernadores de la provincia de Santa Fe y de Entre Ríos respectivamente, que concretaron la realización de ese proyecto.)

Su nombre en escuelas de Buenos Aires

En la provincia de Buenos Aires, es reconocida la labor en la “Escuela “Schólem Aléijem” de gestión privada -distintos niveles-, donde impulsaron y desarrollaron un Proyecto de Enseñanza para la Diversidad. [10]

El idioma de Schólem Aléijem: idisch…

Los judíos han intentado mantener su patrimonio cultural -religión, costumbres…- aunque diversas circunstancias los obligaron a frecuentes migraciones.

Como ha sucedido en diferentes pueblos de todos los continentes y se confirma en todas las religiones, la lengua constituyó un factor aglutinante y al principio, el hebreo fue más que un instrumento lingüístico porque esencialmente era el símbolo viviente de esa comunidad, ya que los textos de la Biblia estaban escritos en hebreo.

Hay que tener en cuenta que “la formación de idiomas perfectamente autónomos que constituyeron, en distinta medida, la lengua cotidiana y coloquial de los judíos frente al papel de conservador cultural que correspondió al hebreo. Esos idiomas son dos: el arameo y el idisch. El arameo fue usado principalmente por los judíos a partir del exilio de Babilonia y hasta las primeras emigraciones al Occidente”…

Nacimiento del idisch

En los primeros siglos del Medioevo, la emigración judía se orientó en dos corrientes: en España entraron los sefarditas junto con los conquistadores árabes o simultáneamente y empezaron a hablar en dialectos o idioma ladino con expresiones semejantes al castellano. Desde el cercano Oriente o desde la zona del Mediterráneo hacia el este europeo avanzaron los ashkenazis y a fines del siglo X, instalados en Alemania, Polonia o Rusia, hablaron un nuevo idioma, con voces del hebreo, otras eslavas o alemanas.   En los ghettos se constituyó como una lengua prácticamente estable y tiempo después, otras migraciones favorecieron la difusión en otros países europeos, en África y Asia, luego en América. Se lo reconoce como idioma idisch como una “deformación de jüdisch, ‘judaico’ o ‘hebraico’ en alemán” ya que “el vocabulario del idisch es, casi en un setenta por ciento, alemán, si bien usa a menudo formas arcaicas o dialectales de esa lengua”… [11]

Menajem Boreisho en La historia del idisch expresa que “fue en las provincias renanas de Alemania, durante los siglos X y XI donde comenzó la formación del idisch… Primeramente, palabras hebreas fueron introducidas dentro del alemán de esa época: ellas tenían relación con la vida religiosa, con asuntos domésticos y con el comercio. Asimismo, los vocablos originalmente alemanes fueron judaizados, adquiriendo la frase en su estructura las formas idiomáticas judías”.

En otro análisis, han destacado que “el idisch se convirtió en el símbolo de la frivolidad para los sabios hebraístas; además, su carácter híbrido y de conglomerado hizo que se lo despreciara y que no se le otorgara la categoría de idioma con derechos propios” hasta que “la creciente difusión de esta lengua popular obligó a sus detractores a proceder con más cuidado y a comenzar a respetar un medio de comunicación usado por una porción tan considerable del pueblo… El idisch sólo en el s. XIX habría de alcanzar un real esplendor y de producir grandes individualidades.”

Recomendaciones de un padre…

Schólem Aleijem, refiriéndose a las erráticas estrellas, alude al “tesoro que mister Clámer encontró en la valija; un montón de cartas escritas en idish” y las trascribe “textualmente con la esperanza de que el lector adivine a quién las escribió y a quién iban dirigidas”.

Es oportuno reiterar lo expresado en los primeros párrafos de la primera carta: [12]

“…Es claro que por escrito no podré trasmitirte todos los detalles con la claridad y la precisión con que lo haría personalmente; porque tú sabes que yo no sé escribir. Lo poco que conozco de idish se lo debo a mi padre, el Jasón. Él siempre me decía:

-Aprende, hijita. Mientras los muchachos escriben y practican el idish, escribe y practícalo tú también. No es un esfuerzo muy grande el que tienes que hacer, y algún día te podrá ser útil.

Ahora veo cuánta razón tenía mi padre.

¿Por dónde quieres que comience, querido? ¿Por aquella noche de la fuga? ¿La recuerdas? ¡Ah, si aquella noche no me morí de miedo, ya no me moriré jamás!   Yo esperaba que el reloj diera las doce con una ansiedad indescriptible. El corazón me latía con una fuerza tremenda, como si quisiera saltárseme del pecho. Los minutos me parecían horas. ¡Qué digo horas! Días, años.”

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“Sénder Blanc”

En 1888, el joven escritor Schólem Aléijem presentó en su libro Sénder Blanc, las características de “una familia de nuevos ricos, ávidos, insaciables, en la que el jefe, Sénder Blanc, conservaba sin embargo el sano espíritu del hombre del pueblo, y amaba a sus viejos amigos y a la servidumbre, en tanto que sus hijos, los propios y los políticos que habían ido a aumentar la familia, eran parásitos, sanguijuelas e inservibles”, tal como lo ha comentado Samuel Rollansky, quien luego rememoró:

“Cuando los hijos se enteran de que el padre está enfermo, se excitan como fieras que temen perder la presa. Schólem Aléijem, tomando a broma a Sénder Blanc y su familia, demostró que la risa puede más que la severidad y la ira, la sátira amarga y la burla, tan en boga entre los racionalistas de la época, que se llamaban intelectuales y predicaban la fórmula expresada por el poeta hebreo Iehudo Leib Gordon, ‘debemos ser judíos en el hogar y hombres en la calle’.

Schólem Aléijem, el escritor judío de la nueva época, del período nacional de las letras y la cultura judías, afirmó que debemos ser en la calle lo que somos en el hogar, y en el hogar lo que somos en la calle.” [13]

“Menájem Méndel”

Es oportuno reiterar lo escrito por Samuel Rollansky en septiembre de 1956, en Buenos Aires, República Argentina:

“Menájem Méndel tuvo una entusiasta acogida en Rusia después de la caída del régimen zarista. En Menájem Méndel se identificó al desposeído, víctima de la sociedad capitalista. Convertirlo en un miembro productivo de la colectividad fue la fervorosa consigna; proletarizarlo, darle un oficio en las manos y una base firme bajo los pies. Menájem Méndel fue uno de los principales testigos con que los agitadores de la revolución soviética abogaron por la necesidad de reconstruir el orden social”… [14]

“Estrellas errantes”

Blandeyende Shtern es el título original del libro de Schólem Aléijem, editado en Varsovia en 1913 y que en traducción al castellano es Estrellas Errantes.

Schólem Aléijem, en la primera página de escribió:

“Quiero expresar, con la publicación de este libro, mi agradecimiento a todos los que me honraron celebrando mis bodas de plata literarias.”

El pájaro vuela es el título del primer capítulo, en la primera parte y describe “aquel domingo de verano -día de mercado-” cuando Leie, la esposa del cantor de sinagoga, “se levantó más temprano que de costumbre. Miró por la ventana y comprobó que había amanecido.

-¡Ay de mí! –exclamó.

Se vistió apresuradamente, se mojó las puntas de los dedos, pronunció a saltos la oración matinal, tragándose la mitad, se apoderó del canasto y salió con gran vehemencia, como si corriera peligro de perder Dios sabe cuántas excelentes oportunidades.

La mañana era espléndida. El sol había salido lleno de ardiente entusiasmo, e inundaba al pueblo de Holeneshti con sus rayos de oro puro. El mercado, donde Leie se sentía como pez en el agua, rebosaba de magníficos productos. Los campesinos habían llevado derivados lácteos, hechos con leche de cabras, y una gran cantidad e vegetales y hortalizas, maíz, pepinos, cebolla, ajo y verduras de diversas clases, y los ofrecían a precios baratísimos, casi gratis. Leie compró de todo un poco y se llenó el canasto”…   [15]

…llegó a su casa cansada y transpirando, con el canasto repleto, y se sorprendió de que su hija no le saliera al encuentro como de costumbre. Habitualmente se encontraba en la puerta con Réisel que, ya vestida, lavada y peinada, corría a tomarle el canasto y lo revisaba alborozada”.

No había sido por casualidad, aquella ausencia de la joven Réisel. Minutos después…

“Leile se acercó vivamente a la cortina que dividía la habitación en dos partes, prestó atención, levantó despacito la tela, con dos dedos, y miró primero la cama y luego la ventana abierta. Se quedó un instante callada, sobrecogida, como si hubiese recibido una pedrada en el pecho.”

Gritó al llamar a su marido que estaba cantando y “se volvió asombrado a mirar a su mujer”…

“Media hora más tarde todo el pueblo se había enterado de la desgraciada novedad. Las visitas se sucedían sin interrupción la casa del Jasón.

-¿Que tal? ¿No apareció? ¡No es posible! ¿Cómo fue?

El alboroto duró toda la mañana.

-¿Se enteró? ¡Desapareció la hija del cantor!

-¿Ah, sí? ¿Dónde está?

¡Nadie lo sabía! ¡Como si se la hubiera tragado la tierra!

El Jasón presentaba un aspecto extraño. No hablaba; no lloraba. De pie en el cuarto miraba a todo el mundo como un autómata, como si hubiese perdido el habla y las facultades mentales. La mujer, en cambio, recorría desesperadamente el pueblo; se retorcía las manos, se golpeaba la cabeza, trastornaba a todo el mundo, y gritaba continuamente:

-¡Hija mía! ¡Nena! ¡Querida!

La seguía un grupo de vecinos, hombres y mujeres, ayudándola a buscar a la desaparecida. Ya lo habían revisado todo, hasta el último rincón del pueblo. Cruzaron el puente; fueron al cementerio; buscaron en los huertos; junto al río… ¡Nada!

Finalmente condujeron a Leie de vuelta a su casa, muerta de dolor. El cuarto estaba lleno de gente que comentaba animadamente la desgracia del jasón. No faltó quien descorriera la cortina y dijera, después de observar la cama y la ventana abierta.

-¿Por aquí voló el pájaro?

Siempre había en Holeneshti alguien que estaba dispuesto a tomar a broma las desdichas ajenas”.   [16]

“Incendio en la calle de Dios”

Schólem Aléijem en el capítulo veintiséis, relata que “era más de medianoche cuando de pronto comenzaron a sonar las campanas de las dos iglesias. Tres campanadas en Holeneshti anunciaban incendio. Y cuando estallaba un incendio en el pueblo todo el mundo salía a la calle y acudía al lugar del siniestro”.

Aquella noche, “Réisel se había dormido hacía rato, con el dulce sueño de la inocencia; pero su madre no podía pegar los ojos. Le remordía la conciencia el castigo que le había impuesto. Estaba arrepentida de haber jurado. Sombríos temores la asaltaban sin cesar como moscas pegajosas. En cuanto cerraba los ojos veía a Réisel saltando por la ventana y corriendo a arrojarse al río. Se incorporaba sobresaltada y tendía el oído. En el silencio de la noche alcanzaba a oír la respiración acompasada de su hija.

-¡Duerme! –pensaba aliviada”…

Cuando Leie escuchó el tañer de las campanas dejó de pensar en el incidente del día anterior, en la prohibición de ir al teatro y en el castigo.

Despertó a su marido y para no asustarlo primero le dijo que llovía. “El cantor se levantó sobresaltado. La mujer lo tranquilizó”.

Enseguida se acercaron a la ventana y a ella le pareció que ardía la sinagoga.

“Antes de que su mujer terminara de hablar, el cantor ya estaba vestido… y salió como una flecha a salvar la casa de Bentsion y la sinagoga.

Isróel era siempre uno de los primeros en acudir a los incendios, para salvar vidas y bienes. El cantor era un hombre más bien espiritual, físicamente débil, flojo como una mosca. Pero cuando se producía un incendio se transformaba en un esforzado campeón, en un verdadero héroe de leyenda. Se apoderaba de un balde de agua, una escalera, un hacha, una soga y se lanzaba intrépidamente entre las llamas. Para él, en esos momentos, romper diez vidrios y ensangrentarse las manos era una tontería; subir al tejado y romperse la crisma, un juego de niños.

Leie lo sabía y nunca lo dejaba solo. Siempre iba detrás de él. Aquella vez también lo siguió, sobre todo porque estaba en peligro la sinagoga.

-¿Y la nena? -se preguntó, vacilante, cuando se disponía a salir.

Se acercó a la cama. Réisel dormía plácidamente, a pierna suelta. Lelie la tapó con una frazada.

¡Pobrecita! -dijo- Se durmió vestida.

Salió. Iría a ver el incendio. A echarle un vistazo; uno solo. Y volvería enseguida.

¿Volvería en seguida? Era un decir no más. ¿Abandonar un incendio cuando las llamas restallaban furiosamente e iban pasando de un tejado al otro? ¡Imposible! El fuego, por su parte, todavía estaba lejos de la casa de Bentsion. Y más aún de la sinagoga. Lo que ardía en por el momento era la tahona de Osher. (¡Bastante lejos de la sinagoga!)” [17]

En aquellas circunstancias, “una leve brisa… ¡y se acababa la ‘calle de Dios’!

El vecindario, en efecto, se entregó activamente a preservar esas casas”…

Mientras tanto, Réisel dormía y soñaba que estaba “atada en una pila de troncos, en el patio de la casa de Benie Rafalóvich”. Se despertó y tenía “toda la ropa puesta. De la calle llegaban voces y ruidos extraños. Tendió el oído. Oyó gritos: -¡Fuego! ¡Fuego!”

Llamó a sus padres y comprobó que “no había nadie en la casa… salió a la calle y se detuvo pasmada en el umbral… La potente tonalidad rojiza del incendio la envolvía de pies a cabeza y daba a su belleza un nuevo aspecto, un nuevo hechizo, una presencia más fogosa, más vibrante y más viva, y destacaba con vigorosos relieves su hermoso rostro, sus mejillas morenas teñidas ahora de rojo por los destellos del fuego, su masa de cabello revuelto y sus magníficos ojos de gitana, medio dormidos aún, en los que dos brillantes y movedizas lucecitas resaltaban sobre las negras pupilas como dos centelleantes estrellitas encarnadas en el oscuro cielo de la noche. Imposible describir con palabras acertadas el encanto que desprendía su figura, de pie en el umbral de la puerta y anegada por el fluctuante arrebol de las llamas.

Tampoco es fácil hallar los colores precisos para pintar el fantasmagórico aspecto que presentaba la calle de Dios, sumida repentinamente en un mar de reflejos infernales que alteraban la placidez de la tibia noche estival. Cubierta por un cielo sangriento, la recorrían precipitadamente diablos de rostros inflamados que gritaban, aullaban, movían los brazos y perseguían o eran perseguidos por descomunales sombras danzarinas”…

Más allá de las vocaciones…

Aquella noche del incendio en “la calle de Dios”, Shólem Méier, el empresario teatral se acercó a Réisel y después de un breve diálogo, dijo:

“¡Qué pena que un brillante de tantos quilates tenga que estar tirado aquí, en el barro de Holeneshti, entre bestias que no saben tasarlo, y con unos padres fanáticos que no saben ver dónde se encuentra el verdadero futuro de su hija!”

……………………………………………………………………………………………………

-Cuando te oí cantar por primera vez, ¿recuerdas aquella mañana?, cantabas ‘Ricas pasas y almendritas’, me dije inmediatamente: ¡’Ah, ésta la prima donna de las prima donnas!’ ¡Te lo juro, que Dios me dé suerte y fortuna!”… [18]

Shólem Méier siguió hablando y cantando, hasta que “pudo comprobar que sus palabras no se las llevaba el viento. Se aproximó más a la joven, le acarició suavemente una mano y añadió:

-Ha sido una suerte para ti que me hayas conocido, pichoncito. Puedes dar gracias a Dios. La prima donna que tenemos ahora en el teatro también es de buena familia, y es también hija de padres pobres, como tú. De un pueblecito de Polonia. A mí me tiene que agradecer el que sea actriz y trabaje en nuestra compañía. Yo la ayudé a huir. Es una linda historia, y te la voy a contar. Te interesará. El padre no era más que…”

En ese momento, Shólem Méier vio que se acercaba una persona y “tuvo que interrumpir la historia de la prima donna. No convenía que lo vieran junto a la hija de Isróel. Podía echarse a perder en plan que en aquellos instantes había elaborado mentalmente… La silueta que se había recortado sobre el fondo rojo del incendio no era otra que la de nuestro joven héroe, Liébel Rafalóvich.” [19]

Durante aquella noche de magia” -como escribió Schólem Aléijem-, “a Léibel le pareció que la joven era de fuego, una masa ígnea que de pronto se desprendería de la tierra y subiría a reunirse con las estrellas en su misterioso refugio del cielo abrasado. Sintió que una fuerza secreta lo impulsaba a marchar más aceleradamente, a entrar cuanto antes en el área de su proximidad inmediata.

Réisel lo reconoció a la distancia. Miró a todos lados, para asegurarse de que nadie los veía. La calle se hallaba desierta. Todo el pueblo se encontraba reunido frente al foco del incendio.

Réisel avanzó dos pasos, saliendo al encuentro del muchacho. Con pocas palabras le explicó que se había despertado y se había encontrado sola en la casa. Sus padres se habían ido a ver el incendio”.

Siguieron admirándose… y “el muchacho le tomó una mano.

“-¿Me prometes no decirlo a nadie? Te confiaré un secreto.

Estrechó entre las suyas la pequeña mano de la joven, como hacía en el teatro, y le dijo en voz baja y seria, aunque con un ligero acento de nostálgica tristeza:

-Me voy…

Réisel lo miró asombrada, con sus bellos ojos negros de gitana.

-¿A dónde?

-No lo sé… Sólo sé que me voy. Pero de eso estoy seguro. Tan cierto como que ahora es de noche, y que aquél es el cielo.

Ambos alzaron la vista al cielo. Réisel sintió un escalofrío. Se acercó más al muchacho y sin dejar de mirarlo escuchó con mucha atención las palabras que le decía, las frases impregnadas de conmovedora sinceridad que volcaba en sus oídos. Nunca lo había visto tan serio. Le parecía que había crecido de golpe, que se había hecho hombre, adulto. Grande.

-¿Por mucho tiempo? –preguntó Réisel con voz temblorosa.

-¿Mucho? ¡Para siempre! Me voy de aquí definitivamente.

-¿Entonces, no volveremos a vernos? ¿Nunca?

-Nunca… –dijo Léibel.” [20]

Réisel lo escuchaba y “le envidiaba la facilidad con que podía irse”…

“Sin que supieran cómo, ambos jóvenes se encontraron sentados en el umbral de la casa; él tenía entre las suyas la pequeña mano de la hija del cantor y la acariciaba suavemente. De pronto se la llevó a sus labios ardientes y la besó, y le besó las puntas de los dedos. La joven no retiró la mano. Lo miró asustada, con los ojos bien abiertos, con esos grandes ojos negros de gitana que rielaban y reflejaban los resplandores rojizos de aquella mágica noche de maravillas.

¿Qué fuerza misteriosa había llevado a sentarse allí, tan juntos, a aquellos dos inocente seres juveniles? ¿Qué fuerza misteriosa los había impulsado a confiarse recíprocamente todos sus problemas? ¿Qué fuerza misteriosa los había reunido en una estrecha amistad que sólo una prolongada relación suele dar?

Únicamente la milagrosa y enigmática fuerza de aquella mágica y prodigiosa noche.”

Luego, “las palabras de la joven se derramaron en el espíritu del muchacho como un bálsamo bienhechor. Su voz resonada en sus oídos como una música maravillosa cuyos ecos repercutían en el embeleso excepcional de la fascinante noche…

Comenzaría para ellos otra vida, distinta, rutilante, grata. Los dos marcharían siempre juntos por la misma senda. Aprenderían el mismo oficio, el maravilloso oficio de la escena. Él sería actor; ella, cantante. Se harían famosos en el mundo entero.

Léibel le tomó la mano y poniendo por testigo a Dios, a la noche y al cielo envuelto en llamas, le prometió y le hizo prometer solemnemente que jamás se separarían. ¡Jamás! Seguirían siempre juntos. ¡Siempre! Sucediera lo que sucediera y en cualquier parte del mundo donde los llevara la vida. No sólo ahora. Cuando fueran grandes, lo mismo. Nunca harían nada sin consultarle. ¡Nunca! ¡Nada! Trabajarían los dos en la misma compañía. Juntos recorrerían el mundo. Y algún día volverían a Holeneshti, ¡Sí, sin duda! ¡Volverían! A visitar a sus padres. Y cuando en el pueblo se enteraran, correrían todos a admirarlos, a contemplar embobados al hijo de Benie Rafalóvich y a la hija del cantor Isróel. ¡Qué felices se sentirían entonces! Todos los envidiarían. Los seguirían por las calles. Los señalarían con el dedo.

-¡Ahí va la dichosa pareja…!

Porque para entonces ya serían novios… ¿Novios? ¡No! ¡Marido y mujer! Porque novios hacía rato que lo eran. Desde aquella vez, aquella primera noche que fueron juntos al teatro.

-¿Te acuerdas?

¡Sí se acordaba! Réisel hubiera querido vivir así, eternamente, sentada en un banco del teatro. ¡El teatro! ¿Había en el mundo algo mejor, más dulce y más grato que él teatro?

¡Sí! Léibel estaba convencido de que aquello era cosa de Dios. De que era una resolución tomada en el cielo. ¿Cómo dudarlo? Se veía claramente que Dios mismo les había dedicado su atención, y les había enviado a cada cual un redentor distinto. A ella le mandó al infeliz de Shólem Méier. Y a él le puso en el camino a Hótsmaj.

Y Léibel relató a Réisel su encuentro con el cómico. Le habló de la estrecha amistad que había trabado con él.   Le contó que el padre, el de Léibel, lo había sorprendido con los bolsillos llenos de alimentos y cigarrillos y le había aplicado un vergonzoso castigo; y que él, Léibel, había tomado la resolución de vengarse, de vindicar la humillante afrenta.”

Después, Léibel le confesó su plan “incluyendo el procedimiento que emplearía para obtener ‘la moneda’… Él y ella estaban desde aquel momento indisolublemente unidos. Se habían comprometido, estrechándose formalmente las manos y poniendo a Dios como testigo, a estar siempre unidos y mantenerse eternamente solidarios. Y Dios estaba allá arriba, en el cielo, pero oía todo lo que se decía allí abajo.

Los dos jóvenes alzaron la vista y contemplaron el cielo, que ya no estaba tan rojo como antes. El incendio iba cediendo gradualmente. El alboroto disminuía y la hermosa noche recuperaba su tibio sosiego estival. Comenzaron a verse de nuevo las estrellas en la profunda bóveda celeste; primero apareció una; luego otra, después otra, y otra, y muchas más. Muchísimas. Miríadas de estrellas. Estrellas que titilaban, que se ocultaban, que cambiaban. Y estrellas fugaces, que de pronto caían. Caían…

-Mira –dijo Réisel, con voz temblorosa y el corazón palpitante-, mira cómo caen las estrellas…

Léibel se echó a reír.

-No Réisel, no tengas miedo -dijo tranquilizándola como un adulto a un niño, aunque en realidad ella era un año mayor que él-. Las estrellas no caen. Las estrellas yerran.

Y le explicó por qué vagaban las estrellas en el espacio. Él lo sabía; lo había estudiado en la escuela.

-Cada estrella es el alma de un hombre, y los hombres tienen que ir hacia donde van sus respectivas estrellas. Por eso nos parece que las estrellas caen. Pero no caen. Yerran. Son estrellas errantes esas que vemos”…

“Los compactos grupos cuyas negras siluetas destacaban a lo lejos, comenzaron a disolverse y a desparramarse en todas direcciones. Ya se oían, cada vez más cerca, las voces de las conversaciones. De un momento a otro llegarían hasta donde estaban los dos jóvenes, y los verían sentados en el umbral de la puerta. Tenían que separarse, muy a pesar suyo.

-Buenas noches.

-Buenas noches.

Léibel se levantó y se dirigió hacia el lugar del incendio. Avanzó tres pasos, se detuvo y dio vuelta la cabeza.

-Buenas noches. Repitió.

-Buenas noches -contestó ella.

Pocos segundos después desaparecía en la oscuridad.”

El propósito de ser libre…

Entretanto, madre e hija seguían con sus pensamientos, con diarios problemas. La jovencita aquella noche del incendio en la calle de Dios, se había convencido de que no había sido justo que su madre la encerrara en su casa, la dejara “sola, prisionera, como un pájaro en una jaula.

Réisel no tenía libertad. La madre no la dejaba levantar cabeza. Que no hiciera esto ni lo otro. Que no cantara ante extraños… Que no fuera al teatro…

-¿Qué eres tú, esclava de tus padres? –le había dicho Shólem Méier.

Y tenía razón. ¡Mucha razón! Pero a la mañana siguiente, Dios mediante, cuando la madre viera que el pájaro había huido de la jaula, se arrepentiría de todo lo que le había hecho. ¡Y lloraría! ¡Y se lamentaría! Pero sería tarde. ¡Y entonces sí que tendría una semana feliz! ¡Feliz y dichosa!

A Riésel sólo le apenaba el padre. Cuando recordaba del dolor que le causaría sentía que se le oprimía el corazón. ¡El padre la quería tanto! Siempre había sido para ella, más que un padre, un hermano, un compañero. ¿Quién jugaría ahora con ella a la perinola, en la fiesta de jánuca? ¿Quién robaría al padre el aficoimen en la fiesta de la pascua? ¿Quién le recogería florecillas silvestres para Pentecostés? ¿Quién iría con él a la sinagoga el día de simjas tora? ¿Quién lo acompañaría en las canciones sabáticas?

La joven recordó una canción que le había enseñado el padre, y que cantaban los sábados por la noche, cuando el Jasón estaba de buen humor. El Mesías, se llamaba la canción, y era un diálogo con preguntas en idish y respuestas en ruso. El Jasón preguntaba y ella respondía. Decía así:   [21]

Él.     – ¿Y qué sucederá?

Ella.  – Terminará nuestro destierro.

Él.     – ¿A dónde iremos?

Ella. – Iremos a nuestra Patria.

Él.     – ¿Qué haremos allí?

Ella. – Hallaremos la libertad.

Él.     – ¿Quién nos la dará?

Ella. – Nuestro Mesías el justo.

Él.     – ¿Cuándo será?

Ella. – Pronto, en nuestros días.

Ambos: – (rápido) Días de júbilo, días de cantos,

                     Días de dicha y de gloria.

                     Júbilo, cantos, dicha, gloria,

                     Amor y fraternidad.

         (Bis)    Días de júbilo, etc.”

Luego, “Isróel advirtió que Réisel permanecía aislada y triste en un rincón del cuarto; y se acercó, canturreando alegremente.

-¿Qué te pasa, hijita? -le dijo, inclinándose y acariciándole el cabello.

-Nada… ¡Feliz semana” -respondió Réisel, y de pronto se arrojó en sus brazos, lo besó y lo apretó sobre su pecho”.

Sucesos más allá del galpón-teatro…

En aquellos momentos, Benie Rafalóvich “estaba arrepentido de haber alquilado, por la codicia de unos miserables ‘faraones’, un galpón limpio, ordenado, para que lo ensuciaran aquellos harapientos. Si hubiese alojado en el galpón un chiquero, los chanchos no lo habrían dejado tan sucio como los actores. Benie no sabía por qué; pero odiaba a aquellos ‘hambrientos andrajosos’ como un judío piadoso odia la carne de cerdo. Y sobre todo al director. A aquel ‘espantapájaros acicalado’, el de la ‘quijada lustrosa’, no lo podía ver ni pintado.”   [22]

Los hombres del teatro ya estaban preparando otra partida. “Shimen Dóvid llegó encabezando un ejército de carreros y changadores. Los había de distintos tamaños y diversas edades, pero todos calzaban botas alquitranadas y llevaban su correspondiente látigo en la mano. Estaba prácticamente todo el gremio de carreros y changadores de Holeneshti… Shimen Dóvid manejaba al grupo de changadores como un general en maniobras. Daba órdenes, gritaba, insultaba y maldecía, mezclando palabras moldavas con versículos de los salmos”…

“Los ritos y las risas de los carreros y las órdenes y las maldiciones de Simen Dóvid se mezclaban en el patio con el alboroto de los actores, que corrían de un lado para otro, discutían, vociferaban, protestaban y gritaban. Como siempre, el que más gritos y órdenes recibía era Hótsmaj”…

“Lo llamaban de todos lados y todos los rincones. El que más lo apremiaba era el director; cubierto como siempre de alhajas de pies a cabeza, violento y prepotente, lo zamarreaba como a un trapo, llenándolo de insultos y maldiciones.

Pero a Hótsmaj ya le importaba muy poco el director. Dentro de poco, y si salía bien el plan que se había trazado, podría mandarlo al diablo con toda su prepotencia. Todo dependía del muchacho, y de que pudiera conseguir los billetes.

Hótsmaj buscó al muchacho con la vista. Toda la familia Rafalóvich había salido al patio a presenciar la mudanza”…

“La ausencia del muchacho lo llenó de inquietud ¿Se habría arrepentido a último momento? Sería terrible, desesperante. Todo su plan se desplomaría y Hótsmaj quedaría en ridículo. No se lo perdonaría jamás. Se consideraría el más estúpido de los estúpidos”…

Era llegado el momento de la despedida: discursos, aplausos y gritos… “Primero vociferaron ¡Bravo, bravo! Luego les pareció poco y añadieron ¡Hurra! y ¡Viva!”…

Horas más y Léibel viajaría con Hótsmaj, “sobre una pila de bultos”…

Shólem Méier había dispuesto que Hótsmaj acompañara al equipaje, para cuidar los decorados”…

“Hótmaj llevaba en el bolsillo cierto paquete cuyo contenido le producía calor, le quemaba la piel, le difundía por el cuerpo una balsámica sensación de bienestar y le llenaba el alma de júbilo.

El paquete se lo había dado poco antes, en el mismo carro, su joven amigo Léibel. El muchacho se lo había pasado furtivamente, con las manos heladas y temblorosas y sacudido de pies a cabeza por intensos escalofríos.

-¿Cuánto hay, querido? -le preguntó Hótsmaj en voz baja y al oído, para que no oyera el carrero, y calculando, por el volumen del paquete, que debía contener una buena cantidad.

-No sé -respondió Léibel del mismo modo y dando diente con diente”… [23]

El carrero alzaba el látigo para acelerar el avance hacia la frontera. Se cercó Shimen Dóvid, recomendó que les dieran de comer a los caballos; “dobló hacia la derecha y partió velozmente. Léibel respiró aliviado… miró el carro que se alejaba. De pronto quedó petrificado. Dentro del vehículo había visto relucir fugazmente dos ojos conocidos; dos resplandecientes ojos negros de gitana. Léibel se levantó con violencia echando a un lado la capa que lo envolvía, y antes de que pudiera evitarlo se le escapó un grito de la boca.

-¡Réisel!

El grito no llegó hasta el carro de Shimen Dóvid, que ya estaba lejos. Corriendo aceleradamente, entre gritos, arres y silbidos, y en otra dirección distinta a la que llevaba la chata de Hótsmaj, no tardó en perderse de vista, dejando atrás una nube de polvo impregnada de olor a caballos y resina”…

Hótsmaj sabía que con su chata se dirigían hacia “la estación de Pachechi, a tomar el tren para Ungueni… en la frontera rumana”…

Mientras tanto, el carro de Shimen Dóvid seguía alejándose hacia Novoselits, en otra frontera…

Réisel pronto sería reconocida como Rosa Spivac: seguiría siendo “la hija del cantor de Holeneshti” y estaría a cargo de “la famosa cantante Marcella Embrich”…   [24]

……………………………………………………………………………………………………

No ha sido por casualidad que Sholem Meier Muravchic –el hombre de confianza de Rosa, “una especie de secretario”- tiempo después y mientras estaba por segunda vez en Londres, en una carta dirigida a su amigo Albert Schupac -el director del teatro idishalemán-, expresara:

“Te acuerdas de Hótsmaj. Dicen que está aquí en Londres con compañía propia. Qué me dices. Parece que está en cama enfermo. Ese individuo me repugna más que la carne de cerdo. Que se lo lleve el diablo. Pero voy a ir a visitarlo. Te saluda muy atentamente Shólem Méier Murávchic.”

Al final de la contestación, Albert Schupac, escribió:

“…si ves a Hótsmaj dile que lo fulmine una apoplejía.”

A Hótsmaj, ellos seguían nombrándolo así aunque él había decidido cambiar ese apellido por Holtsman en un vano intento de borrar las señales de la primera parte de su vida…

Tiempo después, Rafalesco se enteró de “la muerte de Holstman, su antiguo amigo y camarada, con quien se había fugado de su querido hogar y con quien había pasado los mejores años de su juventud” y esa noticia, “fue suficiente por sí sola para producirle una tremenda impresión. Sintió una aflicción casi tan grande como la que experimentó cuando el cajero Simje Alegría le comunicó la muerte de su madre. Con la diferencia de que la muerte de la madre sólo le había arrancado lágrimas de piedad y provocado un ligero arrepentimiento; mientras que la de su desdichado amigo le había hecho pensar que se había portado con él como un depravado, como un hombre sin sentimientos y sin conciencia; y hasta si se quiere como un vulgar criminal, abandonándolo en su lecho de muerte con desaprensiva tranquilidad.

Sin quererlo recordó Rafalesco el momento de la despedida y volvió a ver el cuadro que lo había perseguido en el buque durante todo el viaje. Muchos otros recuerdos acudieron a su memoria, recuerdos que siempre lo hacían estremecer cuando los revivía y que trataba inútilmente de alejar”… [25]

Personas y personajes…

Antes de seguir los relatos de Schólem Aléijem acerca de la trayectoria de destacados artistas, es oportuno tener en cuenta algunas circunstancias e intentar conocer a determinados protagonistas.

“La quibetsería”

Más acá y más allá de los escenarios y de las bambalinas, hay diferentes actores que representan distintos roles y en algunas circunstancias, no lo hacen por amor al arte…

En ese recorrido, es oportuno tener en cuenta lo expresado Schólem Aléijem: [26]

Quibets es un vocablo judío norteamericano, nacido en los círculos de la prensa judía y el teatro judío. Para traducirlo a nuestra lengua tendré que recurrir a una larga serie de palabras y conceptos. Trataré de explicarlo de la siguiente manera:

Quibetsar significa entregarse a un intercambio de pullas, armar calumnias, denigrar al prójimo en su presencia, fastidiarlo, estrujarle el hígado, clavarle la púa con todo el brazo, pegársela en el ojo, echarle sal en la herida, revolverle las entrañas, despellejarlo vivo, arrancarle delicadamente tiras de papel, mortificarlo amablemente. No, si nuestra lengua es bastante rica en recursos de expresión. Lo malo es que todos esos conceptos reunidos no alcanzan para explicar la palabra quibets, cuyo contenido sólo pudo haber germinado y crecido en la peculiarísima tierra norteamericana. Temo, por lo tanto, que me resulte muy difícil explicar ahora lo que es una quebetsería.

Una quibetsería…, es una especie de club, o un café del noveno distrito neoyorquino, donde se reúne cierta clase de intelectuales relacionados con la literatura, el teatro y la política.

Son militantes de distintos partidos y facciones, generalmente contrarios, a menudo rivales y casi sin excepción enemigos jurados entre sí. Y al decir enemigos no nos referimos a la antipatía que una persona suele sentir por otra, ese disgusto o repugnancia que le causa su vista o la sola mención de su nombre; hablamos de una enemistad enconada, ponzoñosa, tan virulenta que si uno de los rivales muriese, el otro, loco de alegría, correría a bailar un cancán sobre su tumba.

Esas personas concurren a la quibestsería a determinadas horas, ocupan sus asientos habituales, en las mesas de siempre, rodeados de sus correligionarios y partidarios, se hacen servir unos bocados, encienden cigarros, y se inicia la sesión. De una mesita a la otra vuelan los cumplidos sarcásticos, pullas y chascarrillos, bromas maliciosas, chismes disimulados, gracias de doble intención, sangrientas agudezas y frases aviesas más o menos insustanciales y más o menos ingeniosas. Cada cual trata de sacarle a los otros los trapitos al sol y los ventila con pesados comentarios y exageradas ocurrencias humorísticas, procurando siempre poner el dedo donde más duela y gozando en grande al advertir que el adversario tocado se agita disimuladamente en su asiento carcomido interiormente de ira y dolor. Todo ese cambio de metralla, reviste, como es de imaginar, un ropaje de amable gentileza, de burla cariñosa, y va acompañado generalmente de una blanda sonrisa y una sonora y afectuosa carcajada.

La quibetsería es una especie de infierno libre, cuyos parroquianos se asan y fríen mutuamente; un baño turco cuyos clientes se ayudan a sudar más y mejor. En la quibetsería se hacen y deshacen reputaciones y se determinan carreras de artistas y escritores. La quibetsería emite su dictamen, breve y preciso, favorable o desfavorable; produce su veredicto y estampa su ello: ‘All right’ o ‘Al canasto”.

Relata luego que “una de las mesitas las ocupaban tres personas que bebían cerveza. Enfrascados en una empeñosa conversación, no habían advertido que en aquel mismo momento eran objeto por parte de los demás concurrentes de un acre quibetseo general. Los tres hablaban sin parar, tratando de arrebatarse mutuamente la palabra de la boca”…

En páginas siguientes, Schólem Aléijem aclara que “los que se reúnen en la quibetsería a quibetsar no son individuos ociosos, como, pongamos por caso, los sabios holgazanes de los pueblos europeos, que no tienen nada que hacer y se pasan las horas discutiendo en la sinagoga. De ningún modo; el quibetseo es una ocupación productiva, un negocio; quibetsar es hacer bussiness”.

Destacó que “a Leo Rafalesco, cuyos méritos artísticos eran juzgados en la quibetsería antes de que lo hubiesen visto actuar, lo llamaban palurdo, Juan Nadie, el pastorcito rumano, ese raro jovenzuelo y otros motes semejantes que revelaban un interés muy especial por parte de sus creadores. Y sus creadores eran partidarios de otras salas teatrales que no habían podido atraer a sus filas al joven artista de Bucarest, o periodistas del otro bando irritados porque el diario rival se les había anticipado publicando un caluroso elogio del naciente astro. O quizá jóvenes actores que aguardaban años enteros en Nueva York a que algún día la unión se compadeciera de ellos y los incluyera en sus filas…

Norteamérica es una tierra bendita en la que todo es posible. Allí levantan a un hombre y lo suben hasta las nubes, o lo hunden profundamente en el infierno. No hay términos medios. ¡Pobre Rafalesco! No sabía la sorpresa que le esperaba en el país del oro. Ni le importaba mayormente.

Sus pensamientos, sus inquietudes, no estaban en aquellas menudencias de la vida; se hallaban en la Quinta Avenida, el barrio aristocrático de Nueva York, donde residía y triunfaba la famosa cantante de la Ópera de París, miss Rosalie Spivac”…   [27]

Bluff…

Schólem Aléijem destacó que “bluff es una expresión típicamente norteamericana y corresponde a un concepto no muy fácil de traducir a otro idioma. El bluff no es una simple y vulgar mentira, un despropósito cualquiera, un infundio sin pies ni cabeza. La afición de mentir por puro gusto repugna a los norteamericanos; la consideran un devaneo soso, insulso, inútil, un pecado estúpido que sólo sirve para dar satisfacción al vicio.

Luego, aludió a Nisel Shvalb, a Nikel -el empresario teatral- y a Clámer, el norteamericano que había encontrado un conjunto de cartas en idish y que para él eran un tesoro…

“…Discutían aquella mañana importantes negocios en la quibetsería y los bluffs que contaban en aparente contienda deportiva”, en realidad respondían al objetivo de “hacer business”…

“Nuestros viejos amigos del antiguo continente desarrollaban con buen éxito su conocida habilidad de viejos bluffistas, pero en su fuero interno no podían menos que reconocer que puestos al lado de su nuevo amigo del nuevo mundo no llegaban ni a la suela de los zapatos. Nikel los mareó de tal modo con sus cuentos y sus patrañas, que al final, jadeantes y desarmados, tuvieron que guardar silencio y reducirse a escuchar. El asunto de que trataban era de mucha importancia; Nikel acababa de contratar para su teatro al joven y famoso astro de Bucarest, que había sido laureado por la reina de Rumania con el título de ‘el trágico más grande del mundo’.” [28]

Schólem Aléijem describe con precisión las expresiones verbales y las actitudes de diferentes grupos relacionados con las actividades teatrales.

No fue por casualidad que oportunamente se haya referido a la palabra bluff y a sus connotaciones:

“…es una expresión típicamente norteamericana y corresponde a un concepto no muy fácil de traducir a otro idioma. El bluff no es una simple y vulgar mentira, un despropósito cualquiera, un infundio sin pies ni cabeza. La afición de mentir por puro gusto repugna a los norteamericanos; la consideran un devaneo soso, insulso, inútil, un pecado estúpido que sólo sirve para dar satisfacción al vicio.

Luego, aludió a Nisel Shvalb, a Nikel -el empresario teatral- y a Clámer, el norteamericano que había encontrado un tesoro, un conjunto de cartas en idish…

“…Discutían aquella mañana importantes negocios en la quibetsería y los bluffs que contaban en aparente contienda deportiva”, en realidad respondían al objetivo de “hacer business”…

“Nuestros viejos amigos del antiguo continente desarrollaban con buen éxito su conocida habilidad de viejos bluffistas, pero en su fuero interno no podían menos que reconocer que puestos al lado de su nuevo amigo del nuevo mundo no llegaban ni a la suela de los zapatos. Nikel los mareó de tal modo con sus cuentos y sus patrañas, que al final, jadeantes y desarmados, tuvieron que guardar silencio y reducirse a escuchar. El asunto de que trataban era de mucha importancia; Nikel acababa de contratar para su teatro al joven y famoso astro de Bucarest, que había sido laureado por la reina de Rumania con el título de ‘el trágico más grande del mundo’.” [29]

Rafalesco, el talentoso actor…

Destacó Schólem Aléijem que “pocos sabían quién era y de dónde procedía el mencionado Rafalesco. Pero todo el mundo se hacía eco de los elogiosos comentarios que publicaban los diarios, y sentía despertada la curiosidad y acuciado el interés por verlo actuar. De acuerdo con las crónicas periodísticas, aquel joven actor debía de ser una especie de mago, ‘capaz de hacer requesón con nieve”… [30]

No fue por casualidad que Schólem Aléijem preguntara y respondiera:

“¿Por qué ejercía el joven artista tanta atracción en el auditorio? ¿Con qué recursos lograba conquistar y embelezar al público? Según los críticos de la época, pura y simplemente con su sencilla seriedad y su ingenua franqueza, y su actuación siempre veraz y naturalísima.

Por algo, Schólem Aleijen reiteró lo que había expresado un crítico:

“En cuanto sale Rafalesco, la escena se ilumina y revive, y la obra cobra calor y simpatía. Ya no es un escenario de teatro lo que ve el espectador, sino un trozo palpitante de la vida.” [31]

Más comentarios sobre la compañía…

Schólem Aléijem reproduce lo escrito en una carta acerca de “un niño prodigio” que había cambiado de nombre “y tenía una beca oficial”; alude a una compañía ambulante que “llegó en mala hora a Londres”… a los diálogos entre los capitalistas

“¡Y no era poco lo que hacía falta, si se consideraba lo numerosa que era la pandilla!”… [32]

Después relata las experiencias de “la nueva sociedad cooperativa, artística y musical… que había elegido un momento oportuno para llegar a Norteamérica” porque era “la temporada de la cosecha, en el barrio judío de la tumultuosa, alborotada y atareada ciudad de Nueva York”. Luego comenta el acelerado proceso de desintegración de la cooperativa…[33]

Personas y personajes…

En aquel tiempo sucedía como actualmente, a principios del siglo XXI: al contratar a las personas para trabajar como artistas de teatro y considerar que sus nombres eran “feos” y enseguida se impone el cambio por otro…

Schólem Aléijem describió las experiencias de Iéntel Shvalb, “una joven modestamente vestida que tenía ‘una cintura incitante y una silueta majestuosa’, la hermana del vendedor ambulante de cigarrillos a quien Guétsel ben Guétsel, director de una compañía, lo había echado “a bofetadas del teatro, para quitarle la costumbre de entrar en el escenario y regalar cigarrillos a las actrices cuando tienen que salir a escena”. [34]

El director decidió contratarla y le preguntó: “-¿Cómo se llama?

“-¿Quién, yo? Iéntel, Iéntel Shvalb.

-¿Iéntel? ¡Puf! Es un nombre muy feo. A ver… Entel… Henrieta. Eso es, Henrieta suena mucho mejor. Henrieta Shvalb”…

Así fue como Iéntel se transformó en “la prima donna Henrieta Shvalb” y la anterior, “tuvo que cederle el puesto, humillada y afligida, sólo porque Henrieta Shvalb era más bella, aunque ella cantaba y actuaba mucho mejor, infinitamente mejor. ¡Pero qué remedio le quedaba! Los rostros bellos desempeñaban los papeles más importantes en aquella época. En todas partes; hasta en París, según decían. ¡No había nada que hacer.”

Tiempo después, “de la antigua Iéntel ya no quedaba nada. ¡Había que verla! Llevaba un auténtico sombrero panamá con legítimas plumas de avestruz. Su porte era el de una princesa. En sus veladas de honor ya no le regalaban naranjas, como en los tiempos viejos. Ahora le enviaban verdaderos presentes que valían veinte o veinticinco gulden. ¡Y hasta treinta! Ahora Henrieta empleaba los servicios de una mucama para que la atendiera y le llevara el vestuario al teatro.

Es cierto que cuando nadie la veía Henrieta ayudaba a la sirvienta, lavando y planchando la ropa”…

Tiempo después, mientras estaban actuando en el teatro municipal de Viena ya la reconocían como ¡Henrieta Rafalesco!… porque “se había desarrollado un idilio”… insinuación que Bernard Holtsman recibió como “un mazazo en la cabeza porque “además de perder en un abrir y cerrar de ojos el apetecible pimpollito, se le desbarataba uno de sus sueños más brillantes, y uno de los grandioso planes en que había basado tantos notables proyectos”…   [35]

También había cambiado su nombre el inquieto e inquietante Léibel Rafalóvich, el mismo identificado a los catorce años como Leib Rafalóvich, en el sumario policial iniciado cuando “hurtó de la caja de su padre, el susodicho Benie Rafalóvich, la suma de tantos rublos…”

Léibel, la persona que huyó con Réisel Spivac, de quince años, hija de Isróel el cantor, cruzando la frontera con Rumania para integrar la compañía del teatro judío…

Léibel Rafalóvich, el mismo que prefería salir de noche para evitar que lo vieran de día por las calles de la ciudad acompañado por Bernard Holstsman, a quien todo el mundo conocía como Hótsmaj…

Una mañana, Bernard le dijo: “-No me convienes que te llames Rafalóvich”… y se generó este diálogo:

“-Y cómo me voy a llamar?

-Ese es el problema que no me dejó dormir toda la noche. Hasta que se me ocurrió una buena idea: ¿no podrías adoptar un apellido rumano, terminando en ‘esco’, como hacen todos aquí? Margulis se llama Margulesco, Jasanóvich, Jasunesco. ¡Y Rafalóvich, Rafalesco! ¿Entiendes, querido? Cuando llegamos a un pueblo, hago imprimir grandes carteles con la siguiente inscripción: PRIMER GRAN TEATRO JUDÍO RUMANO DE BERNARD HOLTSMAN, CON RAFALESCO, DE BUCAREST, EL PRIMER ARTISTA JUDÍO RUMANO. ¿Qué te parece la idea, pipiolo? ¿Te gusta? ¡Hótsmaj tiene grandes ocurrencias! ¿eh?

A Léibel, por supuesto, la idea le gustó mucho, como todas las que se le ocurrían a su amigo Hótsmaj”… [36]

Tiempo después, se presentaron por primera vez en el teatro de Guétsel ben Guétsel, en Lemberg y “aquella noche Rafalesco estuvo mal. Peor que otras veces. No para el público, que lo encontró extraordinario, magnífico, superior. Estruendosos aplausos y una enorme ovación atestiguaron la satisfacción con que la concurrencia recibió al visitante de Bucarest. Pero Rafalesco no quedó conforme. Sabía que había actuado como un chapucero. Por su desempeño de aquella noche merecía que le cortaran la cabeza. Se había comido muchas palabras y había agregado muchas otras que no estaban en el libro. No oía al apuntador, y falseó el papel. Machacó penosamente el primer acto y salió del escenario, desprendiéndose a duras penas del público que lo aclamaba con delirante entusiasmo.

-¡Ra-fa-les-co!   ¡Ra-fa-les-co!

Rafalesco corrió a su camarín. Se le abrasaban los ojos. Le ardía todo el cuerpo. El cuarto estaba repleto de gente. No cabía ni un alfiler. La compañía en pleno había acudido a felicitarlo. Unos con mal disimulada envidia, otros con sincera admiración.

Uno por uno le fueron presentando a sus colegas. Rafalesco no veía caras humanas. Ante su vista desfilaban aves y cuadrúpedos. Uno parecía un chivo; otro un gallo. Aquélla, la de los ojos verdes, se relamía como una gata.

Rafalesco reconoció inmediatamente a Bráindele la cosaca… “aquella mujer regordeta y baja”.

“Y Bráindele también lo reconoció a él; pese a que había crecido y tenía el rostro lleno de afeites. Lo había visto muchas veces con Hótsmaj, en el establo de Holeneshti.

-¿Será realmente él? -se preguntó la cosaca.

De pronto, con la rapidez del relámpago, le pasó por la cabeza una brillante idea, detrás de la cual nació una luminosa serie de combinaciones. Bráindele llevó aparte a Holtsman.

-¿Ese es tu famoso Rafalesco de Bucarest? ¡Ja, ja, ja! ¡Si ése es el muchachito de Holeneshti, el hijo del patrón del establo!

-Ssss… -susurró Holtsman, pisándole un pie-. ¡Ni una palabra más! Hablemos de otra cosa”… [37]

Levius, el mecenas…

Tras la primera aparición del conjunto de Holstman en el Teatro de Guétsel ben Guétsel, en Lemberg, llegó el conocido doctor Levius “que se acercaba a codazo limpio a Rafaelesco” y fue entonces cuando Holtsman “se interpuso entre él y Rafalesco y examinó al intruso con sus ojos penetrantes” preguntándole a quién buscaba. [38]

“El intruso miró al elegante y patilludo director, sacó una tarjeta que decía ‘Doctor Levius?, y se la entregó.

Holtsman tomó la tarjeta, contempló al extraño visitante del cráneo triangular y los dientes superpuestos, y se preguntó intrigado: ‘¿Quién será este pájaro?’ Uno de los actores lo sacó de apuros. Llevándolo a un lado le susurró al oído que aquel hombre era el doctor Levius, al que le decían doctor Leviatán. Era un famoso sabio y un reconocido mecenas, gran amante del teatro, poseedor de una fortuna calculada en medio millón…”

“El doctor Levius, o Leviatán, se dirigió a Holtsman en alemán y muy cortésmente le preguntó si era el empresario del celebrado artista visitante.

Aquélla debía ser la primera vez en su vida que el empresario Holtsman oía pronunciar la palabra empresario”.

Dialogaron hasta que el doctor Levius “advirtió que el empresario se daba un poco de puntapiés con el alemán, y le dijo unas frases en idish. Fue un alivio para Holtsman. De regreso su lengua del destierro, habló con más libertad, y con gran lujo de detalles informó al doctor Leviatán que aquel joven artista era hechura suya, que él lo había creado, formado y desarrollado.” [39]

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El doctor Julius Levius vivía en una “magnífica residencia” con un “enorme portón”. En una pequeña chapa, esas tres palabras indicaban a quién pertenecía…

“A través de altos árboles de un parque rodeado de una cerca de hierro, se distinguía una imponente mansión señorial cuya blanca y majestuosa silueta parecía estar diciendo al espectador que la contemplaba: Aquí moran la comodidad, la tranquilidad, el bienestar.”

Llegaron el director Holstman y el talentoso Rafalesco hasta ese lugar.

-¡Malditos sean los antepasados del dinero! –exclamó Holtsman. [40]

Sonó la campanilla y el doctor Levius los recibió “más formal, serio, circunspecto. Hasta parecía físicamente más pequeño; más bajo. No era el mecenas del teatro; no era el doctor Levius de la calle.

No se podría decir que no los recibió amablemente. Todo lo contrario; les ayudó personalmente a quitarse los abrigos, los condujo a su magnífico escritorio, lleno de libros del piso al cielo raso, los invitó a sentarse en dos cómodos sillones de alto respaldo e inició con ellos una cortés conversación sobre asuntos triviales”.

El doctor Levius los condujo hasta el comedor, donde estaba la “madrecita”.

“…llevaba peluca y vestido de seda, aros de brillantes y collar de perlas, dedicó a los dos visitantes una sola mirada. Fue una mirada tan fría que se les congelaron las entrañas.

-¡Qué vieja bruja! –dijeron furtivamente los ojos de Holstman a Rafalesco.

Los dos invitados, desfallecidos de hambre, tomaron asiento y sin hacerse rogar mucho se entregaron a la tarea de acallarlo.”

Durante el almuerzo, “si no fuera por el ruido de los cubiertos y los platos, se oiría el que hacían los visitantes al tratar de que no les quedaran plantados los bocados en la garganta. En esa grandiosa quietud transcurrió el almuerzo. Fue un gran alivio cuando el doctor se levantó de la mesa, besó la mano de su madrecita y regresó con sus invitados al estudio. Una vez allí el dueño de casa abrió con llave un cajón del hermoso escritorio y sacó tres cigarros de tres cajas distintas. La vista penetrante de Holtsman apreció inmediatamente que los tres cigarros eran de tres clases diferentes: mejor, peor y porquería. El mejor lo fumó él, el anfitrión, el peor se lo dio a Rafalesco y el porquería a Holtsman.

Al encenderlo Holtsman comprobó que no se había equivocado. A la primera chupada arrugó la cara y sintió que lo ahogaba la tos. Si no hubiese ido a la casa de Levius con un propósito deliberado y una finalidad especial, aquel mecenas no se habría llevado gratis el desaire”…

(Esa noche seguirían dialogando tras la última función.

Quedan aquí, sólo estas señales acerca del mecenas de Lemberg…)

La casi inolvidable Réisel…

Cuando bajaban el telón, generalmente Léibel pensaba en Réisel y al terminar una función, “los aplausos ensordecedores del público y las alabanzas del doctor Levius no le habían hecho olvidar a Bráindele, la cosaca, la única que podía darle informes de Réisel, la hija del Jasón.

¡Réisel! A Réisel la tenía siempre delante de los ojos, continuamente, en todas partes, fuera a donde fuera, hiciera lo que hiciera. Aquel día la veía con más claridad que nunca y sentía que le palpitaba furiosamente el corazón, anticipándose a cualquier noticia que aquella mujer pudiera darle.

La buscó con la mirada. La encontró en un grupo de personas. Ella también lo miraba, fijamente, extrañamente, como si supiera algo. Baja, menuda, rechoncha como un barril, de piernas redondas, cortas, regordetas, manos infladitas como buñuelos, ojos japoneses, más bien chicos, cejas espesas, rostro de cutis blanco, redondo como una luna. Sonreía continuamente mostrando los dientes, grandes y blancos. Vestía una ancha capa roja, curiosa y llamativa, y se movía con un pasito musical, como si estuviera por echarse a bailar. Su aspecto era en general alegre y festivo, y todo el mundo, por amargado que estuviera, no podía menos que esbozar una sonrisa al verla.

A Rafalesco, sin embargo, le pareció en aquel momento bastante alta y simpática. Su deseo era que a los actores de ambas compañías se los tragara la tierra aunque fuera por poco tiempo, o que se los llevaran los mil demonios, para que él pudiera quedarse a solas con aquella sonriente figura que le daría noticias de Réisel. Pero nadie se movía de su sitio. Como si los hubieran contratado para hacerle de séquito obligado, los alegres comediantes, sin dejar de charlar y reír, seguían rodeándolo y mirándolo y aguardando a que estuviera lista para ir todos juntos al café con el doctor Levius”…

Minutos después, salieron a la calle y vieron que “a la puerta del teatro aguardaba un coche de caballos, hecho poco usual en el teatro judío de Lemberg. Los actores lo miraron asombrados”…

“Era el doctor, que lo había mandando llamar para él, para el artista visitante, y por supuesto, para su empresario Holtsman. Subieron los tres y Holtsman no pudo menos que hacer su comentario habitual:

-¡Malditos sean los abuelos del dinero!

-Señores –dijo el doctor Levius, dirigiéndose al grupo de actores-, nos encontraremos en el café Monopol.

El coche partió, seguido de las miradas envidiosas de los actores.

-Así es la vida, dijeron éstos-. Unos viajan y otros van a pie.”   [41]

Brindis…

Después de escuchar al doctor Levius “hacer una breve reseña de la historia del teatro, del desarrollo del arte escénico en distintos países, desde la época del gran Shakespeare”… aludiendo al “teatro judío de Lemberg, para referirse a sus artistas y a todos los artistas que ambulan de pueblo en pueblo enarbolando la bandera del arte teatral judío”… el orador, dijo que “entre estos últimos, uno de los más notables es nuestro joven visitante de Bucarest, el ya celebrado maestro Leo Rafalesco, a quien esta noche tenemos el honor de recibir en nuestro reducido círculo de artistas.

Este joven y talentoso artista, señoras y señores, surgió inesperadamente en la constelación teatral judía, como surgen a veces en el cielo estrellas errantes no previstas por los astrónomos. La estrella errante que es Rafalesco llegó inesperadamente hasta nosotros e iluminó el cielo de nuestra escena local. Desgraciadamente, señoras y señores, no ha de ser por mucho tiempo. Como todas las estrellas errantes, que resplandecen y se esfuman, desparecerá tan repentinamente como vino.

Señoras y señores -finalizó el doctor Levius-, brindo por las estrellas errantes.

Los actores premiaron al orador con un prolongado aplauso y acto seguido se lanzaron sobre los jarros de cerveza y las tajadas de salchichón.” [42]

Erráticas estrellas…

Schólem Aléijem logró describir las vivencias de artistas judíos que necesitaron alejarse de sus aldeas para dedicarse a representaciones teatrales y contó cómo distintas compañías de teatro ambulaban de pueblo en pueblo.

Al referirse a Rafalesco, destacó que aunque el público “no estaba acostumbrado al buen teatro, acudía ansiosamente a maravillarse con la nueva y mágica luminaria de la escena judía”…

Es oportuno reiterar lo expresado por Samuel Rollansky:

En todos los pueblos, en todos los países, los iniciadores fueron siempre hombres que se adjudicaban títulos por el solo mérito de su propia voluntad. En los comienzos de toda actividad nueva siempre hay una buena dosis de desfachatez.

En la vida judía las estrellas errantes fueron, no obstante, sinónimo de los judíos eternamente errantes, que ambulaban sin hogar fijo y con un mañana permanentemente incierto.

No faltaron, sin embargo, los hijos de hogares respetables, algunos de ellos en inmejorable posición económica, que abandonaban padres, hogar y familiares para huir en la oscuridad de la noche con grupos de erráticos ‘gitanos’. ¿Por qué? Porque sentían avivarse en su ser un chispazo de talento, un impulso incomprendido y tormentoso que con el tiempo daría nacimiento al arte.

De ese modo salieron de Holeneshti, minúsculo pueblecito de Besarabia, la mundialmente famosa cantante Rosalie Spivac y el gran actor dramático Leo Rafalesco, los que llegaron a la cumbre de la fama después de recorrer un camino lleno de dolores y sufrimientos. Atravesaron un mar de inmundicias y emergieron de él impolutos, con los tiernos sueños de los pueblitos chicos, resistiendo el boato y la vida fácil de las grandes ciudades del mundo.” [43]  

Intensa emoción en Chernóvitz…

Tras la partida de Liébel Rafalóvich de Holeneshti, sus padres Benie y la “diminuta y callada Beilke”, también su hermano Anshel, intentaron por todos los medios posibles saber dónde estaba e intentar que regresara. Recién cuando la compañía de teatro estaba en Chernóvitz preparándose para seguir “su excursión teatral” y presentarse en el Pavilion Theatre de Londres, Simje Alegría -como lo nombraba Lieb-, se concretó el encuentro tan esperado.

Terminaba la función y el homenaje a Leo Rafalesco: “la juventud sacó en andas al homenajeado, lo cubrió de flores y le entregó numerosos obsequios”…

Holtsman estaba alerta, controlando todos los movimientos y vio a “un individuo extraño, barbudo, cuyo rostro y cuyos ojos, saltones y soñolientos, le parecieron conocidos”. Luego, Holstman “miró con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas”, cómo Rafalesco y el intruso “estaban abrazados y se besaban como dos hermanos”.

Después de tantas buscas por distintos pueblos y ciudades, Simje Alegría, el cajero de Benie, su padre, podía por fin dialogar con el inquieto e inquietante Liébel. Después de algunos breves comentarios sobre su familia y la del cantor Isróel, su esposa y su hija Réisel, le contó cómo y hasta dónde estuvieron buscándolo con su hermano Anshel. Así fue como aludió al telegrama que habían recibido:

“Vuelve. Tu madre se está muriendo…”

En ese instante, el talentoso actor, “aferrando con ambas manos el brazo de Simje”, exclamó:   “¿Qué? ¿Mi madre?” y enseguida escuchó la emocionada respuesta:

“Sí… Que en paz descanse. Es claro, muchacho, no podía ser de otro modo. Después de todo lo que sufrió… era una mujer débil, delgada, piel y huesos; ni sitio tenía para el alma. Y la buena vida que le daba tu padre… Tú sin duda lo recordarás. A todo esto añade los dos golpes que recibió, uno tras otro. Fue como llover sobre mojado. No sé a quién quería más, si a ti o a Anshel. Mientras Anshel estaba en Bucarest conservaba la esperanza de que ustedes volverían, los dos juntos. Pero cundo se enteró, ¿me oyes?…

No, Rafalesco ya no lo oía. Escondiendo la cara en el brazo doblado se echó a llorar y gemir como una criatura. Simje Alegría quedó desconcertado. No sabía qué hacer. No servía para consolar, levantar el ánimo, pronunciar palabras de alivio”…

Después del alboroto generado por el llanto de Rafalesco, quedaron solos y el hijo quiso “que le relatara todos los pormenores de la muerte de su madre. Quería saber cuándo había muerto, si ellos, Anshel y Simje, habían llegado a tiempo para el sepelio, y cómo había sido el entierro. Simje Alegría se lo contó, y muchos detalles de su relato tuvo que repetirlos varias veces.

No pegaron los ojos en toda la noche… El relato del ex cajero se estiraba como miel espesa, sin pausa y sin fin, mechado periódicamente con sus habituales frases de ‘sigue escuchando’, ¿me oyes? y “la cosa pintaba mal, ¿qué hacer?”…

Así fue como Alegría siguió relatando aquellas tristezas que Schólem Aléijem sintetizó en breves párrafos:

“La pobre mujer se había extinguido como una vela. Había abandonado sin quejarse el mundo en que tanto sufriera por sus hijos. Beilke quiso morir como había vivido: silenciosamente. Se guardó para sí sus pesares y sus dolores. Cuando su mal se hizo visible Benie despachó correos por todos los caminos en busca de los mejores médicos, a los que ofreció todo lo que poseía para que devolvieran la salud a su esposa. Pero ya era tarde.

Acostada en su amplio lecho, encogida como un ovillo de hilo, la pequeña Beilke parecía una criatura de pocos años. Tenía los labios fuertemente apretados y las blancas mejillas pronunciadamente hundidas. Estaba sola en una gran cama y una gran alcoba. No había nadie a su lado. Benie se hallaba ocupado con los médicos; los hijos mayores, atendiendo la hacienda; las hijas, los quehaceres domésticos. Anshel y Léibel, ausentes. Sólo Basheba, la hija menor, acompañaba a su madre, sentada en un rincón del cuarto y llorando en silencio para no despertarla.

Pero la madre ya no despertaría jamás. Dormía el pesado sueño de la muerte. Sus ojos cerrados se destacaban en su blanquísimo rostro como dos profundos huecos. Sus cejas rubias, que asomaban en la pálida frente bajo un pañuelo blanco, conferían a su pequeño rostro de niña una expresión de infantil seriedad. Una mano blanca y diminuta, demasiado blanca, colgaba sobre el borde de la cama. Su figura tenía la apariencia de una persona que duerme.

Reinaba el silencio en la estancia. Un corazón que había amado mucho y que por amar había sufrido tanto, dejó de amar, de sufrir y de luchar. Un silencio terrible, sagrado, impresionante, el silencio de la muerte, reinaba en la estancia.

Beilke había muerto.

Beilke había muerto y la vieja abuela, la madre de Benie Rafalóvich, la que negaba continuamente con la cabeza, seguía viviendo. Estaba chocha y ciega de los dos ojos, pero vivía. ¡Misterios de la vida!

El resto de al familia se desperdigó, hijos e hijas, yernos y nueras, nietos y nietas, unos por un lado, otros por el otro. Benie nunca congenió con sus hijos, pero después de la muerte de su esposa se volvió terriblemente huraño. A Anshel lo casó con aquella muchacha de Beltz, fea pero de distinguido linaje. Y le prohibió que se presentara ante su vista. Jamás le perdonaría el viaje a Bucarest. Anshel vivía en Beltz, donde tenía una pequeña cigarrería. Decían que se había vuelto desconocido, tosco, rústico”…

Casi lo más sorprendente para Liébel fue saber que su hermana “menor, Basheba, había querido estudiar para ser partera. Benie, en represalia, la había obligado a casarse con Simje”, aunque ella “se resistió durante bastante tiempo; protestó, rezongó, se rebeló, lloró, amenazó eliminarse” y él confesó que “no quería tomarla por la fuerza” pero “Benie Rafalóvich se obstinó. En fin, se casaron…, y el matrimonio marchó bien. Ya tenían dos hijos y esperaban otro. Lo pasarían bien, si no fuera por la nueva desgracia que ocurrió…

“…No es, en realidad una desgracia” -dijo Simje Alegría-.

“Lo que pasa es que el patrón, digo mi suegro, o sea tu padre, se volvió a la vejez religioso, ¿me oyes?; probablemente a causa de las penas que sufrió. ¡Pero de qué modo! ¡Terriblemente devoto! No hace más que rezar y leer salmos, día y noche. Lo cual no sería nada; se podrían aguantar sin mucho esfuerzo sus rezos y sus salmos. Hay algo más, otra calamidad mayor. ¡El rabí! El patrón, digo, mi suegro, se volvió de pronto jasid de un rabí, ardiente y fervoroso fanático de un rabí. No sólo viajaba; se quedaba allí, vivía allí, no se movía, no salía de la casa del rabí”… Y contó como primero fue fanático un rabí, después de otro, hasta que “hace más de medio año que vive en Boian, y se niega a volver a casa”…

Contó Simje Alegría que “la cosa pintaba mal” y decidió viajar a Boian porque “no podía dejarlo abandonado a su suerte…

No logré nada. Hablarle a él es como hablar a una pared. Lo único que le interesa son esas cosas que se le metieron ahora en la cabeza En lo único que piensa es en el rabí. Fuera de eso, nada; no quiere ni oír hablar de su casa, ni de Holeneshti, ni de sus hijos. A Léibel y Anshel, que no se los nombren siquiera. Anshel es para él el ángel de la muerte; él mató a tu madre. Si no fuera por Anshel y su viaje a Bucarest, tu padre no hubiera enviudado. Con toda seguridad. Sigue escuchando. Cuando llegué a Boian encontré a tu padre hecho una piltrafa, ¿me oyes?, una piltrafa. Cuando me acuerdo se me oprime el corazón. Lo hubieras visto: no era ni la mitad de lo que había sido. El vientre le colgaba como una bolsa vacía. Tenía las mejillas hundidas. Estaba viejo y canoso. Tuve ganas de echarme a llorar. Él nada. Ni siquiera me preguntó por sus hijos. Lo único que me dijo fue que visitara con él al rabí ¿me oyes? Y quería que fuéramos enseguida, en aquel mismo instante. ¡Qué desesperación! Ese hombre debiera servir de lección para muchos. Quise hablarle de lo que pasaba en casa, decirle que iba barranca abajo. No me dejó. ‘Mañana, me decía siempre, mañana’.

Hoy no podía porque tenía que ir a lo del rabí, ¿me oyes? De ese modo lo fue postergando día a adía. Una tarde, estando en el hotel, escuché unas conversaciones que mantenían unos jóvenes acerca de una compañía teatral que actuaba en Chernóvtiz, y de una función a beneficio de un famoso artista, joven aún, un actor de Bucarest llamado Rafalesco. Las palabras Rafalesco, Bucarest, actor joven, me llamaron la atención. Se me ocurrió pensar: ¿No será Léibel? Rafalesco… Bucarest… teatro judío… Todo eso combinaba de una manera extraña.

‘Resolví venir a Chernóvtiz, ¿me oyes? Tengo que ver a ese actor joven, me dije.

Pero antes de ponerme en viaje quise conocer la opinión del patrón, digo, de mi suegro, de tu padre. Comencé por decirle que en Chernóvitz había una compañía de teatro judío… ¡Para qué lo habré dicho! No bien pronuncié las palabras ‘teatro judío’, se puso más pálido que un muerto, temblando de pies a cabeza se apoderó del bastón y me amenazó con romperme la cabeza si decía una sola palabra más, ¿me oyes? La cosa pintaba mal. ¿Qué hacer?

‘Salí a la calle, tomé un coche y me hice conducir directamente a Chernóvitz, pagando como un comerciante de Brod. Porque no nos engañemos. Aunque me hubiese costado diez, cien veces más, o aunque hubiese tenido que venir a pie, lo mismo habría venido, sin vacilar.

¿No vale todo el dinero y todos los sacrificios del mundo la dicha de haberte encontrado y de verte sano y salvo? ¿Y la de haber presenciado el gran triunfo que obtuviste en el teatro? ¿Me creerás si te digo que se me llenaron los ojos de lágrimas cuando el público comenzó a aplaudir y a gritar ¡Rafalesco, Rafalesco!, y cuando los jóvenes te sacaron en andas? ¡Pero si ése es Léibel, decía yo, ¿me oyes?, nuestro Léibel, el que dormía conmigo en el mismo cuarto, en la cama de al lado!

Simje Alegría se enjugó una lágrima y de pronto cambió su tono de voz y la expresión de su rostro.

-¿Te acuerdas, querido –dijo, con acento meloso e insinuante-, cuando dormíamos juntos en el mismo cuarto? Yo guardaba siempre el pantalón con las llaves debajo de la almohada. Y aquella noche oí perfectamente que alguien me estaba sacando las llaves del pantalón y abría el escritorio. ¡Sí, lo oí! Sólo que no pude despegar los ojos. ¿Qué se hizo ese dinero que… esa noche… este… del escritorio? Digo, ¿quién se quedó con él? ¿El de la cara abotagada y llena de arrugas? ¿O aquel actor bajito de paso bailarín y mirada astuta? ¿O quizá ese calamitoso picado de viruelas, que antes se llamaba Hótsmaj y ahora le dicen Holstman?”

Mientras tanto, el curioso Holtsman intentaba escuchar lo que contaba Simje y “pegó fuertemente la oreja a la puerta de comunicación, para no perder la respuesta del muchacho. Su movimiento involuntario hizo crujir la silla en la que estaba sentado, y los tres hombres -a ambos lados de la pared- se sobresaltaron”

“El susto pasó sin mayores consecuencias y Holtsman pudo seguir tranquilamente en su puesto de espionaje. Sin embargo, y por desgracia para él, perdió lo más interesante de la conversación. No porque oyera mal. Al contrario, las palabras llegaban a sus oídos con entera claridad. Fue por otra causa.

Rafalesco prefirió no contestar a Simje su pregunta sobre el destino del dinero. Se levantó, paseó varias veces por el cuarto, luego se detuvo y en lugar de responder la pregunta de su nuevo cuñado le hizo a su vez una pregunta.

-¿Y cómo está mi antiguo maestro, el cantor?”

“-¿Isróel, el cantor? -respondió Simje Alegría a la pregunta de Léibel-. ¡Está muy bien ahora!

-¿De qué modo?

-¡Es rico!

-¿Rico? ¿Isróel, el cantor?

-¡Riquísimo! Ya no es cantor, ni maestro. No es el mismo Isróel de antes. Su esposa, Leie, ¿te acuerdas de Leie, la cantora?, viste ahora como una gran señora, usa collares de perlas y no hace más que hablar de su hija, ¿me oyes? Con todo el mundo y a cada paso. ‘Mi Réisel’ por acá, ‘mi Réisel’ por allá. Los tiene a todos cansados con ‘su Réisel’. Ahora ya no se llama Réisel; se llama Rosa, y es una famosa cantante. Está en Londres, ¿Te acuerdas de ella? Hace poco fue a Holeneshti de visita; llegó especialmente de Londres, acompañada de un grupo numeroso de artistas. Recorrieron todo el pueblo, paseando en coches y bicicletas, ¿me oyes? ¡Lo que les habrá costado el viaje!”…

“Dicen que tiene un novio millonario, ¿me oyes? ¡Millonario! Rosa hizo sensación en Holeneshti. Se alborotó todo el pueblo. La seguían por las calles. Es una mujer bella, deslumbrante, alta, bien formada. Y dicen que canta maravillosamente. Además, es rica. Tiene mucho dinero. Imagínate que se le ocurrió comprarnos la casa, la nuestra, es decir la de mi suegro, ¿me oyes? ¿Y tú crees que para ella? ¡No! Para el cantor. El padre se opuso; lo mismo que la madre. ¿Para qué queremos un solideo tan grande?, decían”…

“Pero la hija, Réisel, se obstinó, ¿me oyes? Quería la casa de los Rafalóvich. Y no solamente la casa. Lo quería todo: la casa, el patio, el establo y todo lo que contenían. Hombre, si hasta quería quedarse con Tercush, el perro. ¿Te acuerdas de Tercush? Para comprar, lo compro todo, decía.

¡Lindo capricho para la hija de un cantor! ¡Ja, ja, ja!

Fue la segunda vez que Simje Alegría rió aquella noche. Pero al ver que Rafalesco no reía y que, por el contrario, se había puesto pensativo y hasta triste, recuperó su seriedad y comenzó a justificarse”…

“…Te aflige que hayamos vendido la casa? Te aseguro, querido, que a mí también me dolió, quizá más que a ti. ¿Pero qué podíamos hacer? La granja se hundía. El patrón, digo, mi suegro, estaba con el rabí. Sus hijos se fueron, cada cual por su lado, ¿me oyes? Quién quedó en la casa? La abuela, que está chocha, Basheba y los chicos; yo no me cuento, porque no necesito nada. Vivo ahora como he vivido siempre, ¿me oyes? Otro en mi lugar, ¡ah…!

El ¡ah…! final Simje Alegría lo estiró significativamente y lo subrayó con un movimiento no menos significativo de la mano. Sólo que el significado de la exclamación y el ademán no era fácil de interpretar.”

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“Rafalesco lo veía todo confuso, como en un sueño impreciso; oscuro, envuelto en una espesa niebla y cubierto por un cielo nocturno, impenetrable, lleno de secretos. Una sola estrella brillaba en ese cielo, una estrella que centelleaba y lo llamaba con los fulgores de su luz. Era Réisel”…   [44]

Rosa Spivac en la cumbre…

Rosa Spivac integró la compañía ambulante de Albert Schupac y en aquel tiempo “ni soñaba probablemente, que algún día ocuparía un departamento entero en uno de los hoteles más lujosos de la arteria más distinguida, la Quinta Avenida, de la gran ciudad de Nueva York… Ni que viajaría en automóvil propio guiado por un black driver. Ni que decenas de periodistas de los diarios más importantes del mundo la rodearían para fotografiarla de todos los ángulos y tratar de obtener el gran honor de hablar con ella dos o tres minutos”…   [45]

Fama…

Schólem Aléijem, destacó que se alcanzaba esa cumbre, tras sucesivos “cambios de la vida de una persona que no se producen en un abrir y cerrar de ojos. La fama no nace en una noche. La existencia de quien ha conquistado celebridad mundial, ya sea actor, cantante, pintor, músico, escritor o multimillonario se nos aparece como una cuesta arriba penosamente recorrida. El camino es largo y difícil, y está más a menudo sembrado de espinas que alfombrado con flores”…

Señales en las crónicas periodísticas…

Schólem Aléijem, reitera “un resumen de varias crónicas publicadas en diversos diarios norteamericanos, en inglés y en idish” acerca de la trayectoria de Rosa Spivac y expresa que “el lector sabrá distinguir lo que es verídico de lo que fue ligeramente abultado a favor de la propaganda.

‘Nacida en un pueblo chico de Besarabia, en el seno de una familia pobre y fanática (el padre era rabino y cantor de sinagoga), miss Rosalie Spivac fue raptada, niña aún, por una compañía de actores ambulantes, cómicos de la lengua, que se ocupaban de secuestrar jovencitas en los pueblos para convertirlas en actrices. Para evitar que los detuvieran cruzaron la frontera y obligaron a la pequeña Rosalie a cantar canciones groseras, primero en la calle y luego en cabarets, cafés cantantes y music-halls. Probablemente la carrera de mis Spivac habría tenido un epílogo trágico, como el de tantas cancionistas callejeras, si una feliz coyuntura no la hubiese llevado ante la famosa cantante Marcella Embrich, que quedó prendada de las incitantes canciones gitanas de la joven y de sus ardientes ojos negros. La extraordinaria artista despertó luego gran admiración, con su voz encantadora, en la corte austriaca, hasta el punto de que el emperador Francisco José la honró concediéndole una beca para estudiar música. Después de concluir brillantemente y en poco tiempo los cursos del conservatorio de Viena, Rosalie fue enviada por dos años a París, donde conoció a cierto mecenas francés llamado Jack Rescau; este último la introdujo en la Ópera de París, donde se presentó con la nueva obra ‘Electra’, dirigida por Richard Strauss, y logró un buen éxito tan clamoroso que inmediatamente obtuvo un contrato de tres meses por medio millón de francos. Poco tiempo después la vemos en Viena y en Budapest, cobrando diez mil coronas por noche. Posteriormente fue contratada en Londres con una remuneración de doscientas libras por noche y ahora en Nueva York percibe dos mil dólares por función, suma que sólo alcanzó a obtener hasta ahora Melba, la cantante más grande del mundo.”

Luego, el talentoso narrador transcribió varias cartas relacionadas con Rosa Spivac y así logra aproximar aún más sus vivencias, en contraste con lo expresado por los periodistas, quienes con frecuencia apelan a la imaginación y elaboran disparatadas biografías.

Regreso al terruño y a la familia…

Rosa Spivac aunque había llegado a la cumbre, seguía siendo la mujer sensible que partió del pueblo enamorada de Léibel, con aptitudes y vocación para el arte musical.

Los párrafos de una carta enviada a su orientadora Marcella Embrich, son elocuentes:

“Querida madrecita Marcella:

Hace tres días que estoy en mi pueblo natal, y todavía no le he enviado ni una sola carta… Le voy a contar todo, mi querida madrecita. Y toda la pura y santa verdad. Mi madrecita sabe que para ella no tengo secretos. Comenzaré por el principio, por mi hogar.

Lo encontré tal como lo había dejado. El mismo pueblito de antes; la misma gente, sencilla y pobre. Sentí que el corazón me latía con más fuerzas cuando mis ojos volvieron a ver a mi viejo y querido rincón natal y mis oídos oyeron de nuevo el dulce y grato nombre de Holeneshti.

¡Holeneshti! ¿Me creerá usted, madrecita? Estuve tentada de caer de rodillas y besar aquella tierra negra y el polvo grisáceo de sus calles sin pavimentar y sin barrer. Y lo habría hecho si hubiese estado sola, sin la pandilla que me acompañaba, sin mi maestro Salponini y mis amigas. ¿Por qué los habré llevado conmigo? ¿Qué falta hacía todo ese alboroto? ¿Por qué no habré viajado sola? Le confieso, madrecita, por vil que haya sido mi sentimiento, que me ardía la cara de vergüenza cuando mis padres se lanzaron a mi encuentro para abrazarme y besarme. Mi madre lloraba y reía y hablaba sin parar -siempre le ha gustado hablar mucho-; mi padre estaba pálido como la muerte y le temblaban las manos. No sé qué me habrá pasado en ese momento, pero me sentí incómoda, molesta, embarazada. No sé si será porque mis padres vestían ropas viejas, anticuadas, como todos los habitantes de los pueblos chicos, o porque no hablaban ni entendías más que el idish. Lo que sé, querida madrecita, es que estaba avergonzada, avergonzada de mis queridos y fieles padres, que por mí sufrieron tantas penas y tantas humillaciones. Es verdad que ahora estoy arrepentida de habérselas causado, y trato por todos los medios de reparar mi culpa. Pero ¿qué valor pueden tener ahora las reparaciones? El poco de alegría, de satisfacción, que ahora puedo darles no alcanza a cubrir ni la décima parte del dolor que les produje cuando huía de mi casa y me marché con el teatro ambulante. Ese crimen no podrá borrarlo jamás, aunque los trate diez veces más cariñosamente de lo que ahora los trato. El dinero que gasto por ellos grita con fuerza en mis oídos: ‘¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde!’ Contemplo a mi pobre padre enfermo, a quien tanto había amado, y me parece que sus grandes ojos negros me preguntan: ‘¿Dónde estabas, hija mía, durante esas largas y dolorosas noches en las que no podía pegar los ojos y pedía a Dios que me diera la muerte? ¡Si al menos hubieses recibido una carta tuya, una línea, una palabra amable, habría vuelto a ver la luz de la esperanza!’   Recuerdo, querida madrecita, cuando traté de negarle que tenía padres y usted me regañó, y siento que se me inflama la cara de vergüenza; y me doy cuenta que soy la pecadora más grande del mundo. Creo que no hay ningún sacrificio que no estuviera dispuesta a hacer por mis pobres padres, tan injustamente agraviados. Quise llevármelos conmigo, pero no era posible. Mi padre está enfermo, y mi madre no lo dejaría solo ni un día, aunque le llenaran, dice ella, ‘toda la casa de oro’, y le dieran encima la corona del imperio británico. Resolví, entonces, asegurarles la vejez, comprándoles una casa. Aquí los vecinos, por pobres que sean, se esfuerzan por poseer una casa, una ‘propiedad’. También en esto me conduje con mis padres debidamente; lo hice más por mí que por ellos. Lo mismo que mi decisión de viajar a mi pueblito natal que, en realidad, la había tomado más por mí que por mis padres. Porque era una sola cosa, un solo hombre, el que me impulsaba a trasladarme a Holeneshti”.

Luego Rósiel –Rosa o Rosalie Spivac– relató que no sólo no lo encontró, sino que ni siquiera pudo averiguar dónde estaría porque “desapareció sin dejar rastros. La familia de sus padres se deshizo; la madre murió. El padre se volvió loco. Los hermanos y las hermanas se desparramaron en distintas direcciones. Sólo quedó la casa”…

Rósiel, Rosa, la gitana, quiso comprar esa casa, porque desde la primera vez que había atravesado el umbral con sus “zapatos rotos”, había sentido envidia…

“Por qué tenían que poseer ellos, los ricos, tanto, y nosotros, los pobres, nada?, pensaba en el fondo de mi alma; y me dije que algún día aquella casa, con todo su esplendor, sería mía. ¡Mía!”

Rósiel, siguió escribiendo:

“Y quizá no sea por eso; quizá sea porque en ella nació y se crió el hombre que encendió por primera vez la sagrada llamita en mi corazón, aquél a quien no puedo, a quien no estoy en condiciones de olvidar.

Sea como sea, no discutí mucho y adquirí la casa, sin prestar atención a las protestas de mi madre”…

“Yo, por supuesto, impuse finalmente mi voluntad. La casa me pertenece. ¡Es mía! ¡Mía! Mía, me dije, olvidando que la había comprado para mis padres, para darles una ‘propiedad’ y asegurarles una vejez tranquila”…

Rosa, la gitana, después necesitó contar que durante esos días de visita en su terruño, solían organizar “excursiones a un bosquecito vecino” y también cantar y bailar “danzas gitanas”. Destacó que “la luna asoma por el otro lado del bosque y pone reflejos de plata en las aguas del río y en todos los rincones del pueblo, que duerme plácidamente, inocentemente, como sólo puede dormir esa gente pobre que no necesita mucho”…

“Nosotros, los perdularios del gran mundo, los gitanos de allende la frontera, bien comidos y bebidos y hartos de lujos y placeres, turbamos la santa paz de la mágica noche con el chapoteo de los remos cuyo eco repite el bosquecillo vecino. Noche que debe ser destinada, en cambio, a guardar silencio, a contemplar el cielo para buscar las estrellas, conocidas y desconocidas, que yerran por el espacio sin rumbo y sin orden; a añorar a aquel que sólo se nos presenta una vez en la vida… Y a que mi maestro, el signore Salponini me declare el amor que desborda de su corazón. Creo que será mi vigésima primera víctima. Y espero que no lo hallarán ahogado en el río, como a mis veinte víctimas anteriores, y que la víctima vigésimasegunda no tendrá mejor suerte que sus predecesores.

Ésta es la vida que se lleva, en mi pobre, tranquilo y piadoso pueblito natal, lejos del lujo y la mixtificación del mundo.

Reciba querida madrecita Marcella, un fuerte beso de su más devota amiga

                                                                                                        Rosa, la gitana.”

Más confidencias…

Rósiel, Rosa Spivac, estaba a bordo de un barco que la conducía a Estados Unidos cuando decidió enviar una carta a su “fiel y querida madrecita Marcella” y comentarle que se había alejado de París, “se acabó la Ópera…

Soy de nuevo un pájaro libre; de nuevo gitana, ambulando por el mundo… me presento en funciones de tránsito, en reducido número de conciertos; no actúo sola sino con el que fue antes un famoso ‘niño prodigio’ y es ahora un virtuoso más famoso aún, Grisha Stélmaj, a quien conocí precisamente en un concierto de usted, en aquel inolvidable concierto que cambió el curso de mi vida.   Es toda una novela romántica la nuestra”…

En los párrafos siguientes sigue refiriéndose al niño prodigio que “se convirtió en un gran artista” y necesitó escribir:

“…y ese gran artista es mío, ¡enteramente mío!”

Luego Rósiel alude a la felicidad y destaca:

“…El odio me corroe el alma. Albergo en mis entrañas un espíritu maligno. ¡No amo a nadie, a nadie! Hago lo que me produce un placer inmediato, del momento; lo que me dicta mi capricho. Me río del dolor ajeno. El drama del prójimo es para mí una diversión. Un demonio se alojó en mi pecho. Nada me satisface. Cuanto más me da la vida, tanto más le exijo. Mi capricho crece con mi buena suerte. Sólo tengo minutos, contados minutos de elevación, de exaltación. Son los minutos en que mi príncipe y mi mago sale al escenario. ¡Qué grande, qué alto y que bello es entonces! ¡Celestial! ¡Divino! Sin igual en el mundo. Salvo… ¡Ah!, ¿por qué no será aquel que usted sabe? [46]

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Despedida: “Su endurecida, consentida y caprichosa gitana. Rosa”.

Conclusiones de Meier Stélmaj…

Meier Stélmaj escribió una carta a su amigo, mientras viajaba en el barco que lo trasladaba a Estados Unidos, junto a Grisha, a Rosa y “al empresario, un pajarraco norteamericano que se comprometió, por una suma mínima determinada y con gastos de su cuenta de primera clase, desde luego, a efectuar… una tournée por todo el país”.

Así se expresaba Meier Stélmaj y destacaba que era con “la suma mínima garantizada. No puede ser menos”…

Comentaba luego que Rosa protestó porque había pedido “tan poco”…

“¿Qué me dice de la descarada? Por si era poco el furor que sentía contra el pillo norteamericano, a causa del mínimo, venía ella a revolverme el cuchillo en la herida… Pero me contuve… No quiero que mi hijo se entero de lo de Albert Schupac y de otras cosas del pasado. Aunque después de todo, ¿qué culpa tiene ella de que Schupac la haya llevado por todas partes exhibiéndola como un gitano a un oso para ganar dinero? Bien mirado, no hay ningún motivo para avergonzarse. Ser pobre no es un crimen, ¿no le parece? ¿No anduve yo mismo ambulando con mi hijito a cuestas, sin tener un par de botas que ponerme, recorriendo pueblos y ciudades y tocando por tres cópekes seis piezas y una de regalo?”…

“Y me gusta recordarlo cuando estamos todos reunidos, en familia; aprovecho entonces para relatar anécdotas de la época en que Grisha tocada la pieza más bella por una manzana o un par de ciruelas; cuando se nos hacía agua la boca ante un trozo de buen pan blanco y cuando un vaso de té con azúcar era toda una fiesta y la carne de pollo sólo la veíamos en sueños.

A Rosa es a quien más le gusta escuchar esas anécdotas. Se le encienden los ojos y se pone más linda que nunca. Y ella misma se lanza a contar con entusiasmo sus propios recuerdos, sobre todo los de su pueblito, Holeneshti. Los cuenta con lujo de detalles y con una gracia que es como para morirse de risa, imitando a las mujeres del mercado o cantando como un Jasón ronco y remedando sus gestos. Es más divertido que el teatro. Las carcajadas nuestras se oyen a tres cuadros de distancia. Lo malo es que no siempre está de humor para estas cosas. Creo haberle dicho ya que es una mujer caprichosa. Cambiante. A veces se siente alegre, contenta, bulliciosa, se echa a cantar y a bailar con un entusiasmo tan contagioso que todo el mundo baila con ella. Otras veces se cubre de una espesa nube de melancolía y se encierra todo el día en su cuarto. O se pone a escribir cartas y se pasa horas enteras escribiendo. ¡Vaya usted a saber a quién! O le pide de pronto a Grisha que toque el violín. Y él la complace, aunque no esté con ánimos para tocar; cuando ella quiere que toque, toca… Lo haría aunque lo despertara a medianoche y le pidiera que le diera un concierto completo. Puesto que es un caso de ‘amor…, no hay más nada que decir. Rosa le pide que toque y él se pone el violín bajo el mentón y toca. Y ella lo escucha sin quitarle los ojos de encima, sentada delante de él con la cabeza apoyada en las manos. Si usted la viera en esos momentos. ¡Parece un ángel! ¡Un cuadro! En cambio, si usted le pide que cante, jamás le da el gusto. Cuanto más le piden tanto más se niega. Obstinadamente. Y cuando a ella se le antoja, se pone a cantar como un ruiseñor. ¡Pero nada de arias, ni de conciertos! ¡No, señor! Canciones gitanas, bailables, tonadas judías. Si la oyera cantar una canción jasídica, le aseguro que se vendría a pie hasta aquí. Yo sé que usted es amante de las canciones judías”…

“¡Le digo, mi querido amigo, que daría veinte conciertos y cincuenta sinfonías por una sola de sus tonadas judías! O por oírla cantar trozos litúrgicos de los más famosos cantores del mundo”…

“Lo canta con tanto sentimiento que usted entrega el alma escuchándola. ¡Es una diabla! ¡Y hay que oírla hablar en alemán! ¡Y en francés! Y si usted quiere inglés, también sabe inglés. Con decirle que es talentosa, se lo digo todo. ¡Como para no quererla! ¿Se da cuenta? Lástima que tenga un defecto: es un poco violenta. ¡Qué violenta! Hay que tratarla con cuidado, con mucho cuidado. Una palabra, una mirada que no le gusta, es suficiente para enfurecerla. Se inflama como un fósforo. Nosotros nos cuidamos, procuramos no contrariarla, no discutirle. Lo hacemos por él, por mi hijo, que por suerte encontró su pareja, una mujer de sus mismos quilates”… [47]

Fugaz encuentro en Nueva York…

Mientras Rosalie Spivac actuaba en Estados Unidos, recibió una misiva:

“Te comunico, Réisel, que yo, Léibel, el hijo de Benie Rafalóvich, de Holeneshti (te acuerdas), estoy aquí, en Nueva York, down-town, trabajando como actor en el Nikel Theatre, y me llamo ahora Rafalesco”.

En esas circunstancias, Léibel necesitó escribir “otra cosa”. Y lo hizo.

“Insensiblemente, tal vez involuntariamente, abrióse en su memoria la fuente de los recuerdos y comenzaron a brotar de su pluma frases abundantes, extensas, apasionadas, palabras espontáneas y sencillas que contenían la historia de su vida, desde que el y ella se habían separado, aquella mágica noche del incendio en la ‘calle de Dios’, hasta el momento presente. Con el corazón en la mano relató todas las peripecias que había experimentado en su carrera artística, describió sus sueños y sus esperanzas, sus ideas y sus sentimientos, sus dolores y sus alegrías.

No era una carta de amor. No. Ni una sola vez se le desprendió de la pluma la palabra ‘amor’. Sería muy trivial en aquellas páginas; muy vulgar. Para él eran demasiado sagrados los lazos que habían unido su nombre con el de ella y unían el pasado de ambos con el presente. Si alguna palabra cálida se le escapó sin querer, la disimuló escondiendo su significado.

Hablando de aquella noche constelada en que parecían llover chispas del cielo, allá en Holeneshti, le pidió que recordara lo que ella le había preguntado sobre las estrellas que caían, y lo que él le había contestado. ‘Las estrellas, había sido su respuesta, no caen. Yerran…’ Y que recordara la visita que posteriormente le hizo a una gitana, en un pueblecito de Galicia o de Bucovina, para que le echara las cartas. ¿Qué le dijo la gitana en esa ocasión? ¿No le habló de estrellas errantes, que se buscan sin poderse encontrar?

Rafalesco disfrazó sus sentimientos con alegorías e indirectas y escribió una larga carta cuajada de puntos suspensivos”… [48]

Esa extensa carta debió pasar por el control de “un tal mister Bohrman” que controlaba no solo las entrevistas de Rosalie ya que era necesario “dar el nombre del solicitante y la clase de business que deseaba tratar con miss Spivac”…

Respuesta de Réisel…

Rosalie Spivac después de estar con Grisha Stélmaj y su padre en la función del Nickel Theatre, necesitó escribir:

“Mi querida estrella errante:

Ni la más extraordinaria fantasía hubiera sido capaz de enredar y complicar las cosas como lo hizo el devenir de la vida, con sus casualidades y sus contingencias. Las emociones que experimenté durante las últimas doce horas me han excitado de tal manera, que no sé si podré transmitirte la centésima parte de lo que quisiera decirte personalmente. Sólo una extraña casualidad me llevó anoche al Nikel Theatre, y no sé por qué milagro de resistencia física no estalló mi corazón en mil pedazos cuando me enteré que Uriel Acosta eras tú. Petrificada y aturdida permanecí en mi asiento hasta el final del segundo acto. Pero sólo hasta el final del segundo acto. Después se produjo un escándalo, completamente imprevisto: fuimos reconocidos y nos pusieron de manifiesto de una manera tan descomedida que nos obligaron a huir del teatro. Y bien sabe el cielo que mi deseo, el apremiante impulso de mi alma, era el de volver, regresar, ver una vez más tu rostro, oír nuevamente tu voz, esa voz que no ha dejado de resonar en mis oídos durante los largos años de mi errabunda vida. Pero eso no es todo; cuando llegué a casa encontré un paquete de cartas, algunas de las cuales, según los matasellos postales, habían llegado hace mucho tiempo, pero que no me fueron entregadas debido a la censura que mi empresario -a pesar de que es norteamericano y pretende ser un caballero-, se permitió ejercer sobre y correspondencia sin que yo lo sepa ni consienta. Inmediatamente lo mandé llamar y le comuniqué sin más trámite que daba por rescindido el contrato, dejándolo en libertad, si así lo quería, de demandarme y reclamarme daños y perjuicios. Pero lo importante no es eso, sino que entre las cartas estaba la tuya; la leí y releí no sé cuantas veces, sintiendo que un infierno me abrasaba el pecho, besando todas y cada una de sus palabras y mojándola con mis lágrimas. ¿Por qué lágrimas?, preguntarás. Lloraba nuestra desaparecida niñez, los dichosos años de nuestra adolescencia, nuestro amor prematuro, que ahora quizá será más ardiente, más apasionado, más fogoso, pero que no será jamás, es preciso confesarlo, tan puro, tan elevado, tan divinamente bello y al mismo tiempo tan puerilmente ingenuo como lo fuera entonces en nuestro pequeño, pobre e inolvidable Holeneshti.

¡Holeneshti! ¿Tú sabes que he estado allí, buscando a mi Léibel, preguntando por ‘el hijo del rico’? Desgraciadamente nadie me supo decir nada. Desapareciste de mi cielo como un dulce ensueño que se sueña una vez en la vida.

Querido mío: Me preguntas en tu carta si recuerdo lo que me dijo la vieja adivina que me echó las cartas en un pequeño pueblecito de Galicia. Yo lo recuerdo muy bien, pero tú, ¿cómo lo sabes? ¿Debo deducir que tú también has estado preguntando por mí, como yo por ti? ¿Y entonces, perverso, por qué me olvidaste hasta el punto de permitir que otra mujer, prima donna también y quizá más linda que yo pero mucho más tonta, se jacte ante todo el mundo de que eres su elegido? Mas, ¡ah!, ¿quién soy yo para reprocharte, si por una serie de circunstancias complicadas yo también me vi obligada a atarme con una cadena de oro. Pero no hablemos de cadenas, que podemos en cualquier momento romper y desprendernos de ellas con que sólo lo queramos. Hablemos más bien de que nos veamos esta tarde”… (Y tenemos tantas cosas que decirnos!) Ve de 4 a 5 y búscame; te lo ordeno. No, no es cierto. ¿Por qué no decirte la verdad? No te lo ordeno. Te lo ruego, te lo suplico, de rodillas. Y te beso, ¿me oyes?, te beso…   Réisel.”   [49]

La tarde de la cita…

“Rafalesco salió demasiado temprano para acudir a la cita con Rosa. Abandonó el hotel sin mirar el reloj y sólo cuando estuvo en la calle, y volvió a leer por décima vez la dulce y amada carta que ya casi se sabía de memoria, reparó que decía ‘de 4 a 5’. Tenía tiempo de sobra para entrar en una peluquería a hacerse afeitar y luego en un café tomar algo y engañar el hambre. Nunca le había parecido tan largo el tiempo como aquella tarde”…

Rafalesco durante la tarde de la cita con Rosa se encontró con Shólem Méier, una persona que “fijaba la mirada astuta en los ojos de su interlocutor y le adivinaba el pensamiento. ¡Daba gusto hablar con ese hombre!”

Durante ese breve encuentro, le dijo a Rafalesco:

“Somos humanos, hombres pecadores, y a veces cometemos deslices. La mujer es una tentación y a menudo ni siquiera somos nosotros los que tenemos la culpa. Nadie puede ser profeta y predecir que la cosa va a terminar en un crío. Cuando pasa eso hay que apechugar y aguantar las consecuencias. Pero en este caso el asunto no combina bien ni para usted ni para ella. Esa es la verdad. Y no crea que ella no lo sabe. Lo entiende mejor que todos nosotros, así me dé Dios suerte y fortuna.

Rafalesco sintió como si le quitaran un peso de encima”…

“Se despidió muy afectuosamente de Murávchic, montó en uno de los extensos vagones y medio minuto después lo engullía la oscura boca del túnel.

-Shólem Méier, has estado all right -díjose Murávchic, mientras aguardaba al tren siguiente-. ¡Qué gran país, Norteamérica! ‘Palabra! ¡Qué gran país!”   [50]

Expectativas en el zoológico…

“El lugar elegido por Rosa Spivac para encontrarse con su amado Rafalesco era el jardín zoológico, sitio donde en invierno, por ser menos concurrido que en verano, se podía pasear tranquilamente casi sin encontrar a nadie, salvo a las fieras, encerradas en sus jaulas.

Rafalesco llegó más de media hora antes de la señalada, y pasó el tiempo caminando con impaciencia y sufriendo más de lo que había sufrido durante todos los años de su juventud que se había pasado ambulando por el mundo. La trascendencia de aquel momento, que había estado esperando durante tanto tiempo, era suficiente para que temblara como una hoja y le latiera el corazón con desusada violencia.

Además los sombríos y extraños pensamientos que en aquel momento lo asaltaron contribuyeron a aumentar su inquietud y su incertidumbre. Quién sabe si vendrá, decíase preocupado Rafalesco. Y si viene, quién sabe qué novedades traerá consigo”…

“Rafalesco prosiguió andando, internándose en el parque, marchando siempre entre las jaulas de las fieras. Quería huir de sí mismo; quería borrar el pasado; no podía. Lo tenía constantemente delante de los ojos, con sus grandes y pequeños pecados, sus ideales y sus aspiraciones artísticas. Y como si lo viese en un libro abierto, leía claramente el veredicto que él mismo había pronunciado sobre su propio caso: como hombre era un pecador; como artista era insignificante y van, y estaba rodeado de gente minúscula y de propaganda artificiosa y falsa. ¡Bluff, todo bluff, puramente bluff! Mucha agua correría bajo los puentes, muchas víctimas serían sacrificadas, muchos altares serían destruidos, y él seguiría, como ahora, detenido frente a la puerta del santo templo en el que pugnaba por entrar desde la infancia su alma joven y ya profundamente dolorida.

De pronto sintió que su corazón dejaba de latir. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. ¿Sería ella? Había divisado a lo lejos la silueta de una bella mujer, de estatura mediana, que se aproximaba. A Rafalesco le pareció que no marchaba, que flotaba suavemente en el aire. Forzó la vista. ¿Era ella?

Nunca encontramos en la persona que esperamos a la persona que habíamos imaginado, ni vemos en ella lo que habíamos esperado ver. La mujer que se dirigía hacia Rafalesco era ella. Rosa. Pero no era la que Rafalesco se había forjado en sus sueños. No era la Réisel que había conocido en Holeneshti, ni era la Rosa que le había pintado su fantasía. Era otra la mujer que tenía delante en aquel momento. Más grande, más vieja, distinta. Sí, distinta, muy distinta. Demasiado seria, demasiado severa, hasta demasiado fría le pareció en el primer instante. Sólo los ojos no habían variado: eran los mismos ojos negros, fogosos, de gitana.

Tampoco ella encontró en él al Rafalesco que había soñado, ni al Léibel de la infancia, el hijo del rico, cuya imagen conservaba en la memoria. Lo halló cambiado, completamente cambiado. Sólo los ojos seguían siendo iguales, sus dulces ojos azules, de mirada suave. Ambos permanecieron un rato inmóviles, contemplándose en silencio, buscando en sus rostros los recuerdos del pasado, tratando de leer en sus ojos la historia de su juventud, trascurrida para ambos sin alegría en su errante existencia. Pero fue sólo un minuto. En los labios de Rosa se dibujó una sonrisa, la primera, y Rafalesco sintió que su corazón pegaba un salto y comenzaba a latir apresuradamente y que un poder extraño lo atraía hacia ella con la fuerza de un imán.

Ya era de noche. Brillaban en el cielo la luna y las estrellas, y los dos jóvenes Léibel Rafalesco y Réisel Spivac seguían hablando. Hablaban de Holenesthi, del teatro judío, de ‘la calle de Dios’, del incendio, de las estrellas errantes”… [51]

Confidencia de Rosa a Marcella…

Scholem Aléijem en el epílogo incluyó algunas cartas y entre ellas, una “de Rosa Spivac a Marcella Embrich”:

“Madrecita:

Como ve, estoy de nuevo en Europa. Las estrellas errantes, que durante tanto tiempo se buscaron sin hallarse, por fin se encontraron. Fue en Norteamérica. Pero sólo se encontraron; nada más. No se reunieron, ni se reunirán jamás. ¿Quién tiene la culpa, yo o él? No sé. Probablemente los dos. Hemos cometido no pocos errores en nuestra vida, aunque no hemos vivido mucho. Tarde, demasiado tarde se encontraron las estrellas errantes. No, madrecita; parece que no existe la dicha en el mundo. Sólo existe la lucha para alcanzarla. La dicha no es más un sueño, una idea. Tampoco existe el amor, sino su representación; un ideal que nos forja la fantasía. Sí, madrecita, demasiado tarde se encontraron las estrellas errantes. Y ahora estoy de nuevo sola, envuelta en una aureola de grandeza, y llevando de nuevo una vida de gitana que el destino, al parecer, me ha señalado para mucho tiempo.

Escríbame, madrecita, pero no me consuele, no me compadezca y no trate de convencerme de que cambie. Seguiré siendo siempre como he sido hasta ahora.

Su siempre sincera gitana errabunda,   Rosa.”   [52]

Aproximación a “Tévie, el lechero”…

En la novela originalmente escrita en idioma idisch, se desarrollan diversas descripciones en una secuencia de diálogos de Tevie con Schólem Aléijem.   [53]

Tevie, el optimista personaje creado por Schólem Aléijem, a principios del siglo XX, era un vendedor de leña que recorría las calles con su carro hasta que le regalaron una vaca. Prefirió cambiar su oficio de leñero por el de tambero y lo empezaron a reconocer como el vendedor de productos lácteos…

Tevie demostraba ser un tesonero judío que repetía con frecuencia distintos versículos mientras realizaba sus diarios recorridos.

En torno al lenguaje bíblico…

Sabido es que “la Biblia está escrita en su casi totalidad en hebreo, lengua semítica del grupo noroccidental, que constituye una de las variantes dialectales del cananeo. Algunos trozos están escritos en arameo, lengua emparentada con el hebreo. El hebreo bíblico consta de unas 8.000 palabras, número que indudablemente no refleja la totalidad del vocabulario empleado en aquel período”…

“Lo primero que llama la atención es que el vocabulario consiste casi enteramente en sustantivos y verbos, que se anexan con toda naturalidad, pronombre y partículas. Este hecho confiere al idioma una notable concisión”… [54]

“…La larga nómina de creaciones literarias y artísticas inspiradas en la Biblia son prueba evidente de la popularidad de los textos bíblicos.

La Biblia es en realidad una miscelánea, una biblioteca que contiene escritos de variada índole, tales como leyendas, mitos, narraciones históricas, anales reales, leyes, poemas, profecías, proverbios, etcétera”…

“Al abrir el Génesis hallamos narraciones que pasan rápidamente de la creación a Adán, de Adán a Noé y de Noé a Abraham. Adán, el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, es física y moralmente el progenitor de toda la humanidad. Noé es su segundo fundador material, y de él y de sus hijos provienen ‘todas las gentes que se esparcieron por la tierra después del diluvio’. Abraham representa, por su trayectoria, un recomienzo de la historia de la humanidad”…

“El libro del Génesis, luego de la serie de relatos iniciales sobre la creación, los primeros hombres, Caín y Abel, el diluvio universal y la erección de la torre de Babel, se detiene en Abraham, padre de los hebreos”…

Soy pequeño…

Schólem Aléijem comenzó el capítulo primero Contenti, con el texto de una carta escrita por Tévie. Desde el primer párrafo, el autor destaca la potestad divina y reitera lo expresado en la Biblia:

“A mi querido amigo don Schólem Aléijem, que Dios le dé salud, prosperidad y mucha felicidad en compañía de los suyos.

Ante todo le diré, usando la expresión que empleó Jacob cuando salió al encuentro de Esaú: contenti.”

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“Soy un hombre sencillo y usted, indiscutiblemente, sabe más que yo. La aldea embrutece; no deja tiempo para tomar un libro, ni para repasar un capítulo del pentatuco, con los comentarios de Rashi, ni para nada.” [55]

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“Créame que aquellos días en que usted y yo nos reuníamos en el bosque y usted tenía la paciencia de escuchar mis ingenuos relatos, me proporcionaron más placer que todo el dinero del mundo. No sé qué méritos habrá visto usted en un hombrecito tan insignificante como yo, para concederme su simpatía, dedicarme su atención y escribirme cartas, y lo que es más, para incluirme en sus libros hecho todo un personaje.   Mayor razón, por lo tanto, para que le diga contenti.”

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“No merezco esa distinción, esa aureola, no soy digno de que todo el mundo se entere de pronto que del otro lado de Bóiberik, no lejos de Anatevke, vive un judío tambero llamado Tevie. Pero usted sabe sin duda lo que hace. A usted no tengo que enseñarle. Y usted sabe escribir.”

……………………………………………………………………………………………………”Estoy pensando que, Dios mediante, en breve tendré que ocuparme en casar una de mis hijas. O quizá dos, si Dios quiere.

Entretanto que le vaya muy bien y que sea muy feliz. Se lo desea de todo corazón su amigo

                                      Tevie”

                                                  (…hay una postdata.)

Como suele suceder, en determinadas circunstancias Tevie conversaba con su caballo mientras ambos soportaban ayunos y cansancio.

“Cierto día de verano volvía a casa con el carro vacío, sin leña. Iba por el bosque, afligido, triste, angustiado… El caballejo avanzaba arrastrando las patas; no daba más el pobre.

-Vamos, infeliz, camina -le dije-. ¡Que te parta un rayo junto conmigo! Trabajando de caballo con Tevie, tienes que aprender a ayunar todo el santo día, así sea un interminable día de verano.

Los chasquidos del látigo resonaban en el silencio del bosque. El sol se ocultaba; agonizaba el día. Las sombra de los árboles se alargaban; se estiraban como el goles judío”… ¡como la diáspora!..

“Empezaba a oscurecer y mi alma se cargaba de sombras. Un montón de pensamientos me llenó la cabeza. Imágenes de antiguos conocidos, que ya habían muerto, me salían al encuentro. De pronto recordé mi casa. ¡Pobre de mí! ¡Mi casa! Oscura y miserable.” [56]

Tevie tenía siete hijas y vivía casi obsesionado por las necesidades inmediatas y las futuras…

“Las chicas, pobrecitas -que Dios les conserve la salud-, desnudas y descalzas, esperaban siempre que el desdichado del padre les llevara un pedazo de pan fresco y a lo mejor ¡blanco! Ella, mi vieja, ¡mujer al fin!, rezongaba siempre:

-¡Como para darle hijas! ¡Y nada menos que siete! Si es como para tirarlas al río, y que Dios me perdone por decirlo.”

Tevie, paciente, soportó crecientes dificultades con un característico humor que era el reflejo de su sensata aceptación de las exigencias del tiempo que vivió.

“¿Usted cree que me gustaba oírla hablar así, pañi Schólem Aléijem? Después de todo no soy más que un hombre; un ser de ‘carne y pescado, ¿no le parece? El estómago no se puede llenar con palabras. Si usted picotea un trocito de arenque, siente ganas de tomar té; y al té hay que ponerle azúcar. Pero el azúcar lo tiene Brodski, ¿no es así?

-El pan no importa -decía mi querida esposa-, las tripas me lo perdonan; pero sin un vasito de té por la mañana, estoy muerta. ¡La criatura me saca el jugo toda la noche!

A todo esto recordé que soy judío, nada menos”… [57]

“Ganarás el pan”…

Tevie rememoró aquella circunstancia en que regresaba a su hogar, “el sol quemaba, pero los pinos de ambos lados llenaban de sombra el camino y embalsamaban el aire con su aroma delicioso.

Me tendí en el carrito como un conde y solté las riendas.

-Vé solo -dijo al caballo-; ya conoces el camino.

Y me puse a cantar. Estaba contento. Sentía el corazón henchido de alegría. Me subían a los labios las canciones de las fiestas. Mi vista, allá arriba, estaba fija en el cielo; y aquí abajo se me enmarañaban las ideas. Los cielos son para Dios y la tierra para los hijos del hombre. Y que se arreglen. Se la dio para que se peleen de puro gusto; para que disputen honras y vanidades”…

“Pero nosotros, los pobres, cuando recibimos una sola, agradecemos y loamos a Dios y decimos: Amo a Dios porque escucha mi voz y atiende mis súplicas; me presta oídos cuando me rodean por todas partes la pobreza, la desdicha y el miedo”…

“De pronto el caballo se lanzó velozmente cuesta abajo y antes de que pudiera incorporarme ya estaba en el suelo con el carrito encima. Apartando los tarros y los potes vacíos que me cubrían logré con grandes esfuerzos salir arrastrándome de debajo del carro, rasguñado, magullado y dolorido, y descargué mi mal humor contra el caballo.

-¡Maldito seas! ¿Quién te mandó hacer esa exhibición de velocidad cuesta abajo, infeliz? No ves que casi me matas, demonio?

Le di una buena reprimenda. El jaco comprendió, al parecer, que había cometido un hecho vergonzoso, porque permanecía quieto y callado, con la cabeza gacha.

-¡Vete al diablo! –exclamé.

Arreglé el carrito, recogí tarros y potes y seguí viaje. Mala señal, iba pensando. ¿No habrá ocurrido en casa alguna otra desgracia?

Y así era, en efecto. Recorrí un par de kilómetros más y cuando ya me estaba aproximando a mi casa divisé en la carretera una persona de forma de mujer que me salía al encuentro. Cuando estuvo más cerca la reconocí. ¡Era Tséitel, mi hija! No sé por qué, pero se me fue el corazón a los pies. Bajé de un salto del carro.

-¿Eres tú, Tséitel? ¿Qué haces aquí?

Por toda respuesta mi hija se me echó al cuello sollozando.

-¡Por Dios, hija! ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

-¡Ay, papá, papá! -respondió y se deshizo en lágrimas.

Sentí que se me nublaba la vista y se me oprimía el corazón.

-Pero, ¿qué tienes, hija mía, qué te sucede? -le dije, abrazándola, besándola y acariciándola con ternura.

-Papá, papá -no cesaba de repetir ella-. Querido papá… Por favor… Me conformo con un pedazo de pan cada tres días… Compadécete de mi juventud…

Y no pudo seguir hablando, ahogada por las lágrimas.”

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“-¡Ay, papá! -dijo mi hija llorando de nuevo-. Voy a trabajar de sirvienta, voy a cargar arcilla, voy a cavar la tierra…

-¡No llores tonta! -repliqué-. Si no te digo nada, no te reclamo nada. Estoy amargado y discuto el problema con Dios; eso es todo. Le hago ver su proceder para conmigo. Él es un padre misericordioso, se apiada de mí, me ayuda… pero me trata como un hijo, no como padre. Y es inútil protestar… Pero así debe ser, sin duda. Él está allí arriba, en el cielo, y nosotros estamos aquí abajo, en la tierra, ¡y bien enterrados! Tenemos que decir, por lo tanto que él tiene razón, y que su juicio es recto. Pero, si quisiéramos analizarlo bien, veríamos que en realidad soy un mentecato. ¿Cómo me permito yo, mísero gusano que me arrastro en la tierra, que si Dios quiere me destruye de un soplo y en un instante, cómo me permito darle consejos a él sobre la manera de manejar el mundo? Si él así lo dispone es porque así debe ser. ¡Y no hay nada que discutir!”

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“Llegamos a casa. Desenganché el caballo y me senté afuera, en el pasto, para determinar mi plan de acción. Tenía que inventar para mi esposa algún cuento fantástico que me ayudara a salir del paso. Caía la tarde y se ponía el sol. Las ranas croaban a lo lejos. El caballo, maneado, mordisqueaba el pasto. Las vacas acababan de regresar del pastoreo y aguardaban junto a los baldes a que las ordeñaran. La hierba despedía una paradisíaca fragancia.

Contemplando el paisaje que me rodeaba medité sobre la sabiduría con que Dios había creado el universo. Todos los seres del mundo, desde el hombre hasta la vaca, salvando la comparación, tienen que ganarse el pan. Nadie come gratis. ¿La vaca quiere rumiar? Que se deje ordeñar, y que con su leche se gane la vida una familia de muchos hijos. ¿El caballo quiere mascar? Que se vaya todos los días a Bóiberik, ida y vuelta, arrastrando un carro con tarros y potes. ¿El hombre quiere pan? Que trabaje, ordeñando vacas, cargando tarros, batiendo manteca, haciendo queso, enganchando el caballo al carro y viajando todas las mañanas a Bóiberik. Que haga reverencias y cortesías a los ricos de Iejúpetz, sonriéndoles y adulándolos, tratando de satisfacerlos y evitando ofenderlos. ¿Pero dónde dice que Tevie tiene que trabajar para ellos, levantarse bien temprano, cuando hasta Dios duerme, y llevarles queso y manteca fresco a tiempo para el café? ¿Dónde dice que yo tengo que agotarme trabajando para tomar una miserable sopita y que ellos, los ricos de Iejúpetz, tienen que veranear, descansar, no hacer nada y comer pato asado, sabrosas empanadas y deliciosos panqueques. ¿No soy igual que ellos? ¿No sería justo que Tevie veraneara en Bóiberik, aunque fuera una sola temporada? ¿Qué quién ordeñaría las vacas, y quién haría queso y manteca? ¡Pues ellos, sí, ellos, los ristócratas de Iejúptz! Y yo mismo me eché a reír ante esa idea descabellada.   Si Dios hiciera caso a los tontos, dice el refrán, ¡qué distinto sería el mundo!”   [58]

“El dinero… mata al hombre”.

Sabía Tevie cuánto hay que trabajar para ganar dinero y también había advertido “¡la fuerza que tienen los millones!”…

Estaba convencido de que hasta Golde, su mujer, “cambia completamente de talante cuando siente olor a dinero.

Así es el mundo. Oro y plata son la obra del hombre. El dinero es lo que mata al hombre”…

“Ni el más rico de los habitantes de la ciudad puede jactarse de poseer un cielo tan azul como el de la aldea; ni un bosque tan verde; ni sauces tan aromáticos; ni una hierba tan deliciosa, que las vacas mascan diciendo con los ojos: denos siempre pasto como éste y no escatimaremos la leche. Diga usted lo que quiera, pero si me ofrecieran las mejores de las ocupaciones, la más productiva, para que me traslade de la aldea a la ciudad, no la aceptaría. Ustedes no tienen en la ciudad un cielo como éste. Los cielos son de Dios, dice la plegaria. Los cielos son divinos. ¿Qué ve usted en la ciudad cuando alza la cabeza? Una pared, un tejado, una chimenea. Nada de árboles como éstos. Y si hay alguno, perdido por ahí, le ponen encima una capota.”     [59]

Convicciones religiosas…

Tevie revelaba su precisa memoria no sólo al relatar los sucesos de su vida familiar porque eran frecuentes sus alusiones a la Biblia.

Sabido es que Biblia “es la forma plural del diminutivo del término griego biblos, que originariamente designó a la corteza interior del papiro y se aplicaba por esto al papel que con ella se hacía. Luego se aplicó al libro hecho de este papel. Como lo indica su nombre, la Biblia es en realidad una colección de libros, redactados en diferentes épocas y que abarcan la herencia literaria de los hebreos desde la creación del mundo hasta la reconstrucción de Jerusalem después del retorno del exilio babilónico (c. 400 a.J.C.), es decir, un período de mil de mil años”.

“Los manuscritos descubiertos en 1947 en las cercanías del Mar Muerto también prueban la existencia de libros no incluidos en la Biblia. El canon hebreo, es decir los libros que han sido oficialmente admitidos por el judaísmo como libros sagrados y auténticos, consta de 24 libros. Según parece, la forma autorizada para los judíos se fijó en un concilio rabínico celebrado en Jamnia (Yavné) en el año 90, con arreglo al criterio de que debían ser excluidos aquellos libros que no tuvieran inspiración divina. El concilio consolidó el proceso de canonización iniciado por Esdras (s. V a.J.C), que consagró los libros aceptados por consenso popular. El canon hebreo es similar al canon protestante, siendo distinto en este último el orden de los libros. Difiere en cambio del canon católico, ya que éste separa algunos libros e incorpora a los Deuterocanónicos.”   [60]

Han reiterado que “la Biblia hebrea es conocida entre los judíos con varios nombres, de los cuales el más popular es de TaNaJ, sigla hebrea formada por la letra inicial de las tres partes principales en que se dividieron las escrituras: Torah (La Ley o Enseñanza), Neviim (Profetas) y Ketuvim (Hagiógrafos).   Cuando los cristianos agregaron sus sagrados escrituras a los sagrados libros de Israel, llamaron a estos últimos Viejo o Antiguo Testamento y aplicaron al suyo el nombre de Nuevo Testamento, englobando a ambos en el nombre de Biblia. Los judíos, si bien no aceptaron el nombre de Antiguo Testamento para sus escritos, lo utilizan frecuentemente debido a la influencia del medio.”[61]

Sabido es que el Génesis (Capítulo 32), relata el momento en que Jacob fue al encuentro de Esaú. Tevie en su carta a Schólem Aléijem -primer capítulo del libro-, alude al versículo 10 con esta traducción en el pie de página: “Soy chico para todos los favores y toda la verdad que empleaste con tu siervo…”

(El Papa Juan Pablo II fue a partir de 1978, el pontífice que promovió un fundamental acercamiento entre todos los creyentes monoteístas y al comenzar el siglo XX, expresó en nombre de la Iglesia Católica Apostólica Romana un arrepentimiento por las discriminaciones y actos de violencia contra los judíos, registrados en la historia del Vaticano y de sus máximas autoridades.

Con el propósito de acentuar esa tendencia a la mutua comprensión de pueblos diversos en sus creencias y tradiciones pero semejantes desde la Creación, aquí se incluirán los textos correspondientes a los capítulos que Tevie ha rememorado y también los pertinentes a una Biblia traducida al español por un sacerdote jesuita.

En el Capítulo XXXII, versículo 10, está escrito:   [62]

“Yo soy indigno de todas tus misericordias y de la fidelidad con que has cumplido a tu siervo las promesas que le hiciste: sólo con mi simple cayado pasé este río Jordán, y ahora vuelvo con dos cuadrillas de gentes y ganado.”)

Schólem Aléijem necesitó empezar su novela rememorando ese relato bíblico y así logró ubicar al lector desde el comienzo, en la hondura de sus percepciones y en la potencia de sus convicciones.

Al comenzar el segundo capítulo del libro: “El premio mayor”, Schólem Aléijem reiteró uno de los Salmos:   [63]

“Dios levanta del suelo al pobre,

Y saca de la inmundicia al indigente.” .” Salmos, 113, 7

En la traducción de un sacerdote jesuita:

“Por la presencia del Señor se estremeció la tierra, por la presencia del Dios de Jacob.” Salmos, 113, 7

[Sabido es que “de los 150 salmos, 64 llevan en su encabezamiento el nombre de David, los otros salmos son atribuidos a Asaf el levita (12), a los hijos de Coré (12), a Salomón (2), a Mosés (1) y a otros 34; 34 salmos no llevan mención alguna del autor, se denominan ‘huérfanos’…”]   [64]

Tevie y el destino…

Tevie seguía comunicándose con el pañi -el señor-, el escritor que decidió escribir sobre su vida y entonces, el meditativo lechero expresó:

“Sí, pañi Schólem Aléijem, cuando el destino dispone que usted sabe ‘sacarse la grande’, se la llevan directamente a su casa. Cuando la suerte quiere, con todos los aires llueve. No es cosa de ciencia de ni de inteligencia. En cambio si la suerte no quiere no hay protesta que valga; es inútil que se desgañite. Usted se mata trabajando.. y nada. Y de pronto, sin saber cómo ni de dónde, comienza a llover a cántaros la abundancia. Es como dice el versículo: …respiro y liberación tendrán los judíos… A usted no hace falta que se lo explique, pero significa que mientras nos quede un poco de aliento, no debemos desanimarnos ni perder las esperanzas. Yo lo sé por experiencia, por la intervención que tuvo el Altísimo en mi ocupación actual. Porque si no, ¿a qué se debe que yo venda ahora queso y manteca, si mi tatarabuela nunca comerció en productos lácteos?”   [65]

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El pueblo elegido…

Tevie sigue comunicándose con Schólem Aleijem y le cuenta cómo vive:

“En aquel entonces yo, así como me ve, no era el mismo de ahora; es decir era el mismo Tevie, pero era otro, o sea era el mismo perro con otro collar. Quiero decir que yo era un pobretón, un pobre diablo. Aunque si vamos al caso, y mirándolo bien, todavía estoy muy lejos de ser un hombre rico”… Ob. cit. p. 13.

“Yo era en aquel entonces, con la ayuda de Dios, un pobre miserable, y me moría de hambre tres veces por día junto con toda mi familia, sin contar las cenas; trabajaba como un burro, llevando el carro lleno de leña del bosque a la estación no se avergüence usted, por unas monedas diarias. Vaya usted a mantener con eso toda una casa llena de bocas (que Dios les conserve la salud y los guarde del mal ojo); sin contar al caballo que no se conforma con interpretaciones bíblicas y quiere mascar todos los días. Entonces intervino Dios. ¿Sabe lo que hizo? Él que nutre todos los seres y maneja este mundo con suma habilidad de inteligencia, vio mis sufrimientos, las penurias que me costaba ganarme el pan, y me dijo:

-¿Tú crees, Tevie, que llegó el fin del mundo, que el cielo se va a desplomar sobre tu cabeza. ¡Vamos hombre, no seas tonto. Ya verás que, cuando Dios quiere, la suerte da pronto media vuelta y todos los rincones oscuros se llenan de luz.

Es como decimos en la oración ‘Nos dará la fortaleza’: Unos suben y otros bajan. Unos van a pie y otros viajan. Lo importante es tener esperanza, siempre esperanza. ¿Qué entretanto a uno lo aplasta la miseria? Para eso somos judíos, el pueblo elegido, ¿no es así? Por algo nos envidian… Le digo todo esto para hacerle ver el verdadero milagro que hizo Dios conmigo. Vale la pena que lo escuche: ‘Danos la bendición…’ (Danos la bendición de un año feliz; que haya una buena cosecha de centeno, trigo y cebada. Aunque bien mirado, ¿qué gano yo con eso? A mi caballo, por ejemplo, y para mal ejemplo, ¿qué le importa si la avena es cara o barata? Pero las cosas de Dios no se discuten, y menos debemos discutirlas nosotros los judíos; nosotros tenemos que aceptarlo todo como bueno, y decir: ‘Todo sea para bien’. Será que Dios así lo quiere).

‘Y los maledicientes…’ (Los ‘aristocráticos’, esos que dicen que no hay Dios, van a hacer un lindo papelón cuando lleguen ‘allí’; lo van a pagar con creces”… Páginas 16-17

“Vete de tu tierra…”

En el penúltimo capítulo de su libro Tevie el lechero, Schólem Aléijem alude una vez más a la Biblia; al Libro de Ester, uno de los libros históricos basado en el relato de la mujer con tal nombre reconocida, en torno a “la persecución sufrida por los judíos a manos del imperio persa en tiempos de Jerjes I (485-465)”. [66]

Es oportuno tener en cuenta que desde los orígenes, “la profunda religiosidad de los hebreos hacíales ver en cualquier suceso la mano de Dios, que interviene, dispone y orienta directamente los acontecimientos”. [67]

Destaca un sacerdote jesuita en su traducción de aquel Libro, que “Ester, judía cautiva, se desposa con el rey Asuero, quien libró a los judíos de la persecución de su ministro Amán. La historiografía clásica griega llama Artajerjes a este rey Asuero, aunque parece ser que corresponde realmente a Jerjes”.

Ratifica que “en el texto se dice claramente que fue el mismo Mardoqueo quien refirió la historia.

El relato explica que la causa de la persecución era la nacionalidad judaica, sus leyes y sus instituciones particulares, por lo que eran mal vistos por el primer ministro Amán. Se enfrenta este visir al elevado concepto que de sí mismo tiene el pueblo de Israel. Para el pueblo escogido y su alianza con Dios, nada cuentan las demás naciones. Esta estructuración argumental concede verosimilitud al relato de las espantosas matanzas que cuenta este libro de Ester. Matanzas que se hacen aún más verosímiles en el silo XX, que ha conocido también odios raciones y episodios sangrientos inconcebibles. El triunfo de Ester se rememora en la fiesta de Purim, célebre ya en tiempos de Judas Macabeo”.) [68]

No fue por casualidad, la casi confesión de Tevie:

“Mi más amplio ya afectuoso schólem aléijem, pañi Schólem Aléijem. Aléijem vealbenéijem. Hace tiempo que no lo veo, y lo estaba esperando porque tengo mucha mercadería acumulada para usted. Estuve preguntando por usted, y me dijeron que estaba de viaje, visitando países lejanos; ciento veintisiete provincias como dice en el Libro de Ester. Pero me parece que me mira usted extrañado, como si no estuviera seguro de que sea yo. Sí, pañi Schólem Aléijem, soy yo; su viejo amigo Tevie en persona, Tevie, el tambero, sólo que ahora ya no soy tambero. Ahora soy Tevie sólo. Un hombre cualquiera, un anciano, aunque no tan viejo en años… parezco septuagenario, pero todavía me falta mucho para los setenta.”   [69]

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Luego, Tevie sigue dialogando con Schólem Aléijem y se refiere a sus vivencias y a insoslayables mutaciones:

“¿Qué por qué estoy tan canoso? Créame, querido amigo, que no es por gusto. Un poco por mis desdichas personales, a Dios gracias, y otro poco por las de todos los judíos. Mala época, triste época es ésta para los judíos”…   (P. 151-152)

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Después, aludió al Génesis y a cuando le dijeron:

“Vete… Sal, Tevie, de tu país, de la aldea donde naciste y donde te criaste y vete adonde quieras.” (P. 152)

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“A Dios le gusta jugar con los hombres. ¡Cómo le gusta! Cuántas veces jugó con Tevie… Lo hizo subir y bajar”… (P. 154)

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“Pero ya es hora de que me vaya. Mis nietos me están esperando. Los nietos son adorables, más que los hijos. Que le vaya muy bien, y perdone por toda la charla que le di. Al menos, tendrá material para escribir. Si Dios quiere volveremos a vernos. Buenas tardes.” (P. 168)

Los relatos de Tevie el lechero, incluyen las vivencias de un hombre que por diversas circunstancias, debió adaptarse a los cambios que se imponían exigiéndole una actitud de comprensión y tolerancia.

“…a Tevie le gusta relatar solamente aquellos episodios que él ha vivido personalmente”… (P. 172)

Sabido es que Tevie repetía textos bíblicos y aludía a los Salmos. Estaba casi al final de sus confidencias a Schólem Aléijem -su amigo-, cuando se refirió a Resbaladeros y a Del abismo te llamé[70]

Sabido es que en el Salmo XXXV – La suma malicia del impío y la inmensa bondad de Dios -en la traducción difundida entre los católicos apostólicos romanos- en el versículo sexto está escrito:

“¡Oh Señor! Llega hasta el cielo tu misericordia, y hasta las nubes tu verdad.”

En el Salmo XLV – La Iglesia de Dios, protegida y guardada por él, no teme el poder y furia de sus enemigos, en el versículo 7 está escrito:

“Conturbáronse las naciones, y bambolearon los reinos; dio el Señor una voz, y la tierra se estremeció.”

Por algo, el perseverante Tevie -primero leñero y después tambero-, casi al final del camino y siendo un inquietante anciano, expresó:

“Y por más vueltas e interpretaciones que queramos darle, tenemos que reconocer al fin que los judíos somos más inteligentes y más sabios que todos los demás pueblos del mundo. Ya lo dijo el profeta: ¿qué otro pueblo es comparable con tu pueblo de Israel?”

“Dichoso de mí que nací judío. Porque así he podido gustar el sabor del exilio y el de errar entre los pueblos, pasando el día en un sitio y la noche en otro”…

Después, reconoce que “Tevie no hace cuestiones; le mandaron irse y se fue. Y aún sigue andando”…

“Por lo pronto me despido de usted. Que le vaya muy bien y que tenga buen viaje. Salude a los judíos y dígale que no se aflijan, que nuestro viejo Dios vive.”

Por algo, el intendente le dijo a Tevie que habían estado “todo el tiempo deliberando”…

“Pero lo cierto es que aún no hemos decidido qué es lo haremos contigo. Si te rompemos los vidrios y te cortamos los colchones y las almohadas aventando las plumas, si te quemamos la casa y el establo con todos los animales adentro”.

Por algo, el sereno Tevie “juntando coraje”, les contestó:

“-Escuchen, mis queridos vecinos. Si la comunidad lo decidió, no tengo nada que decir. Será que Tevie merece que le destrocen todas sus cosas y le maten los animales. ¿Pero ustedes, saben que hay otra autoridad más alta que la de la comunidad? ¿Saben que hay un Dios que rige el mundo? No me refiero a mi Dios ni al de ustedes, sino al Dios de todos, el que está allá arriba y ve todas las canalladas que se hacen aquí abajo. Es posible que él mismo me haya señalado para ser castigado, sin culpa, por ustedes, mis mejores amigos: pero también es posible que no esté de ningún modo conforme de que maltraten a Tevie. ¿Quién puede conocer los designios de Dios? Pero quizá haya alguno de ustedes que se comprometa a resolver este punto”. P. 158

El intendente sin abarcar las claves de ese razonamiento, se animó a decir:

“Lo cierto, Tevie, es que nosotros no tenemos ninguna queja contra ti. Es verdad que eres judío, pero eres un buen hombre. Pero eso no tiene nada que ver; tenemos que castigarte, porque así lo resolvió la comunidad. Y lo resuelto, resuelto está. Así que por lo menos te vamos a romper los vidrios. ¡Es imprescindible! Porque si llega a venir algún funcionario de la ciudad y ve que no te hemos hecho nada, podría multarnos a nosotros.”

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Más allá del horizonte…

No fue por casualidad que el joven argentino Agustín Diego Lew decidiera no cambiar su nombre y seguir siendo Agustín, o Tevie, como le decían sus amigos y como también habían nombrado a su bisabuelo. [71]

Hacia la civilización del amor…

Una vez más, la potente confluencia de las palabras y la Palabra.

Imagino que estas reiteraciones podrían servir como estímulo para la lectura completa de esa novela donde más que la historia de un hombre está reflejada la historia de la humanidad…

Antes de otra pausa, será oportuno rememorar los cinco versículos finales del Salmo XLV:

“8. Con nosotros está el Señor de los ejércitos; el Dios de Jacob es nuestro defensor.

  1. Venid y observad las obras del Señor, y los prodigios que ha hecho sobre la tierra;
  2. Cómo ha alejado la guerra hasta el cabo del mundo. Romperá los arcos, hará pedazos las armas, y entregará al fuego los escudos.
  3. Estad tranquilos, y considerad que yo soy el Dios; ensalzado he de ser entre las naciones y ensalzado en toda la tierra.
  4. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro defensor es el Dios de Jacob.”

Casi colofón…

Desde la infancia pulsan en mi memoria las señales de sucesivos encuentros. A fines de la década del ’30 nuestros padres organizaron la tercera mudanza hacia un lugar donde un hermoso naranjo nos esperaba con sus hojas perfumadas y su pequeña sombra. [72]

En ese tiempo, supe que en la esquina suroeste vivía la familia Malenky, los dueños del almacén… Cada quincena se acercaba don José Lapides con el muestrario de telas para vender, con sus fichas donde anotaba en dos columnas el valor de lo comprado y los sucesivos pagos. A tres cuadras vivía mi abuela materna con sus hijos solteros y cincuenta metros antes de llegar solía encontrar a la joven señora de Scolnick, sonriente y con gratas expresiones en distintas circunstancias.

Dos años después, otra mudanza más cerca de los campanarios y fue entonces cuando empecé a conocer a la familia Dienstag y se generó la amistad con Pupi. En ese tiempo aprendí algo acerca de las sinagogas sin imaginarme que décadas después, estaríamos allí compartiendo la celebración del matrimonio de Sencar… [73]

En 1944 la decisión de cambiar la escuela de las monjas por la que evoca al maestro sanjuanino. Allí, conocí a Lina Liscovsky. Algunas tardes, recorrimos juntas el largo pasillo y en su hogar realizamos oportunos aprendizajes.   [74]

En ese tiempo, mi tío materno Julio César Álvarez Ramos tras un lustro de trabajo continuo con los paisanos -como él decía…-, ya dialogaba con ellos en idisch[75]

Al comenzar el bienio siguiente, Ethel Bogach y Emma Fejgelson en la misma aula, Teresita Abramovich en los recreos en la vieja casona de los Gálvez, aportaron insoslayables signos para ampliar mis percepciones e íntimas conclusiones acerca de los valores de la confraternidad. [76]

Desde entonces, en distintos ámbitos y tras sucesivos vínculos con diferentes personas, se han prolongado las señales y se incrementaron las claves imprescindibles para el mutuo entendimiento; bases para la tolerancia durante el continuo intento de valoración precisa de las diferencias conceptuales, que no constituyen un obstáculo tan potente para la fraternal comprensión y la aprehensión de los valores pertinentes a la civilización el amor. En esa dirección hay una sucesión de nombres y apellidos, de compañeros de trabajo, de alumnos…

Emocionada, sonrío al evocar el último encuentro a la hora de la siesta y en la peatonal santafesina, con Marcelo Weibel, único e irrepetible ¡Rulo! Tiempo después, descubrí una vez más el rostro de su cordial madre, mientras en la Escuela Bialik santafesina estuvimos ratificando nuestro compromiso con la libertad y la democracia… [77]

Conmovida, evoco dos atentados en la ciudad de Buenos Aires:

17 de marzo de 1992 a las 14:40 en la sede de la Embajada de Israel –29 muertos y 252 heridos

En la AMIA –Vaad Hajimej Hakeilatí-, el 18 de julio de 1994 y el derrumbe provocó el fallecimiento de ochenta y cinco personas, entre ellas Agustín Lew, a quien sus amigos nombraban Tevie[78]

Sentí pulsar en la memoria tales signos mientras escribía esta síntesis.

       Schólem Aléijem – “La paz sea con vosotros” y con nosotros…

                                                                                            ¡La paz sea con todos!

Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

[1] Simón Dubnov falleció en 1941.

[2] Capítulo Universal – La historia de la literatura mundial. Fascículo 92 La literatura hebrea moderna. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1970, p. 499. El profesor Abraham Platkin, destacó:   “Muchos fueron los poetas cuya lira cantó el renacimiento nacional, pero pocos lograron la resonancia que tuvieron en el parnaso hebreo Jaim Najmán Bialik (1873-1934) y Saúl Chernijovsky (1875-1953). Es primero es reconocido unánimemente como el gran bardo nacional de Israel. Su producción poéticamente, relativamente exigua en comparación con otros poetas, ha gozado siempre de la estima infinita de grandes masas de lectores y de numerosos críticos, para quienes su obra no puede ser puesta en tela de juicio. Según se afirma, el propio Bialik acotaba risueñamente ‘a Bialik nadie lo discute’. / Bialik, a quien la veneración de su pueblo” consagró como el poeta del Renacimiento nacional, lo fue no solo por cantar las glorias de Sión y exaltar la labor de los que asumieron la misión de revivificar el suelo de su antigua y nueva patria, sino también por haber glorificado el espíritu del judaísmo. Nacido en una generación hondamente desgarrada, que por un lado huía del ghetto y por el otro lado buscaba nuevos y ajenos dioses, supo amalgamar, con genial visión, el retorno a las fuentes sempiternas de su pueblo con las necesidades que la nueva vida exigía. Hijo de un pobre tabernero ruso, que murió cuando Jaim Najmán contaba siete años, intimó desde niño con la pobreza. Fue esta pobreza la que inspiró su poesía, como lo declara él mismo en ‘Mi canto’: ‘¿Sabes de quién heredé yo mi canto? / En la casa de mi padre aposentóse un soledoso cantor, / Humilde, escondido y reservado / Que vivía en los oscuros intersticios / Y sabía solo una cantilena eterna, / Modulada siempre de la misma manera. / Cuando mi corazón enmudecía, y mi lengua, / Transida por el dolor, al paladar se pegaba, / Y el llanto contenido en mi garganta se debatía, / Venía él entonces a llenar con su canto mi alma hueca. / Este cantor era el grillo, el poeta de la miseria.’ / La áspera y monótona voz del grillo y no el melodioso canto del ruiseñor conviene más al alma del poeta, que ‘no adquirió la luz casualmente’ sino ‘bajo el martilleo de sus dolores’, dolores que eran compartidos por millones de sus hermanos, sometidos a las más inimaginables condiciones de vida”… # “Si Bialik es el bardo nacional por excelencia, cabe a Saúl Chernijovsky el título de ‘el poeta más genuinamente universal de Israel’. La inmensidad de las estepas rusas, fueron el paisaje de su infancia feliz, diametralmente opuesta a la desdichada niñez de Bialik. Mas no sólo en ese detalle diferían los dos poetas coetáneos: distinta fue también su trayectoria poética. Bialik se había iniciado en la poesía en hebreo, en tanto Chernijovsky había escrito sus primeros poemas en ruso, ya que aspiraba fervientemente a ser un poeta ruso. Fue sólo a través del influjo de los ideales sionistas que Chernijovsky decidió dedicarse a la poesía hebrea, en la cual introdujo nuevas sonoridades desconocidas hasta aquel entonces”… / “Maestro del ritmo, supo adaptarse de inmediato a la nueva prosodia sefaradí que se había impuesto definitivamente… Chernijovsky dio nueva prestancia al soneto hebreo, escollando también en la balada y en el idilio…” / “Médico de profesión, realizó notorios aportes a la terminología médica en hebreo. Fue asimismo cuentista y tradujo diversos clásicos de la literatura universal”. (Ob. cit. p. 501)

[3] Grassino, Susana Beatriz Análisis Integral de la Provincia de Santa Fe. Santa Fe de la Vera Cruz, 1986, p. 251. “En 1904, la Jewish Colonization Association fundó el pueblo, el cual fue habitado primitivamente por los propios colonos de la empresa; su comuna data del 5 de septiembre de 1912. La localidad de Monigotes es cabecera del distrito comunal del mismo nombre, cuya superficie comprende 314 kilómetros cuadrados”.

[4] Orbea Álvarez de Fontanini, Nidia A. G. 19-12-1877: Santa Fe, colonia de inmigrantes rusos (www.sepaargentina.com.ar) “Se instalaron ‘en las inmediaciones de Sunchales, en una especie de ghetto con precarias habitaciones, improvisadas con cuanto material de deshecho hallaron’ –deshechos ‘esperando se terminara la mensura de la colonia y pueblo de Moisés Ville y afincarse luego, en las suertes de chacras o lotes del pueblo, que les serían designados. Componía un grupo abigarrado de campesinos y artesanos entusiastas en la nueva tierra y desde un principio, comenzar a cultivar algunas hortalizas y comerciar con los sunchalenses con cuanto artículo pudiera ser de utilidad. A la nueva población, la bautizaron con el nombre del hermano de Moisés ‘Aaaronville’ (Villa Aaarón). Los planos correspondientes a ese primer asentamiento organizado por Pedro Palacios, fueron aprobados el 10 de enero de 1890 porque ya estaban avanzando en la construcción de las vías férreas del tramo Rosario Tucumán, habilitándose esa estación el 1º de marzo de 1890. El 3 de agosto de 1895 de creó la Comuna con jurisdicción en 224 Km2 y los planos recién fueron aprobados mediante un decreto del 29 de abril de 1940. Abarca una superficie de 287 Km2.”

[5] “Las fuentes de Schólem Aléijem” por Samuel Rollansky, Buenos Aires, septiembre de 1956. (Acervo Cultural Editores).

[6] Schólem Aléijem. Tevie el lechero. Buenos Aires, Acervo Cultural Editores, septiembre de 1971. Versión de Mario Calés. Datos en la nota preliminar y en la segunda solapa. Otros recopilados en sucesivas lecturas. Reiteración de citas bibliográficas: “Roback, A. A. The Story of Yiddish Literature, Nueva York, 1940; Roback A. A. Contemporary Yddish Literature: A. Brief Outline (es un compendio de la anterior), Londres, 1957”.

[7] Gori, Gastón. La Pluma Incesante. Santa Fe, Editora y Distribuidora Litar, 1984, p. 47-51. Gastón Gori, Pedro Raúl Marangoni, nació en Esperanza (Departamento Las Colonias, provincia de Santa Fe, República Argentina), el 17 de noviembre de 1915. Fue maestro en el aula y en cualquiera circunstancia. Abogado, prefirió dejar el ejercicio profesional para dedicarse a la Literatura. Dejó una vasta obra en los géneros poesía, narrativa –cuentos, novelas-, ensayos: 88 libros y 88 ediciones… Una de sus obras más leídas ha sido La Forestal – Tragedia del quebracho colorado, extenso trabajo de investigación sobre el origen del latifundio de la compañía inglesa que en el norte santafesino terminó siendo “un país dentro de otro país”, con policía, ferrocarril y moneda propios… con la tolerancia de sucesivos gobiernos desde 1902 hasta mediados del siglo XX. Gastón Gori, recibió premios y distinciones por su trayectoria literaria y por su constante compromiso en defensa de libertad, por los derechos humanos y en contra de los abusos del poder. Declarado Ciudadano Ilustre en distintas ciudades santafesinas y como tal, distinguido en el Congreso Nacional. Miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras (1983). En sus últimos años padeció con entereza las consecuencias del cáncer del próstata. Falleció aproximadamente a las 10:20 del 17 de noviembre de 2004.

[8] Diversos directores y artistas de teatro y cine han interpretado El violinista en el tejado (Textos de Joseph Stein, adaptación de su novela Tevie, el lechero). En julio de 2002, puesta en escena en el Teatro Broadway de la calle Corrientes (Ciudad de Buenos Aires), dirigida por Claudio Hochman, incluyendo letras en castellano elaboradas por China Zorrilla, César Tiempo y Alejandro Romay, empresario productor.

[9] Fdo. María Cecilia Felgueras – Juan Manuel Alemany – Promulgación: Decreto Nº 859/2001 del 27/06/2001 – Publicación: BOCBA N° 1228 del 06/07/2001.

[10] 2005: Director Lic. Gustavo Weich. Comunicaciones: escuela@scholem.com.ar en la red de redes encontré diversas señales, entre ellas un mensaje del licenciado Gustavo Waich – Director de la Escuela “Schólem Aléijem” con sede en Serrano 341, Buenos Aires y también una dirección para correo electrónico: escuela@scholem.com.ar

En páginas informativas de escuela de la capital federal reconocida con su nombre, observé un simbólico logotipo con las iniciales NOF-ESH y busqué más información: “El Mohadón Hanoar NOF-ESH es, desde 1977, un núcleo para chicos y jóvenes en edad de primaria y secundaria. Es un marco de recreación, aprendizaje y convivencia. NOF-ESH está formado por un grupo de madrijim y rakazim (coordinadores), que responden a programas de educación no formal elaborados por la central pedagógica de Habonim Dror Argentina, institución en permanente contacto con Israel. / Estos madrijim se capacitan día a día a través de seminarios, escuelas de madrijim y charlas complementarias a la capacitación con el fin de lograr el objetivo principal de nuestra tnuá: educar. También contamos con el apoyo de un sheliaj, el cual es un adulto capacitado en educación enviado desde Israel, que nos asesora y nos brinda la posibilidad de contactarnos con el resto de las instituciones judías tales como Sojnut, AMIA, OSA, CUJA, AVODA, BAMA”. (Más información: nof-esh@fibertel.com.ar // Escuela “Scholem Aleijem” – Bialik Oliden 1245, capital federal. escab@sinectis.com.ar.

[11] Capítulo Universal – La historia de la literatura mundial. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1970, p. 505-506. Fascículo 92 – La literatura idisch. (Supervisión técnica Profesor Jaime Rest.)

[12] Schólem Aléijem. Estrellas errantes. Buenos Aires, Acervo Cultural Editores, octubre de 1956. Segunda Parte, Capítulo 2, p. 214.

[13] Ibídem, Primera Parte; p. 8-9. Cursiva en esta reiteración.

[14] El autor destaca que “los libros de Schólem Aléijem fueron ampliamente utilizados con ese fin, hasta el punto de que se editaron en el territorio de la Unión Soviética tres millones de ejemplares en diversos idiomas, especialmente en la versión rusa”.

[15] Schólem Aléijem. Estrellas errantes. Buenos Aires, Acervo Cultural Editores, 15 de octubre de 1956.

[16] Ibídem, p. 15, 17-18.

[17] Íd., p. 67-69.

[18] Ïd., p. 72.

[19] Íd. p. 72-73.

[20] Íd. p. 78-79.

[21] Ibídem, p. 83-86. El autor anotó: Jánuca, “celebración de las victorias de los Macabeos”; aficoimen, “trozo de pan ácimo simbólico que integra el ritual de la pascual”; Simjas tora: la jubilosa procesión de los rollos de la Torá, que se realiza el último día de la fiesta de los tabernáculos”.

[22] Ídem., p. 88; 90-92.

[23] Íd., p. 94-95.

[24] Íd., 167.

[25] Íd., p. 412-413.

[26] Íd., p. 306-307.

[27] Íd., p. 310.

[28] Íd., p. 309.

[29] Íd., p. 309.

[30] Íd., Primera Parte, Capítulo 48. En Galicia.

[31] Íd., 119.

[32] Segunda parte de Estrellas errantes, Capítulo 2 – Un paquete de cartas, p. 259.

[33] Íd., 289 y 295.

[34] Íd., Primera Parte, p. 122-124.

[35] Íd., p. 179.

[36] Íd., p. 105, 115.

[37] Íd., p. 131-132.

[38] Íd. p. 130 y 133.

[39] Íd., p. 133-134.

[40] Íd., p. 156-158.

[41] Íd., p. 136.

[42] Íd., p. 138-139.

[43] Íd., p. 11-12.

[44] Íd., p. 196-206.

[45] Íd., Segunda Parte, 311-315.

[46] Íd., p. 323-324.

[47] Íd., p. 326-328.

[48] Íd., p. 344-345.

[49] Íd., p. 414-416 y 424.

[50] Íd., p. 426-427.

[51] Ídem, 428-429.

[52] Íd., p. 436.

[53] La versión de Mario Calés para las ediciones con motivo del centenario del nacimiento es la que se reitera en estas páginas. # En junio de 1923, la Compañía Israelita estrenó Tevie en Buenos Aires. (Publicación en “Mundo Israelita”, 8 de junio de 1923.)

[54] Capítulo Universal – La historia de la literatura mundial. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1970, p. 459-460. Fascículo 91 – Literatura hebrea: la Biblia y el Talmud. Texto preparado y escrito por el profesor Abraham Platkin,; supervisión técnica realizada por el Profesor Jaime Rest.

[55] Schólem Aléijem. Tevie el lechero. Ob. citada. Nota al pie de página 9: Rashi “famoso intérprete y comentarista de los textos religiosos judíos (Salomón Itsjoki, 1040-1105).

[56] Ibídem, p. 15.

[57] Ídem, p. 16.

[58] Íd., p. 60-64.

[59] Íd., p. 114.

[60] Capítulo Universal… Ob. cit. p. 458-459.

[61] Ibídem, p. 457-458.

[62] Sagrada Biblia. (Traducción de la Vulgata Latina por el P. Petisco, S. J. profesor de la Universidad de Salamanca). Barcelona, Editorial Océano, 2000, p. 37.

[63] Schólem Aléijem. Tevie el lechero. Ob. cit. p. 12. Los textos bíblicos corresponden a la edición de la Biblia: España, Barcelona, Océano, 2000.

[64] Capítulo Universal. Ob. cit., p. 474. “Los Salmos llevan frecuentemente un epígrafe de extensión e índole muy variada, en el cual se nos dan, a más del autor, las siguientes noticias: destinatario, género poético del salmo, acompañamiento musical, uso litúrgico y circunstancias históricas de su composición. /…/ Con arreglo al contenido, pueden señalarse las siguiente variedades de salmos: hímnicos, impetratorios, didácticos, históricos, mesiánicos y epitalámicos”…

[65] Schólem Aléijem. Tevie el lechero. Ob. cit. p. 14. Nota: “Las citas hebreas del original son, algunas frases auténticas de los libros religiosos judíos, otras están más o menos modificadas y otras son completamente de fantasía. /…/ Algunas frases, por ser usuales en idisch, o por exigencias del relato, y para mejor comprensión, se reproducen en su fonética hebrea, de acuerdo con la pronunciación del autor, y seguidas de la correspondiente traducción”. # Los párrafos entre comillas son reiteraciones de la citada edición de Tevie el lechero y sólo se consignarán las páginas pertinentes al terminar las citas.

[66] En un texto literario está expresado que “Ester narra cómo la heroína transformada en reina desbarató los planes que abrigaba el primer ministro Hamán de exterminar a los judíos persas. La acción transcurre en tiempos del rey Asuero, monarca persa a quien se identifica generalmente con Jerjes (485-465 a. J.C.)” y que “los hechos narrados en Ester han dado origen a la fiesta de Púrim que se celebra hasta hoy”…

[67] Capítulo Universal. Ob. cit., p. 469.

[68] Sagrada Biblia. (Traducción de la Vulgata Latina por el P. Petisco, S. J. profesor de la Universidad de Salamanca). Barcelona, Editorial Océano, 2000, p. 538-551. En esa edición, la introducción incluye más datos: “San Agustín y otros Padres de la Iglesia atribuyen la obra a Esdras; defienden otros la autoría colegiada de la sinagoga a partir de las cartas de Mardoqueo, De todos modos, en el texto se dice claramente que fue el mismo Mardoqueo quien refirió la historia”…

[69] En la traducción está expresado que Schólem Aléijem es el saludo hebreo: ‘La paz sea con vos (otros)’…” y que la respuesta a ese saludo es: Aléijem Shólem ‘Con vos (otros) la paz’.”   Otra fórmula de saludo hebreo: Bóruj habó “Bendito sea el recién llegado”. Schólem aléijem… aléijem vealbenéijem: “La paz sea con usted… con usted y con sus hijos”.

[70] En la edición citada, en el pie de las páginas 172 y 173, está escrito: “Resbaladeros” (Salmos, 35, 6) y “del abismo te llamé” (Salmos, 45, 7).

[71] Estos datos corresponden a un relato de su madre Norma Lew durante una entrevista con Eliahu Toser al recordar a su hijo fallecido a los veintiún años, durante el atentado contra la sede de la AMIA, siendo empleado en el sector Sepelios. Estudió Ciencias Económicas en la UADE… le fascinaba era recorrer el mundo y trabajaba para juntar dinero y viajar. Quería irse por cinco, seis meses a Europa e Israel, que no conocía. Había estado en Nueva York, Miami, Nueva Orleans y le gustaban mucho los Estados Unidos pero no para vivir allí. Admiraba la eficiencia de los norteamericanos y la claridad de sus objetivos, pero no su frialdad… Agustín era serio pero muy ocurrente. Le encantaba el humor fino, irónico, de Les Luthiers, y lo usaba. Era callado pero de pronto tenía una salida ingeniosa. Muy observador; podía encontrar rápidamente lo ridículo, lo grotesco, de una situación, y a partir de allí hacer una imitación, una recreación… Era creativo pero tímido; cuando chico había actuado en obras de teatro en ídish en el Peretz. Allí lo llamaban Tevie, como a su bisabuelo; cuando pasó al Scholem Aleijem no quiso adoptar un nombre hebreo; dijo que seguiría llamándose Tevie o Agustín, que no quería otros nombres. Había hecho la secundaria en la ORT y su Bar Mitzvá en el templo de Arcos. Durante casi un año se puso los tefilín. Estaba comprometido con lo judío y solía polemizar defendiendo sus puntos de vista. Tenía un carácter fuerte, seguro, y quería todas las cosas, ya. No le gustaba esperar. Como si supiese que tenía poco tiempo.”

[72] Vivienda en alquiler, ubicada en San Lorenzo 2913, propiedad de la familia de Francisco Cuenca.

[73] Otilia Isabel Dienstag Landeau –Pupi, hija de Enrique y de doña Wanda- era aproximadamente tres años mayor, fue una compañera de aprendizaje inolvidable… Por la generosidad de otra amiga del alma: Celina Tissembaum de Kejner pudimos reconocernos a mediados de la década del ’90, casi cuarenta años después del momento en que se impuso la necesidad de avanzar por distintos senderos… Con ella nos acercábamos hasta la casa de Tant Erna y de su hija Ilse, encargados del edificio de la sinagoga de calle 1º de Mayo entre Mendoza y Salta, cerca de la Municipalidad de la capital santafesina. # Los campanarios de las parroquias católicas, Sagrado Corazón de Jesús en 4 de enero entre Tucumán y Primera Junta y Nuestra Señora del Carmen en San Martín y La Rioja. // Sencar –socio de Germán- era uno de los clientes del C.P.N. Eduardo Rodolfo Fontanini Doval (mi amado amante, 1926-2000).

[74] En 1944-1945, Escuela “Domingo Faustino Sarmiento”, 5º y 6º grado, maestra Angela Trento de Cagnolatti.

[75] Nuestro tío Julio (1911-1976), trabajó en Santa Fe y a partir de 1937 en Buenos Aires, en la sección Pintura de pequeñas empresas dedicadas a la fabricación de camas metálicas y se destacaba por sus habilidades estéticas, entre ellas los originales filetes

[76] Ingreso en el nivel secundario. Escuela Superior Nacional de Comercio “Domingo Guzmán Silva” –varones y mujeres-, sede en San Martín 1823. Casona con dos altas columnas de hierro en la galería; con escalera de blanco mármol de Carrara cerca de la entrada y escalera metálica de caracol al sureste del aljibe, comunicándose así ambas plantas. Allí vivió la familia de José Gálvez -gobernador de la provincia- y funcionó esa escuela hasta 1948, inaugurado el edificio de calle 4 de Enero 2806 al comenzar el siguiente año lectivo, sólo para varones. Desde 1949, creada la Escuela Nacional Profesional de Mujeres quienes cursábamos en la Domingo Silva fuimos transferidas automáticamente a la nueva institución educativa. Ya no compartiríamos el mismo espacio los estudiantes de la casi legendaria Escuela Superior Domingo Silva… Fue sólo un sueño el de ser co-protagonistas en la inauguración de la primera escuela de tres plantas en la capital santafesina, más aún para quienes ingresaron en primer año en 1949 y así lo han rememorado cuando celebraron sus bodas de plata como egresadas. Así fue como la escuela que empezó a funcionar en 1949 con el ciclo de peritos mercantiles, celebró la primera promoción ese mismo año. Nosotras pertenecemos a la segunda, en 1950… Me incluyo entre quienes en aquel tiempo vivieron una etapa de adolescencia –de crecimiento– y de enamoramiento, porque Eduardo Rodolfo Fontanini Doval -mi amado amante-, en 1948 ya había aprobado el tercer año del curso de Contadores. En 1999 celebramos casi medio siglo desde nuestro egreso en el “Año del Libertador General San Martín” y en el comedor del hotel “Castelar”, viví la emoción de abrazar una vez más a amigas del alma y ¡oh, sorpresa!… a Emma, quien con su esposo e hijos reside en Estados Unidos y había llegado a Santa Fe por breve tiempo. Fines de julio de 1999… ¿Decíamos ayer?…

[77] En la sede de la Escuela Bialik de la capital santafesina, también se instalan las mesas para los comicios nacionales, provinciales y municipales. Emociona leer en los pizarrones distintos textos ilustrados y en diversas decoraciones, percibir ese clima que favorece la educación permanente por el arte de vivir y convivir

[78] Al día siguiente del atentado, distintos medios informaron acerca de un comunicado de la Jihad -islámica- desatando que el atentado fue “contra el enemigo criminal israelí, en el marco de una guerra abierta que no terminará hasta después de la desaparición de Israel”. En consecuencia, se rememoró que el 16 de febrero de ese año había muerto Abbas Musawi, líder del Hezbollah tras un ataque desde un helicóptero israelí y podría ser una venganza… Intervino en el proceso judicial el Juez doctor Juan José Galeano. Las autoridades de Israel decidieron enviar equipos de rescate que trabajaron inmediatamente en la remoción de los escombros. También llegaron a Buenos Aires especialistas del Laboratorio de Explosivos del distrito de Tel Aviv y desarrollaron una investigación entre los agentes vinculados a la embajada. Uno de los equipos del MOSSAD trabajó en investigaciones con el propósito de determinar quiénes fueron los responsables del atentado y las conclusiones fueron elaboradas por un “Teniente Coronel del Comando de Retaguardia”, según informaron distintos medios. La investigación judicial continúa sin resultados concretos. Hay análisis que indican la participación del grupo Hizballah y también se orientaron hacia una conexión siria. El Dr. Stanley Badlinoton ha acumulado información acerca de la existencia de grupos terroristas islámicos desde la década del ’80, agrupados en Zagreb (Croacia); Valencia (España); Limsul (Chipre) y Veracruz, en México. Los familiares de las víctimas siguen reuniéndose todos los meses como “memoria activa” que intenta promover la continuidad del trámite judicial y la determinación de los culpables.