LA MUJER TALADA…

                                            Libro inédito. Selección para la tapa y contratapa:

 torso_yurita  yrurtia

Torso

Rogelio Yrurtia (1879-1950)

(c. 1922) / Bronce / 80x25x27cm.

Museo Provincial de Bellas Artes de Buenos Aires.

“Figura del Canto al Trabajo”

Rogelio Yrurtia (1879-1950) [1]

(c. 1914) / Bronce / 155x50x70 cm.

Museo “Sívori” – Ciudad de Buenos Aires

Catálogo: “Arte Argentino del Siglo XX – -Intercambio Patrimonial.

Instituto Cultural Peruano Norteamericano, Lima, Perú, Septiembre-Noviembre 2002.

Museo Provincial de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez” de

Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de Santa Fe,

REPÚBLICA ARGENTINA, Noviembre-Diciembre 2002.

 

La mujer talada…

  1. Un triángulo obtusángulo.
  2. Una estampa en el arcón.
  3. Una mudanza.
  4. Movimientos.
  5. Un llamado de atención
  6. Los uniformes.
  7. Perder la paz.
  8. Trasplantes.
  9. Despertar.
  10. Adolescencia.
  11. Aproximaciones.
  12. Inventario.
  13. Compromisos.
  14. Memoria.
  15. Formación.
  16. Cibernética.
  17. Huellas.
  18. Estatus.
  19. Contrastes.
  20. Mensajes.
  21. Vivencias.
  22. Ofrendas.
  23. Signos.
  24. Realidades.

La mujer talada…

 talada

La mujer talada, en el cuartito verde, lee, relee, guarda recortes de diarios, junta revistas, está alerta ante cualquier ruido, mira cómo la brisa mueve las hojas de las plantas que siguen creciendo en las macetas del segundo pasillo…

Los objetos que comparten los anaqueles, son más que adornos… ¡Son símbolos!

Después de avanzar desde el triángulo obtusángulo que determina casi el comienzo de otro recorrido, al llegar a las realidades… será posible mirar y ver más señales que servirán para elaborar sucesivas claves.

Ahora, aquí, lo escrito por LA MUJER TALLADA… tantas veces TALADA

“Hay dos maneras de vivir una vida:

la primera es pensar que nada es un milagro.

La segunda pensar que todo es un milagro.

De lo que estoy seguro es que Dios existe.”

Albert Einstein (1879-1955).

La mujer talada

1. Un triángulo obtusángulo

A mi madre: Francisca Álvarez

La gestación de la mujer tallada comenzó en agosto de 1y31.

El primer territorio explorado durante su niñez, fue esbozado en un triángulo obtusángulo donde quedaron algunas claves.

Uno de sus lectores, recordaba que el punto A coincidía con la ubicación de la casa de su abuela materna, donde aprendió sus primeros pasos. El punto B, se correspondía con el espacio donde crecían las enredaderas, protegidas por los tutores que aseguraba su abuela paterna. En ese segmento primario, ella había aprendido a ascender por una escalera, peldaño a peldaño, con prudencia y sin urgencia. La casa de su tía abuela marcaba el tercer punto, donde había visto el primer horno de barro. Al aspirar el aroma de la levadura o del pan recién horneado, comenzaba a ensayar la conjugación del verbo compartir, sólo desde su sentimiento, porque todavía no había aprendido a pronunciar esa palabra.   Al mediodía, el lento trote de los percherones sobre el empedrado, anunciaba la llegada del tío abuelo que disfrutaba del aroma de su cigarro, mientras llevaba los caballos a ramonear en el terreno próximo. Al saludar, se sacaba la gorra vasca que usaba en todas las estaciones. A pesar de las huellas de la fatiga por el rudo trabajo de repartir pesados bienes ajenos durante la mañana, traía un beso más para su esposa -compañera en todas las circunstancias- y regalaba gestos de ternura para todos. En ese espacio se había situado el tercer punto del ABC fundamental de aquella niña, que cuando se quedaba a dormir en esa enorme casona, reconocía entre las sombras, los esfumados matices de las flores estampadas en la pared por su madrina de Confirmación, como renovación de su entusiasmo primaveral.

Observadora minuciosa desde entonces, siguió aprendiendo que los árboles soportan mutilaciones, tanto cuando los violentos vientos arrebatan parte de su follaje como cuando los hombres arremeten con sus podas. Aprendió que las invisibles raíces constituyen el vital sostén y que sus transformaciones, dependen de la fertilidad del terreno donde hayan arraigado. Su vigor se manifiesta en el crecimiento del tronco y de las ramas; en la floración y en sus frutos.

En el tempestuoso otoño de 1y75, era una apesadumbrada mujer entre millones de personas que soportaban la turbulencia del caos. En austeras salas de espera, percibió diálogos y silencios. Comprobó una vez más que cada ser transita con su carga de problemas y de esperanzas. No le interesaban las venganzas y en sus versos, renovaba el sublime perdón, alejándose del odio y de su hedor. Sí rogaba al Señor, convencida de que es el Único dueño de Justicia y Amor. Él seguiría acompañándola mientras semana tras semana, ascendiera los peldaños imprescindibles para reencontrarse con la seguridad.

Junio se reiteraba con distintas evocaciones. En el noveno día de 1y56 habían concretado los primeros fusilamientos. Desde entonces todos los inviernos fueron tiempo de borrascas hasta que dos décadas después, la brutal granizada azotó en los cerros, en los valles y en la extensa llanura. La mujer seguía expectante, cumpliendo sus tareas cotidianas sin absurdas alteraciones, consciente de que el país parecía un extenso volcán en vísperas de otra temible erupción. La primavera anunció los brotes y el verano maduró los frutos.

La mujer reconocía los límites. El sedimento de sucesivas lecturas sobre la guerra civil española, acentuaba su zozobra ante el conflicto que se manifestaba diariamente por los continuos atentados que promovían la creciente represión. Insistía la mujer en la importancia de reconocer los límites y después de haber firmado una renuncia, se sintió con más seguridad y se acostó a dormir la siesta. Sin alterar su rumbo, había optado por ese imprescindible giro.

El Duende Azul, uno de sus inquietos compañeros, musitó: “-Eran tiempos de incertidumbre bajo la Cruz del Sur… ‘eran tiempos difíciles aquellos. Los hombres vivían como el caracol / metidos en sí mismos…’   tal como canta Don Ata.”

El duendecillo siguió evocando al payador, periodista y poeta, al trovador de la pampa y de los cerros… ¡Atahualpa Yupanqui, inigualable!…

Durante el día de Epifanía se produjo otra esperada mutación en la vida de la mujer tallada. Al decidir su alejamiento de aquellos angostos senderos invadidos por cardos y ortigas, a fines de aquella década pudo dialogar con generosos jardineros, como Gastón, el poeta que seguía cantándole a las rosas, a “la inermis que no tiene espinas, qué maravilla, ¿eh?, ni una espina!”…

La mujer intentaba ser coherente con su lema:

Hay que saber esperar sin desesperar; hay que sobrevivir y convivir; esencialmente hay que intentar vivir y vibrar.

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Mientras tanto, el Duende Azul dialogaba con su amigo ecologista, excelente lector.

El duendecillo hogareño, el 4 de septiembre de 1976 había registrado dos datos que dejaron huellas profundas en el espíritu de la mujer tallada. Su tía-amiga, hermana por su solidaridad para comprenderla y apoyarla en circunstancias difíciles, después de soportar la lenta e inexorable destrucción provocada por el cáncer, había iniciado el Vuelo Final desde los buenos aires. El Duende recordaba que en aquella circunstancia, la mujer tallada -la sobrina tan amada-, no pudo o no supo, disimular el íntimo desgarramiento por la Partida de su noble compañera de Camino…

El Duende Verde conservaba en su archivo las conclusiones que el doctor John Bjorksten había difundido desde la nación: “el envejecimiento se produce cuando dos moléculas de un gen, la unidad básica de la transmisión de los caracteres hereditarios, se enlazan a la raíz de un proceso denominado   ‘eslabonamiento cruzado’… Es como si le pusieran esposas a dos hombres y luego le esposaran juntos a otros, prácticamente se paralizarían. Lo interesante sería descubrir la enzima que rompiera todas esas ataduras. Así no habría pieles apergaminadas ni arterias esclerosadas”.

Un vez más, el indiferente Duende Amarillo seguía observando a la viuda negra que estaba tejiendo su telaraña, sofisticada trampa elaborada a partir de un resistente hilo conductor, generada no se sabe en qué tiempo, como elemento fundamental para constituir un espacio de inmolación, donde la tejedora podría satisfacer sus naturales apetitos.

El Duende Verde lo miraba de soslayo mientras intentaba interpretar más reflexiones en torno a lo expresado por Heriberto Roanello acerca de “la vejez y la belleza del ocaso”.

El duendecillo hizo otra breve pausa y repasó otras conclusiones.

Comentó a sus compañeros de aventuras: “La vejez no entristece a los que tienen una filosofía de vida… el ocaso es la coronación del día. La última escena corona toda la pieza teatral y la música reserva para el final sus más hermosos acordes”… de acuerdo a lo expresado por monseñor Fulton Sheen.

Resultaba evidente que en la “Cofradía de los Duendes” se producían sucesivas transformaciones. El Duende Gris aunque todavía revelaba su heredada apatía; poco a poco estaba aprendiendo a reemplazar la torpeza por la sabiduría e intentaba experimentar nuevas sensaciones, en el gigantesco escenario de la comedia humana. Casi balbuceando acotó: “Quevedo también tuvo razón cuando dijo: Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hemos llegado”. Por su experiencia en distintos ámbitos del poder, sabía que la estética suele preocupar más que la ética, aunque reconocía algunas excepciones, como quedó demostrado cuando Konrad Adenauer desaprobó la intención de los maquilladores que se disponían a disimular sus arrugas. Se impuso con una breve sentencia: “Me han costado casi noventa años… ¿y ustedes me las quieren borrar en un minuto?”

Los duendes compañeros, se sorprendieron con la insólita ostentación de memoria y de cultura que estaba haciendo el grisáceo duendecillo. Mientras tanto, el Duende Verde había revisado rápidamente su archivo de ideas y de conceptos. Encontró algunas señales transmitidas por Ralph Emerson: “Cuando vamos envejeciendo la belleza se torna interior”.

Pensando en la importancia de vivir, rememoró el acierto de Lin Yutang al destacar que “nos encantan las viejas catedrales, los muebles antiguos, la plata vieja, los diccionarios y los grabados de antaño, los incunables y los pergaminos, pero hemos olvidado, por completo, la hermosura de los hombres viejos”…

Por algo había señalado que “una apreciación de esta clase de belleza es esencial”.

Inmediatamente, los tres duendes decidieron alejarse un poco para desarrollar otras ficciones. Empezaron a imaginar un espacio diferente en la monótona comarca del litoral. En los últimos años estuvieron imaginando la fundación de una dinámica academia y alentando ese sueño se quedaron dormidos.

Apenas comenzó el otoño de 1y76, los argentinos soportaron otro golpe de estado, inadmisible entre ciudadanos comprometidos con el debido acatamiento a la Constitución y reiteradamente declarados defensores de la democracia. La torpeza provocó la ilusión de un beneficioso renacimiento a partir del momento en que la presidenta quedó detenida cerca de los apacibles lagos del Sur. A pesar de la limitada libertad de prensa, la población se conmovía con las crónicas que reflejaban mayor violencia y más ausencias. En el atardecer del 16 de septiembre de ese año, la mujer pensaba: otra vez que “octubre nos convoca”. Una crónica en el litoral, indicaba que las fuerzas de seguridad habían realizado un procedimiento en una casa situada al norte de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz y que fueron recibidas con granadas y con disparos de armas de grueso calibre. Pocos comentaron que el oficial a cargo del grupo de soldados, después de ordenar el ataque se alejó para evitar mayores riesgos. Tampoco trascendió que cuando regresaron al distrito militar, los obligados combatientes censuraron esa cobardía y en consecuencia, hubo un oportuno cambio de destino.

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Mientras tanto, lo visto en los últimos tiempos por los aventureros duendes, hizo que comprobaran cómo y cuándo, el miedo anula a la espontaneidad. Por eso desistieron de la iniciativa de fundar otra academia y empezaron a ensayar una canción para el próximo festival: ¡Ah… la ciudad cordial! ¡Ah… la Ciudad de los Distraídos!

            ¡Ah… la ciudad de las calles y de los puentes rotos!

¡Ah… la ciudad de las Convenciones!… ¡Ah, la cuna de la Constitución!

            ¡Ah… la llanura de los contempladores de la Cruz del Sur!

            ¡Aaaahhhhh!… y terminaron con un asombroso bostezo.

En aquel tiempo, la mujer se conmovía por vibraciones desde distintos planos. Aquel tiroteo en el noreste, indicaba un primer punto invisible para algunos caminantes del barrio Candioti y para ella significaba un hito insoslayable en el accidentado territorio nacional. Siguió reconociendo los espacios donde con mayor frecuencia se renovaban las explosiones, donde ululaban las sirenas y vibraban las ametralladoras. En esas zonas habitaban algunos irresponsables depredadores. Situó el segundo punto, en el patio de las palmeras de la Facultad, visible desde los balcones de las galerías de la escuela de sanidad, que funcionaba en el segundo piso. Allí, a pesar de la custodia policial, una vez más, la impunidad seguía invadiendo distintos ámbitos. Las consignas en rojo o negro, denunciaban traiciones y antinomias, rencores y atentados.

En la penumbra se movían los delatores. Con esos dos puntos quedó determinado un segmento que permitía proyectar incontables distancias con incidencias sobre diferentes planos. En distintos triángulos titilaban algunos signos que denotaban desesperación y muerte; prudencia y esperanza.

El Duende Gris, escolta improvisado en algunos desfiles y misterioso concurrente a los claustros universitarios, recordaba cómo se transformaban algunos rostros cuando se leían algunas resoluciones conteniendo varios nombres conocidos u otros de jóvenes desconocidos, obligatoriamente eliminados de los registros, por pérdida de la auténtica identidad -clandestinidad- o por exilio, o por muerte. La intensa palidez podía ser la oportuna advertencia de algún desmayo resistido. En ese tiempo, la desaparición de las personas no tenía ninguna relación con un intrascendente ejercicio de magia. Ningún clarividente anticipó la comprobación anunciada en la nación siete años después, el 7 de agosto de 1y83 cuando se confirmó la existencia de ciento diez tumbas “N. N.” -”no name” al decir de los ingleses, o si lo prefiere “no nominadas”…-, en el cementerio de Ezpeleta, en la provincia de Buenos Aires, aunque sólo constaba que tres hombres y dos mujeres habían sido entregados por las fuerzas armadas para la pertinente sepultura.

El duendecillo, murmuró con indudable tristeza: hay historias que son puro cuento y cuentos que son historia… Parecía estar avergonzado cuando se escondió debajo del florecido malvón rojo, donde encontró a la inquieta tacuarita, no a la de la leyenda que robó una herradura sólo para confirmar su iniquidad… El grisáceo duende intentó volver a compartir otro vuelo con la inquieta tacuarita que seguía renovando sus cantares al atardecer…

Mientras tanto, la mujer continuaba alerta. En su rutinario itinerario, perseverante en su tendencia a ampliar la línea del horizonte visible. Minuto a minuto generaba originales líneas de fuga hasta que lograba percibir la dimensión exacta de otro plano intuido o de algún cuerpo imaginado.

Distintas formas con diferentes proyecciones eran semejantes a nítidas holografías que sorprendían por su complejidad.

Esas vivencias diferentes, seguían tallando, talando…

Ella meditaba apoyándose en su perdurable Fe:

¡Alabado seas, Amantísimo Señor!


2. Una estampa en el arcón

A Carlitos, mi hermano, mi amigo.

La mujer coleccionista, conservaba en la casamuseo familiar, la acumulada herencia de estampas, tarjetas y fotografías, que le servían para armar un insólito cuadro, cada vez que sus sensores, le indicaban la necesidad de una pausa espiritual revitalizadora.

Imaginativa hasta el exceso -lo cual no significa un mérito sino un defecto-, ella realizaba sorprendentes descripciones y las incorporaba a su computadora personal, esperando el día en que un exitoso impulso, pudiera acercarlas a algún paciente interlocutor.

Con luz de luna, iluminaba aquella original naturaleza muerta, semejante a las expuestas en la academia que había dirigido un talentoso artista y una perseverante pintora. En ese boceto, estaban las uvas maduras compartidas en la casa de su abuela materna; algunos higos arrancados desde la terraza mientras el ladrido del “bulldog” del lechero insistía con su temible alarma. No faltaban en aquellos cuadros, los merengues como los del “Polo Norte” compartidos con su amiga, antes de las clases en la Cultural Inglesa. Asomaban algunos panes, dorados, semejantes a los horneados por la vecina de Sauce Viejo; lógicamente menos famosos que los de Salvador Dalí que siguen recorriendo el mundo, en originales fotografías y tarjetas portadoras de incontables mensajes. A ese armónico conjunto tantas veces delineado en sus recuerdos, lo ubicaba imaginariamente sobre una mesa de ébano y de mármol donde se destacaba una carpeta blanca de hilo, bordada y almidonada por Clorinda, otra mujer inolvidable.

Si alguno de sus nietos la sorprendía con la caja de madera sobre su falda, la mujer no podía eludir la inesperada prueba de memoria y de resistencia planteada en ingenuas y sucesivas preguntas. No sólo tenía que repetir los nombres; se imponía la obligación de trazar algunas pinceladas con palabras simples arrojadas al aire, para que cada uno imaginara los rasgos que servían para esbozar perfiles diferentes. A más preguntas, correspondían más respuestas. “Todo a su tiempo y armoniosamente, como las estrellas…”, como está señalado en el Eclesiastés, rememoraba la mujer evitando transmitir datos inútiles.

En tales circunstancias, mientras ella asumía el desafío de vivir y de vibrar, el Duende Azul pensaba: Nada hay comparable a la alegría de contemplar cómo crece con armonía el árbol de la vida, si ha arraigado oportunamente y si ha recibido luz y agua fresca, en proporciones adecuadas. Luego susurró: En el planeta Tierra, soy un privilegiado, porque no pueden observarme, ni criticarme, ni a…ni…qui…lar…me. Permanezco alerta en todas estas magníficas instancias. Miro y admiro el banco de carpintero -con cierta melancolía-, me deslizo sobre la garlopa convirtiéndola en una original patineta; recorro los pasillos sembrando amor con semillas que nunca podrán ser escondidas en alguna bolsa o hurtadas por las bulliciosas gallinas; tampoco germinarán entre la gramilla quedando sus primeros brotes expuestos a la violencia de las modernas máquinas cortadoras. Soy un Duende… Soy un misterio más, inasible… A veces me siento apabullado por tantos cambios inexplicables. En estos últimos años, me aterra la implacable difusión del verbo aniquilar y las dificultades evidentes para irradiar la magnitud del verbo amar

Como era demasiado tarde, el duendecillo se preparó para descansar.

Aquella noche, la mujer soñó con las imágenes de la fotografía que había dejado sobre su mesa de luz. En el sueño, seguía contando historias a sus nietos. Otra vez observaba emocionada la foto del sexagésimo cumpleaños de su abuela materna, en marzo de 1y44. En la ventana soñada, estaba la huella del trabajo silencioso de sus dedos, nudosos en las articulaciones, hábiles para tejer los visillos de algodón con un fino ganchillo. Alguna mirada cómplice destacaba la vulgar rima, mientras la mujer insistía en su relato: …mi abuela tejía puntillas, punto por punto, midiendo cuidadosamente las distancias. Creo que aquel tiempo le permitiría repasar las estampas del arcón de sus recuerdos, donde también hallaría las imágenes de algunos ángeles. Esa abuela menuda, la españolísima Tioco”, no ocultaba sus canas y se recogía el peinado con oscuras peinetas y gruesas horquillas. Sonreía y reflejaba su alegría cuando podía estar más cerca de todos sus hijos y de todos sus nietos.

El viento cerró una de las puertas. La mujer despertó. Comprobó que los pequeños seguían durmiendo e intuyó que también estarían soñando. Era tiempo de alegría.

En 1984; estaban todos cerca, juntos, viviendo y vibrando.

Era víspera del 25 de Mayo y cuentan en el litoral, que hasta los duendes se estaban preparando para el primer desfile después de la recuperada libertad, en aquella nueva etapa democrática.

La vida continuaba tallando, talando.

La mujer, simplemente expresó:

¡Bendícenos, mi Bienhechor!


3. Una mudanza

A Eduardo, mi amado amante

Primavera de 1y86. Las cargadas nubes producían una persistente llovizna.

El cielo, grisáceo, amenazaba con más agua y con más truenos. Sobre el planeta tierra, los hombres poco a poco se habían acostumbrado a las mudanzas. Quizás la más simple fuera trasladarse de un trabajo a otro; de un aula a otras aulas o a alguna biblioteca. Más complicado es mudarse de una casa a otra, o a un departamento y no sólo por el esfuerzo de los embalajes, de las cargas y descargas. Mudar el hogar, es dura prueba porque en la casa añorada suelen quedar huellas amadas. Resulta más difícil cuando hay que vivir más lejos, siendo inevitable habitar en otro pueblo, ciudad o provincia. Con más coraje, es factible proyectar un traslado a otro país o a distinto continente. Será imprescindible sobrevolar las fronteras establecidas por sucesivas generaciones y probablemente cruzar el océano, hasta llegar al lejano territorio donde habrá que ensayar un nuevo arraigo. Para establecer las variables de esas coordenadas, son insuficientes los procedimientos matemáticos.

Ha trascendido que un punto lejano modificó importantes proyecciones a partir del 8 de diciembre de aquel año y es difícil hallar las palabras necesarias para describir esas mudanzas, porque no son tan simples ni tan placenteras, como las que ejecutan algunos folcloristas en ruidosas bailantas o en los tradicionales escenarios.

Mientras la mujer liberaba sus pensamientos, el Duende Amarillo se acercó tarareando una chacarera y evocó otro relato de Don Ata, cuando “la vida” lo había llevado “por un camino de chañares” y él organizaba “exhibiciones de películas mudas” ante “un público de botas y de espuelas, de alpargatas y casi todos en sulky o a caballo. Luego se realizaba el   ‘concierto ‘, y se ofrecía cinco pesos de premio a la mejor mudanza de malambo. No al mejor bailarín, sino   ‘a la mejor mudanza ‘….”, aclaraba el memorioso don Ata.

Seguía la mujer completando sus anotaciones: “La infidelidad es injustificable”.

Al llegar a ese punto, optó por imitar a su inolvidable compañera, bebiendo sorbo a sorbo el agua fresca contenida en su vaso transparente. Recordaba que el 18 de julio de 1y84, en el quinto piso del ministerio pocos se enteraron de la insólita batalla provocada por algunos torpes caminantes que intentaban consolidar su virtual reinado. En aquel tiempo, la contadora de excelente memoria había soportado silenciosa la mudanza que la limitaba en el rutinario trámite de verificar sucesivos numéricos, correspondientes a las ansiadas transferencias de fondos que eran solicitados con el argumento de ser recursos indispensables para seguir promoviendo la cultura. Su inteligencia se irradiaba en su mirada alerta y en su resistencia al acoso provocado por reiterados disparates. En aquel espacio legendario, evocaba a su españolísimo padre y repetía los versos que don Sánchez había pronunciado tantas veces:

“No es el otoño, no

quien a los árboles

quita sus hojas.

Que son ellos,

los árboles mismos

quienes dan sus hojas

           a los vientos.”

Desde otra perspectiva, la mujer abuela elaboraba otras conclusiones: hay personas inconsecuentes, inconstantes en amores, infieles y en consecuencia, hábiles para generar diferentes mudanzas…

El Duende Verde se planteó otra duda: ¿Por qué las hojas perennes no se regalan a los vientos? Sólo los violentos huracanes o algún tornado pueden robar las altas ramas para abandonarlas sobre la crujiente hojarasca como si fueran monumentos derrumbados.

En ese momento, el viento mecía a los otros Duendes y en ese vaivén ellos también improvisaron sus mudanzas. El Duende Azul marcó los límites entre la realidad y la utopía, allí donde los intereses creados generan inmediatas mudanzas. El Duende Gris, comprendió que ocultándose entre las sombras grises pasaría inadvertido y estaría libre de cualquier riesgo. Por absurdo amor propio, mudó su actitud y se incorporó a la tradicional manifestación de los maestros que estaban reunidos en los alrededores de la Plaza Italia, reclamando algunos aumentos en sus salarios.

A la tarde, cuando la mujer regresó a su trabajo, encontró varias ramas caídas sobre las veredas de la calle Urquiza. Nada dijo, aunque estaba convencida de que aquellas hojas inexorablemente soportarían otras mudanzas: podredumbre y abono o fuego y cenizas.

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Girando, girando, la vida siguió tallando, talando.

Se renovó el diálogo profundo:

¡Confío en ti, mi Creador!


4. Movimientos

A nuestros hijos Eduardo y Ricardo.

La mujer regresaba del trabajo con su amado amante e inevitablemente la hostigaban las impresiones de anteriores ficciones.

Transcurría el viernes 25 de marzo de 1y94. El reportero gráfico había logrado demostrar el empeño del caballo que avanzaba inseguro sobre la vereda de la plaza Italia donde los niños jugaban, indiferentes al ir y venir de personas en torno a la casa donde se sancionan las leyes. Algunos coherentes automovilistas no comprendían cómo todavía había animales sueltos en las calles y en las rutas santafesinas, a pesar de las prohibitivas ordenanzas y de las leyes vigentes. El pronóstico meteorológico indicaba que en el sur -en la zona de los buenos aires-, crecían los nubarrones, se anticipaban posibles tormentas y algunas con potentes descargas eléctricas.

Las personas acosadas por las inundaciones, después de los primeros chaparrones se sentían con la soga al cuello. Varón y varona llegaron a la casamuseo. Desde un canal de televisión proponían viajar a la India, un proyecto que no estaba ni siquiera esbozado para sus futuras peregrinaciones. Ella se limitaba a contener en su memoria temporaria algunos comentarios, con la intención de recuperarlos cuando fuera necesario.

El Duende Azul con la experiencia de medio siglo acompañándola, interpretaba su estado de ánimo. Evitó movilizarla para que continuara con sus escrituras. Recordó que en otro tiempo, la había acompañado mientras leía algunas historias de Mahatma Gandhi, pacifista ejemplar que no necesitó de mortíferas armas para derribar las absurdas barreras de la colonización que oprime a las razas y afecta a las religiones. El predicador de la “no violencia”, paradójicamente fue asesinado en Delhi el 30 de enero de 1948. El Duende Amarillo, hurgó en su fichero necrológico y advirtió que cinco meses antes, la huella imborrable de las ausencias definitivas se acentuó en el espíritu de esa mujer cercana al clan de los personajes imaginativos. Con una proyección diferente, el Duende Verde recordó una crónica referida al Mahatma aludiendo al modesto mausoleo levantado a orillas del río Jumna nacido en los deshielos del Himalaya y la magnitud del epitafio: “Yo seguiré viviendo en mi tumba y desde allí.” Un trueno anunció otra tormenta y los temerosos duendecillos regresaron a sus cercanos refugios.

La mujer dibujó imaginativamente el contorno geográfico de la península habitada por aproximadamente seiscientos cincuenta millones personas y reprodujo apesadumbrada las imágenes de Bangladesh omitidas en las atractivas propuestas turísticas. Por lejanas crónicas, ella sabía que una llama sigue siendo el luminoso símbolo de la existencia de Mahatma Gandhi y confirma su trascendencia. “El profeta de la paz y líder de la libertad”, digno destinatario de ese homenaje sintetizado en aquella simple arquitectura, a pesar de los demagogos y de los tiranos, ha logrado perpetuarse en la inmensa plaza de la solidaridad donde se lo evoca como un arquetipo de la confraternidad universal.

La mujer había incorporado más información en su original computadora personal: en 1948 en la India hubo un conflicto armado por la disputa de parte del territorio de Cachemira en los límites con China, al oeste del Tibet. Desde entonces, el movimiento nacionalista hindú (Partido del Congreso Nacional Indio fundado en 1885), presidió la vida política en la India, con su líder Nehru y su hija Indira Gandhi. En 1971 comenzó la guerra con Pakistán y en 1975 se constituyó la coalición Janata que perduró durante un quinquenio.

Mientras tanto, desde la India con diferentes proyecciones trascendían otros ejemplos. En agosto de 1910 en Skopje -hoy Yugoslavia-, algunas familias habían celebrado el nacimiento de Agnes Gonxha Bojaxhiu, descendiente de adinerados albaneses. Como sucede en tales circunstancia, era imposible imaginar su vocación. A los dieciocho años sintió el llamado interior para su misión terrenal: servir a los pobres. Confiaba en las manos de Dios que la guiaban en todas sus experiencias. Algunas “selecciones” de información incluyeron datos biográficos aportados por Courtney Tower y es posible saber que Agnes, aprendió a hablar inglés en la Abadía del Loreto y aceptó cumplir su noviciado en Darjeeling, al pie de la cordillera del Himalaya, en la zona de influencia británica situada entre Nepal y Bután, al sur del Tibet. Allí, ejerció la docencia y dirigió la escuela secundaria del convento. Una vez más los contrastes la conmovieron e intentó ayudar a los pobladores del barrio cercano, donde el hambre y el abandono convertían a ese territorio en un insoportable lodazal. Imaginó un cambio y en 1946, logró que la jerarquía de la Iglesia Católica la autorizara “para ser una monja libre, exclaustrada”: la admirable misionera Teresa de Calcuta. Tres años después, en la primavera de 1949 su obra creció al incorporarse una ex estudiante de Loreto: Subshini Das, quien desde entonces pidió ser nombrada Agnes en reconocimiento a la fundadora de los Misioneros de la Caridad, orden institucionalizada en octubre de 1950. Desde entonces, Agnes asumió las responsabilidades de segunda jerarquía en esa gran familia que la Madre Teresa definió como “la más desorganizada organización del mundo”, integrada por personas que siguen siendo leales a su prédica: “Al servir a los pobres, estamos sirviendo directamente a Dios”.

En ese momento, el Duende Verde se acercó a la pantalla y leyendo los apuntes de la mujer, recordó que en su territorio, en el extremo sur de América, desde otra perspectiva una mujer argentina -Eva, la primera-, ensayaba una obra de servicio social convencida de que “nada une tanto a los hombres como el amor” y puso en marcha una fundación que era “una obra de amor… para reparar en el alma de los niños, de los ancianos y de los humildes, el siglo de humillaciones que vivieron, sometidos por la oligarquía fría y sórdida…”

La distinguida “ciudadana de América”, en aquel tiempo se acercaba hasta las desamparadas “villas miserias” en los alrededores de la Capital Federal; se estremecía ante la tristeza que reflejaban las miradas de los pobladores de Villa Soldati, en los bañados de Flores; ordenaba el apoyo económico indispensable para satisfacer las primeras necesidades y proponía la construcción de viviendas para esas familias. Besaba a los enfermos -aún a los leprosos- y censuraba la actitud de sus colaboradores cuando le recomendaban el uso de desinfectantes después de acariciarlos. Cuando sus adversarios se enteraron de su enfermedad, desde las sombras nocturnas estamparon su ira contra un muro: “¡Viva el cáncer!”, era la revelación de la crueldad que emergía del atávico odio.

En distintas latitudes, millones de argentinos oraban por la “santa Evita”. Cuatro años después, diferentes contrastes impactaron cuando en 1956 se difundió la primera noticia acerca de la desaparición de su cadáver embalsamado.

El Duende Azul inmediatamente recordó otros hechos de aquel tiempo, cuando los británicos apoyaron a los libertadores de aquel paradojal septiembre de 1y55.

En otro ejercicio de memoria, repetía la advertencia de George Bernard Shaw: “Nunca se encontrará un inglés que no tenga razón. Todo lo hace por principios: guerrea por principios patrióticos; oprime por principios de fuerza; roba por principios de comercio; sostiene a su rey por principios de lealtad y lo decapita por principios democráticos”.

Una explosión cercana ahuyentó a los duendecillos…

En el litoral argentino, la mujer revisaba su archivo personal. Halló en unos apuntes la trascripción del razonamiento del sabio Albert Einstein cuando asesinaron a Gandhi, mensaje que fue esculpido en la Casa de Birla: “Él ha demostrado que se puede reunir multitudes no solo mediante el juego astuto de las habituales maniobras y trampas políticas sino mediante el ejemplo convincente de una vida moralmente superior. En nuestra época de decadencia moral, era el único estadista que defendía una más elevada relación humana en la esfera política. Las generaciones que vendrán difícilmente puedan creer que un hombre semejante, de carne y hueso, haya transitado sobre esta tierra.”

En otra página encontró más datos: En 1984 fue asesinada Indira Ghandi y la sucedió su hijo Rajiv hasta que siete años después, se produjo la disolución del Parlamento y ese mismo año, él también fue asesinado. Sabido es que en esa heterogénea población, a pesar de ser el hindi y el inglés los idiomas oficiales; millones de habitantes se comunican hablando el bengalí, gujarati, kannada, malayalam, marathi, oriya, punjabi, tamil, telugu, urdú, entre otras lenguas. Allí se practican varias religiones: el hinduismo, aproximadamente el ochenta y tres por ciento; el islamismo el once por ciento; el cristianismo, el dos y medio que representa alrededor de veinte millones de personas; el dos por ciento el sijs y menos del uno por ciento el budismo. La superpoblación acentúa la situación de pobreza en vastas regiones, donde ha prevalecido un sistema de castas que se desarrolla con indiferencia a las evidencias de las estadísticas de mortalidad infantil y de analfabetismo. En ese punto, la mujer concretó otra pausa ineludible; insistió en la confirmación de que allí también las rupias -la moneda…- siguen marcando insoslayables diferencias. No había sido casual su invitación a compartir un homenaje al silencio, luego a la palabra y después al tiempo, a principios de la década del ochenta. La causa de esos testimonios era su convencimiento de que en esa trilogía se sustenta la armónica convivencia humana, bajo la protección de Dios.

En la década siguiente, la mujer volvió a conmoverse con las noticias transmitidas desde aquella lejana península. En septiembre de 1997 pasó a la inmortalidad la Madre Teresa de Calcuta y durante el mes siguiente, el 21 de octubre en los televisores se difundían las imágenes de la absurda batalla improvisada en el Parlamento de la India, cuando algunos legisladores manifestaron su intolerancia agrediéndose con golpes de puño o con bastones. De poco había servido aparentemente, la prédica de Mahatma Gandhi para consolidar la paz, ni los ejemplos de la humilde “Mensajera de Dios”, que había entregado todas sus energías en la diaria atención de los enfermos incurables y agonizantes.

La mujer en ese momento recordó que la admirable Madre Teresa, durante un reportaje había manifestado: “Tengo la convicción de que los políticos pasan poco tiempo de rodillas. Estoy convencida de que desempeñarían mucho mejor su tarea si lo hiciesen”. En otra circunstancia, había advertido que “la pobreza no ha sido creada por Dios. Somos nosotros quienes hemos creado la pobreza. Ante Dios, todos somos pobres.”

Insistía en sus observaciones profundas: “En los países desarrollados existe una pobreza íntima, una pobreza de los espíritus, de la soledad, de falta de amor. No hay enfermedad mayor en el mundo de hoy que esa suerte de pobreza”. Luego reconocía: “Cuanto menos tenemos, más damos. Parece absurdo, pero ésta es la lógica del amor”. Algunos políticos ni siquiera han pensado en esos disímiles procesos porque no han sido capaces de comprobar que “el silencio es algo maravilloso. Es la defensa de nuestra vida interior” mientras que “el orgullo lo destruye todo”.

En el convulsionado planeta Tierra, la organización de sucesivas ferias de libros demostraban que el oficio de escribir seguía provocando un creciente desarrollo del mercado editorial. En el último lustro del siglo veinte a partir de las vivencias de diversas personalidades ejemplares, activos novelistas, ensayistas, dramaturgos y publicistas acrecentaron los títulos de sus obras. Se sigue hablando de la importancia de tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol y donar los órganos.

La mujer advertía que en los umbrales del tercer milenio, algunas personas dedicadas a la política aparentemente no podían soslayar un desafío tan significativo como es el de viajar por todos los continentes. En una abultada carpeta de su archivo personal, ella acumulaba distintas referencias sobre la historia de la Historia de los argentinos: el abogado riojano, gobernador electo en tres períodos en su provincia natal, asumió la presidencia en julio de 1989 y durante la Semana Santa de 1994 realizó otro viaje al exterior y en la India plantó un árbol cerca del lugar donde se honra la memoria del noble Mahatma Gandhi. Ese año mediante la reforma constitucional, en la argentina tierra fue posible proponer la reelección de los presidentes y luego, la mayoría de los votantes expresó su voto de confianza a pesar de los discursos de sus opositores, quienes después de esos comicios ampliaron sus recriminaciones. En una réplica contundente, el presidente manifestó que él hacía como la Madre Teresa que no habla de la ética y la practica…

El Duende Azul repasó rápidamente su archivo con declaraciones de estadistas y recordó la advertencia de Mahatma Gandhi: “El Occidente tiene su fe inquebrantable en la fuerza y en la riqueza materiales; por consiguiente, ya puede gritar por la paz y el desarme, su ferocidad rugirá siempre más fuerte”.

El duendecillo Gris parecía estar meditando.

Desde otro plano, el Duende Verde dudaba acerca de la importancia de los apellidos, porque la mayoría de las personas no conocen sus orígenes ni tienen las referencias genealógicas imprescindibles para reconocer las cualidades de sus antepasados.

De vez en cuando el duende ecologista miraba de soslayo algún televisor y detectaba las lágrimas contenidas de personas que reclamaban el reconocimiento de “su identidad” ante la desaparición de sus padres biológicos. En su limitado espacio mágico, no hallaba las razones para la generación de ese tipo de emociones.

Mientras tanto, silenciosamente la vida seguía tallando, talando.

La mujer aunque ya no podía arrodillarse, reiteraba su cristiana invocación:

Dios, tú eres mi Divinidad.


5. Un llamado de atención

A nuestra hija Nidia Marta Susana.

La momentánea brisa acariciaba los retoños del lazo de amor que parecían originales columpios para las frágiles mariposas. La mujer, fiel a su vocación asumía la misión de servir, compartiendo sucesivas experiencias de mutuo aprendizaje. Repasaba uno de sus breves ensayos: “Los docentes en las aulas, los escritores en el silencio de sus elaboraciones y en incontables reuniones, insisten en la necesidad de estimular la lectura. No todos se han ocupado de analizar la importancia de la relectura a pesar de la difundida afirmación de André Gide:  ‘Lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella’. A pesar de ello, en un incomprensible afán de promover la lectura, han proliferado los denominados críticos literarios, quienes voluntaria o involuntariamente, son al mismo tiempo potenciales vendedores de libros, porque generan publicidad sobre un producto editorial, refiriéndose a esos textos sólo desde la limitada perspectiva de sus particulares percepciones. Si aciertan en sus valoraciones, con frecuencia van generando el crecimiento de su propio producto editorial, resultado directo de las interrelaciones y de las recíprocas coincidencias que surgen tras la comprensión de esas sucesivas notas. Tales valoraciones suelen ser tan subjetivas como las evaluaciones periódicas de algunos educadores profesionales y en ambas situaciones, se utilizan símbolos alfanuméricos…”

Releyó, corrigió algunos párrafos y buscó en su agenda otra de las advertencias anotadas en torno a los problemas que todavía no pudieron -o no supieron, o no quisieron- resolver, los mortales humanos, pobladores del planeta Tierra: “La peste de este siglo no es el SIDA…” -síndrome de inmuno deficiencia adquirida-, “sino la pobreza que afecta todavía a millones de personas, con los problemas y enfermedades que de ella derivan”.

En ese instante, sonó el timbre. El vendedor de diarios traía su carga dominical y por necesidad, convocaba a nuevas lecturas y relecturas, porque resulta evidente que los comentarios y las citas se reiteran en diferentes publicaciones, en las radios y desde los canales de televisión. La mujer también era adicta al uso de citas cuando deseaba destacar una coincidencia y lo hacía como un homenaje a la coherencia, porque evidentemente desde perspectivas semejantes se habían logrado conclusiones congruentes. Prefirió dejar los hombres y hechos del litoral y avanzar sobre los sucesos de la nación.

Mientras la mujer leía, el Duende Azul acostumbrado a las tertulias académicas, releía. Con buenos aires, el 26 de marzo de 1y94, se difundió en todo el territorio un ensayo enviado desde Madrid por el catalán Juan Goytisolo, titulado justamente: “Lectura y relectura”. Aprovechando una pausa, el duendecillo se aproximó a “El Circo” y desde esa perspectiva, murmuró: -Ese escritor sí que llama la atención. Con su farsa -que algunos críticos clasifican como sátira social-, se ha podido afirmar que “simboliza la rebelión de la fantasía contra el achatamiento de la mediocridad creciente de la existencia”. También se ha hablado de sus señas de identidad y se podría coincidir en que la suya es una obra abierta, un “libro involuntariamente inacabado” mientras el distinguido escritor sigue estando muy activo, más allá de las fronteras del Parnaso.

De inmediato el diplomático duende se acercó a la biblioteca y miró de soslayo al Duende Gris, mientras silabeaba el último párrafo de aquellas declaraciones. Por primera vez reveló su vocación de periodista.

El burocrático duendecito leía lentamente: “¡Ojalá alcanzaran mis obras a contagiar a alguno de ustedes, como las de los autores que admiro me han contagiado a mí! ¿A qué cosa mejor podría aspirar un autor-relector como yo, que a esta pequeña pero conmovedora recompensa?”

El Duende Amarillo levantando las cejas, observó que en el párrafo anterior se aludía a “El Quijote” y con su tendencia a las emulaciones, leyó pausadamente: “Cervantes secularizó sin saberlo, el poder suasorio del discurso religioso, de la palabra revelada a los profetas, trasmutando la literatura en una especie de religión laica, de creación puramente humana, aunque dotada de una trascendencia próxima a la de aquélla”.

Después de esos esfuerzos intelectuales, los dos duendes se fueron a dormir debajo del perfumado jazmín de lluvia…

La mujer contemplaba el magnífico orden natural. Sin pronunciar las palabras, logró generar otro vínculo esencial:

Eres guía Señor, hacia la Eternidad


6. Los uniformes

A nuestro hijo Gustavo José María

Desde los tiempos de la guerra civil española, cuando ella ya había incorporado a su “abc” inicial la “d” de distancia y dolor, la mujer reconocía a algunos hombres que se distinguían por sus verdes uniformes. En otro espacio había celebrado su cuarto cumpleaños y en aquella época de revelaciones inesperadas, se sorprendía con el vuelo de las mariposas. En vano intentaba acariciarlas cuando se posaban sobre los violáceos lirios debajo del limonero y en esos mágicos juegos fue reconociendo algunos de sus límites. Aprendió a disfrutar dejándolas volar y observando la belleza de sus alas mientras se elevaban.

Con asombro seguía esas trayectorias, hasta que sin proponérselo desde la vereda suroeste de San José y Salta, veía el tanque del agua del “Regimiento 12”, cubierto con tejas y sostenido por una rígida estructura. Más alto aún, observaba el resistente pararrayos cuyo poder no alcanzaba a interpretar por su acotado aprendizaje. Tampoco conocía la historia de esa unidad militar que había funcionado en terrenos pertenecientes a la Sociedad Rural, donde alguna vez cumplió su misión un recién egresado del colegio militar de la nación con aptitudes para el arte de la conducción.

Al atardecer, la mujer que estaba en crecimiento percibía que la zanja se transformaba en un fabuloso anfiteatro y la naturaleza completaba la singular coreografía. Comenzaba el concierto de las ranas como anticipo de la danza de las luciérnagas. Ella había aprendido “el abc” fundamental que orientaba hacia el amor, la belleza, la caridad, el cristianismo… Desde el noroeste, llegaban hasta la calle San José algunas personas con sus latas o jarros y esperaban en silencio poder compartir algún alimento servido a través del vencido alambrado del “regimiento doce”. En aquellas circunstancias siguió aprendiendo que la Navidad es momento de celebración de un nacimiento y comprendió que también podía ser la víspera de otro vuelo al infinito, si la presencia de un hermanito se convertiría al instante en el misterio de un ángel, como sucedió el 26 de diciembre de 1y36.

Después, otra mudanza dejó las señales imprescindibles para favorecer el nuevo trasplante y en la calle evocativa de la batalla de San Lorenzo, renovó sus lúdricos movimientos debajo del perfumado naranjo, que compartía su sombra con la rectilínea que proyectaba el abuelo José cuando caminaba lentamente y secaba sus pañuelos sosteniéndolos en un rítmico movimiento.

Cuando la familia se mudó al departamento de la calle evocativa del “Pacto de 1831” -la empedrada 4 de Enero, en un tramo recorrida por el tranvía tres-, aparecieron más uniformes. Una marcha empezó a recordar otro cuarto día, el de junio de 1943 que fue celebrado como una “jornada redentora de la historia”.

Se advertían cambios en la mujer adolescente y los más profundos, estaban reservados a su autodescubrimiento. Ella sabía que la calidad de la materia subordina al artista y que sólo la elevación del espíritu aproxima a la belleza.

En ese tiempo de dudas, más de una vez se dormía mientras estaba leyendo y en ese momento, tras sucesivos movimientos el libro parecía transformarse en una rígida almohada.

Cuando los duendes veían que la mujer estaba perdiendo una batalla, no sabían qué hacer. Ellos estaban convencidos de que sin utopías es casi imposible crecer, porque en ese espacio de discusión, en ese “ou topos” que mencionaban los griegos; en esa utopía – “ninguna parte”, no lugar…- que acuñó el sabio Tomás Moro, se podrían intensifican los esfuerzos que generan la imaginación y la voluntad, con el propósito de fundar un cambio para que definitivamente, la Justicia se corresponda con el Derecho, único camino hacia la paz y la Paz.

El Duende Azul había recogido una “página voladora” donde estaba escrito: Las quimeras de algunos duendes han sido interesantes legados a la humanidad… La apoyó en las espinas del cactus. Rápidamente se acercó el curioso Duende Amarillo, periodista frustrado durante ese lapso de frecuentes censuras en aparente defensa de la seguridad nacional. Creyó entender ese mensaje y retornó a sus ficciones. El Duende Verde se había acurrucado cerca del ligustro en flor para observar el continuo lagrimeo de la manguera como consecuencia de otro descuido del jardinero. Sigiloso llegó el hornero para aprovechar la húmeda tierra imprescindible para construir la antesala de su nido. El intuitivo duendecillo recordó la sentencia de don Ata: “:..Para el que mira sin ver, / la tierra es tierra, no más…” y siguiendo el vuelo del alado constructor, se posó cerca del roble.

En aquella primavera de 1955, en el País de los Contrastes algunos militares desarrollaron más obsesiones y la mujer tuvo que aprender cuánto significaba la proscripción. Los libros con contenidos de historia y de política fueron organizados en una biblioteca circulante que paradójicamente estaba paralizada por el temor al secuestro o a la incineración. Los abuelos la protegieron inicialmente, hasta que el otoño amenazó con tornados capaces de derribar cualquier barrera, hasta las ideológicas y otra vez el miedo aniquiló a las potentes voluntades. Los bultos protegidos con polietileno fueron escondidos en el galpón techado. Después, algunos indicios anticiparon el momento de otra mudanza y los amordazados libros, reposaron en el galponcito donde florecía la frágil paraguayita. En aquel tiempo, la mujer tallada recogió algunas señales que el abuelo entregaba en reducidas proporciones. Supo entonces que él conocía a familiares de otro esperancino nacido al comenzar el invierno del año 1y13. Pasaron varios lustros antes de que se enterara de que ese hombre político, había sido abanderado del colegio militar de la nación; fue distinguido con el premio “Pro-Patria”; luego amplió su horizonte desde la universidad cordobesa y modificó sus perspectivas como ingeniero mecánico aeronáutico. Los acontecimientos de octubre de 1945 y el liderazgo creciente del coronel lo impulsaron a retirarse de la fuerza aérea con el grado de capitán. A partir de 1946 sus uniformes eran sólo una alegoría conservada en opacas fotografías. Con evidentes diferencias, sirvió al movimiento de septiembre de 1955. Cuando “el Líder” seguía en el exilio, sus leales demócratas aceptaron la sugerencia de votar a Arturo, el intransigente doctor. El capitán ingeniero fue convocado para conducir el ministerio de Economía y luego el de Trabajo. Un “golpe” anunciado determinó que el inquietante Guido asumiera el gobierno nacional y otra vez, el ingeniero juró como ministro de Economía. Era conocida su consigna: “Hay que pasar el invierno”… Indudablemente, todos sabían cuántas dificultades presentaba la estación de los fríos intensos para la mayoría de las personas, cuando las heladas destruían las promesas depositadas en los surcos y las intensas nevadas aniquilaban a los rebaños patagónicos. Para que los acreedores del Estado no se olvidaran de la celebración del día de la independencia nacional, se pusieron en circulación los históricos “bonos del empréstito nacional…”

Algunos docentes habían trabajado cuatro meses sin cobrar y esos originales “cupones” sirvieron para pagarles y en consecuencia, para ocuparlos en la busca de las mejores posibilidades de canje. Generosos comerciantes vendían cada día más estufas y cocinas para que la población pasara mejor aquel inclemente período invernal.

Los responsables educadores cumplían simultáneamente con su misión: recordar el “9 de Julio” y en otro sentido, aceptar con sumisión cualquier compensación económica al entregar los “bonos canjeables”, porque como disciplinados ciudadanos y en su mayoría nobles cristianos, tenían que ser coherentes con la sentencia: “Haz el bien sin mirar a quien”. No era por casualidad que se alternaban los gobiernos democráticos y las autocracias militares.

En 1966 el capitán, ingeniero y economista, asumió la responsabilidad de ser embajador especial y debía cumplir la misión de difundir en el exterior las características del pronunciamiento político que él también representaba. En el siguiente escalón le ordenaron instalarse en Washington y ser embajador argentino ante los Estados Unidos. Mientras tanto, publicaba ensayos sobre economía e integraba distintas instituciones internacionales que proclamaban las nuevas escuelas liberales. Seis años después, cuando se vislumbraba el retorno del “Líder” desde Madrid, lanzó su candidatura desde la “Nueva Fuerza” que en las urnas resultaron “nula fuerza” para enfrentar los millones de votos contrarios depositados en las urnas el once de marzo de mil novecientos setenta y tres, cuando triunfó “el Tío”, como decían algunos osados militantes de la sinuosa jotapé…

La mujer continuaba con sus apuntes y el Duende Amarillo miraba de reojo al Duende Gris, que levantaba sus cejas en un gesto ambiguo, apenas un indicio de curiosidad, asombro o incredulidad. Él pensaba en otros uniformes escondidos; en otras penínsulas. Recordaba la angustia provocada por algunas lecturas de la mujer tallada; la pesadumbre creciente cuando en Roma las Brigadas Rojas acosaban con sus atentados; cuando en 1978 comunicaron el asesinato de Aldo Moro, el presidente de la democracia cristiana. Distintos medios difundían algún plan terrorista promovido por Giovanni Senzani, el ex profesor de criminología que vivió en la clandestinidad tres años, desde 1979 hasta que fue detenido en enero de 1982, cuando el invierno acosaba con abundantes nevadas del hemisferio norte. En ese tiempo, en el norte italiano varios grupos armados promovían una guerra civil revolucionaria con el colosal propósito de derrotar a la guerra mundial imperialista.

El Duende Gris rememoraba otros hechos comentados en el extremo sur de América donde algunos argentinos, comprendían que se estaba desarrollando una guerra no declarada pero estratégicamente ejecutada: grupos civiles armados ejecutaban actos de terrorismo y sorpresivamente producían homicidios incalificables. Los medios de comunicación oficiales informaban sobre algunos de esos hechos y desde las sombras se concretaba la represión dispuesta en 1975, con el objetivo de aniquilar la subversión.

La vida seguía tallando y talando… La mujer contemplando la Cruz, imploró:

Fortaleza te pido, apoyada en la Fe.


7. Perder la paz

A nuestros nietos Graciela María Marta y Luciano Héctor Martín.

La mujer había leído sucesivos ensayos que le habían permitido aproximarse a la “historia de la civilización” durante inevitables desafíos al puntual insomnio que intentaba acosarla.

Desde los tiempos del Paraíso Terrenal, desde el Edén la condición humana demostró su fragilidad espiritual aunque el soplo original estableciera la semejanza con la imagen del Dios Creador. Allí, cerca de los primeros rebaños se produjo el primer asesinato, por ambiciones y por envidia. Caín había matado a su hermano Abel; juntos sufrieron sus padres Eva y Adán por ambas desgracias y tuvieron que enfrentar la primera experiencia de demostrar sus aptitudes para perdonar. Después se sucedieron otros hechos con distintos protagonistas. Hubo ejemplos de amor y de intolerancia; la tierra fue el escenario de incontables movimientos. Tanto se puede aludir a los terremotos que todavía siguen destruyendo asentamientos y poblaciones, como a los “movimientos” resultantes de las evoluciones en las ideas y en las transformaciones económicas y sociales, que suelen obligar a perder la paz y que han contribuido a la desaparición de varias civilizaciones.

Nuevos descubrimientos permitieron que fuera tocada la luna, la que no tenía pecado ni mancha, como dijo la mujer poeta el 21 de julio de 1y69. En la dirección de las ciencias y de la técnica, algunos gobiernos siguen intentando dejar señales de su poder ensayando sofisticadas armas y enviando expediciones a otros planetas. La energía nuclear que debiera servir a la paz, es una amenaza constante que también se concentra en determinados territorios, dominados por diferentes autoridades. Los hombres fueron creando sus organizaciones y los griegos empezaron a nombrarlas de acuerdo con las condiciones morales de los gobernantes. Siguiendo a Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”, -conjunto de temas que el filósofo desarrollaba con sus alumnos en el Liceo, sucesivos razonamientos facilitan la comprensión del cómo y el por qué de las virtudes y de los defectos; es posible lograr una aproximación a la verdad -a la simulación, a la mentira…-, a la prodigalidad y a la avaricia, a la justicia y a la injusticia. Al reconocer que “no hay un solo género de república, sino muchos”, expresa como regla que “cuánto más uno tenga de aquello que en tal república es preciado, tanto más es merecedor de las honras y cargos públicos. Y así, en la aristocracia, que quiere decir república donde los mejores en virtud y bondad rigen, la cual sola en realidad es república, ora se rija por uno solo, como el reino, ora por muchos, porque allí sola la virtud es tenida en precio, cuanto uno es mejor en vida y costumbres, tanto es habido por más digno de los cargos y honras públicas. Pero en las que no tan bien regidas, como son donde se tiene mucha cuenta con el censo y hacienda de cada uno, según que uno tiene y puede así es honrado. Lo cual es la total causa del mal de nuestra vida, porque si no al que el temor de Dios le refrena, todos los demás procuran, por ser más tenidos, acrecentar sus casas, por cualquier vía.”

Se podrá decir que son cosas del más allá… porque son conclusiones del filósofo griego que pasó a la inmortalidad en el año 322, antes del nacimiento de Jesús.

Quizás podrían surgir dudas y se generaría el primer eslabón de una polémica, al recordar que Aristóteles también destacó que “el objeto de la guerra es la paz”.

La mujer prefirió dejar en ese punto a los griegos y mirando hacia más acá, se detuvo en las señales que como un oportuno llamado de atención había proyectado Karl Popper desde Londres. “Desde los tiempos de Platón coexisten: la monarquía -el gobierno de un hombre bueno- y en su forma adulterada, la tiranía -el gobierno de un hombre malo-; aristocracia -el gobierno de algunos buenos- y su forma adulterada, la oligarquía -el gobierno de algunos que no son buenos-; democracia -el gobierno del pueblo, de los muchos, de la multitud. Aquí existe, según Platón, sólo una forma y ésta es mala, pues entre muchos siempre, hay muchos malos”.

Sabía la mujer que han transcurrido dos milenios desde aquellas originales experiencias de los atenienses y en la totalidad de los estados democráticos, no siempre ha estado asegurada la libertad, la soberanía y la justicia. En tales situaciones, lo más lamentable es comprobar que los pueblos tienen que tolerar los injustos abusos de poder de quienes dicen representarlos, sin ser tenido en cuenta si han llegado con el voto favorable de la mayoría de los votantes. En tales circunstancias, de inmediato comienza a manifestarse la minoría que argumenta poseer más valores y presiona para obtener algún beneficio, hasta el límite de servir a intereses foráneos si fuera necesario. En tales circunstancias, suelen ser estériles las críticas de quienes se sienten defraudados y censuran esas formas de autoritarismo, expresadas desde perspectivas diferentes porque apuntan a distintos fines y en consecuencia, también son diversos los medios.

Sabido es que nuestra América -hispanoamericana, ha sido un volcán donde sucesivos gobiernos denominados democráticos han sucumbido, algunas veces por gobernar con excesiva rigidez, cercenando las libertades, descuidando la soberanía y abandonando la justicia. Bien ha reconocido Popper, que el pueblo está integrado por “los militares, los funcionarios, los trabajadores y empleados (también los periodistas, los comentaristas de la radio y la televisión), los sacerdotes, los eruditos, los terroristas, los adolescentes” aunque no todos sean tenidos en cuenta por los gobernantes una vez que saciaron su ambición.   “Aferrados al poder, poco a poco se convierten en usurpadores porque en nombre de la democracia, sólo sirven a los sectores más influenciables, en definitiva a aquellos que cuantitativamente les aseguran la permanencia y la impunidad”.

La mujer llegó hasta ese punto y agobiada por la inutilidad de sus esfuerzos, prefirió hacer otra pausa…

Cuando el Duende Verde oyó que estaban hablando de “la permanencia” y de “la impunidad”, sin saber bien de qué se trataba, revisando el inventario del tesoro guardado en la alcoba de la mujer dijo: “-Nadie destruirá el escudo del casi legendario ‘pepé’ rebautizado ‘pejota’ -luego complicado por impulsos de algunos imberbes de la ‘jotapé’-, sorpresivo obsequio del habilitado inhabilitado; ni romperá la escultura de Eva, la primera, entregada con tanta emoción por Carmelo, el escultor y cantante lírico; ni fundirá la medalla al mérito por décadas de militancia, otorgada por la generosa ‘rama femenina’; ni tirará los recortes del archivo personal, ni convertirá en cenizas esa biblioteca que es un tesoro irreemplazable. Es imposible pensar por ahora en el riesgo de tales pérdidas o desvalorizaciones. Esos bienes seguirán teniendo cotización creciente porque constituyen un patrimonio histórico insoslayable.”

El Duende Azul desde su “patria plural”, repetía de memoria algunos versos del poema dedicado por la mujer al presidente de la nación en 1y89:

“…No nos divida el Credo ni el Partido.

Sea una la bandera de tres franjas:

color de cielo y manto inmaculado,

y en su voz: justa, libre y soberana.

No nos pretenda someter el dólar.

No nos tiente ser un Reino ni un Imperio.

Confiemos sí en Dios y en su Palabra.

No nos vean destruidos claudicar…”

En ese momento llegó el Duende Amarillo y recordó aquel tiempo de la autodenominada revolución. Inmediatamente, los tres huyeron hasta ocultarse entre los vigorosos helechos, un improvisado refugio para seguir dialogando. Allí encontraron al Duende Gris, temblando; él estaba obsesionado, repetía viejas historias: -Cuando sucede algo así como un golpe, que no es precisamente eso, o cuando anuncian una revolución, que tampoco lo es ni lo será porque ni genera transformación ni provoca una evolución; en cualquier lugar del planeta se escuchan ruidosas marchas militares y civiles o silencioso éxodo de derrotados o fúnebres desplazamientos de condenados.

El duendecillo recordaba cuando la mujer testigo se había animado a rechazar públicamente la resolución ministerial discriminatoria, que impedía cursar la carrera de profesorado a los bajos, tuertos, cojos o mancos, aunque poco importaran otras bajezas.

En aquella circunstancia, ella había reiterado la conclusión de la escritora Marta Mercader difundida desde la familia cristiana: “…el fraude y los delitos los cometen no solo los delincuentes comunes, sino también las autoridades… Se elige a dedo, no a los más capaces ni a los más morales, sino a quienes aseguren la impunidad como sistema. Esto es gravísimo.”

El Duende Verde que en aquel tiempo también había subido en el ascensor del “palacio de la calle Pizzurno”, comprendió de inmediato las causas de la aflicción del cobarde duendecillo. Todos recordaban las descripciones de la abuela al contarles cómo se había organizado el golpe de los gnomos que tuvieron el apoyo del brujo en la fantástica zona próxima a la mesopotamia y cómo junto al jardinero había recorrido el burocrático subsuelo atiborrado de ocres expedientes y de dañinos ácaros.

La mujer sentía misericordia por aquel católico ministro que no pudo -o no quiso, o no lo dejaron- anular aquella injusta resolución que seguía impidiendo a más de una “hija” avanzar en el camino de su vocación, tal como él lo manifestaba con evidente tristeza.

Mientras tanto, en la televisión que abundaba en el “País de los Distraídos”, más de una vez se había observado la lenta y penosa marcha de algún caminante a quien lo habían juzgado por ser un caprichoso zurdo.

Los duendes estaban minuto a minuto, más confundidos porque en ese territorio, había una evidente tendencia a considerar normal sólo a los ciudadanos diestros.

En aquel tiempo, habían escuchado que impotentes detenidos expresaban que algunos “uniformados” intentaban prohibirles pensar, soñar y opinar. Ellos habían percibido cómo atormentaban en la Escuela Superior de Magos Anónimos, disgregación de otra renombrada “ESMA”…

Algunos periodistas comentaban que mecanizados verdugos avanzaban imperturbables, marcando el paso después de haber ordenado marchar con idéntico ritmo a los desfallecientes peregrinos que los precedían. El ruido de las botas sobre el piso del macabro corredor, armonizaba con la monótona orden: uno; dos; derecho… derecho… derecho. En ese tiempo, por temor a una exoneración o a una fatal condena, ninguno nombraba la izquierda. Los del “centro” estaban marginados y paradójicamente, en aquellas circunstancias resultaba bastante arriesgado apoyarse en “el Derecho”, porque cualquier intento de defensa de la verdad y de la justicia también era censurable.

Habían transcurrido unos minutos, cuando el Duende Gris salió de la maraña protectora y distraído por naturaleza, escaló la poderosa “rama” que después de varios injertos se había convertido en un colosal vástago tabú.

El solitario Duende Verde le recomendó que abandonara ese lugar porque debido a las sucesivas mutaciones, allí era imposible apoyarse sin riesgos. No había sido por casualidad que los inquietos e inquietantes pájaros… ya habían abandonado sus nidos.

Desafiante, el Duende Gris exclamó: -¡Hummmmmmmm! ¡Que disparate!…

Reía a carcajadas, justo en el momento en que un gallo cantó tres veces.

La vida seguía tallando, talando.

La mujer, debilitada su energía por el deterioro provocado por la constante incertidumbre, sólo expresó:

Gracias por tu amparo, Generoso Señor.


8. Trasplantes

A nuestros nietos Ricardo Carlos Eduardo

y Patricia María Eugenia

El 6 de febrero de 1y87, la familia se había trasladado a “Los Amores”, en el barrio “Las Delicias” de Sauce Viejo. Las ramas desnudas contempladas durante el invierno, renovaban las promesas de frondas y de sombras. La estación del ferrocarril estaba siempre igual, poco poblada y sin movimiento de trenes. El vigoroso bosque de eucaliptos era el escenario elegido por los loros y las loritas para sus bulliciosas asambleas, compitiendo con el rumor de las perfumadas hojas mientras dialogaban con el viento.

Después de la rutinaria limpieza de lo necesario, la mujer retornó a sus escrituras:

“Anoche llegó el luciérnago. Noté cansancio en sus alas. Arriba el cielo plomizo anunciaba una tormenta. Primero se posó en el último brote del naranjo, que estallaba en verde festejando otra primavera. Acomodó sus patitas dos o tres veces. Estaba incómodo, tal vez debilitado por el vuelo. Eligió una nueva posada, acercándose a la rosa roja que al medio día había comenzado su deshojamiento. Tembloroso, extendió sus frágiles alas y las plegó rápidamente. La penumbra impedía reconocerlo en todo su perfil. En el jardín, las hojas estaban esperando a la madrugada para lucir sus collares de rocío. El atrevido viento, avanzaba veloz y las agitaba. Las aromáticas hierbas -la menta y el burro– resistían algunas pisadas. Más ráfagas proyectaban otro vibrante concierto. Inesperadamente el luciérnago levantó vuelo. Crecía la luminosidad de la luciérnaga emitiendo sus señales desde la madreselva, hasta que él se acercó a un fino tallo y después, se juntaron. Comprendí que buscaban protección bajo el follaje. Me propuse una vez más, ser lo que soy ¡madreselva! y demostrarlo. Ofrecí mi modesto territorio como refugio seguro ante la amenaza del vendaval. Volví a preguntarme el porqué de mi nombre: ¡madreselva!… No fue fácil hallar respuesta. Contemplé una vez más al jazmín trasplantado igual que yo, hace una década. El caminante distraído no alcanza a descubrir que sus invisibles raíces están vigorosamente unidas a las mías. Tampoco imagina los esfuerzos para mantener el equilibrio, que hace posible el mutuo crecimiento, ni lo que representa la propia identidad. Inmediatamente repetí mi nombre: ¡madreselva!… ¿Madre en medio de la selva? Dudé, no encontraba suficiente razón. ¿En medio de cuál selva? El discreto vecino, el perfumado jazmín, avaro de palabras, intentó ayudarme. ¡De cemento! -murmuró. Miré detenidamente todas las paredes que nos rodeaban, el piso con su prisioneros cantos rodados, hurtados al lecho de algún río serrano, en agotadoras jornadas de obreros escasamente remunerados. Mi entrenamiento en sucesivos encuentros con el viento, con inquietos alguaciles y abejas zumbonas, me facilitaba la interpretación de todas las claves, aún en los mensajes breves. Encontré coherencia, debía ser algo así como “una madre” en la “selva de cemento”.

Mientras tanto la luciérnaga ya estaba quieta y él, cumplida su misión, había levantado vuelo. En esa circunstancia, sentí aún más curiosidad porque no estaba en armonía con la conclusión hallada. El jazmín que por su naturaleza vegetal no podía hablar, entendía bastante sobre el trasplante, porque también estuvo creciendo en otro angosto cantero. Desde entonces, siento que hemos vivido y vibrado por motivos semejantes y que hasta pareciera existir una misteriosa comunicación, algo así como una telepatía.

Una vez más sentí la proximidad de las ramas rugosas del arbusto vecino, que por estar tan oprimido poco a poco se estaba secando.

El jazmín me sorprendió con una nueva señal: –¡…de recelos!, dijo.

Imaginé: madre, de la selva de recelos. Entendía menos y crecía mi duda. Estuve tentada por despertar a la sabia y humilde luciérnaga, a veces pobladora de mburucuyás y de vides, para que me ayudara a acertar en la comprensión de ese insólito mensaje.

Apareció una vaquita de San Antonio, una inquieta mariquita que inmediatamente puso fin a la cuestión. Como si estuviera revelando un secreto, comentó: -Los Duendes dicen que en la “Academia de las Palabras”, las sílabas van y vienen, las palabras se unen y se separan. Me parece que el jazmín, ocupado en contar pétalo por pétalo todas sus flores, hasta completar el inventario de su blanco tesoro en el plazo previsto, no quiso perder tiempo en mayores precisiones. Quizás supuso que los juegos de palabras de la mujer jardinera, que te acariciaban casi todas las mañanas, te habrían transferido la habilidad necesaria para traducir modernos criptogramas.

Otra vaquita que todos los fines de semana se acercaba a la ventana para escuchar los conciertos de los nuevos compactos, arriesgó su opinión: “-Yo creo que la segunda vez, no se refirió a vos madreselva, sino a la selva-madre. Por eso intentó llamar la atención sobre los recelos, que aparentemente pertenecen a una inexplorada constelación en un universo inconmensurable.”

La mujer siguió leyendo, cambió la puntuación, modificó la sintaxis. Dudaba. Se preguntó: ¿cuántos árboles hay que talar para disponer del papel necesario para imprimir cien mil hojas de papel?…

Sus Duendes compañeros, se miraban de reojo. El Duende Amarillo dijo: “-Si sigue analizando tanto, va a terminar proponiendo otra vez la creación de una original alfombra de flores pintada sobre alguna peatonal que no haya sido remodelada y así, no necesitará papel para su extenso mensaje.”

El Duende Verde acotó: “-Lo lamentable será si cuando lo haga, nadie alcanzara a interpretar con exactitud el mensaje, igual que sucedió en aquel tiempo, septiembre de 1y79, cuando eran más los desaparecidos que los identificados y ninguno comprendió el verdadero simbolismo de ese tapiz estampado al estilo de las manifestaciones de los jóvenes jujeños.”

Al atardecer, regresó la mujer con otras visiones.

Se ubicó cerca de la ventana, empezó a ingresar las pertinentes modificaciones en su computadora y escribió: “¡El que tenga oídos para oír , que oiga!” como está escrito en Lucas 8, 8.

A su lado resplandecía la escultura que hasta la última década, se había distinguido en el espacio donde estaba descansado su abuela materna.

Contempló una vez más la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y repitió su alabanza:

Honor a ti, nuestro Hacedor.


9. Despertar

A nuestra nieta Josefina.

En la nación comentaban que la mujer creadora de innumerables bocetos, la sonriente abuela sexageneria, había recorrido “bosques enamorados” o durante el verano había caminado descalza, convencida de que “la naturaleza es lo único que enseña a vivir” y que la aventura de jugar con los nietos es la mejor aproximación al arte de convivir.

En esas circunstancias, es posible conjeturar que “las personas actúan como si fueran eternas”, aunque sucesivas agonías denoten que son apenas sobrevivientes, “con una permanente idea de Dios”, que en realidad es el insustituible sostén espiritual.

En el litoral, en el húmedo territorio limitado por los ríos Salado y Paraná, sin proponérselo, la mujer tallada jornada tras jornada, retrocedió con sus pensamientos hasta el 29 de abril de 1y53 y sintió como en aquella mañana, la incertidumbre ante la inminencia del derrumbe. Entre los “buenos aires”, ese día su abuela Tioco había aceptado el desafío del Vuelo Final.

Transcurría el 29 de marzo de 1y94, martes de la Semana Santa y la mujer lectora, observaba la ruinosa arquitectura de la paralizada estación del ferrocarril Mitre; se conmovía con la descripción de diferentes crímenes y en el umbral del desaliento se renovaban sus esperanzas, convencida de que todo tiene su tiempo: el de nacer y de morir, el de renacer…

La mujer se durmió y siguió soñando o tal vez, soportando alguna pesadilla. Se despertó a la madrugada. Retenía misteriosas imágenes de una visión cercana a la trayectoria del tucumano Marcos Victoria, médico siquiatra y escritor también fue declarado “cesante” y tiempo después fue premiado. Evocó sus “miradas” y sus ficciones sobre operaciones geriátricas que no tenían relación con lo quirúrgico sino con lo especulativo y económico. Entretejió la urdimbre de los perfiles de la televisión y la trama del abandono social y detectó el rostro de una anciana que esperaba paciente el turno para el lavado y la inevitable sesión de peine fino. Una vez más hasta en los sueños, se verificaban las afinidades entre la infancia y la senectud.

Durante ese breve descanso, le pareció estar junto a la peluquera que apoyaba una toalla sobre sus hombros. Era su turno y pidió que le cortaran la canosa y larga cabellera, imaginando qué haría después con esa trenza, semejante a la que hacía tiempo había visto guardada en un perfumado ropero.

Había soñado pero aún despierta, comprendió que el rostro que observaba reflejado en el espejo, era la máscara que involuntariamente había estado grabando durante su azarosa existencia.

Indiferente a las arrugas y a las canas que completaban el perfil de la anciana, el Duende Azul volvió a comentar las impresiones que aún conserva como huellas invisibles de las personas y de los personajes involucrados en los cuadros que habían sido expuestos en el iluminado espacio de ingreso a las distintas secciones.

Se acurrucó cerca del Duende Gris y siguieron contando diferentes historias que bien podrían servir como argumento para alguna novela.

El duendecito burócrata se lamentó porque ellos no conocían a los nuevos duendes del banquito, aunque era la segunda vez que llegaban hasta esa esquina. Le propuso a su tolerante amigo que observara cómo estaba cambiando ese ámbito porque era evidente que ya se habían cumplido las primeras órdenes, las que apuntaron a producir cambios en la periferia, en lugares bien visibles. Dijo: -Los muebles fueron desempolvados, los vidrios estaban desempapelados; se habían terminado las protestas y ninguno se atrevería a proponer otro paro.

El Duende Azul iba recorriendo esos planos con su mirada y observó lentamente los rostros conocidos que todavía estaban tras los mismos cristales.

El Duende Gris insistió con el control de sus informaciones: “-Limpios están los gruesos tubos del aire acondicionado. Las artísticas ánforas de bronce, despojadas de la vegetación artificial lucen una sutil pátina sobre su simétrico contorno y sus armoniosos ornamentos.”

El duende azulado avanzó sobre los segundos planos, no percibía el eco de la voz del coreuta y tampoco estaba su compañero en “ahorros”, ahora apenas asomaba tras la computadora que estaba operando. No eran murmullos sino voces en tono grave, las que comunicaban saludos y algunas claves.

Se acercó al laberinto de las sogas y escuchó cuando la anciana preguntó: “-¿Te encontraré el próximo mes?” La respuesta fue la única posible cuando los traslados dependen de una firma, de un sello, de varios trámites, de una notificación, de una despedida… Prefirió acercarse al Duende Gris y comentarle: -Esto es demasiado para una mañana de invierno. Nos demoró otra manifestación como aquellas de la década del setenta, como la inolvidable de la siguiente, que hicieron acá mismo, cuando los tomates que podrían haber servido para una salsa terminaron en algún hombro o sobre alguna solapa… y los huevos tan necesarios para hacer una tortilla parecían proyectiles en dirección a las mejillas de los perfumados funcionarios.

Insistía el observador Duende Azul: -Algunas cosas cambian y vuelven a cambiar, para que en definitiva nada cambie. Este mes son más las niñas plañideras que esperan en la puerta principal, que les den alguna moneda para luego ser entregadas a adultos desocupados -o inútiles o haraganes-; al fin, para los indiferentes diferentes que poco saben de los legítimos “derechos y deberes del hombre”, menos aún de los derechos de los niños y sobreviven esperando más limosnas.

El Duende Amarillo se quedó pensando: “…¿para los indiferentes diferentes, dijo?… ¿Qué habrá querido decir?… ¡Otra vez el duendecito amigo sigue hablando de los derechos!… Y de los zurdos ¿quién hablará ahora?… y ¿dónde?…

En ese instante, el duendecillo azulado estaba oculto tras uno de los cuadros, imaginando en un lejano taller, la mano de la artista -que él también conocía-, sosteniendo la paleta cargada de amarillo, azul, blanco, carmín, siena, negro, bermellón, fiel al impulso de su vocación. En esa actitud lo sorprendió el Duende Verde que venía con su original computadora.

A partir de ese momento, se interrumpieron las conversaciones porque todos estaban absortos, tratando de interpretar otras novedosas claves…

Se sucedieron puntuales las estaciones.

La Palabra seguía siendo la Luz imprescindible para avanzar en el Camino: “¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo: cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer.” Mateo 6, 27-28

La vida seguía tallando y talando.

La mujer conmovida sólo atinó a expresar:

Imperfecta soy, sé mi Indulgente Salvador.


10. Adolescencia

A nuestra nieta Lucía.

La mujer recordaba sus diarios viajes hasta la oficina de correos ubicada en el colegio nacional de la calle Mendoza, cuando en 1y49 “el deber” había establecido las inevitables distancias. En aquel tiempo, crecía la prédica de “Eva, la primera”… en la conducción de un movimiento nacional que anunciaba la necesidad de distribuir equitativamente la riqueza. Había nacido el 7 de mayo de 1919 y poco importa en qué circunstancias. Es imposible determinar cuántos nacimientos hubo en lejanos establos o en improvisadas chozas aunque la humanidad evoca anualmente el Pesebre de Belén. Nadie pregunta por los apellidos de Ana ni de Joaquín, de María o de José.

El reconocimiento del ser dependerá de su semejanza con el Ser, sin importar tanto los registros creados por los hombres para organizar a la población y a sus propiedades, entregándoles documentos que los obligan a someterse a algún periódico control. El poder político inexorablemente sigue controlando a las personas desde los organismos que ha ido creando. Sin embargo, todavía hay niños que llegan a la escuela primaria sin documento de identidad, hay adolescentes que no están empadronados y cuando se convoca a un acto comicial las estadísticas confirman que hay cientos de miles de desertores.

En aquel tiempo, la mujer a veces parecía una adolescente por su frecuente impaciencia y sin dudar, se incorporó al grupo de mujeres dispuestas a ejercer sus derechos cívicos mediante una participación responsable. Superada aquella crisis de expectación, aprendió a saber esperar sin desesperar. Ese entrenamiento la ayudó a vencer las alternancias de democracia y de autoritarismo; la preparó para aceptar postergaciones durante décadas y la fortaleció para soportar las tempestades generadas por los intereses creados.

Al anunciarse la gesta de las Malvinas, era osado suponer que una determinación de tanta trascendencia no hubiera sido minuciosamente analizada y una vez más, pensó en la influencia de la diplomacia. Celebró el 2 de abril de 1982 la “recuperación”, rogaba día a día por los adolescentes que estaban en las trincheras; agotó los minutos de incertidumbre en los versos del poema “Soldados de mi Patria”, convencida de que somos “todos nacidos para la libertad”. En aquel tiempo las referencias a la Marina ampliaron el horizonte de algunas alternativas: en el Atlántico Sur fue hundido el crucero General Belgrano y era imprescindible estar alerta ante determinados cambios. La mujer una vez más, había enviado cartas a la presidencia y a distintos funcionarios, como un medio para ejercer sus derechos de expresión durante esos prolongados períodos de inactividad de los partidos políticos. Pronto recibió el sobre sin remitente, con la respuesta del general que durmió en la casa rosada su última noche como presidente de facto. Se vislumbraba la esperanza de retornar a la vida democrática.

Tres años después, en el litoral se anunció la promesa de nuevos frutos e inesperadamente, en 1y86 se produjo un trasplante hasta entonces inimaginable en su jardín familiar. Lentamente algunos sueños pudieron ser reconocidos como hechos: entre los más importantes el crecimiento de los hijos y de los nietos que seguirían siendo sus lazos, no sus ataduras. En esas circunstancias, era frecuente el repaso al inventario de los recuerdos que aproximaban a los cuentos y a los juegos de la niñez.

Emocionaba la evocación del racimo de frescas uvas desgranadas por la abuela Tioco, para ser compartidas. Ella también era una trasplantada desde su España amada, cuando a principios del siglo veinte maduraba su esperanza. En aquel tiempo, los barcos parecían enormes mecedoras y la necesidad de comunicación entre los emigrantes generaba diálogos acerca de algunas vivencias y de múltiples expectativas. Aunque se ha generalizado la aeronavegación, la condición humana se refleja en actitudes similares en diferentes aeropuertos porque el silencio sigue conmoviendo con su asombrosa elocuencia.

Al concluir ese párrafo, la mujer guardó sus documentos, buscó su cartera y las llaves; cerró todas las puertas. El puntual contador -no de cuentos, sí de cuentas-, la esperaba en el auto. Recomendó no bajar el vidrio y presionando el acelerador avanzó hacia el oeste. El semáforo de Urquiza se imponía con su luz amarilla y fue inevitable la pausa. El conductor giró a su tiempo hacia el sur, luego hacia el este, siguió por la calle Eva Perón hasta Rivadavia y luego por Junín hacia el oeste. En el centro cultural, las artísticas farolas tan protegidas en otro tiempo por un noble director -esencialmente un eximio pianista, eran el inconfundible hospedaje de las inofensivas arañas. Era la hora anunciada, las 20 y aparentemente comenzaría otra extraordinaria “gala de los libros”. Habilitaron la sala, las personas se ubicaron en distintos lugares y aunque la mujer había elegido la tercera fila, tuvo que acceder a la sugerencia de sentarse en la primera. Cerca suyo comentaban acerca de las conductas de los adolescentes, se aludía a “los que adolecen” aunque en realidad tales los grupos de personas son los que están en evidente “etapa de crecimiento”.

En ese espacio destinado hace tiempo a las proyecciones cinematográficas, mientras los “peruleros” seguían atendiendo sus juegos, misteriosos gnomos se ocultaban tras los cortinados de roja pana y renovaban sus sueños. El encargado detectó al Duende Gris, tecnócrata, matemático, pragmático, intentando controlar la iluminación y optó por dejarlo soñar despierto. A su lado estaba el Duende Verde, político irrefrenable que recordaba las promesas, proyectos y programas comentados durante la anterior campaña proselitista, cuando el entrerriano habló en descansada posición, apoyando los pulgares en la cintura del vaquero. Entre bambalinas se había ubicado el Duende Azul con la intención de observar a un simpático dirigente, tan democrático que prefería vivir semioculto en el ático.

En la sala, era evidente que los expertos estaban probando la iluminación. Mientras tanto llegó Gastón, el gigante de las letras y una vez más se acercó a la mujer y se sentó a su lado. Enseguida ella le preguntó por la amada Charito y por Mónica. Gastón habló poco y le transmitió su comprensión acariciándole la mano. A media luz comenzó el acto. Se había resuelto nombrar primero a los ausentes y la mujer que intentaba olvidarse de algunos personajes, intuyó que algunas señales la obligarían a reconstruir esas imágenes en su computadora personal. El irónico Duende Gris imitaba al locutor: “Hoy, el autista piloto número uno no está, porque se fue con el gobernador a Chapadmalal. Tampoco está el piloto número dos, porque tuvo que viajar”… más lejos, al exterior. “El tercero no está presente por un compromiso anterior”, aunque sí está en la cordial urbe del litoral. Todos habían saludado con “una nota”, siendo así coherentes con su reconocida educación. Es probable que tal descripción sea ininteligible, si no se dispone de las claves que vinculan esas referencias con la histórica carrera que se estaba desarrollando día a día en aquella húmeda ciudad…

En aquel tiempo, la mujer había celebrado algunos nacimientos y determinados crecimientos la hacían vibrar intensamente.

Debido a una crisis de emotividad, en esos momentos no sabía si reír o llorar. Se sentía como una obrera más en la colmena, atesorando indulgentes ironías, convencida de que -al decir de Víctor Hugo-, constituyen “el manantial de la libertad” al que también se aproximó don Camilo cuando admitió: “Yo supongo que es más fácil morir de cáncer que de risa y de necedad que de restalladora inteligencia”. En ese cálido centro cultural, ella intentaba fortalecer su atención para poder abarcar todas las proyecciones, de la original máquina de hacer llover que la maravillosa Alicia había estructurado en la Ciudad del Disparate, donde no conocían pilotos… ni botas… ni paraguas. Allí los mensajes se difundían en novísimas series de papiro azul y también se hablaba de puertas que no llevaban a ninguna parte. Sin proponérselo, la mujer recordó la puerta de roble instalada tres años antes en la antesala de un despacho evaporado; simulación resultante de otra fantasía de un ciudadano elegido, que luego fue otro desaparecido. También rememoró algunas protocolares ceremonias de juramento y por las conductas posteriores, ella dudaba que algunas personas hubieran leído la Biblia sobre la que prometían ser virtuosos, ya que en Mateo 25, 153 está escrita otra insoslayable advertencia: “Estén prevenidos porque no saben el día ni la hora.”

Desde distintas perspectivas se percibía la actividad de los duendes. El Duende Gris se secaba una lágrima mientras lamentaba haber chocado contra la puerta cerrada que nunca se sabría si pudiera haber comunicado con un oscuro entrepiso o con un húmedo subsuelo. Es posible que esas incógnitas se revelen cuando algún Duende iluminado logre cruzar otra vez el océano y comente las crónicas de los europeos acerca de esta paradojal comarca. Mientras tanto, el Duende Verde insistía en su propósito de alternar trabajo y desvelos, intentando interpretar a algunos personajes que merodeaban en la región litoral. Disponía de algunas referencias difundidas por el activo Marco Denevi, acerca de algunas apariencias características del intelectualoide, ese personaje que suele pasear “con un tremendo libro bajo el brazo” luciendo los anteojos (infaltables aunque no los necesite)”… cuya “expresión facial adusta, desdeñosa o sarcástica lo ayudan a diplomarse, cree él, de intelectual”. Señalaba el escritor-periodista, que “un intelectualoide es una máquina de repetición, un autómata mental, que saca copias de lo que leyó. Todo en él es obra del préstamo. Sus teorías son adhesiones ciegas, fanáticas e irrebatibles de la última bibliografía que consultó. El resto no sirve. Un dogma por vez, pero ese dogma no admite otros”. El duende Azul -el universalista- inmediatamente pensó en Martín, no precisamente en el juguetón Martín Pescador, tampoco en el ornitólogo de la peña, ni en el renombrado por los versos rimados; sino en el que leía sus ensayos ubicándose más allá del bullicioso palacio, donde la mayoría de las puertas ostentaban moños rojos como en la morada de algunas brujas.   Cuando nombraron a la mujer para obsequiarle las obras presentadas en ese momento, con una generosa dedicatoria, recién comprendió la razón por la cual le pidieron que se sentara en la primera fila. Ella era consciente de que hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar; un tiempo para dar y otro tiempo para recibir. Al recibir los libros, simplemente sonrió y agradeció. Terminado el acto, convencida de que hay momentos para elogiar y otros para alabar, la mujer se despidió y caminó por la arbolada calle Junín, lentamente hacia el oeste…

La vida seguía tallando y talando. Ella, una vez más rogó:

Jamás desespere, mi Justiciero Protector.

11. Aproximaciones

A nuestro nieto Federico.

Transcurría noviembre de 1y92; la mujer había recibido otra invitación.

Era ineludible la opción. Sabía que si resolvía concurrir por respeto al autor, no podía pensar sólo en un momento de recreación. Ella estaba convencida de las sucesivas postergaciones que anteceden al instante de la primera corrección de pruebas y las exigencias que el mercado impone a partir de la edición. Valoraba en consecuencia todos los esfuerzos y fiel a su vocación, nunca tuvo la intención de dedicarse a medir o a desmenuzar la literatura porque prefería sentir íntimamente sus mensajes. En algunos de los denominados actos culturales -que en realidad también lo son el acto de sembrar, cocinar, mendigar o donar-, la mujer era una lectora más aunque reconocía que segundo a segundo, era imprescindible interpretar las metáforas -lo dicho y lo insinuado-, tanto como en cualquiera otra vigilia cotidiana.

Ella pensó que su compañero de camino no iba a llegar en el tiempo previsto. Antes de salir de la casa-refugio, le había dejado una esquela sobre el escritorio para explicarle el motivo de su ausencia momentánea. Entre sus autoexigencias, la puntualidad ocupaba el primer lugar. Cuando descendió del taxi, vio a un memorable librero cruzando la calle. Asoció oficios y nombres; recordó la entusiasta declaración de ese andariego santafesino cuando refiriéndose a las satisfacciones de su quehacer, destacó ante un cronista: “Conocí a Stefan Zweig”.

En su computadora personal se ordenaron algunos signos. Apareció otra estampa del arcón: la imagen de aquellos responsables padres, inmigrantes que vivían en una casa-chorizo, como decían antes cuando todas las habitaciones, baño y cocina eran lindantes incluso con una amplia galería. Ellos, al atardecer, se sentaban cerca de la puerta de hierro y dialogaban pausadamente mientras cerca de la vereda de enfrente, el tranvía de la línea tres avanzaba por la calle 4 de Enero desde Catamarca hacia La Rioja.

El Duende Azul, cuando la mujer evocaba diversas circunstancias también intentaba hacer algunos ejercicios de memorización. En aquel momento, recordó otro comentario. Manuel Gálvez, también había conocido a Stefan Zweig. En 1y59 había dicho: “El gran novelista no es vanidoso. Tal vez crea en el mucho valor de su obra, pero no desprecia a nadie. Vanidosos son los poetas, algunos de los cuales llegan, en su vanidad, a lo morboso”.

El pícaro duende estuvo esperando la reacción de su tímida compañera. Ninguna emoción, ningún gesto. Intentó hallar alguna señal de asombro o de disgusto e insistió en el mensaje del destacado académico-abogado. Pronunció con énfasis cada sílaba: “Traté a Stefan Zweig: la modestia personificada” y la mujer, instintivamente cerró los ojos cuando un haz de luz conmovió sus pupilas y como reflejo involuntario, activó sus neuronas.

Durante varios minutos, la comunicación parecía interrumpida. Ella estaba rememorando lo leído acerca de la relación de Stefan con Romain Rolland y un destacado grupo de pacifistas. Gastón Gori solía nombrarlos y reiteraba algunas de sus conclusiones. El vienés nacido en 1881, se había dedicado a difundir el propósito de “defender la unidad espiritual de Europa” y en 1934, debió soportar que la policía entrara en su casa en busca de las armas que supuestamente ahí guardaba.

Perseguido por el nazismo, decidió emigrar y fue el momento de la separación de su esposa Friderike porque ella prefirió quedarse en su tierra natal. Fue entonces cuando su secretaria Lotte decidió acompañarlo y se casaron en 1939. Refugiados en Estados Unidos, vivieron en Nueva York hasta que organizaron otra mudanza y al año siguiente llegaron a Buenos Aires, República Argentina.

El Duende Verde, compañero de lecturas durante más de cuatro décadas, sabía que ella no contestaba pero estaba alerta. Trató de aproximarse desde otro ángulo y retornó junto el duende especializado en citas sobre la literatura de don Manuel, quien inmediatamente le dictó: “…En todo novelista, aunque no se dedique a la política, hay un sociólogo, un político, sea teórico u observador. No ocurre lo mismo con el poeta, que, generalmente, aristócrata espiritual, encantado de su torre de marfil, desdeña la acción y detesta al pueblo…”

El duende naturalista comprobó que la mujer seguía libremente el recorrido de sus pensamientos y revisaba otras opiniones. Siendo el planeta un extenso escenario, él estaba acostumbrado a presenciar distintos dramas; comprendía la misión de los títeres y razonaba en torno al teatro del absurdo.

Recordó que Eugenio Ionesco, había aludido al dramático pasatiempo “al que nos entregamos sin creer verdaderamente en él”. Opinó sobre el hombre y las vocaciones; planteó esta hipótesis: “La política no es sino un combate insensato por el poder, movilizando y monopolizando todas las energías del hombre moderno. En realidad, ya no hay ideología, ni filosofía, ni arte…”

Supo la mujer tiempo después, cuando se acercó a la hemeroteca del litoral, que el 8 de noviembre de 1940, que en Santa Fe de la Vera Cruz, cerca de la plaza España, colmada la sala del cine Colón, tras ser presentado por la señora Rosa Diner de Babini -esposa de José, el poeta e ingeniero, distinguido científico-, el vienés Stefan Zweig “refiriéndose a la situación por la que atraviesa Europa… dijo que había producido una amargura profunda, una tristeza punzante, que atribuía al hombre, sobre todo a los que consideran su cultura como una e indivisible. Que en los momentos actuales parecía ridículo y extemporáneo hablar de unidad espiritual en circunstancias en que ese sueño parece ser destrozado en esta forma brutal, como hasta ahora no se hubiera imaginado, pero tampoco la razón debe ceder el paso a la locura… debe permanecerse fiel a las convicciones… El mundo irá de catástrofe en catástrofe, mientras se niegue a admitir al idea de una unidad espiritual que es el sueño tan viejo como la humanidad… Sugirió así por encima de todos los idiomas, ‘la música, el arte que tiene el poder mágico de apagar las discordias y unir todos los corazones’. Pero, agregó enseguida, ‘cada nueva generación quiere llegar hasta la unidad espiritual por un camino nuevo’. Dijo que la generación que vino después (en la que él se sitúa) concebía ideas distintas de la forma de pensar de sus antepasados y que esperaban que la unidad se hiciera por vía de la ciencia y técnica. Expresó que bastaba pensar en todas las maravillas producidas por la ciencia y la técnica, y que fueron mal aprovechadas por el hombre, para encontrar un fondo de razón en esta manera de pensar. Pero que la guerra de 1914 y la actual, echaron por tierra los ídolos que se crearon. ‘Lo primero que nos enseñó la experiencia -agregó- es la necesidad de renunciar a la idea de que Europa debía orientar y conducir al mundo. Hemos sido curados de este error, y no soy yo el único que se despoja de este viejo engreimiento europeo’…”

No fue por casualidad, lo afirmado por Stefan Zweig: “El destino me ha condenado con una mirada insobornable, una mirada dura, pero un corazón frágil.”

En su autobiografía había reflejado su íntima desazón: “Me crié en Viena, metrópoli a veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desangrándose en dos guerras fratricidas.”

Después de breve residencia en la Argentina, Stefan Zweig y su esposa Lotte optaron por vivir en Brasil y eligieron “un lugar tranquilo”: Petrópolis, cerca de Río de Janeiro. Allí, decidieron el instante del Último Desprendimiento: el 22 de febrero de 1942 y en aquel tiempo, Getulio Vargas era el presidente de “ese Brasil inmenso y verde” luego admirado por el talentoso escritor santafesino Hugo Mataloni.

El duende ecologista en aquel momento, empezó a rememorar algunas casi legendarias crónicas difundidas tras la gran conspiración de políticos y militares que destituyeron al presidente Washington Luis Pereira de Souza, cuando asumió Getulio Vargas el gobierno no constitucional con evidente oposición que se acentuó en julio de 1932 en San Pablo. Decían que era un “dictador” y durante tres meses prácticamente vivieron soportando las consecuencias de una guerra civil en distintas latitudes.

Silencioso estaba el duende Azul y recordaba lo escrito acerca de aquel tiempo, por el amigo de Gloria, el perseverante Mariano Puente: “Finaliza en 1932 el gobierno de facto surgido del golpe militar protagonizado por el Tte. Gral. José Félix Uriburu. Asumen entonces sus cargos el presidente Gral. Agustín P. Justo y el gobernador de Santa Fe, Dr. Luciano F. Molinas. En esa época es inaugurado el monumento a Bernardino Rivadavia, que se ubica en la Plaza Miserere de Buenos Aires. /…/ Toda Latinoamérica se conmueve ante la iniciación de la guerra entre Bolivia y Paraguay. Este año nace Nidia, quien, junto con su inclinación hacia las letras, siente desde su adolescencia una fuerte vocación docente que la lleva a ejercer el sublime oficio de enseñar, lo que ejecuta en forma ininterrumpida desde 1957. Accede por concurso de títulos y antecedentes, a horas de cátedra”…

El duende Verde después de una breve pausa para captar con precisión casi todas las señales, siguió rememorando que Getulio Vargas en 1933 convocó a una reforma constitucional y al año siguiente fue electo presidente, asumió y siguió soportando las presiones de los opositores. No podía ser reelecto y tres meses antes de las elecciones de enero de 1938 generó una eficaz estrategia: en noviembre disolvió el Congreso; promulgó una nueva Constitución” e instauró el “Nuevo Estado” previsto para la etapa siguiente a la emergencia que en esas circunstancias se declaraba y que debía ser aprobado mediante un plebiscito. Entretanto, el presidente Vargas ejercería la facultad de legislar por decreto y disueltos los partidos políticos y los sindicatos, podría proyectar la economía brasileña como asunto de Estado; generaría cambios para lograr más eficacia en la administración, desarrollaría un vasto programa de obras públicas promoviendo así el desarrollo inmediato de la economía brasileña. El presidente Vargas logró avanzar en tales direcciones e impuso un permanente control sobre el periodismo. En enero 1942 impulsó una campaña de solidaridad con los países que soportaban agresiones de los Estados Unidos de Norte América y en septiembre de ese año terminó con la política de neutralidad y declaró la guerra a las potencias del Eje.

El 29 de octubre de 1945, doce días después de la jornada demostrativa de la lealtad al coronel Perón con una multitudinaria concentración en la Plaza de Mayo, el presidente brasileño Getulio Vargas fue destituido y lo reemplazó el presidente del Supremo Tribunal Federal Dr. José Linhares. En Bolivia gobernaba Gualberto Villarroel perteneciente al “Movimiento Nacionalista Revolucionario” y al año siguiente fue ahorcado. América estaba estremecida por los nefastos efectos de las intensas pasiones. Getulio Vargas fue Senador en el lapso 1946-1951 y candidato a la presidencia, logró el triunfo apoyado por los comunistas que estaban fuera de la ley.

En tales circunstancias, “por el camino de la Patria Grande” empezaron a revelarse más señales, imprescindibles para elaborar sucesivas claves. El presidente de la Argentina general Perón, apoyó la campaña de Vargas enviando los recursos necesarios, incluso alimentos para la campaña. Obtenido el triunfo con el voto positivo de los comunistas que estaban fuera de la ley, reasumió la presidencia. Luego Perón logró acordar con él y con el General Carlos Ibañez del Campo, la firma del pacto reconocido como “el ABC” tendiente a ratificar los propósitos de ser países independientes dispuestos a avanzar hacia la integración latinoamericana. La oposición seguía atacando y el periodista. Carlos Lacerda insistía en que “Getulio había instaurado un régimen de corrupción y terror. Entre los militares se produjeron iniciativas pidiendo su renuncia”.

El 24 de agosto de 1954, el presidente Vargas estaba en el Palacio del Catete en Río de Janeiro y decidió apretar el gatillo. Un certero tiro provocó una mortal herida en su pecho y minutos después unos celebraban la “muerte del tirano” y otros lloraban por la ausencia definitiva del “padre de los pobres”. En su testamento político, el presidente Getulio Vargas había escrito: “Una vez más las fuerzas organizadas de los intereses contrarios al pueblo, se desencadenan contra mí. No me acusan, me insulta; no me combaten, me calumnias y no me dan derecho a defenderme. Necesitan ahogar mi voz, para que yo siga defendiendo, como siempre lo he hecho, al pueblo y principalmente a los humildes. Sigo el destino que me fue impuesto.   Después de muchos años de dominio y expolición de grupos económicos y financieros internacionales me puse al frente de una revolución y vencí. Inicié el trabajo de liberación y establecí el régimen de libertad social. Tuve que renunciar. Volví al gobierno por la voluntad del pueblo. La campaña subterránea de los grupos internacionales se unió con grupos nacionales, rebelándose contra el régimen de garantía de trabajo. /…/ He luchado mes a mes, día a día, hora a hora, resistiendo a una presión constante, incesante, soportando todo en silencio, olvidando todo, renunciando a ser yo mismo, para defender al pueblo que hora queda desamparado. Nada más les puedo dar a no ser mi sangre. Si las aves de rapiña quieren la sangre de alguien, si quieren explotar al pueblo brasileño, ofrezco mi vida en holocausto. Escojo este medio para estar siempre con vosotros. Cuando el hambre golpee en vuestra puerta, sentiréis en vuestro pecho la energía suficiente para la lucha, por vosotros y por vuestros hijos. Cuando os vilipendien, tendréis en mi pensamiento la fuerza para reaccionar. Mi sacrificio os mantendrá unidos y mi nombre será vuestra bandera de lucha. Cada gota de mi sangre será como una llama inmortal en vuestra conciencia y mantendrá la vibración sagrada necesaria para la resistencia. Al odio respondo con el perdón, y a los que piensan que me derrotan respondo con mi victoria. Fui esclavo del pueblo y hoy me libero para la vida eterna. Pero este pueblo de quien fui esclavo, ya no será esclavo de nadie más. Mi sacrificio quedará por siempre en su alma y mi sangre será el precio de su rescate. Luché contra la expoliación del pueblo. He luchado de frente.

Ni el odio, ni las infamias, ni las calumnias abatieron mi ánimo. Yo os di mi vida. Ahora os ofrezco mi muerte. Nada temo. Serenamente, doy el primer paso por el camino de la eternidad, y salgo de la vida para entrar en la Historia.”

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Los duendes parecían estar desorientados ante el incesante drama de la humanidad En octubre de 1y92, durante otro acercamiento a los “puentes de la memoria” se aceleraron los latidos cuando la mujer releyó: “…Hugo Mandón, escritor, poeta, amigo entrañable… Murió de cáncer en la cabeza. Fue estoico. Le fingió a los otros el ignorar que se moría… Cuando tuvo la hemorragia que lo llevó a la muerte… era una noche lluviosa del mes de febrero del 81. Su mujer y sus hijos gritaron, corrieron, corrieron, lloraron. Él sólo alcanzó a decir ‘conserven la calma… conserven la calma’. Murió así, con esas palabras… Tengo casi la totalidad de sus originales. En una lenta tarea los iré pasando y seleccionando para ver si alguien puede hacer algo por su publicación”…

Hugo Mandón inició su Último Vuelo el 11 de febrero de 1981 y durante ese mes, escribió el tercer poema titulado Pájaro y algunas casi confidencias acerca “Del escribir”.

“Si me preguntáis por qué escribo, debo decir que lo hago en procura de que despierten campanas desconocidas y en silencio que creo habitan en destinatarios eventuales; en procura de que tales campanas suenen y en su repique quieran unirse a mis campanas echadas a volar cuando escribo.

Y entre tales eventuales destinatarios incluyo, naturalmente, a la gente que amo y que está más cerca de mí. Y lo hago, precisamente, porque mucho de lo que amo de ella me es desconocido, día a día presentido pero acompañado por la seguridad de que jamás será de mi conocimiento y dominio. Y es a esa porción amada y desconocida de mi semejante adonde recurre mi poesía y también, ¿por qué no decirlo?, muchos de mis actos y mis palabras habituales.

Además, esta intencionalidad, me evita el riesgo de componer oraciones amenas, una de las enfermedades infecciosas más graves de la Poesía.

Febrero 81”

Hugo Mandón había logrado publicar “De la isla triste”, “Vengo de andar caminos”, “La gente y su sombra”.   El viernes 7 de mayo de 1993, en el Centro Cultural Provincial, Junín 2457, Silvia Braun de Borgato, organizadora de la Agrupación de Escritores Independientes Santafesinos -“con el único objetivo de lograr la publicación de autores inéditos santafesinos”- logró concretar ese propósito y Gastón Gori presentó siete libros de la “Colección Papiro Azul”, el último “Sutil y de Aguas Dulces” por Hugo Mandón, con “la totalidad de los poemas tal como él los dejó en una carpeta”. Aquella noche, Jorge Céspedes dirigió el Coro Universitario Independiente… Silvia escribió en el prólogo: “…Vivió durante mucho tiempo y hasta su muerte en la esquina de calle Ituzaingo y Alberdi, en una casa pintada de verde. En la puerta de entrada puede verse una H de bronce que anuncia su nombre”…

Minutos después, la mujer sintió el impulso de buscar el libro de cuentos “De la isla triste”, impreso el 30 de agosto de 1968 en la Editorial Biblioteca más conocida como la Vigil de Rosario, también desaparecida en la década siguiente.

Recordaba la alegría que sintió al encontrarlo en “Canje 25”, en la calle 25 de Mayo 2876 y su emoción al leer la dedicatoria manuscrita: “para que sea homenaje a la memoria / de algún asado, alguna vez comido / debajo de un ubajay / Largo era el soplo del viento / tibia la flor silvestre / El agua estaba revuelta. / No era momento para hablar en broma./ Con particular / estima / Hugo Mandón / 74”.   La mujer regalaba todas las ediciones de sus libros y generalmente guardaba sólo uno en su biblioteca y en ese momento, recordó cuando en aquel lugar de venta y canje de libros y revistas, sintió alegría al encontrar un volumen de su libro de narraciones “La mujer tallada”, que había dedicado a Martín Desiderio, el poeta de familiares reminiscencias… Sonrió y miró la anteportada y la portada de ese libro de Hugo que evidentemente tenía como destino final la biblioteca de la “Cofradía de los Duendes”.

Observó la dedicatoria impresa en la séptima página: “A mi compañera Nydia Ferrari / A mis hijos Laura Susana y Héctor Manuel”.   Leyó varios títulos y se detuvo en “Solo y con fiebre”. En el epígrafe, Hugo reiteró lo expresado por Antoine de Saint Exupèry (única cita en esa obra):

“El hombre se descubre cuando se mide con el obstáculo”.

En ese relato referido al viejo Marsó, enfermo y con fiebre, el talentoso poeta y cuentista nacido en Larrechea en 1929, sintió el impulso de escribir:

“(Es que la muerte será tan fiera como la pintan? ¿Tan arrugada, tan desnuda, tan acabada, tan desgraciada la pobre?)”

Hugo con el título “El duende amarillo” redactó el penúltimo cuento y se animó a afirmar: “…existe y aparece a la peor hora de la siesta”…

“Siguió diciendo:

-Y así, desde que me conozco. Es en verano y a la peor hora de la siesta. Parece ser que el duende amarillo anuncia la muerte. Quien lo ve tiene que ahogarse y ahogarse enseguidita nomás.

-No será casualidad, eso de los que se ahogan a la hora de la siesta y lo del duende amarillo? -insinuó tímidamente uno, que estaba en el rincón, debajo de un almanaque, entre dormido y aburrido.

-¿Qué? ¿Es acaso casualidad que Dios haya nacido de una mujer y una paloma? –dijo el viejo, sentencioso.

-¿De una mujer y una paloma? -preguntó otro.

-Pues claro… ¿O es que nunca has visto en fotografías a la Virgen y al Espíritu Santo? -preguntó el viejo, ya incómodo.

-Pero, ¿qué tienen que ver Dios con el duende amarillo, la Virgen y una paloma?

-Ustedes no entienden. Yo pienso que las cosas no son como se las ve. Pienso que hay misterios y grandes. ¡Eso quise decir y se acabó de embromar! Y así como existe la paloma del Espíritu Santo existe el duende amarillo. Además, no lo digo yo solo. Pregunten por ahí, a cualquier tipo con canas y les va a decir lo mismo”.

Se impuso otra pausa porque en la memoria de la mujer talada pulsaban múltiples señales y claves relacionadas con vivencias compartidas.

Después, ella buscó el álbum de la presentación de “Poemas para Tioco”, versos escritos en tarjetas para familiares y amigos, en hojas de ejercitación de sus alumnos, recopilados con el propósito de componer así su primer libro editado y que espontáneamente fue elogiado por el talentoso Gastón Gori en el acto realizado en la “Sala Leopoldo Marechal” del teatro municipal.

La mujer releyó el mensaje manuscrito aquel 24 de octubre de 1980 sobre una blanca tarjeta: “Tus poemas son el resumen de una sostenida ternura. Bien señalas que la vida está hecha de pausas, casi diría yo, la vida es una larga pausa preparatoria para morir y dejar algo: un recuerdo, una palabra, un gesto dado una vez al aire de la tarde y luego inolvidable. / Deseo que sientas a todo tu libro como la más bella de tus pausas, seguramente aquella de la cual no podrá haber olvido. / Deseo además, que tu connubio con las palabras no cese; más todavía, que se acreciente amorosamente, con la confianza que queremos inspirarte quienes te queremos. Hugo Mandón.”

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La mujer percibía que misteriosamente un gajo de bignonia rozaba su mejilla mientras recordaba aquel atardecer en la primavera del ’80, cuando Gastón Gori llegó a la Sala “Marechal” del teatro municipal luciendo un traje azul y una corbata roja que era casi un distintivo. Cerca, sonriente y silenciosa, estaba Charito, su esposa. Pocos sabían que ese poemario dedicado a Teodora Ramos de Álvarez, su abuela materna, era el único libro presentado en ese ámbito durante aquel azaroso “Proceso” que tras continuos acosos finalmente determinó la cesantía de Hugo…

Al mes siguiente, cuando la mujer llegó a una de las salas del centro de investigaciones del litoral, María Guadalupe -generosa amiga del alma-, volvía a regalar con sutileza, distintas expresiones de su talento. Mientras se sucedían los discursos, los fotógrafos intentaban retener las mejores imágenes. Los expectantes “lectores” observaban los tradicionales ritos, conscientes de ser los únicos responsables de sus futuras conclusiones. Después, allí se reveló otro drama interpretado por María Rosa Pfeiffer mientras Mariano Acosta con su saxo proponía un goce estético diferente.

En la primera fila, estaban ubicados los principales protagonistas: Silvia y Greg. Hacia la derecha, un asiento desocupado; en el siguiente estaba la mujer tallada tantas veces talada y a su lado otra amiga del alma: Cachito Bello. Eran los puentes invisibles que simbolizaban el valor de la amistad.

Terminados aquellos “actos” y los pertinentes saludos, la mujer caminó lentamente hacia el bulevar Gálvez y recordaba otro inquietante diálogo que Silvia había elaborado para describir el momento en que la madre había ido al encuentro de su hija que era alumna de una escuela “oficial”. Al ver que ella traía “un muñeco de paja con flequillo y guardapolvo”, se generó la primera pregunta: “¿Qué es esto, nena?” La inmediata respuesta: “Rosendo, mamá”, provocó más dudas: “¿Y quién es Rosendo?” -“El muñeco que nos da la seño” -“¿A quién?” -“A los que se portan bien todo el día”. “Ajá, y qué hiciste hoy para traer a Rosendo?”… “Nada, mamá. Me dolía la cabeza así que no me moví, ni me levanté del banco… no hice nada”. -“¡Hija! ¡No exististe!”…

Para esa madre, Rosendo era el “emblema indefinible del buen comportamiento, por supuesto, si por ser muñeco no habla, ni piensa ni se mueve”. Luego madre e hija estuvieron dialogando cuando era el tiempo de partir hacia la escuela y la pequeña fue contundente: “No, mami, hay paro”… Después preguntó: “Mamá ¿qué es un paro?”. Respuesta: “…Mmmmmm, huelga” y otro interrogante -“¿Qué es una huelga?” Dijo la mamá: “Es no trabajar, no ir a la escuela, en este caso les toca a las dueñas del saber, a las del método global o la generadora, es el ‘mec” contra “amsafé’…” Otra duda: “¿Qué es eso mamá?” y más explicaciones: “Siglas, hija mía, nada más”. -“Pero yo las escucho en la escuela”. -“Bueno, mi querida, en la escuela y más si es oficial y en esta ciudad escucharás muchas cosas”…

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Girando, girando, la vida segundo a segundo, seguía tallando, talando.

El silencioso ruego de la mujer, reflejó una vez más sus sentimientos y su Fe:

Kyrie eléison. Karol, ten piedad de nosotros.


12. Inventario

A nuestros nietos Francisco y Lucio.

La mujer rememoró algunas vivencias durante su tiempo de aprendizaje escolar: primero fueron en el aula de las Hermanas Esclavas del Señor, al lado de la puerta de ingreso a la iglesia. Con su maestra Elia Anello Risso aprendió a escribir y a leer sílaba tras sílaba lo escrito en el libro “Pininos”; aprendió a sumar, a restar y a bailar; repitió invocaciones en latín. Supo en aquellas circunstancias que era necesario saber pedir perdón y valorar la medicina espiritual que es la Cristiana Comunión. Después, en el colegio del Calvario descubrió los sonidos de otro lenguajes; le enseñaron a cantar en francés otro himno para celebrar el día de gloria que había llegado…

Poco a poco se fue ubicando en distintas geografías y en diferentes sucesos históricos. Acerca del rumbo de la humanidad, sólo le habían explicado que todo fue creado por Dios, y que en el Edén, hecho a su imagen y semejanza vivió Adán, solo hasta que fue creada también Eva para que desde ese momento siendo varón y varona, juntos convivieran respetando el orden establecido por el Creador. Cuando ellos desobedecieron, fueron desalojados del Paraíso. Si estuvieron felices con los nacimientos de Caín y de Abel, luego debieron soportar la tragedia del asesinato de Abel cuando su hermano se dejó vencer por el vehemente impulso de la envidia y de la ira. En “el Calvario” siguió aprendiendo otra casi paradojal historia de solidaridad y de traiciones en sucesivas lecciones de la historia sagrada. Estaba escrito que Jesucristo había sido perseguido por los judíos -siendo él judío-; que Judas, uno de sus doce apóstoles lo había traicionado a pesar de creerse un compañero leal y que en el momento de la agonía, lo acompañaron su madre y la adúltera María Magdalena. Después los aprendizajes siguieron otros rumbos y se multiplicaron las experiencias. Aparecieron algunas contradicciones y hubo dudas. Venció la Fe. Nuevos capítulos ampliaron el horizonte de algunos conocimientos: primero había sido el caos, Dios separó la tierra de las aguas…

Durante su adolescencia, los sueños la impulsaban a generar algunos proyectos y era necesario saber cómo y cuándo concretarlos. Ante renovados desafíos, era imprescindible resolverlos: un año parecía un período demasiado breve y detectaba algunos riesgos. Ante la posibilidad de animarse a perseverar durante un lustro, crecía la exigencia de evaluar los compromisos y la potencia de la templanza. Se desplomaron algunos andamios y la impericia obligó a mejorar los cimientos. La Vía Láctea seguía siendo otro misterio y la inconmensurable Cruz del Sur continuaba su universal trayectoria. Los científicos consolidaban su labor silenciosa y todavía no se había difundido la teoría del “Bing Bang”, onomatopeya que no tiene vinculación con transgresores ni delincuentes. Los hombres, curiosos y hábiles ordenadores de letras y de sílabas, a medida que descubrían determinados fenómenos necesitaron nombrarlos y así identificaron al fenómeno que se habría producido quizás hace aproximadamente quince millones de años, cuando se produjo una explosión cósmica y un magma primordial constituido por quarts y protones, generó miles de millones de estrellas en sus correspondientes galaxias. En una de ellas sigue girando la Tierra y sus pobladores -en cualquiera latitud, hasta ahora han tenido que reconocer que, aunque pertenezcan a los escogidos por su vitalidad, como máximo quizás podrán abarcar un siglo en la travesía hacia la inmortalidad y que lograrán trascender según hayan sido sus obras.

Quienes conocieron a la mujer tallada, saben que hubo hechos fundamentales para su vida aunque insignificantes para la humanidad. Ella grabó en 1y53 el fin de una etapa de su existencia. Desde el tiempo de Aristóteles se ha reconocido racionalmente la idea de Dios y desde distintas teorías filosóficas se ha coincidido en el orden, la armonía, el equilibrio, la exactitud que se comprueba en la Naturaleza.

La mujer talada estaba revisando más apuntes cuando percibió la proximidad de sus duendes compañeros… El Duende periodista había notado que la mujer insistía sobre el drama del “Paraíso” pero como la conocía, comprendía tal necesidad de destacar el valor de la fraternidad y no hizo comentarios. El Duende Verde -ecologista-, empezó a revisar en su memoria temporaria algunas señales y advirtió en una de las enfocadas: “La ciencia descubre a Dios”. En una precisa síntesis, se reconocía otro hito en la historia de la humanidad. En 1953 Francis Crick y James Watson habían logrado determinar “la estructura del ácido desoxirribonucleico (ADN), la “sustancia depositaria no solo del patrimonio genético humano, sino el de toda la materia viva existente”. A partir de ese momento, “habían logrado determinar la existencia de un orden subyacente en la naturaleza, que determina y condiciona las múltiples formas de expresión con que puede manifestarse la vida”. Como un aporte para disipar dudas -o para incrementarlas…-, el duendecillo seguía releyendo algunas conclusiones a partir de ese extraordinario hallazgo: “El maravilloso descubrimiento, constituye… una de las pruebas más valiosas que poseemos para poder postularnos la idea de la existencia de Dios, ya que la constatación de dicho orden no es sino una forma de expresión de su existencia como principio rector del universo y de la vida.” El Duende Azul intervino con cautela y recordó otro comentario: el científico francés Luis Pasteur, el descubridor de la vacuna contra la rabia, “un hombre de profundas convicciones religiosas” había manifestado que esa “exteriorización de un principio rector del universo… identificaba con el Dios que había llegado a conocer a través de su fe”.

El Duende Gris sacándose el aludo sombrero pidió permiso para hablar de Albert Einstein, el pacífico revolucionario del siglo veinte. Con sus investigaciones y revelaciones, sin proponérselo había establecido el primer escalón en el proceso de generación de la bomba atómica, que algunos demócratas utilizaron el 6 de agosto de 1945 para consumar un holocausto en Hiroshima y que días después, consolidados por tal avance se animaron a originar otra hecatombe en Nagasaki. El inquieto duendecillo intentaba ser reconocido por su memoria y manifestaba que ese investigador trasplantado, “sin ser un creyente confesional, había expresado: ‘No puedo concebir un verdadero científico que no tenga una fe profunda; la ciencia sin la religión es coja; la religión sin la ciencia es ciega’…”

En esas circunstancias, la mujer se sorprendió por la rapidez con que el duendecito tecnocrático estaba intentando adaptarse a las innovaciones de su grupo. Por una inexplicable intuición, imaginó los meandros que representaban el itinerario de algunos iluminados personajes, que se consideran notables estudiantes a perpetuidad aunque apenas fueran ocasionales expertos en el uso de palancas. Prefirió aproximarse a otros elementos más significativos. En lo alto, la posición de la Luna indicaba que había llegado la hora de descansar y antes, leyendo otro párrafo, halló una de las confesiones del filósofo Emmanuel Kant ante el deslumbramiento producido por la Naturaleza: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto siempre nuevos y crecientes: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí.”

Mientras tanto, la vida seguía tallando, talando.

Había llegado la hora de descansar, después de implorar…

Levanta nuestro Espíritu, llénanos de Luz.


13. Compromisos

A un AS de la tecnocracia.

La historia de la civilización reitera que los hombres intentaron imitar al Creador; comenzaron a idear signos, señales, aparatos hasta que se pusieron de acuerdo para controlar el tiempo con relojes y calendarios. Leales a esa tradición, distintas comunidades, con diferencias que no superan las doce horas diarias, establecen una cronología que permite cotejar diferentes momentos.

En consecuencia, en el litoral es posible afirmar que transcurría el once de junio de 1y93 cuando sobre el umbral de la siesta, el medio día dibujaba sombras sobre las veredas. Un persistente viento sureño, jugaba con las débiles ramas de los árboles, agitando racimos de semillas que se resistían al inevitable desprendimiento. No querían ser confundidas con la ocre hojarasca, que sin opciones estaba condenada a sufrir la constante agresión del monótono andar de los indiferentes caminantes, incapaces de reconocer en ellas el germen de un frondoso bosque. La ciudad almacenaba todas las rutinas: en las escuelas, en las fábricas, en las bibliotecas, en las oficinas, en los hospitales… se cumplían los servicios en sucesivos turnos con breves períodos de descanso.

Esa mañana, hasta la cinta impresora descartable de la máquina de escribir electrónica, adhirió a la anunciada despedida otoñal y la mujer mecanografista tuvo que hacer una pausa para renovarla. Siempre alerta, preparado su oído para captar los sonidos a pesar de cualquier interferencia, detectó los lentos pasos del peregrino que terminaba de bajar la escalera. El blanco granito que tantas veces fue frotado por Mónica para que brillara, soportaba el áspero arrastre del calzado del inesperado visitante.

Como en bandada se acercaron los duendes y el solidario Duende Azul entregó a la mujer las claves de las imprescindibles intuiciones que le permitieron oír la inconfundible voz del desorientado lector e identificarlo inmediatamente, aunque habían transcurrido tres lustros desde su fértil trasplante. El duendecillo Gris comenzó con sus evocaciones y apuntó a la vista que habían compartido el 19 de enero de 1y82 en el País del Disparate, como consecuencia del daño producido en la insólita embestida del 11 de mayo de 1y73, en la Ciudad de los Contrastes.

El prudente Duende Verde ante esa improvisada sesión de revisionismo histórico, prefirió quedarse agazapado a la sombra de los anales de legislación argentina y elaborar alguna estrategia que lo liberara de tan incómoda situación.

Junio volvió a ser propicio para contemplar el rosal y percibir el perfume de las flores justificando la inevitable presencia de las punzantes espinas. Ella sabía que en cualquier espacio la persona humana debe cumplir su misión. Se acercó, saludó al arrogante visitante y recorrieron las iluminadas oficinas. Ella estaba convencida de que él había mudado su estatus porque publicaba notas en el litoral, revelando que concluida su actuación como supervisor de tecnocracias pretendía ser tenido en cuenta como casi un inspector de decisiones democráticas. Algunos gestos y pocas palabras fueron suficientes para comprobar que como si hubiera olvidado sus anteriores actitudes, crecía en él una marcada tendencia a pretender demostrar que era un obstinado censor de la poliburocracia y evidentemente, no aceptaba ser sólo uno más entre millones de ensimismados jubilados.

La mujer se impuso una pausa en el lugar donde San Martín reiteraba su vigencia desde los libros que relataban su trayectoria, desde un retrato orlado de laureles o desde la bella escultura de bronce, una réplica del monumento ecuestre donada con motivo del centenario de su nacimiento. Ella recordaba las “máximas” del ilustre general, mientras “el hombrecito pequeñito” -al decir de la romántica Alfonsina Storni-, hablaba, hablaba, hablaba, imaginaba ser un excelente asesor tras lograr la ansiada audiencia con “el profeta” y en su apasionamiento hasta el deslinde del absurdo, se animó a ofrecerle un ilusorio cargo de secretaria…

Los hechos posteriores demostraron que al no lograr el ansiado nombramiento ni el retorno al uso del “sillón” y al abuso del “sello”, tuvo que seguir en el único rumbo posible convirtiéndose en un educador a distancia desde el cuarto poder. Tales hechos, el hombrecito los interpretaba como un virtual avance hacia el otro “Poder” que él añoraba. Se expresaba con altivez como si estuviera ubicado en la cima, aunque en realidad hábiles lectores que conocían determinados vericuetos de su trayectoria, lo situaban en la sima.

No habían sido por casualidad algunas murmuraciones en transitados pasillos tras la lectura de sus primeras “notas”, síntesis de vulnerables conjeturas acerca de posibles cambios en determinadas áreas de la educación formal. Tampoco fue casual que el entusiasta técnico durante aquel breve diálogo haya reconocido que prefirió renunciar antes de que le comunicaran un cese por jubilación, trámite que él había impulsado y avalado durante décadas para despejar el camino y ascender o trasladar a quienes más convenían para satisfacer sus expectativas e intereses. Lo asombroso fue escuchar que desde entonces prefería ser “un filósofo”. Seguía hablando “el hombrecito” y las apariencias señalaban otra dirección y la ausencia de autocrítica. El encadenamiento de algunas fabulaciones desmoronaba la arquitectura verbal sobre la que se pretendía desarrollar un sorprendente proyecto pedagógico.

Mientras tanto los duendes descansaron, en la última sala donde reposan las historias de la Historia y los anales de la legislación argentina. Se sentían tibios cerca del calefactor y como hábiles comediantes, expertos en la interpretación del drama del diario convivir, esperaron que algún nuevo movimiento señalara el momento de la liberación. Minutos después se trasladaron hasta los anaqueles donde se destacaban notables amantes de la Filosofía…

El visitante ampliaba su discurso y en algún momento, parecía que se consideraba como un rey que hubiera abdicado. Lo concreto había sido que, siendo consciente de su limitada estabilidad, había preferido alejarse de la inspección regional de Avellaneda, aunque en lo íntimo seguía intentando “ser” un audaz jefe con crecientes pretensiones de amo y señor.

La mujer intentaba interpretar aquellas argumentaciones en su vasta dimensión y prefirió eludir elementales confusiones. En algunos momentos le pareció estar padeciendo una alucinación y como prueba irrefutable de su asombrosa paciencia, dejó que “el hombre pequeñito” siguiera con sus fantasías, convencida de que ella como persona humana que era, también acumulaba incontables defectos y carencias.

Puntual llegó el amante contador y la salvó una vez más de tan deprimente encrucijada. El tecnócrata y la mujer ascendieron por la ancha escalera y en el umbral de la planta baja se despidieron.

El hombre pequeñito se alejó caminando lentamente, arrastrando los pies como parecía ser su costumbre, con la espalda encorvada y la cabeza gacha. El agobio generado por la impotencia para solucionar sucesivos conflictos, estaba dejando sus huellas.

Un impulso de la memoria determinó que la mujer se alejara mentalmente de esa angustiante situación. Aunque aparentemente no tenía relación con las recientes vivencias, recordó algunas advertencias expresadas en la ética aristotélica: “El arrogante, pues, y fanfarrón, parece que quiere mostrar tener las cosas ilustres que no tiene, o si las tiene, las quiere mostrar mayores que no son.” Sabido es que hay personas que “por alcanzar alguna gloria son fanfarrones”; otras aprendieron a disimular y “hablan de sí menos de lo que son” con escaso interés personal, sólo “por no dar a nadie pesadumbre. Esos tales, pues, fingen no haber en sí las cosas mas ilustres, como lo hacía Sócrates. Pero los que las cosas pequeñas y manifiestas fingen no tener, dícense delicados, maliciosos o astutos, y son tenidos en poco.”

Advirtió Aristóteles que “el exceso y el demasiado defecto huele a arrogancia”…

Reaparecieron como en tropel los duendecillos y se instalaron en el asiento posterior del automóvil. El Duende Verde influenciado por sus última lecturas, no pudo disimular su incertidumbre y balbuceo: ¡Ah… Sócrates! ¿Cuántos volverían a prepararte la cicuta, incapaces de reconocerse a sí mismos? A su lado, el duende Gris impregnado con la sabiduría de los clásicos parecía haber renunciado a su frecuente mimetismo y murmuró:   -¡Ah Goethe!… ¿Cómo no ser consciente de que “no soy más que un pájaro, un peregrino en la tierra”? ¿Cómo no reconocer que viviendo, agonizamos?… y que en el Final del Concierto como fue en el tiempo de Fausto y Dorotea, “en la fiebre postrera”, clamaremos, si podemos… – “¡Luz, más Luz!…” huyendo de las sombras y de las tinieblas.

El Duende Amarillo se consideraba doctorado y diplomado aunque sólo fuera “en desesperación” e intentó mitigar su desconsuelo: -¡Ah… Lanza del Vasto! ¿Cómo no repetir para que lo sepan todas las generaciones, que tú nombraste a los “cuatro flagelos de la humanidad: la guerra, la miseria, la sedición y la servidumbre”…

Apenas doblaron por la calle del Pacto, los geniecillos quedaron silenciosos escuchando el renovado canto de la ágil tacuarita que estaba acurrucada debajo del asiento delantero. La mujer hablaba poco porque estaba saturada de frases hechas, intrascendentes. Todavía la esperaba el desafío seguir trabajando en el tercer turno y era necesario preservar las energías.

En el deshabitado paraíso de los libros, casi todas las tardes transcurrían sin movimientos. Cuando ella salía de aquel húmedo subsuelo, antes de subir al taxi necesitaba mirar hacia lo Alto y la atmósfera despejada, le permitía observar algunas estrellas.

A la noche, silenciosa, la mujer apoyaba la cabeza sobre la almohada, ponía la mano derecha sobre los párpados y una vez más intentaba imaginarse… cómo seguiría siendo la vida en otros continentes.

Sentía melancolía, más cansancio, mayor agobio…

Mientras tanto, su vida la seguía tallando y talando. Ella, sólo imploraba:

Misericordia te pido, Milagroso Tutor.


14. Memoria

A Carlos… el Caballero demócrata.

El domingo de Ramos de 1y94, la mujer estaba en Sauce Viejo, contemplando la habilidad natural de los zarcillos que guiaban los tallos de la enredadera en su tortuoso crecimiento alrededor del alambrado de púas. Las campanillas violetas o lilas igual que otras especies, cerraban las corolas al atardecer, así como las personas bajan sus párpados para descansar. Las frágiles flores lucían su belleza sólo un par de días, después se replegaban para completar su ciclo protegiendo a las incipientes semillas que son la esperanza de sobrevida en la esencial naturaleza. En ese tiempo ella no sabía que esas flores también eran potenciales drogas como se advirtió desde la televisión en el 2zzz… Hacia el sur, en “Los Amores” se repetía el milagro de la reproducción de los tilos. Ella, mujer memoriosa, los acariciaba mientras pensaba en la sensibilidad de Gustave Flaubert quien al decir de Manuel Martínez Camaro en Madrid en 1970, aunque hubiera podido vivir en la fascinante París, prefirió la quietud de su solar familiar “en Croisser, cerca de Ruán, en una finca familiar situada a unos metros del Sena y con un hermoso jardín sombreado por tilos…”

Mientras tanto, a la casa refugio de sus amores, llegaron puntuales los enclenques visitantes: perros flacos de duro pelaje, lentos en sus desplazamientos como si desconocieran el terreno, aunque lo ignorado era la reacción de las personas que algunas veces encontraban en ese campo. La mujer retornó a sus recuerdos e imaginó a Colita y a Federico en otros tiempos, cuando confiados se sumaban a la jauría hasta que retrocedían aceptando instintivamente sus limitaciones. Cerca de las raíces del sauce, sólo están alertas a sus rastros quienes lloraron después de dos fatales accidentes. En esa proyección hacia el infinito, la mujer recordó a Laika, la heroína del espacio y surgió el contraste con otras perras sobreprotegidas que tampoco pueden ensayar sus instintivos movimientos para vivir en libertad.

Ella recordaba que el domingo anterior a la última Navidad, Jorge -no Borges, aunque sí un escritor que difunde algunas memorias en la nación…- comentó que Diana, la perra de Silvina Ocampo, “emitía un aroma fuerte y nada aristocrático… poseía el don de los ladridos repentinos, que ocurrían como explosiones inevitables”, semejantes a las manifestaciones de esos perros vagabundos que ella observaba cuando seguían al “Líder”, el mestizo perro policía.

La mujer -adicta a la lectura, prefería leer pocas autobiografías. Desde su punto de vista, es preferible reconocer a los autores por sus obras. A pesar de que el escritor no puede escapar a la influencia de la subjetividad -como tampoco puede liberarse el lector-, mediante una aproximación a varias obras es posible apreciar su talento: la singular creatividad y el sentido equilibrado de la armonía y de la oportunidad. Así como en el espejo sólo se refleja un perfil de la personalidad, que suele ser contemplado con relativa precisión, en el espacio donde se congregan los creativos, desde diferentes perspectivas se refractan imágenes disímiles.

Cerca estaban los duendes jugando con sus memorias. El Duende Azul recordaba los tonos de la semblanza de Jorge, y algunas señales insoslayables. Aquella mujer tan cercana al Parnaso de Sur, “no se parecía a nadie más que a ella, de una manera poética y casi absurda, coincidía con su obra”.

Han destacada que era “un gran talento con alma chiquita” y que “conservaba heridas hondas, que de vez en cuando saltaban a la superficie. No salía… su aventura consistía en pasear a su perra de policía, a Diana… Era amiga, realmente amiga, de todos los porteros, almaceneros y mucamas de la cuadra”.

El Duende Verde acostumbrado a las comparaciones, sintió necesidad de dialogar con su compañero de ficciones y mientras evocaba algunas historias sobre la aristocrática Victoria, insistió en que la trayectoria de su hermana traslucía “su inocencia” que se revelaba como “una sabiduría que abarca muchas cosas y que está como fuera del tiempo, más allá de las circunstancias” e impactaba “la clarividencia… mezcla de imaginación y realidad” en la captación de “las apariencias externas y los fantasmas de la mente”…

El curioso visitante de sedes gubernamentales y de despachos jurídicos, el Duende Gris, lentamente se acercó al duende ecologista y le murmuró al oído: Han dicho que era “como si la escritora y el mundo fueran uno”… y también han comentado que su marido Adolfito, distinguido con el Premio de Literatura “Miguel de Cervantes” en 1990, en una sucesión circular de argumentaciones acostumbraba a sorprender con sus “edificios verbales”. La televisión de vez en cuando aún lo comunica con el mundo exterior y también sigue conmoviendo con los contrastes: hay un sedimento de tristeza en su mirada y en su sonrisa un atisbo de esperanza. El duende burocrático inesperadamente giró en su conversación y le dijo al Duende Azul: -No sé por qué… pero en este momento estoy disfrutando de otra visión: con rasgos diferentes sobre una montaña de escombros vislumbro el perfil de un conductor -distinguido para algunos por su aceleración en la fórmula primera, reconocido por otros por su desaceleración en fórmula segunda, cuando se impuso en la invencible provincia argentina y demostró que siendo un hábil conductor fue un competente gobernador a pesar de que el ruido de algunos bombistas y los gritos de impacientes manifestantes intentaban desmoronar la arquitectura del líder.

En aquel momento, en la nueva argentina un inesperado tornado interrumpió la tertulia de los duendes…

La mujer una vez más tenía que cumplir con el ritual de descolgar la ropa, doblarla y guardarla en los cajones del blanco roperito, custodio en otro tiempo de absorbentes pañales y de perfumadas batitas y en cualquier momento, testigo silencioso de frecuentes traslados.

El amante jardinero, había terminado con los giros de la cortadora de césped acercándose a los nuevos brotes de los helechos y los malvones. Después de enrollar los cables y sus prolongaciones, volvió a depositarla junto a la ventana donde una bala perdida había dejado un orificio en el frágil vidrio. El bullicio de los pájaros anunciaba el regreso a sus nidos. El arreo avanzaba hacia el norte y la mujer -sin proponérselo- generó mentalmente una estampa con las impresiones recogidas durante varias décadas: …cerca del bosquecito talado, en el precario corral enajenado, una vaca y su ternerito habían celebrado el admirable prodigio de la parición. Ningún caminante podría imaginar esa escena en aquel espacio, porque está transformado en el cuidado jardín de la casa rosada que luce su “nuevo sauce”. Ella decidió volver hacia el norte, hasta ese cercano cruce de caminos polvorientos, donde tantas veces -en noches de luna llena-, debajo de los focos del alumbrado público había observado los vuelos concéntricos de los insectos encandilados o la torpe danza de los astutos escarabajos.

Los curiosos duendes se habían congregado cerca del nido de las cotorras.

El Duende Verde percibió que algún guitarrero estaba regalando los sonidos de su original pentagrama y se sumó a la ofrenda recordando las revelaciones de don Ata: “…Desde chango aprendí, entre paisanos, que en la soledad, el diálogo está de más. El monólogo es el lazo de un solo tiento que va armando los rollos, encebados con prudencia, de comprensión y termina por pialar los más altos sentimientos de la buena amistad, de la altiva, la cabal relación entre los hombres del campo. Se puede dialogar con respecto a la Naturaleza, a potros y pastos, pero jamás intentar penetrar la sagrada zona del corazón del paisano, descubrir de golpe su íntimo pensamiento.   ‘Allégate a la gente por camino ancho ande te vean de lejos; así no se enredan las cosas, y todo será mejor…’ decía mi Tata…”

Los duendes estaban inquietos porque habían entendido el mensaje y sabían que era peligroso transitar por los atajos. Viajeros incansables, aún insistían en la costumbre de ser misteriosos inquilinos en frondosas arboledas, donde el camoatí ofrendaba sus contrastes: dulce miel y aguijones punzantes.

El Duende Azul estaba recordando algunos personajes nombrados por don Camilo José Cela en la nación, el domingo 30 de enero de 1994 y aquella “loa al testigo falso”, dedicada a doña Micaela, esa viuda que se instalaba “en el zaguán del Juzgado, sacaba su calceta y esperaba que alguien requiriera sus servicios para la inscripción de alguien recién nacido… o para convencer que el que empezó con los palos en la romería fue…” En ese momento, un audaz motociclista dobló velozmente hacia el este, avanzando hacia la orilla donde el río seguía su curso paradojal, mutable e inmutable.

Entre tanta mudanza en el planeta celeste, la mujer seguía conmoviéndose por la armonía, el orden y el equilibrio que se vislumbraba al mirar hacia lo Alto, hacia el Infinito. Imaginariamente se trasladó hasta la plaza de los tilos, en la hermosa Lloret de Mar de Gerona -donde ya era otra noche- y no sólo le parecía que podía aspirar la fragancia de esas vitales flores… hasta presentía el íntimo murmullo de las lejanas voces de sus hijos y nietas tan amados.

En otras direcciones, la mirada develaba contradicciones y absurdos hasta el límite de lo irreparable en la historia de los argentinos que todavía se está escribiendo y reescribiendo. No fue por casualidad sino por causalidad que el ilustre Aristóbulo del Valle “…‘vencido en una decisión que su partido había de tomar’, manifestó: ‘Derrotado, no me queda otro camino que retirarme entristecido a mi hogar’.”

Décadas después, el perseverante doctor Lisandro de la Torre -fiscal de la república– como está escrito en el diario de sesiones de la cámara de diputados en 1953, envió una carta a la señora Elvira Aldao de Díaz: “Yo he luchado solo en el Senado durante cinco años sin tener a mi espalda a la Unión Cívica ni a los grandes diarios. Yo he luchado fieramente abordando todos los asuntos graves que se presentaban, a despecho de la conspiración del silencio de los grandes diarios… y a despecho de la absoluta falta de solidaridad de los partidos opositores Radical y Socialista; y sólo ante la entrega radical al adversario y ante la división profunda del Partido Socialista, resolví retirarme a la vida privada.”

Tiempo después, el líder de la democracia progresista, casi en el deslinde de otras exageradas apetencias, había expresado: “Ya siento volar los cuervos sobre mi cadáver; esto es lo que algunos quieren.”

La mujer, también en diversas circunstancias había soportado frecuentes agravios y amenazas porque podrá parecer increíble, pero el trabajar, trabajar y trabajar -consigna del Líder desde 1945-, después de sucesivas mudanzas se fue transformando en una obsesión inadmisible para quienes preferían obtener los mejores beneficios sin esfuerzos.

La vida seguía tallando, talando.

La mujer, elevó una vez más su ruego:

No me dejes claudicar, Noble Compañero.


15. Formación

A los panaderos…

La anciana mujer con frecuencia comentaba con algunos de sus amigos del alma: Hay que saber dónde está el límite de la propia ignorancia y ser consciente de las cualidades individuales. Es lamentable que quienes sólo pueden interpretar algunas fórmulas elementales y descifrar escasas claves; quienes desconocen los códigos esenciales del correcto hacer, se atrevan a dictar absurdas esquelas con instrucciones colmadas de soberbia para que los sumisos auxiliares las reproduzcan letra a letra, probablemente buscándolas una a una sobre el teclado antes de pulsarlas.

Por simple observación, ella sabía que las aves, para hallar el sustento pueden avanzar entre extensos arrozales, a ras del suelo como la perdiz estando siempre alerta al rumor de los tallos y a la proximidad de los mastines, leales compañeros del hábil cazador.

Ella había observado vastos espacios donde algunos destellos nunca llegarían a ser una lumbre perdurable. Había aprendido a ser prudente como la hogareña tacuarita que no se aleja demasiado del alero o del nido donde reposa su historia mientras sigue creando su descendencia.

Transcurrían las primeras horas del miércoles 16 de septiembre de 1y98. La mujer estaba semidormida. El beso inaugural de la jornada coincidió con la partida del jardinero hacia Rosario. Despertó y en su computadora personal -irrepetible-, ya se había desplegado la agenda con sus señales y sus signos.

El día anterior había grabado en la memoria de otra computadora, aquella historia de un tiempo otoñal, cuando las ráfagas desde lo alto mutilaron algunas ramas antes de que se produjera el cíclico deshojamiento.

Sonreía una vez más al rememorar cuánto verso hay escondido en papeles ocultos.

En aquellas jornadas de junio de 1y56 que tanto la habían conmovido, ni los incendios pudieron purificar el espacio contaminado por las deslealtades. Ella sabía que no había sido sólo el apasionamiento por la raza caballar, la razón primordial que había congregado a los privilegiados de entonces, en el club donde los más débiles eran los que incrementaban las arcas de los más distinguidos. El caballo seguía siendo, sólo el animal exigido al máximo en sucesivas carreras. Ninguno allí se detenía a admirar la armonía de la raza para concebir un poema. En otros planos, no eran precisamente las llamas de la Fe las que iluminaban los templos; era la chispa del odio la que generaba sucesivas hogueras.

En aquel tiempo, hubo momentos de duda y de confusión.

El contador había elegido el camino más corto para volver a los números porque desde lo general, había percibido que se extendían las sombras y pensó en la proximidad del ocaso. Tres meses después terminaría otro ciclo: un violento tornado taló las tres vigorosas ramas. “Ni vencedores ni vencidos” fue una consigna inicial que en la argentina tierra se transformó en una ráfaga insolente entre hombres prepotentes.

Soplaron otros vientos cuando la primavera anunciaba originales brotes y maduró otra paradoja: tirano era el demócrata y cantaban loas a los arbitrarios habitantes que habían arrastrado los bustos. Instalada en el trono la censura, ordenaron la destrucción de objetos y la desaparición de libros; prohibieron el uso de determinadas palabras…

En aquel tiempo, decir “Valle” podía ser una alusión al espacio exuberante abarcado con la mirada desde la cima de un cerro o de una montaña o también, ser el indicio de un apresuramiento hacia la sima y la trascendencia como héroe. En la segunda semana de junio, en el noveno día ejecutaron los primeros fusilamientos sin juicio previo y un escueto comunicado acerca de la ley marcial intentó justificar tanta barbarie. La masacre terminó tres días después y los asesinados viven en la memoria colectiva. Algunos eran reconocidos como predicadores de la doctrina nacional justicialista: General de División Juan José Valle, Coroneles José Albino Yrigoyen, Alcibíades Eduardo Cortinez, Oscar Lorenzo Cogorno y Ricardo F. Ibazetta; Capitanes Eloy Luis Caro, Dardo Néstor Cano, Jorge Migel Costale; Tenientes 1º Jorge Leopoldo Noriega, Néstor Marcelo Videla, Subteniente de Reserva Alberto Juan Abadie; Suboficiales: Oficial Principal Miguel Paolini, Ernesto Garecca, Sargentos Ayudantes Isauro Costa y Luis Pucheti; Sargentos Hugo Elario Quiroga y Luciano Isaías Rojas; Cabo Miguel José Rodríguez y los civiles Clemente Braulio Ross, Norberto Ross, Osvaldo Alberto Alfredo, Dante Hipólito Lugo, Vicente Rodríguez, Nicolás Carranza, Carlos Alberto Lizazo, Francisco Garibotto y Rinaldo Benavídez.

En víspera del primer aniversario, así como tantos argentinos protegían de la guillotina a los libros prohibidos, en la calle Santa Fe de la Capital Federal se había realizado una marcha del silencio y las leyendas reflejaban los ánimos de los aproximadamente diez mil manifestantes que también rodearon el monumento al Gral. José de San Martín. Al día siguiente, organizaron una contramarcha y se congregaron menos de cien personas, no porque fueran tan pocos los adversarios “sino porque el clima no estaba para hacerse los heroicos porque sí”.

En aquellas circunstancias, la emoción del periodista Miguel Angel Barrau desbordó en este testimonio: “Y la orden interrumpió el latir de la vida y el orden de la vida se quebró por la orden. Bebió el suelo la sangre que había manado por amor al suelo y bebió el suelo la lágrima, que había vertido el hombre por amor al hombre. La memoria se esfuerza por desprenderse del recuerdo. Era el 9 de junio de 1956”, tal como está escrito en la “historia del regreso”.

Soportando aquellas atroces realidades siguieron viviendo millones de argentinos.

La mujer tallada, guardó tales impresiones en los invisibles arcones del alma; vivió y vibró durante el prolongado período de la resistencia; imaginó en distintas oportunidades el ansiado retorno y cuando se produjo, fueron necesarias más reparaciones y más ruegos.

Fue un tiempo de injusticias, de incertidumbre, de indiferencia y de impotencia.

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Un eco callejero alertó a los Duendes. Era un son monocorde semejante al de antiguos cortejos, cuando delirantes voluntariosos habían disparado inconscientemente los cañones de la intolerancia sobre inquietas muchedumbres que huyeron raudamente con sus votos, acosados por el avance ruidoso de las botas.

El Duende Verde sabía qué estaba sintiendo la anciana compañera de tantas vigilias y de truncados sueños. Comprendió porqué necesitaba consultar antes de hacer cualquier trámite.

Ella conservaba entre sus papeles inéditos un cuento escrito en otra mañana, que más que cuento es otra historia. Esa semana su tocaya Nydia, su amiga del alma, la curadora de las bellas artes en el Rosa Galisteo, había soportado un ataque violento cuando una persona ingresó a su hogar. Un diálogo con el jardinero había revelado algunas claves. Es difícil vivir y convivir transitando necesariamente sobre algunos escenarios, entre quietos rebaños donde suele estar oculto algún lobo disfrazado de oveja o de carnero, agazapado mientras espera el momento preciso para el ataque.

Entre metáforas y refranes -como era su costumbre-, la mujer seguía hablando de la magia del teatro con sus hábiles titiriteros, de la audacia del culto vecino que en vez de promover la formación de peritos calígrafos estimulaba los ensayos de falsificadoras de firmas. Por la memoria de la mujer desfilaban distintos personajes. Recordaba la advertencia que significó tras “los soles perdidos”, aquel aplauso negado durante el acto en la pequeña sala del museo cuando tal vez involuntariamente al expresar algunas conclusiones habría estimulado mayor incertidumbre en el distinguido crítico que evidentemente no coincidía en sus valoraciones.

Para ella, el aplauso generalmente tenía un valor efímero y por eso prefería otros gestos, esencialmente las fraternales miradas que constituyen íntimas revelaciones.

La cuidadora de helechos, sabía que sobre el planeta Tierra hay un inabarcable catálogo de advertencias. El jardinero guardaba todavía el amenazante anónimo que no había logrado conmoverla porque él no se lo había entregado. Ella repetía en distintas circunstancias, que morir por un tiro quizás podría ser más breve y doloroso que morir por un cáncer, aunque ambas situaciones revelan cierto heroísmo. Al fin -insistía-, así como las personas pasan prácticamente la mayor parte de la vida aprendiendo a vivir, también es coherente que se destine una parte de ella a comprender la inexorable aproximación al Fin.

Al nacer comienza una trayectoria limitada e inevitablemente hay sucesivos avances hacia una última instancia coincidente con el comienzo de la inmortalidad. Todo eso rememoraba el duende ecologista de excelente memoria, mientras los demás estaban entretenidos, mirando a los chicos que lavaban los automóviles en la playa de estacionamiento, donde las palmeras todavía estaban sufriendo por tan inesperados trasplantes…

La mujer, necesariamente seguía una a una las señales de su computadora personal y se acercó al viejo Banco que en litoral, habían adquirido los innovadores y hasta entonces casi desconocidos financistas. Allí siguió emocionándose con la belleza de los cuadros que reflejaban la sensibilidad de Doris Alicia Blaser, mujer de inteligentes conclusiones en la dilucidación de algún problema compartido; radical y noble pintora que tanto había logrado impresionar con retratos de un personaje poderoso, como con sus luminosos espacios donde seres y fantasmas conviven en inexplicable armonía y equilibrio.

Mientras iban y venían los clientes de ventanilla a ventanilla, la mujer pensó una vez más en aquella despedida ejemplar, al tres veces presidente de la Nación Juan Domingo Perón, cuando el 4 de julio de 1974 en el momento del sepelio, el noble radical don Ricardo Balbín dijo: “…El viejo adversario despide al amigo”.

Pasó en ese momento el extraño personaje que se había dedicado a acumular títulos y hacer banales ostentaciones sin tener en cuenta el valor de la Sabiduría.

La mujer inmediatamente recordó cuánto lo habían esclavizado los prejuicios y su exacerbado sectarismo.

Recordó el camino señalado por el padre Josemaría Escrivá de Balaguer:

“¡Qué poco valen los juicios de los hombres! – No juzguéis sin tamizar vuestro juicio en la oración.”

Mientras avanzaba hacia la salida, percibió que una voz interior le advertía:

Ñaña… aléjate de la soberbia…


16. Cibernética

A los agricultores…..

La mujer observó una vez más que con puntualidad se anunciaron los brotes primaverales. Se impuso el recuerdo de algunos momentos compartidos en “Los Amores”, cuando la historia y la poesía confirmaban las magnitudes de las palabras.

Alguna evocación del constante crecimiento durante la adolescencia, solía ser el punto de partida para hablar con Nelly Borroni Mac Donald acerca del fecundo sedimento de aquellas experiencias, resultante de las vivencias compartidas durante la cotidiana estudiantina, en el solar donde alguna vez corretearon los niños de la familia Gálvez.

¡Todo era tan diferente en las escuelas y también en los hogares!

No había sido casual que en un “tiempo recopilado” emocionara el eco de la voz de Octavio Paz: “Contra el silencio y el bullicio invento la PALABRA, libertad que se inventa y me inventa cada día”.

Resultaba evidente que en aquella segunda mitad del siglo veinte todo parecía estar más acelerado. Día a día, diferentes percepciones demostraban que la intolerancia seguía haciendo estragos en la convivencia social. Aunque ya estaba avanzando la cibernética, la humanidad aún no había aprendido a abrazarse fraternalmente. Vivir y convivir dependían de diversas precisiones y de inexplicables restricciones.

En un momento, una voz interior dictó el poema que es legado de Nelly:

“He llenado innumerables fichas

las obligatorias,

las necesarias,

las que identifican.

Pero ninguna ha preguntado

el por qué de la tristeza en el atardecer.”

En aquel tiempo, era insuficiente la tecnología educativa para abarcar la dimensión de los sueños y de las esperanzas de las nuevas generaciones. Los proyectos parecían borradores inconclusos.

En ese ambiente alguna vez dolió la herida:

“El proyectil me alcanzó en un ala

y el vuelo de la esperanza

ha vacilado a punto de quebrarse.

Pero aún puedo continuar el rumbo.

Nunca ninguna herida se restaña del todo,

nunca tampoco

ha de quedar abierta para siempre.

Me han herido en un ala

pero no pueden detener el vuelo.”

Los encuentros con ella se sucedían después de prolongadas pausas. Las rutinas instalaban infranqueables barreras y no era posible distinguir si por debilidad o por excesiva responsabilidad, eran soportados todos los obstáculos.

Quizás haya sido por el íntimo convencimiento de que todo tiene su fin y su Fin; o tal vez, porque en la personal conciencia estaba latente la voluntad de no malentender, como resultado de inoportunas autocríticas.

Otro día, mientras la anciana mujer leía sobre la pantalla lo que estaba pulsando sobre el teclado, el Duende Amarillo estaba alerta a su lado. Él se sentía tan periodista como Sansón Carrasco, el español de siglos atrás, el de las risueñas pláticas con Don Quijote y con Sancho Panza, homónimo del insólito contemporáneo en el litoral.

Ensayó la redacción de otra crónica: “En aquel tiempo de confidencias imborrables, lo visible era una sonrisa vital aunque en el silencio de la noche, el poema delatara el peso de otra queja:

“¡Oh, Señor!

Yo que quisiera irme de improviso

debo esperar la huida lentamente,

paso a paso en el horror

como en un filtro

de tiempo y de distancias imprevistos.”

Era imposible imaginar que el primer día de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco, en el Final -que también es el Comienzo- sería revelado el secreto:

“Cómo será la muerte

compañero de sueño, amigo mío.

Acaso será terrible como dicen

tan triste, tan eterna, tan de nunca

o habrá una dulce paz de recompensa

una suave tiniebla inescrutable

como un descanso para tanta vida.

Un andar sin dolor, sin impaciencia

un estar sin estar como un misterio,

un vagar sin urdimbres ni texturas

sin la falsa sonrisa del engaño

ni la duda sin pausa en la espera de todas las mañanas.

Quizá no haya ni luz, ni sombras

ni tiempo que medir en el silencio

y nadie aguardará nuestro regreso.

Cómo será la muerte compañero de senda,

amigo mío, cuando sea tan nuestra

y tan irremediable como ahora la vida.”

El duendecillo entendía casi todo lo que la mujer expresaba y aún lo que callaba; no sólo porque estaba siempre cerca de ella, sino porque a veces disfrutaba de un recreo y entre otros, captaba más señales. Con los duendes de la célebre Cofradía se congregaban en un bar. Las diferentes murmuraciones escuchadas atentamente servían para completar los registros de “señales en el viento”, menos trascendentes que las difundidas en la década del cincuenta por Don Luis, el periodista desterrado dos veces por propia decisión: cuando se alejó de la zona de “entre ríos” con esperanzas y cuando en medio de la “santa fe” sintió el acoso de una confabulación.

El duendecito Amarrillo había observado que la mujer después de escribir “todo tiene su fin y su Fin” había guardado otro papelito que en realidad era un anónimo más, repartido en la calle con el propósito de multiplicar inciertos llamados de atención.

En aquel tiempo, hasta la argentina tierra no habían llegado algunas reflexiones de Julián Marías, acerca de erróneas informaciones circulantes sobre el filósofo Ortega y Gasset y en consecuencia, tampoco en torno a “la voluntad de malentender” y a la importancia de evitar ese “turbio fenómeno que llamamos la intriga… por su misma naturaleza suplantación de unas cosas por otras… siempre enmascarada…”

No ha sido por casualidad que don Julián destacara que “…la intriga se nutre de intriga, de cualquier intriga, y que sólo se la puede superar justamente a fuerza de evitarla. Y por eso, la intriga ninguna es el único adversario serio de las intrigas todas”.

Advertía ella que la palabra, la intriga… sin ser materia, tenían la potencia de un arma mortal porque la información maliciosa, la valoración falsa, la murmuración perversa, pueden aniquilar la pujanza de la voluntad personal y en sucesivos actos de la comedia humana, detener las evoluciones lógicas.

El duende Gris, testigo virtual impedido de asumir compromisos, unas horas antes había estado merodeando cerca del kiosco de las noticias y había visto quiénes eran los ruidosos manifestantes que arrojaban los panfletos. Habían partido desde la bulliciosa esquina donde el pino seco era otra denuncia silenciosa porque revelaba que no todos los árboles pueden crecer entre rejas y que tan importante como el suelo para poder arraigar es el agua necesaria para sobrevivir y crecer.

Aquellas manos ocupadas con bombos, papeles, cigarrillos, alguna carpeta y pocos libros, no habían servido para hacer oportunos riegos y la mayoría de esos jóvenes, evidentemente, preferían más los matices de los aerosoles que el agua transparente.

De las revistas “Creciendo” y “Etapas”, tres lustros después ya no quedaba ni el recuerdo de las tapas. El duendecillo burocrático pensaba que la mujer tenía razón cuando aludía a las mudanzas del diario mural en las escuelas, porque las leyendas pintadas bajo la hilera de ventanas insinuaban amores de estudiantes que sueños de un día son o acercamientos a algún muchachito reconocido como “un hermoso gay”…

Después de cuarenta y cinco años de trabajo, la mujer talada llevaba en su cartera el carnet de jubilada y luego, cobraría en cuotas lo liquidado durante ese año.

En aquel momento, el grisáceo duendecito dirigiéndose al Duende Azul comentó: -“Algo” tiene a su favor la mujer y es que gracias al Capicúa ya no desvalorizan la moneda como en los tiempos de la heredada hiperinflación.

El universalista Duende azulado coincidió y dijo: -¡Ah… sí!… recuerdo aquella época de repentinos relatos acongojados, cuando los enamorados de la renovación y el cambio abarcaban una poderosa franja morada y en Córdoba, una legión seguía al Ángel de Oz tan risueñamente aludido por el eximio dialoguista santafesino que había insistido en que “lo que mata es la humedad”.

Reanimado, el duende Amarrillo recordó la falta de votos cuando triunfó el poderoso y sonriente odontólogo mayor don Ramón, el gobernador. Con ambigüedad como suelen expresarse algunos colegas periodistas, el duendecillo sonrió y comentó: “-…Implantes tras implantes, renovación tras renovación, cambio tras cambio, finalmente firmó con el diamantino ingeniero santafesino un acuerdo de unidad que el tiempo dirá cuándo se consolidará…”

La mujer talada comprendió que los diques estaban por desbordar y sabía que sólo la oración silenciosa podía fortalecer al espíritu.

Se acercó al Camino señalado por el Padre Josemaría y leyó en castellano, lo difundido en “cuarenta y un idiomas: alemán, albanés, amharico (Etiopía), árabe, armeno, bahasa (indonesia), birmano, búlgaro, castellano (Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, España, México, Perú, Uruguay y Venezuela), catalán, coreano, croata, checo, chino, danés, eslovaco, esloveno, esperanto, euskera, finés, francés (Canadá, Francia y Zaire), gaélico, gallego, griego, hebreo, húngaro, inglés (Australia, Estados Unidos, Filipinas, Inglaterra, Irlanda y Kenya), italiano, japonés, lituano, maltés, neerlandés (Bélgica y Holanda), polaco, portugués (Brasil y Portugal), quechua (Perú), rumano, ruso, sueco, swahili (Kenya), tagalog (Filipinas) y ucraniano” incluso en “numerosas ediciones para ciegos (método ‘Braille’) en alemán, castellano, inglés y portugués” y avanzando con esa Evangelización hacia las personas que hablen “bieloruso, cebuano (Filipinas), estoniano, guaraní (Argentina), letón, noruego, tamil (India), thai y vietnamita”.

La mujer al comprender la importancia de esos mensajes, percibía una íntima vibración como señal de una posible reparación.

Leía y meditaba: 697.- “Los acontecimientos públicos te han metido en un encierro voluntario, peor quizá, por sus circunstancias, que el encierro de una prisión. -Has sufrido un eclipse de tu personalidad.”

No encuentras campo: egoísmos, curiosidades, incomprensiones, susurración. – Bueno; ¿y qué? ¿Olvidas tu voluntad libérrima y tu poder de ‘niño’? – La falta de hojas y de flores (de acción externa) no excluye la multiplicación de la actividad de las raíces (vida interior). Trabaja: ya cambiará el rumbo de las cosas, y darás más frutos que antes y más sabrosos.”

La cibernética seguía sorprendiendo desde las páginas de las revistas científicas y técnicas. La red de redes nombrada “internet” comunicaba a distancia a los “ciberamigos” que abrían incontables ventanas virtuales en los monitores ubicados en distintos continentes. Seguía siendo conmovedor el misterioso diálogo de las miradas durante los encuentros entre amigos del alma, y era vibrante la resonancia de otra consigna de Josemaría Escrivá de Balaguer en su Camino: “7. No tengas espíritu pueblerino. -Agranda tu corazón hasta que sea universal, ‘católico’. No vueles como un ave de corral, cuando puedes subir como las águilas”.

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La vida seguía tallando, talando…

La mujer como casi todos los días, insistió:

Oro en silencio; mi Ofrenda es amor.


17. Huellas

A los mineros…

El 8 de marzo de 1y87, día internacional de la mujer, la mujer siguió con sus lecturas y una vez más la conmovió la voz de Atahualpa Yupanqui:

“De tanto dir y venir / abrí una huella en el campo. / Para el que después anduvo / ya fue camino liviano. // En infinitos andares / fui la gramilla pisando. // …Las huellas no se hacen solas / ni con sólo el ir pisando. / Hay que rodear madrugadas / maduras en sueño y llanto. // Vientos de injustas arenas / fueron mi huella tapando. / Lo que antes fue clara senda / se enyenó de espina y barro. / …Todo es malezal confuso; / pero mi huella está abajo. / Desparejo es el camino. / Hoy ando senderos ásperos. // Piso la espina que hiere, / pero mi huella está abajo.”

Cerró el libro y desde la tapa, Don Ata insinuaba una sutil semejanza: madura y jugosa naranja con sombras de noche junto a la guitarra, es el fruto generoso del poema, nacido para calmar la sed del peregrino que recorre “entre la sombra y la luz… caminos de ingratitudes, de incomprensión y maldad…”

La mujer optó por volver a sus apuntes con el propósito de completar algunos textos. Releyó: “Toda vivencia deja su huella. Puede ser una liviana pincelada, un cincelado o un tallado. Eso dependerá de la materia y del espíritu; de las virtudes y de las costumbres preferidas por el artista para desarrollar sus obras, en armonía con las reglas -los requisitos…- del complejo arte de vivir y de convivir.

Distintos observadores han expresado que el siglo veinte ha sido el apogeo de la sociedad del despilfarro, aunque la mujer sostenía que sólo una minoría se ha distinguido por su ambición desmedida: La mayoría de las personas sólo pasan, pasan, pasan, de enero a diciembre, año tras año -si logran sobrevivir-, sufriendo por todo lo que les falta para satisfacer sus necesidades vitales y las de sus familiares.

En esas franjas tan diferenciadas, algunos viven pendientes de cuánto aumentan los objetos, sin darse cuenta de cómo crecen los sujetos. En consecuencia, ellos mismos son perjudicados por tan despreciable ignorancia; no han podido crecer o si lo hicieron, habrá sido sin armonía. Quizás cuando una gripe los retenga durante unos días en sus hogares, recién descubrirán que ha transcurrido la adolescencia de sus hijos y que es imposible revivir ese maravilloso proceso de crecimiento. Tal vez en la íntima maraña mental, podría reaparecer algún indicio de su propia adolescencia, y entonces, no sería extraño que esa persona pretendiera establecer sutiles comparaciones. Si según su criterio no hubiera violentado las leyes, seguramente se consideraría un hombre bueno y podría estar tan tranquilo como el famoso manchego que haciendo honor a su dignidad, exclamara:

-‘Vístanme como quieran que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza…’

Quizás pudiera haber coincidido con el memorable escudero en que ‘es bueno mandar aunque sea un hato de ganado’ y esclavo del autoritarismo, pudo haber sido el cómplice en sucesivas injusticias, sin importarle nada más que su ubicación en la pirámide del poder…”

A pesar de sus intenciones, la mujer interrumpió su labor porque el cansancio impuso sus límites, aunque también pudo ser que su voluntad estuviera aniquilada por el hastío.

Mientras la mujer releía, el Duende Amarillo estuvo murmurando: -Tenía razón don Manuel Gálvez cuando decía que el novelista, “nada ve, oye o siente, que no lo incorpore a su archivo. No por cálculo, sino por imperativo de su vocación, y generalmente, sin advertirlo…”

El duendecillo también había recorrido durante varias décadas, los senderos que conducen a la transitada ruta de la literatura y había escuchado distintas opiniones. Sabía que la vocación de escritor puede desarrollarse “en grado heroico” y que en tal medida “exige pasión por el trabajo, tenacidad, paciencia y dominio de sí mismo”.

El universalista Duende Azul se sorprendió por las conclusiones de su cofrade y apoyando ese análisis, en aquella circunstancia completó el mensaje: “La paciencia y el autodominio le son indispensables para no precipitarse. Él sabe que poco a poco se va lejos”.

Escuchaba el pragmático Duende Gris y se rió a carcajadas. Fiel a sus intereses y en otra dirección, dijo que él prefería usar el ascensor y no subir las escaleras peldaño a peldaño. El Duende Azul, siempre discreto, sonrió y dijo: -Ella también sabe que poco a poco se va lejos. Es oportuno aclararlo para atenuar ciertos vestigios de absurdas discriminaciones. Inmediatamente preguntó: -¿Qué huella dejó el paso del pesado caminar de aquel “as” que pisaba poderoso, pulcrísimas alfombras en el histórico palacio de la calle Pizzurno?

El Duende Verde, curioso acompañante de la pareja en diferentes gestiones oficiales, también había compartido allí algunas experiencias y comentó con tristeza: -Recuerdo la antesala de aquel despacho. ¡Qué impresión provocó en la mujer tallada, en aquel momento callada, la original alegoría de la Biblia sin abrir, con lujosa encuadernación, con letras de oro, inexplicablemente ubicada al lado del Hidalgo Caballero Don Quijote de la Mancha, montado sobre su Rocinante y una vez más, seguido por Sancho!

El Duende Gris, desde otra perspectiva, empezó con sus alevosos interrogantes: ¿Cómo habrá sido la despedida del último tecnócrata, máxima autoridad nacional del seudo palacio Errázuriz de la ciudad de las convenciones? Sólo quienes conocían los secretos testimonios de la burocracia sabían cuál era el lugar que parecía ser un museo de arte decorativo o una academia de letras, siendo en realidad el espacio donde algunos enanos y gnomos, se reunían para ejecutar sus vespertinas travesuras.

El Duende Amarillo, periodista vinculado a Sansón Carrasco, dijo: -¿Le habrá sucedido como a Sancho?… quien terminada la batalla sólo atinó a pedir “dejadme volver a mi antigua libertad, dejadme que vaya a buscar la vida pasada para que resucite de esta muerte presente”.

El pícaro duendecillo, aprovechó que otra pausa se impuso en ese punto y quiso demostrar cuánto sabía de necedades y de literatura. Dijo: “-Yo no nací para ser gobernador…”

De inmediato comprobó que había alguna deficiencia en su memoria. Hizo una prolongada pausa y cuando superó su íntima dificultad, siguió repitiendo las palabras de Sancho: “Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar viñas, que de dar leyes ni de defender provincias y reinos…”

Antes de que su cofrade ensayara otra sentencia, el Duende Azul recordó la advertencia de don Ata: “Puso España en nosotros su Sancho y su Quijote. / Bullen en nuestra sangre su genio y su tesón. ¡Pero hay un indio extraño y huraño / paseándose en el templo de nuestro corazón!”

Anochecía y los duendes se alejaron para descansar en el bosque sereno, desplazándose por el aire cual misteriosa bandada. El último en llegar al robledal fue el Duende Gris que seguía mirando hacia uno y otro lado y una vez más, se acurrucó temblando.

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Al día siguiente, la mujer cuidadora de azaleas releyó sus archivos, convencida de que todo lo evocado pertenecía a un pasado insignificante, porque lo principal era estar alerta en el presente. Esas historias eran anécdotas que sólo servirían para entretener si algún día hubiera un lector predispuesto para un silencioso diálogo. Optó por transmitir la correspondiente orden pulsando el ratón -el mouse– y así antes de cerrar el documento guardó los cambios. En el tiempo determinado, la computadora realizó automáticamente sucesivas tareas.

Después, la mujer se acercó a la biblioteca; en el anaquel donde están los libros con dedicatorias manuscritas buscó aquel “cuaderno” que le había regalado el silencioso Juan Manuel Inchauspe, a fines de 1985 “con respeto y cordialidad”, cuando todavía estaban completando algunos sueños en torno a la promoción de la cultura literaria.

Volvió a releer aquel Trabajo nocturno, porque la emocionaban las palabras que en realidad, reflejaban sentimientos y también algunas coincidencias: “Escribo / hago rápidas anotaciones / en papeles que luego pierdo / u olvido entre las páginas de algún libro. # Son señales / señales que a veces aparecen en el camino o no. / Llamados hechos a otros desde otro lugar / o quizás a mi propia vida.”

Mientras tanto, inexorablemente la vida continuaba tallando, talando.

La mujer expresó su íntimo deseo…

Pan y Paz anhelo compartir hasta el Fin.


18. Estatus

A los escultores…

La mujer estuvo releyendo los testimonios de la burocracia donde hay algunos trazos indispensables para esbozar la brumosa confabulación que convirtió en ruinas una sólida arquitectura. Ella conocía el mercado editorial, las dificultades para publicar y más aún para distribuir una obra. Si no se dispone del dinero necesario, es probable que los libros inéditos sigan siendo un proyecto oculto en la memoria de la computadora, aparentemente sólo reservados para los familiares herederos. Una y otra vez sus compañeras de peregrinaje la consideraron una lírica y le recomendaron que no prodigara sus esfuerzos por amor al arte. Ninguna opinión lograba modificar tales actitudes y con moderada contención, con frecuencia entregaba más páginas voladoras.

Estaba la mujer organizando la sucesión de tareas de la jornada, cuando la presión sobre el timbre provocó el sonido que anunciaba la presencia de algún visitante. Al rato, sin entusiasmo, la madre planteó el problema. Ella le contestó rápidamente, restándole importancia al asunto, tal como actuaba cada vez que había concebido la inmediata solución. En esas circunstancias, la mujer talada evocaba las incertidumbres de su abuela Tioco y la solidaridad de sus hijos para evitarle más angustias. Esos ejemplos eran como señales de un semáforo gigantesco que le marcaban el tiempo oportuno para avanzar o para detenerse.

Si hasta ese momento, paradójicamente la mayoría de los jubilados tenían que seguir siendo acreedores del Estado y si el nuevo gobierno había decidido cancelar las deudas con acciones de la industria petrolera, poco era lo pendiente de análisis. Habían transcurrido tres décadas desde aquel invierno inolvidable proyectado por el capitán aeronáutico, cuando también pagó con bonos diferentes deudas.

La mujer interpretaba con precisión las diferencias y se acercó al televisor para ver las imágenes de la tradicional marcha de los miércoles encabezada por la apasionada Norma Pla. La conmovía su colérica actitud y la sorprendía su agilidad para trepar por el alto portal de hierro forjado con el propósito de entrar en el edificio que estaba custodiado por la policía. Una vez más los contrastes. Su octogenaria madre recordaba con frecuencia otras crisis y la hambruna acosando a la mayoría de los hogares de obreros y empleados, mientras los actos de diversos gobiernos eran conocidos sólo por los privilegiados que podían leer los diarios. Había pocos informativos por radiotelefonía y nadie imaginaba las proyecciones por televisión que décadas después, abarcarían todos los continentes como si constituyeran una “aldea global” donde estarían comunicados inmediatamente todos los habitantes del planeta. Con tales parámetros hasta la mitad del siglo veinte, algunas abuelas que vivían en comarcas o en ciudades, podían elaborar pacientemente simples trayectorias y durante las pausas, con un ganchillo solían tejer punto a punto armoniosas filigranas “al crochet” o quitaban las malezas del jardín…

El Duende Azul, cansado de escuchar tantos testimonios acerca de la burocracia, le pidió a su compañero ecologista que lo acercara al Palacio Errásuriz del litoral, para observar otra reunión de los peruleros que seguían atendiendo sus originales juegos: gestionaban préstamos internacionales o entretenían a Martín Pescador, no al islero sino a otro de los tantos personajes empecinados en perfeccionar la tradición repitiendo: “…pasará, pasará, pero el último se quedará”.

Sonrió el Duende Amarillo y advirtió: “-Nadie aclara que si el último se quedará, sólo será para escuchar otra propuesta que lo obligará a optar…” Sonrió el Duende Gris y mirando de reojo a sus cofrades expresó: “-Pasará, pasará, pero el último se quedará… para comprobar cómo se habían malgastado tantos esfuerzos y la inminencia de la inestabilidad… por el predominio de la rutinaria costumbre de volver a empezar.” En tales circunstancias, el Duende Verde estaba recorriendo el barrio inicialmente poblado por Marcial Candioti y se posó sobre la rugosa corteza de un alto fresno que se había desgajado en sucesivas tormentas. Hasta ese lugar llegó el duende periodista y volvió a demostrar su asombrosa memoria y la influencia de sus frecuentes lecturas. Recordó que el 7 de septiembre de 1y92 el periodista y poeta Arturo Lomello, había difundido en el litoral algunos conceptos expresados por el escritor ruso Nicolás Berdiaev acerca de los límites a la libertad del hombre: “La política es siempre una expresión de la esclavitud del hombre, y lo verdaderamente notable es que la política nunca fue obra de nobleza y de bondad, ni siquiera una obra que llevara el sello de la inteligencia”. Desde su punto de vista, “los supuestos grandes hombres de Estado jamás dijeron nada inteligente y siempre se contentaron con emitir lugares comunes, trivialidades”. Esas afirmaciones motivaron al duendecillo, para recordar el extenso anecdotario de algunos presidentes y sin comentarios, sonrió.

La mujer insistía en la importancia de la participación en “la Política”. Aunque prefería evitar las confrontaciones, marcaba las diferencias entre “lo político” y “lo partidario”, que apenas representa “una parte del todo” que incluye todas las manifestaciones de la actividad humana. Recordaba a algunos educadores profesionales que repetían su prescindencia de cualquier manifestación sobre “política” en las aulas, aunque periódicamente adherían a los paros y huelgas interrumpiendo ese servicio que se habían comprometido a prestar con eficiencia en un determinado tiempo. No hablaban de política, la inculcaban y en algunas situaciones, era precisamente la política del enfrentamiento sin respetar los límites del recíproco derecho.

En algunas oportunidades, la mujer soportó los argumentos de personas de escasa memoria, que se habían olvidado de lo estudiado sobre la Constitución Nacional y sobre distintas políticas educativas. Preferían soslayar historias de la Historia de los argentinos y algunos, todavía bajo la influencia esclavizante del decreto 4.161 de los libertadores de 1956, seguían hablando de la segunda tiranía aunque con precisión, correspondía que describieran los actos de gobierno de quien había sido democráticamente electo en dos oportunidades y que optó por el exilio antes de que se encendiera la chispa de una guerra civil. La mujer sabía que pocos educadores profesionales se habían animado a opinar dos décadas después, durante el autodenominado proceso de reorganización nacional que en realidad, fue un nefasto período porque se desorganizaron aún más algunas familias y las erráticas decisiones también afectaron negativamente las relaciones internacionales.

Mientras escribía tales apuntes, la mujer talada desarrollaba otros planes culturales desde un húmedo sótano. Ningún obstáculo lograba detenerla en la concreción de las propuestas que le acercaban, aunque su mayor tensión apuntaba a la incorporación de la informática en todos los procesos técnicos, como base para avanzar en el desarrollo de un centromultimedios semejante a los teóricamente impulsados en 1973 en aquellas memorables jornadas del Justicialismo en la capital federal.

Una vez más, la mujer estaba decidida a completar esa iniciativa antes de que le entregaran el carnet de jubilada. No fue tarea fácil, aunque la colaboración de varios responsables contribuyó a ese oportuno logro.

Desde la penumbra crecían las amenazas de los intereses creados.

La mujer seguía confirmando su “predilección” y reiteraba su plegaria: “Padre nuestro… Perdona nuestros errores. Pilares queremos ser de una Política justa para todos los Pueblos.”

La vida la había tallado y en el ocaso, vislumbraba la amenaza del invisible huracán que con su vehemencia, talaba… talaba.

Con Fe, aceptaba cualquier desafío. Sonreía y se reanimaba…

Que crezca mi Fe… Querubín.


19. Contrastes

A los constructores…

Era verano en el hemisferio sur del planeta celeste. La familia transitaba por los faldeos de “Las Gemelas” y “El Zapato” o se acercaba a “La Toma” rumorosa, en la pujante Capilla del Monte. La mujer todo lo observaba como si fuera un territorio recién descubierto. Algunos románticos recién casados confirmaban la promesa de seguir juntos, tanto en la adversidad como en la prosperidad, en la salud como en la enfermedad, hasta que Dios los separe. Ella evocaba el verano de 1y54, cuando juntos llegaron por primera vez a Córdoba y recorrieron lentamente algunos caminos próximos a Huerta Grande. Se conmovía cuando observaba que canosos abuelos paseaban serenamente con sus inquietos nietos. Algunos jardineros cumplían con el rito puntual de los trasplantes, con la esperanza de lograr un renovado y fecundo crecimiento. Los resultados dependerían de los procesos vitales que se desarrollarían durante el período de adaptación, ese ciclo ineludible que genera las condiciones fundamentales para el fortalecimiento del arraigo.

La mujer convertía sus fértiles vigilias en prolongadas sesiones de repaso de distintas señales. Reaparecían en su computadora personal los poemas que algún día transcribiría; los cuento-historias que representaban monumentos invisibles a la perseverancia y al desprendimiento. Desde aquellos tiempos de los improvisados juegos a la sombra del jacarandá, ella reconocía el sentido y la importancia de “lo lúdrico”, porque “es el vehículo de la actividad creadora, que se desarrolla dentro del cauce de ciertas normas, peculiares para cada tipo de creatividad. Siempre hay creatividad, hay desarrollo de la personalidad humana, hay fecundidad, y con ella surgen el gozo, el entusiasmo, la luz, la fiesta, el símbolo”. También había comprendido que “hay dos formas básicas de entender la acción lúdrica: una perfectamente seria y otra banal. Bien entendido en todo su poder creador, el juego auténtico es lo más serio que hay en la vida humana”.

Por sus múltiples vivencias en el amplio escenario de la comedia humana, donde convergen personalidades y personajes, ella sabía que “hay otra forma de juego que significa entrega a las diversas fuerzas de fascinación que atraen al ser humano, lo exaltan, e inmediatamente lo deprimen en forma implacable, lo someten a sentimientos de tedio, tristeza, angustia”. Ella estaba convencida de la necesidad de estar alerta ante los destellos luminosos y la potencia de la Luz. Sugería tener en cuenta que así como se cierran algunas puertas, también se abren algunas ventanas, para que la renovación del aire impida los trastornos de la contaminación, evitándose así los efectos de la desesperante asfixia.

La mujer sabía que el progreso y la publicidad siguen promoviendo las instalaciones de acondicionadores, cuyo resultado dependerá de la oportuna disponibilidad de energía eléctrica. Día a día se comprueba cómo ese progreso ha provocado nuevas formas de dependencia. Desde otra perspectiva, con pesadumbre la mujer solía comprobar que entre los adolescentes -sin límite de edad-, existe otra forma de sofocación que generalmente depende de la excesiva aceleración o de la pereza ante cualquier dificultad…

Mientras la mujer seguía con sus desarrollos, los duendes habían estado atentos a las noticias que transmitían algunos guías de turismo en una de salas del “Pinar del Río”. Así se enteraron de que, en las proximidades de la capillense diagonal Buenos Aires, algunos porteños se habían organizado para escalar el cerro Uritorco con el propósito de observar los rastros de algunos objetos voladores no identificados. El Duende Amarillo, siempre temeroso, dudó antes de incorporarse al contingente, porque sospechaba que podía ser una iniciativa de algunos adversarios con la intención de aniquilar a su misteriosa cofradía.

El Duende Verde permanecía silencioso, oculto tras el follaje de la vid. El Duende Gris que se había apoyado en el único portafolios que encontró, perteneciente al recaudador de la caravana que anunciaba otra “nueva era!, enseguida decidió investigar el por qué de tantos movimientos.

Seguía la familia transitando por polvorientas veredas con cercos de ruda y de romero y cerca del mediodía completó las tradicionales ceremonias: en el kiosco compraban el diario, regresaban al hotel; después del aseo apenas sonaba la campana almorzaban y si el silencio lo permitía, disfrutaban de la tradicional siesta.

Era el día de Santa Lucía, 13 de diciembre de 1y92. Una vez más, el puente invisible de la comunicación social, consolidaba los lazos hispanoamericanos. La mujer ese día había leído algunas reflexiones del filósofo don Adolfo López Quintás, catedrático en la Universidad Complutense de Madrid: “…Cuando la angustia es irreversible provoca la desesperación. Desesperarse es asistir a la propia asfixia espiritual, es decir, al hecho de quedar fuera del juego de la competición que es la vida humana”.

La mujer no lo conocía, pero consciente de que sólo el talento produce el milagro de la síntesis verbal que conmueve sensibilidades en cualquier espacio, en cualquier tiempo y a cualquier edad, lo admiró por su nobleza.

Mientras el silencio se expandía por todo el edificio, se percibían misteriosas voces interiores hasta que la imprudencia de algún motociclista aturdía con nocivos ruidos.

La mujer se quedó sola; prefirió bajar los párpados y convencida de su vocación y de su misión, expresó…

Respeto tu voluntad, sublime Redentor.


20. Mensajes

A los arquitectos…

En la historia de la humanidad, cada pueblo reconoce sus hitos en distintos escenarios. Entre las cortinas del poder, en octubre entre el 7 y el 17, han quedado semiocultos diversos signos. Desde diferentes puntos de vista, esa información se podría interpretar como una referencia a determinados días o años. Entre ociosos caminantes, esos números serían elementos básicos para competir en un original juego de acertijos. Eso dependería de la actitud de las personas y quizás algunas, mediante un razonamiento coherente intentarían aproximarse a la verdad planteando otra factible discusión. Pronto se manifestaría la intolerancia y en el límite de la paciencia se produciría una virtual batalla con violentas escaramuzas verbales.

En el teatro donde día a día se renueva la comedia de los mortales, la mujer tallada a pesar de las sucesivas talas alentaba los renuevos, reanimándose entre las sombrías bambalinas. Si cesaba la lluvia, en su limitado jardín ella observaba cómo nacen los brotes tras el levedad del deshojamiento. Paciente esperaba que en otros espacios se sosegaran los ímpetus, aunque el monótono son de los bombos y las consignas de los manifestantes, anticiparan lo distintivo en esas ceremonias matinales. La mujer retiraba las hojas marchitas o secas; observaba al gato y a la gata en el rito de esconder las uñas y animar la pereza mientras se lamían. Después se miraban, se acercaban y comenzaba la ceremonia de los mimos. Desde el oeste, un gato gris avanzaba agazapado entre la perfumada maraña del jazmín y la madreselva…

La memoria que suele sorprender con sus sutiles señales, una vez más activó los pensamientos de la mujer. Décadas de dinamismo en distintos ámbitos, le habían permitido comprender que ruines tecnócratas habitaban en cenagosos territorios donde crecían tenebrosas espesuras y si algún caminante intentaba avanzar con la claridad de una lumbre, inmediatamente se desataba la ira de los sigilosos enemigos.

El 7 de octubre de 1y76 habían comentado en el litoral, que una parcela cercana a los ombúes del parque Juan de Garay, sería donada para que allí construyeran el edificio imprescindible para que los jóvenes de la zona aprendieran algunos oficios relacionados con la arquitectura. Esa sorprendente decisión conmovió a la mujer -quizás tanto como a algunos economistas-, porque el proyecto dependía de los recursos provenientes de un préstamo de un fondo internacional…

Cerca estaba el Duende Azul, romántico y analista. Él había acompañado a la mujer en el recorrido por las casonas del centro de la ciudad, cuando buscaban un espacio para trasladar la escuela profesional de mujeres desde el primer piso de la escuela normal.

El duendecillo en aquel tiempo, había observado hermosos revestimientos con azulejos importados en antiguos zaguanes, en cocinas y en baños. Eran construcciones de las primeras décadas del siglo veinte, cuando la habilidad de los colocadores dependía de la práctica en las obras porque “los expertos” -por sucesivas experiencias anteriores-, eran “los maestros” de esos entusiastas aprendices y así sucedía en torno al aprendizaje de la mayoría de los oficios.

El Duende Gris, autodidacto, sabía contar y leer y hacía absurda ostentación de sabiduría porque había memorizado algunas siglas.

Poco dispuesto a los imprescindibles ejercicios de significación, con frecuencia confundía los símbolos y alteraba el lógico razonamiento. Decía AAA -triple A-, enseguida improvisaba: “Anónima Alianza Argentina”, sin preocuparse por el posible error y arrogante exclamaba ¡ah.. ah…ah!.. Escuchaba hablar de “la FPA” y sin saber de qué se trataba, coherente con su afanes sabihondos, repetía: F… P… A… “Formación Política Apresurada” y saludaba con una reverencia al primer tecnócrata que encontraba.

El Duende Amarillo ya había aprendido a utilizar determinadas claves para dialogar con él cuando le interesaba lograr un mutuo acuerdo. Sin preocuparse por las limitaciones de otro circunstancial compañero que estaba merodeando por allí, le comentó al Duende Verde que en el parque que rememora al vizcaíno fundador, estaban esperando al capitán de navío que había desembarcado en ese territorio de Santa Fe de la Vera Cruz y que algunos rumores anticipaban también la presencia de algún cordero y… ¿¡quién sabe cuántas especies más!?

El duendecillo Gris agregó esos datos en su computadora personal y pensó en la posibilidad de convocar a una reunión secreta en la “Cofradía de los Duendes”, para descifrar esos mensajes que él no alcanzaba a comprender. En vano esperó ese momento porque los otros duendes prefirieron seguir como Antón Perulero, cada uno atendiendo su juego hasta que los potentes ruidos de la locomotora que avanzaba hacia el norte, los atemorizó y prefirieron alejarse.

La mujer dedicó unos minutos más a la relectura del anuncio sobre la firma del contrato de donación municipal. Estaba convencida de que una vez más, con el pretexto de mejorar la calidad de la educación se habían firmado nuevos pactos. Ella sabía que sin “ejercer el Poder” -y disponer de los medios necesarios-, resultaba casi imposible poder modificar la realidad. Todavía había que esperar pacientemente hasta que “los reorganizadores” decidieran terminar con ese “proceso” y convocar nuevamente a democráticas elecciones. En consecuencia, prefirió volver a sus lecturas acerca de “qué cosa es la virtud”.   Buscó entre los libros de tapas rojas con orlas y letras doradas, uno de los editados con advertencias de Aristóteles. Leyó: “Y pues en el alma hay tres géneros de cosas solamente: afectos, facultades y hábitos, la virtud de necesidad ha de ser de alguno destos tres géneros de cosas. Llamo afectos la codicia, la ira, la saña, el temor, el atrevimiento, la envidia, el regocijo, el amor, el odio, el deseo, los celos, la compasión, y generalmente todo aquello a que es aneja” –anexa- “tristeza o alegría.   Y facultades, aquellas por cuya causa somos dichos ser capaces destas cosas, como aquellas que nos hacen aptos para enojarnos o entristecernos o dolernos. Pero hábitos digo aquellos conforme a los cuales, en cuanto a los afectos, estamos bien o mal dispuestos, como para enojarnos. Porque si mucho nos enojamos o remisamente, estamos mal dispuestos en esto, y bien, si con rienda suelta y medianía, y lo mismo es en todo lo demás.”

Aunque la mujer hasta ese momento no había alcanzado a interpretar correctamente tantas dedicatorias escritas “con afecto” o “afectuosamente…”, prefirió despejar esa duda en otro momento porque se imponía la necesidad de otra pausa. Hizo otro examen de conciencia. Después, comenzó su nocturna oración…

Sirva con humildad, mi Supremo Señor.

21. Vivencias

A los orantes… oradores.

El tránsito de la persona humana sobre el planeta, es breve y algunos signos indican el sentido misional de esa existencia. Según las distintas religiones, la trascendencia se podría lograr mediante ejercicios y prédicas de significativos valores.

La mujer estaba acostumbrada a que la compararan con el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, lógicamente por sus disparatadas empresas porque lo visible demostraba precisamente lo opuesto. Ella -género femenino-, pesaba más kilos, era de menor estatura y quizás podría ser comparada por las canas y por las arrugas en el rostro y en las manos. Tallada en sucesivos períodos, había aceptado el desafío de enfrentar sucesivas batallas, sin más armas que sus escasos conocimientos, su perseverante voluntad y esa potente esperanza que impulsa favorablemente aún cuando acosan las dificultades.

En el otoño de 1y77 estaba decidido que el grupo estudiantil viajaría hacia el sur. En ese tiempo se murmuraba que en Bariloche, lamentablemente la droga pasaba y en algún momento, se quedaba. El contingente de adolescentes santafesinas insistía en querer contemplar la belleza de la naturaleza en la región de los lagos y de los picos nevados. Ella una vez más continuaba con su intento de mantener la armonía interior, aunque sabía que imperceptiblemente las frustraciones van aniquilando al ánimo.

El jardinero siempre a su lado, silencioso, también intentaba controlar todo. Durante ese itinerario algunas madres y amigas cooperaron; otras prefirieron incentivar la vida nocturna en aquel “Cerebro original”, que según la leyenda no se generó por el poder de una varita mágica sino de un simple “palito”. En ese espacio donde las luces producían efectos fantasmagóricos, el ruido favorecía la dispersión de las ideas. Mientras tanto, otras acompañantes no pudieron contener sus tentaciones y fieles a sus hábitos irrefrenables, entre las mesas del Casino soñaron con recibir alguna oportuna recompensa.

Día a día estaban viviendo experiencias irrepetibles y la consigna era ¡compartir!… evitando los excesos, porque sabido es que en la medianía suelen confluir el equilibrio y la armonía. La mujer ya estaba pensando que a fines de agosto tenían previsto llegar hasta la Quebrada de Humahuaca y sabía que allí celebrarían el quincuagésimo segundo cumpleaños del noble jardinero.

En aquellas circunstancias, algunas adolescentes recordaban el impacto de la desorientada mirada de algunos jóvenes santafesinos vistos en la entrada de los salones bailables que en poco se parecían al de la ilustre Margarita Sánchez de Thompson en la porteña ciudad recién emancipada. Ella sabía que también en el norte, como en cualquier latitud y longitud, habría diferentes riesgos y algunas experiencias confirmaron sus intuiciones. En Tucumán hasta la vendedora de flores despertaba sospechas cuando ofrecía pensamientos en la entrada a una galería. Allí, un general -que décadas después fue gobernador al imponerse por el voto democrático de los ciudadanos tucumanos-, mantenía un orden evidente hasta en la actitud de algunos jóvenes, quienes vestidos con saco y corbata, pelo cortito y mirada inquisidora, se integraban espontáneamente al grupo de “turistas” e iniciaban conversaciones mientras observaban distintos desplazamientos.

En Salta, afectada Teresita por una parotiditis fue imprescindible la internación en el hospital de infectocontagiosos y modificaron el rumbo. Tal desvío sirvió para comprender que “Salta, la linda” es también la ciudad donde suelen “vivir a los saltos” y “comer salteado”.

En Jujuy, se precipitó una experiencia insólita cuando la audacia de un viajero permitió comprobar que algunos aparentes turistas eran diligentes policías que lo obligaron a cruzar la frontera. Se iniciaba septiembre y los estudiantes jujeños estaban organizando la tradicional pintura de flores sobre la calle donde desfilarían las carrozas y algunos enmascarados. Durante la sobremesa asomaron distintos pensamientos; se anunciaron los cumpleaños, se reconocieron algunos gestos y se notaron las ausencias. Surgió la idea de proyectar un tapiz similar en la peatonal calle San Martín y como era necesario lograr suficientes apoyos, la mujer enseguida pensó en algunos “amigos” y en la ineludible gestión ante el serio y coqueto coronel que debía aprobar tal iniciativa.

El Duende Verde, acostumbrado a viajar sin moverse de su lugar, se situó en “la Puna” esperando que algunos de sus pobladores celebraran el “Día de las Almas”. Allí estarían puntuales todos los lugareños que pudieran movilizarse y dejarían sus ofrendas de comida a los muertos, esperando reencontrarse con sus espíritus. Hasta los ancianos beberían chicha y cachurín, esa mezcla de alcohol, agua, cáscara de naranja y azúcar que lentamente los aturdiría, mientras el son de la caja y del erke parecerían un sutil y prolongado lamento. Sólo los más jóvenes repetirían el rito de la rameada cuando se encontraran con las vírgenes, que los esperaban del otro lado del cerro, convencidos de que esa violación masiva simbolizaba también una ofrenda a la naturaleza y a sus dioses.

Regresó el contingente a la ciudad cordial -a veces incordiada…- y comenzaron los trámites para lograr los permisos de todas las autoridades pertinentes. El sueño de pintar una original alfombra sobre la antigua calle del comercio, entusiasmó no sólo a los comerciantes. Las familias de las alumnas apoyaron la iniciativa y estuvieron acompañando hasta la madrugada, cuando se terminaron de pintar los ramilletes que eran también otro símbolo, porque en ese tiempo tendrían que soportar la presión de torpes caminantes y día a día, serían sólo un recuerdo porque con tanta fricción iban desapareciendo.

El 21 de septiembre de 1y79, en “el litoral”, hubo un escueto comentario que resultó insuficiente para motivar a otros grupos hacia la realización de obras similares. Además, esas pinceladas nocturnas sólo habrían conmovido a quienes tuvieran las claves necesarias para descifrar ese legítimo mensaje.

Como reza en la Biblia, se sucedían los ciclos y brumosas confabulaciones amenazaban con arrasar durante años a la marchita democracia. La mujer mientras tanto seguía atesorando más testimonios de la burocracia, convencida de lo difícil que sería poder difundirlos.

La mujer tallada -y talada…-, había aprendido a reconocer los límites entre la libertad y la esclavitud. Durante algunas pausas, ella disfrutaba siendo una paciente cuidadora de culantrillos y de azaleas, o la lavandera o la cocinera…

Una mañana decidió colocar en la puerta de la cocina una simbólica estampa con fondo anaranjado, donde la representación del vuelo de un ave y la consigna: “Si quieres seguirme tan solo rompe tus cadenas” constituían otro oportuno llamado de atención.

Ella sabía desde el principio, que los vínculos del amor y del Amor…, son indestructibles. En su situación personal, no podía imaginarse en un vuelo solitario, porque estaba convencida de que sería el presagio de una declinación que culminaría en un agónico aleteo final. Mientras la mujer alisaba aquella ilustración, los duendes continuaban con sus vuelos matinales.

El Duende Verde llegó agitado porque había encontrado cerca de los plátanos de la plaza sureña, la señal que en vísperas de la Navidad había dejado César Actis Bru para su difusión en el litoral. El duendecillo no podía disimular su alegría cuando se encontró con el universalista Duende Azul. Quería que él leyera ese mensaje, ya que era el que mejor había aprendido a hablar el mismo idioma. Cuando los otros duendes vieron que empezaban a desplegar un rollo amarillento, se acercaron con creciente curiosidad.

El Duende Azul leyó “las palabras”, iluminadas por “la Palabra”:

“He aquí la señal.

La señal es un niño.

Y el niño es la Presencia.

Darán con ella, con él, con Ella

los que olvidaron sus proyectos

y los que nunca los tuvieron:

 

aquellos que miran sus rebaños

en la profundidad de la noche

y aquellos que miran

en la noche buscando ‘la Presencia’

en la marcha de los astros extranjeros.

 

Los demás,

no podrán encontrarla, ni Encontrarlo:

ni el rey -que es ‘todos los Herodes’-

ni los sabihondos de palacio,

ni los doctores de la Ley.

 

Darán con ella -‘La Señal’-

los ancianos que esperaban partir

luego de verla, y de tocarlo, de tocarla.

 

Dieron con ella, darán con Ella,

los que pusieron sus pensamientos

en la espalda,

los que tiraron el modelo,

aquellos que tienen en sus ojos

la Gracia de ‘ver’ al Verbo entre nosotros.

 

Los otros no podrán

porque el ‘Proyecto’

les veda la señal, el niño,

la Presencia,

y también el ‘vosotros’.”

El Duende Gris miró de reojo al duende periodista.

Estaban sorprendidos porque habían descubierto que “los duendes” también podían lagrimear, aunque de modo diferente a cómo lo hacía la hormigonera, mientras giraba y giraba cumpliendo las órdenes del obrero; de manera distinta a cómo lloraban algunos hombres, sin conmoverse, apenas por una ocasional irritación o por superflua imitación.

En la última semana de diciembre de 1y95, la mujer retiraba una a una, las hojas secas del lazo de amor y de la alegría del hogar. Esos desprendimientos significaban la recuperación de sucesivas esperanzas. Durante ese breve recorrido, rememoró las señales que habían establecido otras tantas pausas y aquellas que aceleraron sus decisiones.

Con agua fresca lavó el follaje y dejó que se humedecieran sus pies. Por su formación, ella sabía que todos los días se impone la renovación de las promesas del Bautismo y en cualquiera ceremonia, no estará solo quien se sienta acompañado por la Persona Divina que no abandona a sus creaturas.

Era imprescindible completar algunas tareas del hogar y después, recorrer la calle que libera, a pesar de las asechanzas y de los miedos. Responsabilidades semejantes la obligaban a estar alerta y a demostrar su aprendizaje en las complejas relaciones interpersonales. Indiferente a los agravios que denigran al agresor, siguió dejando más signos en la temporal trayectoria signada por sus compromisos laborales. Faltaban pocos días para la presentación de otra renuncia y sabía que nuevos roles la obligarían a asumir difíciles desafíos. Ella sentía que “no es madre quien da a luz, sino quien pone Luz en la vida…” y estaba comprendiendo que el ocaso inevitable ya había prolongado las sombras… hasta que la oscuridad estaba desdibujando los perfiles y aparentemente, iban desapareciendo los contornos…

………………………………………………………………………………………………………………………

Cuando a la mujer la acosaba alguna deslealtad o pretendían destruirla con amenazas, recordaba la Última Cena y se fortalecía con la esperanza de la Resurrección.

Mientras tanto, la vida seguía tallando, talando.

Ella observaba una vez más los inanimados retratos de ilustres argentinos que la acompañaban en su morada verde y contemplando el Crucifijo, renovaba su confianza en la Promesa:

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.


22. Ofrendas

A los peregrinos del Camino …

La mujer sabía que cuando se vive amando, cada instante es propicio para reiterar una ofrenda en el altar de la convivencia. Transcurría el viernes 13 de febrero de 1y98 y cada día estaba “más borroso el perfil de cántaro que fue creciendo con las nueve lunas”.

Ella era consciente del significado de aquel “primer desprendimiento”, semejante a los siguientes no sólo en la emoción, también en el misterio que en cualquiera circunstancia, rodea a la nueva vida.

En ese tiempo, los nueve amados nietos crecían con distintas manifestaciones: Graciela María Marta, Luciano Héctor Martín, Patricia María Eugenia, Ricardo Carlos Eduardo… descendientes de los dos hijos mayores, soportando la familiar tradición de los tres nombres; Josefina, Lucía, Federico, Francisco y Lucio revelando un cambio no sólo generacional. Solo nació en España, la menor de las mujeres: la inquieta catalana que sonríe -o se pone seria…- pero refleja siempre la ternura en su mirada. Dios tenía reservado el milagro del nacimiento de los mellizos, los últimos varones. Sucedió en mitad de diciembre de 1y96…

El duende Amarillo, ante el sorprendente cambio de actitudes de la mujer tallada, también hizo un giro notable. En la “Cofradía de los Duendes”, él había sido un periodista con tendencia a la monotonía porque eran insuficientes sus argumentos si se proponía criticar y tampoco percibía los necesarios estímulos para expresar diversos pensamientos. Optó por empezar a escribir algo así como un diario con las historias que se iban desarrollando. Recogió algunos carbones que encontró cerca de un asador y algunos papeles de computadoras ya usados y apilados en una esquina. Empezó a dibujar las letras tipo imprenta como si fueran enormes garabatos. Miraba y remiraba cada palabra y confiaba en que la práctica mejoraría esa destreza hasta lograr la necesaria habilidad. Anotó: “Los duendes en los últimos tres años estaban soportando situaciones conflictivas. Cada uno estaba acostumbrado a sus rutinas, pero a veces el estado de ánimo de la mujer los desorientaba. Ella durante décadas había participado en diferentes movimientos y en el último lustro parecía estar paralizada. Era muy joven cuando pudo advertir que la vejez poco a poco suele hacer estragos. Sabía que una caída puede ser provocada por la falta de atención ante cualquier obstáculo o la consecuencia inmediata de una breve interrupción en la irrigación cerebral. Una y otra vez escuchó prolongadas explicaciones sobre motivos que para ella no tenían un sustento lógico. Una y otra vez, cuando lo comentó tuvo que soportar alguna crítica, porque aparentemente ella estaba equivocada. Así se fueron manifestando otras dificultades y siempre la misma reacción: ¡A cualquiera le pasa!… ¡Son casualidades!… ¡No contesta porque no oye bien!… ¡No oye porque está escuchando la radio!.. ¡No atiende el teléfono porque se lo impide el sonido de la televisión!… ¡Está bien… y está bien que siga viviendo sola!… Esas secuencias se repitieron semana a semana; mes a mes, año a año, suspiro tras suspiro; primero fue la tristeza después la angustia, la creciente incertidumbre y la agobiante desazón.

En la “Cofradía”… resultaba evidente que el Duende Azul no aceptaba jubilarse él también y en realidad, en los últimos años casi todos creían que la mujer ni los tenía en cuenta. Ella leía poco, dejaba que las ideas se deslizaran hacia el precipicio del olvido.

Más de una vez, la mujer talada imaginó la destrucción de todos los papeles hasta dejar vacíos todos los anaqueles. Celebró que Cachito Bello, una de sus amigas del alma, pudiera ahuyentar sus miedos, mientras ella no encontraba los medios para eludir el caos que se estaba transformando en pánico…

En esas tareas estaba el duende Amarillo cuando el Duende Azul anunció la partida: “-¡Vamos!… parece que por fin se decidieron y van a ir a Sauce…” Como si fuera una bulliciosa bandada, todos se desplazaron por el pasillo y esperaron semiocultos el momento oportuno para ubicarse en cualquier espacio disponible en el auto.

La mujer sabía que la Palabra de Dios es guía segura en cualquiera circunstancia de la vida. Sabía el Señor las razones por las cuales iba a la iglesia cualquier día y en cualquier momento renovaba sus silenciosas oraciones.

En la Biblia perduran las oportunas enseñanzas: “Todo lo que ha sido escrito en el pasado, ha sido escrito para nuestra instrucción, a fin de que por la constancia y el consuelo que dan las Escrituras, mantengamos la esperanza.” (Rom. 15,4)

Desde un canal de televisión de Santiago del Estero, el Padre Héctor Muñoz difundía el Evangelio y señalaba el Camino correcto en distintas circunstancias.

La mujer aún necesitaba apoyarse en esos tutores espirituales para saber esperar sin desesperar. En esa dirección pudo encontrar un testimonio fundamental: “Vida y muerte son dos grandes realidades que dominan la totalidad de nuestra existencia sobre la tierra, y que se prolongarán más allá… Todos sabemos -creemos saber- qué es la vida, qué es la muerte… El día del deceso es el día del nacimiento. La vida humana no termina, se transforma, y la destrucción de la morada terrenal -nuestro cuerpo: el físico y la psiquis, los sentidos y la mente- nos consigue una mansión eterna en el cielo… Morir no es fácil, con todo… Pero frente al hecho universal de la muerte nos consuela saber que Cristo murió: sus huellas están en la misma puerta que se abre para nosotros en el lecho de nuestra agonía… Morir para vivir, sustentados por la esperanza de una comunidad. Morir en vista a la edificación de esa esperanza… Precisamente estos elementos han sido robados a muchos hombres de hoy -y de otros tiempos-; esto a convertido a la muerte en un hecho vergonzoso, privado, turbio. Pensemos en las llamadas   ‘pompas fúnebres’… Pensemos en la superficialidad, rayana en sacrílego, de los ‘deudos’ y ‘amigos del difunto’. En la vulgaridad del dolor comercializado. En el escándalo de la soledad en que muchos, quizás la mayoría, mueren… Porque muerte no es solamente el velorio y la tumba. Lo es sobre todo el pecado, cuyo pago es la muerte… Pero muerte y vida son un misterio superado en Cristo…” Tales Escrituras, lecturas y relecturas, reconfortaban a la mujer. Ella con frecuencia dialogaba sobre la muerte y todavía no podía comprender las razones que impulsaron -todavía impulsan y tal vez la seguirán impulsando- a tantas personas, a transformar esa experiencia esencial en un contradictorio drama donde los seres humanos parecen ser “personajes”, pendientes de sus propias manifestaciones más que de la Comunión -de la unión común…-, de los vínculos fraternales que constituyen la arquitectura fundamental de la armoniosa convivencia humana.

Febrero era uno de los meses de frecuentes celebraciones en la familia de la mujer tallada y ese año, algunas evocaciones seguían provocando desorientación porque estaban relacionadas con hechos que ella nunca alcanzó a interpretar en la dimensión exacta. Aquella noche de febrero, el insomnio imponía sucesivos desvelos.

Ella percibió cómo uno a uno iban desapareciendo sutiles velos hasta que las reflexiones del Padre Josemaría en su “Camino”, una vez más aplacaron su aflicción:

“699. Cruz, trabajos, tribulaciones: los tendrás mientras vivas. – Por ese camino fue Cristo, y no es el discípulo más que el Maestro.”

La mujer tallada -y talada…-, apagó la luz y con serenidad dijo:

Uno… es el Camino de la Fe.


23. Signos

A Juan Carlos Durán, el profeta cantor….

En la nación había sido anunciada la llegada del Papa viajero y en Buenos Aires se aceleraba la organización de los actos previstos a partir del 7 de abril de 1y87. En ese tiempo, en Santa Fe de la Vera Cruz, seguían funcionando escuelas de teatro y los actores continuaban con sus puestas en escena, mientras el pino verde del titiritero poeta José Bartolomé Pedroni seguía soportando el empuje de frecuentes vientos.

La mujer tallada había dejado algunas fértiles semillas sobre los surcos recién abiertos en la tierra arenosa, mientras algunos distraídos jardineros hablaban incoherencias sobre el trono heredado. Ella sabía que la falta de agua generaría un prolongado letargo en el vital proceso de la germinación pero no pudo eludir el desafío del nuevo compromiso.

El movimiento provincial ecologista a pesar de tantas personas que habían hablado de su proyección hacia el futuro, terminó siendo otra concepción abortada. En algunos discursos reaparecían las conclusiones del líder y aparentemente, se podía imaginar la continuidad de esos programas. Sólo en los hogares de algunos jubilados o en algunas escuelas rurales siguieron con sus huertas familiares o comunitarias.

Mientras tanto, una vez más el otoño había arremolinado todas las hojas en la feria internacional del libro. Aunque los vendedores insistían, la mayoría de las publicaciones siguieron esperando en los anaqueles porque demoraba la decisión personal de los lectores

La mujer estaba allí, una vez más, porque sabía cuánto esfuerzo había sido necesario para “abrir las puertas” que permitieran vincular a los escritores santafesinos con los potenciales lectores que recorrían ese vasto espacio destinado a la cultura nacional y a la de todas las latitudes, si lograban una inmediata comunicación.

El Duende Verde estaba feliz porque habían elegido su color para imprimir la cantata “Y Dios creó al hombre” que Juan Carlos interpretaría en aquella Feria, como homenaje al ilustre visitante, a Su Santidad Juan Pablo II.

Durante esos días, un toque de clarín anunciaba el estreno de “Hermano de nuestro Dios”, en Cracovia, la segunda pieza teatral del poeta Karol Wojtyla, escrita en 1950 y basada en temas bíblicos. Como sucede con frecuencia, la mujer aceptó sus limitaciones. Pudo informarse acerca de que el personaje histórico principal es Adam Chmielowski, el Hermano Alberto que transitó por el planeta Tierra entre 1845 y 1915; gran artista, samaritano, católico de destacada actuación en los procesos de cambios sociales de su país.

Después de la vigilia nocturna, varón y varona se instalaron en el Hotel de la avenida 9 de Julio, cerca del obelisco. Por distintos medios de comunicación trascendía el mensaje del Papa viajero y en otro estímulo directo a los sentimientos, apartándose del texto originalmente previsto -según se ha dicho-, el Pastor expresó un nuevo llamado a la reconciliación:

“Que el hermano no se enfrente más al hermano; que no vuelva a haber más ni secuestrados ni desaparecidos; que no haya lugar para el odio y la violencia y que la dignidad de la persona sea siempre respetada”.

Marido y mujer contemplaban desde el balcón de aquella residencia temporaria, a la multitud que impulsaba la Nueva Evangelización, que ha de ser fundamentalmente una Obra de conversión personal, para convivir solidariamente unidos en el Amor que no conoce límites, porque todo lo puede, todo lo hace, todo lo perdona.

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El Duende Gris llegó hasta el río de la Plata y observando todos los desplazamientos, comentó con un duendecillo porteño: -Mi cofrade Amarillo, está en su apogeo porque pululan los periodistas de todas las nacionalidades y como en los primeros teatros -¡en los circos!- ahí también se renuevan los personajes.

El burocrático duendecillo, sabía que el Papa había aceptado un sorbo de mate y anduvo dando vueltas y vueltas detrás de algún reportero gráfico que pudiera entregarle esa original imagen, porque la distancia le había impedido retenerla con precisión y conocía la debilidad de su memoria. Cerca estaba el Duende Verde y apoyándose en su piadoso sentimiento de caridad, nada le reprochó por ese trivial comentario en tan solemne ceremonia.

El Duende poeta, emocionado recordaba la voz de don Ernesto Sábato, cuando desde Santos Lugares se proyectaba como un símbolo de la tragedia. Acostumbrado a los ejercicios de memorización, evocó el otoño de 1y76, cuando el 21 de abril desapareció Agustina y desde el silencio retornaron algunos versos:

“bebamos

bajo el sol,

sobre nuestros errores,

bebamos el sueño de un amor,

que pasará con la vida

que morirá con la muerte

que mirará la gran llanura,

esperando, esperando,

la redención de los hombres.”

Los duendes estaban disfrutando de sus vacaciones porque los hombres estaban atentos a las sucesivas etapas de la programación…

Mientras tanto, la vida seguía tallando y talando.

La mujer sabía que sólo uno es el Camino.

Una vez más se preguntó si en esas circunstancias, estaría haciendo lo que realmente debía hacer. No percibió de inmediato la respuesta y con devoción dijo…

Venero el ejemplo del Calvario… Señor…


24. Realidades

A quienes entienden este idioma…

La mujer en distintas circunstancias había observado que la condición humana se refleja en múltiples actitudes. Algunas personas hablan de sus ídolos y los consideran casi una divinidad; subordinan a ellos cualquier otro tipo de valor y consciente o inconscientemente, relegan a Dios. En algunos grupos, las supersticiones producen efectos similares. En otros, el distanciamiento se produce por el afán desmedido por acumular dinero, considerándolo un valor en sí mismo sin entender que debe ser sólo el medio para satisfacer algunas necesidades.

La mujer había percibido que ese error suele conducir a un precipicio donde lo moral carece de importancia. En el camino encontró a personas capaces de distinguir el mérito de haber recibido una compensación material por un trabajo constante y honrado; vio otras que vivían indiferentes a la usurpación que implica recibir un sueldo mensual, sin haber realizado el mínimo esfuerzo para justificarlo. Comprendía que es en tales circunstancias, cuando la ambición supera la potencia de la autoestima y las personas ávidas por el tener se olvidan de el deber, repitiendo actitudes semejantes a las de un hábil estafador o un sigiloso ladrón.

La mujer con frecuencia lamentaba que quienes suelen hablar de determinados principios y de doctrinas, los contraríen con sus actos cotidianos porque desde sus mezquindades, sólo actúan para ser dominantes con un autoritarismo ruin, egoísta, opuesto a la justicia y a la imprescindible solidaridad fraternal.

La mujer desde distintas perspectivas, había comprobado que la codicia provoca cierta insensibilidad y el avariento no sólo vive alterando el equilibrio de su personalidad, porque en algunos casos, genera acciones que alteran la unidad familiar y lógicamente, influyen en el ámbito donde conviven. Ella, durante sucesivas jornadas había evaluado tales comportamientos. En sucesivos exámenes de conciencia había reconocido algunas de sus limitaciones y se lamentaba por algunas equivocaciones. Fiel a sus íntimas convicciones, en actitud reverencial invocaba al Espíritu para que su Fortaleza no declinara…

El Duende Verde, “sin conocer el rumbo” rememoró algunas señales que la mujer poeta María del Luján Ortiz Alcántara, había dejado en la nación y que la mujer tallada había repetido emocionada: “Por qué tantos afanes / desvelan nuestros días. / Por qué una sed extraña / invade nuestro ser / tratando de explicarnos / todo lo que ignoramos / si la respuesta es siempre / un quizás o un tal vez. / De qué vale el esfuerzo / y todo nuestro empeño / si al final de la senda / tenemos que volver / como el río que pasa / siguiendo la corriente, / cuyas aguas cambiantes / no serán siempre igual. / Así también nosotros / ya no somos los mismos, / y al final del camino, / sin conocer el rumbo, / a sus aguas profundas / no podremos llegar.”

Llegó el Duende Azul y al encontrarlo tan meditativo, creyendo que estaba agobiado por los estragos que el progreso humano suele generar sobre la ecología, se acercó y mirándolo con misericordia le recordó uno de los mensajes del sabio francés Luis Pasteur: “Un poco de ciencia aleja de Dios, más ciencia acerca a Dios.” Enseguida el soñador duendecito se alejó hasta el alero donde la tacuarita estaba cuidando su nido…

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Transcurría el otoño de 1y90, la mujer y el jardinero seguían transitando el mismo Camino y viviendo una realidad que como tal no sólo es apariencia, también es mutación constante. Juntos entraron en la casa vacía y ella se detuvo ante la estampa de S.S. Juan Pablo II apenas apoyada sobre la pared despintada. La retiró con cuidado y la guardó junto a otras ofrendas que la anciana inquilina había dejado allí, cuando debió partir sin inútiles alforjas. Una vez más, la mujer recordó el lema que el Papa anunció al comenzar el año 1983: “Para servir a la paz, respeta la libertad”. Ella sabía que la libertad tiene límites exactos y que la audacia humana, suele rozarlos hasta que la persona inevitablemente se sumerge en el libertinaje o se convierte en un esclavo. Tenía en cuenta que el gran Pastor ha dicho: “Seguiré viajando mientras la Providencia me dé fuerzas” y recomendó a sus hermanos: “Cristo no puede ser sacado de la historia del mundo”.

Ella, no olvidaba que el Pontífice había señalado su consigna: “Es necesario tener el coraje de caminar en la dirección en que nadie lo haya hecho”. Sabía que la vida es un lento y a veces largo peregrinaje por el planeta Tierra, al que los astronautas vieron como si fuera un planeta celeste y que durante las guerras, amenazado por el fuego de las pasiones y del egoísmo suele transformarse en un planeta rojo.

La mujer tallada, meditó una vez más y frente al retrato de Su Santidad Juan Pablo II que Luis Dona había terminado el 12 de junio de 1990, recordó la imagen de El Profeta dibujada también por Luis y regalado a Julio el 5 de diciembre de 1995, con algunas señales manuscritas:

“Recorred las calles… / mirad y observad / y buscad por sus plazas, / a ver si halláis un hombre; / uno solo que practique la justicia / y busque la verdad…”

Jeremías 5:1.

“Por lo tanto os juzgaré a cada uno / conforme a sus caminos.” Ezequiel 18:25

Sólo ella sabía que se estaba preparando para otra partida. En su agenda conservaba la tarjeta de su amiga del alma Rosa Mayo de Marcuzzi, hermana compañera sincera para las consultas y generosa en el momento de las reafirmaciones o de las críticas.

El 21 de noviembre de 1y86, con una caligrafía que denotaba su armonía, había escrito: “No a la mujer tallada. Sí, a la mujer cincelada. Éxitos!!”

La mujer percibía que sobre el planeta celeste, la angustia no decrece, porque en todos los continentes hay evidencias de racismo y de fanatismo que provocan sucesivos actos de terrorismo.

Ella iba descubriendo el crecimiento de sus amados nietos. En distintas circunstancias había comprobado que el horror deja huellas imborrables en la sensibilidad de los niños. Mientras tanto, en los umbrales del tercer milenio parecía un absurdo que todavía se siguiera hablando de la necesidad de construir la Civilización del Amor promovida por el humilde predicador San Francisco de Asís en el siglo XIII.

En su pretendida visión cósmica, la mujer tallada sabía que era imprescindible respetar a todas las creaturas. Era visible que algunos adolescentes vivían a la deriva o se aturdían para disimular el abandono que los acosaba. En otra dimensión, había podido apreciar que legiones de adultos incomunicados, dialogan personalmente o por teléfono, sin comprenderse; algunos navegan en las laberínticas redes de internet ejercitando una virtual comunicación intercontinental.

Cuando sus pensamientos se orientaban hacia esos dilemas, mientras los ríos Salado y Paraná seguían sus variables cursos, la mujer tallada solía sentirse agobiada y aceptaba el desafío de ser la mujer talada, porque sabía que como nacen los brotes, también se renuevan las esperanzas y todo ha de seguir siendo como está escrito, desde el edén hasta el Edén, siempre en las manos de Dios.

En su memoria estaban las impresiones de diversas experiencias. Vinculó los aprendizajes de inglés en torno a nosotros, al Tú y pensó en los chavales catalanes; hasta la orilla de sus remembranzas llegó el eco de las voces de fulanos, de menganos o de zutanos…

La mujer que había sido pacientemente tallada, lentamente sintió que en sucesivas podas había sido talada. Comprendió una vez más, lo imperceptible que suele ser el umbral en el límite entre lo sublime y lo absurdo; entre la sensatez y la locura.

Bajó los párpados para ver mejor.

Descubrió que así como había sido la mujer tallada, después la mujer talada… es probable que día a día, sin darse cuenta se haya transmutado en la mujer tarada… o tal vez como dijo su amiga, en la mujer cincelada… aunque para eso sigue siendo fundamental la calidad de la materia y por los resultados, es evidente que no ha sido piedra, tampoco metal…

La mujer en sus poemas, algunas veces se ha comparado con el agua y otras, con el árbol, porque se ha sentido sostenida por raíces profundas, que han ido nutriendo una fronda vigorosa que no ha temido a los vientos. En esas ramas predispuestas para el milagro de la floración y para la recolección de sus frutos, también han podido refugiarse los pájaros y allí han construido sus nidos, aunque en algún momento se anunciara el inquietante deshojamiento.

Pensó que esa divagación perturbaría aún más al confidente lector y optó por terminar estas historias.

Con aire risueño expresó su íntimo convencimiento:

We, Xaval, You, Zutano… todos somos hermanos…

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La mujer talada, rememoró lo expresado por Albert Einstein:

“Si A es igual al éxito, entonces la fórmula:

                                                                 A = X + Y + Z

donde X es trabajo Y es jugar y Z es mantener la boca cerrada.”

Nidia Aurora Guadalupe Orbea Álvarez de Fontanini

1º de junio de 2000 – Santa Fe de la Vera Cruz – República Argentina

Año del Padre de la Patria “General José de San Martín” (1778-1850)

Aparentemente objetos…

 

 

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Delia Zoireff, es amiga desde que compartimos responsabilidades en la Escuela Nacional de Comercio “Juana del Pino de Rivadavia”.

Viajó a Israel y generosa como es…

cuando regresó me entregó este regalo…

  Con Juan Carlos Gruski estamos relacionados desde 1981 y diez años después, el 18 de octubre al atardecer, llegó al Museo Provincial de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez” para la presentación de otra edición de SEPA: “Palabras para compartir 5”.   Lo acompañaron docentes y un grupo de alumnos de la Escuela secundaria de Avellaneda.

 

 

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[1] Ver más información en el Portal SEPA-ARGENTINA: www.sepaargentina.com.ar (desde el 12 de noviembre de 2004, trayectoria “A” ARTE / ARTISTAS / ARTISTAS ARGENTINOS / PINTORES Y ESCULTORES / Rogelio Yrurtia (1879-1950). Rogelio Yrurtia nació en Buenos Aires, el 6 de diciembre de 1879, hijo de españoles. Inició sus primeras experiencias en escultura en el taller de un santero y en 1898 ingresó en la Escuela de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes. Luego trabajó en el taller del maestro Lucio Correa Morales (padre de Lía, luego su esposa). / Al año siguiente, por concurso obtuvo la primera beca de perfeccionamiento, viajó a Europa y estuvo en Italia en 1899, luego se instaló en París -capital de Francia- y durante cinco años asistió a la Academia Jullien, pero tuvo diversas dificultades para trabajar porque desconocía otros idiomas. Siguió perfeccionando sus estudios con el escultor Félix Countan y avanzó en técnicas de dibujo en una Academia parisina. / Viajó lejos de su país natal; conoció a artistas de distintas nacionalidades y demostró su amor por su terruño. Al regresar a Buenos Aires, siguió dedicándose a la docencia: fue profesor de Escultura en Escuela Nacional de Bellas Artes. / Miembro de la Comisión Nacional de Bellas Artes (1921); Miembro titular de la Academia de Bellas Artes desde 1939. Rogelio Yrurtia falleció el 4 de marzo de 1950 en su ciudad natal.” /…/ 1938: presencia de escolares en su casa… En la revista Figuritas del 22 de julio de 1938 (Año III, Nº 105, editada en Buenos Aires, Argentina), dedicaron una página al comentario “en torno a una iniciativa” porque los escolares visitaron “la casa del Escultor Rogelio Yrurtia” y los acompañó una comitiva oficial integrada por “el presidente interino del Consejo Escolar Nº XV, ingeniero Juan Ochoa, el vicepresidente, profesor Nicolás Rossi, el inspector señor Lino Mestroni; la secretaria, señora Dora M. de Luchia Puig, la auxiliar, señorita María Emilia Couto, el director de ‘El Heraldo’, don Enrique W. Burgos, la directora de la Escuela Nº 4 del mismo consejo, señora Catalina Zambrana de Zamora, que acompañó a las alumnas de su escuela al ‘atelier del artista’.”

Lucio Morel, el periodista que el 6 de julio había acompañado a ese grupo, luego escribió:

“Llegamos a la casa de don Rogelio Yrurtia a la hora en que los irisados rayos del sol, algo alucinante, al traspasar los vitraux de aquellos ventanales con rejas, iban a herir, en su penumbra los ángulos del gran salón del artista. Parecía, sin embargo, e ocaso de una tarde que vagaba semiperdida en un rincón de una ciudad legendaria. / Caminamos unos pasos columbrados por el maravilloso espectáculo que ofrecía ese atardecer rojizo, casi dorado y buscamos después a don Rogelio Yrurtia. Habíamos llegado hasta su casa y éramos peregrinos de la religión que rinde culto desinteresado a las bellas obras del hombre.” /…/ “La casa del artista se llenó e ecos que no eran los golpes del martillo y del cincel, sino las risas de esas encantadoras niñas que pasado el momentáneo hechizo del primer instante parecían haberse sumido como nosotros en poético embeleso. /…/ Allí estaba el escultor ataviado con su sencilla casaca de trabajo junto a su señora esposa, la pintora Lía Correa Morales, que emocionados recibieron el saludo de ese grupo de cabecitas nimbadas de albura que habían ido a tributar su admiración al más grande de los modeladores mundialmente reconocidos.   / Esa embajada ‘blanca’, como la llamó el artista a su llegada, ofreció al escultor un presente de rosas rojas.”

El Prof. Nicolás Rossi, explicó el significado de esa visita, y es oportuno reiterar algunos párrafos:

“…El Consejo Escolar XV… aprobó una feliz iniciativa de quien, respetando su voluntad, reservo el nombre, y consistente en que, los alumnos de las escuelas de su dependencia visiten a los artistas destacados de nuestras nacionales que por fortuna los hay meritísimos y no en escasa cantidad.”

“…Otro objetivo… es poner en contacto a la niñez con los grandes hombres de nuestra patria, en primer término con los artistas que la honran, para que se inicien en la cultura más elevada del espíritu humano”…

                              (Colección de revistas perteneciente a Eduardo Rodolfo Fontanini Doval (1926-2000), integrada en nuestra biblioteca familiar; encuadernadas en tres tomos durante su adolescencia -a principios de la década del ’40, siendo alumno en la Escuela Nocturna “Leandro N. Alem” de Santa Fe de la Vera Cruz, República Argentina.)

Lecturas y apuntes realizados con la silenciosa compañía de la nostalgia…

                                            Nidia Orbea Álvarez de Fontanini / Primavera 2000.