Isabel Heer de Beaugé

Nació en Esperanza (departamento Las Colonias), el 25 de enero de 1915. Hija de María Susana Kieffer y de Alfredo Gaspar Heer. Casada en 1935 con el “destacado profesor Juan Pedro Beaugé”, padres de Víctor Enrique y Rafael Ernesto (información de Gloria de Bertero en “Quién es Ella en Santa Fe – Tomo I, noviembre 1995).

Labor docente…

Maestra Normal Nacional egresada en 1932 del establecimiento esperancino.

En Paraná (provincia de Entre Ríos), cursó el Profesorado de Ciencias de la Educación y egresó en 1955. Directora del primer Jardín de Infantes anexo a la Escuela Normal de Esperanza (1952-1975) y profesora de Historia de la Educación; Pedagogía y Ciencias de la Educación (1955-1975).

Investigación histórica

Durante su tiempo libre se dedicó a la investigación histórica. Ha publicado notas en diarios y revistas de distintas localidades. Títulos de algunas obras editadas: 1945 –Peter Zimmermann – El drama de un fundador de Esperanza. 1950 –San Martín en el culto del corazón. 1956 – Esperanza (Homenaje al Centenario de la fundación de la primera colonia agrícola); 1980 – Niños y Jardines (descripción de experiencias docentes editado tras su jubilación). 1993 – Patrimonio (fotos de edificios antiguos de Esperanza; 1993 – Evocación (canto que rememora la trayectoria de Rosina Wernly de Bircher); 1994 – Esperanza, razón del nombre de calles, plazas y paseos, libro presentado por Rafael Simonutti, Presidente de Residentes Esperancinos en Buenos Aires, con apoyo de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación. En el acto realizado el 24 de octubre de 1994 -como lo ha destacado la escritora esperancina Gloria de Bertero-, “en nombre de la autora, su hijo, el Embajador Víctor Beaugé, hace entrega del libro Esperanza a los descendientes de aquellos cuyos nombres llevan las calles de la ciudad.”

En octubre de 1980 conocí a Isabel Heer al presentar Gastón Gori mi primer libro Poemas para Tioco y después, sólo he leído algunas publicaciones.

Talentosa y perseverante, ha desarrollado fecundas obras…

Río y testigo

(Publicado en “La Unión” de Esperanza.

Suplemento Cultural, martes 27-01-1987, p. 11.) [1]

Cada verano, cuando la tierra arde bajo el sol, las aguas de nuestro río se convierten en el atractivo de cuantas personas acuden a él en procura de solaz y expansión.|

Cada verano el río Salado se puebla de rumores, de música, de voces y de risas infantiles. Es que ese río, en su constante y renovada marcha hacia el Paraná, nos llega, cálido de sol, como una fuente de salud e inagotable frescura.

No olvidamos por ello, que también supo cobrar tributo a la aventura juvenil, ahogando en profundo abrazo a fuertes muchachos que cedieron a la tentación de las fascinantes aguas.

Como que no deja de constituir una amenaza permanente, cuando, saliendo de cauce, provoca ¡la inundación!

La agreste vegetación de aromitos, algarrobos, cina-cinas y talas, exponentes de la flora autóctona, le imprime, no el orden de lo cultivado, sino el embrujo de lo nacido y crecido por sí.

Desde el origen de la Colonia, el río fue testigo de hechos y sucesos por todos conocidos: los colonos salvando el curso con primitivos carros y más tarde con una rústica y primitiva balsa; los molinos de Gaspoz, en el Cululú y el de Chistian Clausen en el paso de Mihura; la inauguración de los puentes, el llamado “de Oroño” y el Puente Vinal.

Pero el río fue testigo también de propósitos diversos. Ya festivos, de fraternidad partidaria, de inquietudes artísticas, de inspiración ascética, de investigación científica y de incentivo empresarial. Y es en la actualidad el escenario donde surgen efímeros y coloridos reinados en medio de luces, sonidos y conjuntos musicales que marcan el enfático ritmo de la hora.

Antaño, el más generalizado fue el paseo campestre. Participaba de él la sociedad esperancina. Antiguas fotografías muestran a las mujeres con coquetas sombrillas y vaporosos vestidos. A los hombres, no menos compuestos, con saco y sombreros unos, y con amplias bombachas, chambergo y pañuelo al cuello otros.

Hoy como ayer, en las aguas, en las aguas sin dueño ¡por suerte!, descalzos de siempre y descalzos transitorios, se confunden en el juego de las aguas cuando el estiaje las torna mansas y divagantes.

Variadas motivaciones llevan al hombre a sus orillas y una multiplicidad de expresiones surge de este río desprendido de las montañas norteñas y entregado, lento y generoso -a veces en demasía- a esta llanura siempre verde que configura, en parte, nuestra idiosincrasia.

Para quienes no temen mirar hacia atrás, porque están seguros de avanzar hacia el futuro, desplegamos por un momento las naves que traen en su velamen imágenes de otro tiempo. Imágenes no desconocidas para quienes ya mucho han caminado, pero que han podido olvidar.

1891.- “Puente Vinal a orillas del Salado. Pic-nic en honor de Alem, cuando en 1891 el ilustre patricio, apóstol de la democracia argentina, en gira de propaganda del credo Radical, visitó nuestra ciudad…” Así reza la leyenda del documento fotográfico que se exhibe en el Museo de la Colonización de la ciudad.

Un nutrido grupo, en actitud expectante, frente a la cámara. Correligionarios, hombres y mujeres, junto al tribuno de mesiánica barba blanca, vestido con la negra levita, cubierto con el cilindro de felpa, y apoyado en el inseparable bastón. Por fondo, el árbol. Más allá, el río por testigo…

1898.- Los integrantes de la primera promoción de maestros de la Escuela Normal, quince en total, al día siguiente de la celebración académica que tuviera efecto en el salón del Chalet Suizo, se alzaron en las jardineras y volantas, salvaron los polvorientos caminos y volcaron la contenida euforia en baile y canciones a orillas del Salado.

En las primera décadas del siglo, graves catedráticos y no menos graves funcionarios públicos, también experimentaron la sugestión del paraje y comprobaron que en él, las parrillas jugosas y las rubias Pilsen tenían otro sabor.

Por ese tiempo, las ciencias positivas promovían la formación de Museos de Historia Natural. Desde Buenos Aires, Don Hipólito Pouysegur y Don Augusto Tapia, y desde Córdoba, el Dr. Joaquín Frenguellis arribaron a la ciudad. Con alumnos de la Escuela Normal efectuaron excursiones a la costa en busca de fósiles y muestras de tierra de nuestra Esperanza tan mentada.

La investigación, que posteriormente tendría trascendencia en la Capital Federal, culminó en el terreno, con viandas y mateadas bajo la fronda de un ñandubay.

Al rayar el cuarto siglo aproximadamente, frente a sus aguas, Franz Schultz, el pescador, levantó su “Songerlos”, de pintoresca fachada. “Un solitario”, decía la gente. Tal vez, un ser enroscado en sí mismo, por no haber encontrado en el mundo de los otros al prójimo idealizado. Un documento fotográfico de quien en esas circunstancias prestara atención a una presencia diferente en el lugar, atrapó la imagen de “Songerlos” que, con el tiempo, cargado de años y ya sin dueño, se iría con las aguas.

En 1929 el río fue testigo de otro asentamiento: el de Oriel Rodas y su numerosa familia. Baquiano como pocos del paraje de la costa, de las variantes del río, de sus meandros y peligros, de las contingencias de la pesca y de todas las actividades derivadas del factor geográfico, brindó: a sus amigos, una amistad sellada; a los recién llegados, el libro abierto de su experiencia.

Promovió la fundación de la “villa” que se apropió de su nombre para ser “Villa Rodas” o simplemente: Rodas. Y no hubo, durante años, mejores noches veraniegas que las estrelladas de la costa, ni mesa mejor que la ofrecida por el pescador correntino.

El poeta y pintor caminaron sus orillas. Pedroni, meditando en el indio arrojado de su “hábitat”, y en las manos obscuras que habían modelado su propia vajilla. Montalbetti, internalizando efectos luminosos, escalas cromáticas, cautivantes atmósferas, figuras y espacios reales. Alguien se encargaría de jerarquizar al río, desde el aspecto histórico. Fue el profesor Lázaro Grattarola al publicar, en 1949, “Breve Reseña de la Historia de un Río”.

Lo hacía según sus palabras, “como homenaje al Río Pasaje, Juramento o Salado, como testigo que fuera de esta parte de América, y por el lugar que ocupa en mis recuerdos de la niñez, cuando sentado a su vera creía oír farfullar en sus aguas como el eco postrero de disputas en luchas extinguidas, lejanos lamentos de los artífices de una cultura pasada…”

El tema central se refiere a las exploraciones efectuadas en el río Salado a partir de 1855, por empresarios extranjeros autorizados por el gobierno de la confederación Argentina. Destaca, por sobre todo, los repetidos intentos de Esteban Rams y Rubert. Español tenaz, motivado por un fuerte espíritu de empresa, concibió un río navegable. Vislumbró el asentamiento de ciudades y puertos, la venta de tierras públicas aledañas, el activo tráfico fluvial en reemplazo de las lentas carretas que tardaban meses en llegar a destino con los frutos de la producción agrícola. Todo un ideal posible pero no realizable entonces, cuando la patria institucionalizada recién asomaba a una vida nueva.

El río fue testigo. Tal vez temblaron sus aguas frente al fracaso de los exploradores atrapados por obstáculos precipitados en su lecho, o varados por la bajante en Monte Aguará. [2]

Y sin duda se alegró cuando tornó el silencio y la quietud volvió a su curso. Ya no perdería su libertad. Cada verano llegarían de nuevo los viejos amigos trayendo consigo otros amantes del paisaje natural. Nadie se bañaría dos veces en las mismas aguas pero sí por cientos y cientos de veces, en sus renovadas aguas de sal y de vida.

                Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

[1] En esa página, tres fotografías: “Recreo en el Salado. Representantes de las fuerzas vivas, políticos y docentes esperancinos, hace 50 años” (c. 1937, un cajón cubierto con una servilleta sirve como mesa donde apoyan dos botellas con bebidas, una cilíndrica y otra con base cuadrada, una copa… Sólo dos hombres con cabezas descubiertas, algo calvos, con bigotes; uno con camisa blanca y moñito, con chaleco; dos con gorras, los restantes aproximadamente veinticinco, todos con corbatas, sacos, sombreros. // Foto 2: “Esser, el pescador, junto a su rancho, con los amigos, Jorge Müller y Naicius. Otro tiempo.   // Foto 3.: “Songerlos”, la vivienda de Franz Schultz el pescador (Ya no existe).

[2] Rememoro que nuestro amigo a perpetuidad Andrés Atilio Roverano, ex Director del Archivo Histórico Provincial publicó el ensayo El Río Salado en la Historia, en la legendaria Editorial Colmegna de San Martín y Falucho, en la capital santafesina…