Carlos J. López-González. (Datos biográficos. Obras y distinciones.)

Su lugar y algunas actividades…

Escritor residente en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Ha publicado por distintos medios interesantes cuentos y aforismos. Secretario de la SADE, filial Santa Fe (1980-1982); Vocal hasta enero de 1983; Tesorero hasta junio de 1987. Participa en actividades literarias programadas por distintos grupos.

Obras publicadas:

1977: El encuentro -edición compartida con Oscar Agú (Ed. Best Seller, Santa Fe).

1981: La opinión – Cuento, integra la Antología editada por el Rotary Club de Santa Fe.

1982: La factura -cuento-; obtuvo Mención en el concurso de la Asoc. Cultural Americana “San Francisco de Asís” de California, EEUU.)

1982; Los juguetes –seleccionado por Editorial Amarú, Buenos Aires.

1983: Las novedades –cuento-; seleccionado en el concurso del Ateneo Popular de La Boca, Buenos Aires.

1985: Las decisiones –cuento- seleccionado por la Asoc. Literaria “Nosotras” de Rosario, prov. de Santa Fe.

1988: Integra la Antología de Ediciones Pegaso, de Rosario (Santa Fe) con el cuento Las Novedades.

1989: Aforismos sobre la amistad (en Palabras para compartir 2, p. 43).

1989: Aforismos sobre infancia y ancianidad (en Palabras para compartir 3, p.123-124).

2003: Integra la comisión directiva de SADE Filial Santa Fe (Vocal 5º).

1977: edición compartida…

En aquel tiempo, en la capital santafesina, quienes transitábamos por la calle Vera hacia el este, llegando al 2627 veíamos el funcionamiento de los Talleres Gráficos “El Turia”, donde otra desaparecida –Ediciones Nuevo Best-Seller-, encargaba la edición de obras de autores santafesinos, entre ellas este libro de bolsillo de sesenta y dos páginas que incluye narrativa de López-González y poemas de Oscar A. Agú. Leí el libro mediante un préstamo y recién doce años después, el 19 de octubre de 1989 incorporé ese ejemplar en nuestra biblioteca familiar. En la primera página, manuscrito con letras mayúsculas tipo imprenta:

“Carlos J. López González le acerca con profundo afecto a Nidia sus narraciones.”

Hacía varios años que Carlos aparecía en distintas actividades propuestas por la SADE filial Santa Fe y empecé a conocerlo personalmente por sus vínculos con una amiga del alma: la talentosa y perseverante Idilia Vouilloz. Recibí ese regalo en el Mes de la Familia tuvo para mí un emotivo significado. Ahora, siento la alegría de poder reiterar lo expresado a partir de la novena página porque son palabras para compartir

“El encuentro”

Abrí la puerta y nuevamente la encontré sobre la pared, con sus alas desplegadas de magníficos colores.

Hacía varios días que notaba su presencia, pero pronto me olvidaba de ella. Estaba muy cerca de la puerta que da a la terraza. Me acerqué cautelosamente para no ahuyentarla. Cuando creí conveniente pasé la mano evitando así que escapara. Ahora, pensé, la veré más de cerca, impregnaré mis dedos con su fino polvillo para conocer su constitución. Grande fue mi sorpresa: apenas toqué sus aterciopeladas alas, un tenue crujido me indicó que se habían roto. Su cuerpo cayó de la pared. Me agaché a recogerlo y un escalofrío entonces recorrió mi cuerpo; un temblor casi con furia me entró en las manos; mi frente comenzó a martillear intensamente.

¡La mariposa estaba muerta! Su cuerpo estaba seco, denunciando variaos días de permanencia en la pared. Había muerto de frío. La inclemencia del tiempo hizo otra presa, cuando ésta buscaba su último refugio en mi cuarto, que da a la terraza y desde el cual día tras día al abrir la puerta y verla no reparaba en lo que tan delicado ser necesitaba: ¡Amparo!, y tanto que se había posado rozando la puerta.

¡Cuántas cosas haría la mariposa estando viva! Volaría gracilmente como posándose en el aire por escasos instantes. Engalanaría con su presencia a innumerables flores, algunas martitas que rejuvenecerían con el toque de su cuerpo. Batiría sus alas como indicando que sólo traía dulzura en su pasar, esas alas que a la luz del sol semejarían diademas sin igual. Formaría parte de los muchos seres alados que alegran las mañanas y tardes, revoloteando incansablemente, brindando movimiento y color, espectáculo sin par con actores sin par.

Viviría momentos tristes también, como el sortear a cada instante a los incansables pequeños que, al ver tan delicada presa, no repararían en medios para poseerla.

¡Cuánto más podría hacer! Pero la vida había terminado para ella.

El fino polvillo que cubría su cuerpo comenzó a dispersarse, significando tal vez un adiós.

Al lado de mi casa un grupo de chicos se preguntaban: -¿Qué es eso que viene en el aire?-. “Eso” eran fragmentos de alas semejando una diminuta nube que realizaba su último paseo. Mientras innumerables zorzales de maravilloso trinar y una cantidad de mariposas, con deslumbrantes colores formaban un cortejo de despedida. Instantes más y las que habían sido magníficas alas se desparramaban en curiosas volteretas alejándose cada vez más.

Los zorzales y las mariposas desparecieron. El vacío fue total. Inmóvil en el centro de la terraza no atinaba a dar un paso. Ni un músculo se movía en mí. Sólo el frío de la cercana noche me volvió a la realidad. Lentamente emprendí el regreso hacia mi cuarto, deseando no llegar nunca. Me di vuelta un instante esperando divisar pequeños puntos multicolores y sólo vi el vaivén de las hojas bañadas por el ojo de la noche.

Entre luego, pero teniendo cuidado de no cerrar la puerta. Nunca más la cerré. Hace mucho tiempo que la puerta de mi cuarto que da a la terraza está abierta, permanentemente abierta.   p. 9

                                               (Difusión: Servicio de Educación por el Arte.

                                               Nidia Orbea Álvarez de Fontanini. Invierno de 2003.)