Siglo XX – Ecos de poetas ingleses…

 

En el Concierto de los Poetas, tienen resonancia otras cadencias, otras melodías, algunos acordes… ¡Voces inglesas traducidas al idioma castellano!

Qué mares…

Quis hic locus, quae regió, quae mundi plaga.

 

Qué mares, qué riberas, qué rocas grises y qué islas,

Qué susurrantes aguas en la proa

Y fragancia de pino y el zorzal gorjeando a través de la niebla.

Qué imágenes retornan,

Oh hija mía.

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Qué mares, qué riberas, qué islotes de granito

Contra mis viejas cuadernas

Y el zorzal que a través de la niebla llama

¡Hija mía!

Thomas Stearn Eliot (1885-1965)

Primeros y últimos versos de “Marina”.

“Poesía inglesa del siglo XX”

Traducción de Leopoldo Panero. [1]

El coronel Fantock

Debajo de los árboles así habló la señora:

Yo pertenecía a una familia

cuyas leyendas eran de cacería (de todas las extrañas

inalcanzables luminosidades del aire),

a una raza cuya encomiada destreza en cetrería

se ejercitaba en los pájaros cantores y en un alado

y ciego destino… yo creo que sólo

los seres alados conocen la soledad de los más altos nidos.

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Edith Sitwell (1887-1964)

Primera estrofa. Incluido en la selección

“Poesía inglesa del siglo XX”

Traducción de Silvina Ocampo.

No esperes de nuevo…

No esperes de nuevo esa hora del Fénix,

el cielo de triple torre, la queja de la paloma,

la súbita lluvia de oro, ni la primera holgura del alma,

arrobada bajo los árboles por la vieja luz del poniente.

Por una senda esplendente nos volverá la alegría:

esparce una hora encendida su luz en mil rutas

y en ademán familiar se sosiega la cálida sangre.

Nos esperan los años mejores, la plenitud del cuerpo.

Piensa, pues, amor mío, que aquí ya terminan

el ascender de la alondra, el celeste volar del milano.

La primavera pronto se acaba y el primer calor del estío;

con grave frente de nubes medita el vasto horizonte.

Recoge el rocío. Hazte grávida con apacible violencia.

Adquiere forma en silencio. Crece como crecieron las nubes.

Bellas, meditan las mieses y tú vas pesada;

Tupido el ramaje -también esconde gran fruto.

Cecil Day Lewis (n. 1904)

Poema “No esperes de nuevo…[2]

“Poesía inglesa del siglo XX”

Trad. de M. Manent.

No he nacido aún…

No he nacido aún. Escúchame.

No dejes que el murciélago sorbedor de sangre,

Que la rata, o el armiño, o el vampiro vengan cerca de mí.

No he nacido aún. Confórtame.

Porque temo a los hombres que entre muros me encierren,

con drogas me droguen, con mentiras me engañen,

  en potros de tormento me atormenten, me revuelquen la sangre.

No he nacido aún. Procúrame

un agua que me acune, hierba que brote para mí,

              árboles

que me hablen, cielos que me canten, pájaros, y

              una luz blanca, en el fondo del alma, que me guíe.

No he nacido aún. Perdóname

Los pecados que en mí cometa el mundo, mis palabras

              Cuando hablen

Por mí, mis pensamientos cuando piensen por mí,

  mi traición engendrada por traidores anteriores a mí,

mi vida cuando ellos asesinen por mi mano,

              mi muerte cuando ellos me vivan.

No he nacido aún. Ensáyame

  en los papeles que habré de recitar y en las

              indicaciones que habré de seguir,

cuando los viejos me sermoneen,

los jefes me regañen,

los montes me desdeñen,

los amantes se me rían,

y las olas blancas, me inciten a la locura,

y el desierto me incite a la ruina,

y los pobres rechacen mi limosna,

y mis hijos me maldigan.

No he nacido aún. Escúchame.

No dejes que el bruto,

que el hombre que se piensa semejante a Dios

venga cerca de mí.

No he nacido aún. Fortifícame

contra todo el que quiera secar mi humanidad,

  vaciarme en autómata sonámbulo, volverme

  una pieza de máquina, una cosa con una cara,

    un objeto, contra todo el que quiera

      disipar mi entereza, aventarme lo mismo que un vilano,

         aquí y allá, lo mismo que un agua

           que se tiene en la mano, derramarme.

No dejes que me vuelvan piedra, no dejes que me derramen.

De lo contrario mátame.

                              Louis Macneice (n. 1907)

En “Poesía inglesa de siglo XX”. [3]

Trad. de Jaime Gil de Biedma.

Poema de Octubre

En el año en que los treinta cumplía,

a los cielos despertando, no lejos del puerto y del bosque vecino

y la playa con charcas de mejillones,

y garzas reales a modo de clérigos;

la mañana hacía señales con el agua rezando,

y el grito de los grajos y las gaviotas,

y el ludir de las barcas en el muro cubierto de redes,

de pie me puse

en seguida

en la villa dormida, y salí de la casa.

El día de mi cumpleaños empezó con los pájaros acuáticos

y con los pájaros de alados árboles, que enarbolaban mi nombre

sobre la granja y los blancos caballos;

Y me levanté

en el otoño lluvioso,

y, al andar, me inundaban todos mis días como un chubasco.

Era en la pleamar, y se zambullían las garzas

cuando el camino emprendía,

la frontera cruzando

y las puertas de la villa cerradas aún,

cuando ya despertaba la villa.

Toda una primavera de alondras en el rodar de una nube,

y los matojos, bordeando el sendero, rebosante de mirlos silbando,

y el sol de octubre,

como estival,

en lo alto del cerro;

climas apasionados y dulces cantores súbitamente

llegaron aquella mañana en que iba errante,

escuchando la lluvia que se retorcía;

frío, el viento soplaba a mis pies,

en la lejanía del bosque.

Pálida lluvia sobre el puerto encogido

y sobre la iglesia, mojada del mar

y como un caracol pequeñita, con los cuerpos envueltos en niebla,

y sobre el castillo pardo como los búhos;

mas los jardines de primavera y estío

florecían en fábulas altas, allende la frontera

y bajo la nube llena de alondras.

Allí podía asombrarme,

en tanto que el día de mi cumpleaños

se deslizaba, mas daba vueltas el tiempo.

Me aparté del país jubiloso

y bajando por otro aire y por el cielo, de un azul ya mudado,

chorreaba de nuevo una maravilla de estío,

con manzanas, peras y rojas grosellas;

y tan claramente vi, en el rodar del tiempo,

aquellas mañanas olvidadas de un niño que con su madre se iba,

paseando ente parábolas

de luz de sol

y leyenda de verdes capillas,

y por los campos de la niñez, ya dos veces contados,

que mis mejillas quemaron sus lágrimas

y su corazón sentí moverse en el mío.

Aquellos eran los bosques, el río y el mar donde un muchacho

En el atento verano de los ya muertos

Murmuró la verdad de su gozo

A las piedras, a los árboles, al pez y al reflujo.

Y el misterio

cantaba aún, vivo en el agua

y en el gorjear de los pájaros.

Y allí podía asombrarme, en tanto que el día de mi cumpleaños

se deslizaba, mas daba vueltas el tiempo.

Y en la verdadera alegría del niño, muertos años hacía,

enardecida cantaba

al sol.

Era el año en que treinta cumplía,

irguiéndose debajo del cielo, en el mediodía de estío,

aunque en el fondo cubriese la villa, como un follaje,

la sangre de octubre.

¡Ah! Que pueda cantarse

la verdad de mi corazón todavía,

en este cerro elevado, cuando dé el año otra vuelta.

 

Dylan Thomas (1914-1951)

En “Poesía inglesa de siglo XX”. [4]

Trad. de M. Manent.

La colina de los helechos

Cuando era libre y joven bajo las ramas del manzano

próximo a la casa cantarina y feliz porque la hierba

              estaba verde.

La noche encima de la estelar cañada,

el tiempo me dejaba celebrarle y ascender

dorado en el colmo de sus ojos,

y honrado entre los carros era príncipe en los pueblos manzaneros

y señorial tuve en un tiempo el rastro de árboles y hojas

con margaritas y cebada hacia los ríos de la luz legada.

Y mientras era verde y sin cuidad, célebre entre los graneros

próximos al corral dichoso y cantaba porque la granja era mi casa,

en el sol que sólo es joven una vez,

el tiempo me dejaba jugar y ser dorado por merced de sus arbitrios,

y siendo verde y dorado era montero y pastos de los becerros

respondían a mi cuerpo, claro y frío ladraban los zorros por las lomas

y el domingo repicaba lentamente

en los guijarros de los arroyos sacros.

Era un correr de sol a sol, era hermoso, los henares altos como la casa,

el sonar de las chimeneas, era aéreo

y travieso, bello y acuo

y fuego verde como hierba

y de noche bajo las estrellas simples

cuando corría a dormir las lechuzas iban llevándose la granja,

todo a lo largo de la luna, bendecido entre establos,

escuchaba

a los vencejos volando con las niaras,

y los potros relumbrando en lo oscuro.

Y luego despertar, y la granja, como un errante regresado,

blanco de rocío, gallo al hombro; todo era brillante,

era adánico y virgen,

otra vez reunido el cielo y redondeado el sol ese día mismo.

Debió ser después que la simple luz naciera

en el hilante sitio, pristino, los deslumbrados potros saliendo calmosos,

del relinchante establo verde hacia los prados de la loa.

Y honrado entre zorros y faisanes junto a la alegre casa

bajo las recientes nubes y dichoso porque duraba el corazón,

en el sol una y otra vez nacido

mis descuidadas sendas recorría,

corrían mis anhelos por el heno alto como la casa

y nada me importaba, en mis negocios celestiales,

que el tiempo permitiese,

en su armonioso giro, una pocas y ciertas canciones matinales

antes que los niños verdes y dorados lo siguiesen a la gracia.

Nada me importaba, en los días inocentes, que el viento me llevara.

de la sombra de mi mano hasta el desván atestado de golondrinas,

en la luna que siempre está saliendo,

ni que corriendo al sueño

yo lo oyese volar con los altos prados

y despertarse en la granja huida para siempre de la tierra sin niños.

Oh, mientras fui joven y libre, en la merced de sus arbitrios

el tiempo me mantuvo verde y moribundo

aunque canté en mis cadenas como el mar.

Dylan Thomas (1914-1951)

En “Poesía inglesa de siglo XX”. [5]

Trad. de Félix della Paolera.

Domingo a la mañana

            (Fragmento)

            I

El placer de estar en bata, y a una hora tardía

el café y naranjas en una silla al sol,

y la verde libertad de un papagayo,

sobre un tapiz fúndense para disipar

el sagrado silencio del antiguo sacrificio.

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            IV

Ella dice: “Me gusta cuando los pájaros, al despertar,

antes de volar prueban con sus dulces pregunta

la realidad de los brumosos campos;

pero cuando los pájaros se han ido y sus tibios campos

no vuelven más, ¿dónde está entonces, el paraíso?”

No ronda ninguna profecía,

ni quimera alguna de la tumba,

ni el dorado subterráneo, ni isla

melodiosa donde los espíritus retornan a su hogar,

ni visionario sur, ni nebulosa palmera

remota sobre la colina celestial, que haya perdurado

como perdura el verde de abril, o que perdure

como el recuerdo de pájaros despiertos,

o su ansia de junio y del atardecer, tocada

por el extenuarse de las alas de la golondrina. [6]

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Wallace Stevens (1879-1955)

Versión de Alberto Girri, argentino.

Carta de América

            (Fragmento)

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No es lugar ni nombre de estirpe.

América es el Oeste y los vientos que soplan.

Una gran palabra es América, y nieve,

un camino, y un pájaro blanco, y la lluvia,

algo que brilla en la mente, un gritar de gaviotas.

No es América tierra ni pueblo:

Es la forma de una palabra, un volar de los vientos.

América está solitaria: muchos van juntos,

muchos de un solo lenguaje, de un único aliento,

con el mismo vestigio -pero no hay entre ellos hermanos:

sólo el habla enseñada, el imitado lenguaje.

América está solitaria y hay un chillar de gaviotas.

Es singular haber nacido en América.

Es singular vivir en lo alto del mundo, mirados

por el desnudo sol y por las estrellas como suelen vivir nuestros huesos.

En los viejos países los hombres tenían su hogar junto al río.

Levantaban ciudades en valles, les daba cobijo la tierra.

Nosotros, el mundo habitamos por vez primera.

            Vivimos

en lo que es tierra a medias, en la abierta curva de un continente.

Al mar separa del mar la caída del día.

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Archibald Macleish (n. 1892)

Versión de Alberto Girri, argentino.

Ezra Pound escribió en su Canto XVI:

Para que las vides estallen en mis dedos

y las abejas cargadas de polen

se muevan pesadamente entre los pámpanos tiernos:

chirr-chirr-chirr-rikkk -un murmullo,

y los pájaros adormilados en las ramas.

Ezra Pound (n. 1885)

Versión de A. Bartra

 

En la quinta estrofa de su Canción de amor, el poeta estadounidense Williams, expresó:

¡Mírame!

De mis cabellos gotea néctar

que los estorninos se llevan

sobre sus negras alas.

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William Carlos Williams (1883-1963)

Versión de A. Bartra.

 

Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

 

 

[1] Poesía inglesa del siglo XX. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, Biblioteca Básica Universal, 8 de octubre de 1970. Poema en páginas 22-23.

[2] Ibídem, p. 31.

[3] Ídem, p. 41-42.

[4] Ídem, p. 48-50.

[5] Ídem, p. 48-50.

[6] Poesía norteamericana del siglo XX – Selección. Buenos Aires. CEAL, noviembre de 1970, p. 19 y 21.