Leopoldo Lugones (13-06-1874 # 18-02-1938)

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Leopoldo Lugones nació el 13 de junio de 1874, en Santa María del Río Seco (provincia de Córdoba, República Argentina).

Por recomendación de un diputado cordobés, a los veintidós años comenzó su labor periodística en Buenos Aires. Se destacó como poeta y escritor.

Dedicado a la Política, primero fue anarquista, luego socialista.

En 1897 junto a José Ingenieros, se alejaron de la conducción del Dr. Juan Bautista Justo. Han reiterado que participaba en las reuniones del grupo literario conocido como la Peña Aues Keller”.

El presidente General Julio Argentino Roca le asignó funciones en el Correo donde era casi una costumbre que confluyeran los proclamados intelectuales”, que si nada tenían para hacer, optaban por convocar a sus musas, en aquel reducto que irónicamente era reconocido como el Parnaso”.

Sabido es que incursionó en las tenidas de la masonería, junto al ministro Doctor Joaquín Víctor González -riojano- y después de breves sesiones de taller, fue nombrado delegado argentino en el Congreso Científico de Montevideo (Uruguay).

Siendo un destacado orador, habló en el acto del sepelio del escritor Emilio Zola (1902). Manifestaba su ateísmo y afirmaba: “Yo soy un enemigo personal de Dios”.

El 6 de noviembre de 1903, Leopoldo Lugones intentaba convencer con sus discursos en el teatro Victoria. El historiador José Ma. Rosa destacó que Lugones habló “en apoyo de la candidatura oficial. Deben salvarse los valores del espíritu contra el avance de la turbamulta. No ha dejado de ser libertario y progresista. Pero se ha dado cuenta que los ‘de arriba’ también lo son, mientras los ‘de abajo’ se inclinan peligrosamente ‘al dogma de la obediencia’ a un caudillo.”

Destacó luego el historiador Rosa, que “los biógrafos de Lugones ponen en esta conferencia el tránsito del anarquista al burgués, y algunos presumen móviles materiales. No hubo tal tránsito, ni pueden suponerse mezquindades en una personalidad tan soberbia. Dejó la bandera roja por la blanquiceleste…”

Lugones, tampoco habló “en procura de una mejor situación material” porque desde 1901 redactaba en La Nación y Tribuna”, al año siguiente fue nombrado Inspector General de Enseñanza en 1906 logró la ubicación pertinente a su estilo de vida, cuando le encomendaron la dirección de la Biblioteca del Consejo Nacional de Educación.

Allí, como tantos escritores de distintas latitudes, Leopoldo Lugones estaba rodeado de libros y el silencio favorecía tanto su trabajo como sus vuelos literarios

En su libro Prometeo editado en el año del centenario de la Revolución de Mayo de 1810, afirmó:

“…hoy no sabemos para qué vivimos, desintegrando en la anarquía toda solidaridad humana y hasta patriótica…”

Disponer de una página en La Nación, no era sólo conseguir la difusión de las ideas o críticas porque constituía una forma de ejercer el poder ya que si como afirmó Jean-Paul Sartre, “las palabras son actos”… también son determinantes de distintas corrientes de opinión que tienden a confluir en el objetivo que impulsó a la elaboración del escrito.

Por su naturaleza, el hombre tiende a la subjetividad, porque es sujeto -que mira y se observa desde su interioridad-, no es un objeto.

(Sigue siendo un desafío, demostrar fehacientemente qué es la objetividad.)

El 6 de abril de 1923, con auspicios de la Liga Patriótica Argentina y del Círculo Tradición Argentina, Leopoldo Lugones pronunció conferencias.

Al año siguiente, al celebrarse el centenario de la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1924 el entonces ministro de Guerra General Agustín P. Justo viajó a Lima (Perú) con una delegación de granaderos de la Argentina, y Leopoldo Lugones integró ese grupo, sin vacilar pronunció un discurso sosteniendo que el Ejército argentino sólo podía enorgullecerse de haber logrado la independencia. Definió al liberalismo como un sistema constitucional del siglo XIX y a la democracia popular como una demagogia.

“En su nueva tendencia, censuró a los demagogos (conservadores-demócratas); advirtió sobre el riesgo de caer “en lo peor”, el socialismo obrero y se permitió hacer recomendaciones a los militares acerca de la imprescindible participación del pueblo, insistiendo en que “el inepto y el haragán quedarían excluidos.”

Desde aquel memorable discurso en el Perú suele ser recordada la proclama de Lugones: “…Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada”.

13-06-1926: coincidencia en “el hermano luminoso”…

El día de su 52º cumpleaños, como si hubiera sido una extraña coincidencia, Leopoldo Lugones publicó en La Nación una nota titulada “El hermano luminoso”.

Comentaba lo percibido al leer el poemario “Gracia Plena” editado el año anterior (1925), obra del santafesino José Bartolomé Pedroni, nacido el 21 de setiembre de 1899 en Gálvez y desde los veinte años, ya casado con Elena Chautemps y padre del primogénito, residente en Esperanza (departamento Las Colonias) donde nacieron más hijos.

Leopoldo Lugones, dedicaba parte de su tiempo libre a sucesivos encuentros en la sede del Jockey Club de Buenos Aires, institución que como consta en los diarios de sesiones del Congreso Nacional recibía subsidios y beneficios por promover las actividades hípicas, porque así contribuían al “mejoramiento de las razas”…

Durante el invierno de 1930, se puso en marcha el movimiento cívico militar que impulsaba el derrocamiento del presidente doctor Hipólito Irigoyen y varios jóvenes oficiales que respondían a las órdenes del General José Evaristo Uriburu, se reunieron el jueves 17 de julio “en el restaurante ‘Sibarita’ de la calle Corrientes y Pueyrredón”, como lo relató meses después el Capitán Juan Domingo Perón quien también destacó que “el señor Leopoldo Lugones se había presentado al General, en el Jockey Club, y se había ofrecido incondicionalmente; él pensaba utilizarlo prácticamente en lo que consideraba más útil: escribiendo”.

Había llegado “la hora de la espada” y el general Uriburu, “en la primera semana de agosto le pidió que redactara un manifiesto para terminar con la demagogia radical. Lugones cumplió y el texto fue modificado”.

El 6 de septiembre de 1930 vehementes manifestantes expresaron oposición a Yrigoyen, rompieron los bustos del presidente y comenzó a gobernar el general Uriburu, imaginado por Lugones como un posible dictador, encontrándose con que fue un jefe militar dispuesto a escuchar el clamor del pueblo.

Así fue como Lugones prefirió orientar su mirada hacia otro rumbo.

En 1933 ya había olvidado su defensa del liberalismo y estimulaba el apoyo al nacionalismo que intentaba derrocar al gobierno. Las legiones seguían atendiendo su juego: ruidosas manifestaciones con redobles de tambores, mientras el otoño de 1934 permitía comprobar una vez más cómo “los árboles regalan sus hojas al viento”…

Luego, Leopoldo Lugones –el censor de la oligarquía- fue convocado por un editor interesado en publicar la historia del Gral. Julio Argentino Roca, riesgo que no aparece cuando existe la certeza de que el escritor genera su obra respondiendo sólo a los estímulos interiores.

No fue por casualidad que Lugones poeta no haya podido terminar el ensayo sobre el General Roca. Intuyo que cada párrafo impactaría demasiado en su conciencia y es probable que teniendo sesenta y cuatro años, ya hubiera percibido cuál sería la reacción de sus lectores, si seguían sus ejemplos de crítico implacable desde las páginas de La Nación o en las reuniones y manifestaciones públicas.

En aquel tiempo, oscuros nubarrones le impedían percibir la luz que fortalece a los espíritus. Su hijo -policía-, inauguró la cruel era de la picana eléctrica.

Durante el verano de 1938, Leopoldo Lugones se trasladó a una isla del Tigre y sobre una rústica mesa dejó su último testimonio: “No hay sino lodo, lodo y más lodo.”

El 18 de febrero de 1938, su desesperación lo impulsó a beber el agua que minutos antes había preparado diluyendo una pastilla de cianuro…

De su legado poético…

De la selección de poemas elaborada por la profesora Delia A. Travadelo, esta reiteración: i

La fragancia

Comienza el alba a apuntar,

y suspirando indecisa,

llega la profunda brisa,

que durmió en el trebolar.

Se azula el césped sombrío

y hacia el tenue cielo en calma,

exhalan los campos su alma

en el frescor del rocío.

La noche pura

Floreció, con la lluvia, en los jardines

el cándido jazmín de primavera.

La noche, cual profunda enredadera,

cuaja también en luz claros jazmines.

El jilguero

En la llama del verano,

que ondula con los trigales,

sus regocijos triunfales

canta el jilguerillo ufano.

Canta, y al son peregrino

de su garganta amarilla,

trigo nuevo de la trilla

tritura el vidrio del trino.

Y con repentino vuelo

que lo arrebata, canoro,

como una pavesa de oro

cruza la gloria del cielo.

Estampas sintéticas

Primavera

Sobre el quieto lago,

soñando de amor,

cimbra el junco verde

su elegancia en flor.

Verano

Sobre el lago hermoso

de sol escamado,

mece dos jilgueros

el junco dorado.

Otoño

Crispa el agua lívida

su piel de lombriz.

Un pájaro inmóvil

dobla el junco gris.

Invierno

El junco, ya negro,

sobre el agua helada,

refleja tan sólo

su sombra delgada.

Gentileza

Todavía en la bruma

del invierno severo,

por estrenar de rosa,

florece el duraznero.

Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

i Travadelo de Cassanello, Delia A. Júbilo del Canto. Santa Fe de la Vera Cruz, Editorial Castellví, 15 de febrero de 1954. La fragancia, p. 102; La noche pura, p. 109; El jilguero, p. 118; Estampas sintéticas, p. 195; Gentileza, p. 231..