“El placer de la amistad virtuosa”

quijote

El placer de la amistad virtuosa”…

Sabido es que el filósofo griego Aristóteles (384-382 a.C.) en los octavo y noveno libros de su Ética para Nicómaco destaca que “no se puede vivir sin amigos” y distingue entre “la amistad fundada sobre la utilidad” o “el placer de la amistad virtuosa”:

El que ve, siente (aisthánetai) el ver; el que escucha, siente el escuchar, el que camina, siente el caminar, y así para todas las otras actividades hay algo que siente que estamos ejerciéndolas, de modo que si sentimos, nos sentimos sentir, y si pensamos, nos sentimos pensar, y esto es lo mismo que sentirse existir: existir significa en efecto sentir y pensar.

Sentir que vivimos es de por sí dulce, ya que la vida es por naturaleza un bien y es dulce sentir que un bien tal nos pertenece.

Vivir es deseable, sobre todo para los buenos, ya que para ellos existir es un bien y una cosa dulce. Con-sintiendo, prueban la dulzura por el bien en sí, y lo que el hombre bueno prueba con respecto a sí, también lo prueba con respecto al amigo: el amigo es, en efecto, un otro sí mismo. Y como, para cada uno, el hecho mismo de existir es deseable, así -o casi- es para el amigo.

La existencia es deseable porque se siente que ella es una cosa buena y esta sensación es en sí misma dulce. Pero entonces también para el amigo se deberá consentir que él existe, y esto adviene en el convivir y en el tener en común (koinomeîn) acciones y pensamientos. En este sentido se dice que los hombres conviven (syzên), y no como el ganado, que comparte la pastura. /…/ La amistad es, en efecto, una comunidad y, así como es con respecto a sí mismo, así también para el amigo: y como, con respecto a sí mismo, la sensación de existir es deseable, así también será para el amigo”…i

Sancho Panza, el escudero…

Sabido es que Don Quijote dialogaba día y noche con su escudero, nombrándolo Sancho, Sanchuelo…

Sólo una vez está escrito Sancho Zancas en esa original novela y fue cuando Cervantes aludió a la historia de Don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.

Capítulo IX.

Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron.

Estaba en el primer cartapacio pintada muy al natural la batalla de Don Quijote con el Vizcaíno, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del Vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el Vizcaíno un título que decía: Don Sancho de Azpeitia, que sin duda, debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía: Don Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan ético, confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rótulo que decía: Sancho Zancas, y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner el nombre de Panza y de Zancas; que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia.”

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Recomendaciones de Sancho…

Capítulo XX

Sabido es que Don Quijote y su escudero llegaron hasta un lugar donde escucharon el ruido del agua que caía entre las peñas y enseguida el caballero andante se imaginó otra aventura al mismo tiempo que le pidió a Sancho que si no volvía, regresara a la aldea para entregarle una carta a su amada Dulcinea… Una vez más, Sancho insistió para que no iniciara otra aventura y como el Caballero de la Triste Figura no escuchaba sus consejos, “ató con el cabestro de su asno ambos pies de Rocinante, de manera que cuando quiso partir no pudo, porque el caballo no se podía mover sino a saltos”.

En aquellas circunstancias, Don Quijote necesitó llorar y Sancho Panza le dijo que “no hay que llorar” y que le contaría cuentos “desde aquí al día”…

Así fue como el caballero andante se quedó junto a su escudero, escuchando lo que le decía: “…yo m esforzaré a decir una historia que, si la acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y estéme vuestra merced atento que ya comienzo. Erase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal para quien lo fuere a buscar… Y advierta vuestra merced, señor mío, que el principio que los antiguos dieron a sus consejas no fue así como quiera, que fue una sentencia de Catón Zonzorino, romano, que dice: ‘Y el mal, para quien le fuere a buscar’, que viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra merced se esté quedo”… ii

Sancho Panza con Rocinante y sin la carta…

Capítulo XXVI

Sancho Panza obedeció las órdenes del Caballero de la Triste Figura y no teniendo su asno porque se lo había robado Ginés Pasamonte -después que ellos lo habían liberado-, necesitó montar sobre Rocinante y recorrer el camino que lo conducía a la casa de Dulcinea el Toboso, para entregarle una carta…

En ese recorrido, pasó Sancho frente a la venta donde había sido manteado y enseguida fue reconocido por el Cura –el Licenciado- y el Barbero -los censores que revisaron la biblioteca de Don Quijote acompañados por el Ama y la Sobrina-, las personas que habían decidido qué libros iban arrojando a la hoguera por ser la causa de los delirios del caballero andante.

Deseosos de saber de Don Quijote, se fueron a él, y el Cura le llamó por su nombre, diciéndole: -Amigo Sancho Panza, ¿adónde queda vuestro amo?”

El escudero había decidido “encubrir el lugar y la suerte donde y como su amo quedaba; y así les respondió que su amo quedaba ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia, la cual él no podía descubrir, por los ojos que en la cara tenía.” La imaginación sirve al pensamiento de la mayoría de los hombres y al escuchar esa respuesta, inmediatamente se generó una advertencia:

“No, no -dijo el Barbero-, Sancho Panza; si vos no decís dónde queda, imaginaremos como ya imaginamos, que vos le habéis muerto y robado, pues venís encima de su caballo. En verdad que nos habéis de dar el dueño del rocín, o sobre eso, morena.”

Sabía Sancho que a buen entendedor pocas palabras y cuando escucho que “sobre eso morena”, interpretó que lo había amonestado…

“No hay para qué conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda haciendo penitencia en la mitad desta montaña, muy a su sabor.

Y luego, de corrida y sin parar, les contó de la suerte que quedaba, las venturas que le habían sucedido, y cómo llevaba la carta a la señora Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba enamorado hasta los hígados”…

Así fue como aquella noche, no podía encontrar Sancho la carta que había escrito Don Quijote, y al ver que “no hallaba el libro, fuésele pasando mortal el rostro; tornándose a tentar todo el cuerpo muy apriesa; tornó a echar de ver que le hallaba y, sin más ni más, se echó entrambos puños a las barbas, y se arrancó la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio media docena de puñadas en el rostro y en las narices que se las bañó todas en sangre. Visto lo cual por el Cura y el Barbero, le dijeron que qué le había sucedido, que tan mal se paraba.

-¿Qué me ha de suceder –respondió Sancho-, sino el haber perdido de una mano a otra, en un estante, tres pollinos que cada uno era como un castillo?

-¿Cómo es eso? –replicó el Barbero.

-He perdido el libro de memoria, respondió Sancho- donde venía la carta para Dulcinea y una cédula firmada de mi señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos de cuatro o cinco que estaban en casa.

Y con esto, les contó la pérdida del rucio. Consolóle el Cura, y díjole que, en hallando a su señor, él le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.”

Sancho, Sanchuelo…

Según sus estados de ánimo, Don Quijote nombraba a Sancho y lo reconocía como amigo, o bellaco, o ladrón…

Hizo Cervantes con su escritura, que el inquieto e inquietante Caballero de la Triste Figura, ora lo alabara, ora lo insultara.

Capítulo XXXVII

Donde se prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras.

Sabido es que Sancho Panza soportó diversas dificultades por actitudes imprudentes de su amo. Don Quijote delante de la discreta Dorotea, “con muestras de mucho enojo, le dijo:

“-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España. Dime, ladrón vagabundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otros disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en todos los días de mi vida? ¡Voto… -y miró al cielo y apretó los dientes- que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera de todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aquí adelante, en el mundo.

-Vuestra merced se sosiegue, señor mío -respondió Sancho-; que bien podría ser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señora princesa Micomicona; pero en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo menos, a la horadación de los cueros, y a lo que ser vino tinta la sangre, no me engaño, vive Dios, porque los cueros allí están heridos, a la cabeza del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el aposento; y si no, al freír los huevos lo verá; quiero decir que lo verá cuando aquí su merced del señor Ventero le pida el menoscabo de todo. De lo demás, de que la señora Reina se esté como se estaba, me regocijo en el alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.

-Ahora yo te digo, Sancho -dijo Don Quijote-, que eres un mentecato, y perdóname y basta.

-Basta -dijo Don Fernando-, y no se hable más en esto; y pues la señora Princesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así, y esta noche la podremos pasar en buena conversación, hasta el venidero día, donde todos acompañaremos al señor Don Quijote, porque queremos ser testigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en el discurso de esta grande empresa que a su cargo lleva.”

Sancho Panza: mercedes y salarios…

Don Quijote y Sancho Panza seguían dialogando. El caballero andante dijo a su escudero: “Las mercedes y beneficios que yo os he prometido llegarán a su tiempo; y si no llegaren, el salario, a lo menos, no se ha de perder, como ya os he dicho”.

Le explicó Don Quijote que nunca hasta entonces, los “escuderos estuvieron a salario, sino a merced”. Insistió en que “en el testamento cerrado” que había dejado en su casa estaba anotada su recompensa y dijo Sancho, entre otras palabras:

“Mas bien puede estar seguro que de aquí adelante no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de vuestra merced, si no fuera para honrarle a mi amo y señor natural.

-Desa manera -replicó Don Quijote-, vivirás sobre la haz de la tierra; porque después de a los padres, a los amos se ha de respetar, como si lo fuesen.”

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El “yelmo de Mambrino”…

Capítulo XXI

Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero.

Terminaron de hablar Don Quijote y Sancho Panza acerca de la obediencia a los padres y a los amos, “cuando comenzó a llover un poco” y una vez más, “descubrió Don Quijote un hombre a caballo, que traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y aun él apenas la hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo:

“-Paréceme Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: ‘Donde una puerta se cierra, otra se abre.’ Dígolo porque si anoche nos cerró la ventura la puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta aventura, que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes, ni a la escuridad de la noche. Diego esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes. iii

-Mire vuestra meced bien lo que dice, y mejor lo que hace -dijo Sancho-; que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido.

-¡Válate el diablo por hombre! –replicó Don Quijote- ¿Qué va de yelmo a batanes?”

Siguieron discutiendo Don Quijote y su escudero porque mientras el caballero andante decía que veía llegar a otro caballero montado en “un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro”, Sancho afirmaba que veía “un hombre sobre un asno pardo” como el suyo y que traía “sobre la cabeza una cosa que relumbra”. Cuando estuvo más cerca, se confirmó que “venía sobre un asno pardo, como Sancho dijo”, pero Don Quijote, al ver que “el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con él en razones, a todo correr Rocinante, le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte; mas cuando a él llegaba, sin detener la furia de la carrera, le dijo:

-Defiéndete, cautiva criatura, o entriégame de tu voluntad lo que con tanta razón se me debe.

El barbero, que tan sin pensarlo ni temerlo vio venir aquella fantasma sobre sí, no tuvo otro remedio para poder guardarse del golpe de la lanza sino fue el de dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado el suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo, y comenzó a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento.

Dejóse la bacía en el suelo, con la cual se contentó Don Quijote, y dijo que el pagano había andado discreto, y que había imitado al castor, el cual, viéndose acosado de los cazadores, se taraza y corta con los dientes aquello por lo que él, por distinto natural, sabe que es perseguido. Mandó a Sancho que alzase el yelmo; el cual, tomándole en las manos dijo:

-Por Dios que la bacía es buena, y que vale un real de a ocho como un maravedí.

Y dándosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rodeándole a una parte y a otra, buscándole el encaje; y como no se le hallaba, dijo:

-Sin duda que el pagano a cuya medida se forjó primero esta famosa celada, debía de tener grandísima cabeza; y lo peor dello es que le falta la mitad.

Cuando Sancho oyó llamar a la bacía celada, no pudo tener la risa; más vinosele a las mientes la cólera de su amo, y calló en la mitad della.

-¿De qué te ríes, Sancho? –dijo Don Quijote.

-Ríome –respondió él- de considerar la gran cabeza que tenía el pagano dueño deste lámete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada.

-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo, por algún extraño accidente debió de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor; y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo esta que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte, que no le haga ventaja; ni aún le llegue, la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el Dios de las Batallas; y en este entretanto la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más, que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada.

-Eso será –dijo Sancho- si no se tira con honda, como se tiraron en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las muelas y le rompieron la alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar las asaduras.

-No me da mucha pena el haberle perdido; que ya sabes tú, Sancho –dijo Don Quijote, que yo tengo la receta en la memoria.

-También la tengo yo -respondió Sancho”…

Mientras tanto, según lo expresado por el escudero, estaba el asno aparentemente “desamparado” tras la huída de “aquel Martino” que Don Quijote derribó y así fue como Sancho se animó a decir: “…él puso los pies en polvorosa y cogió las de Villadiego, no lleva pergenio de volver por él jamás. Y ¡para mis barbas, si no es bueno el rucio!”

“-Nunca yo acostumbro -dijo Don Quijote- despojar a los que venzo, ni es uso de caballería quitarlos los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que en tal caso lícito es tomar el del vencido, como ganado en guerra lícita. Así que, Sancho, deja a ese caballo o asno, o lo que tú quisieres que sea; que como su dueño nos vea alongados de aquí, volverá por él.

-Dios sabe si quisiera llevarle -replicó Sancho-, o, por lo menos, trocalle con este mío, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas las leyes de caballería, pues no se extienden a dejar trocar un asno por otro; y quería saber si podría trocar los aparejos siquiera.

-En eso no estoy muy cierto -respondió Don Quijote-; y en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos necesidad extrema.

-Tan extrema es –respondió Sancho-, que si fueran para mi misma persona no los hubiera menester más”…

El Ingenioso Hidalgo y su escudero, siguieron por caminos de ensueños y de sueños y mientras tanto, la bacía de barbero irremediablemente se había transformado en el yelmo de Mambrino, más que por encantamiento por la grande imaginación de Don Quijote…

Capítulo XXV

Decía Don Quijote: “…Amadís fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien debemos imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y de la caballería militamos. Siendo, pues, esto ansí, como lo es, hallo yo, Sancho amigo, que el caballero andante que más le imitare estará más cerca de alcanzar la perfección de la caballería. Y una de las cosas en que más este caballero mostró su prudencia, valor, valentía, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retiró, desdeñado de la señora Oriana, a hacer penitencia en la Peña Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre, por cierto, significativo y propio para la vida que él de su voluntad había escogido”…

Siguieron dialogando y recordó Don Quijote aquella hazaña que hizo posible que alzaran la bacía que según él, era un yelmo… Fue entonces cuando necesitó expresar:

“-Pero dime, Sancho, ¿traes guardado el yelmo de Mambrino, que ya vi que le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedazos? Pero no pudo: donde se puede echar de ver la fineza de su temple.

A lo cual respondió Sancho:

“Vive Dios, señor Caballero de la Triste figura, que no puedo sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballerías, y de alcanzar reinos e imperios, de dar ínsulas, y de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de los caballeros andantes, que todo debe ser cosa de viento y mentira, y todo pastraña o patraña, o como lo llamáremos. Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga de este error en más de cuatro días, ¿qué ha de pensar sino que quien tal dice y afirma debe de tener güero el juicio? La bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llévola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diera tanta gracia que algún día me vea con mi mujer e hijos.

-Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste te juro –dijo Don Quijote- que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo. ¿Qué es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al revés? Y no porque ello sea ansí, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan, y las vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa. Y fue rara providencia del sabio que es de mi parte hacer que parezca bacía a todos lo que real y verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo él de tanta estima, todo el mundo me perseguiría para quitármele; pero como ven que no es más que un bacín de barbero, no se curan de procuralle, como se mostró bien en el que quiso rompelle y le dejó en el suelo sin llevarle; que a fe que si le reconociera, que nunca él le dejara. Guárdale, amigo; que por ahora no le he menester”…

Señales de León Felipe…

Del talentoso español León Felipe (1884-1968), el mismo que en versos dijo que estaba cansado de escuchar cuentos y que clamó por ¡un signo!… iv

“Ya se han contado todos.

Todos se han ovillado y archivado.” /…/

“Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo que he visto”. /…/

“Me durmieron con un cuento…

Y me he despertado con un sueño.” /…/

“Porque el gusano no es cuento, narradores de cuentos,

es un signo… un sueño…

un sueño alegre que empezamos a descifrar.” /…/

“No me contéis más cuentos

que vengo de muy lejos

y sé todos los cuentos.” /…/

“Soy gusano que sueña… ¡que quiere!” /…/

“¡Soy gusano que sueña… y sueño…

verme un día, volando en el viento!

Han quedado también algunas señales acerca de… el yelmo de Mambrino y de Sancho Panza, el escudero.

Aquí, lumbre que permanece, del perdurable legado de León Felipe, trascendente poeta zamorano: v

Pie para El Niño de Vallecas, de Velázquez:

Bacía, yelmo, halo,

este es el orden, Sancho.

De aquí no se va nadie.

Mientras esta cabeza rota

del Niño de Vallecas exista,

de aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Antes hay que deshacer este entuerto,

antes hay que resolver este enigma.

Y hay que resolverlo entre todos,

y hay que resolverlo sin cobardía,

sin huir

con unas alas de percalina

o haciendo un agujero

en la tarima.

De aquí no se va nadie. Nadie.

Ni el místico ni el suicida.

Y es inútil,

inútil toda huida

(ni por abajo

ni por arriba).

Se vuelve siempre. Siempre.

Hasta que un día (¡un buen día!)

el yelmo de Mambrino

-halo ya, no yelmo ni bacía-

se acomode a las sienes de Sancho

y a las tuyas y a las mías

como pintiparado,

como hecho a la medida.

Entonces nos iremos todos

por las bambalinas.

Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,

y el místico, y el suicida.”

Ecos a comienzos del tercer milenio…

El cantautor español Joaquín Sabina suele cantar Mi primo, el Nano, una obra dedicada al admirable catalán Joan Manuel Serrat. vi

Esa composición musical, expresa más que vivencias, es más que un homenaje, es una señal insoslayable acerca la trascendencia de la vida.

Relumbra “el yelmo de Mambrino” desde uno de los versos, resplandece el talento de Cervantes; se irradia la cultura hispánica, la sensibilidad y el tesón de los catalanes…

Tengo yo un primo que es todo un maestro

de lo mío, de lo tuyo, de lo nuestro;

un lujo para el alma y el oído,

un modo de vengarse del olvido.

Boca que mira,

vecino de Estambul, rey de Algeciras.

Viene del Poble Sec, ese atorrante,

universal, charnego y trashumante,

que saca, cuando menos te lo esperas,

palomas de la paz de su chistera.

Y, cuando canta,

le tiembla el corazón en la garganta.

Harto ya de estar harto de las fronteras

va pidiendo escaleras para subir

de tu falda a tu blusa, toca madera:

tendría que estar prohibido un fulano así.

Detrás está la gente que necesita

su música bendita más que comer

y el siglo que deshoja su margarita.

Yo, de joven, quisiera ser como él.

Tengo yo un primo que es primo de todos,

cada cual a su forma y a su modo;

loco hidalgo con yelmo de Mambrino

que no teme a gigantes ni a molinos.

Y cuando gana

el Barça cree que hay Dios y es azulgrana.

Qué poca seriedad, qué mal ejemplo

para los mercaderes de los templos

ese alquimista de las emociones

que cura las heridas con canciones.

Mi primo el Nano,

que no me toca nada y es mi hermano.

Harto ya de estar harto de las fronteras

va pidiendo escaleras para subir

de tu falda a tu blusa, toca madera:

tendría que estar prohibido un fulano así.

Detrás está la gente que necesita

su música bendita más que comer

y el siglo que deshoja su margarita.

Yo, de joven, quisiera ser como es

mi primo Joan Manuel.

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Del libro Señales del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha

(En la Primera Parte. Inédito, 117 páginas, sin diagramación.)

Lecturas y síntesis: Nidia A. G. Orbea Álvarez de Fontanini.

Primavera de 2005: Invitada por la escritora ELSA HUFSCHMID

Coordinadota del Taller “La Madeja” que funciona en la

Biblioteca del Centro Español de Santa Fe de la Vera Cruz

dirigida por la Bibliotecóloga ADA VOUILLOZ de ROJAS MOLINA.

Clausura de las actividades del Taller y conmemoración del

IV Centenario de la 1ª edición de “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”.

Rememoré los vínculos entre Sancho Panza y Don Quijote

destacando los valores de Miguel de Cervantes Saavedra

(Alcalá de Henares, España, 29-09-1547-Madrid, 23-04-1616).

Salón Dorado del Centro Español de Santa Fe de la Vera Cruz,

Peatonal San Martín 2317 – Planta Alta

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i

Notas.

 Acerca de “la amistad”, percepciones y conclusiones de Aristóteles han difundido un insoslayable comentario escrito por Giorgio Agamben, traducido por Flavia Costa, disponible en páginas de internet.

ii Cervantes alude a lo expresado por el político y orador romano Marco Porcio Catón (234-149 a.C.), más conocido como Catón, el Censor.

iii Sabido es que el “yelmo” es una parte de la armadura que protegía la cabeza, el rostro y cuello del guerrero. Cervantes nombró al “yelmo de Mambrino”; otros se han referido al “yelmo de la invisibilidad de Hades, robado por Perseo”. # Se ha reiterado que Petrarca lo sugiere: “Cassis erat capiti fulgens” y también es sabido que en la mitología que Marte –dios de la Fuerza y la Violencia-, usaba un casco reluciente en la cabeza. # Sabido es que en Barcelona y auspiciado por la Biblioteca Nacional, en el año 2004 se presentó la colección “El Yelmo de Mambrino”, editado por S.A. Horta de Impresiones y Ediciones, empresa que durante los primeros cincuenta años del siglo XX publicó obras completas de Miguel de Cervantes Saavedra, ilustradas con grabados originales: aguafuertes, litografías, xilografías. / El imaginario en torno al yelmo de Mambrino también ha generado composiciones musicales, representaciones teatrales…

iv Los versos corresponden al poema Un signo¡Quiero un signo! de León Felipe (Madrid, 1884-1968). “I – No me contéis más cuentos”; “II – Sé todos los cuentos”; “V – Contadme un sueño”; “VI – Oíd”; “VII – Quiero… Sueño…”; “VIII El gusano”. Incluido en Poesía Universal – Selección y repertorio de Berta Singerman. Buenos Aires, 14 de octubre de 1961, p. 153-158.

v Sabido es que León Felipe, en octubre de 1967 logró que en la revista de la Universidad de México publicaran algunos trabajos suyos, entre ellos un artículo que tituló Israel incluyendo un poema precedido por este párrafo: “Este es mi poema ‘El Nacimiento’. No hay cuna ni pesebre. Nadie ha nacido aquí. Solo una cruz vacía. Nadie ha muerto… ¿O nace y muere un Dios todos los días?… ¡Todos somos dioses, Israel!’…”

Tras la muerte del doctor Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como El Che Guevara -08 de octubre de 1967 en La Higuera, República de Bolivia-, se recogieron algunas de sus pertenencias. Luego, dos periodistas –Tomás Molina y luego Albert Brun (director de la AFP en 1969) difundieron un poema escrito en Ñancahuazú el 6 de octubre de ese año -dos días antes del asesinato-, atribuido al apasionado comandante hasta que se confirmó la semejanza con uno del poeta español León Felipe.

Así lo ha explicado el historiador argentino Fermín Chávez, autor del libro titulado El Che, Perón y León Felipe.

Cont. Notas.

Versos atribuidos al Che Guevara…Poema de León Felipe…Cristo, te amo

No porque bajaste de una estrella
Sino porque me revelaste
Que el hombre tiene lágrimas
Congojas
Llaves para abrir las puertas cargadas de luz
Sí… tú me enseñaste que el hombre es Dios
Un pobre Dios crucificado como tú
Y aquel que está a tu izquierda en el
Gólgota El Mal Ladrón
También es un Dios!”

Cristo, te amo

no porque bajaste de una estrella
sino porque me descubriste
que el hombre tiene sangre,
lágrimas, congojas,
llaves, herramientas
para abrir las puertas cerradas de la luz.
Sí, tú nos enseñaste que el hombre es Dios…
Un pobre Dios crucificado como tú …
Y aquel que está a tu izquierda en
el calvario, el mal ladrón
también es un Dios.
¡Todos los días nace y muere un Dios.
Y el que está crucificado en esa cruz
es el pueblo judío…
y yo también…
y todos los hombres de la tierra!

vi Joaquín R. Martínez Sabina nació en Úbeda (Jaén, Jaén, España), el 12 de febrero de 1949. Cursó el bachillerato en un colegio de la comunidad salesiana. Estudió Filología Románica, en Granda, en 1949. En aquel tiempo, logró la confluencia de su vocación literaria y musical. Por su posición con tendencia “izquierdista” –como suelen decir-, partió hacia el exilio en 1970, han reiterado que fue después de arrojar “un cóctel molotov contra una oficina del Banco Bilbao, en protesta por el proceso de Burgos”. Lejos de su tierra natal, compuso las primeras canciones, Vivió entre los británicos –un año como “ocupa”- y regresó en 1976, un año después se casó por primera vez con Lucía. Su trayectoria artística se inició en el café “La Mandrágora” (1979), uno de los lugares destacados en Madrid. Apoyó al Partido Socialista Español en 1982 y tres años después, manifestó su oposición porque el gobierno decidió el ingreso en la OTAN – Organización del Atlántico Norte. Siguió desarrollando una intensa actividad artística. En la década del ’90, con Isabel Oliart tuvieron dos hijas. Apoyó a Izquierda Unida en 1993. Recorrió distintos países y llegó hasta la capital federal argentina, como también lo hizo Joan Manuel Serrat. Joaquín Sabina con el compositor rosarino Fito Páez, desarrollaron un proyecto que en 1998 titularon Enemigos íntimos, y a pesar de todo lo invertido, por desacuerdos en torno a la gira conjunta que ya estaba programada, terminaron cancelando todos los compromisos. Un signo de su personalidad, es lo que ha escrito en su tema A mis cuarenta y diez: “Y, si a mi tumba, os acercáis de visita el día de mi cumpleaños, y no os atiendo, esperadme en la salita, hasta que vuelva al baño.”