Victoria OCAMPO – Gabriela MISTRAL y más…

Releo lo expresado por la escritora María Rosa Lojo a quien hemos escuchado en esta amada Santa Fe de la Vera Cruz en distintas circunstancias.

A fines de octubre del tercer año del siglo veintiuno, con el título “Cuando la plenitud nace de la carencia”, relató vivencias “en la Buenos Aires de 1918; aún no han terminado la Primera Guerra Mundial ni las disputas locales entre aliadófilos y germanófilos. Una enorme mansión familiar, frente a la Plaza San Martín, vive su propia y pequeña revolución.

Desde días atrás, un ejército de criados, tapiceros, enceradores, electricistas, changadores y plomeros lo ha invadido todo, en un torbellino de constante movimiento. La casa suena, retumba, cruje, tiembla, colmada de voces, suspiros, músicas, roces de rasos, de seda, de terciopelo. Se mueven los pianos, de un salón al otro; el aire de los cuartos se satura de perfumes y colonias y del aroma de las viandas, traídas de las confiterías del Gas, del Águila o de las profundidades de la cocina propia.

Una hija del matrimonio Oliver-Romero va a ser presentada en sociedad con el baile de rigor. Pronto sólo se oyen valses o tangos, tocados en vivo por orquestas, y el rumor de risas y de conversaciones. Hay, no obstante, dos personas inmóviles, fuera del torbellino giratorio que se expande sobre la planta baja: una niña y una muchacha menuda, morena, apenas mayor que la debutante miran desde el piso alto las parejas que danzan. Bajo el vestido de fiesta de la joven se ocultan dos piernas laceradas por la polio, que no volverán a caminar. No será ella, sin embargo, la que se queje de su aislamiento: ‘Me pareció tan natural que al no bailar yo no bajara, como que a mi segunda hermana no se lo permitieran por ser demasiado joven para que la ‘presentaran’…”

Alusiones a Victoria Ocampo (n. 07-04-1890) y a María Rosa nacida el 10 de septiembre de 1898 en la ciudad de Buenos Aires, primogénita entre ocho hijos de Francisco José Oliver y de María Rita Romero, perteneciente a una “familia patricia”, en ese árbol genealógico María de los Remedios de Escalada de San Martín.. Padeció las consecuencias de la poliomielitis desde los diez años de edad. Amiga de Victoria Ocampo, fue una de las fundadoras de la revista “Sur” (1931) e impulsoras del reconocimiento de la igualdad de derechos en 1936 constituyeron la “Unión Argentina de Mujeres”; institución que suelen confundir con la Unión de Mujeres de la Argentina creada a mediados de agosto de 1947 en la bonaerense ciudad de Avellaneda promoviendo justicia para las obreras, proclamando: “A igual trabajo, igual salario”.

María Rosa Oliver desde su sillón de ruedas observaba las conductas de familiares y amigos. Había aprendido en su niñez cómo discriminaban a los niños pobres calificados como “pilletes”; dejó tales señales en su libro “Mundo, mi casa”, conjunto de relatos de vivencias junto a Lizzie, su niñera escocesa que dialogaba con compañeras británicas y “continuaban criticando a los nativos” hasta que ella siendo una niña de siete años de edad, se animó a decirle que ella también era “nativa”… de Escocia. Supo distinguir entre el trabajo de sol a sol y de lunes a lunes de las personas que “servían” en el hogar donde sus padres también estaban ocupados pero disponían de oportunas pausas y podían el domingo o en distintas celebraciones “santificar las fiestas”… Pronto sintió que era una injusticia no proteger a los obreros para evitar los accidentes y también interpretó los abusos de quienes “vivían en la elegante holganza (los tíos maternos, solterones, que sólo aspiraban a disfrutar sus herencias)”…

María Rosa Oliver viajó con su familia a Europa en 1921; terminada la guerra civil española (1936-1939) integró grupos de ayuda a exiliados, a fines de se expandía la segunda guerra mundial y María Rosa se reunía en Buenos Aires con amigos “Partidarios de la Paz”; estuvo en Estados Unidos participando en reuniones y manifestaciones contra el nazismo. Fue miembro del Consejo Mundial de la Paz desde 1948 -y durante catorce años-, como tal en 1952 participó en el Congreso Mundial de Viena; luego conoció el otro lado del mundo, el mundo comunista. En 1958 le otorgaron el “Premio Lenin”. Viajó por distintas zonas de China y estuvo en la isla cubana, fue amiga del santafesino Ernesto Guevara de la Serna, nacido en Rosario y luego renombrado Che Guevara. Dedicó parte de su tiempo libre a su autobiografía Mi fe es el hombre -tres volúmenes-, terminada breve tiempo antes del sincope cardiaco que generó su fallecimiento el 19 de abril de 1977 en la ciudad de Buenos Aires.

María Rosa Lojo, destacó que su tocaya Oliver, “quiso y respetó a personas muy diferentes, que creían en cosas dispares, con tal que fueran honestos consigo mismos y tolerantes con los demás. Y dejó, sobre todo, un legado extraordinario: sus libros de memorias, donde el tiempo a la deriva, que fluye hacia la destrucción, se condensa en unos ojos siempre alertas que recomponen el mapa perdido de los sentimientos, las percepciones, las costumbres, y que nos devuelven a nuestra contemporaneidad con una visión nueva, cristalina. A esos libros cabe aplicarles las mismas palabras con que ella definió su propia experiencia ante las obras de arte: después de contemplarlas, dice, ‘la atmósfera, la calle, los seres, los árboles, tenían otra nitidez, como si alguien, mientras yo estaba en el museo, le hubiese quitado a la realidad un polvo que la cubría’…”

…………………………………………………………………………………….

Semillas de discordia…

Terminaba el primer medio siglo XX cuando los argentinos leíamos en todos las publicaciones “1950 – Año del Libertador General San Martín”. Estaba en su apogeo el empadronamiento femenino tras la sanción de la Ley Nº 16.010/23-09-1947 y mujeres de todas las provincias colaboraron orientadas por “Evita” quien designada a las “delegadas censistas” con el propósito de avanzar en la organización del “movimiento nacional justicialista”.

Como sucede en este siglo veintiuno, aquellas eran las noticias impresas en diarios y revistas, difundidas por radios y la incipiente televisión desde la ciudad de Buenos Aires. Terminaba el primer medio siglo XX cuando los argentinos leíamos en todos las publicaciones “1950 – Año del Libertador General San Martín”. Estaba en su apogeo el empadronamiento femenino tras la sanción de la Ley Nº 16.010/23-09-1947.

Durante el Cabildo Abierto del 22 de agosto de 1951, el insistente José Espejo siendo secretario general de la Confederación General del Trabajo pedía a Eva Duarte de Perón que aceptara la candidatura a vicepresidente de la Nación. Ella, evidentemente debilitada y sostenida por su esposo, pidió tiempo para responder expresándolo con su renuncia a los honores y no a la lucha. Eran evidentes sus limitaciones físicas y continuaron las disidencias políticas. El 28 de septiembre de 1951 el Gral. de Brigada Benjamín Menéndez condujo una sublevación contra el presidente Juan Perón y se amplió la grieta que separaba a la dirigencia política argentina.

En aquel tiempo, declinaba la salud de la conocida actriz María Eva Duarte (n. 07-05-1919), desde diciembre de 1945 unida en matrimonio con el Coronel Juan Domingo Perón, electo presidente de la Nación el 24 de febrero del año siguiente, en funciones desde el 4 de junio de 1946 (reformada la Constitución reelecto hasta 1958).

Protestaban algunos militares y también civiles pertenecientes a diversos partidos políticos. Como sucede en este siglo veintiuno, aquellas eran las noticias impresas en diarios y revistas, difundidas por radios y la incipiente televisión desde la ciudad de Buenos Aires.

…………………………………………………………………………………….

El Océano no separa… ¡UNE!

Hoy, primer día de agosto del tercer año de la segunda década del siglo veintiuno, leí el mensaje reenviado ayer por Gilberto… uno de los egresados en la promoción 1950 en una prestigiosa, única e irrepetible, Escuela Superior de Comercio… Releo su reenvío: “¡Qué poca memoria la de los argentinos!” y en el mensaje original, en francés:

Pour memoire des ‘anciens’ de mon cher pays   Merci  Victoria Ocampo”. 

Releo y reitero la siguiente trascripción de una carta manuscrita -hace poco más de seis décadas- enviada por la escritora y promotora cultural argentina Victoria Ocampo a su amiga Lucila Godoy Alcayaga nacida en la pequeña ciudad de Vicuña (Coquimbo), el 7 de abril de 1889, “hija de Jerónimo Godoy Villanueva, maestro de escuela, y de Petronila alcayata Rojas. Poco después de nacida la niña el padre abandonó el hogar llevado por su espíritu aventurero. La familia quedó sin recursos, y doña Petita trató de hacer frente a las necesidades de los suyos con su habilidad para la costura. Debía apurar su aguja para lo lograr lo indispensable y nunca tenía seguro el día de mañana”.

Así comenzó su quinto relato en el tercer capítulo de su libro Autodidactos una distinguida santafesina, la chilena Marta Elena Samatán, nacida el 2 de diciembre de 1901 en Vicuña (donde doce años antes había nacido Lucila Godoy Alcayaga) y luego residente en Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de Santa Fe, República Argentina. Hija del ingeniero francés Urbano Samatán y de la chilena criolla María Isolina Madariaga.

Lucila Godoy Alcayaga… ¡distinguida poeta chilena Gabriela Mistral!

“Gabriela Mistral falleció en Nueva York, el 10 de enero de 1957. Sus restos descansan en Montegrande, entre los cerros del valle de Elqui”, su tierra natal.

Conmovedora carta de su amiga Victoria Ocampo, hermana de Silvina…

Sólo con un nombre y el apellido paterno, firmaba Ramona Victoria Epifanía Rufina Ocampo, nacida en Buenos Aires el 7 de abril de 1890 en el seno de una familia aristocrática, su primer lenguaje fue en francés siendo educada por institutrices.

Falleció en su tierra natal el 27 de enero de 1979.

Carta de Victoria Ocampo a Gabriela Mistral

París, 18 de septiembre 1951

Muy querida Gabriela:

    Tu carta -que me enviaron desde Buenos Aires- me llegó a Lisboa. Antes de ayer desembarcamos con Angélica en Cherbourg, después de soportar durante un día y una noche un mar de fondo que lanzaba contra el suelo cuanto había en las mesas y hacía rodar de un lado para otro sillas, valijas y personas. Todavía no hemos descansado bien de esos sacudones (algunos viajeros se lastimaron y dicen que los Stewarts [sic] estaban asustados). Pero tout est bien que finit bien.

    Van unas pocas líneas para darte un gran abrazo y decirte que siempre te recuerdo y quiero.

    Decirte que la vida se ha vuelto desagradable en Argentina es decirte muy poco. Para conseguir mi certificado de buena conducta me citaron (2 veces, con 6 meses de intervalo) a la sección especial de la policía, comisaría octava (donde torturan a la gente y les aplican la picana eléctrica, etc.) a las 7 de la mañana. Me interrogaron horas. Allanaron SUR -la revista- y mi domicilio particular (pour la forme… pues casi no miraron nada). Sabrás que hace cuestión de dos o tres meses, aparecieron cruces en todas las puertas de las personas de la  oposición (sin más crimen que el de no plegarse al peronismo). A mí me pusieron dos cruces. Esta deferencia me honra. Pero desde luego no tiene nada de agradable y como soy persona que vive sola en el campo, ando sola manejando mi auto y vuelvo a casa sola a altas horas de la noche, a veces me sentía enervada por estas amenazas que no pueden localizarse.

    Sabrás también que andamos (con la baja del peso, la congelación de los alquileres y todo lo demás) pobres como las ratas, los que no somos adictos a la pareja real. Para seguir sosteniendo la revista tengo que hacer verdaderos sacrificios (a veces me pregunto si vale la pena…). Hemos tenido que vender propiedades para venir a respirar un poco a Europa. Criticar la obra de la simpática pareja se considera como un crimen de lesa-patria y te meten preso. Eso harían si les cayera en manos esta carta, por ejemplo. Te advierto que abren la correspondencia y que la mía (así como mi teléfono) está seguramente muy vigilada. Una vez se publicó en un diario peronista bajo el amable título de “Los vende-patria” un pedazo de una carta mía a un amigo. Así que desde Buenos Aires ni puedo escribir, ni es prudente escribirme nada respecto a la situación política del país. A eso hemos llegado, mi querida Gabriela. Y no vemos por el momento una salida…

   Imagínate que se me acusa de comunismo… ¡a mí! Te digo a mí  porque odio a esa forma del totalitarismo tanto como odio la forma nazi. No es poco decir. Esto me ha valido discusiones muy amargas con María Rosa [Oliver], que está cada día más embarcada en el comunismo y, para mi modo de ver, más ciega, más ofuscada, más exaltada en el error. No se puede conversar con ella sobre estas cosas. Yo por lo menos no puedo hacerlo, porque de mon coté me exalto y me irrito sin poderlo remediar.

   Todo esto es muy doloroso y triste. Me hubiese gustado vivir un tiempo fuera de Argentina, pero el hecho es que no tengo dinero para hacerlo. No he tomado la precaución de retirar fondos cuando tantos lo hacían. No me he ocupado ni preocupado de asuntos monetarios. Ahora lo lamento y pienso que he sido muy cretina.

   No sé si te llegó mi librito sobre Keyserling (contestación a un capítulo sobre mí que salió en sus Memorias). Me imagino que en tu carta hablas de Soledad Sonora. Poca cosa, Gabriela, poca cosa. 

   En cuanto a la revista, si supieras lo difícil que resulta hacer lo poquísimo que hacemos. ¡Si supieras las luchas y dolores de cabeza que representa hoy, en Buenos Aires, cualquier esfuerzo de esa índole!

   The world is out of joint…

   París me llena de nostalgias. He perdido a casi todos los amigos que me volvían amable mi estadía aquí. Tengo algunos proyectos que trataré de realizar sin mucha ilusión de les mener a bien (la a tiene tilde grave pero no lo encuentro en mi teclado).

    No te imaginas cuánto he sentido que no pudieras escribir unas líneas para el libro que publicará Aguilar en Madrid, ya que los insensatos quieren prefacios a todo trance. Eras la única persona capaz de hablar de lo poco que he logrado hacer con simpatía humana. (lo único que me interesa).

   Te daré noticias más adelante. Te ruego que me escribas a máquina si es posible pues entiendo mal tus cartas a lápiz que se borran fácilmente.

   Te quiere y abraza 

                                                                                                        Victoria.

Vivo en el Hotel de la Trémoille, rue de la Tremoille, París.

…………………………………………………………………………………….

Gabriela Mistral y Marta Samatán, amigas elquianas…

En “Quién en Ella en Santa Fe” (tomo I, editado por nuestra amiga Gloria de Bertero en noviembre de 1995), incluida la aproximación biográfica elaborada por Mariano Puente, en torno a la trayectoria de SAMATÁN, MARTA ELENA – Abogada. Traductora. Defensora de los Derechos de la Mujer. “Nacida en Vicuña- provincia de Coquimbo-, República de Chile, el 2 de diciembre de 1901, hija de la criolla María Isolina Madariaga y del francés Urbano Samatán, desde 1899 perteneciente al “Instituto de Ingenieros de Chile” (Fº 503, Memoria… Setiembre 15 de 1900, Director Cesáreo Aguirre, vicedirector José A. Vadillo.

Nació Marta Elena Samatán “…cuando el italiano Guillermo Marconi trasmite mensajes al otro lado del Atlántico por telegrafía sin hilos… Preside nuestro país el Dr. Carlos Pellegrini y gobierna Santa Fe el Dr. Juan B. Iturraspe. Cuando cuenta Marta cuatro años, su familia se radica en el Barrio Candioti de Santa Fe, zona de residencia de quienes estaban ligados al Ferrocarril Francés, en su caso el padre, ingeniero técnico en ferrocarriles. Después de cursar los primeros estudios, se gradúa de maestra normal en 1918, a la par que ‘comete el atrevimiento de practicar deportes en una época en que la mujer aún tenía vedado incursionar en el tenis y la natación’. / ‘Ejerció la docencia en una escuela céntrica y al producirse la huelga docente de 1921 se enroló en las filas de protesta, oportunidad en que pierde el cargo, debiendo incorporarse luego a una humilde escuelita del barrio Piquete (Las Flores), de cuya experiencia nació su primer libro de poesías Canto de la vida diaria, publicado en 1930. Maestra posteriormente de la ‘Mariano Moreno’, en su barrio de siempre, el 10 de diciembre de 1927 obtuvo el título de abogada, profesión que nunca ejerció. Fue una de las primeras egresadas de la Universidad Nacional del Litoral. Obtuvo por concurso el cargo de traductora de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales. Por razones políticas fue dejada cesante y debió ganarse la vida como traductora en una editorial de Buenos Aires. Reintegrada a la Universidad en 1955 fue Interventora primero y luego Directora interina de la Biblioteca de la Facultad que había debido abandonar años atrás. Asimismo fue Directora interina de Extensión Universitaria en 1959, presentando su renuncia, en 1966.” Un año antes había publicado su libro Autodidactos (Editorial Universitaria de Buenos Aires, colección Libros del caminante, terminado de imprimir el 15 de julio 1965 en aquella ciudad).

Marta Samatán luego logró varias ediciones, entre ellas “Por tierras de Elqui” (1967), Gabriela Mistral, campesina del valle de Elqui (1969) y “Los días y los años de Gabriela Mistral” (1973, México, Cajica). A pedido de Victoria Ocampo escribió sobre “la mujer” y en el número especial de la revista Sur incluyeron ese texto, luego reproducido en la revista bilingüe Humboldt, editada en la República Federal de Alemania. Presidente de la Asociación Santafesina de Escritores -fundada en octubre de 1955-, durante el período 1969-1975; en 1976 ese grupo le otorgó el Premio a la Labor literaria por el conjunto de su obra. MARTA ELENA SAMATÁN falleció el 27 de julio de 1981, en Santa Fe de la Vera Cruz y como destacaron tiempo después: “…Podemos decir que ella fue una verdadera avanzada en la intelectualidad de esta región, siempre dispuesta a adherir con entusiasmo y espíritu juvenil a las mejores iniciativas argentinas”. Mediante Resolución C.S. Nº 227/2004, la Universidad Nacional del Litoral creó el Archivo Histórico cambiando esa denominación cuatro años después, es el “Museo y Archivo Histórico “Marta Samatán” que funciona contiguo a la Biblioteca Pública y Popular “Dr. José Gálvez”, en el ámbito de la Secretaría de Cultura de la Universidad, en el enorme edificio situado en calle 9 de Julio 2150 construido a fines del siglo XIX por la Sociedad Cosmopolita de Santa Fe, como consta en los diarios de sesiones de la Legislatura provincial, apoyada con subsidios…

………………………………………………………………………………………………..

Ecos tras los comicios de 1951…

Sólo el Justicialismo había incluido a mujeres en las listas de candidatos.

Tiempo de creciente violencia entre opositores políticos. Rodolfo Ghioldi era un destacado dirigente del Partido Comunista, un certero tiro lo hirió con riesgos de muerte. Soportó un atentado el doctor Ricardo Balbín perteneciente a la Unión Cívica Radical y el doctor Alfredo Lorenzo Palacios del Partido Socialista dijo que no se presentaría en los cercanos comicios.

El 11 de noviembre de 1951 se realizaron las elecciones nacionales y en diez distritos ingresaron mujeres. En el total de Distritos, votaron 3.816.654 ciudadanas: 63% por el Partido Peronista y 30,8% por la Unión Cívica Radical. En el Congreso Nacional, el 4 de junio de 1952 estaban en sus bancas 23 diputadas y 6 senadoras pertenecientes al Partido Peronista.

Por la provincia de Santa Fe asumieron la senadora Hilda Nélida Castañeira (presidenta de la Comisión de Trabajo y Previsión) y las diputadas nacionales Isabel Torterola de Roselli y Josefa Brigada de Gómez.

[En la Legislatura de Santa Fe juraron las diputadas Velia Barichelo (Departamento San Martín), Haydée Reyes Cortez y Clementina Giavarini de Rocha (Rosario), Juana Raquel Hernández (San Justo), Dominga Adela Millo de Peralta (Las Colonias), Elvira Muñoz de Pautasso (La Capital), María Mercedes Pérez de Fabaz (Garay) y Asunción Soler (San Justo). Desde 1988 ha sido grato seguir comunicándonos cuando Elvira y Meche se acercaban al Centromultimedios “Biblioteca de la Legislatura de Santa Fe” donde por decisión de las autoridades del Senado fue cedida una habitación en la sede de 25 de Mayo de 1908, para la instalación del Centro de Ex Legisladores de la Provincia de Santa Fe, en aquel tiempo presidido por el ex diputado provincial Manuel Mangiaterra, con asistencia diaria el ex senador Mesa vinculado también a la Federación de Centros… Allí, sólo una vez pude dialogar Asunción Soler y en distintos ámbitos, con Carolina Charito Negretti, residente en la provincia de Buenos Aires.]

Observo la fotocopia de una boleta para votar en las elecciones del 11 de noviembre de 1951 siendo candidatos a “Presidente de la Nación Juan Perón / Vicepresidente J. Hortensio Quijano”, candidatos a “Senadores Nacionales Hilda Nélida Castañeira / Alejandro B. Giavarini – Candidatos a Diputados Nacionales (1) Isabel Antonia Torterola… (6) Josefa Dominga Brigada… (11) Josefa Biondi, penúltima. Tales los nombres y apellidos impresos en las boletas y en la nómina de electos el 11 de noviembre de 1951 que asumieron el 25 de abril de 1952 con mandato hasta 1955 en la Cámara de Diputados, por orden alfabético: BIONDI, Josefa – BRIGADA de GÓMEZ, Josefa D. – TORTEROLA de ROSELLI, Isabel A.

En un documento que elaboré a fines del siglo pasado en torno a la Ley Nº 13.010/1947 que otorgó las ciudadanas argentinas el derecho a votar y ser elegidas, incluí como candidata a senadora nacional por la provincia de Santa Fe en las elecciones del 11 de noviembre de 1951 a Hilda Nélida Castañeira (también Alejandro R. Giavarini).

HILDA NÉLIDA CASTAÑEIRA, destacada docente en la ciudad de Rosario (provincia de Santa Fe). Maestra en la Escuela Primaria Nº 526 (cerca del barrio Mangrullo), pidió ayuda para sus alumnos cuando ya estaba participando en los Centros Cívicos Femeninos de la provincia y así fue como en 1946 conoció a Eva Duarte de Perón quien al año siguiente comenzó a organizar la rama femenina del movimiento nacional justicialista. Eva Perón nombró a Hilda Castañeira Delegada Censista en Salta en 1949 y una de las veintitrés delegadas censistas participantes en el Congreso realizado en el Teatro Nacional Cervantes (26 al 31-07-1949), tiempo de la reforma de la Constitución Nacional que incluyó la reelección de presidente y vicepresidente por un período consecutivo. Electa Senadora Nacional en las elecciones de 1951, asumió durante el otoño de 1952. Debilitada María Eva Duarte de Perón, aún estaba en discusión cómo sería el enorme “Monumento al Descamisado” que inaugurarían un 17 de octubre – Día de la Lealtad, imaginado sobre una base de mármol de Carrara y aproximadamente de 140 metros de altura con una estatua de cincuenta metros y dieciséis figuras de cinco metros… Durante cinco sesiones hablaron ochenta y cuatro senadores. Fue la senadora Hilda Nélida Castañeira quien comparó a Evita con renombradas mujeres de distintas latitudes: “Eva Perón resume lo mejor de Catalina de Rusia, Isabel de Inglaterra, Juana de Arco e Isabel la Católica”.

Han destacado que Hilda N. Castañeira, tras el movimiento cívico militar de septiembre de 1955 “fue detenida sólo por haber sido militante justicialista”. Residente en la Capital Federal, fue electa Concejal en 1973. Designada Secretaria de Estado en la provincia de Salta en 1983. En noviembre de 2004, Secretaria de la Mujer y la Familia en el Círculo de Ex-Legisladores de Salta. Hilda Nélida Castañeira de Vaccaro. La senadora nacional Sonia Margarita Escudero, el 17 de diciembre de 2007 ingresó su proyecto de declaración expresando pesar por el fallecimiento de la senadora nacional (m.c.) Hilda Nélida Castañeira de Vaccaro, expediente 3687/07.

……………………………………………………………………………………………….

“Ocaso”

Tras una breve pausa en el cuartito verde, observo la tapa del libro “Ocaso”, novela elaborada por Marta Elena Samatán, terminado de imprimir el 9 de diciembre de 1981 en los talleres de Librería y Editorial Colmegna, calle San Martín 2546 en la capital provincial. Se destaca con recuadro una fotografía de su legendaria casa situada en Bulevar Gálvez cerca del Colegio de las Hermanas Adoratrices, imagen enfocada por el recordado santafesino Jorge Capatto, ecologista, director-fundador de la Fundación “Proteger”. Obra arquitectónica que en las últimas décadas del siglo veinte fue refaccionada, cambiaron el viejo techo de pizarra por uno metálico y desde entonces en continuo deterioro con carteles incluso apoyados en la artística reja con soporte de mampostería a ambos lados de la atractiva ancha puerta terminada en semicírculo.

Vereda angosta, un árbol sin hojas es señal invernal y el rústico empedrado, casi todo desaparecido en esta segunda década del siglo XXI.

Releo una vez más lo expresado por Marta Samatán en el primer relato de su novela:

“Cuando estalló la revolución, en septiembre de 1955, mi primer pensamiento fue para Beatriz Velásquez Alcaraz. La había tenido presente en tantas oportunidades durante los últimos meses que me era imposible no recordarla en esas circunstancias. Hacía tiempo que no mantenía ninguna clase de relación con ella y no la veía desde la muerte de Maruja, pero a la fuerza hube de enterarme de su importancia política ya que su nombre figuraba a diario en la prensa de todo el país. Y también su fotografía. Tenía que ser muy sólida su posición dentro del peronismo para que no le mezquinaran la propaganda. Es cierto que Eva Perón ya no existía y nadie la había reemplazado en la dictadura absoluta que ella ejercía sobre sus huestes, especialmente para impedir que otra se destacara, atreviéndose a echar alguna sombra, aunque fuera levísima, sobre la indiscutible posición de conductora que ella se había arrogado.

La carrera política de Beatriz había comenzado unos cuantos años atrás, a mediados de 1951. Primero apareció en los actos públicos importantes, codeándose con los grandes del momento. Después se puso a actuar abiertamente y no tardó en ser elegida diputada por la provincia de Santa Fe. Se convirtió en personaje, con despacho y secretarias. Para hablar con ella había que solicitar audiencia y hacer amansadora. p. 7

El que andaba detrás de toda esa figuración era ese tal Jaime Portilla, hombre habilísimo con el cual se había casado, al parecer, hacía ya cierto tiempo. En tanto Beatriz ocupaba la parte delantera del escenario, desempeñando su papel de celosa legisladora preocupada en velar por los intereses del pueblo, Jaime Portilla se quedaba entre bambalinas dedicado a los negocios. Decían que su fortuna era fabulosa. En todo caso, Beatriz sabía lucirla sobre su persona. Siempre tuvo buen gusto y elegancia. Debo reconocerle esas cualidades.

En Santa Fe, por supuesto, los comentarios menudearon. Cierta gente del barrio sur se santiguaba, considerando que la pobre Beatriz había desmerecido por completo. Aunque la verdad era que Beatriz poco podía ya desmerecer después de su trayectoria galante. Había vivido demasiado al margen de las conveniencias para que nadie se escandalizara en serio, ahoya que ya se había sosegado.

No obstante, pese a las habladurías, abundaron las opiniones contemporizadoras y hasta aparecieron muchos que, haciendo caso omiso del pasado, alardearon de su parentesco o de su vieja y tradicional amistad con la familia Velásquez Alcaraz. Debió ser grande el asombro de Beatriz ante la ignorada y numerosa parentela que le surgía y la insospechada cantidad de amigos que prodigaban sus alabanzas, adulándola sin empaño en espera de alguna dádiva. Como no había perdido un ápice de su tremendo desenfado, aceptó los halagos de los pedigüeños y se dio el lujo de tratarlos a la baqueta, asestándoles alfilerazos a diestra y siniestra en frases mordaces y cáusticas. Conociendo su ingenio, aquello tuvo que resultar un espectáculo sumamente divertido. Corrieron muchas anécdotas al respecto.

Con su familia fue generosa. Hizo nombrar a sus hermanos en cargos bien remunerados y sin mayores obligaciones, menos a José Luis, que ya estaba hecho un borracho perdido. Pero a éste lo hizo jubilar. No sé como se las arregló para eso ni de donde salieron los años de servicios. Pero el caso es que el hombre se jubiló. p. 8

La que nunca se le arrimó para nada fue Etelvina Ruiz. No la volvió a ver. Vivió penosamente su magra jubilación, haciendo prodigios de equilibrio con los pesos para llegar a fin de mes. Pero se mantuvo firme en su contrerismo y murió sin dar su brazo a torcer.

Sólo leí uno de los discursos de Beatriz como diputada, su panegírico de Eva Duarte en vísperas de su muerte. Era una especie de himno apoteótico en donde se la comparaba a Isabel la Católica, a Juana de Arco y a Catalina la Grande. Aquello era un torrente descontrolado de adjetivos laudatorios desparramados sin ton ni son. Claro que Beatriz no había escrito una sola palabra de esa brillante pieza oratoria (entiendo que existía algo así como un equipo especial encargado de confeccionar los discursos, para velar, sin duda, por la pureza de la ‘doctrina’). A Beatriz le bastaba poner la voz y los gestos para dar énfasis a cualquier galimatías. Siempre se destacó por la elocuencia de su mímica y los matices dramáticos de su entonación.

Esas cualidades exteriores y la maña que se daba Jaime Portilla en la trastienda, mantenían a Beatriz en prominente situación dentro del movimiento peronista femenino. Era indudable que tenía arrastre personal y ya se perfilaba como candidata segura a una senaduría nacional cuando se produjo la caída del régimen.

Muchos habían llegado a pensar que un nuevo lustre renovaba los viejos apellidos y que los antiguos pergaminos volvían a adquirir prestigio. Por lo visto, no fue más que un esplendor efímero. Las sombras envolvieron otra vez a la familia y poco a poco el olvido se echó sobre ella como pesada lápida. Los Velásquez Alcaraz prosiguieron resignadamente su marcha hacia el ocaso. p. 9

Pensé que para Beatriz ese derrumbe iba a resultar trágico. Hasta llegué a sentir un poco de lástima. Comenté el caso con Elena. Mi hermana se alzó de hombros y me dijo con sonrisa burlona:

-¡Siempre con sentimentalismos! Beatriz no es ninguna tonta. Podrá escapársele la senaduría, pero le queda bastante plata para consolarse…

No le faltaba razón a mi hermana. Esa fortuna, aunque no alcanzara las cifras que los rumores le atribuían, tenía que ser enorme y estar a buen recaudo. Además, con toda seguridad, Beatriz habría tomado las providencias necesarias para que la disposición de esos bienes estuviera en sus manos, bajo su vigilancia, ya que la dura experiencia le había enseñado a no ser confiada.

Y es forzoso llegar a la conclusión de que poder político puede esfumarse. En cambio, el del dinero sigue siendo siempre el mismo. p. 10

II

La primera vez que fui a la casa de Maruja Velásquez Alcaraz, la chinita que acudió a mi llamado abrió apresuradamente la puerta de la sala, me hizo pasar y corrió a buscar a la ‘niña’. Me quedé perpleja en medio del enorme aposento, frente a los retratos de marco dorado y los candelabros de plata. Un pesado olor a encierro me circundaba. (…) Porque el caserón era requeteviejo. Exhalaba tufos coloniales por todos los lados. Cuatro ventanas de rejas primorosamente forjadas se abrían sobre el amplio frente de más de veinte metros. La vista no alcanzaba a medir las profundidades interiores y sólo percibía un sin fin de habitaciones en hilera. p. 11 (…) Acabábamos de instalarnos en Santa Fe después de rodar por muchos pueblos de la provincia y todavía conservaba el asombro de la campiriña frente a las cosas de la ciudad. Papá era maestro y lo habían ascendido, por fin, a director de una escuela urbana. Mamá también ejercía, pero sin salir aún del grado. p. 12 (…) Quince personas habitaban el enorme caserón (sin contar la negra cocinera y las dos chinitas de servicio): los padres, los diez hermanos (cinco varones y cinco mujeres) y tres tías solteronas (dos maternas y una paterna). Los tres hijos mayores, ya mozuelos, iban al colegio nacional. Eran unos lindos muchachos, la mar de simpáticos y ocurrentes, pero con bien ganada fama de haraganes. (…) esa profunda desidia no parecía inquietar mayormente a don Alejo. (…) Quería que fueran abogados y abrigaba el anhelo de que uno de ellos, por lo menos, llegara a juez. p. 13 (…) Son Alejo era muy distinguido, pero nada más. (…) Toda su facha era senatorial. Pero ahí no más se quedaba, en pura facha. Algo había estudiado en los Jesuitas, sin llegar muy lejos. Vivía al margen de todo lo que fuera ciencia y sólo conservaba en la memoria algunos islotes de la poca instrucción literaria recibida. ]p. 14 (…) Era un hombre más bien apoltronado, poco amigo de callejear. Sus raras salidas no lo apartaban de los límites del barrio sur. (…) Las mañanas de don Alejo transcurrían en una oficina de la Casa de Gobierno donde desempeñaba unas funciones más decorativas que eficaces. p. 15 (…)

El irrisorio sueldo de don Alejo no era la única entrada de la familia. Todavía existían por esa época algunos restos de las propiedades provenientes de la rama materna que iban siendo devorados de a pedacitos. En un tiempo lejano habían sido leguas y leguas legadas por el ascendiente que llegó con don Juan de Garay. [Domingo 15 de noviembre de 1573.] Unas orillaban la costa del San Javier, otras se extendían al este del Salado. Cuando la ciudad se trasladó a su asiento definitivo [1650-1660], muchas de esas tierras quedaron ubicadas en las afueras y con los años se incorporaron a la zona urbana. Los sucesivos recortes efectuados por los numerosos descendientes que se habían pasado las heredades a lo largo de más de tres siglos las habían achicado de modo lamentable hasta convertirlas en parcelas casi insignificantes.” p. 16

Marta Samatán continúo sus interesantes relatos y casi al final, expresó:

XV

“Hacía ya varios años que nos habíamos alejado de ese viejo barrio sur. Poco después de la muerte de don Alejo, papá fue ascendido a inspector. Tuvimos que dejar la escuela para que se instalara el nuevo director y nos mudamos a una casa situada en las inmediaciones de la Plaza España. A mamá la habían nombrado vicedirectora de una escuela cercana. Celia y Elena se casaron al poco tiempo y yo pude disfrutar de una habitación para mí sola.

Seguía viendo a Maruja todas las mañanas en lamisca escuela en que habíamos empezado a trabajar. La habían remozado un poco y nos habían mandado una nueva directora, mucho más comprensiva.

Al comienzo, no dejaba pasar semana sin llegar alguna tarde al caserón. Me recibían siempre con la cordialidad reservada a los viejos amigos. Y, sin embargo, yo notaba una pérdida de intimidad con Maruja que se iba acentuando día a día. Eran matices casi imperceptibles al comienzo. Luego se hicieron evidentes y hube de poner toda mi aplicación para pasarlos por alto.p.101 (…) Pero algo había que jamás podría pederse. Y era el recuerdo de aquellos años despreocupados de estudiante y luego de maestras incipientes.p.102 (…) A medida que mamá veía acercarse la hora de la jubilación, recrudecían sus quejas acerca de la casa en que vivíamos: era chica, húmeda, sin buena ventilación y estaba situada en un barrio ruidoso. Papá la escuchaba sonriendo y siempre le contestaba que todo se arreglaría. Como él también estaba al borde de la jubilación, el arreglo consistió en que se pusieron de acuerdo para un traslado a Guadalupe. (…) Yo no me resigné, entonces, a trasladarme diariamente al otro extremo de la ciudad y conseguí que me destinaran a una escuela situada cerca de mi casa. Mis salidas al centro se hicieron más limitadas. Ya sólo veía a Maruja muy de vez en cuando. p. 104

Llegó junio de 1943. Fueron momentos de angustia porque veíamos al nazismo que se nos echaba encima con todo su desprecio por los valores humanos. La derrota de Hitler nos fue trayendo un poco de alivio. No duró mucho. El remolino de los acontecimientos nos fue arrastrando hasta hacernos caer en brazos del peronismo, un totalitarismo que se arropaba en demagógicos palabrerías y gestos a lo Mussolini.

Todos estos sucesos repercutían en mí profundamente. Me exaltaban o me deprimían. A Maruja la dejaban indiferente. Hasta se asombraba de mi preocupación por ellos. Me costaba mantener una conversación con una persona que no hacía más que dejarse vivir, ajena a todo lo que ocurría en el mundo. Me apenaba encontrarla cada vez más hundida en su pasado. (…) Mis visitas se hacían cada vez más breves y ocurrían cada vez más de tarde en tarde. Una sola vez la vi a Maruja salir de esa apatía que le era habitual. Hasta se volvió humana y dejó que hablara su corazón. p. 105

XVI

Hacía más de cuatro meses que no visitaba a Maruja cuando me avisaron que estaba muy enferma y quería verme. La noticia confirmaba las sombrías perspectivas recogidas tiempo atrás.

Me encaminé inmediatamente hacia el lejano barrio sur. Me encaminé inmediatamente hacia el lejano barrio sur. Empezaron los fríos (corría el mes de mayo de 1951), pero el día se presentaba haciendo derroches de esplendidez total. Maruja estaba realmente mal, pero con todo su conocimiento. Me estrechó débilmente la mano y hasta esbozó una sonrisa para darme la bienvenida. Físicamente era una ruina. La enfermedad la había devorado en poco tiempo. Solamente los ojos recordaban a la Maruja de antaño. p. 107 (…) Pasé varias horas sentada junto a la cama, sin hablar. Mi presencia pareció reconfortar a la enferma que, de vez en cuando, me sonreía. (…) Ese día también llegó Beatriz. Había tomado el tren nocturno y vino directamente de la estación. Vestía muy bien, con mucha discreción, y olía a perfume caro. p. 108 (…) Beatriz ya no era la de antes, una pobre mujercita inquieta que rodaba de una cama a otra sin mayores discriminaciones. Se había sosegado y su actual existencia había adquirido una estabilidad casi conyugal. Hasta se mencionaba un matrimonio realizado por ahí, en algún lugar de América.

El hombre, a más de tener dinero, poseía una extraordinaria habilidad para producirlo. Eso, añadido al hecho de estar muy vinculado con la política peronista, lo convertía en un poderoso magnate dentro del mundo de los negocios. Pudo verse hasta donde llegaba su influencia cuando la mujer inició su vertiginosa carrera política.

La entrada de Beatriz no tuvo nada de espectacular. Fue como si tratara de borrarse y diluirse en medio de los suyos. No hizo derroche de gestos melodramáticos, si bien lloró al abrazar a sus hermanos y hasta al encontrarse conmigo, a pesar de al poca estima que siempre me había demostrado. Quizás sus lágrimas fueron sinceras. No había vuelto a reunirse con los suyos hacía más de veinte años y es muy posible que la emocionara ese reencuentro frente al lecho de agonía de la pobre Maruja.

Nadie le hizo pregunta, naturalmente. La dignidad de la familia debía ignorar ciertos hechos, o por lo menos, arrojar encima de ellos el espeso velo de un piadoso olvido.” p. 109

En el último relato de aquel Ocaso imaginado por Marta Elena Samatán entre la literatura y la política, su conclusión:

“…La etapa de los Velásquez Alcaraz se había cumplido. Era un pasado que se iba para siempre. / F I N.” p. 114

TODO tiene su tiempo…

Tiempo de sembrar y tiempo de cosechar lo sembrado.

…………………………………………………………………………………….

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.