Juanele ORTIZ, poeta argentino… (1896-1978)

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Durante una aproximación a la trayectoria del poeta Francisco Paco Urondo, aludí al entrerriano Juan Laurentino Ortiz nacido en Puerto Ruiz -cerca de Gualeguay-, el 11 de junio de 1896 en Puerto Ruiz.

En Villaguay terminó los estudios de nivel primario y egresó con el título de maestro en una escuela de Gualeguay. Viajó a la ciudad de Buenos Aires siendo un adolescente de diecisiete años, conoció a Manuel Ugarte entre otros escritores y políticos. Rechazó el ofrecimiento de trabajo en el diario Crítica y retornó a Gualeguay donde trabajó como empleado en el Registro Civil.

Casado con Gerarda Irazusta, padres de Evar, hijo único.

En 1933, publicó su primer libro de poemas titulado “El agua y la noche” que incluye en la carátula, lo expresado por el poeta español León Felipe:

Mi voz es opaca y sin brillo y vale poca cosa para reforzar un coro.

Sin embargo, me sirve muy bien para rezar yo solo bajo el cielo azul.”

En aquel libro, Juanele Ortiz incluyó el poema “Señor” con una cita de “autor anónimo”:

“He sido, tal vez, una rama de árbol,

una sombra de pájaro,

el reflejo de un río”…

Desde 1942, vivieron en la ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos. Entre amigos y escritores es más conocido como Juanele o Juanele Ortiz.

A fines de la década del ’50 viajó a China y han reiterado que dialogó con Mao; después llegó a Madrid y a París.

La desaparecida Biblioteca “Constancio C. Vigil” de Rosario durante la década siguiente editó tres tomos con el título “En el aura del sauce”.

Ante periodistas, Juanele Ortiz ha comentado como “estaba cansado” y antes de cumplir la edad requerida para la jubilación, solicitó y le acordaron “un retiro”.

El escritor y académico José Luis Víttori en su libro “La región y sus creadores” -página 65-, rememoró algunas vivencias junto a otro entrerriano que se destacó como jefe de redacción del diario “El Litoral” de la capital santafesina: el periodista y escritor Luis Gudiño Krämer. Comentó Víttori que con su esposa Raquel Gómez, “compartían con él y Clorinda un plato de Quaker con leche y azúcar sentados en la vereda, mientras se conversaba animadamente.  Otros invitados eran Amado Villanueva y Marcelino Román.  Había otros menos íntimos, de paso, digamos, con quienes podía disfrutarse de una velada fuera de programa, como Juan L. Ortiz y Hugo Gola”.

Difuso es el recuerdo de su presencia en esta capital santafesina tras un encuentro de escritores, caminando por la calle San Martín, la legendaria del “Comercio” y actualmente “la Peatonal”…

En la segunda edición de “Juan L. Ortiz – Obra completa” (poesías y prosas inéditas, producción de la Universidad Nacional del Litoral), en la tapa se destaca una fotografía de Esteban Pucho Courtalón, perteneciente a “Un film de sobe Juan L. Ortiz” de Marilyn Contardi.

Juanele Ortiz falleció el sábado 2 de septiembre de 1978.

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El escritor Sergio Delgado en la introducción a la edición de “Obra Completa” de Juanele Ortiz, ha relatado que su esposa Gerarda decidió seguir viviendo en Gualeguay donde guardó los trabajos inéditos del poeta, cediéndolos al escritor Alfredo Veiravé para que en Resistencia -capital de la provincia del Chaco en el noreste argentino-, continuara su investigación y síntesis en torno a la obra de Juanele.

Tras el comienzo de la presidencia del doctor Raúl Ricardo Alfonsín iniciada el 10 de diciembre de 1983, retornaron a la Argentina quienes optaron por el auto-exilio o presionados por amenazas se trasladaron a distintas latitudes.

En 1985 retornó el poeta Hugo Gola -amigo de Juanele- y recibió el legajo que le entregó Veiravé… Tiempo después, necesitó escribir:

“Nada de lo expresado en los poemas podía ser ajeno a la experiencia cotidiana del poeta. Nada de lo experimentado con la palabra podía distanciarse de su existencia. Vida y Poesía debían entonces ser construidas juntas, apoyándose una en la otra, constituyendo ambas los polos de una dialéctica que se repetiría para siempre.

Qué extraño es este ejemplo en la literatura argentina. Qué difícil resulta en ella deducir una vida a través de una obra.” Ob.cit.p.1115

El aura del sauce es el título del libro del poeta argentino Juan Laurentino Ortiz publicado en 1987 por la Universidad Autónoma de Puebla que incluye recopilaciones de sucesivas obras y poemas inéditos:

El agua y la noche (1924-1932)

El alba sube… (1933-1936)

El ángel inclinado (1938)

La rama hacia el este (1940)

El álamo y el viento (1947)

El aire conmovido (1949)

La mano infinita (1951)

La brisa profunda (1954

El alma y las colinas (1956)

De las raíces y del cielo (1958)

El junco y la corriente

La orilla que se abisma

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Anoche, martes 18 de junio de 2013, en la cuarta y última página del complemento “Escenarios & Sociedad” del vespertino diario litoraleño, se destacó otro expresivo retrato del acuarelista Cejas.

Entre la vigilia y el sueño”, el MAESTRO Francisco Maragno propuso otra aproximación a la “serena presencia poética” del enterriano Juan Laurentino Ortiz.

Releo y reitero subrayando algunos párrafos para facilitar sucesivas consultas:

“Recuerdo que una vez Juanele, como le decíamos familiarmente, vino de Paraná, donde residía, en una de sus frecuentes visitas que nosotros retribuíamos con entusiasmo, porque visitarlo a Juan era como peregrinar a un santuario de la poesía. Yo estaba entonces parado en la esquina de mi casa, con mis hijos pequeños que jugaban con sus primos y otros vecinos.”

[Rememoro escenas semejantes, silenciosos y elocuentes diálogos de miradas mientras caminábamos sobre las veredas de la esquina de la calle Vera hacia el oeste y Francia hacia el sur. Tiempo de sillones cerca de las puertas, vecindades discretas y percepciones profundas que iban generando perdurable admiración…]

Expresó Francisco Maragno refiriéndose al encuentro con Juanele Ortiz:

“Inmediatamente, luego de saludarnos, hizo un comentario sobre que los chicos ‘sonaban como los pájaros’; como que esa algarabía de sonidos para expresarse y comunicarse era similar a la de los pájaros. La observación quedó para siempre en mi memoria y luego caí en la cuenta de que era la percepción de un poeta. Es que un poeta de raza acecha constantemente la realidad y la interpreta en clave poética. El poeta es, pues, un desvelado indagador y ésta es la percepción más precisa que yo tengo de Juan L. Ortiz.

Mi aproximación a su poesía fue también estimulada por la devoción de Hugo Gola, sin duda uno de sus más fervientes admiradores que trabajó, además, con insistente persuasión para dar a conocer su obra.

Con Juanele, teníamos una relación afectiva y cuasi familiar en la que mediaba el trato gentil y respetuoso del Ud. instalado por la compostura tradicional del señorío criollo e, invariablemente, el diálogo, o mejor dicho su monólogo, porque se participaba escuchando y acotando para estimularlo a seguir.

Ese ‘monólogo’ estaba lleno de ideas interesantes y de temas que entonces preocupaban a la sociedad y al ambiente de la cultura. Estas reuniones coloquiales íntimas y amigables creo, ya no se practican y la razón es la ajenidad producida por una severa disgregación de las texturas sociales. Nadie tiene que ver con nadie y no se percibe esa cobertura que, de alguna manera, nos hacía compartir, nos hacía sentir socialmente involucrados.

Refinada percepción

Con su cabellera volada como antenas alertas, lo percibíamos tratando de revelar, interpretar, informar sobre todo lo que el acontecer alimentaba en su refinada percepción poética. Lo conocimos cuando recién habíamos abandonado la adolescencia, en una época incierta como todas, pero más esperanzada: los jóvenes soñábamos con un mundo mejor, donde la condición humana era la clave de ese destino que, sin dudas, alcanzaríamos con un formidable compañero de ruta: el Arte. Junto a Juan, nos relacionamos también con otros recordables escritores y poetas como Veiravé, Tomat Guido, Álvarez, Gudiño Kramer, Mastronardi y, desde luego, el también inolvidable Amaro Villanueva.

Juanele tenía muchas singularidades que lo destacaban: su extrema delgadez, su aparente fragilidad, los rasgos de su escritura, sus cigarrillos y boquillas alargados y artesanales. También nos percatábamos de la atmósfera de cierto orientalismo místico que flotaba cuando recitaba su poesía.

No pretendo agregar nada sobre lo que ya se ha dicho y bien sobre su obra. Sólo pretendo señalar que cada uno tiene sus propias e intransferibles percepciones y, en este sentido, debo decir que, como musicalizador de algunas de sus poesías, he tratado de establecer la correspondencia que entiendo como expresión poética y expresión sonora.

La sustancia poética

Considero que el músico intenta apropiarse de la sustancia poética del texto para transformarla en forma y expresión musical. Así, en la medida en que este amalgamamiento se concrete, puede garantizar un resultado que no suene falso o retórico. En este caso, la obra tendrá una singularidad más convincente y atractiva.

La poesía estimula de diferentes maneras al músico, según la estructura del verso y la rima. El verso con una acentuación recurrente y regular, en general, da lugar a una melodía estructurada en frases regulares con una mayor correspondencia entre el ritmo verbal y el musical. El verso de líneas extendidas o breves con cadencias irregulares puede dar lugar, más bien, a una conformación melódico-rítmica discursiva y recitante y éste es, precisamente, en mi caso particular, el factor que me condicionó en la poesía de Juan L. Ortiz. No obstante, no es el único factor, porque la ‘atmósfera’, iluminadora de una parte o de toda la escritura, cuenta también para la elaboración de la materia sonora musical que, como todos sabemos, es tan fugaz como la palabra que se desvanece en el aire, pero tiene el poder inmenso de hacer más elocuentes los rasgos esenciales de la poesía.

Fue para mí una experiencia especial confirmar -al menos me pareció así- que al musicalizar los versos de Juanele, al tratar de cantarlos, se me revelaba desde una perspectiva distinta la sustancia de su poesía. Debo dejar en claro que ésta fue mi experiencia personal y para nada pretende ser un juicio de valor sobre mi trabajo. Las obras musicales apoyadas o dependientes de un texto tienen, sin embargo, cierta autonomía; son, por así decirlo, la sustanciación sonora de una forma poética y esto puede resolverse de distinta manera y con resultados diversos. Por lo tanto, sólo estoy haciendo el relato de mi experiencia compositiva con relación al estímulo que me significó la poesía de Juan L. Ortiz. En este caso, estoy haciendo referencia al ‘Oh, amanece allá’ que integraba la colección de poemas “La mano infinita” publicada en 1951 y a ‘Quién eres tú’ que pertenece al libro ‘De las raíces y del cielo’ de 1958 escritas para coro mixto y de voces iguales, respectivamente.

Ropaje sonoro

Musicalizar una poesía significa, también, engalanar el texto con un ropaje sonoro musical distinto del sonoro verbal, pero que a la vez intenta corresponder. Si bien todo esto que señalo es fácilmente comprobable al analizar cualquier obra vocal; en algunas, la función más estrictamente instrumental de la voz, esencializa la expresión verbal, aunque no puede despegarse totalmente del apoyo de la palabra; en otros casos, la relación entre palabra y sonido es más interdependiente. Estoy pensando, al hacer esta reflexión, que podemos considerar como ejemplos paradigmáticos algunas arias de Bach y de otros compositores y a los Lieder de Schubert, Schuman y Brahms, entre otros.

La poesía de Juanele es de una dimensión espacial y de una elocuencia imponente, no obstante ese ‘aire íntimo’ que pareciera contrariar esta afirmación. No sé si la suma poética de la obra de Juan L. Ortiz puede considerarse una obra maestra; yo personalmente creo que la ‘obra maestra’ no existe en el sentido de una realización técnica y formal impecable, pero es cierto que lo que la hace grande y valiosa, además de la habilidad artesanal de la escritura, es el soplo que la anima aprisionado para siempre en la trama del verso y en la forma sonora de la poesía que, convertida en canción, ingresa a una nueva dimensión sonoro temporal.

La poesía de Juanele no es un hábil juego de retórica, una manipulación esteticista, sino un organismo que vive con pulso firme y amplio respiro y su apropiado tono coloquial atrapa, de inmediato, al lector u oyente perceptivo y lo ingresa a ese universo de contenidos esenciales que, sin duda, hará perdurar su obra creadora.

Nadie que perciba sus propios latidos podrá quedar indiferente ante la intensa y, a la vez, serena presencia poética que Juan L. Ortiz ha impreso a toda su obra suspendida -me parece- entre la vigilia y el sueño.”

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El Duende Azul sugiere leer más POESÍA.

Oh, amanece allá…

Oh, amanece allá…
entre humos dorados.
La llanura vacila
entre humos dorados.
Humo también el río
dorado, entre los montes.
Y las orillas verdes, verdes.
y los prados ribereños
entre los altos árboles,
sorprendidos de flores
como de comulgantes…”

Deja las letras…

“El sol ha bebido sus propias perlas
y hay apenas de ellas una memoria por secarse…
No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas…
¿Viste alguna vez la melodía de los brillos?
¿La viste ondular, todavía de gasa,
desde tus pies al cielo, sobre el río?”

Libro: “De las raíces y del cielo”. 1958

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Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

Miércoles 19 de junio de 2013.