Carlos Garrido Chalén, poeta… (1951, Perú)

Carlos Garrido Chalén, poeta… (1951, Perú)

Carlos Garrido Chalén nació el 16 de octubre de 1951, en Zorritos, Tumbes (Perú). Poeta, abogado y periodista.

Presidente Ejecutivo, fundador de la Unión Hispanoamericana de Escritores.

Recibió diversas distinciones, entre ellas:

-Past Decano del Ilustre Colegio de Abogados de Tumbes.

-Premio Nacional de Poesía.

-Embajador Universal de la Paz en el Perú del Círculo de Embajadores de la Paz de Ginebra, Suiza.

2008: Postulado para el “Premio Cervantes”.

2009: Premio Mundial de Literatura “Andrés Bello” – Versión Poesía. Venezuela.

Títulos de algunos libros publicados:

1991. Itinerario del Amor en Vallejo (Ensayo)

1993. El sol nunca se pone en mis dominios. (Poemas)

1997. Confesiones de un árbol. (Poemas)

2003. Memorias de un Ángel. (Poemas)

Nuestro amigo a perpetuidad Dr. Ernesto Kahan (ex vicepresidente de la asociación IPPNW y delegado a la ceremonia del “Premio Nobel de la Paz 1985 a IPPNW” en Estocolmo (Suecia), refiriéndose al talentoso poeta Carlos Garrido Chalén, expresó:

Poetas de la talla del vate peruano son como gemas preciosas raras que aparecen en períodos especiales de la historia humana.”

CARLOS GARRIDO Y EKAHAN

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De “Confesiones de un árbol

Publicado en 1997…

Canto para no ofrecer silencio al enemigo

Hoy, soy cualquiera de esos hombres
que atraviesan la calle
en busca de algo
y canto.
Canto para no ofrecer silencio
al enemigo.
Y aquí estoy, procreando hijos para no olvidarme
de mi tradición de hurón.

Ya no soy quizás el mismo de antes.
Hoy tengo puestos zapatos
en donde columpié raíces
y extraño mi antigua contextura. Extraño
el verde claro
y el verde oscurecido de mis hojas.

Me interesan otras cosas por ahora.
Ya no me alimento en exclusiva
del hidrógeno manso
del agua subterránea
ni dialogo como antaño con la luna.

Regreso a mí mismo para mirar
el reflejo que ha dejado en mí
la primavera
y siento que es otro mi hábitat, otra mi condición,
otra mi estancia.

Del árbol solitario, espectador de amores
que habité
queda el recuerdo solamente.

Ahora vivo en otro cuerpo, y claro, ya no ostento
el ramaje con que sombreaba inclaudicable
a las palomas,
pero conservo aún de mi anterior camino
el olor de la tierra cultivada.

Cuando era más que un árbol, un mensaje

Como tenía el asombro
de los que se preparaban
para ir a la batalla
yo conocí camino hacia el edén
lo que era Dios en la humedad
del surco campesino
y, cuando los batracios croaban su jactancia
entre los juncos
de alfil me convertí en confesor de los arroyos,
pero siempre esperé una palabra tierna del verano
(como una criatura imperfecta
bramando a las estrellas colosales).

Humano, aunque verde claro y verde oscuro
yo era más que un árbol, un mensaje.
Por eso celebraba la vida y la muerte a mi manera
y solía entristecerme.

Algunos días
me remecía de lado a lado para no llorar
pero lloraba
y, aunque imperceptibles,
mis lágrimas gustaba compartirlas
con la bruma.

Cuando cumpla mil años

Cuando cumpla mil años me iré a vivir al mar
(porque en la tierra no hay justicia)
y entre moluscos y peces
conquistaré el drenaje
plateado de las olas.

Seré inquilino del mar
para jurarle amores a la brisa
y dejaré mis ilusiones en los puertos
para que crezca en ellos la mañana
Y en los arrecifes congregaré a las nutrias
para saber si el pescador pudo vencer a la tristeza.

Y como he sido un árbol viviré entre corales
para seguir las huellas
que dejan las barcazas.

Los náufragos, seguro, me achicarán el paso
y en medio de la espuma olfatearán mi arribo
y encontraré entre abismos
galeones que se hundieron
e intactas carabelas cuidando de sus muertos.

Cuando la marea me llegue a la mirada
me treparé a una estrella
para llorar mi calma entusiasmado
y haré que los delfines me enseñen el camino
mientras deshojo nardas
esperando el final.

* * * * * * *

El niño de la calle

Como recuerdo aquel niño
Que triste vino hacia mí
Con carita de molesto
y reclamándome así.

Usted que canta corridos
Por que no canta una historia de mí.
Yo soy el niño indeseable
Que desprecian por ahí.

Yo soy el niño de la calle
Que lucha para vivir
Y vine hasta la frontera
Pero sin querer venir.

Arrastrado por mis padres
Dizque por un porvenir
Por mí no hubiera venido
Yo era feliz donde estaba.

Tenía tres abuelitos
Mis primos con que jugaba
Un perro, y un guajolote
Y un arroyo en que nadaba
Mi hermanita no había muerto
Mi apa y mi ama se adoraban.

Un día por la mañana
Después de haber ido a misa
Mi apa le dio a la familia
Aquella triste noticia.

Ya no aguanto la pobreza
Nos vamos pa’ el otro lado
Quiero juntar un dinero
Aunque se dé mojado.

Es por ustedes mis hijos
Me dijo casi sonriendo
Es muy pesada la vida
Como la estamos viviendo.

Y yo que los quiero tanto
He de encontrar la ocasión
Para que vayan creciendo
Con muy buena educación.

Una semana después
En el viaje todavía
Se nos murió mi hermanita
Dizque de una pulmonía.

Le faltaron medicina
Pues dinero ya no había
Mi ama también de tristeza
Por poquito y se moría.

Llegamos a la frontera
Nomás a puro penar
Mi mamacita querida
Aquí se vino a enfermar.

Y mi apa nos dijo jurando
Que iba a luchar sin parar
Pa’ los Estaos Unidos
Muy pronto hacernos cruzar.

Mis abuelos y mi casa
Se quedaron uy muy lejos
Pero aquí traigo en el alma
Las lagrimas de mis viejos.

Aquí ni cuando jugar
Y la escuela pues ya luego
Ahora empecé nuevo oficio
Ora soy un traga fuegos.

Ese tabaco apestoso
Y los polvos y las tachas
Por aquí es lo principal
Pa’ gabachos y gabachas.

Que si mi jefe me viera
Me da risa de tristeza
Como me voy educando
En medio de la bajeza.

Mi padre cruzó esa barda
Hizo un hoyo por abajo
Triste muy serio me dijo.

Ahí le encargo a su mamita
Yo me voy a buscar trabajo
Ya complete los diez años
Y hace tres se fue al carajo.

Y yo me quiero hacer cargo
Desde ese día se lo juro
Pero no puedo solito
Deveras se me hace duro.

Ya me muero por crecer
De por sí yo soy chaparro
Del dinero, donde esté
Y si se dejan lo agarro.

Ahí esta la barda maldita
De mi apa nada supimos
Y nunca va darse cuenta
Que tanto por el sufrimos.

Lo extrañamos todo el tiempo
Tienen que haberlo matado
De no haber sido por eso
No me hubiera abandonado.

* * * * * * * *

Hoy, martes 13 de diciembre de 2011, recibí otro mensaje de amigos integrantes de la Unión Hispanoamericana de Escritores sugiriendo la lectura de un interesante relato del escritor Carlos Garrido Chalén.

Releo y reitero:

ERNESTO KAHAN: El poeta virtuoso de la PAZ.

Por Carlos Garrido Chalén.

Premio Mundial de Poesía y Presidente de la UHE

En el libro de Henoc, se asegura que al comienzo de los siglos existían Egrégores, los genios jefes de multitudes que no duermen jamás; y que veinte de ellos se separaron de su principio para dejarse caer y ocurrió el oscurecimiento de la verdad en el mundo. Los números se separaron de la unidad original y final y las letras de luz se convirtieron en letras de sombra.

Uno de ellos se hizo rey del mundo. Negó a Dios e inventó la guerra. Enseñó a los hombres el uso del oro, las pedrerías y el hierro. Fabricó joyas para las mujeres y armas para el género opuesto. El que debía ser ángel del reino se trocó en ángel de la anarquía. Otro, le enseñó a éstos el arte de las fascinaciones y de los prestigios, que son la mentira de la fuerza; un tercero les enseñó a hacer caer las estrellas del cielo, es decir a desplazar las más luminosas verdades y a arrastrarlas en la corriente del error.

Los hombres aprendieron a adivinar por el aire, por la tierra y por los demás elementos, en vez de fiarse en la luz del sol. Se consultó los oráculos a los pálidos rayos de la luna y un séptimo ángel, el de la luz de los siete colores, se hizo apóstata de sí mismo. Las mujeres fueron iniciadas en los grandes misterios y los hombres, habiendo roto todos los lazos de la sociedad y de la jerarquía, fueron impelidos por la rivalidad y por el deseo sin freno a devorarse los unos a los otros.

Entonces los más débiles lanzaron gritos de angustia hacia el cielo, y los cuatro ángeles de la armonía, conmovidos por el grito quejumbroso de los mortales, acudieron al pie del trono de Dios para pedirle que cese los espantosos desórdenes de la tierra. Fue cuando, Dios, les anunció su designio de purificar el mundo por el diluvio, a fin de suprimir la raza maldita de los gigantes; y le ordenó al ángel de la verdadera ciencia apoderarse de Azazel y arrojarlo atado de pies y manos, a las tinieblas. Después, golpeando la tierra con el pie -le dijo- abrirás una sima en el desierto de Dodoel, y allí lo precipitarás en las abruptas rocas y en los picos de la piedra en donde se quedará para siempre jamás.

Pero antes, como lo consigna con sus maneras de poeta Ernesto Kahan, “Después que la luz separada fue de las tinieblas / y que las aguas lo fueran de las aguas / y que verde fuera la tierra hierba, /semilla-hierba para la hierba, / semilla-árbol para el árbol, / y estaciones para años, / llegaron los frutos / la evolución / y Adán” y entonces ya no hubo silencio en la luz vespertina de todas las renuencias. Y Dios se hizo camino en todos los caminos jamás imaginados. La edad tuvo un nuevo tiempo y el tiempo la demarcación de una eternidad creada por el Altísimo para contrariar a los biógrafos de la Gloria.

Adán hierba varón y hembra

Adán hierba hembra y Eva

vida multiplicación y vida

y Abel y Caín

y la muerte en la hierba (coro de adultos)

En esas concomitancias discurre la poesía de “Ante réquiem y en camino” que viene a nuestra definición de tiempo, con una nueva manera de ofrecerse a la palabra. Como si ella fuera un manantial de agua transparente hecha de historia y de locura, a la que hay que llegar con las mejores galas.

Pero también como un homenaje a la misma plenitud de una historia que se escribe amando, amasando panes y ejerciendo de ceramista sobre el barro hecho a soplos por un Creador que todo lo discierne y adivina, al que hay que llegar con las luces encendidas del delirio.

Ernesto Kahan, sabe por eso lo que quiere y va a su poesía antes que ella le llegue, sabiendo que la vida se escribe sumando historias que la naturaleza amasija en sus entrañas y luego las echó a andar con vida propia para que retraten los sueños más inimaginables. Como esos que llevaron a Eva Madre a sentir pormenores en su entraña fecundada en el galope de su hombre primigenio:

Eva madre hierba,

te entregaste al amor…

¡Bendita seas!

¡Ah!

En los prados

arqueada de pasión

apuntando a las estrellas

y cayendo en el barro

aguijonada de placer

gimiendo

¡Ah!

¡Bendita seas!

como yegua en tropel,

en la madre hierba

¡Bendita seas! (III)

Ernesto Kahan ha encontrado en esa reminiscencia, una manera de bendecir a esa madre Eva sin cuya existencia no existirían las generaciones que vinieron. La bendice y la sabe bendecida. La acaricia y la intuye acariciada. La sabe árbol inundada de fuegos y de dardos y cuando quiere, también de ese frenesí que producen las caricias que el sexo consagra para el viento. Por eso que cuando la bendice está bendiciéndose a sí mismo y a una humanidad que lo merece todo.

¡Bendita seas!

De

manos

inundada,

fuego y dardos

de caricias bisexuales

de eróticos cuerpos penetrantes…

¡Bendita seas!

Húmeda madre Eva

por los siglos de los siglos

Vía Láctea, carne fresca y frutas tropicales

¡Bendita seas!

Madre hierba

arqueada en pasión

apuntalando la tierra

por los siglos

de los siglos

en éxtasis

en lechos

de Frutas

tropicales,

Vía Láctea,

fresca carne (IV El árbol)

Ernesto Kahan se convierte en este libro en canal de bendición, para poblar de aleluyas inmarcesibles la madrugada y todas esas estancias en donde se perpetuó la edad de la raza primera: esa que conoció la virginidad de todo lo creado e hizo alianza con la inmortalidad para cuadricular el paraíso.

Por eso que sabe llegar con su aplauso incluido, como arqueo de orquídeas ofrecidas a un Dios que todo lo calculó para fundar sobre la libertad sus reinos sucesivos.

Es en ese afán de bendecirlo todo, que declara como consustancial a la vida la libertad que simboliza a la propia felicidad y se nutre de ella. Y al final termina por arquetipar a la propia naturaleza para ofrecérsela al futuro que no viene solo y que tampoco se auxilia de la nada, sino que trae sus propios símbolos y se alimenta de los sueños en paz, de una humanidad pletórica de conquistas.

Libre sea

el hombre de su violencia

el pueblo de la esclavitud

en Egipto y en la Tierra

Libre sea

el pueblo y el hombre

de su violencia en la Tierra

de la esclavitud en América

de su violencia

Libre sea

en la Tierra

Separada de las aguas,

separada del cielo

Libre sea

el hombre del lazo del cazador

de la inequidad por su oro

de la muerte de la intoxicada hierba

Libre sea

De la miseria de los hombres – de su guerra (VII)

Y es que Ernesto Kahan sabe que “en la hierba seca lloran los semejantes, arde la violencia en Egipto y en la toda Tierra…” y que en “el lazo del cazador hombre, su oro, su inequidad, lloran por la muerte desaguada de la dañada hierba / por el mito de la autorregulación de los mercados / por el mito de la autoprotección de la naturaleza…” “la pertinaz herida a los derechos humanos”

Después que la luz, separada fue de las tinieblas

y que las aguas se hicieran dulcemente dulces,

regresaron las tinieblas que andan secando

las aguas y llora el verdor de la hierba.

Pena la semilla-hierba abandonada,

pena abandonado el viejo árbol

y aguarda la muerte, la vida.

¡Ay los contaminantes!

¡Ay por la ecología!

¡Ay el porvenir!

¡Ay hombre!

¡Caín! (IX)

Ernesto es hábil para variar su mirada en lontananza. Y pasar del frío al calor más fulgurante. Del principio de ese pasado que tiene mucho que decir, al futuro impredecible. Y en ese afán, va creando un mundo prodigioso que se afianza con la vida; que es al mismo tiempo un reto para todas las propuestas y un ofertorio de fe para todas las preguntas.

Por eso que en él, el poeta se sorprende ante todo lo vivido y nos ofrece, a través de coros increíbles, el panorama de sus propios incendios desatados. Pero también de esa paz que pregona desde sus avatares de faro luminoso y de esa justicia que reclama para sembrar equidad sobre un planeta ganado por el dolor, las lágrimas, la inequidad y la desesperanza. Y en medio de todo “las fiestas del amor / David y Penélope, notas de sol /AMEN a las cuerdas flamencas” y un coro de ancianos confirmando la vida.

Libre sea

del fuego de la guerra

de los tóxicos nubarrones

de las tinieblas que van secando

las aguas y el llanto cruel de la hierba.

Libre sea

De la lánguida agonía de los árboles viejos.

De la desaparición de los peces del mar.

De la precoz muerte de las especies.

Libre sea

Jugo vital, de la sentencia,

e hijos de Abraham

de la oblación, (XI)

Es ese mismo Ernesto Kahan que ora por una tierra “sin bordes ni fronteras” el que se presenta ahora mimetizado por coros ansiosos de luciérnagas para aspirar “el aroma de azul claro” de ese Edén inventado por sus sueños / con hembras y machos / y millones de creencias” y ese coro de adultos que declara a Adán “hierba varón y hembra” y a “Eva multiplicación y vida y amor en hierba fresca”, mientras las doncellas de Jerusalén conjuradas y untadas con la vid / entre lirios y rosas del Cantar / de los Cantares y enfermas de amor / buscan en el campo y las calles… / al que las ama desde los pies / por los frutos y a los cabellos; pero son sobre todo, libres “de elegir a los amados / que aman a sus almas / de cuidar las viñas y el vino / de beberlo entre las manzanas… / de encender el incienso /hasta que se anuncie el alba y las gotas de rocío brillen entre los pezones”; y de “cuidar el rebaño en la hierba.. / hasta que encuentren / sus propias amadas doncellas / sin perderse en la guerra”.

En ese sentido, no sorprende cuando En Camino, el poeta -que quiere esculpir en la piedra oraciones por la paz- recrea otra performance y de aglutinador de historias que incitan a coros portentosos, pasa a beber de aguas nutrientes que emanan desde sus otras fuentes de aeda para recrear otros estadios y paisajes, pero esta vez desde el pregón de la ternura, y desde el análisis histórico de tiempos diferentes a los que se describen en la primera parte de un libro que dará mucho que hablar por el trato deferente que da a la palabra cierta y esa originalidad que supera el mensaje, para proponer como un desafío –a veces irónico, a veces consensual, pero siempre crítico (“Y para los torturados / A los que en Chile / les robaron las manos / mientras Víctor Jara. Cantaba / -no quisieron que tocara la guitarra”)–, un nuevo aporte a una literatura que ha dejado de ser oficio incomprendido, para convertirse en ejemplo luminoso de fe inacabable.

Cayó el rey ante la piedra

-¡Oh vida no correspondida,

modernidad en pasos insultantes

aire, aire y todo se termina…

-¡Oh ángel de la droga,

Pon la daga en mi mano hazme sangre,

debo terminar…

-¡Oh necio desgraciado,

¡Déjame besarte antes del suicidio!

Ser Otelo y Desdémona a un solo tiempo,

ser mis víctimas sangrantes…

– Demasiado esperé para dar parte,

tomar conciencia de la opción errada,

mi camino despreciable.

¡Qué existencia angustiante!

-Pon la daga en mi cuello, no hay perdón… (La piedra y el rey).

Interesante propuesta la que contiene este libro, en el que Ernesto Kahan logra afianzarse en deslindes que no le conocíamos, y que permiten avizorar a un poeta renovado, que no le huye a la experimentación lingüística, y ha puesto su talento al servicio de una literatura que no es una simple acumulación de palabras que se las lleva el viento del otoño, sino una oportunidad para el valor y la consecuencia: pero más que eso, para el amor, la verdad y la vida.

Fuente: Libro “La montaña del juramento: prólogos y otros devaneos”

de Carlos Garrido Chalén, Premio Mundial de Poesía

y Presidente de la UHE – Unión Hispanoamericana de Escritores.

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Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.