Luis Gudiño Krämer (Entre Ríos 1898-Córdoba 1973)

Sinopsis: Identidad y trayectoria. Gudiño Krämer en el diario “El Litoral” de Santa Fe de la Vera Cruz, República Argentina. Obra literaria. Aproximaciones a textos editados.

Índice:

LUIS GUDIÑO KRAMER, periodista, escritor (1989-1973)

Dormido en su regazo marchaba su camino.

Miguel de Unamuno

Desde los santafesinos pagos de San Javier,

citado por don Luis Gudiño Kramer….

kramerFoto: Gentileza EL LITORAL

Identidad y trayectoria

En algunas enciclopedias y diccionarios es posible encontrar distintas referencias a este periodista y escritor entrerriano y aquerenciado en Santa Fe.

En esta aproximación al camino de don Luis Gudiño Krämer, se ha preferido tener en cuenta las expresiones de sus amigos o discípulos recogidas en libros y publicaciones periodísticas.

El matrimonio constituido por Aparicio Manuel Gudiño y Luisa Krämer, vivía en la entrerriana localidad de Villa Urquiza. El 28 de enero de 1898 se emocionaron con el nacimiento de su hijo: Luis Fernando Santiago Carlos. i

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Frecuentación de oficios

1910: “En La Paz, otro pueblo de la misma provincia, donde se radicaron sus padres, pasó la infancia: una niñez provinciana salpicada por diversos oficios que terminó a los doce años, cuando debió ingresar al Colegio Nacional de Paraná”. La distancia entre ambas localidades provocó la deserción del alumno que en realidad, prefería ganarse la vida. Se “embarcó como segundo comisario en un vapor de la carrera La Paz-Rosario. Pronto la vida marinera es un recuerdo”.

1912-1918: Desempeñó diversos oficios con distintos niveles de responsabilidad en diferentes circunstancias: supo ser “ayudante de tenedor de libros, bibliotecario, empleado del Banco de la Nación a los 14 años y hasta los 20; cuidador de ovejas en Raíces Este, Villaguay, rematador, secretario de la comuna y segundo mayordomo de campo en un establecimiento ganadero en Helvecia, Santa Fe”…

Relatos, personajes y oficios…

Esas experiencias dejaron sus huellas en el espíritu de don Luis. Algunas señales de distintos comportamientos están en su aquerenciada soledad”, y en los diálogos con don Venancio, expresa:

“…hasta Paraná… está adquiriendo el ritmo de Concordia. Apellidos extranjeros actúan con desenvoltura en actividades sociales y pronto los veremos en los campos de la política… ¿Para mejor? Porque ahí está Entre Ríos, destacándose honrosamente en el escenario político del país, y basta leer los apellidos de sus gobernantes, diputados, senadores y ministros; apellidos de antiguo arraigo y de buena cepa criolla.

Muchos vascos, y en Entre Ríos no hay colonias vascas. En cambio, abundan las colonias judías, rusas y alemanas no hay apellidos de éstos, destacados en cargos electivos o públicos. Veremos qué acento imprimen los hombres de apellidos nuevos al ritmo regular de nuestra patria chica…”

Cuenta don Luis que en las colonias…

“…esclavos de la tierra, estos colonos con toda su familia, no ‘levantan cabeza’. Mujeres y niños, ahí van, por detrás de los arados, sembrando, o entre los surcos, carpiendo, o por detrás de las rastras, rastreando. Todos los días, todos los meses, todos los años. Arar, sembrar, carpir, cosechar; y vuelta a arar para sembrar, para carpir, para cosechar. Polea sin fin, a cuyo ritmo se han incorporado los hombres, las mujeres y los niños”. Desde otra perspectiva, don Luis advierte que “otro mundo se le presenta del otro lado del alambrado divisorio de la colonia. Ahí empiezan los pastos naturales, las cañadas y los montes. Grandes potreros donde pacen miles de vacunos, cientos de caballos y yeguas… En cada potrero, un rancho…

Silencio. Ensimismamiento. Suciedad y pereza.

Pero, ese hombre indolente para su propia comodidad, sobrio en el comer, parco en el hablar, sin ambiciones, sin esperanza en el mañana, de vida vegetativa no se tiene lástima. No se cuidará en el trabajo, no ahorrará esfuerzos, no temerá fatigas. Con un oscuro sentido del deber, de la obligación, ahí estará, de día y de noche, haga buen tiempo o llueva, esté sano o enfermo, pronto para los trabajos más rudos, más diversos. El no sabe de ocho horas, ni de domingos. Saldrá de noche, aun, para llegar al aclarar a alguna parte; embarques, apartes, baño de haciendas, esquilas, cerdeadas, domadas; o trabajos de a pie: cargar bolsas, estaquear cueros, carpir, hacer caminos, voltear árboles, y hacer postes, leña, horcones; o saldrá en un arreo, sin saber por cuánto tiempo; o tendrá que azotarse al río, en verano como en invierno; o ir de chasqui bajo un aguacero; o cinchar el auto de los patrones, meta lonja al sufrido mancarrón, o tendrá que armar una casa, y cavar pozos o canales. Tan pronto de a pie como a caballo; haciendo trabajos de fuerza y de paciencia, y trabajos de habilidad…” ii

Historias de pueblos y de políticos…

Rememora don Luis en sus cuentos que son historias, los tiempos de pobreza… “año 17 o 18, por ahí era la cosa…” y el cuidado de “ovejas en Raíces Este…” cuando “tenía veinte años y los estaba desperdiciando… Cosas que ocurren…”

Evoca “pueblitos de Entre Ríos, de Córdoba, de Santa Fe. Cada uno con sus historias, sus hombres pintorescos, su color peculiar” y comenta con don Venancio:

“…Quisiéramos volver a algunos, sino fuera que el tiempo, borrador de recuerdos, cambia el paisaje, cambia a los hombres, entierra el pasado, y cuando volvemos a esos lugares de la juventud, nos encontramos solos, aislados y extraños, y tenemos la evidencia de nuestra vejez.

– O tenemos la suerte -me dice don Venancio- de encontrar algún hombre de nuestro tiempo, como me ocurrió los otros días en la colonia de Helvecia. ¿Usted conoce Helvecia, verdad? Lindo pueblito, que se derrama sobre un río traicionero, que lo va comiendo en cada creciente. Cuando recuerdo a Helvecia siento olor a azahares…”

Al encontrarse con don Benito, recordaron tiempo en que “los amigos se respetaban y no había sacrificio grande por un amigo”. No pudo estar ausente la política lugareña con sus insólitas influencias; recordó don Benito “cuando Freyre llegó en jira política a Garay” y enseguida conoció a don Rufo López, tanto que cuando se despidieron el candidato le dijo: “…para los hombres como usted estarán las puertas de mi casa siempre abiertas”. Y así fue, fue electo gobernador -¿habrá sido entre 1902 y 1906?…- y tuvo que cumplir lo prometido, aunque tuvo una sorpresa porque don López además de saludarlo, le pidió la libertad de un conocido.

Así contó don Luis:

“…Llamó el gobernador a un ayudante, le tomó a mi padre el nombre del preso, firmó una tarjeta y salió el mensajero, Al rato volvió con una nota.

Cuando terminó la lectura, le dice:

– Pero don Rufo!… ¡Usted me pide un criminal!

– ¡Oh!… le dice mi padre. Pero es que la gente buena no da porqué…

– Tiene razón, le dijo Freyre. Y mi padre sacó al preso.

Cuando murió mi padre, la gente lloraba. Había muerto un hombre que sabía afrontar cualquier situación por un amigo.

Los bichos de luz vienen como señuelos de la noche. Todo el campo se llena de puntos de luz; unas lucecitas amarillentas, pobres, como luces de rancho.

Y ha pasado un día más sobre el mundo. iii

Luis Gudiño Krämer, con ese valioso bagaje de experiencias campesinas, viajó a la gran ciudad de los “Buenos Aires” y “en el Instituto Geográfico Militar se convierte primero en ayudante, después en jefe de comisión topográfica; Buenos Aires, Mendoza, San Juan y muchas otras provincias lo ven pasar cargando los trebejos del topógrafo: mide, triangula, releva… y renuncia.” iv

Impresiones de vivencias en la estancia…

Víttori sin seguir una cronología, aporta la información necesaria para reconstruir angostos senderos del ancho camino de Gudiño Krämer cuando tenía aproximadamente treinta años. Trabajaba en una estancia y mientras él “ayudaba ese día a bañar el ganado, en la manga”, “muy sucio y traspasado de olor a veneno, sucio de tierra y de pelo de novillo” observó que “de pronto para un auto y ella baja con sus largas trenzas y uno de sus vestidos tan lindos”. Era la primera vez que se encontraba con Clorinda Pérez Pucheta “y la admira desde entonces, aunque deje de verla, presintiendo en ella el germen de una pareja y de un hogar” que construyeron a partir del matrimonio unos años después.

Cimientos de un hogar…

Clorinda Pérez Pucheta, con el seudónimo Adriana Ruiz, disfrutaba en los espacios del arte, en el mundo de los títeres y de la poesía. Víttori ha reconocido que era una “persona de buen temple y firmeza, formada -era maestra normal-, de gusto y consejo, lectora asidua e inteligente, deviene el principio de hábitos estables, fundadora de una familia, primera lectora y crítica de sus trabajos… El primer amor, el definitivo, el centro de sus fidelidades. En 1927 celebraron el nacimiento del primero de sus hijos. Víttori destaca que Gudiño Krämer “fue esposo perseverante, admirador de su mujer… y buen padre, compañero si no compinche de sus tres hijos, Luis Fernando, Manuel y Eduardo. Un hombre de familia, de hábitos ordenados, austeros y patriarcales.” v

(El primogénito Luis Fernando -también periodista-, publicó algunos cuentos con el seudónimo L. F. Oribe en los diarios “El Litoral” y en “La Capital” de Rosario; en 1954 obtuvo el segundo premio en un certamen de poesía ilustrada, realizado en esa ciudad y dos años después fue seleccionado uno de sus cuentos. En 1958 obtuvo el tercer premio en el certamen para escritores del interior organizado por el diario ‘La Razón’ de Capital Federal” y en 1959 publicó “El Río Paraná Protagonista” y fue incluido por Rosa Troiani en “Cuentos del Litoral” de Ediciones Culturales Argentinas. En 1967 publicó dos cuentos Hombres en la tarde y Regreso, en la selección “13-19” -prólogo del amigo a perpetuidad Gastón Gori- donde se reunieron diecinueve cuentos de trece autores: Guiche Aizemberg, Nelly Borroni Mac Donald -amiga del alma, como lo sentimos-, Carlos María Gómez -el generoso y discreto que imaginó el laberinto de los espejos-, Hugo Mandón -el del mensaje profundo –”vida es una larga pausa preparatoria para el morir…”, tan amado por Nidia; Eduardo Raúl Storni, Lermo Rafael Balbi, Ricardo Frete, Arturo Lomello -periodista y poeta-; Fortunato E. Nari, Edgardo A. Pesante, Jorge Vázquez Rossi y José Luis Víttori – periodista-escritor-académico… ¡educador!-; además de bachiller por vocación ¡maestro! quien enviaba sus primeras señales desde “El Paso”.)

El espíritu de don Luis se nutrió con las vivencias compartidas en la estancia. Relata desde su aquerenciada soledad” algunas preocupaciones de don Venancio:

“Sentado frente a la máquina de escribir, atento al dictado del mayordomo que se pasea nervioso, haciendo temblar el piso de viejas maderas del escritorio, el escribiente y practicante de campo de Los Quirquinchos escribe a ratos, y por momentos se entretiene mirando las gruesas vigas que sostienen el edificio antiguo, que, resto de la vieja estancia que ahora arrenda la compañía, está separado del cuerpo principal de la edificación, y justamente a la entrada del establecimiento.

Don Venancio comenta en voz alta:

  • Yo no sé, francamente, qué es lo que piensan algunos hombres… Estamos a 15 de setiembre y no nos mandan la vacuna. Después, muchas exigencias en los papeles, y las planillas, y la hacienda que reviente… ¡Jum!… Escriba… dijo Diego: con fecha… ¿con qué fecha pedimos la vacuna?

  • Don Diego se levanta, busca el copiador, por ahí encuentra la copia…”

(Acabo de escribir “el copiador” y me conmuevo. Esta digresión, podrá ser tolerada por la generosidad del lector, aunque el paréntesis y su derecho a seleccionar, al mismo tiempo contribuirán a que pueda saltear los renglones que considere inútiles…

Recuerdo cuando en la ferretería Amézaga -sociedad de responsabilidad limitada- cumplía la rutina de controlar la humedad de los cartones o de los paños antes de colocar con cuidado las cartas para copiar en las delgadas hojas de papel traslúcido. En ese tiempo, año de reelección, cerca del mediodía solían dialogar brevemente don Ricardo Castelao con los amigos que se acercaban hasta su escritorio; entre ellos pocas veces don Luis -y allí lo conocí, cuando yo tenía veinte años. No tenía noticias aún de su Aquerenciada soledad -que cuatro años antes había sido reeditada-, sólo lo conocía a través del diario y por distintas circunstancias; tampoco podía imaginar en aquel tiempo, que después frecuentaría con tanto placer sus fecundos libros. En ese espacio conocí también a Julio Migno Parera a quien sólo conocía por sus poemas y a quien reconocí como ser político en breves diálogos cuando se integró como promotor en el IPA -Instituto Provincial de Arte “José Pedroni” de Santa Fe- siendo en realidad ¡maestro! en cualquier espacio y oportunidad. No puedo eludir un comentario final acerca de 1952…: mientras los amigos que se acercaban al negocio disfrutaban con sus comentarios sobre la vida en el litoral o sobre los sucesos en hemisferio norte… tras la vidriera sorprendía con su acompasado andar, el inigualable doctor Leoni… Contrastes de una ciudad que alguna vez me pareció ser semejante a la Ciudad de los Distraídos en el vasto territorio del País de los Contrastes… poblado por inquietos duendes…) vi

La lectura de un libro suele ser interrumpida como ha sucedido… para volver sobre los últimos párrafos y continuar leyendo con mayor entusiasmo. Relató don Luis las sensaciones que alentaban a don Venancio para comenzar las tareas rurales:

“… los pastos están húmedos de rocío. El caballo los va aplastando, y el suave ruidito es una canción familiar, siempre agradable.

El aire es dulce y se respira hondo. Lindo, ir montado, de cara al amanecer, con todo un día por delante, y atrás el encierro de ‘las casas’, como si saliendo de la noche se fuera el encuentro de la luz del día, para bañarse en ella.

De todos los puntos cardinales lega la hacienda al rodeo, que estará ‘parado’ al salir el sol, como es costumbre.

Don Venancio señala y el capataz y los peones apartan. Se está preparando lo gordo, para el frigorífico, al tranquito, para no cansar haciendas ni caballos.

Cuando él llegó a este campo, hará apenas un año, ¡había que ver la peonada! Todos usaban boleadoras, grandes facones, y revólveres… ¡Sí, señor, revólver! Recuerda la primera parada del rodeo. Venían en abanico, él al medio, los peones empujando a gritos la hacienda. Por ahí se levantó un macho viejo, que estaba empollando, y ya lo atropellaron los peones y los dos capataces, revoleando las ñanduceras. Dejaron los novillos, todos en tropel por atrás del ñandú viejo. A las mil y quinientas volvieron, con los caballos trasijados. Los novillos habían ganado el monte, y la recogida a esa hora se hizo imposible.

Bueno. La rabieta que pasó no es para contarla. El caso es que logró reprimirse; reunió al personal, y les fue hablando claro. Fue terminante. Les explicó lo que él deseaba de su trabajo. Al final del primer mes tuvo que despedir un capataz y a la mitad de los peones. Y siguió con esos pocos. Pocos pero buenos.

Ahora hay que verlos trabajar. Da gusto, amigo. No se oye un grito. La hacienda cada día está más mansa…”

Sigue don Luis su relato sobre “el mundo de don Venancio”, que “se llamaba ‘Los Quirquinchos’ y tenía veinte mil hectáreas; donde ‘el esfuerzo, la fatiga, la ambición y la esperanza, hizo caminos; levantó alambrados; volteó árboles salvajes, roturó, arrojó semillas’…” Allí donde una vez había sentido…

“… el ruido de que están por trasladarlo, para poner a cualquier inglesito en su lugar.

Y que él no sabe inglés, y como es viejo, y tampoco le gusta el idioma… De no, qué carrerón podría hacer en la compañía…”

“Dispuso el trabajo, hombre por hombre, para la tarde, y se allegó a ‘las casas’…

A esta hora la estancia está despierta, pero amodorrada. El calor de la siesta que se avecina, parece que embolsara el silencio…

Solo y fuerte, el campo es suficiente compaña para sus desvelos. Las obras que realiza, silenciosas, obedientes y permanentes hijos. No desea más.

Hojea los diarios que ha traído el chasqui de regreso. Toma un segundo cóctel.

Ahora, en un catre que parece más fresco con la sábana blanquísima que casi toca el suelo, de cara al techo, en el corredor de la casa, oye entre sueños ese vibrar de la siesta que es como oír vibrar la luz, tan esplendorosa y potente, que deslumbra. Hay que cerrar los ojos y dejar que el cansancio nos vaya tapando, como un agua que subiera, poquito a poco, hasta cubrir, no sólo nuestro cuerpo, sino ese zumbar de la siesta y de la luz…

Hay que firmar guías, removidos, certificados de baño y pasavantes… papeles que la burocracia ha hecho imprescindibles… jum…

Y de nuevo estamos, como a la madrugada, en el escritorio, con luz de lámpara…

A esta hora, los hombres se apartan del fogón, dejan el mate. Se sienten atraídos por la noche. Hay que salir a mirar el cielo -a estudiar el tiempo- a escuchar, sin saberlo, ese mensaje de la naturaleza que está cayendo en forma de rocío.

Después de suspirar ante la noche, podrán volver. Ya están purificados, y no lo saben. Esa tristeza que trajeron de afuera y que ahora se está ablandando junto al fuego, esa tristeza era el mensaje.

Es a esta hora que don Venancio empieza a sentirse solo en esa enorme casa silenciosa.

Sentado en su sillón, se le ocurre pensar que está en el centro del mundo, pero como a mil metros de profundidad. Él puede sentir y adivinar que en el mundo, eso que llamamos mundo, ciudades y pueblos, la gente vive, se mueve, anda y ríe. Hay músicas, alegrías de mujeres, muchachas de caras frescas y atrevidas. Casitas donde las familias rodean una lámpara… Confiterías con orquestas, teatro, hoteles, cinematógrafos. Llenando ese mundo, mujeres y niños…

…Nosotros –pensaba don Venancio- pegamos un tajo, nos dormimos, después, de aburridos.

Eso es. Pegar un tajo. Comer la carne sobre la galleta, allá en el galpón de los peones, o sentarse a la mesa de mantel pulcro y cristalería deslumbrante. La misma necesidad de la comida, triste y solitaria necesidad, sin calor ni alegría de mujeres o de hijos. Aquella mesa patriarcal de sus padres, nutrida y cordial, como la recuerda…

Bueno, piensa. Mañana al alba, se lavarán estas nostalgias con la luz rosadita de la madrugada y el canto de los pájaros.

Pero, mientras tanto, qué pesada tristeza le envejece, y le lleva a cortos empujones hasta el lecho, le agobia, después, en la solitaria alcoba, y le pone una caricia blanca a sus cabellos. Solamente que sea la luna que entra por la banderola entreabierta y del da un noble aspecto espectral a la cabeza yacente…” vii

Se podrán interpretar como confidencias, pero -por momentos…-, estos relatos parecen una autobiografía.

De la estancia a la administración pública…

Es oportuno tener en cuenta que desde 1920 y hasta 1928, uno de sus amigos, el Dr. Luciano Molinas fue diputado nacional; en los dos años siguientes, fue concejal en la Municipalidad de Santa Fe e inmediatamente comenzó su campaña como candidato a gobernador de la provincia.

1929-1932: Gudiño Krämer decide ser chacarero por cuenta propia y dispone de doscientas cincuenta hectáreas para su explotación. Tres años de perseverancia fueron insuficientes para superar la crisis general del agro -con frecuentes ataques de mangas de langostas- y decidió cambiar de oficio.

1932: En el plano de la política santafesina, ese trienio había sido fructífero para su amigo Dr. Luciano Molinas porque logró triunfar y asumió como gobernador de Santa Fe, de modo que el campesino se transformó en funcionario cuando asumió “el cargo de secretario de policía en Garay, también en San Javier”. En ese tiempo, se sancionó la ley 2.160 del 4 de mayo de 1932 que puso en vigencia la Constitución de 1921 -sancionada durante el gobierno del Dr. Enrique M. Mosca para reemplazar a la de 1900; vetada inmediatamente por el gobernador Mosca a pesar de la oposición de los diputados demócratas progresistas y los de la Unión Cívica Radical de Santa Fe- decisión que se adoptó teniendo en cuenta declaraciones de varios representantes de la Iglesia Católica. Esa decisión de reemplazar la vigente de 1900 por la sancionada en 1921 provocó una compleja situación constitucional y aunque durante tres años se aplicaron en distintas circunstancias ambos textos, esa anormalidad jurídica fundamental fue una de las causas de la intervención a la provincia,

(Veo los rostros sonrientes de “dos Manueles” en una fotografía y aunque no ha sido escrito en periódicos locales, sonrío porque recuerdo algunas anécdotas referidas a hechos suscitados por intereses próximos a los doctores Manuel de Iriondo y Manuel Alvarado. Una alude a los frustrados preparativos en una familia tradicional del sur, cuando los modelos para la fiesta de fin de año quedaron en suspenso el 28 de diciembre de 1933 -día de los Santos Inocentes-, porque esa madrugada -según se ha leído después en el litoral- algunos revolucionarios radicales convocados por el Dr. Ovidio Molinas -primo del gobernador-, se reunieron en la casa de don Eduardo Fayó y acordaron las acciones para destituir al gobernador Luciano Molinas. La plaza San Martín fue el escenario del enfrentamiento: aproximadamente cincuenta personas intentaron someter al Cuerpo de Bomberos y se generó la resistencia. Hubo un tiroteo entre los acantonados en los fondos de la Catedral Nueva -actual Patio Catedral situado enfrente de la plaza San Martín- que apoyaban el ataque al Cuerpo de Bomberos situado enfrente y en esa circunstancia, varios automovilistas avanzan hacia el portal de la Jefatura de la Policía sobre el sector sur. La pasión de los hermanos Emilio y Domingo Madeo, cuando el primero nombrado avanzaba con una bomba en la mano hacia la escalinata de entrada de ese edificio, fueron repelidos con una descarga que puso fin a sus vidas. Las campanas del sur no tañían cerca de la plaza 25 de Mayo ni del Correo Central -calle Moreno y 25 de Mayo, cuando algunos políticos de ese barrio hicieron sus aportes hasta que por falta de armas decidieron asaltar las armerías locales y ocupar las sedes de las compañías telefónicas. La decidida acción del gobernador neutralizó esos esfuerzos; fueron arrestados todos los conspiradores y puestos a disposición del juez federal. A pesar de la oposición de sectores católicos y de las intenciones del gobierno nacional, Luciano Molinas siguió en el poder hasta que el 7 de octubre de 1935 llegó el interventor Dr. Manuel Alvarado. Después, otra anécdota con argumento semejante al de distintos cuentos -historias…- del litoral: una mujer -dama…- decidió abandonar a su maridocaballero… ¿vio…? como murmuran a veces-, y provocó la sorpresa de algunos familiares y también de adolescentes que frecuentaban las casonas cercanas a la Inmaculada…)

De funcionario policial a periodista…

En ese tiempo, Gudiño Krämer habrá vivido con zozobra esos acontecimientos porque la llegada del interventor también significó su cese como funcionario. Se había cerrado una puerta y estaba entreabierta una ventana en el diario “El Litoral”, sobre la tradicional calle Comercio, sobre la calle San Martín. Ahí estaba don Salvador Caputto -n. en Buenos Aires el 13 de noviembre de 1886, hijo de Pascual Caputto y Juana De Munno-, desde 1914 residente en la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz y cuatro años después -7 de agosto de 1918-, fundador y director de ese diario. Le propuso al responsable entrerriano ya aquerenciado en Santa Fe, que se incorporara en la Redacción…

1938: Gudiño Krämer en “El Litoral”

Un diario no es un hombre: es una caña de pescar o una trompeta de bronce.” Domingo Guzmán Silva. viii

Luis Gudiño Krämer desarrolló su labor periodística y literaria en Santa Fe, y desde esa llanura situada en la orilla oeste del río Paraná, transmitió sus signos y sus señales, síntesis de sus percepciones en la región litoral y expresión de sus originales claves.

En 1938, Gudiño Krämer se incorporó al diario “El Litoral” y en ese tiempo, la empresa periodística fundada el 7 de agosto de 1918 por don Salvador Caputto e integrada después por don Pedro Víttori, estaba celebrando su vigésimo aniversario. Inesperadamente en mayo de ese año, una hemiplejía limitó la capacidad laboral de Víttori -45 años- y el 5 de junio de 1939 -con 52 años de edad- falleció Salvador Caputto. En consecuencia, a dos años de su ingreso en esa empresa periodística, se amplió la responsabilidad de don Luis -que era jefe de redacción- y la del subadministrador, su tocayo Luis Mareck. Durante un lustro se estudió la reestructuración en la conducción del diario, con “una dirección plural” asumiendo como director y co-director: Riobó Caputto y José Bachini, en la subdirección: Enzo N. Víttori; “y una administración compartida” por Caputto y Enzo Víttori. ix

Presencia de Gudiño Krämer en “El Litoral”…

El ensayista Víttori destaca que Gudiño Krämer “llegaba a las 10 en punto, bañado, planchado y erguido en toda su apostura, como nuevo. Lo primero que hacía era buscar el canje… Cuando estaba de buen humor era afecto a las bromas… Había un trasfondo de ternura en Gudiño Krämer, un aire desamparado detrás de ciertos gestos, una necesidad de darse a los demás y de ser querido y considerado por éstos. Sin embargo, a pesar de la sencillez casi campechana con que a veces se daba a los otros, no era de entregarse fácilmente. La severidad profesional, la ironía o el sarcasmo, la opinión tajante, el ánimo contradictorio y desconfiado, un aura de respeto o de temor, oponían al desprevenido una fisonomía arbitraria y distante. Se me ocurre -dice Víttori- que, además de apasionado, era tímido y que algunos de sus desplantes obraban como defensas o máscaras de sus verdaderos sentimientos, como él mismo lo confiesa en algunos pasajes de su obra.”

Gudiño Krämer: periodista ejemplar…

Víttori ha recordado que Gudiño Krämer “no admitía que un texto alentara vanidades propias o ajenas. Era enemigo declarado de refritos y de fiambres, es decir, de notas rehechas o de crónicas inactuales. Trataba la noticia y las opiniones editoriales de acuerdo con una jerarquía inflexible regida por el interés general y específico de los sucesos… Predicaba con el ejemplo de que el periodista se debe a un medio y sólo a uno, no pudiendo desempeñarse por ética profesional en más de uno, ni en cargos oficiales. Era intransigente con la veracidad y la objetividad de la información. Consideraba que el periodismo orienta, instruye, educa y forma al pueblo, de donde, oponía las libertades individuales y la democracia institucional a todo privilegio público o privado. No siempre resultó fácil sortear los límites de tolerancia de ese espíritu severo.” x

“Vivió melancólica y apasionadamente cada día de su larga vida personal y pública. Fue una persona temperamental y así se lo quiso, bien o mal, sin medias tintas, como hombre, esposo, padre, escritor, periodista o crítico de arte. Sus opiniones no sabían del silencio. Cultivó ideas sociales avanzadas y polémicas, pero fu ante todo un individuo, es decir, un custodio celoso y permanente de su identidad. Su ideario trazó en el tiempo una gran parábola cuyos centros fueron el liberalismo –de avanzada…- y el marxismo”.

Entre el periodismo y otras ficciones…

Gudiño Krämer en Señales en el viento dejó algunas claves sobre aquel espacio periodístico:

Es interesante comprobar cómo -con sutiles o punzantes recursos-, en ese libro con claves, don Luis refleja una trama parcial de la política lugareña y es interesante el diálogo entre el doctor Bonastre y Fernández, que en síntesis sólo representó la acumulación de mayores amarguras para el periodista que trabajaba en el único diario decente… tan flojo… en la opinión de algunos ciudadanos. Volcó don Luis sus pesares en una anécdota:

“Al entrar a la farmacia saludó al grupo que en plena calle San Martín, a mediodía, estaba allí de tertulia. El doctor Bonastre le tomo de un brazo, para decirle:

– Pero, ese diario.. hasta cuándo va a seguir ese diario de ustedes así, en esta posición…

Le dolía la cintura, estaba amargado por su reumatismo, que se le presentaba así, de pronto, cuando tenía tantas cosas que hacer… y reventó, dio salida a esa amargura, a gritos…

– ¡Y qué carajo me dice a mí!… Vaya y dígaselo al dueño del diario, en lugar de ir a pedirle que le publique macanas. Dígale a él, porque a mí ustedes nada tienen que decirme, porque saben cómo estoy cumpliendo con mi deber, que no es el deber de ustedes, tampoco…

El exabrupto dejó callados a los dos hombres, y él entró a comprar su salicilato.

Pero al salir le pareció correcto ofrecer alguna explicación.

-Vea, doctor Bonastre. Ando caliente hace tiempo, ¿sabe? Discúlpeme, pero no hay derecho que a nosotros nos hagan estas cuestiones por niñerías, al fin y al cabo…”

Continuó el diálogo; el doctor Bonastre censuró al “diputado nacional García Torres, que siguió como profesor, mientras todo se hundía, y proclama la democracia, pero no falta a las partidas de póker en el Club Social”, y la réplica de Fernández fue contudente:

“- Y García Torres… hace lo que sus correligionarios, doctor. Todos hacen lo mismo. Defienden en el Parlamento la enseñanza laica, y mandan a sus hijos a la Inmaculada. Claro. Allí se vinculan. Abogan por el voto a la mujer, y ellos, en sus propias casas abandonan toda responsabilidad, permiten que sus mujeres se dejen guiar por el confesor, o por las amigas influyentes, casi todas reaccionarias y fascistas. También se alejan de su deber hacia sus propios hijos. La familia les resulta una carga, y dejándola sola, y sólo protegida económicamente, ellos pueden costear amantes y timbear. Ésta es la cosa.

Comprendía que esas críticas verdaderas dolían, producían disgustos. Pero siguió enardecido, enrostrando toda la podredumbre de esa clase media envilecida, conformista, aprovechada, especulando con todo para hacer dinero, ascender, ocupar posiciones. Siempre detrás de una disculpa para justificar sus renuncias continuas, y haciendo demagogia con el pueblo, a quien en el fondo despreciaban.

-Vez pasada -agregó-, un dirigente que se considera democrático no pudo disimular su fascismo latente y atribuyó a los obreros la culpa de la carestía de la vida, y a los estudiantes la anarquía universitaria. Dijo que había que frenar a unos y a otros. Oigan ustedes, frenar, es decir, reprimir, castigar, esclavizar. Y esto se llama democracia.

Alguno se fue con una disculpa, y él se encontró a poco con el más paciente, pero se sintió cansado, con la amargura de haber dicho verdades inútiles.

Qué culpa tenía esta gente de ser así, si estaban deformados por un largo ejercicio de la mentira profesional, por una educación inmoral, por un medio corrompido, que sólo consagraba el éxito.

Pidió disculpas y se fue, con los nervios sacudidos y una gran desilusión en el espíritu. Así que ellos tenían la culpa, las víctimas de estos sistemas. Ellos, y el diario, levantado con tanto sacrificio y al cual tanto le debía la ciudad, el campo, la gente…” xi

Es lógico interpretar que en ese diálogo se referían al diario “El Litoral” donde cumplió con su misión – no con sumisión-, hasta el momento de su jubilación; después de haber trabajado durante veinticinco años y como él mismo lo expresó en una entrevista, habiendo hecho “de todo, desde crítica de libros, de arte, editoriales y sueltos, hasta crónicas, reportajes y preparación de números extraordinarios. Fueron años de intensa labor y de abundante experiencia que perduran en sus aspectos más entrañables, pues contribuí a transformar un diario de provincia en una tribuna de ideas, de polémica y de crítica.” Como ha recordado Víttori, después de haber predicado “con el ejemplo que el periodista se debe a un medio y sólo a uno, no pudiendo desempeñarse por ética profesional en más de uno, ni en cargos oficiales. Era intransigente con la veracidad y la objetividad de la información. Consideraba que el periodismo orienta, instruye, educa y forma al pueblo, de donde, oponía las libertades individuales y la democracia institucional a todo privilegio público o privado. No siempre resultó fácil sortear los límites de tolerancia de ese espíritu severo. A todas las veleidades… opuso su rigor, de modo que cuando algo era aprobado con una simple cruz al pie del texto, uno podía considerarse satisfecho…” xii

Trasplante del campo a la ciudad…

El relato de don Luis acerca del encuentro de “Gómez y Rodríguez… tomando mate, pasada la siesta, debajo de un naranjo, en la quinta de la casa que tienen en el pueblo los padres del primero, estancieros acomodados del departamento”; aproxima al concepto que el escritor tiene sobre la importancia del Club Social. Empieza esa narración con oportunas señales:

“ – Mira, hermanito. Yo te viá’ser franco. Prefiero bailar en la isla y no en el Centro Social. Si es pura etiqueta… Pa pior, han encerau loj pisos, ansí que andaba a las patinadas, como vaca en el asfalto…”

Explica don Luis las razones que determinaron el traslado de ambas familias, desde el campo al pueblo:

“… han tenido que venir a lo que llaman la ciudad porque las hijas son grandes y deben preocuparse por su porvenir” y que “las muchachas se han adaptado rápidamente a las costumbres pueblerinas, están llenas de relaciones y compromisos sociales. pero los varones, entre ellos el mayor, que ha pasado su niñez en el campo, y aguantó apenas tres años en Santa Fe, donde interrumpió el bachillerato de la Inmaculada aburrido de estar encerrado y de no entender el latín, no puede soportar esas exigencias tan poco naturales.

El Club Social es el espejo de la sociabilidad en el pueblo. Comerciantes ricos, los dos médicos, los empleados del Banco de la Nación y las señoras; algunas maestras que suelen concurrir, especialmente en el verano, y toman vermouth en la vereda, con cierta ostentación, constituyen la flor y nata de la sociedad. Las muchachas de Gómez, con plata y simpáticas, pronto compartieron de igual a igual con las más distinguidas.

Claro que las reuniones en el Club se realizaban con mucha parsimonia. En el fondo, los más viciosos sostenían la mesa de póker, que era la que daba para costear los gastos y el sueldo del encargado, que les cobraba, en vez de coima, diez pesos el naipe que cambiaban cada dos manos. Pero cuando se radicó en el pueblo el doctor Arizú Sañudo, dentista, soltero, buen mozo y de excelente familia, de inmediato trató de estimular las actividades sociales.

Consiguió que se encerase el piso del salón, se cambiaran las cortinas… Todos los domingos se bailaba, desde entonces, y como las muchachas distinguidas del pueblo concurrían a esas reuniones, los jóvenes, que no se resignaban a ver a sus novias planchando, o en coqueteos con el doctorcito, tuvieron que apechugar. Así comenzó a extenderse la sociabilidad en forma creciente.”

Una vez más el escritor logró transferir sus valoraciones acerca de la misión que compete a algunos clubes y de distintos caminos hacia la sociabilidad. Al señalar la resistencia de Gómez a abandonar las bombachas y las botas para entrar al salón o ante la posibilidad de que le exigieran el uso el smoking; las murmuraciones entre los socios debido a la posible exigencia de moderación al beber y al hablar, las descripciones sobre las patinadas de las mujeres cuando llegaban al baile y pisaban el piso tan encerado:

“La hija de Malatini la pasó pior. Ella dentró coquetiando con el zurdo Estrada, mirando pa’ tras, y cuando se acordó estaba abajo de la araña, sentada en el suelo. ¡Qué papelón! El zurdo quiso dentrar pa auxiliarla y costalió, yendo a dar de lomo contra de una pata de silla…

Doña Paulina contaba que una vez en Buenos Aires, perdida en la calle Florida, andaba como vaca que ha errau la tranquera, cuando se topó con una gran confitería y dentró y ahí vido lo que se llama el ecátin, donde se patina, ¿no? Pero aquello no era tan refaloso como esto.

– Bueno. Mirá, bailando, la cosa amejora. Porque vos vas prendido, pero es fiero, hermanito, y cuando vos tratés de ir, cuidate. Yo sé lo que te digo.”

Concluye el relato con originales párrafos:

“A pesar de todo, poco a poco la gente se fue redomoniando, como quien dice. Ahora, unos más, otros menos, todos los jóvenes y las niñas de la crema se desenvuelven bien, y el dotor se jacta de haber civilizado un pueblo.

Pero el recuerdo de la primera encerada del piso en el Club Social constituye uno de los recuerdos más persistentes; es el gran ruido ocurrido en ese pueblo hace cuarenta años, como explicaba Macedonio Fernández.” xiii

(Es correcta la transcripción: redomoniando escribió don Luis, porque él transmitía las voces de su ambiente. El gigante de las letras lo advirtió en el invierno de 1998, durante el almuerzo de peisapping mientras estaba sentado frente al subsecretario de cultura y habló sobre la eficacia de las academias de letras, porque al ser estudiado el lenguaje, sus miembros pueden investigar sobre esos usos, elaborar conclusiones y proponer nuevas incorporaciones. Recordó que para leer algunos libros de Gudiño Krämer, hay que tener un conocimiento preciso acerca del significado de algunas palabras, de uso frecuente en las zonas rurales o en las islas del litoral. Escribió don Luis: “Poco a poco la gente se fue redomoniando, como quien dice”… evidentemente quiere decir se fue moviendo cautelosa, como lo hace la caballería cuando no ha sido “domada por completo…)

Luis Gudiño Krämer: obra literaria

Cuentos y crónicas literarias fueron publicadas por Gudiño Krämer en las páginas de diarios del litoral, empresas que lo reconocían como un destacado periodista. A los fines de esta recopilación -que lógicamente es incompleta-, aún no ha sido posible rescatar de determinados antecedentes: los títulos de sus primeros trabajos que conforme algunas referencias, datan de 1926. Tampoco se dispone de una lista sobre posteriores notas o artículos periodísticos que evidentemente reposan en hemerotecas esperando ser resucitados -¿quién sabe cuándo?…- en alguna abultada edición, conforme lo sentimos quienes todavía percibimos la íntima energía que nos estimula a creer que ciertas utopías pueden llegar a convertirse en realidades concretas.

1940: “Aquerenciada soledad”.

En esa primera edición, Luis Gudiño Krämer incluyó cuentos que contribuyen a completar el perfil de algunos sectores de la población del litoral.

En el Sumario se incluyen los títulos: Soledad, Su mundo, La vida es larga. Camino de la costa – El orden de la ruta; Estancias – Don Venancio; Cuestión de maña, Cavilaciones, Concepción Valdéz, Polonio, Balcalá y Cía, El parejero, El Carahí Potro, Un difunto. Islas – Isleños, cazadores y puesteros, La creciente, Don Lechuza, Pedrito en el reino de los animales (Cuento para niños criollos), El loro de Doña Januaria, Solos. Chacras – Un hombre, Juventud Unida Mutuamente, Pancho Gamboa, Gente Decente, Retrato. Pueblos – Apariencias, Del mal ambiente pueblero, Jornada Cívica, Yo, comisario, El bagualón de las palmas, Mujer casada, Poco a poco llegamos y Noche de pueblo.

(Los títulos en negritas corresponden a cuentos que fueron seleccionados por la editorial universitaria de Buenos Aires, incluidos en “La creciente y otros cuentos”.)

1946: segunda edición de “Aquerenciada soledad”…

En 1946 se terminó de imprimir la segunda edición y desde aquella aquerenciada soledad. Don Luis Gudiño Krämer dejó algunos apuntes para el conocimiento de un sector humano del país, contenido en esa esfera donde es posible percibir “el aura vital, el oculto sentido de que está impregnada esta naturaleza, que emana de las arenas, del río y de las nubes, de las palabras perezosas y de las posturas indolentes” porque indudablemente, “estos pueblos seguirán recostados al río, mirándose en constante contemplación. Mientras todo pasa, ellos y sus gentes permanecen. la vida es larga para qué apurase… La vida es larga pero el tiempo es corto… Árboles y hombres creciendo más para adentro, para las raíces, que para su extensión. Cosas y hombres, como el timbó, solitarios. Sus esfuerzos, las ramas de su linaje y de su esfuerzo, no se han unido todavía para formar el bosque… Hombres, mujeres y niños sin más porvenir que ese vegetar sobre la tierra triste, que ese envejecer tras cotidianas luchas…” xiv

En toda la obra de Gudiño Krämer hay una coherencia esencial acerca del rumbo que puede seguir el hombre, aparecen en sus narraciones algunas señas que orientan hacia tal dirección como si se tratara de recorrer un solo camino hacia el Destino. En su aquerenciada soledad, al describir una noche de pueblo, don Luis destacó:

“Acá, en estas costas, la vida es fiera pero liviana, y la canoa noctívaga volverá con el pacú o el sábalo para el hambre, y la carguita de paja y de madera para el techo.

Por lo demás, el rengo, el manco, el tuerto y el lisiado, como en todas partes.

El rico, como en todas partes.

El poderoso de mando, y el cobarde, como en todas partes.

El descamisado tiene fiebre tuberculosa para su frío y su vigilia.

El alcohólico obtiene tres o cuatro pesos por su libreta cívica.

La vieja tiene una libreta siempre abierta en su hija o su nieta.

Todos vamos viviendo.

Y cuando nos llegue la hora, ya habrá un pingo y un cuero viejo para ir como en troika al cementerio.

Ya habrá un cajón de tienda para el último embalaje.

Y ni envidia que les tendrán nuestros gusanos a los otros gusanos prisioneros de vidrios, de bronces y de lápidas…” xv

Con sólo pocos párrafos él pudo esbozar algunas coordenadas, que señalan la inutilidad del egoísmo y marcan el límite de la irresponsabilidad.

En el cuento “Yo, comisario” relata el momento en que “Ramón Guerra”, llegó a la comisaría “desesperado”, no “borracho” -como había dicho el almacenero cuando pidió que mandaran “un agente, enseguida, por favor, para que lo haga retirar”. Cuenta don Luis que:

“El hombre volvía de la isla donde estuvo yacariando y se encontró a la mujer y a sus cinco hijos enfermos, con sarampión y bronquitis… estuvo lloviendo copiosamente y ustedes saben cómo son estos ranchos. Por todas partes se cuela el agua y el aire. Los enfermos estaban en el suelo, sobre un montón de bolsas y de cueros y la pobre mujer, aplastada por la fiebre, apenas si tenía conciencia del más chiquito, a quien retenía sobre el seno enflaquecido…

El hombre malvendió sus cueros y, mostrando la plata, un billete de diez pesos, comenzó su peregrinaje en busca de un auto para llevar su gente hasta el pueblo. Llevaba medio día de súplicas y viajes, y nadie se apiadaba de su aflicción… El pueblo quedaba a ocho leguas. En esta colonia no hay farmacia.

…El más chiquito ya había muerto. La madre lo retenía sobre el pecho exhausto.”

En vano Ramón había intentado que lo ayudaran para hacer ese viaje y de poco le sirvió hablar con el “comisario de policía en aquella colonia” porque era…

“…Un comisario nuevo, poco curtido, a quien le dolía la miseria ajena y le repugnaba la injusticia con que se trataba a ese pobre criollo, víctima de la voracidad y de la rapiña de los poderosos.

Lo eché al hombre. Le obligué a que fuera a defender la vida de sus hijos y me quedé dando vueltas, con rabia, sobre el desparejo piso de ladrillos de mi pobre comisaría. Pero, vean lo que es el mundo… Cómo son los ricos… Sin lástima, peor que los caranchos… Y estos bolicheros son los peores. Después que le sacan el jugo a estos infelices, ni siquiera les tienen lástima y los pisotean… Y nosotros, al servicio de toda esta porquería. Hum… Al servicio de la explotación, del engaño, de la falsía, que al pagar patente se disfrazan de comercio honesto. Nosotros, autorizando con nuestra vigilancia estos despojos…”

Así transcurrían las horas y los sucesos en aquella comisaría, y habría que preguntarse si al finalizar el siglo tales injusticias ya no existen, si los poderosos no se han mimetizado y si los encargados del orden por algún accidente, no se han desordenado. Las crónicas periodísticas actuales son contundentes; las imágenes en la televisión y algunas declaraciones en juicios son patéticas. En aquel tiempo, don Luis describió el momento en que habló “el almacenero, apuradísimo” porque “Ramón Guerra”, “parece borracho”… Y se suscitó este diálogo:

“- Vea, don Esteban. El hombre ése no está borracho. Está desesperado. Tiene dinero para pagar un auto, los hijitos se le están muriendo, y no encuentra un alma generosa que quiera llevarlo hasta el hospital. ¿Por qué no le alquila su auto, ese más viejo?

– Es que no tengo quien maneje. El chofer está recibiendo maní, y el auto no se lo voy a entregar a cualquiera…

– Y bueno, dele el maní a otro…

– No, no puedo. Siento mucho ¿no?, pero no puedo.

– Bien… Y ¿qué es lo que quería que hiciera, dijo?

– Que me mande un agente, porque el hombre parece con malas intenciones y cuando salga del escritorio me va a provocar…

– ¡Ah… mire: al agente no se lo voy a poder mandar porque me está cebando mate.

– ¡Pero comisario!… ¡Cómo es eso! ¡Cebando mate! ¿Y usté no puede venir?

– No, don Esteban… Si voy yo va a salir peor la cosa. Y además, estoy tomando mate.

El hombre no entendía, al parecer, pero después estalló:

– ¡Muy bien! Pero tenga presente comisario, que me voy a quejar donde corresponda. A la jefatura… A usté parece que le importa poco la vida ajena.

– No, señor, me importa y mucho…”

Continuó la conversación hasta que el comisario colgó “el tubo” y poco le importaba que “hiciera las denuncias que quisiera” porque él insistía: “El puesto me importa un pito”. Finalmente logró que don Esteban cediera uno de sus autos para poder salvar a…

“… tres criaturas y a la mujer de Ramón Guerra. Tres no más, pues mientras duraron estas negociaciones había muerto otra. Claro que ahora, cuando le preguntan a don Esteban qué clase de hombre es el comisario nuevo, comienza a recordarme en estos o parecidos términos:

– ¿El comisario? Vea, no es por hablar, ¿no? , pero ese no es un comisario ni cosa que se le parezca. Nunca hemos estado peor que ahora en la colonia. Y para que vea que no son cosas mías, le voy a contar lo que me ocurrió hace poco. Estaba un hombre en el negocio chupando, provocándome. No me dejaba salir del escritorio. Entonces agarro el teléfono y le pido al comisario un agente para defender mi vida en peligro, y… ¿sabe lo que me contestó? Mire… es cosa de no creer.. me contestó: ‘No se lo puedo mandar al agente porque me está cebando mate’. ¡¡Dése cuenta!!…” xvi

Don Luis sorprende a los lectores con un Retrato que es lo único escrito en verso:

Basta mirar ese curtido rostro

para medir la altura de su pena.

Soles y vientos trabajaron recio,

sobre la arcilla dócil de su cuero,

doblegaron sus huesos, encorvaron

sus espaldas.

Cuarenta años de colono.

Sesenta años sobre la tierra ajena.

Cortos fueron los días de su dicha.

Largos fueron los días de su pena.

Encontró apoyo en otro cuerpo débil,

descanso en otros ojos buenos,

pero en el surco de sus días largos

y derechos,

cayó tan sólo la semilla ajena.

Apenas queda vida en su mirada.

Pronto será la noche en su contorno.

Oye mi voz, buen viejo, antes de irte…

Vuelen gaviotas tras tu arado.

Tienda la noche nubes de rocío,

piérdase toda huella de tu marcha,

desaparece entre la sombra negra

del campo.

No lloraré tu muerte.

No sentirá tu ausencia

ni la fragua ni el fuego,

ni las bestias ni el yunque,

ni martillos ni aperos.

El olvido cubrirá tu muerte,

el orín se comerá los hierros.

Yo quedaré pensando en tu cansancio,

en el dolor dormido entre tus dedos… xvii

El escritor se nutre con sucesivas percepciones, lo que ve y lo que intuye; lo que escucha y lo que lee. Gudiño Krämer describe momentos que reflejan sus vivencias:

“Las luces llegan con débil resplandor hasta dar un matiz rosado al cielo. Es la ansiedad del hombre la que las adivina, más que sus ojos, cansados de la larga lectura. Una lectura sin objeto; una empeñosa lectura con que ha querido llenar esa larga tarde de domingo en el puesto.”

Distintas narraciones lo sitúan hombre del litoral acostumbrado a detectar señales de inmediatos cambios:

“Allá, casi al ras del horizonte, sobre la oscura línea de los árboles, una larga bandada de patos comienza a agrandarse. Señal de creciente… Los vuelos llenan de dibujos el cielo oscurecido, y de repente cae la noche. Esa larga noche del campo.” xviii

Para don Luis, la armonía se descubre en cualquier sitio y lo ecológico es equilibrio que exalta con frecuencia, aunque tiene que reconocer que en algunas circunstancias, es el hombre el trasgresor que altera ese imprescindible orden de la Naturaleza:

“En las telas de araña, sobre los cardos y espartillos, las gotas de rocío están como esperando el pico de los pájaros.” xix

“…Hay una sola vía limpia, y es el río, de aguas renovadas y huidizas, donde el único barco anclaje no ha traído contrabandos ni pestes, sino cajones de fideos y tambores de tracto.”

“En los ríos del mundo, qué importa que medre la canalla…”

“Acá en nuestras costas, la vida es fiera pero liviana, y la canoa noctivaga volverá con el pacú y el sábalo para el hombre, y la carguita de paja y de madera para el techo.”

A Gudiño Krämer le preocupaba el paisaje, no sólo como un espacio geográfico donde la sucesión del día y de la noche genera cierta magia, no como un cuadro de cambiantes colores sino como el espacio donde conviven los humanos, y al hombre lo contempla desde la altura pertinente a fin de interpretarlo en su compleja trayectoria. Sugiere tanto como expresa; en sucesivos párrafos compromete al lector en la resolución final de sus mensajes:

“… ese mundo que es una casa, así vivía en ella una persona sola.” xx

“… recorramos los mapas del mundo desde acá, desde esta perspectiva minúscula de nuestro permanecer sobre la tierra.” xxi

Don Luis sabe que:

“… Si el hombre es honrado, no importa la pobreza. Lo que no hay que ser es haragán. El hombre trabajador y honrado no es pobre, aunque nunca tenga un medio…” xxii

“Cuando nos sacamos las botas y desnudos entre sábanas blancas y frescas, estimamos los miembros fatigados, retornamos a un mundo que parecía distante e imposible. Retornamos a un mundo pequeño, lleno de injusticias y de miserias, pero limpio y cálido, con horas blancas, sin gritos destemplados, sin barro y sin vino.”

Gudiño Krämer vivió entre campesinos y dueños de la tierra; entre caudillos de pueblo e indefensos obreros; fue capaz de interpretar la conducta de un médico de la Policía…

“… con rabia y con tristeza observaba cómo se corrompían las gentes en estos cargos de la policía de campaña. Todo lo veía librado al capricho del momento, a la compadrada y a la gauchada. No había normas de ninguna especie, ni un criterio humano, tolerante, que se aplicara a los mil pequeños conflictos entre el pobrerío…” xxiii

El escritor había podido comprobar que la política lugareña es…

“… veneno que va intoxicando paulatinamente, al más prevenido, en estos lugares de poco intercambio intelectual.” xxiv

“Días antes de la elección, comienza la caza de las libretas. Es un deporte arriesgado y emocionante. El desprevenido elector, el pobre, el indio o el criollo desheredado, empieza a ser acechado por los políticos menudos, que lo persiguen a sol y a sombra, con la misma fatalidad con que el galgo persigue a la libre o el perdiguero a la perdiz. La policía incursiona de noche; allana domicilios; hace levantar a la pobre gente y requisa. Se practica el secuestro en gran escala y la dispersión de electores. Se los aventa a los cuatro rumbos, para que no fructifiquen en la urna sus votos…” xxv

“…Por lo demás, el rengo, el manco, el tuerto y el lisiado, como en todas partes.

El rico como en todas partes.

El poderoso de mando, y el cobarde, como en todas partes.

El descamisado tiene fiebre tuberculosa para su frío y su vigilia.

El alcohólico obtiene tres o cuatro pesos por su libreta cívica.

La vieja tiene una libreta siempre abierta en su hija o su nieta.

Todos vamos viviendo.

Y cuando nos llegue la hora, ya habrá un pingo y un cuero viejo para ir como en troika al cementerio.

Ya habrá un cajón de tienda para el último embalaje.

Y ni envidia que les tendrán nuestros gusanos a los otros gusanos prisioneros de vidrios, de bronces y de lápidas…”

Don Luis no necesitó que se lo comentaran, él mismo observó cómo suelen tratar a las mujeres algunos hombres, cuando en el rancho tiene que estar la comida preparada y la ropa limpia, aunque no fíen más en el boliche o a pesar de que el dolor de cintura por el embarazo avanzado impida agacharse cerca del río o bombear y doblarse ante el fuentón de lata. Don Luis en sus narraciones, simplemente transcribe con ritmo lento -por las anécdotas que suele intercalar-, la tragedia de algunos habitantes del litoral:

“… ¿Y cómo querés que me trate ese disgraciau… Sabe bien que si no mi hace los gustos lo echo, y que no me ha de faltar quien me pase la mantención y me vista… Los hombre, che, cuanti más los adulás, pior te tratan…” xxvi

Sabido es que el hombre tiende a pensar en su madre cuando observa a algunas mujeres, tanto por encontrar similitudes como por determinados contrastes. En el cuento titulado Concepción Valdéz, hay claves que permiten hacer conjeturas, sobre posibles sensaciones anteriores, en vivencias que revelan su amor filial:

“A Concepción Valdés le ocurría lago extraño. En Buenos Aires no se sentía a gusto. Todo le parecía falso, amanerado, sin contextura, y se le ocurría hacerse el gaucho, a él, que no conocía el campo más que por lecturas y lo sentía como un atavismo.

Y en el campo, después, todo le parecía áspero, fuerte, con gusto a soledad.

En la ciudad y en el campo, fue un solitario. Pero él no se había dado cuenta de ello. Cuando retornó al seno de la soledad grande del campo, se sintió como esos chicos que encuentran a la madre que creían perdida.”

Él encontró parte de su ser que los demás le invadían; pudo poner a salvo su intimidad, durante largos años, y así, encerrado en un mundo que apenas si contenía recuerdos, e indiferente a la vida personal de los otros, se dejó envejecer.

¿Qué conocía él de los demás? El hollejo, como decía Emilio. Apenas el hollejo.” xxvii

1948: “Señales en el viento”… desde la costa santafesina.

Gudiño Krämer inicia su Señales en el viento con los recuerdos y el primero surge como evocación de un Sábado en Helvecia:

“… Todo le parecía lejano en el tiempo, que varias veces se detuvo, vacilante, porque no podía retomar el hilo de sus recuerdos.

Allá, a la vuelta de la plaza, cuántas veces le dominó esa nostalgia, esa angustia que hace que los jóvenes de los pueblos chicos adviertan que están amarrados, encadenados al horizonte estrecho, ahogado por el aislamiento, la rutina y la pobreza…

Él sufrió más que otros, tala vez, y no lo recuerda con trasnochada vanidad. Él sufrió más que otros, porque sus horizontes habían sido cambiantes y su vida sin arraigo. No fue muchacho de pueblo. Su familia no extendía raíces en ningún lugar, de manera que llegó a habituarse a una vida nómada, de continuos cambios, en que todo era novedoso y los afectos no alcanzaban a crecer cuando ya iniciaba, cálidamente, nuevas amistades en otros lugares.

Además, tenía el hábito de la lectura y una reserva emotiva, una vida interior muy rica…

Pero el pueblo le alargaba sus opios; se rebelaba al principio; se entristecía, y poco a poco una gran abulia y un conformismo hecho de renunciamiento y de escondido halago por la vida contemplativa y parasitaria, le iban dando argumentos psíquicos para quedarse, para ablandarse en una no resistencia que poco a apoco iba ganando los repliegues más profundos de su personalidad.

Cuántas veces la alta noche le sorprendía en diálogo sentimental con las estrellas, mientras la madrugada lechosa se aproximaba con sus puñales de frío y sus brumas de nácar…

Claro que cuando en las noches largas del invierno se quedaba sobre la misma orilla del agua viendo rielar la luna y correr bajo la caricia del sauce el agua infatigable del San Javier, sentía de golpe una ansiedad de andar, de irse.

Pero se quedaba, nomás, preso de ese encanto sin nombre, de esa contradicción misma, de ese encanallado vivir en constante remordimiento…

……………………………………………………………………………………………….

Cruza una bandada de patos, muy alto. El frío aprieta. El sol brilla sin ganas…

Después nos vamos. Voy yo y mi alma por la calle ancha e interminable del pueblo, y no acaba nunca mi viaje, ni mi viajar. Pienso con alguna tristeza que hace como veinte años que vengo viajando el mismo paisaje, sobre la misma tierra

Después nos vamos. Voy yo y mi alma por la calle ancha e interminable del pueblo, y no acaba nunca mi viaje ni mis viajes. Pienso con alguna tristeza que hace como veinte años que vengo viajando por el mismo paisaje, sobre la misma tierra, entre los mismos hombres; cuando paso frente a las tapias enjabegadas que amparan y rodean el último sueño de mi madre, tan soterrada en sus sueños inalcanzables, como en la vida misma, y tan dolorosa y sonriente al mismo tiempo, comprendo que es una fatalidad la que nos tiene así, sujetos a un destino que no podría ser más alto, porque no hay que medidas de ningún tamaño para estos sueños y estos fracasos, pero que sí podría ser más cordial.

Y NO DEJA de ser cordial la voz o la mirada de los hombres, las mujeres y los niños que nos salen al paso y se nos enfrentan desde un mismo plano de consciente igualdad, de calor y humanidad pareja…” xxviii

1942: “Exaltación de los valores humanos en la obra de Hudson”.

Gudiño Krämer entregó los originales de ese trabajo a Ediciones Ideas de Paraná y en 1942 se terminó de imprimir el folleto que lamentablemente no he hallado para reiterar aquí algunas señales. (N.O.de F.)

1942: Médicos, magos y curanderos.

Libro de Gudiño Krämer impreso en Buenos Aires, Ediciones Emecé, Colección Buen Aire, 1942; 2ª ed. 1944. Fue distinguido con el “Premio Regional de la Comisión Nacional de Cultura”. Alude a historias de la medicina popular en el Río de la Plata: al uso de determinadas hierbas curativas para tratamientos terapéuticos, con apoyo en creencias y supersticiones locales.

1943: Tierra ajena.

Integra esa publicación de la Editorial Lautaro de Buenos Aires, un conjunto de cuentos referidos a historias de la región: Pueblos, Gauchos, La compañía, La libreta, Muerte de un personaje, El manosanta, Los alderetes, El caso del ingiñero, El romance, Un jefe de policía, El loro de doña Januaria, Indios, Noche de Reyes, El Parlamento y corresponden a Tierra ajena: 1. Pantano, 2. Boliche, 3. Méndez y Nuevamente el camino.

Sigue su camino Juan Fernández, cerca de don Fermín Ponce, don Guillermo y Don Pedro, junto a distintos personajes con las características de los pobladores del litoral -trabajadores unos, indolentes otros- y que don Luis conoció en sucesivas jornadas compartidas. Una vez más resulta evidente su empeño por transmitir algunas ideas, algunas intuiciones acerca de la muerte y su actitud crítica lo impulsa a señalar algunas aparentes diferencias, porque si algo existe para todos en exacta medida, es ese misterioso desprendimiento final del espíritu -del ánima…-, en el instante de la muerte:

“Fermín Ponce dejó de ser colono. Hace muchos años que no sube un caballo, ni pisa tierra de labranza con los pies desnudos…

La muerte de un hombre no tiene nada de particular. Miles y miles mueren todos los días en el mundo. Lo particular es que mueran de muerte extraña; que mueran desarraigados de su propia muerte. Todos los días Fermín Ponce lee, tiene que leer, mejor dicho, crónicas de muertos. Son vecinos arraigados; profesores; señoras de la sociedad, de esas que han ‘prodigado el bien con espíritu cristiano’; niños también ‘que llevan el luto a conocidos hogares de nuestra sociedad’. Pero no legó en ninguna crónica, la noticia de la muerte de esos hombres que conoció y llegó a estimar y a querer. Méndez murió de anónima muerte, como debía ser. No salió en los diarios porque murió labrando un parante de algarrobo negro en el potrero cinco de San Joaquín, y lo encontraron a los dos o tres días, pasado el pobre. Crisanto, Ramírez, Galván, murieron en la isla, en la chacra, en la estancia. Los enterraron en cualquier parte, donde encontraron campo santo. No eran ‘vecinos arraigados’, ‘ni espíritus abiertos a las sugestiones del bien’, ‘ni habían fallecido a una edad en que mucho se podía esperar de las condiciones de su espíritu y su inteligencia’…

Cuanto más, como en el caso de Martínez, la crónica recogió su nombre por ahí, entre un montón de inexactitudes del parte policial…” xxix

En la literatura de don Luis es constante su relato de vivencias durante su niñez y de su vida rural, entre campesinos, maestros y policías; entre mujeres y niños que padecían enfermedades y tenían escaso alimento; entre policías autoritarios y políticos egoístas. No elude en sus cuentos una actitud crítica; a la vez que describe paisajes o rasgos singulares para lograr una semblanza; incorpora sus percepciones como periodista en un diario que también presenta frecuentes contrastes. Algunas de personas con ante diversas experiencias periodísticas. Algunas imágenes parecen representar un autorretrato:

“Fermín Ponce tenía la frente muy blanca… Sus ojos azules parecían más claros emergiendo de esa cara curtida por el sol y el aire. Sus manos eran hermosas aunque descuidadas y callosas.

Alto y bien plantado, las muchachas lo miraban con evidente simpatía al pasar…

Un destino incierto, no en lo económico sino en lo espiritual; una falta de contactos intelectuales y de inquietud social, lo colocaban en una situación de peligroso aislamiento; él se sentía satisfecho de su soledad y de su misma tristeza, como si ella fuera una revelación de su superioridad de espíritu. A veces, una desazón creciente aumentaba el vacío de su soledad y entonces, caía en profundas melancolías; recordaba su casa y a su madre y su niñez se le presentaba en toda su desolada realidad. Se le presentaba como un motivo de angustiosa tortura.

Se veía niño, sentado en el umbral de esa casa de ladrillos levantada en la calle céntrica del pueblo. Altas veredas y hondas cunetas aumentaban su pequeñez. Por esas cunetas corría tumultuosamente el agua de las lluvias. La casa quedaba en una esquina. Un puentecito de madera permitía bajar hasta el cordón de piedra para atravesar la calle de tierra. Un farol a alcohol carburado, sobre su pie de madera, en la misma esquina, iluminaba apenas la calle oscura, que se perdía allá, en las barrancas del río. El farolero era tío de un compañero de la escuela primaria…” xxx

Concluye ese libro -evidentemente- con un monólogo interior, donde se proyecta nuevamente el camino:

“De nuevo hemos reconstruido nuestro largo andar sobre el camino de la costa, un andar que no es tanto del cuerpo como del espíritu, y un camino que ni siquiera tiene límites, pues él abarca la dimensión de todo el campo y la profundidad de todos los sueños. El camino no es apenas más que un remedo de vía para nuestra ansiedad de verdaderos rumbos. Al fin y al cabo, qué otra cosa que indios, paisanos, gringos y alguno que otro empleado de poco sueldo anda sobre estos caminos. Los que se creyeron importantes porque tenían algún poco más de dinero o de mando que los otros, concluyeron lo mismo sus efímeras vidas, o perdieron su riqueza y su poder en el tiempo, que él sí que es poderoso e indiferente, desdeñoso e igual.

Pero nuestro camino tiene un sentido, y por eso vuelven a él nuestros pasos y nuestros recuerdos. Es el camino de nuestra juventud y el de nuestra madurez; es el camino de nuestro hermano y el de nuestros hijos. Al menos el más familiar para sus pasos nuevos. Es el camino de nuestra tierra, el que lleva al rancho de nuestros hermanos, de los pobres colonos, de los paisanos y los indios y los criollos.

Los hijos de nuestros hijos tal vez lo vean cubierto de asfalto, recorrido por veloces automóviles o cubierto su cielo de aviones relucientes. Ceibos y algarrobos habrán desaparecido de sus bordes, y ningún índio vivirá en ese tiempo para servir de remordimiento o de símbolo. El camino de la costa podrá transformarse en un camino del progreso… pero en la sensibilidad de los hijos de nuestros hijos quedará la angustia nuestra, el dolor nuestro por la miseria del hombre de este litoral rico en toda clase de riquezas, nuestra amargura por la desesperación de tanta criatura, por el dolor de tanta mujer y tanto hombre sobre la tierra ajena… sobre esta tierra nuestra enajenada…

Pensamos que aunque apenas un sentimiento de horror hacia la injusticia de estos tiempos conmueva a aquellos descendientes nuestros, este viaje ya tendría caracteres de descubrimiento. Porque algún día será, indudablemente; y esta sola evidencia sirve de sobrado y excesivo premio a nuestros afanes e impaciencias de ahora.” xxxi

El escritor y periodista evidentemente iguala la estatura del hombre. Gudiño Krämer, indudablemente es un hombre del litoral consustanciado con el paisaje que lo contiene y a pesar de su aquerenciada soledad, se siente religado a sus hermanos, sin discriminación por linaje o inteligencia, sin censura por religiosidad o política.

(Celebro que en la ficha de devolución de la biblioteca pedagógica conste que ha sido leído en octubre de 1997, que justamente un año después vuelva a ser leído para transcribir estas citas. Así es como… silenciosamente… sin el ruido de los aplausos… se constata la inmortalidad de un escritor…)

Más “Señales en el viento”…

1948: Señales en el viento. Buenos Ediciones Rueda.

(Anticipa: Breve historia de Santa Fe – en prensa.

En la solapa de esa edición se reconoce que don Luis “es uno de los más representativos escritores de tierra adentro. El litoral santafesino es su patria, a la que ama… Los personajes y la acción de estas novelas cortas, son genuinos arquetipos y hechos asentados en el paisaje nuestro, y por ello doblemente caros, a quien como Gudiño Krämer, los ha tratado en todos sus libros con una fuerza y una penetración singulares”. En cualquier libro emergen las vivencias del autor, sean realidades -hechos-o sueños -ficciones-; incluso puede percibirse su escepticismo y su optimismo; su indiferencia o su compromiso hasta el límite de la utopía. En esas señales al viento, hay signos insoslayables de su transitar por la costa desde el primer cuento: Sábado en Helvecia. xxxii

Es posible coincidir con José Luis Víttori cuando sugiere establecer similitudes entre el personaje Juan Fernández y don Luis.

“… Un gran silencio confunde las voces del campo, las rodea y cubre. El pulso del hombre late parejo y las fantasías van poco a poco ganando los rincones mientras el niño afloja su soledad y se entrega a un sueño tranquilo… Las esquilas del alba suenan toda la noche.”

“Juan Fernández es apenas un hombre más en esa gran ciudad adormecida, y su mente vaga por praderas de caballos salvajes; por esa Trapalanda maravillosa a la cual en ciertos momentos y sentidos, él mismo pertenece o ha de pertenecer.” xxxiii

Desde otra perspectiva, Víttori ha reconocido: “Gudiño era curioso. No sé si su curiosidad tenía que ver con el instinto de un periodista o si lo llevaba a intuir mejor a la gente en su vida y en su entorno, condición ésta de escritor atento al medio”. xxxiv

Lo innegable es que era un minucioso observador. Se confirma esa capacidad de ver, cuando describe la ciudad donde vivía, trabajada, soñaba y sufría y es probable que sea su persona la que se nombra Fernández, un caminante que percibe las zozobras de los hombres en distintas circunstancias. Gudiño Krämer advirtió que:

“Santa Fe es una ciudad que agrada a los forasteros por su ritmo tranquilo, la diversidad de sus barrios, la abundancia de choperías y la notoria separación entre el barrio sur, silencioso y tradicional, con vestigios de la colonia, que los viejos santafesinos exhiben con orgullo aunque sin apreciar verdaderamente su valor histórico, y el norte, que se va poblando por el esfuerzo de la pequeña burguesía, ferroviarios, comerciantes minoristas y empleados de comercio.

En el sur, antiguos templos rodean la casa de gobierno, y un parque reciente, que bordea el Quillá, riacho al que las hazañas de Pedro Candioti han dado fama, hilvana tenuemente la cabecera del puente carretero, de vigorosa estructura, por la que se entra a Santa Fe, viniendo de Rosario, con el Colegio de la Inmaculada, laboratorio pedagógico de antigua tradición nacional, en el que las clases dirigentes, desde la época de la colonia, han ido templando a sus hijos en las duras faenas de dirigir al pueblo. En las listas de honor del colegio figuran los nombres de varios presidentes de la República, generales y almirantes, presidentes de la Suprema Corte, ministros, gobernadores, y así, en jerarquía descendente, obispos, senadores y diputados nacionales y provinciales, grandes caballeros de la industria y el comercio.

La Casa de Gobierno llega hasta el parque del sur con las caballerizas del escuadrón de seguridad. Detrás de la Inmaculada, un callejón estrecho, sin adoquinar, y en seguida las barrancas.

En medio de la plazoleta, cuyo césped aparece bien cuidado, una construcción moderna de estilo colonial ha sido utilizada como museo histórico. Enseguida vienen las iglesias, rodeadas de jardines, y por una ancha vereda de baldosas grises y blancas, puestas en zigzag, que marean al paseante, simulando olas. Dicen los que han viajado que así son las veredas de algunos paseos en Río de Janeiro.

El parque se prolonga hasta la Boca del Tigre, donde la policía caminera ha levantado una garita de estilo moderno, aerodinámico.

El sur, marginado por este parque, asoma sus antiguas y sucias casas, y sus calles de adoquinado desparejo o de tierra, la punta de rieles de los tranvías, algún rancho. Ombúes y ceibos, enredaderas y estrellas federales, recuerdan que por acá pasearon los blandengues de don Estanislao López, los graves constituyentes del 53, los emisarios de Artigas antes, y las tropas derrotadas de Mariano Vera.

Al pie de esos viejos árboles se reunían los vecinos expectables, que a la sobretarde ¿dejaban, atados de una pata con un tiento fino, mientras ellos comentaban las noticias de Buenos Aires, la creciente prosperidad del canario don Domingo Cullen o los reveses del Federalismo?

Fernández se asomó siempre con curiosidad a este barrio, sin que lograse impresionar su sensibilidad ese pasado de colonia, chismorreo familiar, frailería, alfajores y campanas. Sin embargo, con cuánta gracia revivía este ambiente en algunos de los cuentos de Mateo Booz, o en el primer capítulo de la novela de Caillet-Bois ‘La ciudad de las losas y los sueños’… xxxv

Al norte en cambio, vibra otra sensibilidad, guaranga y espesa, pero creadora. Se amontonan las casas de empleados y obreros, pululan los niños, las escuelas exigen edificios monumentales para dar cabida a mil, a dos mil alumnos.

Recreos y bares aturden con sus altavoces todas las noches de verano. Pistas de baile acogen a las sirvientas y a los muchachones que trabajan. Miles de bicicletas se deslizan por la avenida General Paz, todos los días, desde el puerto, las fábricas, los elevadores, las cervecerías, y el tránsito de automóviles se hace difícil. A la tardecita y a la noche la ancha avenida es asaltada por los peatones, las muchachas que pasean por el medio de la calzada, dando trabajo a los ómnibus y a los automóviles; jóvenes y mujeres con niños alzados que salen a respirar el aire fresco que llega desde la costa del río o de Guadalupe, dejando sus pequeñas casas, chatas, encajonadas. Cuarenta pesos el metro, claro, y decir que hasta hace pocos años ahí era el desierto, la laguna Felipe, los fachinales.

La quinta de Freyre está ahora rodeada de poblaciones; los galpones del ferrocarril y el puente negro, refugio de linyeras, con los pasos a nivel, acercan, en lugar de alejar, este otro barrio.

Barrios castigados por el polvo, en los días de viento norte, porque el pavimento no ha llegado aún hasta ellos, ni tienen obras sanitarias, ni agua corriente, y con el intenso tránsito de lecheros y repartidores de pan y de carne, están siempre como envueltos por la bruma. Pero los días de lluvia, los árboles y las plantas quedan como nuevos, y se aclara ese paisaje suburbano, mientras algunos carros de reparto se encajan en el barro y los vecinos improvisan cordones para llegar desde la Avenida hasta sus viviendas.” xxxvi

Don Luis más allá de las casas y de las calles, ha sentido cuánto representa el sufrimiento humano y lo refleja en patéticos cuadros:

“…Detrás de la Inmaculada, un callejón estrecho, sin adoquinar, y enseguida las barrancas…

Por la otra costa, bordeando las vías del ferrocarril y llegando hasta la laguna, miserables callejones, turbios, encajonados, a bajo nivel de las ranchadas y casitas que se han ido levantando sobre los terraplenes, forman uno de los barrios de los que la tradicional y limpia ciudad se avergüenza, aunque los conserve. Aquí viven los changadores del puerto, las sirvientas y lavanderas, mendigos y pescadores, algún guitarrero de recreo pobre, prostitutas clandestinas, y enjambres de niños.

Mucho trabajo dan a la policía estos barrios; pero sus míseros comercios prosperan, y su escuela progresa. Y hasta una biblioteca se asoma a la avenida, por la esquina del callejón, y allí se reúnen los empleados ferroviarios y algunos comerciantes que creen en la cultura, en las bibliotecas, en las sociedades de fomento para el progreso edilicio, aunque generalmente nunca lean libros…

El callejón Encina alarga su irreprimible miseria, su compadrona insolencia, el olor nauseabundo de sus aguas servidas, desde las vías del ferrocarril hasta la pequeña cinta de carbonilla que absorbe la humedad del asfalto… En el callejón Encina, viven los pescadores de escasa fortuna y animosa vocación por el vino; las mujeres de vida difícil a las que se las suele llamar de mala vida o de vida fácil. La vida de ellas no es en verdad nada buena, pero tampoco fácil. Muchos sufrimientos, poca comida, poco sueño, escasa higiene; mal trato, insultos, piojos o enfermedades, golpes de los ebrios, nunca conformes; renegar con los hijos y por poco que se empañaran o quisieran, las tareas de la casa, comida, lavado, limpieza de las criaturas. El callejón se reviste de noche de cierto misterio. Detrás de los cercos atisban miradas ansiosas. A veces es solamente el reclamo de la necesidad, el silbido saliendo desde los cercos como el canto de pájaros trasnochados. Pero también suele alentar el auténtico amor, la pasión desbordante, la llama sexual puramente encendida entre tanta basura. Nadie en el callejón puede reservar su intimidad, ni vivir con ella como con un secreto. Todos se enteran de lo que ocurre y aun adivinan lo que va a suceder…” xxxvii

A cinco cuadras de la Inmaculada, los caminantes de esa zona podían detectar más contrastes. Las palabras de don Luis, servían para describir otras situaciones y personajes diferentes, allí donde el teatro cercano congregaba a comediantes y a titiriteros, a utileros y a espectadores; allí donde los clubes no sólo eran un lugar para entretenimientos, como surge en este relato:

“… Bajó del lujoso auto frente a la puerta del Club, y al entrar seguido por su hijo, trató de disimular tan insólito hecho, diciéndole a los que estaban en la puerta, y a quienes conocía vagamente.

– Ahora no dudarán de que soy buen oligarca…

– ¿Oligarca?… Algo más, Fernández, algo más que oligarca.

Sonrieron, se despidió del amigo adinerado y penetró al local, sospechando que tal vez no le conocieran o que vincularan torcidamente su conducta de periodista con la del hombre de negocios que le había traído… tomaron asiento en las sillas de Viena, de oscuro esterillado patinado por el tiempo…

Un fragmento de un juicio suyo figuraba en el programa, pues el conferenciante de la tarde era un joven escritor a quien habían tratado elogiosamente cuando publicó su primer libro.

Sintió que estaba perdiendo esas horas de la tarde del sábado, allí, entre ese ruido de esa gente que busca una cultura de hermosas palabras, como si se pudiera realizar el hallazgo de la poesía por caminos tan transitados y fáciles.

Cuando salieron, los niños voceaban el diario de la tarde. Corrían los chicos tratando de ganarse clientes, roncos de gritar, felices en ese instante, moviéndose con agilidad en un ámbito cargado de bullicio, como esa calle céntrica, contentos y ajenos al destino de la poesía, sin nombre ni sangre que prolongar a través de las edades…” xxxviii

Revelación de algunas “claves”…

Víttori treinta y ocho años después transmitió algunas claves para una mejor interpretación de ese relato y en consecuencia, se puede interpretar que el autor había llegado con don Enzo Vittori -desde 1944 el subdirector y co-administrador del diario donde el escritor cumplía su misión de jefe de redacción, era “el amigo adinerado, que andaba en un Packard flamante”… como lo ha recordado su hermano menor. JLV aporta otros datos interesantes: destaca que don Luis, “no concurría a ese club, sino cuando como ahora, se pronunciaba alguna conferencia o se exponían grabados o pinturas, en el salón de actos del primer piso”, circunstancias ineludibles porque era un crítico de arte y necesitaba estar informado para difundir nuevas expresiones en las páginas culturales del diario. Advierte Víttori que con esos actos culturales, “como en otros centros sociales, así disimulaba éste su verdadera actividad -la del juego al ajedrez, o en los billares, o manejando los naipes-… y justificaba los subsidios oficiales. Allí, Marinello fue recordado con una cita: ‘Debe hacerse poesía, no de nuevas palabras, sino de nuevas esencias’… Es interesante parafrasear: Debe hacerse literatura, no con nuevas palabras, sino con nuevas esencias…”

En cualquier tiempo, poco importa el modelo de un automóvil si el motor está en perfectas condiciones, aunque limite la velocidad para llegar a determinado destino y de eso también ha hablado Víttori cuando aludió a otras experiencias:

“Una noche, pasadas las doce, lo llevaba yo a su casa desde el centro cuando, ya cerca, vimos pasar a toda velocidad un patrullero de la policía.

– Sígalo -me indicó sin titubeos-, vamos a ver qué está ocurriendo.

Yo tenía entonces un Oldsmóbile modelo 39 (verdaderamente viejo). Gudiño, excitado como un chico, se asomaba por la ventanilla, animándoseme a voces:

-Métale -decía-, no vaya a perderlo de vista.

En esos años de escasez y recelo -debe haber sido hacia 1954-, casi no andaban autos a hora avanzada y menos por la costanera, que se consideraba aledaños, de modo que íbamos solos en la dirección del patrullero, sospechosamente a la zaga, cosa que podía costarnos un disgusto.

Cuando quisimos recordar nos encontrábamos en pleno barrio de las latas -un caserío malevo llamado Monte Chañar, que se extendía más allá de la punta de la costanera y el viaducto ferroviario-. El patrullero se detuvo de golpe, en una nube de polvo, frente al boliche en el cual, después de los rituales portazos, entró la comisión. Detuve el auto y nos acercamos al chofer que hacía de imaginaria. Gudiño se dio a conocer presentando su carnet del diario y, con toda naturalidad entró en conversación como si estuviera en la calle de un pueblo de campaña a una hora prudente.

– No es nada, un borracho nomás que se resiste a salir del boliche -explicó el imaginaria.

Y nos volvimos desengañados, sin la noticia entrevista, pero llenos de un sosegado aire de suburbio.”

En torno a los hombres del litoral…

Insoslayable ímpetu periodístico movilizó a Gudiño Krämer, un hombre del litoral que conocía el espacio donde vivía y reconocía la idiosincrasia de sus pobladores. Como lo expresó Víttori, “era una mente dotada y privilegiada. Con igual soltura se expresaba cuando escribía o hablaba.” xxxix

Gastón Gori ha valorado la actitud humanista de don Luis al reflejar la realidad del hombre del litoral -situado en la ciudad capital de la provincia-; con dificultades semejantes a las de los pobladores de distintas zonas del país y de cualquier latitud. En consecuencia, ha destacado que al escritor Gudiño Krämer, “el dinamismo de su pensamiento lo llevaría a ser un hombre para el cual los problemas particulares de nuestra nación, forman parte de los problemas generales de las naciones” y son “asuntos comunes a la humanidad en su búsqueda afanosa de mayor bienestar, cultura y paz.” xl

Es interesante tener en cuenta lo expresado por el escritor José Luis Víttori, acerca de algunas claves correspondientes a las señales en el viento” transmitidas por don Luis: el amigo adinerado era Enzo Víttori, el hermano mayor de José Luis –”que andaba en un Packard flamante”-; el club es el Jockey Club; el compañero de su hijo es César Borda. El viejo Curlet es Gustavo Cochet; el doctor Bonastre es el doctor Luis Bonaparte; el compañero es Antonio Leonhardt (seudónimo: Teófilo Madrejón); el gran periodista desalojado del diario -apunta Víttori- puede haber sido Amaro Villanueva; el joven poeta de la costa es Julio Migno. El destinatario de Una carta es Leopoldo Chizzini Melo y el libro: “Tacuara y chamorro”; el doctor Molino Casas es el doctor Salvador Dana Montaño.

[Hay que celebrar la iniciativa de Víttori, porque con sus claves quienes hemos conocido a esas personas, quienes tuvimos la posibilidad de estar cerca de sus amistades o familiares, encontramos otra proyección en cada palabra, en cada línea de escritura. Otras “lecturas y los frecuentes ejercicios de memoria”, permiten aportar otros datos. Salvador M. Dana Montaño -historiador y profesor universitario-, en 1940 fue el primer director del Museo Municipal de Santa Fe. Es interesante comprender cómo las buenas intenciones no son suficientes para la concreción de un propósito y cómo determinadas decisiones pueden generar mayores beneficios. En 1936, el Intendente Municipal Dr. Manuel J. Menchaca firmó y difundió el contenido del decreto Nº 16 de creación del Museo Municipal de Bellas Artes. Ese mismo año, Antonio Colón -quien prefirió dedicarse más a la docencia que a la pintura- y Eduardo Raúl Storni -escritor, autor de monografías-, fundaron con un grupo de pintores y escritores santafesinos, la Agrupación de Artistas “La Montaña” y auspiciaron la muestra que se inauguró el 9 de mayo de 1936 con obras de los rinconeros Ludovico Paganini y Francisco C. Puccinelli, en el salón de arte de calle San Martín 2325.

Se ha recordado que la Agrupación “La Montaña” funcionó en calle Mendoza 2540, organizó exposiciones permanentes de artistas locales, entre ellos cuadros del pintor Julio Lammertyn, los acuarelistas M. Ciorbat, Juan Mula y J. Shur. En ese grupo, Eduardo Raúl Storni era el responsable de organizar las conferencias y las presentaciones de obras de teatro.

Mientras tanto, el decreto Nº 16 del intendente Menchaca era sólo una expresión de deseos, porque recién en 1939 el culto concejal Néstor Blanco Boeri -hermano de Edmundo- elaboró el proyecto que fue sancionado, disponiéndose la creación del Concejo Municipal de Cultura que integraría al Museo Municipal de Bellas Artes y a la Escuela de Pintura -anexa- luego nombrada Escuela Municipal de Bellas Artes “Manuel Belgrano” que funcionó en Tucumán esquina avenida Urquiza en la espaciosa casona donde vivió la familia Alemán. Recién en 1940 pudo ser inaugurado el Museo y el primer director designado fue el Dr. Salvador Dana Montaño secundado por los fundadores de la Agrupación de Artistas “La Montaña” por cuanto nombraron secretario técnico a Antonio Colón y subsecretario a Raúl Storni; luego Dana Montaño ascendió a la Presidencia del Concejo; asumió el nuevo director del Museo Dr. Aurelio N. A. Scarponi (nacido en Santa Fe en 1905, escritor, pintor y grabador). En 1944 fue modificada la Ordenanza Nº 3.824 mediante el decreto Nº 1.749 y se jerarquizó esa área, con la creación de la Pinacoteca, ampliación de la Escuela, Biblioteca e instituto de Folklore; el secretario Antonio Colón asumió la dirección del Museo y su amigo Eduardo Raúl Storni en la secretaría vacante, tal como surge de la información disponible en el primer boletín de 1946. Las exposiciones del Primer Salón Anual de Pintura, Escultura y Grabado, fueron itinerantes y fue posible visitarlas en la Sociedad República del Oeste -en la calle Avenida Freyre-, en la Biblioteca “Mariano Moreno”, un reconocido centro cultural y en el Club “Villa María Selva”, espacio donde el puente negro es un símbolo que conmueve a quienes dejan de verlo por un tiempo y lo pueden volver a divisar. En aquel tiempo había sido invitado a la UNL, el entonces embajador norteamericano Spruille Braden, opositor al coronel Juan Domingo Perón durante la campaña electoral iniciada a fines de 1945, y el 21 de julio de ese año dictó una cátedra sobre Prédica Democrática. El acto comenzó con el himno de Estados Unidos. También es significativo tener en cuenta que en 1945, el Dr. Dana Montaño fue designado interventor en la Universidad Nacional del Litoral.] xli

Algunas conclusiones de Gastón Gori…

La Pluma Incesante del amigo Gastón Gori dejó la escritura de los resultados de una prolongada investigación como la que precede a su interesante ensayo. Destaca en esa oportunidad, la necesidad de disponer de “una pequeña biblioteca” con ediciones que agrupen las obras individuales de los autores santafesinos. El sueño de Gastón se está cumpliendo recién quince años después, lo cual confirma que él siempre ha estado en la vanguardia señalando el rumbo correcto y quizás algún día se reediten libros y comentarios periodísticos de Gudiño Krämer. Mientras tanto, siguiendo con Gori, él reconoció que Gudiño Krämer publicó “Aquerenciada soledad, la región del litoral, y particularmente Santa Fe, tenía su más notable escritor hasta ese momento: Mateo Booz, y ha de servirnos éste como especie de premisa o como punto de contacto y divergencias para comprender hasta qué punto Gudiño Krämer incorporaba -con su libro que daría la tónica a casi toda sus obras posteriores- una nueva visión del hombre que vive en los pueblos y los campos de donde Mateo Booz obtuviera el material anecdótico y humano con que creara sus cuentos. Aunque no sólo Mateo Booz había adquirido renombre. Si Carlos Carranza gozaba de popularidad más o menos limitada a su ciudad, Alcides Greca se había difundido quizá más que el mismo Mateo Booz” –Miguel Ángel Correa-, “proyectado por sus libros y por su actuación pública distinta.”

Don Luis ha valorado la obra de Greca:

“… el más espontáneo y sensible a la realidad; el más audaz, aunque no alcance proyección por limitaciones de su estilo.

… nacido en tierra de indios, en San Javier, desde muy joven tuvo veleidades literarias. Fundó un periódico que en esos tiempos provocó verdaderos escándalos. Se titulaba El Mocoví. Después, estudiante en La Plata, publicó algunos libros funambulescos, al estilo de esos años. ‘Lágrimas del pantano’, se titulaba uno de ellos y estaba dedicado a unos ‘ilustres atorrantes del Paseo de Julio’. Luego, recibido de abogado, actuó en política, fundó algún diario en esta capital, fue diputado nacional, y empezó a dictar cátedras. Alcides Greca filmó una de las primeras películas nacionales sobre el tema del último malón, hecho ocurrido en San Javier en 1904. Al celebrarse el cincuentenario de ese suceso, se proyectó en una sala de San Javier dicha película, en la que actuaban indios del lugar y vecinos…”

Gudiño Krämer ha destacado que “Alcides Greca fundó la primera asociación santafesina de escritores que presidió desde Rosario, como Mateo Booz la presidiría desde Santa Fe después”. Aludió a “la importante producción de Greca como profesor de derecho administrativo”, a “sus ensayos sobre la que a su juicio debería ser sede de la capital de la República” -a Rosario…- como la soñó alguna vez don Ovidio Lagos, al fundar el diario La Capital con el propósito de promover ese cambio. xlii

Destacó Gastón Gori que “Gudiño Krämer trajo su voz nueva, que, no obstante, entronca directamente con una corriente de la literatura nacional: la que tiene en el ‘Martín Fierro’ su más ilustre antecedente. Era lógico que su actitud fuese polémica -al margen de sus libros-… El ‘compromiso’ de Gudiño Krämer está autoconcertado con la clase trabajadora”. Analiza el gigante de las letras, algunos “apasionados juzgamientos -casi siempre orales- de Don Luis…” y afirma: “Si hemos de utilizar su pensamiento, diríamos que para él, el hombre explotado socialmente, no debe ser también un explotado en la literatura. La literatura estaría así al servicio de la liberación social del pueblo sin perder, por supuesto, su carácter artístico… Gudiño Krämer no se limita a la realidad visible exteriorizada por la sicología de los personajes, sino que está, por sobre todo, sensibilizado por las causas de esa realidad.” xliii

Reitera como “en prensa” Breve historia de Santa Fe, anticipa Las hermosas criaturas; Cuentos de Fermín Ponce -Víttori lo reconoció como el alter ego-, Los mocobíes, Ensayo sobre pintura y El folklore en la escuela. Introduce al libro: Estilo del hombre del litoral.

Es evidente que a partir de la pluralidad con que don Luis refleja aspectos de la lucha del hombre para vivir en las islas o en estancias, desempeñando distintos oficios -cazadores, puesteros, chacareros…-, y con sucesivos enfoques desde diferentes perspectivas, al mismo tiempo promueve una mirada sobre esa compleja situación donde el hombre es parte integradora y vital en el paisaje. Sin expresarlo, insinúa al lector entrelíneas, las dificultades que las personas tienen para lograr intercomunicarse, y en consecuencia, leyendo la totalidad de sus mensajes, se genera una oportuna reflexión hasta entender y comprender, que también entre los hombres de la ciudad -en cualquier latitud- persiste ese inexplicable impedimento que con frecuencia los artistas intentan compensar a través de sus obras y es así como el arte confirma su naturaleza universal.

1953: mirada desde la región

Es oportuno expresar que el 25 de febrero de 1953, el presidente de Chile Gral. Carlos Ibañez del Campo invitó al General Juan Domingo Perón para que viajara a ese país, a fin de firmar los acuerdos básicos y definitivos para encauzar las relaciones económicas argentino chilenas, teniendo en cuenta que esa unión podía constituir el germen de la Confederación Sudamericana, por cuanto el libre intercambio -sin fronteras- era una contribución al fortalecimiento de las correspondientes soberanías políticas e independencia económica. El 19 de marzo -día de San José, onomástico de Pedroni-, el presidente argentino asistió a la sesión especial convocada por el Congreso Nacional para ratificar esos acuerdos y después de analizar sucesivas etapas de la historia nacional, manifestó: “A nosotros nos está tocando vivir esta última etapa. Hemos asistido, todavía muchos de nosotros, a la terminación de las formaciones de las nacionalidades en 1870, y presenciamos hoy un nuevo movimiento orgánico y estructural de los viejos pueblos que nos dieron su origen. Es así que hoy se está trabajando en Europa para formar la más formidable confederación de naciones que haya presenciado la historia de la humanidad.

El año 2000, han dicho los visionarios de la historia, ha de encontrar confederados a los continentes. Quizá ésa sea después la lucha de los continentes, hasta que según anuncian hoy algunos, se llegue a la lucha interplanetaria”. (Hubo risas.) Al considerar las críticas negativas que se difundían acerca de esa política de hermandad argentina-chilena, expresó: “…Nada hay detrás de todos nuestros acuerdos que no sea para beneficio del pueblo y para grandeza de nuestra patria. En la política internacional de todos los tiempos, como en la actual, hay quienes se interesan para dominar Estados o gobiernos. Nosotros somos de los que preferimos que nuestra política internacional sea hermanar a los pueblos, porque los gobiernos somos circunstanciales y los pueblos son eternos. Trabajemos por los pueblos, porque los pueblos son los hombres; los Estados y los gobiernos son meramente sus instituciones. Busquemos de unir a esos pueblos, que ellos no dejarán después que sus mandatarios cometan los errores que cometen en el mundo, cuando han llevado a dividir a la humanidad en dos bandos irreconciliables y están listos para aniquilarse pueblos, naciones y sectores enormes de la humanidad. Nosotros no trabajamos para matar a los hombres; trabajamos para que, en colaboración y en cooperación, construyan la felicidad de un mundo mejor, con el que soñamos y por el que trabajamos minuto a minuto”. Luego afirmó: “Estamos listos para hacer lo que hemos hecho con Chile, con cada uno de los pueblos americanos, si es preciso. Y en esto, tanto Chile como la Argentina han sido claros y explícitos por boca de sus gobiernos. Estamos dispuestos a hacer los mismos pactos con cualquier país de América, y es, precisamente, porque estamos exentos de culpa, que podemos arrojar esta primera piedra”.

El 5 de marzo de 1953, las agencias de noticias informaron que había muerto el líder soviético José Stalin. A partir de ese momento el poder unipersonalista se transformó en una dirección colegiada. Esos acontecimientos eran analizados minuciosamente por el entusiasta don Luis, al decir de José Luis Víttori décadas después, el “sagaz, arrogante y vulnerable” jefe de redacción que “apoyaba a los soviéticos con tanta energía, que sus compañeros de redacción lo llamaban la super usina, comparándolo con la capacidad generadora de las represas y los combinats gigantes que la contienda había revelado en Rusia”.

Correspondencia con Pedroni

En 1953 el poeta José Bartolomé –Pepe- Pedroni soportó un infarto, primera huella de una silenciosa afección que culminó en “su más alto vuelo” el 4 de febrero de 1968, cuando “el arrullo del mar, fue cómplice del último suspiro del distinguido poeta santafesino”. xliv

En la primera quincena de abril de 1953, cuando el otoño cubría con frágil hojarasca de sauces y de ceibos, los llanos caminos del hombre del litoral, Gudiño Krämer le escribió al poeta residente en Esperanza y dos días después -el 16 de abril-, Pedroni le contestó:

“Querido Gudiño:

“Recibí su carta del 14 del corriente, que se compone exactamente de cuatro líneas irregulares que afectan la forma de un alambrado de corral criollo, de púa naturalmente. Usted cada vez escribe menos, y cuando lo hace, dice palabras en clave -se me ocurre que para que le cobren menos-, y que se arregle el destinatario. Si va a seguir ese procedimiento, me avisa, que voy a preparar un código privado, de frases largas, condensadas en monosílabos sin sentido; con lo cual usted podrá decirme algo cuando me escribe, sin mayor gasto de tiempo. ¿O es que está ensayando para ministro?”

El suspicaz poeta retribuía a don Luis su singular forma de comunicación y en su respuesta soltaba sus claves mediante oportunas metáforas. “Descifrado su cable” le informa sobre una próxima edición; confirma haber recibido los “últimos números” de “Propósitos” y destaca que “en el del día 2 de abril” le “parecen muy buenos, entre otros, dos artículos de Barleta -que está hecho un héroe-”, al referirse “a los poetas pesimistas y amargos que ya cantan su propio responso”; notas que Pedroni reconoce “vigorosas y justas” y que “dan en el blanco”. Es interesante la profunda mirada del poeta sobre esas publicaciones:

“Además, no tienen errata alguna, lo cual permite leerlas con gusto. Se ve que los artículos de ellos los soplan bien… Nosotros, los de tierra adentro, que nos arreglemos y rasquemos como podamos. Y en cuanto a los poetas, que aprendan a escribir oscuramente. ¿Acaso en poesía no es siempre mejor lo que se adivina? Hágame el favor de decirle a Barletta que vuelva a publicar, como se lo he pedido, mi Mesa de la Paz, que es lo mejor que yo he hecho en los últimos tiempos. Cuado la dieron por primera vez, apareció como si le hubieran tirado una bomba: un pie por aquí y otro pie por allá. Son pacifistas, pero no con los poemas. Le tienen rabia al verso!”

Sigue el poeta su carta con un recuerdo emocionado al corredor Marcilla:

“…Me conmoví al saber que la gente anónima ponía flores al pie de la columna donde el corredor se abrazó a la muerte. Era, además, el buen muchacho, un ejemplo de conducta cívica. Me informé también -no puedo asegurarlo- que se hacía alrededor de su nombre un silencio injusto. La organización radial procuraba no nombrarlo. Todo esto me consternó y me soliviantó en la emoción y la pena, y finalmente compuse esas cuatro líneas que le envío y que espero le agraden. Los muchachos de Esperanza, vecinos míos, dirigente del Club Ciclista (tales son mis buenas amistades, y me siento muy feliz de tenerlas!) me pidieron el poema y lo mandaron a ‘El Gráfico’, con una carta. Allí lo mandarían al canasto. No ha aparecido hasta ahora, por lo menos. En ‘El Gráfico’ creo que anda metido un sacerdote de apellido Vigil, amante de la paz celestial y de los pesos, y como yo soy partidario de la paz en la tierra…”

Esos puntos suspensivos son una invitación a la pausa para comparar y es probable que en los últimos años del siglo, los hombres de palabra -como los ha reconocido Víttori-, sigan padeciendo incertidumbres semejantes y silencios nunca deseados. xlv

Pedroni expresa en esa carta, que se estaba organizando en Chile el “Congreso Cultural Americano” y transmite su sorpresa al no haber visto el nombre de Gudiño Krämer entre los adherentes y en esa carta se lo comunicó. En el párrafo siguiente el poeta alude a un poema suyo sobre “Santa Fe la vieja” que le había enviado a don Agustín Zapata Gollán y que por sugerencia suya, luego remitió a “La Nación” aunque Pedroni insistía en “el malestar que tenía con el diario porteño por aquel silencio con la Mesa de la Paz”, que sería reparado con la publicación de ese poema, “el domingo 19” de acuerdo a las noticias enviadas por expreso por el escritor Eduardo Mallea, director de las páginas literarias de ese diario. Es fácil conjeturar cómo estaría alerta don Pepe esperando la llegada de los diarios del domingo para comprobar si se había cumplido la promesa. Lo que es imposible prever, es cómo terminó el poeta aquella carta:

“Todo esto fue motivo para que yo le enviara a don Agustín una copia del poema ‘canasteado’. Zapata me dijo textualmente: ¡Qué lástima, tan lindo el poema! Ya ve -le respondí-, y saque usted las conclusiones. A mi ver, esa gente está descaminada, etc. Conviene que la gente se vaya enterando de estos entretelones que ponen al descubierto el alma de los grandes diarios.

Estoy, en este momento, trabajando en un pequeño poema sobre Las Malvinas, que así se titula el trabajo. Me he leído un par de libros, y hasta ahora no he hecho más que una estrofa. Estoy empantanado; pero soy porfiado. Me sucedió lo mismo con el Canto al Camionero Nocturno. Tenía todo el mundo en contra. ¡Qué tema! -me decían- Hubo quien agregó: Pero si los camioneros son unos antipáticos…

Ahí va la primera estrofa del verso malvinero:

Tiene las alas salpicadas de islotes,

Es nuestra mariposa del mar.

La patria la contempla desde la costa madre

con un dolor que no se va”.

Bueno, esta larga carta es para que aprenda a escribir largamente cuando se dirija a este amigo. No me venga con cuatro gritos.

Reciba un fuerte abrazo de su amigo, y que le vaya bien por la Capital. Saludos a Da. Clorinda, míos y de Elena. José Pedroni.”

(En ese tiempo, se había suicidado Juan Duarte, el hermano de Eva Perón que era el secretario privado del presidente, hubo rumores de asesinato a pesar de las cartas encontradas y en consecuencia el 15 de abril de 1953 la CGT convocó a una concentración para demostrar su apoyo al líder, rechazando esas acusaciones y algunas alusiones a supuestas irregularidades administrativas. Trascendió que la oposición hizo explotar varias bombas y la crueldad dejó sus rastros siniestros: hubo cuatro muertos y más de veinte heridos. De inmediato se produjo una reacción y grupos nacionalistas incendiaron las instalaciones del Jockey Club, centro de reunión de la alta sociedad porteña, produjeron roturas en algunos comités radicales y centros socialistas. A pesar de la ley Nº 22.105, estableciendo que las asociaciones gremiales no deben participar en actividades políticas ajenas a su objetivo de defensa del trabajador ni prestar apoyo directo o indirecto a partidos o candidatos políticos; en la práctica no se ha cumplido.)

En 1953 don Luis, “el incorregible recorredor de su país vuelve a las andadas, pero esta vez quiere ver mundo: Francia, Holanda, la Unión Soviética, Checoeslovaquia, Polonia, Portugal, España, son las etapas de su travesía”. xlvi

Durante ese otoño el poeta José Pedroni estaba recuperando su salud. El 31 de julio, envió otra carta al “Señor Luis Gudiño Krämer. Querido Compañero”, advirtiéndole sobre la responsabilidad que tendría, como encargado de hacer cumplir su última voluntad y de cuidar sus bienes. Escribió Pedroni:

“Ya sabe que usted es mi albacea. En tal carácter, y si por este antipático frío austral acaba conmigo, le envío Las Malvinas, ese humilde poemita mío al que la prensa seria parece tenerle miedo. A tantos años de Martín Fierro, y en una hora que no es de paz sino de generosa guerra por la causa del hombre, hay todavía quienes no quieren que el poeta ‘cante opinando’. La consigna de esta gente es la de ‘no comprometerse’; la orden que mandan observar es de una desaprensión que saca la piel de gallina: ‘Dejad que los otros se rompan el alma. Mientras, cantad a la luna empobrecida de sangre, a la margarita de los caminos que el viento deshoja y a los cenobitas de la edad media que duermen en sarcófagos pesados y sordos? Los temas tiene que proponérselos el poeta, para lo cual lo más indicado es ladearle la cara al pueblo de ojos suplicantes, al semejante, e ir a hablar con las vacas.

Entonces uno se envuelve en una ropa larga y suelta, sin mangas, que permita hablar mal de las espinas del camino, y con paso nocturno lánguido, fija la mirada en la lejanía, con desprecio de la realidad circundante, avanza majestuosamente hacia el animal que pace o hacia la blanca roca que sobresale del suelo, para exclamar: Oh, vaca; oh roca (no se arriesga nada con la elección, porque una no habla y la otra no se mueve, sólo tú me comprendes). Inmediatamente después uno se sienta sobre la hierba muelle, busca por el aire el tema formidable, y ¡zas! comienza el soneto, en cuyo último terceto las palabras ‘mala suerte’ y ‘pálida muerte’ deben encontrarse. Además se hacen cosas maravillosas, decidiéndose a no comprender el mundo, a hacerse el loco, a hablar mal de los hombres, a decir que la humanidad no tiene remedio, que el hombre es un mal sujeto, que la vida no vale la pena vivirla y otras macanas por el estilo. Después usted junta todo eso, hace un libro y se lo dedica a algún difunto. ¡No meterse con los vivos y con los que quieren vivir! La dicha está en el más allá. Resignación y desentendimiento. Esta es la fórmula. O también aquella otra, un poco más egoísta: Después de mí, el diluvio.

Verdaderamente es una lástima no poseer eso que podría llamarse la aptitud de la locura. Porque vea que hay algunos, muchos, que saben hacerse los locos o los zonzos, ya lamentablemente, no tenemos esa habilidad, y como el personaje martinferriano, no podemos sacar las patas de la güella, aunque vengan degollando. Es nuestro destino. ¡Nuestro noble destino, amigazo!

Y chau, porque si continúo voy a empezar a decir macanas.

Su amigo invariable. José Pedroni”.

1953: más gotas de agua…

Se impone recordar otros hechos. En 1953 se celebró el trigésimo aniversario de la edición de La gota de agua que llegó justo para calmar la divina sed. Entre las costumbres de los argentinos se mantiene inalterable la de confirmar que “el mérito es el náufrago del alma que vivo se hunde, pero muerto flota” aunque a veces -mejor es que así sea- los reconocimientos son en las vísperas, cuando alguna enfermedad confirma el último tramo de una perceptible agonía. Desde Esperanza se proyectó el canto del poeta y al mes siguiente su mensaje fue reproducido en el semanario “Propósitos” donde Leónidas Barletta era vigilante protector de esa ejemplar caja de resonancia.

1955: “Escritores y Plásticos del Litoral”.

En la primera edición de “El Litoral” de 1955 -no de 1965 como se lee en una antología de “las provincias y su literatura”-, don Luis reitera como “en prensa Breve historia de Santa Fe”…

Introduce al libro: I – Estilo del hombre del litoral y permite una mayor aproximación a los valores que determinaron su obra, ya que en esas páginas es posible leer:

“Para juzgar con cierta aproximación los valores literarios y plásticos, no se puede eludir la consideración ni dejar de hacer el análisis de los cambios sociales, económicos y políticos que ha sufrido el litoral en los últimos años, desde que todo proceso de cultura y de creación literaria y artística, responde precisamente, a la influencia de las transformaciones del medio social más que a la gravitación de los individuos aislados”…

“Sentimos el deber de interpretar este suelo en su integridad espacial, en su naturaleza y en sus hombres, en el tiempo, en el espacio y en el sentimiento.”

“Creemos que el artista representa y refleja las tendencias del medio y obedece a la presión de las culturas e intereses a los que pertenece. Los testimonios del arte sirven, precisamente para comprender las épocas y son valiosos en cuanto mejor reflejan la realidad o la sociedad de su tiempo. Decir arte es decir estilos y hombres…

Santa Fe, enclavada en el litoral con vida auténtica desde 1573 alarga su sombra, perforada de estrellas, desde el mapa de la República, y con orgullo sentimos que esa sombra se prolonga desde nuestros pies.

Sentimos el deber de interpretar este suelo en su integridad espacial, en su naturaleza y en sus hombres. En el tiempo, en el espacio y en el sentimiento…” xlvii

En ese libro refleja algunas de sus reflexiones acerca del idioma:

“Salvar en la expresión literaria el idioma vivo del país es acaso la tarea más importante del escritor, pero no basta con reproducirlo en sus formas. Los idiomas se enriquecen a medida que los matices expresivos se convierten en lenguaje comunicativo y popular y dejan de ser ejercicios retóricos, comprendidos solamente por los iniciados.”

Al ser un lector perseverante con suficiente entrenamiento en su memoria, en sus escritos confluyen los testimonios de destacadas personalidades. Don Luis ha reconocido que…

“Don Juan María Gutiérrez es tal vez el que deja los antecedentes más seriamente documentados sobre esa necesidad de mantener nuestra expresión libre de directivas extrañas al sentimiento político y vital de las nuevas repúblicas americanas. Cuando rechaza su título de académico, expresa estas tres razones fundamentales: El escritor americano no debe acatar legisladores de su lenguaje, porque pueden convertirse en legisladores de su pensamiento; la Real Academia, fundada con fines políticos para servir al trono de los Borbones, enemigo de la libertad americana, no puede extender su mandato a los pueblos que se separaron de ese trono, después de larga y sangrienta lucha; el purismo del idioma español es un mito, ya que la raza de la península metrópoli está formada por un conglomerado de pueblos disímiles. Pretender cristalizar el idioma de América en nombre de aquel purismo, es, pues, una aberración.”

Rememora don Luis la polémica entre Gutiérrez -que firmaba las cartas como un porteño y al decir de don Marcelino Menéndez Pelayo era “el más completo hombre de letras que hasta ahora ha producido aquella parte del nuevo continente” y Antón Perulero -seudónimo de Juan Martínez Villegas”. En la primera de esas cartas, Gutiérrez se había referido al “origen de la Academia, en tiempos de Felipe V, primero de los Borbones de España, con fines de esclavizar lo único que quedaba libre en España: el idioma…” En otra carta, un porteño reiteraba que…

“… El doctor Gutiérrez piensa con razón que en un pueblo cuyos órganos todos están en desenvolvimiento, en mejora y progreso, el órgano de las ideas también lo está, y que fijarlo sería como parar un reloj para saber la hora a punto fijo…”

Se han generado sucesivos ensayos sobre lo popular, lo gauchesco, lo folklórico y lo regional. Más que conceptos opuestos son complementarios porque hay que comprender que la cultura es una sola ya que está representando -con distintos signos, con semejantes símbolismos…- el conjunto de las manifestaciones humanas en determinados espacios y circunstancias. xlviii

Trascendencia de Mateo Booz…

Gudiño Krämer reconoce en Mateo Booz al escritor “delicado, con el ánimo siempre dispuesto a no herir, a no plantear conflictos de ningún orden” y señala que en consecuencia, a su juicio…

“… se ve limitado en cuanto a la trascendencia de su obra, numerosa y calificada, por el medio en que actúa. Este medio social lo inhibe, malográndose así un escritor de raza, obligado en cierto modo, en los últimos tiempos, a escribir perentoriamente pues es su trabajo literario su única fuente de recursos. Recién entonces es un escritor profesional. Una enfermedad cruel le ocasiona la muerte cuando el mismo oficio le estaba convirtiendo en un narrador de la vida múltiple de su pueblo, que comenzaba a ver desde un ángulo distinto.

Miguel Ángel Correa, como escritor, conformaba un tipo de trabajador cuyos rasgos más fijos consistían en su deliberado divorcio con lo cotidiano y transcurrente, en lo que tenían de amargo o desagradable. Con delicadeza y fino tacto y recato espiritual rehuía toda crítica de carácter polémico y cuidaba mucho no herir o molestar a sus coterráneos en su literatura.

Este cuidado atento de las conveniencias sociales, impuesto por la delicadeza de su carácter, le llevó, posiblemente al terreno en que se ubicó literalmente, y desde el cual procuró cumplir con su deber de la mejor manera. En Correa pugnaba por aflorar a la superficie, sin embargo, in espíritu verdaderamente crítico, una visión irónica de las cosas, un gran sentido del ridículo, una inclinación pronunciada hacia la burla. Esta condición de observador agudo, le llevaba al humorismo, pero su bondad natural, el sentido del deber social y la frecuentación cotidiana de un mundo reducido y un medio pequeño, reprimía en él esa tendencia que siendo intelectual, solamente sucumbía, en un hombre de su temperamento, frente a las consideraciones del orden de la convivencia amable que señalamos. Hombre demasiado humano, podríamos decir, aunque fuera lo humano, al fin de cuentas lo que en él se mutilaba y disminuía. Por eso Santa Fe le resulta deudora de algo más que de un simple servicio. Le resulta deudora de un gran sacrificio, de un verdadero desgarramiento, del sacrificio mayor que un escritor puede hacer.”

Es evidente que en esas valoraciones, se refleja el sentimiento de un amigo, consciente de que…

“… en Correa se festejó su bondad y su generosidad, puesto que pudiendo marcar una época y señalar todo lo que ella tenía de mezquino y de injusto, prefirió describir las costumbres de antaño, o el paisaje, o repetir la anécdotas reiteradas y sonreír ante las debilidades de sus más pintorescos coterráneos. Ganó el favor de críticos y colegas por su bondad, y porque sin lugar a dudas, él era el más representativo de los escritores de su tiempo en esta provincia, pero nadie le alentó, realmente, a emprender el camino de una realidad que estaba ahí, esperando el soplo animador de su palabra para conmover las inteligencias del país. Esa realidad social no le era extraña; sus efectos le conmovían; en algunas ocasiones se había asomado a ella. Si se abstuvo de señalarla como él hubiera podido hacerlo no fue por indiferencia o cobardía. Correa no fue un hombre mezquino en ningún sentido. Fue más bien por no herir, por no ofender, por no desagradar. Él ofrecía otras visiones de su país, de su Santa Fe entrañable, pero en la pluma le temblaba el deseo de agregar lo que sabía que era necesario agregar, así se molestaran los lectores cómodos y se violentaran los empresarios calculadores. Estamos seguros de que si no se dejó arrastrar por esa suerte de embriaguez con que la verdad suele tentar, fue porque no le creyeran empeñado en promover escándalo, o en atraer curiosidad sobre sus letras. Y ese escrúpulo está igualmente ligado al medio que le absorbía y tiranizaba con sus prejuicios, que en él eran, sin embargo, de buen gusto.”

“… Mateo Booz demostró todo lo que él podía hacer con su talento, en dos de los que consideramos sus mejores libros: ‘El tropel’ –1942- y ‘Aleluyas del Brigadier’. En ambos resplandece la figura de López, y el pasado de Santa Fe constituye motivo de inspiración y exaltación literaria.” xlix

Acerca de la obra de Carlos Carlino…

En una mirada hacia el centro de Santa Fe, don Luis valora la obra de Carlos Carlino proyectada desde un pueblo silencioso: San Fabián en los libros Cara a Cara -1933- y al año siguiente en Vecindades. Reconoce que el poeta en sus versos…

“… transparenta un profundo descontento y desprecio por las formas de vida rutinaria en los pueblos chicos de la campaña…

en algún poema aparece el resentimiento del hijo de gringo, tratado despectivamente por el criollo, hasta que exalta la mezcla de corrientes que dará el tipo nuevo, sin mácula, limpito como un níquel, apenas acuñado…”

Ha tenido en cuenta don Luis al establecer tales conclusiones, la carta de José Bartolomé Pedroni a Carlos Carlino difundida desde Esperanza al concretarse la edición de El Pan nuestro: “Como yo, tú eres santafesino / poetas ambos de la tierra del lino.” Al cantar a la tierra señala el poeta de la esperanza: “Cantámosla en su verdad pasada / el nono piamoantés / que en honor de la nona bienamada / que era la propia mies, / sembróla en oro por la tierra arada, / hasta morir en paz; / y el buen nono lombardo / que a cuchara y martillo / edificó su casa y treinta más, / sin perder un ladrillo.”

Presencia de Carlos María Onetti…

Gudiño Krämer al valorar la obra literaria de los hombres del litoral, destaca el movimiento literario promovido por Carlos María Onetti desde el Instituto del Profesorado de la Facultad de Ciencias de la Educación, dependiente de la Universidad Nacional del Litoral. Destacó don Luis que “discípulos y amigos como Amaro Villanueva, Martínez Howard, Solla González, Carlos Alberto Álvarez, Rubén M. Turi y Reynaldo Ross, recibirán de Onetti múltiples ejemplos y sugestiones. Onetti fue un maestro lleno de juventud” (y falleció en 1939).

Acerca de Amaro Villanueva…

…”De este grupo rompe el fuego Amaro Villanueva en 1937 con ‘Versos para la oreja’, promoviendo gran expectación, pues en sus poemas campeaba un estilo nuevo, de intención aguda, lleno de argentinismos y de simpatía humana…

Después publicó El mate, que obtuvo el premio regional de la C. N. –comisión nacional- de Cultura en 1945, Crítica y pico, cuatro ensayos de gran calidad sobre Hernández, preludios del Martín Fierro, Don Juan (Gutiérrez) poeta y el Ingenioso Hidalgo (Bartolomé Hidalgo).

Amaro Villanueva se complace en jugar con el vocablo, en la superficie… no lo hace puerilmente, porque en lo profundo todos los gérmenes de una saludable crítica y revisión se mueven con naturalidad; también su intención es en cierto modo plásticamente gauchesca, como si dijera, para que no lo crean a uno solemne o echado para atrás… Cuentos, ensayos, notas periodísticas y la serie de artículos polémicos dirigidos a Martínez Estrada ocupan a Villanueva estos últimos años.”

Otro entrerriano: Juanele Ortiz…

Se ha advertido que no tuvieron la influencia de Onetti los poetas Juan L. Ortiz ni Marcelino M. Román. Gudiño Krämer en 1955 menciona los títulos publicados por Juanele: “1933: ‘El agua y la noche’, 1937 ‘El alba sube’; 1940 ‘La rama hacia el este’, en 1947 ‘El álamo y el viento’, poemas escritos desde 1941 a 1945; 1949 ‘El aire conmovido’; 1951 ‘La mano infinita’ y a fines de 1954 ‘La brisa profunda’.” En ese tiempo, “tiene otros libros para editar”. Don Luis destaca que “Ortiz, desde su iniciación, y a despecho de la influencia épica y algo detonante del medio literario entrerriano, poco dado a esta poesía en voz baja, desarrolla sus poemas atendiendo a la música interior, a las formas y al contenido. De rara sensibilidad plástica y mucho recato y timidez. Ortiz no discute ni afirma pedantescamente; él indaga y adelanta sus abejas insaciables; necesita ser leído reflexivamente.” Penetrante en sus juicios, Don Luis comparte lo expresado por Bernardo Verbistky en “Noticias Gráficas” acerca de “El álamo y el viento”: “Juan L. Ortiz sabe que en medio de la realidad de tanta belleza, en la fantasmagórica hermosura de esos cielos, de las rosas y dorados de los crepúsculos, hay unos ranchos miserables en los que también juega la luz de los atardeceres, pero que son albergue indecoroso de seres humanos a los que es ajeno todo ese despliegue maravilloso de la naturaleza…”

Un poeta singular: Marcelino M. Román…

Gudiño Krämer nombra a otro poeta entrerriano que no tuvo influencias de Onetti: “Marcelino M. Román, de quien podría decirse, como de Hudson, que es un singular escritor” y reitera esa calificación: “Marcelino Román, singular poeta, se forma intuitivamente, en trabajos y sufrimientos. Busca la experiencia vital y trabaja como peón en las cosechas y en los frigoríficos. Estos últimos años –década del 50- hace periodismo, sosegadamente, y organiza su vocación con una constancia y amor al trabajo extraordinarios. Talvez Román escriba con demasiada espontaneidad, en una fiebre creadora que lo aleja, a veces, de una necesaria autocrítica. Pero, de la enorme obra publicada en libros y en diarios y en revistas, del centenar de ensayos y artículos, quedan suficientes expresiones maduras como para poderlo situar entre los grandes poetas populares del país. Y digo popular en el sentido de su proyección social, como se llama poeta popular a Hernández y a Almafuerte”. En 1955 Marcelino Román estaba trabajando “en temas del folklore, disciplina que inauguró con ‘Pájaros de nuestra tierra’ publicado en 1944, poemas descriptivos de 40 pájaros del litoral, desde el Juan Soldado a la golondrina”, libro que “obtuvo un premio regional de la Comisión Nacional de Cultura”. Otros títulos que cita don Luis: 1941 – “Calle y Cielo” y “un libro de coplas para los hijos de Fierro, 365 coplas, una para cada día del año”; 1943 – “Tierra y gente”, “libro de valiente polémica, y al mismo tiempo, un breviario, una especie de Biblia donde los trabajos y los sueños del trabajador rural quedan descritos, y sus reflexiones sintetizadas y fijadas en sus rasgos típicos y en su esencia final… Tierra y gente es el drama del hombre sobre un país que no le es propio, ni en la esperanza, pero que él aspira a regir… Él desarrolla sus ideas y las enarbola y las hace flamear sobre ese hombre y esa tierra que tanto ama y siente”. Román en 1950 publicó “Canciones del mar Caribe” y “Tierra de amor” y en 1953, “América criolla”. En prosa, en 1951 publicó “Sentido y alcance de los estudios folklóricos” y durante ese lustro, tenía “para publicar: ‘Yuyos y árboles en el folklore’ e ‘Itinerario del payador’. Es autor, también, de una recopilación y recreación de cuentos populares de Entre Ríos.”

Pueden aproximar al lector a ese espíritu sensible cuya resonancia aún se percibe en ambas orillas del Paraná, estos versos suyos:

“… La pujanza del alma cava hondo

en dura tierra de penar,

donde afirmamos nuestra alegría

como un horcón de ñandubay.

Aquí estamos, aquí padecemos

y aquí nos ponemos a cantar,

con nuestro paisaje, con nuestra gente,

con nuestra limpia sinceridad.

Con voz criolla, argentina, rioplatense

americana y universal…”

1955: “Páginas culturales” y trayectorias de artistas plásticos…

La labor de Gudiño Krämer como crítico de arte se proyectó desde las páginas culturales del diario cuya jerarquía contribuyó a construir

En 1955, entregó una interesante recopilación de antecedentes sobre dibujantes, grabadores, pintores y escultores que pasaron o vivieron en Santa Fe. Ese año, la Argentina parecía ser un volcán en erupción -hubo un atroz bombardeo, muertos y heridos; lamentables incendios e injustificadas persecuciones resultantes de la detestable obsecuencia que se suele manifestar en contraste con leales convicciones. Don Luis propuso otra mirada desde el litoral al destacar algunos bienes culturales, que emergen de la obra de perseverantes artistas. Con interesantes planteos contribuye a una toma de conciencia acerca de la sucesión de hechos que ha provocado una realidad nacional que al ser observada desde una ciudad provinciana tiene un significativo perfil.

En su revisión de los antecedentes plásticos, Luis Gudiño Krämer incluye la reducción del Padre Florián Paucke, donde los aborígenes sanjavierinos “pintan cuadros religiosos, tallan Cristos y santos de bulto, altares y paramentos” como resultado del aprendizaje propuesto por ese “extraordinario acuarelista”. Algunas “maderas pintadas” fueron traídas desde Perú y “en la iglesia catedral de Santa Fe, levantada definitivamente en 1743, figuran las siguientes obras de arte: un cristo en mármol de Jean Baptiste Pigale (1753); un Niño Dios, al óleo; una decapitación de San Fermín, de Mauricio García, Cuzco, 1751; un San Pedro, óleo anónimo; una talla de San Jerónimo, hispano colonial; pilas de mármol, estatuillas de madera, ornamentos, etc.”

Advierte Gudiño Krämer que “pasan muchos años hasta que aparece en Santa Fe, Francisco Javier de la Rosa, el ermitaño, escultor, fundidor de campanas, pintor y escritor… cuyos rasgos dejó en 1780 en un autorretrato que fue reproducido por la pintora santafesina Ana Galán de Coll, “copia fiel del original, que se perdió”.

En la Academia de los Jesuitas, el pintor italiano Héctor Facino pintó cuadros religiosos y profanos. De él se conserva en el Museo Provincial Rosa Galisteo de Rodríguez, un retrato del brigadier general don Estanislao López, descansando debajo de un corpulento ombú”… Discípulas de Facino son las primeras pintoras santafesinas: Josefa Díaz, Ana Galán de Coll y Rosario Pujato Crespo y aunque las tres figuran en el catálogo Cien años de pintura santafesina elaborado por Horacio Caillet Bois en 1945 y editado por la Dirección General de Bellas Artes. Sólo Josefa Díaz y Clucellas (n. 1852 en Santa Fe) ha trascendido por sus obras y como lo ha evaluado el doctor José Pérez Martín: “…hizo pintura propia, aunque en sus óleos religiosos campee el tradicional simbolismo de las estampas” -y se puede agregar que en los salones de ese museo se suele exhibir una naturaleza muerta cuya reproducción es frecuente; también el retrato de Francisco Clucellas y un autoretrato sobre un plano pequeño. A los cuarenta y dos años cumplió otra misión al ingresar en la orden de las Hermanas Adoratrices y siguió desarrollando su vocación artística hasta su fallecimiento en la cordobesa Villa del Rosario, el 24 de septiembre de 1917.

En cuadernos de cultura de la provincia de Santa Fe hay nombres y apellidos de artistas plásticos, cuyas sílabas recordamos mucho más que los títulos o los estilos de sus obras. Nombres de apenas un grupo de caminantes entre los millones que habrán transitado el umbral de la inmortalidad en ese tiempo. Don Luis Gudiño Krämer, en una aproximación a las artes plásticas -… visuales-, alude a algunos artistas nacidos en el siglo XIX: los maestros D’Annunzio; Reinares Méndez, Cingolani, Cabedo, Sergi y Cochet. Es oportuna una aproximación a esas trayectorias y una mirada sobre sus cuadros, cuando se exhiben en los museos cercanos o en reproducciones en catálogos y enciclopedias.

José María D’Annunzio (italiano, de Poggio Imperiale, provincia de Foggia, nacido el 6 de marzo de 1864; en 1887 en Buenos Aires y desde 1895 en Santa Fe, donde fundó la primera Academia de Dibujo y Pintura con subvención del gobierno de la provincia; obtuvo la ciudadanía argentina y falleció el 11 de septiembre de 1950.

José María Reinares Mendez (nacido en 1876, proveniente de La Rioja, España; vivió en Santa Fe desde los cuatro años; en su instrucción primaria participó una hermana que era maestra normal; carrera que él inició y abandonó para estudiar pintura con la primera pintora santafesina –reconocida-, Josefa Díaz y Clucellas. Se perfeccionó en arte litográfico en Buenos Aires e ingresó en el Departamento Topográfico del Ministerio de Guerra de la Nación, siguiendo la reseña biográfica de Antonio Colon, quien señala su fallecimiento en 1925 (siendo 1924 la fecha indicada por Gudiño).

Es oportuno tener en cuenta que la academia de Reinares funcionó hasta 1925 en la casona sureña conocida como la Chinesca, en calle 25 de Mayo entre Buenos Aires -actual Monseñor Zazpe- y General López (construcción demolida, que había sido construida por Jonás Larguía; siendo posesión inmediata de don Mariano Cabal, allí crecieron sus hijos y se realizaron reuniones políticas).

Concurrió a la academia de Reynares el pintor Héctor Lauría (1891-1963), quien completó sus estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires; integró el grupo organizado por el pintor Eliseo Fausto Coppini, primeros y segundos premios en la Municipalidad de Santa Fe (1910-1911); en 1923 expuso en la porteña Galería Witcomb y en el Salón Anual del Museo Rosa Galisteo, seis décadas después fue seleccionado para una muestra retrospectiva, homenaje de la Asociación de Artistas Plásticos de Santa Fe.

Se lee en la edición de don Luis que “Juan Cingolani, nació en 1850 en Montecassiano, Italia” y evidentemente hubo un error de trascripción, porque luego reconoce que “sus orígenes fueron humildísimos y luchó con todos los obstáculos que pueden oponerse en el camino del artista, pero nada le arredró. En 1874, a los 15 años, obtiene del Consejo Provincial una beca de 500 liras que le permite seguir los cursos de la Academia de Perugia.” Esa información coincide con la que aporta en otra lectura don Antonio Colón: “Juan Cingolani (1859-1932) nace en la Aldea San Egidio, comuna de Monte Cassiano, provincia de Macerata, Italia, el 22 de enero de 1859. Estudió dibujo y pintura en su país de origen, joven (a los 20 años de edad), se recibe de profesor en la Academia de Bellas Artes de Perugia… Sus amigos dilectos, le facilitan la instalación de su taller en pleno centro de Roma, en el Palacio de San Juan de Letrán. Sus prestigios llegan al Papa León XIII, que le honra con su amistad, y por orden del célebre profesor alemán Ludovico Seitz, director de las galerías y museos de los Palacios Apostólicos, se le encargó la reparación de la Pinacoteca del Vaticano. En Italia se exhiben algunos de sus cuadros: ‘La Eucaristía’, óleo de 1895, en la Iglesia de Concegre, de Padua”; del año siguiente, “el retrato del ‘Profesor Pampinoni’, en Macerata”; en “1890 realizó varios retratos, entre ellos: ‘Cardenal Sepratovich’ que se encuentra en Grecia y ‘San León el grande’, propiedad de la Iglesia Armenia de Constantinopla, en Turquía.” En la Argentina, sus obras se exhiben en distintos museos y “su arte religioso permanece en frescos de la Iglesia de Ntra. Sra. de Guadalupe; en medallones del templo de San Francisco y de Santo Domingo; en la bóveda del templo de Nuestra Sra. del Carmen”, frescos realizados con el maestro Francisco Marinario. Falleció en Santa Fe el 23 de abril de 1932. l

Salvador Cabedo, nació en Valencia -España- en 1869, llegó a la Argentina len 1907, ejerció la docencia en el Colegio del Salvador; en 1911 se trasladó a Santa Fe, ingresó como profesor en el Colegio de la Inmaculada, luego en la Academia Reinares y en el Colegio Nacional “Simón de Iriondo”; vivió hasta los ochenta años (1949).

Sergio Sergi (seudónimo de Sergio Hocevar), nacido en Trieste, Italia, en 1896; estudiante en la Escuela de Artes Gráficas de Viena -Austria-. Gudiño Krämer destaca que “en 1937, Sergio Sergi, el notable xilógrafo, inicia sus enseñanzas de dibujo en la escuela profesional nocturna ‘Leandro N. Alem’, la primera escuela nocturna para adultos creada en Santa Fe en 1896, con las especialidades Dactilografía, Litografía, Tipografía y Telegrafía; siendo el primer director don Amadeo Ramírez, de donde egresaron el litógrafo José María Reinares; el tipógrafo Virginio Colmegna; los grabadores Emilio Diguier y Mario Betemps, entre otros.” Luego fue director el farmacéutico, escritor, dibujante y pintor Remigio Doval Keller y funcionaban los cursos de Dibujo Comercial y de Dibujo Pintura a cargo de los profesores Enrique Estrada Bello; Baldomero Banús, Roberto López Carnelli.

En 1936 expusieron por primera vez en un salón colectivo Ricardo Supisiche, Mario Antonio Gargatagli (dos años después obtuvo una Beca del gobierno de Santa Fe para perfeccionamiento en la Capital Federal.

Ricardo A. Supisiche (1912), estudió en la Academia Provincial Reinares y con Sergio Sergi se perfeccionó en grabados. Casado con la ceramista Blanca Fuica, era frecuente encontrarlos en los alrededores de su hogar, en la calle Catamarca -actual Eva Perón- entre 1º de Mayo y 9 de Julio. Supi, desde joven admiró el paisaje de la costa y sus cuadros reflejan lo esencial: la llanura despojada de ornamentos; ranchos con techos de paja; personajes de intemperie transitando sobre resbaladiza greda; en borrados caminos aparece alguna mujer de espaldas, o en silenciosa espera; algún niño buscando protección al menos en una mano. En sus cuadros se advierte un estilo irrepetible, original representación del vasto panorama costero, con amarillos, ocres y marrones, con alguna pincelaba blanca o negra, el imprescindible contraste para completar la armonía.

Mario Gargatagli nació en Santa Fe en 1908, estudió con Sergio Sergi, después de terminar el profesorado en la Escuela Superior de Bellas Artes ‘Ernesto de la Cárcova’ de la Capital Federal con el perfeccionamiento logrado junto a los maestros Cesáreo Bernaldo de Quirós, Alfredo Guido y Enrique Larrañaga, retornó a su ciudad natal y presentó obras en sucesivas exposiciones. Obtuvo treinta y ocho distinciones y concretó muestras individuales en Paraná (Entre Ríos) y en la Capital Federal. Radicado en Entre Ríos, ejerció allí el profesorado, fundó la Sociedad de Artistas Plásticos Entrerrianos y fue becado por el gobierno de esa provincia para completar estudios en Italia, Francia y España.

Creada la Escuela Provincial de Bellas Artes, con la orientación de Luis Falcini, fue su primer director Sergio Sergi”, amigo de Juan Mantovani y en aquel tiempo, restaurador en el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez, donde expuso periódicamente. En el recuerdo de un niño -Carlos Nicchi, hijo de Alcira Doglioli Mantovani, sobrino del doctor Rodolfo José Doglioli y cercano a Juan Mantovani-, permanece la imagen de Sergio Sergi como un hombre tranquilo, alguna vez propenso a incursionar en la cocina.

(Y… ésta no es una trivial anécdota de aldea, sino una confirmación de que el hombre, suele ser mucho más que lo que se aprecia en apariencias -en corrales, en fábricas, en vidrieras y en salones de literarios, de juegos o de belleza…- si con un noble gesto, logra esencialmente impresionar la memoria de un niño hasta llegar a conmoverlo en la edad madura.)

Gustavo Cochet (nacido en Rosario en 1894, viajó por Europa, instaló su estudio en Barcelona y como consecuencia de la guerra civil española retornó a la Argentina; llegó a Santa Fe a principios de la década del 40. Fue un notable grabador, y ha señalado Gudiño Krämer que “el Poema con labradores de Carlino, El pan nuestro de Pedroni, con la novela de Meroi y la pintura de Cochet, son los testimonios de esa nueva expresión que nace del choque del inmigrante con las fuerzas coloniales”. En 1943 en el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez hubo una exposición de sus obras con motivo de la conmemoración del vigésimo quinto aniversario de su primera muestra. Tenía setenta y ocho años cuando seguía con su arte en la localidad de Funes, cercana a su ciudad natal, cumpliendo “tareas diarias que superan las horas habituales de trabajo”.

Gudiño Krämer ubica en “la primera generación: Ludovico Paganini, José García Bañón, Baldomero Banús, Agustín Zapata Gollán, Enrique Estrada Bello, José Domenichini, Miro –Miroslav- Bardonek, Julio Lammertyn, Virginio Pozzi; Antonio Colón, José Sedlacek, Domingo Carrieres, Remigio Doval, Juan Mula, Juan Manuel Oliva, Raúl Schurjin, Eduardo Navarro, José Miralles, José Pascual Pagela, Pascual Castignani; Mauricio Grewell, Emilio Donati y Alfredo Moreau.

(En esa nómina están identificadas personas que han dejado huellas en mi espíritu. Al decir del inolvidable profesor doctor Leoncio Gianello: “cuando queda poco sol sobre la tarde…” es necesario que esa luz sirva para iluminar el mejor rumbo.

En esa dirección, hay memoria de experiencias inolvidables. El paisajista Ludovico Paganini en cualquier estación del año, a la mañana y al atardecer se asomaba al balcón de su casa, ubicada en un primer piso, sobre la vereda norte de la calle La Rioja casi esquina 1º de Mayo, cerca de la ruidosa herrería de los hermanos Albinati que por herencia dejaron -como se comentaba medio siglo después- sólo veintinueve casas. Cuando recorría ese camino para llegar a mi trabajo, me emocionaba el leve canto de un pájaro en cautiverio y la presencia puntual del pintor junto a su mujer: alguna sonrisa o un discreto diálogo. Los paisajes de Paganini, fueron los primeros cuadros que observé pintados al óleo con espátula y esas coloridas imágenes de Rincón, fueron el complemento de otras descripciones -verbales-, sobre estética y sobre “la vida del hombre del litoral”, compartidas con la tesonera Arcelia Ayala -profesora como lo fuera García Bañón y taquígrafa-, rinconera ella también, aunque temporariamente se hospedara en el Ritz Hotel, en pleno centro santafesino. Ludovico Paganini falleció el 19 de marzo de 1957.)

En la Academia Provincial Reinares se perfeccionó el pacífico y generoso pintor José García Bañón, nacido en Santa Fe en 1897; dirigió la Escuela de Dibujo dependiente de la Municipalidad de Santa Fe; casado con la poetisa Paulina Simoniello, fue profesor de Caligrafía y Dibujo en la Escuela Nacional Superior de Comercio “Domingo Guzmán Silva”, donó varios retratos -entre otros uno de Silva- y era grato para sus alumnos observar sus exposiciones. García Bañón culminó esa trayectoria docente como vicedirector en la mencionada escuela..

(Lo recuerdo en el último y breve diálogo, en un hogar de la cortada Almafuerte, cuando las pálidas manos de Covadonga Susana Torrado eran el punto de fuga de las miradas de quienes en aquel tiempo, habíamos transitado las espaciosas aulas en el que fuera solar de la familia de José Gálvez, en la calle San Martín 1823, en la ciudad de las losas y de los sueños…)

Al llegar desde el este a su ciudad, es posible encontrar la itinerante Fuente de la Cordialidad, nombrada así después de su traslado desde el Paseo Oroño en la Costanera y al mismo tiempo, comprobar cómo la intemperie va cubriendo de polvo y de óxidos sus rítmicas formas, a pesar de las puntuales lluvias que han contribuido a preservar la escala tonal -verde, como el follaje y el camalotal cercanos..- seleccionada por Norma Catinot de Guastavino cuando se decidió la última restauración. Ejerció la docencia en el Colegio Nacional “Simón de Iriondo” y en el pedestal del mástil de esa institución, perdura su obra y es posible admirar uno de los frutos de su trabajo y de su talento.

Agustín Zapata Gollán nació en Santa Fe en 1895. Abogado; destacado escritor y grabador, sus obras artísticas son resultantes de su autoaprendizaje y perfeccionamiento. Perseverante investigador, ha realizado viajes por distintos países y participó en exposiciones en el exterior.

Enrique Estrada Bello (santafesino, 1893-1964); fundador y presidente de la Sociedad de Artistas Plásticos Santafesinos; ejerció la docencia en la Escuela Normal Nacional “Gral. José de San Martín” -profesor de amigas del alma…- y en el “Colegio Nacional”. Sus obras se exponen en museos de distintas provincias y una colección pertenece al Museo Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe.

José Domenichini: nació en 1903 en Potenza (Pócena, Italia) y fue alumno del maestro Cingolani. Expuso en 1927 en

Julio Adriano Lammertyn nació en Esperanza (Santa Fe), en 1905 y fue alumno de José Cingolani en la Academia de la “Unione e Benevolenza”; en 1938 obtuvo una beca del gobierno de Santa Fe para perfeccionarse en la Escuela Superior de Bellas Artes “Ernesto de la Cárcova” de la Capital Federal, egresando como profesor de pintura. Excelente retratista, obtuvo medalla de oro en el certamen organizado por la Sociedad de Artistas Plásticos Santafesinos, en 1927 con su óleo “Mi hermanita”; en el Salón Anual del Rosa Galisteo obtuvo el Premio Gobierno de Santa Fe por su óleo “La paraguayita” que pertenece a esa pinacoteca. En 1946 por el óleo “La Criollita” obtuvo el premio adquisición del Museo Municipal de Bellas Artes de la ciudad de Santa Fe. Otros retratos familiares “Adriana Berta” y “Néstor” -su hermano tan vinculado al libro y a las ediciones de los escritores santafesinos-, “Estudiando” y varios autorretratos confirman su sensibilidad porque trasuntan rasgos de sutil belleza. El paisaje del litoral lo inspiró para varias obras y los frutos de la tierra se lucen en diversas naturalezas muertas que con sus colores siguen manteniéndose vivas aunque su traslado a Buenos Aires provocó también una postergación en sus exposiciones.

Virginio Pozzi (1886-1949) nació en Italia y se radicó en Santa Fe, ejerció el comercio, en su tiempo libre se dedicó a pintar y uno de sus cuadros: “Parvas” se conserva en el museo Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe.

José Sedlacek nació el 14 de marzo de 1900 en Moravia (Cheoslovaquia), vivió entre campesinos y pastores, a los diez años llegó con sus padres a Santa Fe con un bagaje cultural que cimentó sus moderados hábitos y su extraordinaria sensibilidad. Algunas de sus obras pueden ser observadas por los caminantes: “Alma sin hogar” también reconocida como “el niño y el perro”, desplazada por distintos lugares: la ubicaron en la plazoleta de la Cortada Falucho, próxima a la calle 25 de Mayo hasta que deteriorada por agresivos caminantes, se decidió exhibirla en el Museo Municipal, en la calle San Martín al 2000… Cerca del palomar se encuentra el monumento a Cristóbal Colón, obra seleccionada en un concurso y el monumento al gobernador doctor Rodolfo Freyre, de bronce, con figuras laterales esculpidas en piedra reconstituida.

Cuando se instaló el monumento a Colón, no había sido autorizada la municipalidad de Santa Fe para su emplazamiento; en consecuencia, la oposición hizo una objeción desde la Legislatura, en el diario de sesiones se incluyeron las fotografías y la estatua que simbolizaba al intrépido navegante fue cubierta con arpillera hasta que se sancionó la ley correspondiente. Pequeñeces de la política lugareña o imprevisión de las autoridades municipales, según sea el juicio de quien evalúe la anécdota.

Al elevar la mirada hacia actitudes más significativas, es justo reconocer que en la década del cuarenta, los hermanos José y Wenceslao Sedlaceck continuaban con su expresivo arte y aportaban su sensibilidad, modelando bustos y bajorrelieves para perpetuar diversos homenajes en mausoleos y panteones. Resultaba sorprendente recorrer el original taller de la avenida López y Planes, situado en el espacio donde vivían sus familias y lugar donde el paso de la madre era semejante al leve movimiento de una rosa resistiéndose al deshojamiento en el rosal. Desde allí, tres curvas más señalaban el sinuoso camino al cementerio y en ese recorrido, comenzaba a perfilarse la obra del padre Luis Dusso, siempre dispuesto a la oración, a los sermones, responsos y procesiones.

Domingo Carrieres (1891-1962) realizó su obra con el estímulo de amigos y participó en exposiciones de Artistas Plásticos Santafesinos, conservándose su cuadro “Atardecer en el Valle” en el museo Rosa Galisteo.

(Un impulso interior genera esta acotación: Remigio Doval dejó una importante obra inédita: elaboró un diccionario de hierbas medicinales con dibujos acuarelados y lo actualizó; realizó dibujos con plumín entre ellos en 1937, la Capilla de Candonga en las sierras de Córdoba, la provincia donde vivió después de su jubilación, junto a su amada Carmen Fermi, maestra de vocación con admirable dedicación. Uno de sus hijos, Rodolfo Doval Fermi editó varios libros desde Sastre (departamento San Martín) donde ejerció la profesión de odontólogo apenas recibido, y allí fundo el Museo Histórico inaugurado antes de su traslado a la provincia de Córdoba, donde residía su hijo y lamentablemente, donde falleció.)

Raúl Schurjin, nació en Mendoza en 1907; vivió su infancia en Santa Fe; aprendió a resolver los problemas artísticos y económicos con un constante esfuerzo. En 1940 obtuvo el premio adquisición con “Refugio” en la exposición del Museo Municipal, en el Salón anual provincia, medalla de oro por su obra “Gogo” y recibió otras distinciones en sucesivas presentaciones. Se trasladó a la Capital Federal y en 1953 en Santa Fe se organizó una muestra, con motivo del vigésimo quinto aniversario de su labor artística -con cincuenta y cinco cuadros-, que representaban sucesivas transformaciones en sus percepciones y en sus expresiones pictóricas.

Eduardo Timoteo Navarro, nació en 1909 en Tucumán; estudio con el maestro Cingolani, expuso en Santa Fe y volvió a su provincia natal para ejercer la docencia hasta su fallecimiento (1960…)

José Pascual Pagela, santafesino, nacido en 1906, alumno de dibujo del maestro Cingolani y de composición en el taller de Herrero Miranda; expuso en distintas localidades de la provincia y de Corrientes, obtuvo el premio Universidad Nacional del Litoral en 1972.

Pascual Castignani fue un destacado dibujante y las exigencias de su trabajo bancario le impidieron avanzar con su producción artística.

Mauricio Grewell nació en 1890 en Bélgica; estudió en la academia provincial Reinares; era reconocido como el noble joyero de Worms; viajó por distintos países de Europa y su vasta cultura lo impulsó a participar en asociaciones de bien público, entre ellas la Sociedad de Artistas Plásticos y la benéfica Asociación de Amigos del Arte. Su cuadro Domingo en el puerto es patrimonio del museo Rosa Galisteo de Rodríguez y otra obra se conserva en el Museo municipal santafesino.

Emilio Donati aunque participó en algunas exposiciones de Artistas Plásticos Santafesinos con interesantes esculturas, se dedicó con sus hermanos al comercio –marmolería- y volcó sus aptitudes artísticas al arte funerario. Una situación semejante corresponde a los escultores Alfredo Moreau y Néstor M. Heyer.

Gudiño Krämer ubica en “la segunda generación: Francisco Clemente Puccinelli, Eduardo Navarro, Ramón Birri, Juan Suhr, Mario Gargatagli, Juan Manuel Oliva, Roberto López Carnelli, Ricardo Supisiche, Ignacio Rosas.”

Clemente Francisco Puccinelli, nació en 1905 en Grütly (provincia de Santa Fe), a los dieciséis años estudió en la Escuela de Bellas Artes de Marsella; regresó a la argentina en 1930 y desde entonces vivió en Santa Fe. Era una persona predispuesta para el diálogo y fue otro de los pintores de Rincón, aunque viajó por distintos países americanos y europeos.

Juan Ramón Birri nació en Santa Fe, en 1905, pintor, casado y con una única hija; generoso con todos sus familiares, es posible decir que fue un predicador del arte de vivir y de convivir. Su vocación artística lo impulsó a ensayar diversas manifestaciones, fue maestro titiritero de su sobrino, Fernando Birri y lo alentó en sus múltiples expresiones.

(Otro impulso interior genera esta evocación: Fernando, ha sido el pionero y peregrino: en 1945, fundador del Cine Club Santa Fe; en 1956 director y organizador del Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral, época de la filmación de la primera encuesta social argentina “Tire dié”. En 1962, un ramo de claveles rosados y una tarjeta con su firma, simbolizaron la alegría por el nacimiento de Nidia Marta Susana Fontanini Orbea, en el último día de enero. En ese tiempo, Quique difundió el “Manifiesto de Santa Fe” señalando que “El subdesarrollo es un dato de hecho para Latinoamérica, Argentina incluida. Es un dato económico, estadístico… Sus causas son también conocidas: colonialismo de afuera y de adentro”. En diciembre de 1975 la Universidad Nacional del Litoral clausuró el Instituto; él había logrado ampliar su espacio vital y en consecuencia, ha sido más vasto su vuelo. En Roma fue Director del Laboratorio de Poéticas Cinematográficas (1983) y desde ese centro de estudios, producción e investigación de experiencias audiovisuales, se generó el análisis reflexivo sobre el Nuevo Cine en Latino América y en el Tercer Mundo. Con sus legítimas armas: actitud comprometida como defensor de la justicia y mensajero de la concordia, aunque estuvo en el exterior sintió y compartió la resistencia al abuso de poder, expresándolo por distintos medios. En 1995, es posible decir que Fernando Birri es un señor muy viejo con unas alas enormes, que ha sido declarado “ciudadano ilustre de Santa Fe” durante la intendencia del Ing. Jorge Obeid, del Partido Justicialista).

Juan Ramón Birri era tío de Alberto Birri Doval (1942-1968); quien como se ha dicho: “…su pintura fue una promesa” porque se trasladó a Río Gallegos por motivos laborales y las consecuencias fatales de un accidente automovilístico truncaron su vida hogareña y su proyección artística.

(En este punto es ineludible dejar que la memoria transmita sus señales: en el penúltimo viaje de Alberto a Santa Fe, tuvo la misión de inscribir a los obreros dispuestos a trabajar en las inhóspitas tierras del sur -ventosas y sin mariposas como solíamos describirlas…- y nos acercamos con nuestros hijos hasta el aeropuerto de Sauce Viejo para despedirlos. Intentar la impresión de una fotografía hubiera sido una insolencia porque en esa larga fila avanzaban hacia la escalerilla del Hércules personas que más bien parecían espectros, con pocas esperanzas y con una creciente necesidad de encontrar un camino de bienestar para sus familias, en cualquier latitud y todavía sigo con la duda acerca de cómo habrán terminado aquellas historias. En ese tiempo, en otros espacios era incontenible la ambición de otros hombres, disputándose el privilegio de ser los primeros en pisar la Luna. Absurdos contrastes en un planeta que seguirá girando, girando, hasta el Fin y donde los impacientes no alcanzan a interpretar a los prudentes. En “el Litoral”, transitaba “Don Blanco” -como lo nombrábamos algunos “amigos del alma”-; una persona prudente, profunda en la observación, contundente en las conclusiones, hasta transponer el límite del suicidio. Llegaba “don Blanco” a nuestro hogar con alguna artesanía japonesas -fue uno de los fundadores de la Asociación de Amigos del Japón-; como a hurtadillas me entregó las fotocopias sobre “el arte del bonsai”, y también casi secretamente, llegó con Eduardo hasta la habitación donde Mishamoto contemplaba a su mujer embalsamada -aunque no era precisamente el procedimiento utilizado-, junto a su leal perro en semejante estado… y desde ese espacio enigmático, me trajeron un manuscrito que el sabio escribió especialmente -para una mujer desconocida-, sobre “la ceremonia del té”. Cuando esperábamos a don Blanco, no era necesario pensar en una mesa opulenta porque estaba alejado de los excesos; llegaba con su mirada inconfundible tras los gruesos cristales, con su sonrisa y su voz susurrante: -Me gusta esta casa decía… tiene algo… Miraba y nos miraba, nuestros cuatro hijos estaban cerca. Nunca hablamos de ese algo, pero intuyo que no era la estructura material sino “el clima familiar” lo realmente atractivo. Hay que ser consciente de que una casa la construye un albañil aunque la diseñe un ingeniero civil -como en nuestro caso- o un arquitecto; un matrimonio lo certifica un juez y lo bendice un sacerdote, pero un hogar es la síntesis de un amor compartido, donde son sutiles lazos los que suplantan a absurdas ataduras.

Don Blanco Boeri, compartió los proyectos iniciales de Quique en el Instituto de Cine de la Universidad, en aquel tiempo en que Eduardo tuvo la osadía de decirle al ministro, cuál era su error al pretender disponer sobre los fondos de una caja mutual de seguro de los empleados, y sólo le quedó el camino de una prolongada licencia, mientras desde “su pipa” lo envolvía el aroma del tabaco que décadas después, tanto le molestara. Después, don Blanco nos invitó para compartir la alegría de Ninfa y de Macagno cuando empezó a crecer “Pablito”. Esa noche era inimaginable el exilio de ellos, llevándose el niño sólo el osito que lo acompañaría desde aquel encuentro. Si hubo alguna lágrima contenida por la emoción ante tantas confidencias, no pudo ser similar la reacción cuando llegó la primera carta desde Santa Cruz de Tenerife. En el índice de nombres citados por Gudiño Krämer en “Escritores y Plásticos del Litoral”, editado en 1955, consta: Pajón Ninfa, 103… y allí encuentro otros nombres de amigas del alma: Sarita Antoci -la sucesora de Francisco Marinaro en la academia de arte de la Unione y Benevolenza, maestra de mi hermano Carlitos-; y ahí está también el nombre de Héctor Lauría, el pintor cuya obra contemplé en diferentes circunstancias, el esposo de Lala, el abuelo Gogo de Mercedes, el bisabuelo de mi adorable nieto Luciano Héctor Martín Fontanini Lauría. Ubico el nombre de Rosalba Difiori. En mi memoria hay señales inequívocas: el 5 de agosto de 1952 -día de Nuestra Señora de las Nieves-, comenzó a funcionar la escuela nacional profesional de mujeres, donde me había presentado para una selección previa a la designación de tesorera provisoria, por sugerencia de la profesora Arcelia Ayala que conocía algunos antecedentes, y la burocracia -o alguna travesura- demoró la toma de posesión hasta marzo de 1953. La escuela funcionaba en aulas cedidas en la Escuela Normal Nacional cuando el profesor Francisco Rosciani era director y la señora de Bizzotto era vicedirectora, quienes mejor será no recordar cómo fueron desalojados por algunos libertadores de septiembre de 1955, quienes evidentemente a pesar de “su cultura”, poco sabían sobre derechos humanos. En ese tiempo la escuela había aumentado la matrícula y se habían incorporado otras especialidades de modo que fue necesario el traslado. Transcurría el verano de 1956-57, llovía durante esa tarde, estaba próximo el nacimiento de mi segundo hijo Ricardo Marcelo Gabriel, llovía y con la señora María Victorina Audissio de Tacca y la inspectora Ana Isabel Zapata de Cabrera, llegamos hasta la casona del sur donde vivía la familia Depetris-Silva, en 25 de Mayo 1845, entre Corrientes y Moreno. Después de recorrer la sala, vi por segunda vez un altar cercano a un dormitorio, semejante al primero que me conmovió en el hogar de Cachito Arrizabalaga, en la calle Avenida Freyre cerca de Junín… en 1941 o 1942… La lluvia parece haber sido benéfica, porque la inspectora apoyó la propuesta y en 1957 comenzó a funcionar en turno tarde hasta que en 1961 se incorporó el ciclo comercial y funcionó en ambos turnos. En esas circunstancias, comenzaron su labor docente Stella Moñoa Silva de Sellarés y Rosalba Serrati Silva de Difiori; Rosalba Difiori entre artistas del litoral. Llegó Rosalba una mañana con su legado: una escultura en cerámica esmaltada que representaba a la Virgen de las Nieves y días después fue entronizada en la primera sala y bendecida. Rosalba prefirió seguir con sus cerámicas, en su taller-hogar de 9 de Julio e Hipólito Yrigoyen, hizo una acertada elección. Llego a este punto y recuerdo otros encuentros, cuando decía: – Nidia… no te rías… yo veo tu aura… y sonreía mientras elaboraba algunas fantasías. Sigo con la nómina de Gudiño Krämer y leo: E. A. Robinet -Eduardo A. Robinet- e inmediatamente vinculo ese nombre con otra artista plástica, su esposa, tesonera y leal mujer; compruebo una vez más que es difícil vivir con lo que se produce artísticamente porque en el litoral los artistas tienen que desarrollar distintas ocupaciones. Lo innegable, es que durante esas inquietantes jornadas se van acumulando señales significativas e inolvidables.

En algunos encuentros, don Blanco al referirse a su pago, la entrerriana localidad de Lucas González donde cumplió su última decisión-, encontraba la oportunidad para hacer alusión a la trayectoria de un personaje aún poco; conocido por reiteradas reseñas biográficas que no incluyen algunos rasgos que fueron aportados también por el gigante de las letras, Gastón Gori -el abogado Pedro Raúl Marangoni-, en su investigación sobre La Forestal – La tragedia del quebracho Colorado. Comprobó Gastón -amigo a perpetuidad…- que “en virtud de la ley del 22 de junio de 1872, el gobierno provincial contrató un empréstito con la firma Murrieta y Cía de Londres. El apoderado de esa empresa en nuestro país era el doctor Lucas González. El pago del empréstito tuvo dificultades y los servicios no pudieron ser cubiertos como estaba previsto. En setiembre de 1880, el P.E. ante gestiones realizadas por el apoderado del acreedor, envió a las cámaras legislativas un proyecto de ley sobre autorización para contratar con Murrieta y Cía. el pago de lo que se le adeudaba del empréstito.” Señala Gastón que “el autor del proyecto no era un ministro del P.E., como podría suponerse, ni tampoco el gobernador, sino el propio apoderado de la casa de Londres, doctor Lucas González, como surge explícitamente del mencionado mensaje enviado el proyecto y de la discusión -sumamente breve- que tuvo en las cámaras”. Advierte Gastón que en esa circunstancia, el senador Luciano “Torrent dijo que votaría a favor de su aprobación, ‘pues el apoderado de la casa Murrieta y Cía. está satisfecho, siendo el autor del proyecto’. Sancionadas la ley -5 de octubre de 1880… establecía también que se encargaría de su ejecución a una ‘persona idónea’ y el 5 de mayo de 1881, el gobierno… consideró que la persona idónea de que hablaba la ley, era el apoderado de Murrieta y Cía. e hizo recaer el nombramiento en Lucas González. De modo que el gestor de los intereses de la casa prestataria de Londres, representaba a la provincia en la venta de 668 leguas cuadradas de tierra…” Aclara Gori que tal fue “la primera coincidencia” que suscitó “reflexiones jurídicas” en ese vasto proceso de investigación, que permitió al escritor demostrar que en realidad, hubo un país dentro de otro país… hasta con moneda propia. Pero la ambición de Lucas González quedó demostrada cuando después de percibir los diez mil pesos que pidió al gobierno de Santa Fe como retribución por su “intervención” en el mencionado contrato; pidió que se le otorgaran veinte leguas cuadradas de tierra fiscal, “como compensación de los servicios prestados”. Recién en esa circunstancia algunos senadores rechazaron el pedido porque en realidad, interpretaron que “el doctor Lucas González no actuó como apoderado de la provincia, sino de Murrieta y Cía.”, resolviéndose que el poder ejecutivo fijaría los honorarios y daría cuenta a las Cámaras, con lo cual también se le reconocía un nuevo pago por un servicio a la provincia nunca prestado, porque trabajó para la compañía. En las últimas décadas del siglo XIX las comunicaciones eran más lentas y el hombre del litoral, poco sabía de lo que sucedía en los ámbitos de la política, ni siquiera estaban empadronados…

Gastón en su investigación logró dilucidar que el doctor Lucas González actuaba como “apoderado de Juan Bautista Alberdi, representante de Argentina” en ese “negocio extraordinariamente ventajoso para Murietta y Cía. que además, no se obligó a nada con respecto al destino que debía darse a esa parte del territorio argentino que pasaba a ser de su propiedad”. li

Esto ya parece excesivo, pero quienes escribimos solemos hacer como “los materos”… saben cuándo empiezan a tomar mate pero no cuando terminarán, porque si es necesario se vuelve a llenar con agua la pava y cuando “empieza a cantar”, sigue “la mateada”…

Por eso me animo a no cerrar todavía el paréntesis porque quiero insistir en que acerca de Alberdi, desde la escuela primaria se enseña que fue el autor de: “Bases y punto de partida para la organización nacional”, un texto relacionado con la Constitución Nacional sancionada el 1º de Mayo de 1853, que tiene similitud con la anteriormente dictada en Estados Unidos. En el prólogo del diccionario enciclopédico ilustrado Fides, los editores destacan la importancia de “convertir al diccionario en algo más que una obra de consulta o para salir de dudas, ya que ambas cosas suponen un conocimiento anterior. Lo importante es despertar la sed por las cosas ignoradas, acuciar el deseo de ir en pro de nuevos elementos que posibiliten la apertura de mayores horizontes de nuestro pensamiento”. En ese camino, es posible hallar una síntesis sobre la trayectoria del doctor Juan Bautista Alberdi: “Estadista, jurisconsulto y literato argentino (1814-1884). Fue orador brillante, repetidas veces enviado a Europa para solucionar problemas de importancia. Se distinguió como pensador político, como lo acredita su libro Bases… Fundó varios centros de cultura, entre ellos el Salón Literario, y figuró al lado de Echeverría en la Asociación de Mayo. Víctima de intrigas y envidias, se expatrió voluntariamente y murió en París casi en la indigencia… Sus obras fueron publicadas por orden del gobierno nacional en 1885, y constan en dieciséis volúmenes.”

¡Permiso!… otra ronda más y ya seguimos con Don Luis Gudiño Krämer… Recuerdo que en el segundo tomo, entre los González hay referencias sobre Julio V., hijo del noble riojano don Joaquín Víctor González -amigo a perpetuidad de la tacuarita de raíces litorales…- y, sobre Justo González, el médico uruguayo nacido en 1877; sobre Luis Felipe González, el pedagogo costarriqueño nacido en 1882 y ninguna línea sobre don Lucas González, ningún reconocimiento a la localidad entrerriana, aunque hubo espacio para nombrar a la municipalidad del departamento de Magdalena, en Colombia.

En aquellas décadas, no se hablaba de reelecciones, no estaban él, ni ella -eran otros los Fernandos y las Gracielas; tampoco había televisión para que los políticos se acusaran mutuamente por los hechos de algunos hombres, y así fue como entre ellos mismos podían elogiarse, organizar sus homenajes, imponer nombres en calles y en pueblos, perdurar en la historia de la Historia sólo con los rasgos seleccionados para esbozar sus incompletos perfiles. lii

Quien lea estas páginas podrá juzgar que hay excesivas digresiones. Hay que aceptar todas las opiniones y también es prudente tenerlas en cuenta para lograr el autoperfeccionamiento. Ahora, sin pretender hacer una justificación, con otras líneas de escritura se completará este mapa parcial de la memoria…)

Emociones compartidas con Gastón Gori, Charito y Mónica…

La felicidad no admite definiciones pero es el estado de ánimo que se genera cuando es posible dialogar con personas amadas. En el hogar de la calle Laprida al 3500, en la capital santafesina, con Gastón Gori –”amigo a perpetuidad” como escribe generosamente en la dedicatoria de los últimos libros-, hemos dialogado acerca de la Literatura, del periodismo y de los periodistas; de la importancia de la escritura y de la difusión por distintos medios. La lectura de notas publicadas en diarios y la lectura de algunos libros, indican que Gastón y don Luis Gudiño Krämer eran amigos. Lo que no estaba escrito en tales páginas, es que cuando “el escritor del litoral”… llegaba a aquel hogar, Mónica -hija de “el gigante de las Letras” y de Charito-, celebraba la llegada de su abuelo… como lo nombraba. Rememoró con emoción, que ella también sintió su alejamiento cuando el periodista jubilado partió hacia Córdoba. Lo supe cuando el sol del mediodía sobre la calle San Martín, fue testigo de un diálogo con ella, mientras la primavera cedía generosa algunos días más para que se despidiera el frío y ventoso invierno.

(Un rato antes, había retirado una vez más de la tradicional Biblioteca Pedagógica -ahora Nº 480 Pedagógica y Popular, ubicada en la calle San Martín 2839-,. aquellas “Señales en el viento” que legara don Luis y comprobé que en la ficha estaba anotado el último préstamo que había sido hasta el 27 de mayo de 1993, cuando lo consulté para empezar a transcribir algunas experiencias lectoras que he considerado significativas para promover estas nuevas lecturas. Esos datos son señales de que si algunos poetas parecen impacientes lograr sus ediciones, los ensayistas generalmente no tienen en cuenta el tiempo que demandan sus estudios y argumentaciones porque con frecuencia, nuevas hipótesis obligan a indagar hasta encontrar acertadas respuestas.)

Más sobre “Escritores y Plásticos del Litoral”…

Es insoslayable otra referencia -que también aporta don Luis Gudiño Krämer-: “…la valoración de algunos pintores acá nombrados, ha sido hecha, en particular, por distinguidos críticos, en ocasión de realizarse los salones anuales o las muestras individuales o de conjunto”. Menciona luego a críticos de arte de Rosario y advierte que “de los pintores de Santa Fe se han ocupado además de los nombrados, José de España, el Dr. Isaac Aizenberg y Edmundo Blanco Boeri”.

Es interesante tener en cuenta lo ya expresado: que en 1939 el concejal Néstor Blanco Boeri -hermano de Edmundo- avanzó sobre la iniciativa del intendente Dr. Menchaza enunciada mediante el decreto Nº 16 y proyectó la creación del Concejo Municipal de Cultura, con el propósito de que el Museo Municipal de Bellas Artes y la Escuela de Pintura -anexa- comenzaran a funcionar. La ordenanza Nº 3824 corresponde a la sanción de ese proyecto, considerada en ese tiempo “la más completa en su género en el país” Sabido es que en ese momento, fue designado director el Dr. Salvador M. Dana Montaño; secretario técnico Antonio Colón y subsecretario Eduardo Raúl Storni. El área de Cultura mediante el decreto Nº 1.749 fue reestructurada sin que se alteraran los objetivos que generaron aquella creación. liii

Si se continúa la lectura acerca de los escritores y plásticos del litoral propuesta por Gudiño Krämer, surgen interesantes razonamientos:

“El hombre del litoral y hablamos del hombre del litoral que trata de comprender su región y se identifica con su pueblo, conserva por mucho tiempo ese profundo resentimiento por la absorción y la intromisión de las fuerzas dirigentes metropolitanas en la vida provincial. Hernández lo ha expuesto claramente y Olegario Andrade en ese artículo que suele atribuirse a Hernández, titulado Las dos políticas’

…Las autonomías fueron respetadas sólo cuando los gobernadores se plegaron a la política presidencial. Santa Fe tiene una larga lista de interventores…

Un santafesino, don Nicasio Oroño, gobernante progresista, retoma la buena tradición y plantea en el senado nacional un debate en cuyo transcurso desarrolla la tesis del Martín Fierro. El debate ocurre en 1869. El Martín Fierro aparece en 1872. Olegario Andrade había publicado el artículo ‘Las dos políticas’ en 1858 o 1860 y lo retoca en 1866, distribuyéndolo en folleto.

Son poco conocidas esas ideas de Nicasio Oroño, de modo que me permitiré resumir lo fundamental del debate, para mejor comprensión de lo que ocurría en el país.

En junio de 1869, Oroño presenta al senado un proyecto de comunicación en que se expresa la necesidad de sacar las fuerzas nacionales de las capitales de provincia y situarlas en las fronteras. En el debate participa el general Mitre y el ministro de Guerra. Oroño sostiene que los ejércitos están sirviendo una política centralista; que atentan contra la libertad de los individuos, a los que se engancha violentamente. Defiende con elocuencia sus ideas democráticas y por ahí dice: gastemos los dineros del pueblo, pero salvemos su libertad… Formula denuncias concretas, de cómo se aleja de su hogar al campesino, con el pretexto de falta de cumplimiento de la ley de enrolamiento y de la que imponía la movilización general con motivo de la guerra del Paraguay, ley todavía vigente. El senador Oroño concluyó su apasionado discurso con estas palabras: ‘¿Si no hemos de reparar estos males, a qué queda reducida su misión? A votar altos impuestos, a gravar al pueblo con nuevas cargas sin que puedan justificarse ni como el precio de una libertad que no hemos podido alcanzar. Pero se han votado escuelas y telégrafos. Sí, pero la mejor escuela es la del ejemplo respetuoso de la ley, es la práctica de la libertad. Los mejores telégrafos son aquellos que llevan al extranjero el anuncio de que en este país la paz es un hecho realizado, que la vida y la propiedad están garantidas por un respeto inviolable hacia los derechos del hombre.

Qué vamos a anunciar por los telegramas? ¿Que se aprisiona a los hombres sin causa justificada? ¿Que la seguridad personal, si bien es una realidad para el rico, es apenas una promesa para el pobre?

¿Que el pobre está condenado a que lo lleven a la frontera, a servir de peón en los establecimientos de sus jefes, mientras que su mujer y sus hijos se mueren de hambre o se abandonan al vicio impelidos por la miseria.

¿No es éste un motivo suficiente para llamar la atención del legislador, para echar una mirada de compasión sobre esta clase desheredada por la indiferencia de los poderosos? ¿Nuestra conducta para con ellos no es bastante para abrir una profunda herida en su corazón?… ¿Y se extraña que el gaucho sienta aversión contra el hombre acomodado?’…” liv

1956: Krämer y sus caballos…

En el año 1956, logró publicar su libro Caballos (Santa Fe, edición de El Litoral; libro integrado con quince cuentos, seis ya publicados.

En la narrativa de don Luis, desde su primer libro, se encuentran interesantes alusiones a la flora y la fauna del litoral. En algunos cuentos, las descripciones se aproximan a oportunas alabanzas:

“Qué caballo amigo. Si parecía un cristiano”. lv

En otros, el escritor esboza un paralelismo o una divergencia con las actitudes humanas. En sus señales en el viento presenta una serie de cuatro cuentos que integran el capítulo Caballos, donde Juan Fernández y diferentes animales son los protagonistas principales: Un caballo, El primer caballo, Los caballos en tropilla, Una historia. Destacó Don Luis en el penúltimo de esos cuentos, que don Marciano Charnier…

“… Nochero… era hombre con más de cuatro mil vacas… Los piones de don Marciano eran unos cuatro o cinco criollos y no más de tres indios, ‘paisanos’, como se les dice por San Javier. Era la única gente que le aguantaba las mezquindades y el mal trato, porque el patrón era duro de boca y había que oírlo renegar en los trabajos…

Pasaron muchos años después de esto. Don Marciano empezó con las prendas, se fundió, bien refundido. Hasta los indios agregaus lo abandonaron y muchas veces pidió fiado algunas copas en ese mismo mostrador donde hizo ostentación de su irresponsabilidad por el dinero…”

Así son los personajes de las historias que narra Don Luis y desde otra perspectiva se vislumbran otros sentimientos:

“No son los caballos, propiamente dicho, los que a él le traen esos recuerdos. Ni siquiera los paisajes, ni esa memoria de los trabajos. Ni el olor a madrugada y a roció.

Son aquellos peones traspilando bolsas; o sufriendo los desmanes de don Marciano. Es la cocinera aquella arrastrando las alpargatas deshechas y pidiendo permiso para cortar un pedazo de carne lamida de los perros y ofendida de moscas, y es el linyera a pie, mirándole el caballo. Todo esto le hace doler el campo y le infunde una emoción de patria arrinconada, de soledad y angustia que le enferman, que le duelen adentro, en lo más profundo de su sensibilidad.

De los caballos de su tropilla… pero ¿de cuál tropilla? Se queda pensando en su vida, y a poco una bruma se levanta por encima de sus recuerdos y le rodea y le borra el contorno de las cosas…” lvi

En su libro Caballos, Gudiño Krämer incluye una historia diferente:

“…de una yegua criolla, nacida allá por el Guayquiraró, y que trajeron potranca chica junto con unos caballos marca Rolón, para los campos de la compañía, en estos pagos del norte de Santa Fe.

Ustedes sabrán tan bien como nosotros, que la yegua no tuvo, y casi casi, puede decirse que todavía no tiene prestigio entre la gente de campo, al menos entre lo que llamamos los criollos del campo, porque lo que es el gringo se conforma con poco y no le mira mucho el asiento al animal. Lo mismo monta en yegua que en caballo, principalmente si el animal es manso o ajeno. Claro que también en los tiempos de ahora suele verse a gente criolla en yegua, pero, ha de ser porque está escasiando la hacienda o porque cunde la pobreza en el campo.

La gente criolla del campo, además, trató siempre a la yegua lo mismo que a la mujer. La trató en menos. La mujer pa la casa, pa criar o malcriar los hijos, pa entenderse cuanti más hasta el guardapatio. Pero pal lau de ajuera, como quien dice pa lucir, andar, correr mundo, tratiar con la gente, hacer negocios o deshacerlos, el hombre y el caballo. La yegua en la chacra, uñida a los araus o enterrada en los pisaderos, o en las cosechas, montada de gringos o de indios, que en esto siquiera se han parecido. La yegua pa los chanchos, pa las mortadelas, para la fiesta de los paisanos después de las arrancadas de maíz o de sacudidas de maní, y en ocasiones siendo potrancas y estando gordas, pa los políticos y las elecciones. El caballo pa los rodeos, los apartes, los arreos y pa lucir y pasiar. Dios libre que a un hombre grande y considerau se le hubiera ocurrido andar montau en yegua… Claro que hablamos de las yeguas criollas, como quien dice, de esos animales pobres, de poca calidá, porque también hablamos de las mujeres criollas pobres. Entre las copetudas sabe haber mujeres corsarias que agarran por su cuenta la calle y saben manejar al hombre pior que a las criaturas. Lo mesmo las yeguas finas, de sangre, como quien dice.

Ahí están en los estuses o los haras, bien comidas, criando los sangre pura, esos caballos finos que corren en los hipódromos o son montaus de los ricos o los oficiales. El parejero criollo es regalón de grande, cuando ha demostrau su poder, pero de potrillo ha andau enredándose en las cuartas y las colleras lo mismo que los demás caballos pobres, y las yeguas los tienen que alimentar mal entre un trajín y una garrotiada por la cabeza. Más o menos lo mismo que en los ranchos lo en las cocinas de las estancias hacen las mujeres criollas con los pobres hijos de sus entrañas.

Y es una casualidad, ciertamente, que los pobres se parezcan, animales y personas, ¿no?”

(En realidad, víbora, escuerzo, tacuarita, cóndor, ratón, murciélago, vaquita de San Antón, luciérnaga, pato, ganso, vaca y toro, varón y varona, son animales; ni vegetales ni minerales. Los últimos nombrados, según relatos bíblicos, fueron los últimos incorporados en la Creación y siguen siendo estudiados para desentrañar algunos misterios, como el de “ese soplo divino” que le otorgó “el don de razonar”, aunque algunos excesos y derroches -las guerras y la destrucción del equilibrio ecológico- marcan los límites de la prudencia y de la sabiduría, que algunos “humanos” han quebrantado para satisfacer exageradas apetencias o con propósitos de dominación.)

Lo interesante es saber cómo termino sus días aquella yegua, a la que…

“…el capataz le había echado el ojo… cuando comenzó a verla bien mantenida y le vio el salto…”

De modo que la yegua fue llevada al 4 y áhi quedó en la manada del árabe. Al año andaba con un potrillito a la cola.

Había perdido su estado pero estaba gorda, de manera que la volvieron a atar a las rastras… y el potrillo y el trabajo pronto la dejaron flaca y trasijada, casi como a la misa Engracia, la cocinera de los piones…

Siguió, nomás, orejana, unos años más, perdida entre las yeguas de tiro, sin tener más crías. Flaca y siempre un poco arisca, un día se cortó, patiando unos tiros, con la reja del arado y quedó en la cañada, rodeada de moscas. Se agusanó, le creció la injundia y un día se vio, como en sus primeros tiempos, en el corral redondo de la ensenada de la estancia, con otro montón de yeguas y caballos viejos, bichocos, enfermos, rengos y tuertos, con injundias y mataduras, mancos del encuentro o asmáticos, como quien dice, el refugio, frente al comprador del frigorífico. Arisca y curiosa pasó al frente, arrastrando su enorme pata tumefacta, y de ahí nomás la volvieron al fondo del corral a pechazos y rebencazos. Casi la quebró de un pechazo el zaino negro del capataz, igualito a la madre…

– Siempre han de salir las más rejugadas al frente… -rezongó el capataz, que hizo remoliniar la tropa para que el comprador no pudiese ver tanto estropicio.

Fue a parar así, después de un penoso arreo, arrastrando su pata enferma, a la playa del frigorífico. La enlazaron y la degollaron sin más ceremonia.

Sus huesos no están blanqueando al lado de las biznagas, ni se confunden con la tierra en ningún lugar del campo.” lvii

Don Luis necesitó escribir el cuento El potro zaino, y sólo él podría haber explicado por qué motivos lo dedicó a Bernardo Verbitsky, aunque también Víttori al hablar de la región y sus creadores, revela que el Grupo Adverbio fue estimulado por don Bernardo “quien, de paso por Santa Fe se refirió con admiración a Gudiño Krämer considerándolo el mejor cuentista del país…” y expresa en consecuencia: “lo leímos, lo discutimos y finalmente lo adoptamos”.

Cuenta don Luis que el potro zaino…

“Era un hermoso potro de más de dos años, que ya trataba de aventurarse solo por el boscoso potrero, pero sin despegarse aún de la madre, que nuevamente tenía al costado una pequeña cría de largas piernas endebles.

La manada fue llevada esa mañana a través del campo, en alegres corridas y bruscas espantadas cuando los hombres golpeaban las caronas con los rebenques o lanzaban fuertes alaridos. Él siguió a la madre y al potrillito, que iba como arrastrado entre esa marejada de yeguas y padrillos de colas y crines largas y brilloso pelo de primavera.

En la tranquera se arremolinaron un rato y algún potro trató de ganar el lado del monte, pero los hicieron pasar, nomás, nerviosos y ariscos, y ya en la calle, envueltos en el fino polvo del camino, siguieron hacia adelante, empujados por los gritos y la voluntad de los peones.

El potro, confundido entre la yeguada, apenas si pudo ver a los cinco caballos ensillados que los hombres los venían arreando. Fue en el corral, cuando un tostado grande se le vino encima y sintió el golpe del lazo en el cogote, donde tuvo el primer contacto con ellos y su primera impresión de miedo…

Lo pialaron, brutalmente, y así se sintió por primera vez de lomo en el suelo, indefenso. Su aliento agitado hacía levantar el polvillo reseco de la ensenada. Su ojo enrojecido, a un palmo del suelo, solo veía una gruesa pierna cubierta de lona, aplastándole el cuello, mientras el otro pie del hombre resbalaba sobre una mata de yerba del pollo. Trató de patear el lazo y de revolverse, y entonces le doblaron el cogote y lo sujetaron de las patas. Quedó panza arriba, sin ver más que un cielo brillante a ras del horizonte. Al quitarle las maneas sintió las patas quemadas, por el roce áspero del lazo y la piel ardida por el golpe, junto a las costillas…”

Cuenta don Luis cuánto sufrió el tostado después de aquella ceremonia, a pesar de que lo palmearon y “lo manosearon un rato más, hasta que tranquilizó sus músculos” y quedó…

“… humillado, intranquilo pero quieto, hasta que el dolor más profundo e instantáneo de la herida lo hizo bufar de nuevo. Sintió que la sangre caliente le corría un instante sobre el vientre hacia la entrepierna, y que se le encogían las binzas, dolorosamente. Maniobraron sobre la herida y lo dejaron libre. Era caballo.

Se enderezó, dejando algunas gotas de roja sangre sobre la tierra apelmazada, mezclándose con la leche de la yerba del pollo pisoteada por los hombres.

-Si se salva -dijo uno de los peones- va’ser güeno. Hay que caparlos grandes pa que salgan guapos.

El zaino se salvó, y aunque al principio extrañase un tanto la falta de esa fuerza que en él ya se estaba desarrollando, de un ímpetu y un desasosiego que lo mantenían activo, en constante afán de aventura, poco a poco se acostumbró a ese nuevo estado de indiferencia, raro en él, que había comenzado a seguir las manadas, y que alguna vez había sido corrido de la proximidad de las yeguas a mordiscos y patadas por el padrillo zaino o el alazán. Los sementales lo dejaban ahora tranquilo, con los otros diez o doce potros de su misma edad…”

Después de relatar sobre el momento de la castración del zaino, don Luis describe otra ceremonia, la de la doma, cuando el hombre luce su bravura después de haberlo acostumbrado a su presencia…

“El domador lo empezó a cargosear seguido para sacarle el miedo y lo solía sacar a pasear a la par de su caballo. El zaino aprendió así, antes de ser tironeado en la boca, a marchar tranquilo, escarceando livianito…

Otra mañana le acomodaron en el lomo una bajera. Amagó a desprendérsela, pero la voz tranquila del domador lo aquietó enseguida, y así se acostumbró a recibir todo el recado y a que le acomodaran la cincha. Cuando le apretaron el cinchón, por primera vez, amagó un corcovo, pero, ¡qué iba a sacar con hacerse golpear de vicio! Se acostumbró también.

Y una tarde, con la fresca, se encontró con el hombre encima y todo el callejón por delante.

El peso era liviano, la cincha bajo el sobaco no le apretaba mucho, y el bocado era suave. Salió al paso, mirando a todos lados, con tranco inseguro. El domador lo dejó ir, nomás, pero de golpe lo paró en seco, un violento tirón de las riendas. Se tambaleó el zaino, quiso hacer cogote, pero recordó el palenque y se entregó, sin saber qué querían de él. En pocos días aprendió a obedecer a la más leve presión de las riendas, trotó y galopó. Después fue el duro freno de fierro, hasta que hizo callo y pudo barajarlo en la lengua y hacer jugar la coscoja.

Cuando lo montó el mayordomo, el zaino era una seda…”

Cambió la suerte del zaino cuando lo empezó a montar el mayordomo, porque “el hombre era pesado” aunque “se sentaba bien y hacía ensillar adelante, de modo que el zaino pudiera aguantar bien su servicio”; aunque cuando empezaba “a mosquear” el jinete “le acomodó enojado, un rebencazo” y “le clavó las espuelas”… Después del baño lo dejaron en el potrero para descansar y no volvió a la estancia..

“…anduvo aburrido, solo, y recorrió el potrero de pastos duros y mucha sombra.

A la noche se juntó con otros caballos para defenderse mejor de la mosquitada, y tuvo que pelear por su lugar, hasta que lo dejaran tranquilo. Se sintió intruso, pero la necesidad le hizo poner, nomás, el anca a las circunstancias. Pasó así tres o cuatro días, hasta que una madrugada le llevaron, junto con los otros caballos, al corral. Lo hicieron formar, con poca paciencia, y el propio capataz le puso las cabezadas y el freno… Comprendió que lo trataban sin lástima, pero qué iba a hacer. Levantó la cabeza y alargó el tranco…

En el rodeo tuvo que pechar, a espuela y rebenque, vacas y novillos. Cuando lo desensillaron a mediodía y lo bañaron, se sintió dolorido y cansado. Esa fue su vida, en adelante, hasta que empezó a avejigarse…

Otro día lo montó el comisario, hombre pesado y de mano dura en la rienda. Lo sacó con cuidado, al tranco, y recorrieron las cuatro cuadras hasta el boliche, el hombre con recelo y el zaino con ganas de retozar.

Bastante aburrido pasó el primer tiempo y empezó a echar barriga. Le volvió a brillar el pelo, pero al galopar sentía las patas doloridas. Sobre cañas y vejigas del mal trato en los rodeos”…

Después, en el boliche “sonó un tiro y se escuchó un tropel”. El zaino fue montado una vez más por el comisario para perseguir al fugitivo; los seguía un “tropel de comedidos” y ninguno cruzó el arroyo cuando comprobaron que el audaz jinete ya había llegado a la otra orilla. Ya tendrían tiempo para buscarlo y así lo hicieron con la comisión que dejó “al zaino en el puesto de Lechuza, a la orilla de la Verde, casi sobre la costa del Paraná…

…Pasaron algunos días y él se aquerenció con otros caballos en una isleta. Llegaban hasta el arroyo a beber y a comer canutillo y después se metían entre los ingás y tomboes.

Una mañana llegó a la isleta un hombre a pie, con cabezada y freno, como a agarrar caballo. Los pingos estaban apotrados y apenas lo vieron agarraron a disparar, sin hacer caso a los silbidos y chistidos del hombre.

Al filo del mediodía el zaino vino a embretarse en una ronda que le hizo con el maneador y se dejó enfrenar. Recién a la noche lo sacó el paisano de la isleta, al paso… El zaino pisaba con cuidado las arenas blancas, entró al agua y siguió, haciendo sonar las narices.

El hombre inquieto se revolvía en el recado. Llegaron así al río mismo, correntoso y profundo, pero poco ancho en ese cruzo. Cayó el zaino al torrente y empezó a nadar, con el hombre agarrado a su cola. El agua los iba arrastrando insensiblemente, pero ellos avanzaban seguros…”

Era Medina, el audaz jinete que estaba haciendo otra travesura.

“Entonces sintió el zaino la voz del comisario.

-Volvéte, Medina. De no, viá tener que baliarte.

Medina lo palmeó en el anca y zambulló la cabeza.

Entonces sintieron picar la bala unos metros adelante, casi en el medio del canal. El hombre volvió a zambullir y cambió de lado, y el zaino siguió resoplando y braceando aguas abajo.

Nuevos estampidos se escucharon y las balas picaron más cerca.

El zaino movía la cabeza con ritmo parejo y se sentía cansado. Un balazo le atrevesó una oreja. Después sintió el golpe del plomo y un ardor intenso. Se repuso y siguió braceando. Luego del intenso dolor en el tronco del pescuezo, el zaino comenzó a sentir el blando correr de la sangre…

Con el ojo a flor de agua, el zaino veía cada vez más distante la orilla barrancosa de la costa entrerriana. Una dulce languidez comenzó a ganarle y aflojó el ritmo del braceo. Alcanzó a sentir que el hombre lo palmeaba, tratando de apurar su marcha, y que de pronto se soltaba de su crin y pateando vigorosamente se zambullía y lo abandonaba. Un muy débil disparo, que ya no inquietó al caballo, repitióse tardíamente por el eco, atento entre las islas.

La corriente dominó al caballo muerto… Los canoeros que robaron el recado tuvieron que cortarle la cincha, tan hinchado estaba el zaino, para retirar las prendas.

La osamenta fue una señal, hasta que la descarnaron los chimangos; después lsolo un costillar blanquecino, un cogote desarticulado y la calavera de perfil afilado.

Los camalotes rodearon ese montón de huesos; las arenas fueron amontonándose a su alrededor, y al tiempo, ya en bajante, entre la resaca comenzaron a crecer los sauces y los duraznillos, en cuyos delgados troncos ponen los caracoles sus rosados huevos…” lviii

Al fin, puede encontrar el hombre del litoral, el de cualquier latitud, cierta semejanza entre ese destino del zaino y el de personas solitarias que después de haber servido en distintos oficios, se enfrentan con la muerte en un espacio donde nunca será hallado, porque tampoco será buscado si no repiten su nombre lamentando que sea otro desaparecido.

Los cuentos que dejó don Luis son una herencia inagotable porque en el encuentro con el lector se produce la reiteración de su vigencia.

Política y memoria necesaria…

En el interesante libro La región y sus creadores, el discípulo de don Luis rememora algunos hechos y nombres que son parte de la historia de la Historia de los argentinos, de la HISTORIA DE LA HUMANIDAD que como una alarmante paradoja suele ser la absurda historia de los hombres que han avanzado tras el deslinde de la deshumanización. Es posible comprobar cómo en diferentes épocas, los que mandan por legítima elección democrática, son equivocadamente puestos en el mismo plano donde se ubican por la fuerza, quienes detentan el poder ejerciéndolo y reteniéndolo sin tener en cuenta el voto de la mayor parte de la ciudadanía. Son aquellos que obnubilados por el egoísmo, la ambición y la falta de tolerancia, suelen arrastrar a los pueblos a la confrontación persistente que poco a poco deteriora el tejido social y paulatinamente va profundizando grietas en un continuo avance hacia el precipicio donde culminan todas las guerras.

Víttori aporta algunos trazos que permiten elaborar algún croquis, lógicamente parcial porque es sólo una visión individual desde la región litoral:

“Después de la Revolución Libertadora trascendió que Gudiño Krämer junto con el doctor Luciano Molinas y otras personas vinculadas a las actividades políticas, sociales o culturales, figuraban en una lista de posibles ejecuciones a la manera de la Alianza Libertadora Nacionalista o el Grupo Tacuara. Yo lo supe por Lucianito Molinas, a cuyos buenos oficios debí acudir más de una vez, en busca de orientación profesional ante posibles demoras o detenciones con las que el régimen intolerante y cesáreo hostigaba a sus opositores. No sé si la nómina se publicó alguna vez. Sé en cambio que a Gudiño lo desmoralizó saberse sentenciado, siquiera en suspenso, por un poder oculto y omnímodo.

Lo cierto es que la cárcel iba a llegar después de la caída de Perón, como una secuela ayer inexplicable -hoy ya no- de la libertad provisional, que suspendidas las garantías constitucionales, nos asiste a los argentinos en esta era de la sospecha dilatada, con breves pausas, desde 1943 hasta ahora”, “octubre de 1983.”

“Hacia 1956 o 57, en una caza de brujas dirigida contra intelectuales de izquierda, lo recluyeron en la cárcel de Coronda, un establecimiento de máxima seguridad, y allí iba yo todos los días de visita a darle ánimos, pues aunque hacía coraje, soportaba mal el encierro forzoso. Hasta que lo liberaron, al cabo de una semana o diez días, y la noche en que salió lo fui a buscar y se lo entregué sano y salvo, casi diría, eufórico a Clorinda, que entonces estaba en San Carlos Centro como directora de escuela.

Poco después de su prisión debió internarse en un hospital por una cirugía menor, que, no obstante, lo retuvo algo más de una semana internado, y él no se hallaba ni en la cama ni en el hospital, y había que acompañarlo y llevarle libros que devoraba por docenas en la obligada molicie. Fue en esa circunstancia, creo, que accedió a leer a Faulkner, a Gide y a Roberto Arlt.

Menciono estas circunstancias porque lo afectaron íntimamente, aunque él hallara siempre una ocurrencia para espantar el desasosiego, y, también, porque sucedieron en sus últimos años de periodismo y culminarían en 1960, anticipando su retiro, debido a un entredicho con el cardenal Nicolás Fasolino, a propósito de una opinión de Gudiño sobre algunas prácticas licenciosas que habrían empañado la dignidad sacerdotal en tiempos de Rivadavia (!?) *

Después llegó la soledad del retiro en la villa de Guadalupe, desairada y desmoralizante para un hombre enérgico y aún vigoroso cuyo carácter se resentía en la inactividad y en la falta de esa relación diaria y constante con toda clase de gente que da el periodismo. En esa época lo entrevistó Jorge Taverna Irigoyen para la revista del grupo Generación de escritores jóvenes, y aún hoy recuerda su tristeza y la amargura de considerarse relegado por sus colegas y poco estimado por el público.

…A mí, su alejamiento de Santa Fe y su muerte posterior en Córdoba me han producido siempre una gran tristeza.

…Su alejamiento me impresiona como un exilo voluntario, como un acto de autoflagelación. Se fue de aquí como si quisiera cortar todos los lazos, todos los recuerdos. Yo, gracias a Dios, no asistí a esa inmolación de dos décadas de actividad y memoria. Vendió casi todos sus libros, sus cuadros y sus muebles, como si tirara lastre para aligerar la huida. Quería irse liviano, sin una carga material que acentuara su nostalgia…

Tengo entendido que en Córdoba o estaba a gusto. Supongo que se fue no sólo escapando a sus fantasmas, sino en pos de los hijos menores que allá estudiaban medicina. Dotado de una simpatía personal en apariencia comunicativa, no entregaba con facilidad sus afectos, y allá, su incomunicación fue mayor. A muchos nos dejó sin dirección; oponiéndonos una casilla de correo, donde obviamente, no podíamos visitarlo cuando pasábamos por Córdoba”.

* Ver “Vida cultural” (“Diario ‘El Litoral’. Sta. Fe, 30-V-1960”.

1959: “Folklore y colonización”.

A través del folklore es posible adivinar la unidad de raza por la expresión común, por la unidad temática.” Bernardo Canal Feijóo.

A fines de marzo de 1959, en Ediciones Colmegna de Santa Fe de la Vera Cruz, se terminó de imprimir Folklore y colonización, noveno libro publicado por Luis Gudiño Krämer desde aquellos conmovedores cuentos de 1940, en su Aquerenciada soledad. En la solapa se recuerda que el autor, “dirigió hace algunos años la colección ‘Nuevo Mundo’ de esta editorial y su revista mensual, que en los nueve números de su existencia alcanzó a reflejar la vida cultural de esta zona litoral de la República. lix

Santa Fe: el hombre del litoral…

El título ya establece las coordenadas del desarrollo temático. Comienza el libro con una crónica: “Santa Fe – Granero de la República” y después de una breve reseña histórica, alude a algunas características de las distintas regiones: norte, centro y sur: “Al Norte los grandes bañados, las tierras ganaderas, los pastizales y las islas inagotables y el bosque, concluyen por dar multiforme plasticidad a este rico granero de la República.” En el párrafo siguiente, se aproxima a “el hombre” y destaca que “el hombre del litoral, en contacto con el aluvión inmigratorio y desprendido violentamente del indio, que aún sobrevive en núcleos cada vez más miserables que pretenden, infructuosamente, contaminarle su callado desconsuelo y su anemia moral; el hombre del litoral es talvez el más cosmopolita de la República. Y el de Santa Fe el más cosmopolita del litoral. / En su corazón balbucea aún su mezcla de suizo y castellano, o de furlano y francés; al Norte raras voces se mezclan a su idioma”… P. 7-8

Hacia 1960: “Presente y Porvenir”…

A fines de la década del ‘50, Gudiño Krämer expresaba: “Podemos decir, con orgullo y nostalgia, que Santa Fe ha olvidado ya sus días de pobreza. Desde el litoral continúa atento a la vida de la República. Antemural de Buenos Aires en el pasado, sigue siendo custodio de un progreso y de un sentido de la vida que merecen ser celosamente resguardados y defendidos. Por sus caminos fluye el progreso; circula la riqueza; caravanas de hombre de trabajo y algunos indios pasan. En sus tierras se está forjando el porvenir, y en su entraña el hombre nuevo, celoso de su condición humana, arquetipo de la Argentina grande y feliz que han soñado sus mejores hijos y se ha venido formando en el seno de los tiempos, en esta libre tierra de América, esperanza de la humanidad.” p. 15

En torno al folklore argentino…

Luis Gudiño Krämer, lector entusiasta, crítico de arte y estudioso de las expresiones culturales de diversos grupos sociales, advirtió que “nuestro folklore, o sea el conjunto de vivencias culturales que se ha logrado conservar, puede ser clasificado, a fin del mejor conocimiento de sus características principales, como un tipo de cultura reducido, por falta de idioma propio y monumentos y religiones originales, a una tradición oral en cuanto a leyendas, mitos, canciones; a un conjunto de líneas más o menos personales en las piezas de alfarería o en los tejidos; a un color, según los yuyos empleados o la calidad de las tierras; a un ritmo musical conservado y trasmitido en las danzas, y a un clima, diríamos, popular, en las fiestas y bailes colectivos, celebraciones y ritos. / Lo folklórico es colectivo. Es de propiedad común y desdeña y olvida lo individual. Es popular en cuanto constituye lo humano y personal y nace desde la entraña del hombre para su propio enaltecimiento y conocimiento y no como espectáculo brindado a extraños. / Esto explica el aparente divorcio, o transitorio divorcio, entre las formas cultas y las populares en un país de formación tan reciente como el nuestro. Mientras que en las grandes urbes y en el mundo oficial las formas de expresión llamadas cultas, incluyendo las artísticas y técnicas, llevan un fin utilitario inmediato y de lucro o provecho, y en su difusión y propaganda confían su mayor éxito, las expresiones populares, propias de los medios rurales en que se conservan y aíslan, tienden a desaparecer, y cuando subsisten son generalmente menospreciadas por esos renegados hijos de la tierra, que fundan su principal orgullo en entenderlo todo, menos el lenguaje simple del hombre de su pueblo.” Luego destaca: “El hecho de que se dé al estudio del folklore una carácter científico demuestra hasta qué punto ha llegado a establecerse una separación entre las formas culturales vivas del hombre en su medio, y las de una minoría que utiliza la cultura como un elemento más de dominación, privilegio y separación. Dichas formas artificiosas, banales y sin experiencias vitales de la llamada cultura oficial, resaltan, principalmente, cuando se las compara con los modelos originales y también apenas se recapacita sobre la utilidad social, diríamos, o el poder de penetración y de influencia de ambas sobre la moral y la conducta humana.” p. 17-19

Algunas definiciones…

Expresó Gudiño Krämer que “el folklore nació a la vida científica, según acertada síntesis de Cortazar” –Augusto-, “hace apenas un siglo ‘en el seno de un surco que variadas circunstancias habían removido y abonado. Cuando el proceso cultural llegó a su madurez, la nueva disciplina se formó autónomamente, gracias al desgajamiento de muchas ramas segundonas de otras ciencias ya venerables. La historia, la antropología, la literatura, la sociología, cimentaron la nueva construcción…” / Bautizó esta nueva ciencia, William John Thoms, como ‘aquel sector del estudio de las antigüedades y de la arqueología que abarca todo lo relativo a las antiguas prácticas y costumbres, a las nociones, creencias, tradiciones, supersticiones y prejuicios del pueblo común…” /…/ “Según Krappe,” –Alexander H.- “más de acuerdo con una interpretación de las formas literarias, el folklore es ‘el estudio de las tradiciones no escritas del pueblo, tal como aparecen en la imaginación popular, en las costumbres y creencias, en la magia y en los ritos’. / Lo tradicional en el sentido de expresión sobre cuyo origen inmediato se ha perdido todo rastro, configura, ciertamente, la condición de folklórico en cuanto a su origen, no en cuanto a su influencia, valoración o vivencia. Y esto también tiene una relativa importancia, puesto que aunque se sepa que el Martín Fierro fue escrito por Hernández, no por ello deja de ser el poema un extraordinario documento de carácter folklórico, o por lo menos, lleno de resonancias auténticamente folklóricas.” p. 23-24

“El folklore en la escuela”.

En el capítulo titulado El folklore en la escuela, Gudiño Krämer reitera que “folklore es una palabra inglesa que literalmente quiere decir ciencia popular, o ciencia del pueblo, de folk, pueblo y lore, ciencia. Esta palabra fue compuesta en 1840 por W. J. Thomms. Se ha tomado como equivalente a la expresión alemana ‘Volskunde’, pero aquí estriba una de las frecuentes malas interpretaciones con respecto al íntimo sentido de la palabra. Folklore es la ciencia o cultura popular, ‘Volskunde’ la ciencia o conocimiento acerca de las costumbres o culturas del pueblo.” p. 33-34

Plantea luego que “en las democracias, mediante el estudio del folklore se intenta integrar el conocimiento y mejorar al hombre, respetando sus impulsos y tendencias primitivas, integrándolo sin deformarlo. En los sistemas regresivos el folklore adquiere carácter racial, exclusivista, y se convierte en materia de explotación política y comercial. De expresión natural, desinteresada, anónima y generosa, se convierte, por lo general, en motivo de interés plebeyo, en expresión bastarda, grosera, mezquina y sin proyección. Casi todo el material folklórico del que disponemos en el país, ha sido recogido en épocas en que se creía en el progreso humano; los primeros estudiosos de nuestras culturas autóctonas fueron extranjeros, hombres de ciencia y estudio y algunos jóvenes visionarios, como Ricardo Rojas.” p.38 Propone luego, “un programa mínimo para ser aplicado en las escuelas del norte de Santa Fe: “1. Noticias Sobre Nuestro Foklore. A) Sentido, antecedentes y origen de nuestro folklore. B) Primeras investigaciones de carácter científico realizadas en el país. /…/ 2) Multiplicidad de Culturas. /…/ 3) Distintos Folklores. Llano y Montaña, Litoral y Zona Mediterránea /…/ 4) El Folklore Musical /…/ 5) Toponimia Vernácula /…/ 6) El folklore en la Nomenclatura Ferroviaria /…/ Subrayado aquí 7) Folklore e Historia /…/ 8) Leyendas y Supersticiones Populares /…/ 9) Terapéutica Folklórica /…/ 10) El Romancero de Carácter Folklórico /…/ 11) Literatura Gauchesca y Literatura Folklórica /…/ 12) El Folklore en las Escuelas. /…/ 13) Los Viajeros Extranjeros y el Folklore /…/ 14) Problemas Plásticos del Folklore /…/ 15) Tradición y Traición Folklórica /…/ 16) Recapitulación. Voces del campo argentino. Expresiones del lenguaje popular. El Martín Fierro y su vocabulario.” p.33-42

El arte popular…

Insiste Gudiño Krämer en que “contra el crecimiento horizontal” de algunos “sustitutos de la cultura, de la música plebeya y no popular, de la letra soez y chabacana, de contenido innoble, del dibujo grosero y el color sucio o discordante, hay que oponer las verdaderas formas, simples, sencillas y llenas de nobleza y sobriedad, de las expresiones realmente populares, de las expresiones folklóricas de cada pueblo de los que integran nuestra nacionalidad. Lo popular desalojaría lo bastardo, y pondría en ridículo esas otras expresiones del llamado arte culto, esa música de conservatorio llena de tontos virtuosismos; esa pintura que refleja el caos de una sociedad mal construida y el gusto decadente de una burguesía en estado de liquidación. El arte popular, el verdadero arte popular es el único que podrá barrer esas expresiones vulgares, y también los efectos de la llamada cultura, prostituida por las clases dirigentes, puesto que la han convertido en un instrumento de esclavización y de predominio de una clase.” p.23

Otros contenidos:

Luis Gudiño Krämer, estructuró ese libro abarcando los siguientes ejes temáticos: Folklore o cultura popular, Curanderos y curanderismo, Colonización judía en el litoral, Inmigración europea y colonización, Don Nicasio Oroño, El asesinato de Urquiza y el último capítulo alude a El día de la tradición.

1959: “Sin destino aparente”.

Luis Gudiño Krämer, en 1959 logró que la editorial Platina de Buenos Aires publicara su novela titulada Sin destino aparente. Es interesante tener en cuenta que José Luis Víttori afirma que no es una novela, aunque como tal se la incluye en 1986, en una antología sobre Las Provincias y su literatura (p. 58).

(En la cuarta página de esa edición, se mencionan

Con motivo de esa edición, después de una detenida lectura, el destacado periodista y escritor reconoció que “sólo algunos trabajos revindican acá los acentos más firmes de su obra anterior” (sic). Víttori desde su posición de lector selecciona algunos trabajos: “Ulalia, El hijo de Cáceres, Dominguito, Una tabeada” y lamenta que esas “piezas” no alcancen “para atenuar la sensación de cansancio, de aflojamiento que transmite la lectura del libro: la falta de aporte, de renovación, de nervio, en el conjunto más bien híbrido de cuentos, transcripciones de crónicas periodísticas y relatos endebles: la remota y desleída presencia del pueblo que no alcanza la densidad de una atmósfera, la simplificación del lenguaje y de los tipos… alguna superficial reincidencia en anécdotas narradas y agotadas en libros anteriores (Los indios, Navidad mocoví, Elecciones, El escribano); una descripción sin magia (El ámbito), un débil intento de traer al presente asuntos que, cuando hundían sus raíces en el pasado, sacaban de él su encanto; la voluntad de incorporar una preocupación política directa (El regreso, Robledo, Una consulta, Un rodeo), parecen indicar que buena parte de este libro “adolece del pecado original de ser innecesaria. El título, Sin destino aparente, es todo un hallazgo con valor de símbolo (igual que Aquerenciada soledad o Señales en el viento), pero el autor no le saca provecho. En cuanto a la obra misma traduce el cansancio y la autoindulgencia de alguien que ha sabido de la energía creadora y de la tarea rigurosa.”

Víttori reitera esa crítica que fue considerada “agresiva” por Gudiño Krämer y para otros “parricidas (como se dijo), ante una obra que involucionaba, que… decaía en la calidad de su arte porque no progresaba en la hondura de su pensamiento, abandonando paulatinamente la “otra sensación” en beneficio de una objetividad prosaica. El traspié se debió a ciertas contradicciones Gudiño Krämer que lindaban siempre con el sectarismo y se resolvían, no a favor de los sueños, sino del dogma: su apego nada liberal sino bien conservador a su enfoque reflejo, mecanicista, de la realidad a contrapelo de la dialéctica reclamada y de la poesía aún sentida en el trasfondo de sus confesiones, pero pocas veces liberada…” lx

La mirada del sabio lector Pedro Eugenio Marangoni –Gastón Gori, el gigante de las letras- aporta otras líneas para el escorzo imaginario que emerge a través del amplio plano de la obra de don Luis y que para él, es una obra que “no nace en Santa Fe con miras puestas en lo incidental circundante. Como escritor tiene una visión mucho más vasta que comienza con “Aquerenciada soledad” y se hace definitiva en ese libro que titulara “Sin destino aparente” y que escribiera con la maestría de su madurez. Desde su primer libro, el dinamismo de su pensamiento lo llevaría a ser un hombre para el cual los problemas particulares de nuestra nación, forman parte de los problemas generales de las naciones cuya sociedad tiene características similares a la nuestra, por su organización, o forman parte de los asuntos comunes a la humanidad en su búsqueda afanosa de mayor bienestar, cultura y paz.” lxi

Esas valoraciones de Gastón, más que oponerse determinadas críticas literarias, incrementan los argumentos fundamentales para que finalmente se concrete una calificación más justa. El arte conmueve y para conmoverse, las personas no tienen idénticos parámetros; hay una historia íntima cuyas tensiones difieren y como sucede con algunos instrumentos de cuerda, de ellas dependerán las vibraciones –de la armonía o disonancia-, de lo que se interprete.

1960: culmina otra década…

Entre algunos hombres del litoral, en ese tiempo resultaba sorprendente el esfuerzo del Dr. Agustín Zapata Gollán y de los pobladores de Cayastá que había culminado con el oportuno reconocimiento del valor del yacimiento arqueológico descubierto en Santa Fe la Vieja.

Sabido es que el vizcaíno don Juan de Garay había fundado la ciudad el 15 de noviembre de 1573 y el procurador Gómez Recio, el 21 de abril de 1649 conforme a la autorización conferida en el acta de la fundación, teniendo en cuenta los frecuentes ataques de los aborígenes y el cíclico avance de las inundaciones, pidió autorización para concretar la mudanza a un sitio más seguro, más hacia el sur. La burocracia ya se había instalado en este litoral fluvial, porque recién el 12 de abril de 1651, el alcalde Mateo de Lencinas señaló el lugar conveniente para el nuevo asentamiento, aproximadamente a 75 kilómetros al sur, donde había un puerto que permitiría seguir abriendo puertas a la tierra y los distintos solares se distribuyeron conforme el plano anterior aunque recién diez años después se completó el traslado. Después, se sucedieron otros ciclos: el fracaso de los conquistadores cuando se proclamó la libertad de estos pueblos; la lucha por la organización política, que no culminó en 1853 con la sanción de la Constitución Nacional ni con los juramentos, por cuanto los hechos demuestran que ese fue sólo un punto de inflexión en la historia de los argentinos. Es posible considerar que esa organización recién se vislumbró cuando en 1912 se reconoció el derecho al sufragio secreto, signo de una insoslayable evolución en el pensamiento de algunos políticos aunque en la práctica con sucesivos fraudes ese reconocimiento fue el privilegio de un sector de la ciudadanía, mientras los analfabetos, campesinos, mineros, hacheros… entregaban sumisos sus libretas para que los poderosos le evitaran el esfuerzo de colocar el voto en las urnas.

Todo es historia, de la Historia de los argentinos: a veces inspiración de poetas o desenlace inevitable en la obra de diferentes cuentistas, generalmente suele ser el resultado de la reiteración de lo expresado en determinados documentos o memorias que se han escrito año tras año.

A fines del siglo XX, cuando el proyecto del Mercosur intenta ser una constante realidad como nudo primario en la intención de lograr la unidad americana, es interesante tener en cuenta otros aportes del visionario de las puertas de la Tierra que fueron valorados por don Luis Gudiño Krämer en la década del 50:

“…Zapata Gollán interpreta con acierto, apoyándose en fuentes autorizadas, las causas económicas que motivaron el fracaso de la primera fundación de Buenos Aires, y cómo fue posible el establecimiento de ciudades cuando el nativo, abandonando espejismos fáciles, se vio obligado a trabajar, arrancándole a la naturaleza su sustento.

Tiene indudable importancia histórica la comprobación de tal hecho, como ir verificando las causas que luego determinaron una nueva mentalidad americana y el nacimiento de los anhelos de libertad e independencia que constituyeron el rasgo más saliente del carácter nativo. En ese sentido, en ‘Santa Fe, cruce de caminos’ el autor nos da en feliz síntesis, la clara interpretación de aquella primera revolución americana de origen democrático, que sorprendió en 1580, entregar el poder político a la mayoría. Efectivamente, como coinciden en apreciarlo diversos historiadores, los siete mestizos le expresaron que, siendo los más, querían gobernarse…

El mestizo reemplazaba el ocio digno, aspiración feudal, por el trabajo productivo. Esta conciencia impuesta por la necesidad, dio nacimiento después a ese espíritu rebelde que alarmaba a los empleados de la corona, como aquel tesorero, Fernando de Montalbo, que escribía que los nativos tenían poco respeto por la justicia, sus padres y mayores, que eran amigos de novedades y que se repartían entre ellos los puestos comunales, pues. ‘como son los más, salen con lo que quieren’.” lxii

Destacó Gudiño Krämer desde diferentes perspectivas, es posible reconocer a la década del ‘50, en todo el planeta y en particular en el país de los argentinos, como un período de cambios significativos. Incontables páginas se escribieron a partir del 26 de julio de 1952 a las 20:25 cuando trascendió que había entrado en la inmortalidad, la tesonera María Eva Duarte de Perón (1919-1952), amiga de Delfina Bunge, la esposa de don Manuel, la injustamente agraviada por sus ideas y por sus convicciones en una década donde se profundizó la grieta de las persecuciones entre los argentinos…

En 1953, en el Museo Provincial de Bellas Artes “Rosa Galisteo de Rodríguez” -inaugurado el 25 de mayo de 1922 al concretar don Martín Rodríguez Galisteo, la donación del edificio y al ser expuesta la primera colección-, se celebraron los veinticinco años de producción artística de Raúl Schurjin, nacido en Mendoza en 1907 luego habitante del litoral, quien como lo ha destacado Gudiño Krämer, reflejó en sus cuadros el paisaje, la desnudez y las carencias de los seres humanos que viven con escasísimos recursos. Ese año, Miguel Flores (1914-1968) obtuvo el primer premio “Gobierno de Santa Fe” en el Salón Anual del Rosa Galisteo, y dos años después, recibió el premio “Intervención Federal” y el de Honor “Ludovico Paganini”.

(En ese tiempo, llegó a Santa Fe quien fuera después una compañera docente y una amiga del alma: Miguela Vera, nacida en Asunción en 1918, radicada en Chaco en 1947, reconocida como una distinguida grabadora.)

Durante el convulsionado año 1955, quedó trunco el Segundo Plan Quinquenal puesto en marcha por el presidente de la Nación General Juan Domingo Perón. Hubo conflictos con la Iglesia Católica; bombardeos de la Marina sobre la casa de gobierno y la Plaza de Mayo, la mayoría de los muertos eran caminantes dedicados a su trabajo, no militantes políticos. La Constitución de 1949 perdió vigencia por un decreto de quienes detentaban el poder, se puso en vigencia la de 1853 y en 1957 fracasó la Convención Constituyente reunida en Santa Fe y sólo se incorporaron algunas breves modificaciones en aquel texto del siglo anterior.

El noble compañero de ideales Carmelo D’Agata (1915), así como seguía celebrando que algunas de sus esculturas fueran admiradas en parques y museos, también tuvo que soportar la angustia de comprobar cómo la violencia de algunas personas se manifestaba arrastrando y destruyendo algunos de sus admirables bustos. Cuando se aquietaron las pasiones pudo reproducidos…

(Con los ánimos más serenos, el observador Hugo Mataloni quien alguna vez logró una original aproximación al hombre del imaginario casi colectivo, el cordobés Ángel de Oz -quien por imprudencia fue condenado al purgatorio y que casi termina en el infierno-, desde Santa Fe reiteró que lo que mata es la humedad y en entretenidos diálogos expresa su punto de vista sobre algunos de aquellos hechos, alude a “las iglesias quemadas… la noche del 16 de junio, cuando la revolución…” y señala que “nunca se sabrá quién tuvo la culpa. Deben haber sido manos anónimas que aprovecharon las circunstancias”… porque no se le puede “echar la culpa a ese gobierno, porque era bien católico. Anduvo del brazo con los curas, dio la enseñanza religiosa, y hasta nombró los ministros que le señalaron…” aunque también “separó la Iglesia del Estado, quitó la enseñanza religiosa, echó obispos, implantó el divorcio y hasta llegó a prohibir la procesión de Corpus”…; que en realidad lo que sucedió es que tuvo que cambiar su trayectoria… Además, rememoró y escribió Mataloni, “esos obispos no respondieron a sus mandos naturales y se tuvieron que ir; la separación de la Iglesia del Estado la pidió el pueblo en un acto espontáneo, el divorcio lo pidió la liga de madres de Plaza de Mayo…” -responsabilidad que es temerario atribuir porque las madres así identificadas, se organizaron durante el proceso autodenominado de reorganización nacional iniciado el 24 de marzo de 1976. Destaca el talentoso Hugo, que “…el fin de la enseñanza religiosa fue porque se terminaron los contratos con los maestros” y con sutil ironía expresa otras conjeturas y conclusiones: “…lo de las iglesias debe haber sido un cortocircuito contagioso que se trasladó de una iglesia a otra por alguna línea… Lo insólito fue que se dijo que camiones de una empresa estatal llevaron la nafta…” dato que sirve para que otro habitante opine que “esa empresa ya daba pérdidas y hacía cualquier cosa para vender más. Además, esos camiones fueron robados… los energúmenos vestidos con sotanas… eran comunistas disfrazados para desprestigiar al gobierno. Y el gobierno no puede controlar los desmanes de las masas…” Termina Mataloni su cuento-historia con una interesante conclusión: “Yo no sé sinceramente cómo hay gente que asume el gobierno y después no es capaz de hacerse responsable de nada. Alguna vez tendrán que cambiar las cosas. ¿Para eso quieren la democracia”… Después, tuvo que cumplir su misión como funcionario municipal responsable de la secretaría de Cultura, circunstancia que lógicamente le habrá permitido comprobar -como lo hemos podido hacer quienes estuvimos en esos ámbitos en jurisdicción provincial-, que no siempre estar en el gobierno es tener el poder, y que ese nudo gordiano estrangula capacidades e iniciativas hasta que la desesperanza acelera algún desplazamiento o culmina con la firma de una renuncia.) lxiii

Las señales de Fernando Espino y otras muestras…

Fernando A. Espino conmovía con su visión personal del espacio, situando en el plano líneas y formas geométricas simples con apariencia de dibujos primitivos, americanistas. En 1955, recibió un premio el artista que seguía viajando, don César Fernández Navarro; el distinguido Ricardo A. Supisiche, inauguró una exposición individual en el Museo Municipal de Artes Visuales de Santa Fe.

También fueron premiados en aquella década Lausen Freyre Beñatena; Nydia Pereyra Salva de Impini -secretaria técnica y luego Directora del Museo de Bellas Artes de Santa Fe; Luis T. Sebille; Carlos Rubén Omar La Cava – 1956 Premio “Gobierno de Santa Fe”; Edgardo Berjman participó en la IV Bienal Internacional de Arte Moderno de San Pablo (Brasil), quien en 1955 recibió el primer premio “Gobierno de Santa Fe”. Aunque don Luis no los nombra en su aproximación a escritores y plásticos del litoral, es oportuno recordar a Jorge Planas Viader, en el quinquenio 1955-1960 restaurador del Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales de Santa Fe; Miguel Taverna Irigoyen (1931-1958), autodidacto, distinguido en diferentes salones, en 1957 obtuvo el premio “Gobierno de Santa Fe” en dibujo y al año siguiente se lamentó su prematuro tránsito a la inmortalidad; ese año, en 1959, la noble Beatriz Martín comienza a exponer en salones anuales y a partir de ese año, recibió distintos premios Norma Catinot de Guastavino, amiga del alma…

En 1958 en la Sala Mayor del Rosa Galisteo, se exhibieron las obras de Pedro Fígari y Lino Eneas Spilimbergo y una vez más estuvo en Santa Fe el crítico de arte Jorge Romero Brest. En ese tiempo estaban integradas al patrimonio artístico las donaciones de don Luis León de los Santos -352 obras- y de Mathilde Díaz Vélez. Es meritorio destacar que el museo ha desarrollado una fecunda labor de difusión y promoción cultural; ha sido sede de ciclos musicales y de encuentros literarios, entre ellos, el de julio de ese año con el escritor Jorge Luis Borges -director de la Biblioteca Nacional-, quien pronunció dos conferencias: “Las ideas platónicas” y “Literatura oriental. Las mil y una noches”.

Memoria insoslayable…

En este recorrido por los senderos del arte, se impone recordar que durante la década del ‘50, culminaron su camino sobre la Tierra aunque permanecen aún en sus obras literarias: Margarita Abella Caprile (poeta, 1900-1960); Vicente Barbieri (poeta, 1903-1956); Delfina Bunge de Gálvez (poeta y novelista, 1881-1952); Juan Carlos Dávalos (1887-1959); Macedonio Fernández (1874-1952); Carlos Ibarguren (novelista, 1877-1956); Carlos Alberto Leumann (novelista, 1888-1952, uno de los santafesinos que como Manuel Gálvez, Martínez Zuviría –Hugo Wast-, Alfonsina Storni… decidieron emigrar a Buenos Aires.); Ricardo Levene (historiador, 1885-1959); Benito Lynch (novelista, 1880-1951) A. Melián Lafinur (1891-1958); Juan Pedro Ramos (1878-1959); Ricardo Rojas (1882-1957); Pablo Rojas Paz (novelista, 1896-1956); Manuel Ugarte (poeta y novelista, 1878-1951); Mariano de Vedia y Mitre (historiador, 1880-1958); los músicos Felipe Boero (1884-1958); Juan A. García Estrada (1895-1960) Athos Palma (1891-1952); Ricardo Rodríguez (1877-1951) y Alberto Williams (1862-1952; los pintores Faustino Brughetti (1877-1956); Enrique J. de Larrañaga (1900-1956); Gregorio López Naguil (1894-1953); Francisco Molina Campos (1898-1959); Miguel Carlos Victorica (1884-1955); los escultores Mateo Alonso (1878-1955); Pablo Curatella Manes (1891-1960); Víctor Garino (1878-1955); Antonio Sibellino (1891-1960); Sesotris Vitullo (1899-1953)…

(Esos son algunos de los nombres escritos en anuarios de Selecciones del Reader’s Digest y se puede ampliar la nómina con datos registrados en otros anuarios, diccionarios y enciclopedias.)

Si fuera posible leer todos los diarios de la hemeroteca de “El Litoral” de Santa Fe de la Vera Cruz (República Argentina), correspondientes a ese lapso -ardua tarea por el tiempo requerido aunque placentera por los hallazgos-, se comprendería cuánto se habrá conmovido don Luis con esos hechos, porque él, era también un crítico de arte y al cumplir su misión como jefe de redacción al mismo tiempo tenía que constatar la exactitud de las informaciones que publicada “El Litoral”.

Desde otra perspectiva, es posible constatar que fue una década donde se siguió hablando del Derecho -que no siempre es equivalente a la justicia-; hablaban los juritas y los abogados, los delincuentes pidiendo conmutación de penas y también algunos sacerdotes; no era una excepción el corpulento monseñor Nicolás Fasolino, primer arzobispo de la Arquidiócesis de Santa Fe. Sobre esos asuntos escribían en aquel tiempo algunos periodistas y también iban quedando algunas señales imborrables en la memoria de jóvenes adolescentes.

Así lo ha reconocido el escritor José Luis Víttori, al expresar: “…quizás esta referencia fue apuntada por mi memoria al recordar algunas anécdotas relacionadas con don Luis cuando era Jefe de Redacción en ‘El Litoral’…” y reconoció que “cuando estaba de buen humor era afecto a las bromas. Una vez ideó saludarme en son de chanza. Llegaba a la puerta de mi oficina y decía: Buenos días, doctor (subrayando doctor). Cómo está don Luis –le contestaba yo, absorbiendo el chiste. A la mañana siguiente, lo mismo: Buenos días, doctor. A la tercera vez yo estaba preparado y cuando él vino y dijo Buenos días, doctor… conociendo de sobra sus actitudes anticlericales, respondí sin pestañar Buenos días, MONSEÑOR… Al cabo de un segundo, después de estudiar, mi gesto, su carcajada espontánea y festiva resonó en el pasillo. Pero en lo sucesivo cambió la fórmula del buenos días”. Fue justamente un monseñor -el obeso doctor Nicolás Fasolino- el de otra polémica no tan risueña: la que acosó a don Luis hasta provocarle cierta impaciencia que fue creciendo en su casita en la calle Talcahuano, en Guadalupe’ y determinó su alejamiento hasta Córdoba, la doctalxiv

En el transcurso del año 1960 –año del sesquicentenario de la Revolución de Mayo- don Luis Gudiño Krämer decide jubilarse

Su sabiduría lo impulsa a aligerar su mochila de objetos ya inútiles para su vida futura. Era importante conservar para su intimidad, el proteico material de las vivencias que nutren la espiritualidad del ser hasta el instante final de la confluencia de recónditos recuerdos. Una vez más la palabra de Víttori aporta algunas señales a partir de su visión sobre esas circunstancias: “No sé si Gudiño se desprendió del barco al mismo tiempo que de su casita en la calle Talcahuano, en Guadalupe… Vender el barco -una canoa grande, en realidad, un patacho cubierto por una toldilla abierta a los costados- tiene que haber sido como arrancarse un pasado muy hondo y vivo, disfrutado no sólo en Santa Fe y sus islas, sino también en San Javier y Helvecia. Gudiño no era cazador. No le gustaba matar. Iba a la isla a gozar del silencio, del rumor de los pajonales, del tremolante despertar de los pájaros en los amaneceres del río. Una naturaleza eglógica, al fin y al cabo, libre con esa libertad del viento, y, sin embargo, constreñida a opinar, a criticar, a rebatir, a ir al choque Krämer con tanta mediocridad y zonzera ambiente. Debe haber sufrido, me imagino, su alejamiento de este paisaje en el cual confluían su vida y sus narraciones. De la pequeña historia de todos los días que vivió en Santa Fe, del diario al cual supo entregar una parte de su talento, de su elocuencia justiciera, de su escala de valores, de sus desordenadas lecturas, y también de sus imaginaciones.” lxv

En su aquerenciada soledad se refleja su admiración por la Naturaleza:

“El aire, cargado de calor, traía de las islas un aroma silvestre agradable. Olor a campo bruto, a pajonales, a almizcle de yacaré. Olor de la naturaleza antes de ser prostituida por el hombre.”

“… Cuando cruzábamos el San Javier, en canoa y mientras los caballos hacían sonar las narices a flor de agua y las marejadas mansas venían a hamacarnos me volví para mirar, por última vez, esas islas maravillosas, donde unos cuantos hombres viven desprendidos del mundo, desafiando al destino, fuertes y libres en la naturaleza.” lxvi

1965: La creciente y otros cuentos.

Don Luis Gudiño Krämer, ya no tenía que preocuparse por la primera página del diario, celebraba la circulación de su último libro: La creciente y otros cuentos, que la editorial universitaria de Buenos Aires integró en la Serie del siglo y medio, incluyendo una interesante reseña biográfica elaborada por Horacio J. Becco -evidentemente presentada con declaraciones de don Luis- y cinco cuentos de Aquerenciada soledad; uno de Señales en el viento; dos de Caballos; uno de Sin destino aparente; tres no recogidos en libro -Tormentas, Chamamé y Temando-; ocho historias breves: Acriollados; Financista; Las virtudes del garbanzo; Los rayos X; Modos de mirar; La bombilla; Hombre previsor y Cuatro clases de lobizones. En la tapa se reprodujo una ilustración en colores realizadas por Julio Giustozzi.

El cuento La creciente integra la antología de Ediciones Colihue, Las provincias y su literatura: Santa Fe correspondiente a la serie “Colección Literaria LYC (leer y crear). Se reconoce que es “una aguda captación de la dura realidad que debe vivir el isleño”, en realidad es un acoso que soporta el hombre que vive cerca del río, en terrenos bajos que se cubren de agua con las cíclicas crecientes. Advierten las profesoras con respecto al texto elegido: “El tema aparece en la primera oración y mantiene la tensión sin decaer como ocurre en otros relatos por las digresiones del autor. En síntesis, la obra de Kramer –digamos de Gudiño Krämer-, “trasunta un profundo amor por la tierra y su gente. En sus cuentos aparecen rasgos típicos de la región: el río, que trae en sus aguas la vida y la muerte, los esteros, el campo, los pueblecitos, y los caracteres del habitante, que situado en una circunstancia particular, ya sea el colono tenaz, el peón trashumante, el isleño luchador y solitario, apuntan al hombre universal, en cuanto implica sufrimientos, miedos, dolores y esa pesada carga de la soledad.” lxvii

1966: otra erupción…

En la Nación, el segundo día de enero difunde un comentario: “El año apenas iniciado se abre en un ambiente de intensa expectativa. Es imposible admitir que se siga viviendo en la atmósfera de permanente tensión, a menudo artificial y de origen político, en que han transcurrido los últimos meses”. En el día de la música del año anterior -conmemoración de Santa Cecilia-, el general Juan Carlos Onganía había solicitado retiro y desde el día siguiente, el general Pascual A. Pistarini era el comandante en jefe del Ejército. El sindicalismo argentino estaba dividido desde enero: por un lado el vandorismo y por otro la corriente verticalista que proclamándose De pie junto a Perón” era conducida por el gremialista del vestido: José Alonso.

Ese verano se despidió con violencia en Tucumán, porque los empleados públicos que estaban en huelga, ocuparon la casa de gobierno. Los vientos del otoño trajeron más noticias hasta el litoral: el resultado de las elecciones en Mendoza, donde el justicialismo participaba con una lista integrada conforme las directivas del líder y la neoperonista, era promovida por el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, quien el 13 de mayo sobrevivió al tiroteo en Avellaneda, donde murieron Rosendo García, dirigente metalúrgico y los militantes de base del peronismo revolucionario: Domingo Blajaquis y Juan. J. Salazar. El invierno produjo otras talas: culminaba la primera semana de esa fría estación cuando el presidente radical Umberto Arturo Íllia decidió relevar al comandante Pistarini por considerarlo “en rebelión”, y al día siguiente, una marcha militar precedió a la lectura del breve comunicado que informaba sobre la asunción del teniente general Onganía, quien en el último día de junio expresó:

“…Éste es el fin de un proceso de deterioro que nos ha inmovilizado, y el despuntar de una magnífica esperanza para nuestra patria”. El dos de julio nombraron nuevos miembros en la Corte Suprema de Justicia…

Entre la gente de palabra -al decir de Víttori- sucedían otros hechos. Desde Esperanza -el 13 de diciembre de 1966-, el titiritero-poeta envió a Córdoba una carta a “Clorinda P. Gudiño Krämer”, su “estimada, inolvidable amiga”, a pesar de ser “de los que escriben poco… pero de los que piensan permanentemente en los seres que están alojados en su corazón, y que mantiene con ellos una suerte de coloquio sin palabras, que a veces duran horas”; tal como hacemos quienes estamos comprometidos con una vida hogareña orientada hacia el arte de vivir y convivir.

Expresa el hombre leal: “Entre estos seres están ustedes, tan queridos, tan admirados, que un día se fueron a otra provincia y me dejaron una lastimadura que el tiempo no cierra; antes bien, se extiende, y no sé por qué alguna vez yo también participé del pecado de haberlos perdido; de no haber sabido retenerlos. Me consuelo de mi culpa pensando que siempre ha sido así, a juzgar por lo que dice S. Lucas, en el vers. 24, Cap. IV: ‘En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su patria’. Con este mismo versículo, consuélense ustedes también de la ingratitud de que han sido objeto por parte de quienes fuimos sus comprovincianos muchos años.”

En el último párrafo de la carta de Pedroni a la esposa de su amigo don Luis surge otra confidencia:¿Cómo va don Luis? Aunque usted pueda dudarlo -por el silencio de que le hablo-, he seguido paso a paso las alternativas de su dolencia, y me alegré sobremanera cuando supe que se restablecía. Hace unos días hablábamos de él con Osvaldo Messiez, de Rosario, y lo recordábamos con verdadera emoción. Ruégole darle este mensaje a su marido: que pronto le voy a escribir una larga carta. Esta de hoy es para usted. Mañana será para él, en la extensión y los términos que Luis Gudiño Krämer, gran escritor y relevante ciudadano, merecen. Hasta pronto, pues, con mis mejores sentimientos.” lxviii

(Se han utilizado negritas en esta trascripción para que esté a tono con la valoración que Pedroni hizo de la trayectoria de su distinguido amigo.)

Un alejamiento momentáneo del núcleo de estas páginas, permitirá algunas acotaciones significativas. Esa carta de Pedroni atesoraba palabras para compartir que eran mensajeras de otras alegrías porque desde su esperanza -”Esperanza, madre de colonias como destaca Gastón Gori, quiso transmitir a sus amigos otra decisión: “…por este mismo correo estoy mandando a “El escarabajo de oro” de Buenos Aires, una copia de aquel poema inédito que hace muchos años le dediqué al pequeño Horacio Gigli, uno de sus titiriteros, cuando usted tenía aquel retablillo, en Santa Fe. Como usted verá, he corregido el poema; tiene alguna ligera variante, que en mi opinión lo favorece. Me parece que ha quedado bien. Así lo ve Elena, y ella no se equivoca. No hay mejores críticos que la mujer, cuando de poesía se trata. Tienen la intuición de lo bello.” lxix

Se impone transcribir algunas escrituras tangenciales que la memoria transmite al detectar cierta semejanza entre esa afirmación de Pedroni y lo que tantas veces expresa el gigante de las letras Gastón Gori con respecto a su adorable Charito, la inspiradora de varios relatos y de poemas publicados por el sencillo abogado que supo jerarquizar la justicia más allá de los límites del derecho, que acotado por la legislación suele derivar en no deseadas injusticias.

Hay que interpretar que esa valoración de Pedroni sobre la obra de don Luis, tiene una potencia semejante a la que surge al leer la opinión de Gastón Gori: “Su prédica, que ha revestido un frecuente carácter oral, en favor de una literatura militante, ha influido en la orientación de quienes en su juventud ya vislumbraban como fundamente de su obra, la visión de una sociedad más justa, más responsable del destino individual de todos los integrantes de la comunidad…” Destaca Gastón que Gudiño Krämer, “…por la calidad de sus libros, por la trayectoria de su vida, ha contribuido a superar el ironizado costumbrismo regional… en favor de una literatura popular nacional en franca divergencia con escritores que consuelan a la gente de las debilidades y defectos del sistema en que viven, y hacen de su pluma un medio de escalamiento personal, más que una manera de sacrificarse en bien de la marcha progresiva de la sociedad… Gudiño Krämer se quema en el fervor permanente de su quehacer literario… Sabe bien que no podemos eludir los problemas fundamentales de la nación ‘sin atrofiar’ -como diría Barbusse- nuestra visión de escritores, ni deshonrar nuestra visión de hombres.” lxx

1973: Don Luis transpuso el último umbral hacia la inmortalidad, como un lustro antes lo hizo su compañero de ruta a perpetuidad: José Bartolomé Pedroni. El calendario del planeta celeste indicaba a los hombres que estaban compartiendo el día 20 de septiembre, víspera de otro aniversario del nacimiento del titiritero poeta allá en “Gálvez y su poblado callado”, como expresé hace tiempo, en un poema celebrado generosamente por Gastón, nombrado en uno de esos versos. lxxi

Con las intuiciones de cualquier lector que se haya aproximado a la biografía de un autor -con las claves que ha aportado también J. L. Víttori- es posible hallar misteriosas relaciones entre algunos pensamientos expresados por Don Luis y los acontecimientos posteriores. Cuando publicó Tierra ajena -exactamente treinta años antes de su tránsito a la inmortalidad-, don Luis conmovió al transmitir el estado de ánimo de don Guillermo, el maestro de la escuela Láinez de Saladero Montiel que esa tarde estaba empecinado en hablar de la muerte. En ese diálogo con Juan Fernández, se perciben sensaciones semejantes a las que han expresado determinadas personas -en otras circunstancias-, conscientes de haber transitado un largo camino, convencidas de que se ha aproximado a la misión cuando se supo vivir en el amor, defendiendo la libertad y la justicia. Estaban en el almacén donde “el almacenero agúa el vino y la caña, desmejora la yerba y roba en el peso”, cuando don Guillermo decía… o si lo prefiere, escribía don Luis…

“- No es que tenga miedo de morir, es decir, miedo a la muerte. Al contrario. Tengo aprensiones, que no es miedo, sino más bien angustia de morir en ciertas circunstancias, en ciertos estados de ánimo y principalmente, en ciertos estados de soledad…”

Hizo una larga pausa…

Don Guillermo prosigue:

“- No desearía morir en primavera y tampoco con el ánimo conturbado por el odio, la amargura o el resentimiento. No quisiera morir lejos de mis hijitos, ni en tierra extraña, tampoco desearía morir entre otras gentes, entre gentes desconocidas, en un hospital, por ejemplo, y menos sabiendo que iba a ser arrancado de la atmósfera particular de mi muerte, y desalojado, como vi una vez, de mi propia muerte…” lxxii

Esos puntos suspensivos reposan en la página trece, número poco codiciado por los ignorantes supersticiosos. En nada habría afectado a don Luis aquella coincidencia, porque es indiscutible que poco a poco fue creciendo como un sabio. En su memoria atesoraba el recuerdo de los pueblos donde había vivido, donde había podido “apreciar la solidaridad entre los humildes y la confraternidad entre los pobres”. Él sabía que “ellos constituían la avanzada de ese mundo mejor, aunque ni remotamente tuvieran conciencia de que el hombre puede aspirar a un mundo mejor. El desinterés y la capacidad de sacrificio, allí estaban arraigados como algo de todo los días, como algo natural”; como también don Luis lo había sentido. lxxiii

Lo recordado es que don Luis expiró en el último día del invierno… y que a pesar de estar “lejos del temblor de los esteros”, estuvo acompañado por su amante mujer y gozó hasta ese instante de la vital custodia que emerge en el vínculo trascendente de los hijos y de los nietos.

(Me acerco al anaquel para establecer otras relaciones.

En la contratapa de Había una vez… que dediqué al titiritero poeta, escribí:

“Necesitamos

una medida

para las distancias

materiales;

mientras

las resonancias

de las vivencias,

persisten en un espacio…

y todos los días,

inconmensurables…

en los recuerdos.”

Cuando lo transcribí -desde mi pensamiento a la página de una agenda-sentí que esas palabras tenían el ritmo de mis latidos, un sístole y diástole acompasado, que asumía el desafío de interpretar un cambio inesperado: Rubén y Marta -mi hija adorable, la del hechizo de los ojos celestes- y Josefina -ensayando sus primeros pasos- habían partido hacia España y Barcelona era la ciudad donde tenían que seguir creciendo ancestrales sueños… ¡Cuánto conmueven las ausencias!…)

Emigrar y seguir viviendo…

El maduro escritor, también decidió alejarse de la villa de Guadalupe desprenderse de sus objetos y emigrar hacia Córdoba, confirman lo expresado por Pedroni dos décadas antes, en Esperanza y “en ocasión de la serie de homenajes nacionales al cumplir 30 años con la poesía”: lxxiv

“El escritor, el artista en general es un maestro. La condición del maestro exige honradez, bondad de vida y moral heroica, todo lo cual se siente en su voz.

El maestro da luces al pueblo. Para darlas, tiene que amar a éste, mirarlo en sus ojos y pulsarlo en su alma. Tiene que conocerlo y creer en su capacidad de superación. En el lenguaje con que el propio pueblo comenta su drama están las voces y figuras más eficaces para llegar a la emoción del hombre, educar sus sentimientos e iluminar su mente. El pueblo rechaza las formas misteriosas, por él desconocidas, de comunicación. El magisterio del arte se cumple plenamente en un clima de libertad, y reclama la vinculación de todos los maestros del espíritu.” (Inmediatamente advierte: “La incomunicación entre la gente de letras, y de ésta con el pueblo, es una desgracia para el país y un enemigo de su progreso”.) lxxv

La ciudad transitada…

Colegio de la Inmaculada

Santa Fe de la Vera Cruz es la ciudad capital de la Provincia. El escritor Luis Gudiño Krämer al describir ese paisaje urbano, nombra al estrecho “callejón Encina, sin adoquinar en el sur de la ciudad de Santa Fe, detrás de la Inmaculada”. Reconoce que “allí vivían pescadores de escasa fortuna y animosa vocación por el vino; las mujeres de vida difícil a las que se las suele llamar de mala vida o de vida fácil”.

Rememoró la trayectoria de esa institución:

“Colegio de la Inmaculada, laboratorio pedagógico de antigua tradición nacional, en el que las clases dirigentes, desde la época de la colonia, han ido templando a sus hijos en las duras faenas de dirigir al pueblo. En las listas de honor del colegio figuran los nombres de varios presidentes de la República, generales y almirantes, presidentes de la Suprema Corte, ministros, gobernadores y así, en jerarquía descendente, obispos, senadores y diputados nacionales y provinciales, grandes caballeros de la industria y del comercio”. lxxvi

El hombre del litoral

Don Luis ha expresado que:

“… el hombre del litoral y hablamos del hombre del litoral que trata de comprender su región y se identifica con su pueblo, conserva por mucho tiempo ese profundo resentimiento por la absorción y la intromisión de las fuerzas dirigentes metropolitanas en la vida provincial. El hombre del litoral está sumergido en un paisaje llano, en una pampa abierta y ondulante. Los ríos no sólo fertilizan sus tierras, todas ellas pródigas en frutos y pastoreos, en ganados y en gauchos, sino que le traen con facilidad por su suave camino, otros hombres. El acceso está abierto y el hombre del litoral se acostumbra pronto a esta invasión pacífica a veces, en ocasiones cruentas. Toda la comarca tiene puertas abiertas a la tierra”.lxxvii

“El hombre del litoral es alegre, vivaz, dado al juego y al canto. Su mundo espiritual es rico, y en contacto con el indio y el gringo, madura y alcanza una gran independencia personal. Está libre de prejuicios y de resentimientos, en lo individual y en la zona afectiva, no en la pasión política. Sabe bailar y cantar y jugarse la vida por una mujer o un amigo. Lleno de amor propio, de orgullo, de altivez, ha sido peón difícil para el patrón prepotente, y enemigo de cuidado, pero buen compañero del connacional o del gringo pobres.” lxxviii

“Los escritores y artistas del litoral, tal vez por su mayor proximidad con la naturaleza y la estrecha vinculación entre los hombres, ya nos han dado suficientes pruebas de que se puede fortalecer una cultura popular, manteniendo muy arriba su jerarquía y muy alta su calidad.” lxxix

Entre palabras y rotativas

Una aproximación al Diario El Litoral permite reconocer los antecedentes de artistas santafesinos y acceder a publicaciones de escritores argentinos. Es inevitable recurrir una vez más a la perspicacia de don Luis Gudiño Krämer y transcribir parte de su relato acerca del encuentro con un “magistrado y profesor universitario” en las vísperas de su viaje a Europa. Le había recomendado la lectura de “Crítica y Pico” y “Orientación”, dos publicaciones de Amaro Villanueva aún cuando estaba convencido de que “esta gente no lee nada, nunca se enteran de nada, pero ellos son los que van a hablar al extranjero sobre nuestra cultura… Son en realidad un subconjunto del insólito conjunto integrado por los autocalificados intelectuales, sólo porque se dedican al cultivo de las artes, preferentemente de las letras.”

Esas aseveraciones motivan una breve reflexión sobre lo intelectual, que abarca todo lo relativo o perteneciente al entendimiento, incluyendo lo espiritual. Es posible intuirlo como una potencia para conocer, una facultad para reconocer y una particularidad del espíritu humano al seleccionar los valores éticos y estéticos. El resultado de ese análisis no puede ser tan lineal como se supone en un primer momento porque siendo el hombre un ser social, es imprescindible contemplar su egocentrismo y examinar su solidaridad.

En una carta del hombre del litoral destinada a un escritor, insistió en que

“… ese ruido estrepitoso que suele rodear al libro, se desvanece pronto, como el recuerdo de los premios oficiales. El juicio valedero se va madurando lentamente en el seno del tiempo, en la conciencia de las gentes, y casi siempre coincide en la estimación de obras que en su oportunidad fueron consideradas con frialdad, sin mayor entusiasmo. Se escribe para el porvenir, más que para los contemporáneos.” lxxx

Don Luis al agradecer una invitación, dejó otro testimonio insoslayable:

“Lamento mucho no poder concurrir a la comida con que sus amigos celebran la aparición de su último libro. Lo lamento porque, venciendo una serie de molestias físicas y espirituales, creo que todos nosotros debemos tratar de superar, de una buena vez, las pequeñas divergencias y animosidades que mantienen prácticamente divididos a los hombres que deberían coincidir, por lo menos, en la simpatía común por las labores intelectuales a que se dedican con mayor o menor fortuna. Lamentablemente vemos que en esta ciudad, junto con la mayor difusión de libros, se ha entablado una especie de competencia comercial, no sólo entre las empresas editoras, sino también entre las personas que pueden aspirar a premios o recompensas. Así dejan las letras de ser motivo de polémica de ideas, escuelas o principios literarios, históricos o políticos, para convertirse en desdichada puja de intereses individuales. Personalmente trato, siempre, de aislar razonablemente lo que corresponde a esa zona individual del egoísmo, aunque me reconozca hombre de pasiones políticas, filosóficas y sociales, y ellas tengan honda influencia en mi manera de entender el ejercicio literario, al que atribuyo mucha importancia, pues no puedo tomar con ligereza, como un simple juego personal, un oficio de tanta influencia sobre las inteligencias y la cultura como es el del escritor.

Entiendo así, con seriedad, también la función del que tiene oportunidad de publicar comentarios bibliográficos en los diarios he tratado de ser fiel, no diría a un juicio crítico constructivo, sino a mi propio juicio, formado con aquellos elementos que constituyen mi cultura y justifican mi posición ideológica, mi gusto personal.” lxxxi

Moralejas

Con las señales que ha dejado el escritor Gudiño Krämer, se comprende…

“…la razón de todos aquellos que critiquen estas moralejas; de los que niegan derecho al escritor a opinar. Hasta cierto punto, la gente tiene derecho a estar tranquila, a gozar con los aspectos risibles o pintorescos de la vida, que el escritor con alguna habilidad suele recopilar y dar a publicidad desaprensivamente. Pero a mí, francamente, me importa un pito esa clase de literatura y no quisiera escribir sino cosas que hicieran pensar, indignaran al hombre y lograran despertar una conciencia adormecida, precisamente, por aquellos que desdeñan la moraleja. Ómnibus de las doce… ¡cómo puede ser motivo de explotación literaria la tragedia de esos treinta o cuarenta pobres seres explotados criminalmente por las fuerzas vivas, las gentes cultas, los señores pionners, los políticos, los demagogos, por toda esa canalla estulta acostumbrada a leer cosas agradables…!” lxxxii

Debilidad de la hojarasca…

En otra oportunidad, don Luis agradeció una invitación y dejó otro testimonio insoslayable: “Lamento mucho no poder concurrir a la comida con que sus amigos celebran la aparición de su último libro. Lo lamento porque, venciendo una serie de molestias físicas y espirituales, creo que todos nosotros debemos tratar de superar, de una buena vez, las pequeñas divergencias y animosidades que mantienen prácticamente divididos a los hombres que deberían coincidir, por lo menos, en la simpatía común por las labores intelectuales a que se dedican con mayor o menor fortuna. Lamentablemente vemos que en esta ciudad, junto con la mayor difusión de libros, se ha entablado una especie de competencia comercial, no sólo entre las empresas editoras, sino también entre las personas que pueden aspirar a premios o recompensas. Así dejan las letras de ser motivo de polémica de ideas, escuelas o principios literarios, históricos o políticos, para convertirse en desdichada puja de intereses individuales. Personalmente trato, siempre, de aislar razonablemente lo que corresponde a esa zona individual del egoísmo, aunque me reconozca hombre de pasiones políticas, filosóficas y sociales, y ellas tengan honda influencia en mi manera de entender el ejercicio literario, al que atribuyo mucha importancia, pues no puedo tomar con ligereza, como un simple juego personal, un oficio de tanta influencia sobre las inteligencias y la cultura como es el del escritor.

Entiendo así, con seriedad, también la función del que tiene oportunidad de publicar comentarios bibliográficos en los diarios he tratado de ser fiel, no diría a un juicio crítico constructivo, sino a mi propio juicio, formado con aquellos elementos que constituyen mi cultura y justifican mi posición ideológica, mi gusto personal.” lxxxiii

Don León Felipe Caminos

Recordó don Luis que una biblioteca de barrio había convocado para escuchar a León Felipe; los santafesinos podemos imaginar a la Popular “Mariano Moreno” de barrio Candioti…

En una biblioteca de barrio, estuvo el ilustre poeta…

“… para que le identifiquen como un hombre libre, en posesión de su voz y de su conciencia, entre los demás hombres, también libres…; con su barba española, su elegante distinción natural, su apostólica apostura, dispuesto a complacer a esa juventud humilde y fervorosa…

León Felipe convoca a las fuerzas desatadas de la naturaleza y de la historia, las reúne y trata de darles forma viva, no geométrica; forma germinal y creciente. La pasión le hierre…

La lección que este hombre transporta y que le arrastra a su vez, como a los profetas y a los predicadores, por los desiertos, es una lección de humildad estoica, de sencillez atildada, de amor celoso y vigilante, de dignidad natural.

León Felipe exalta al hombre capaz de ganarse su libertad por su propio esfuerzo. ‘Ganarás la luz’, pero acostumbrándose al resplandor de la luz, porque también se puede ser esclavo de la libertad, si de esta condición esencial no hacemos sino un culto exterior y un uso mísero y no una conciencia integral y creadora…

Arrancado como un panadero de cardo por el viento de la barbarie nazifranquista, de su patria natural… habla para proclamar que estamos…

León Felipe con su sola presencia, nos muestra cómo es posible llevar en lo alto y encendida una luz brillante y pura, y un corazón descubierto, palpitando allí, sobre los músculos y los huesos, como un destello de la propia luz, y descubierto y todo, indefenso de y sin corazas ni bayonetas… nos entrega… su voz, su sabiduría sencilla, su noble mirada y su pasión siempre exaltada y firme. Nos habla…” lxxxiv

20-09-1973: Umbral de la perpetuidad

El periodista-escritor José Luis Víttori al evocar a don Luis, expresó: “…pienso que en Córdoba murió de una muerte ajena a la que le tenía aprensión, descrita y anticipada más de una vez en sus relatos”, cuando aludía a morir en “ciertos estados de soledad” agregando: no desearía morir en primavera” y su instante final, transcurrió en el último día del invierno: 20 de septiembre de 1973.”

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

Santa Fe de la Vera Cruz, Prov.de Santa Fe, República Argentina.

i Se indica 1899, en la antología “Las provincias y su literatura- Santa Fe”, Ediciones Colihue, 1986, p. 58.

ii Gudiño Krämer, Luis. Aquerenciada soledad. Apuntes para el mejor conocimiento de un sector humano del país. Santa Fe, El Litoral; 2a. ed. corregida, Ediciones Colmegna, séptimo título de la Colección Nuevo Mundo, dirigida por Luis Gudiño Krämer, 1946, p. 38-39.

iii Ibidem, p. 47-49.

iv Gudiño Krämer, Luis. La creciente y otros cuentos. Buenos Aires, EUDEBA, 1965. Presentación por Horacio J. Becco, p. 5.

v Víttori, José Luis. La región y sus creadores. Rosario, Editorial Fundación Ross, 1986, p. 59, 40-41. El autor anota algunas claves de “Señales en el viento”: el amigo adinerado era Enzo Víttori, el hermano mayor de José Luis -”que andaba en un Packard flamante”-; el club es el Jockey Club; el compañero de su hijo es César Borda. El viejo Curlet es Gustavo Cochet (completo: pintor, grabador y escritor; n. 1894); el doctor Bonastre es el doctor Luis Bonaparte; el compañero es Antonio Leonhard (seudónimo: Teófilo Madrejón); el gran periodista desalojado del diario -apunta Víttori- puede haber sido Amaro Villanueva; el joven poeta de la costa es Julio Migno. El destinatario de Una carta es Leopoldo Chizzini Melo y el libro: “Tacuara y chamorro”; el doctor Molino Casas es el doctor Salvador Dana Montaño -agrego: Salvador M., historiador y profesor universitario, en 1945 interventor en la Universidad Nacional del Litoral, en ese tiempo fue invitado el entonces embajador norteamericano Spruille Braden -o opositor al coronel Juan Domingo Perón- a dictar el 21 de julio una cátedra sobre Prédica Democrática. El acto comenzó con el himno de Estados Unidos).

vi Amézaga y Cía. Soc. Resp. Ltda. desde 1935 a 1947, estuvo integrada por don Ricardo Amézaga -ex integrante de Amézaga y Ochoteco-; su hermano Francisco –Paco, el cazador y gaitero-; don Ricardo Castelao Rodríguez -primo de otros ferreteros y José Manuel Orbea Suso, mi padre, fallecido el 20 de agosto de 1947. El local construido en la década del 40 en 25 de Mayo esquina La Rioja -enfrente de Pinchetti, almacén mayorista; en diagonal con la chopería Dempke…; a aproximadamente ciento cincuenta metros del edificio del diario El Litoral. La calle 25 de Mayo era muy transitada, porque la estación de ómnibus estaba en calle Mendoza, hacia el sureste de la intersección con 25 de Mayo, prácticamente en el límite de la zona edificada antes de cruzar hacia el puerto.

vii Gudiño Krämer, Luis. Aquerenciada soledad, p. 31-39.

viii Díaz Molano, Elías. Domingo Guzmán Silva. Buenos Aires, Editorial Plus Ultra, colección “Los argentinos”, 1981. p. 26. Domingo Guzmán era hijo de doña Estefanía Silva (veinte años, nacida el 03-08-1837 y falleció durante una epidemia de cólera, enfermedad que contrajo al atender a enfermos en su terruño), era nieto de Miguel S. Silva y de Manuela.

ix Víttori, José Luis. La región y sus creadores, p. 42.

x Ibídem, p. 43.

xi Gudiño Krämer, Luis Señales en el viento. Santa Fe, Colmegna, 2ª ed. corregida, 1946, p. 183-185.

xii Ibidem, p. 43.

xiii Ídem, Edic. Rueda, 1948, p. 131-133

xiv Gudiño Krämer, Luis. Aquerenciada soledad.. Santa Fe, Colmegna, Colección Nuevo Mundo, 1946, p. 20-26 y 75

xv Ibídem, p. 247.

xvi Ídem, p. 223-226,

xvii Id., p. 183-186.

xviii Íd., p. 71.

xix Íd. p. 166.

xx Íd., p. 238.

xxi Íd., p. 246

xxii Íd., p. 66-67.

xxiii Íd. p. 66-67.

xxiv Íd., p. 202.

xxv Íd., p. 202.

xxvi Íd., p. 237.

xxvii Íd., p. 13-14

xxviii Gudiño Krämer, Luis. Señales en el viento. Buenos Aires, Santiago Rueda Editores, noviembre de 1948, p. 9-10 y 12-13.

xxix Gudiño Krämer, Luis. Tierra ajena. Buenos Aires, Lautaro, 1943, p. 84-85.

xxx Ibídem, p. 118-119.

xxxi Ídem. p. 209-210.

xxxii Gudiño Krämer, Luis Señales en el viento. Santa Fe, Colmegna, 2ª ed. corregida, 1946, p. 12, 27 y 42. Sabido es que trápala significa “ruido, movimiento y confusión de gente”, que trapalón o trapalona es la “persona que habla mucho, sin sustancia y persona embustera”, de modo que es acertada la alusión a Trapalanda para advertir sobre el ámbito donde transcurrían sus vivencias.

xxxiii Gudiño Krämer, Luis. Señales en el viento, p. 25 y 42.

xxxiv Víttori, José Luis. La Región y sus creadores. Rosario, Fundación Ross, 15 de diciembre de 1986, p. 47.

xxxv Gudiño Krämer, Luis Señales en el viento. Santa Fe, Colmegna, 2ª ed. corregida, 1946, p. 157-158.

xxxvi Ibídem, p. 159.

xxxvii Ídem, p. 157 y -160.

xxxviii Gudiño Krämer, Luis Señales en el viento. Santa Fe, Colmegna, 2ª ed. corregida, 1946, p. 153-154.

xxxix Víttori, José Luis. La región y sus creadores. Rosario, Editorial Fundación Ross, 1986, p. 44, 47.

xl Gori, Gastón. La Pluma Incesante. Santa Fe, Edición Litar S.A., 1984, p.78-81.

xli Víttori, José Luis. La región y sus creadores. Rosario, Editorial Fundación Ross, 1986, p. 40-41.

xlii Gudiño Krämer, Luis. Escritores y plásticos del Litoral. Santa Fe, El Litoral, 1955, p. 44-45.

xliii Orbea de Fontanini, Nidia A. G. Gastón Gori, escritor. SantaFe, Edición Litar S.A., 1984. Ponencia aprobada por la Comisión Académica del Congreso de Literatura organizado por la Universidad Nacional del Noreste (1983). En la Carta Prólogo digo: Siento al publicar este trabajo… la misma emoción que tuve cuando usted me distinguió al hablar en la presentación de “Poemas para Tioco”, que nació fundamentalmente, porque quise rescatar en el tiempo, la imagen querida y admirada de mi abuela. Y hoy, al entregarle estas hojitas, vuelvo a decirle con mi mayor respeto: es usted para mí un gigante de las letras… por eso insisto tanto en la estatura moral de Dalmacio Gálvez, ese niño que felizmente aún vive en la pureza de su amor que se trasunta en cada página que pasa por la imprenta, en cada gesto suyo en la calle, en cada mano tendida en su hogar. Por eso insisto tanto en la estatura moral de Gastón Gori… una estatura que no figura en ningún documento de identidad, pero que es justamente la identidad…NAGOF. Santa Fe, 26 de junio de 1983 (Mes de las Letras)

xliv Orbea de Fontanini, Nidia A. G. Había una vez… ¡un titiritero poeta! Santa Fe, SEPA -Servicio de Educación por el Arte, iniciativa y realización de la autora-, 1992. Edición fuera de comercio “Homenaje a Pedroni”, distribución en escuelas y bibliotecas públicas con colaboración de la Comisión Bicameral del Centromultimedios “Biblioteca de la Legislatura de Santa Fe”, presidida por el diputado esperancino Martín Carrizo, cuyo Plan Cultural incluía el programa “Setiembre: mes de la educación”, teniendo en cuenta diversas conmemoraciones: Día 4 – … del inmigrante. Recordar que en el año 1856 se instalaron los primeros colonizadores en Esperanza y que en 1886 por decisión del gobernador José Gálvez, llegaron a Santa Fe los primeros sesenta maestros españoles. Día 8 – Día Internación de la Alfabetización. Día 11 – … del maestro. En 1888, fallecimiento de Domingo Faustino Valentín Sarmiento. Día 13 – … del bibliotecario. Día 17 – … del profesor. Día de la libertad de enseñanza. 1894, fallecimiento de José Manuel Estrada. Día 21 – … del estudiante. En 1899 nació en Gálvez José Bartolomé Pedroni, poeta titiritero. Día 23 – … de las bibliotecas (Ley 419 del 23 de septiembre de 1870).

Día 26 – … Día Internacional de las Relaciones Públicas.

xlv Isaías, Jorge. José Pedroni. Papeles inéditos. Santa Fe, Ediciones Culturales Santafesinas (composición: Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral” e impreso en Talleres “Lux”), abril de 1996, p. 170; 44-47.

xlvi Gudiño Krämer, Luis. La creciente y otros cuentos. Buenos Aires, EUDEBA, 1965. Presentación por Horacio J. Becco, p. 6.

xlvii Gudiño Krämer, Luis. Escritores y Plásticos del Litoral. Santa Fe, El Litoral, -impreso en editorial Castellví-, 1955, p. 9-11.

xlviii Ibídem, p. 17-19

xlix ídem., p. 41-43.

l Santa Fe. Subsecretaría de Cultura de la Provincia. Subsecretario Dr. Jorge Alberto Guillén. El hombre y la Cultura. Cuadernos de Cultura de la Provincia de Santa Fe, edición oficial, 1985. Título: Reseña de la Plástica de la Ciudad de Santa Fe (1830-1972) – Antonio Colon, p. 5-90.

li Gori, Gastón. Santa Fe, Edición Distribuidora Litar, 1983, p. 8-9. (Legislatura de Santa Fe, Cámara de Senadores, Actas 1880, p. 98-99.)

lii Desde mediados de la década del ‘90, en el ocaso del siglo veinte, entre los argentinos seguían las disputas entre diversos sectores políticos: unos apoyaban a Fernando de la Rúa otros a Graciela Fernández Meijide… entre tantos otros de igual nombre y de disímiles renombres… El Dr. De la Rúa fue electo presidente de la Nación, asumió el 10 de diciembre de 1999 y renunció en diciembre de 2001 tras sucesivos actos de violencia opositora en las calles de la ciudad de Buenos Aires y en otras localidades. Graciela Fernández Meijide, que empezó a ser conocida como profesora, luego como defensora de los derechos humanos siendo madre de un joven desaparecido, después según se observó en una ficha fue personal de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires -nombrada en el libro que describe el palacio de la corrupción-, finalmente dedicándose a la militancia política desde un Frente… hasta que producida la debacle del primer año del siglo veintiuno, prefirió refugiarse en los orígenes: familia, docencia…

liii Gudiño Krämer, Luis. Escritores y Plásticos del Litoral. Santa Fe, El Litoral, 1955, p. 148.

liv Gudiño Krämer, Luis. Escritores y Plásticos del Litoral. Santa Fe, El Litoral, 1955, p. 21-24.

lv Gudiño Krämer, Luis. Señales en el viento… p. 41.

lvi Ibídem, p. 52-53.

lvii En La creciente y otros cuentos, p. 41-48.

lviii Ibídem, p. 48-58.

lix Gudiño Krämer, Luis. Folklore y Colonización. Santa Fe, Ediciones Colmegna, marzo de 1959 – 144 páginas.

lx Víttori, José Luis. La Región y sus creadores. Rosario, Fundación Ross, 15 de diciembre de 1986, p. 89-92.

lxi Gori, Gastón. La Pluma Incesante. Santa Fe, Edición Litar S.A., 1984, p.78-81.

lxii Gudiño Krämer, Luis. Escritores y Plásticos del Litoral. Santa Fe, El Litoral, 1955, p. 39-40.

lxiii Mataloni, Hugo. Lo que mata es la humedad. Santa Fe, Colmegna, 1988.

lxiv Víttori, José Luis. La región y sus creadores., p. 46-47.

lxv Víttori, José Luis. La Región y sus creadores. Rosario, Fundación Ross, 15 de diciembre de 1986, p. 66.

lxvi Gudiño Krämer, Luis. Aquerenciada soledad… Santa Fe, Colmegna, 1946, p. 182, 131-132.

lxvii Santa Fe – Las provincias y su literatura – Antología. Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1986, p. 58-59. La selección y la propuesta de trabajo, fueron responsabilidades compartidas por las profesoras Stella Maris Alliani, Graciela Masumeci de Bonina y María Angélica Zárate de Carbone. En la presentación del autor, corresponde tener en cuenta que Gudiño Krämer nació en Villa Urquiza (Entre Ríos) el 28 de enero de 1898 no al año siguiente, como figura por error en esa transcripción.

lxviii Isaías, Jorge. José Pedroni – Papeles inéditos. Santa Fe, Ediciones Culturales Santafesinas, abril de 1996, p. 77-78.

lxix Isaías, Jorge. José Pedroni – Papeles inéditos. Santa Fe, Ediciones Culturales Santafesinas, abril de 1996, p. 77-78.

lxx Gori, Gastón. La Pluma Incesante. Santa Fe, Edición Litar S.A., 1984, p.78.

lxxi Víttori, José Luis. La región y sus creadores., p. 38.

lxxii Gudiño Krämer, Luis. Tierra ajena. Buenos Aires, Editorial Lautaro, Alsina 1941, 1943, p. 37; 12-13.

lxxiii Ibídem, p. 37-38.

lxxiv  Isaías, Jorge. José Pedroni – Papeles inéditos. Santa Fe, Ediciones Culturales Santafesinas, abril de 1996, p. 93. “Discurso de José Pedroni, leído en Esperanza el 25 de octubre de 1953 en ocasión de la serie de homenajes nacionales al cumplir 30 años con la poesía”. En realidad, Pedroni publicó sus primeros poemas en 1921 con el título La divina sed, libro que él consideró después como un folleto y que como lo reitera su esposa Elena Chautemps, “excluyó de sus obras completas. Tampoco lo quiso reeditar solo. Lo veía con influencias de Vargas Vila, autor muy amargo de moda por aquellos años”.· Pedroni en una carta a Portogalo, el 3 de febrero de 1953 alude a ese tiempo y relata una anécdota relacionada con la edición de su segundo libro –La gota de agua-, editado y premiado: “Mi padre, que hasta entonces no había dicho una palabra, tomó el ejemplar que yo le había dedicado, lo puso debajo del brazo y se llegó hasta la cantina del barrio, en Rosario, donde se reunía comúnmente con algunos amigos a jugar a las cartas. El viejo se iba a tomar el correspondiente desquite; a pasarle a sus compañeros por las narices, el libro del mal hijo, de ‘ese hijo poeta’ que acababa de consagrase. El hijo discutido dejaba de ser una vergüenza. Mi padre también había estado esperando, como mi madre, como todos… (Ver Papeles inéditos, p. 34.)

Personalmente he sentido varias veces el ímpetu trasgresor y considero que la excesiva autocrítica no debiera impedir el reconocimiento al derecho de los lectores, porque resulta evidente la coherencia entre el primero y el segundo título: La divina sed se calma con La gota de agua. Tengo el privilegio de tener fotocopia de un ejemplar dedicado a su hermana, que llegó a mis manos por la generosidad de otra amiga del alma: la escritora Adelia Brunetti ¡maestra de sencillez y de perseverancia!.

lxxv Isaías, Jorge. José Pedroni – Papeles inéditos. Santa Fe, Ediciones Culturales Santafesinas, abril de 1996, p. 93.

lxxvi Gudiño Krämer, Luis. Señales en el viento. p.157.

lxxvii Gudiño Krämer, Luis. EPL, p. 21.

lxxviii Ibídem, p. 25.

lxxix Ídem, p. 90.

lxxx Gudiño Krämer, Luis. Señales en el viento. p. 199.

lxxxi Ibídem, p. 197-198. Un indicador insuficiente: la ficha bibliográfica correspondiente a este libro, en préstamo en la Biblioteca Pedagógica “Domingo Faustino Sarmiento” indica que en trece años y seis meses, la obra acumuló doce préstamos.

lxxxii Gudiño Krämer, Luis. Señales en el viento. p. 109.

lxxxiii Ibídem, p. 197-198. Un indicador insuficiente: la ficha bibliográfica correspondiente a este libro, en préstamo en la Biblioteca Pedagógica “Domingo Faustino Sarmiento” indica que en trece años y seis meses, la obra acumuló doce préstamos.

lxxxiv Ídem, p. 203-205.