El caudillo Simón Bolívar

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El caudillo Simón Bolívar

Se percibe el eco de voces hispanoamericanas y tiene resonancia un nombre: Simón Bolívar.

Infancia desdichada

Simón nació en Caracas el 24 de julio de 1783, “vástago de una de las familias más ilustres de la Provincia”.

Su padre Simón de Bolívar había nacido en Marquina, ciudad de Viscaya y entró “en la historia de Venezuela por lo más alto de la jerarquía social y oficial”: catorce años fue secretario de una de las Cámaras de la Audiencia de Santo Domingo cuando en el séquito de Ossorio –don Diego depasó a Caracas como Contador y ministro de la Tesorería”.

No deja de tener interés el detalle, puesto que Simón de Bolívar, el procurador, es una de las raíces de Simón Bolívar el Libertador. El antepasado era un administrador y oficial público, nacido y criado en el servicio del Estado, y cuya primera labor en su nueva patria consistió en representar al pueblo, pero también al Gobernador, es decir en representar ante el Rey los planes”… i

Esa provincia, “conocida unas veces por Venezuela, otras por Caracas, nombre de su capital, era entonces entidad autónoma del Imperio español de América, gobernada por un Capitán General; limitaba con el mar al norte, desde el grado 75 al 63 de longitud oeste; y al este, desde el 12 al 8 de latitud norte”.

“Vivía entonces el país tres fases distintas de civilización”; la costa “marítima, comercial y agrícola”; los llanos “que se hallaban en la era pastoral” y “bosques vírgenes surcados por vastos ríos, vivían todavía en el estado anterior a la Conquista, aunque gradualmente absorbidos por un proceso lento de cristianización y civilización a cuya vanguardia avanzaban las Misiones.”

1792: orfandad de “los Bolívar”…

El padre de Simón falleció en 1786 y seis años después, el 6 de julio de 1792 falleció la madre, doña Concepción Palacios.

Sus jóvenes hermanas mayores se casaron jóvenes: María Antonia -la primera, de quince años- con don Pablo Clemente Palacios, quien “instigado por su padre Don Manuel Francia, había puesto los ojos en la fortuna de los dos huérfanos”: Juan Vicente y Simón de 11 y 9 años respectivamente.

Acerca de la formación de Simón “realidad y fantasía se suelen entrelazar” aunque está documentado que fueron algunos de sus maestros Andrés Bello y Simón Carreño y Rodríguez -ora Rodríguez, o Robinson o Robertson-”.

El 10 de febrero de 1799, el tío Esteban en una carta anunciaba que “se habían remitido los reales despachos… de subteniente para Simón, que cumplía aquel año los catorce”. Así fue como luego emprendió su primer viaje a Madrid “entreverando los estudios con las diversiones que le ofrecía la gran capital.”

(Humboldt y el joven naturalista francés Bonpland, en 1799 iniciaron un viaje de estudios por el Nuevo Mundo.)

Otras lecturas en torno a Bolívar…

En enero de 1802 Bolívar estuvo en Francia, regresó a España y en mayo de ese año, “aún no cumplidos los diecinueve, sale de España con su esposa joven pero maternal, se sentía más español que nunca en su trágica vida -salvo quizá en su lecho de muerte. En enero de 1803 una fiebre maligna cortó en flor sueño tan hermoso” cuando ella tenía veintiún años. Después de varios años, expresó: “Quise mucho a mi mujer… y a su muerte juré no casarme jamás”, aunque esa decisión no impidió que estuviera acompañado con diferentes mujeres.

Después de ese desenlace, Bolívar partió hacia España para llegar a Cádiz, que “era todavía el centro del comercio de las Indias” y desde allí pasó a Madrid para reunirse con su suegro, luego a Francia e Italia.

Se ha dicho que Bolívar realizaba “variados movimientos”, contagiado “del estado de movimiento perpetuo característico de su antiguo maestro… Carreño había andado errante desde que por meterse a conspirador había tenido que huir de su tierra natal. Había estado en Jamaica; luego en Baltimore, donde durante tres años ejerció el oficio de cajista -noble oficio en tiempo de ‘las luces’- y por último se había orientado hacia Europa…”

Simón Carreño también se dedicó “a la enseñanza” y es entonces cuando “surge Bolívar, y con la bolsa abierta como el corazón redime a Carreño de la esclavitud de la escuela y le permite volver a ponerse en camino”. ii

Juntos viajaron “los Simón” por distintos países y en Roma se encontraron con el científico Humboldt que había regresado después de un prolongado viaje por hispanoamérica.

De acuerdo al historiador de Madariaga, “ha debido pues ser para Bolívar una de esas figuras silenciosas que sin convencerse ni ceder a la magia juvenil del joven criollo permanecerían en el trasfondo de su conciencia como tácitos consejeros de prudencia, emitiendo radiaciones invisibles de duda y de reserva”. Mientras tanto, “Simón Carreño seguía rigiendo la vida de Bolívar, y, más todavía que en la primera época de Caracas, estampando el sello de sus ideas y de su espíritu sobre el ser adolescente del futuro libertador”. iii

Bolívar, francmasón…

Bolívar “con o sin Rodríguez, regresó a París, donde residió hasta fines de 1806”.

Lo concreto es que desde ese año vivió el maestro en distintos continentes.

Bolívar en 1806 “se recibió entonces de francmasón, quizá más por curiosidad que por fe, pues según declaraba en 1828 en Perú, consideraba a la Masonería como una ridiculez”. iv

En la historia hispanoamericana se destacó que “hasta 1806 se observaba cierto paralelismo entre las andanzas de estos personajes y las aventuras de Don Quijote y Sancho Panza: en lo físico, el seco y avellanado Bolívar y el robusto y espeso Carreño son fieles al diseño original; y también se da cierto paralelismo entre las tendencias saturninas del Caballero de la Triste Figura y el Libertador y entre la naturaleza jovial de Carreño y de Sancho”.v

El historiador Salvador de Madariaga alude a la presencia de ellos en las coronaciones de Napoleón Bonaparte y al camino que los había llevado al Monte Sacro, donde el joven Bolívar juraba solemnemente libertar a su patria “deslumbrado por el espectáculo de la gloria que acababa de contemplar. Lo que le había incitado a armarse caballero andante al servicio de la libertad de Sudamérica era la ambición de emular los esplendores de una vida imperial, de ser la estrella a la que convergían las ovaciones de todo un continente.” vi

En una oportunidad Bolívar manifestó con respecto a Napoleón: “Yo lo adoraba como al héroe de la República, como la brillante estrella de la gloria, el genio de la libertad… Se hizo Emperador, y desde aquel día le miré como un tirano hipócrita. Me imaginaba verle oponiéndose con éxito a los generosos impulsos del género humano… derribando la columna sobre que estaba colocada la libertad… su gloria misma me parecía un resplandor de infierno, las lúgubres llamas de un volcán destructor cerniéndose sobre la prisión del mundo. Miraba sorprendido a la Francia, una gran república… cambiando por una corona el gorro de la libertad, y al pueblo abdicando su soberanía en un monarca.” vii

En cualquier intento de aproximación a la historia de los pueblos, tienen relevancia las cartas y los periódicos; los movimientos de los viajeros. El Padre Francisco de Paula Castañeda, “virtuoso y tranquilo fraile de la Recoleta franciscana, distinguido por el ‘panegírico de la Revolución’ el 25 de Mayo de 1815 cuando Alvear tramaba el coloniaje británico”, “se consagró al periodismo en defensa del clero regular”, “a tanto llegaría su furia que se atropelló todo el articulado de la ley de prensa; sus periódicos fueron prohibidos, y escapó a la condena por haber puesto el río por medio fugándose a Montevideo.

Expulsado de Buenos Aires, el Padre Castañeda vivió en la provincia de Santa Fe, siguiendo sus combates por la prensa.

En el conocido Rincón de Antón Martín, habilitó una capilla y continuó su apostolado.

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Etapa de la emancipación en hispanoamérica…

Es oportuno releer los testimonios del historiador de Madariaga, quien propuso su visión ampliada acerca de Simón Bolívar, rey sin corona” de acuerdo con sus investigaciones, en “los archivos ingleses y franceses en los cuales practicó buscas considerables”.

Acerca del universo bolivariano, Gilberto González y Contreras advirtió:

“…Sostiene Madariaga que las guerras de emancipación en Iberoamérica fueron contiendas civiles. Se vienen abajo, con estrépito de clisés rotos muchas ideas históricas hasta hoy indiscutidas.”

En torno a José de San Martín…

Sabido es que en el sendero de los historiadores se suceden interesantes revelaciones a partir de las cartas cuyos textos, son difundidos tiempo después desde distintos medios de información.

Armando Alonso Piñeiro desde la Nación, difundió un breve estudio sobre Los libertadores. Destaca que San Martín a comienzos de 1818 por intermedio de un corresponsal amigo -“uno de los habituales informantes y consejeros secretos”-, recibió “la primera cita de Simón Bolívar, entendiéndose por tal la mención del nombre del caraqueño en un documento oficial”. Han reiterado que “conocía desde antes la existencia de su distinguido compañero en la epopeya americana… es previsible que no podía ignorar las primitivas gestiones bolivarianas en Londres con Francisco de Miranda, bajo cuyas órdenes se puso en 1812. Mucho menos podía dejar de conocer las operaciones militares de quien ya había sido proclamado Libertador, el 4 de agosto de 1814.

Es oportuno tener en cuenta que Bolívar al nombrar a San Martín lo reconocía como el Protector y que desde “la Gaceta Ministerial de Chile del 11 de diciembre” de 1819, se difundió la “suficiente idea del glorioso suceso del general Bolívar en el Virreinato de Santa Fe”.

A fines de mayo de 1820 enviados por el gobernador militar don Ramón Correa, dos caraqueños -leales a la Corona y la metrópoli- entrevistaron a Pablo Morillo -compañero de armas- del francmasón San Martín, en la batalla de Bailén que significó una condecoración con “medalla de oro”. Pedían que “se promulgase y jurase la constitución de 1812”, “confirmando además de pasada que las Indias no se consideraron nunca como colonias sino como reinos en pie de igualdad con los peninsulares”.

De inmediato “Morillo informó a varios generales, entre ellos a Bolívar quien le envió una propuesta: la firma de un armisticio mientras llegó un emisario diciendo que Morillo le pedía su retiro hasta Cúcuta. Contestó Bolívar: Diga Ud. al general Morillo de mi parte que él se retirará a sus posiciones de Cádiz antes que yo a Cúcuta”.

Luego Morillo aclaró que él no había autorizado ese mensaje y la anécdota sirve para interpretar la energía de las decisiones de Bolívar.

Advierte Alonso Piñeiro que “las relaciones entre Bolívar y San Martín, se iniciaron epistolarmente el 12 de octubre de 1820, cuando desde Pisco el Libertador del sur sudamericano le escribió al Libertador del norte sudamericano una carta henchida de pensamientos constructivos. Las precisiones sobre liberación y unidad del continente eran tan expresivas en este primer oficio sanmartiniano, que difícilmente podía Bolívar evitar una noble reacción ante sentimientos que él mismo profesaba desde hacía muchos años. De allí que el gran caraqueño le contestara el 10 de enero de 1821, en carta fechada en Bogotá, señalando su afán por reunir sus respectivos ejércitos y la necesidad de una entrevista personal.” El mismo historiador afirma que “Bolívar fue el primero que llamó ‘Libertador’ a nuestro héroe máximo en carta fechada en Trujillo a 23 de agosto de 1821. San Martín lo hizo el 12 de marzo de 1822, desde la capital peruana. Insiste el historiador Alonso Piñeiro: “José de San Martín y Simón Bolívar se profesaron mutua admiración… no tuvieron, es cierto, una intensa amistad, porque la política y los azares de la vida los separaron”.

Diversa documentación, provocó otra conclusión que el historiador de Madariaga sintetizó así: “…los chilenos eran partidarios de Bolívar, y adversarios los argentinos; antagonismo en parte heredado del de Bolívar contra San Martín”.

Desde su punto de vista, San Martín en ese tiempo era un hombre “muy gastado por la enfermedad y el abuso de la morfina para dormir”.

(Una referencia conmovedora que -entre otras-, a mediados de la década del ’70 generó protestas desde diversos grupos sanmartinianos y la reacción inmediata fue la prohibición de tales lecturas…)

Con crecientes dificultades, San Martín se trasladó hasta Guayaquil y allí se encontró con dos emisarios y “tres vocales de la Junta gubernativa de Guayaquil que Bolívar había despedido. San Martín que había esperado verse recibido por la Junta en un acto solemne de entrega de Guayaquil al Perú, recibió a los tres desterrados con apenas disimulado desdén y escuchó de labios de -José María- Salazar y de La Mar el relato de los sucesos del 11 y 13 de julio. De modo que cuando él había creído llegar hasta Quito para verse con Bolívar, ya señor de Guayaquil, se encontraba en Guayaquil protegido y dominado por Bolívar.”

Alude Salvador de Madariaga en su estudio sobre Bolívar, a la carta que le había enviado a San Martín -y a Francisco de Paula Santander desde Quito (21-VI-22):

‘He prometido mandar tropas al Perú siempre que Guayaquil se someta’; lo que ya está bien claro; pero más claro todavía; ‘Guayaquil puede envolvernos en una de dos luchas: con el Perú si la forzamos a reconocer a Colombia; o con el Sur de Colombia si la dejamos independiente. Y desde luego, los derechos de Colombia sobre Guayaquil, basados en el de la presidencia española de Quito, resultarían todavía fundados en la fuerza, en vista de lo que Bolívar escribe a Santander al comienzo de la misma carta: ‘Ya sabe lo que es una capital recién tomada, a la cual se deben dar leyes de Colombia, y que tiene mucha gente, muchos patriotas y lo más que es consiguiente’. Capital tomada. Con derechos o sin ellos, Bolívar estaba resuelto a tomar a Guayaquil.” Hubo negociación. En aquel tiempo, ningún cuento trascendió con el argumento de la capital tomada; en realidad la casa tomada, porque desalojaron de ese ámbito a las autoridades anteriores.

La imaginación estaba al servicio de reinos y colonias; de caballerías y espadas; de ambiciones y sometimiento salvo algún excepcional renunciamiento…

“El 17 de junio de 1822, escribió Bolívar a San Martín agradeciéndole la colaboración prestada por la división peruano-argentina en las campañas de Quito y ofreciéndose a llevar sus ejércitos en auxilio de los patriotas del Sur, todavía amenazados por las tropas de La Serna -Laserna-…”

En realidad “en la carrera hacia Lima llevaba la delantera San Martín”, porque entró en esa ciudad cuando Bolívar todavía estaba en Valencia, aunque había enviado a Sucre a Guayaquil en una hábil “maniobra para tomar posiciones”.

Estos hechos provocan dudas acerca de la amistad entre ambos militares, más aún si se tiene en cuenta otra afirmación del historiador de Madariaga: “…dueño ya de Venezuela, Bolívar volvió la vista al Sur, en que soñaba sin cesar desde que había visto la estrella de San Martín elevarse por encima de los Andes.”

(Si se pretende una aproximación a la verdad, se impone leer tanto… como lo contenido en todas las bibliotecas y en archivos de todos los continentes.

Aún esos conocimientos serán insuficientes, porque hay conflictos y actitudes -decisivos-, que no se traducen en palabras. Es prudente tener en cuenta esa determinante limitación, antes de admitir circunstanciales valoraciones pretendiendo que sean juicios definitivos.

Al fin… todas son aproximaciones.) viii

Acerca de Fernando VII…

En sucesivos capítulos, hay información que no es frecuente hallar en los textos destinados a la enseñanza de la historia americana.

El historiador de Madariaga destaca que “Fernando VII vivía rodeado de una camarilla canallesca de barberos y lacayos. Uno de éstos, Antonio de Ugarte, Secretario particular del Rey, venía intrigando con el Embajador ruso Tatischeff, hombre sin escrúpulos, para la compra de una flota rusa inservible contra buenos doblones españoles. Fernando VII adolecía de la enfermedad crónica de todos los monarcas españoles: una hacienda defectuosa. Sólo se le ocurrió una idea para ponerla a flote: restaurar las entradas de oro y plata de las Indias que solían traer las flotas de ultramar. Había pues que reducir a su antigua obediencia a los reinos rebeldes, lo que a su vez implicaba muchos miles de veteranos españoles y por lo tanto una buena flota para transportarlo. Aquí la de Ugarte y Tatischeff. Los rusos entregarían en Cádiz cinco navíos de línea y tres fragatas en disposición de navegar.

Tan secretas se hicieron las negociaciones que el Ministerio de Marina de Madrid las ignoraba por completo. Toda la documentación se destruyó más tarde…” y ambos tratados se imprimieron en Londres en 1823. La mayor parte del pago por los barcos fue pagada con cuatrocientas mil libras esterlinas que la Gran Bretaña debía a España como indemnización por la abolición de la trata de negros; suma que interceptada entre Londres y Madrid por la pareja Ugarte-Tatischeff, no llegó jamás al Tesoro Español.

(Sabido es que los barcos no sirvieron para nada, y con una sola excepción tuvieron que desguazarse antes de 1823…

Con distintos protagonistas, la historia universal refleja situaciones análogas cuando los intereses creados personales o de pequeños grupos, tienen mayor potencia que la vocación de servir al bienestar de la comunidad.) ix

1821 – San Martín en Lima…

A fines de la segunda década del siglo diecinueve, “en la carrera hacia Lima, llevaba hasta entonces la delantera San Martín. Cuando entró en Lima (12-VII-21), Bolívar se hallaba todavía en Valencia celebrando su victoria de Carabobo y ‘el Sur’ para él no era aún más que una querencia. Ya había empezado desde luego la maniobra para tomar posiciones, como lo revela la presencia de Sucre en Guayaquil. San Martín se instalaba poco a poco como dueño del Bajo Perú. El 28 de julio de 1821 proclamó la independencia para con España…” Dejó que una “insólita expedición” a las órdenes de Lord Tomás Cochrane -Conde de Dundonald-, llegara “con víveres para la guarnición española del Callao… sin que se le hostigara” y cuando se retiró el jefe de esa expedición, “el general La Mar… oriundo de Cuenca…, “criollo al servicio de España que mandaba entonces en el Callao, entregó a San Martín el puerto, la guarnición y los parques. A esta situación curiosa en que vivía la capital debemos un cuadro pintado por Unanué, el meteorólogo limeño entonces Ministro de San Martín: ‘En medio del tumulto que causó ayer una falsa alarma, se vieron en esta plaza a una sola voz formarse en línea de Batallón las mulatas hacia el cabildo armadas de cuchillos, y los clérigos y frailes, al pie de las gradas de la catedral, con espada en mano… todo esto anuncia un próspero fin que completará la protección de la celeste Patrona en cuyo día puso el pie en estas costas el ejército libertador. Lo hemos celebrado del mejor modo posible asistiendo a la catedral.” En ese tiempo Cochrane denunció a San Martín porque “no pagaba la flota, y San Martín no admitía las queja, arguyendo que ya no era un general chileno sino el Protector, o sea el Jefe de Estado, del Perú”. Luego en una de sus acostumbradas estrategias, Cochrane “se apoderó del Tesoro por la fuerza y rechazando las transacciones que tardíamente le proponía San Martín, pagó la flota y se quedó con el resto -aunque más tarde devolvió la parte perteneciente a particulares…”; San Martín “perdió prestigio”, Cochrane “no tenía nada que perder” y “después de otras aventuras por el estilo, desapareció del Pacífico tomando servicio en el Brasil”. La extensa América, con costas sobre ambos océanos permitía encontrar algún nuevo espacio cuando el clima aconsejaba un cambio de aires…

San Martín recibió una carta de Antonio José Sucre, ofreciéndole “refuerzos colombianos”. Hubo acuerdos verbales pero en la práctica nada se modificó. Luego San Martín recibió la “algo fuerte” carta que Bolívar había destinado al gobierno de Guayaquil. Sucre volvió a ese lugar.

“Bolívar entre tanto había pasado los tres primeros meses del año 22 en unas ideas y venidas de ardilla, tanto en lo físico como en lo mental”, aunque participó con instrucciones para el canje de prisioneros. Fue “el 9 de febrero de 1822” cuando “un comandante realista, José María Obando, que mandaba la vanguardia, se pasó a los independientes y se presentó a Bolívar. Nacido en Popayán era hombre de fama deplorable por su crueldad y hasta por sus aficiones al bandolerismo. Al mirarle por primera vez, no se imaginaría Bolívar que tenía delante al hombre que ocho años más tarde iba a ensombrecer su alma con la muerte de Sucre y a precipitar su propia muerte”.

En ese tiempo, eran amigas Manuela Sáenz y Rosita Campuzano. Manuela era hija de “un español y furibundo realista” y de una “dama de Quito”, nació en 1797 en Quito. Era reconocida por “su maestría de amazona que un día le permitiría hacer frente a un motín en las calles de Quito, lanza en mano y a horcajadas. Después de no pocas idas y venidas causadas por la guerra civil, Manuelita a los diecisiete, pasó a educarse en el convento de Santa Catalina en Quito. En aquellos tiempos y en la América española, los conventos no eran casas tan santas como hoy; y un joven oficial español Fausto d’Elhuyar (hijo del químico descubridor del tungsteno) se la llevó del convento”… x

A pesar del fugaz escándalo, tenía veinte años cuando contrajo matrimonio con el médico inglés James Thorne residente en Quito y a partir de ese momento vivieron en Lima, ciudad más populosa donde Manuelita seguía promoviendo encuentros con su don Juan.

Era “Rosita Campuzano, la belleza guayaquileña, única mujer, por lo visto, que consiguió ablandar el corazón de San Martín. Rosa y Manuela fueron condecoradas por la Orden del Sol, creada por el Protector del Perú y de una de ellas.

Entre tanto, Manuela se dió tal prisa en vivir que agotó la paciencia del Dr. Thorne, el cual mandó a su joven esposa a Quito, y sola. Sola se hallaba y en Quito cuando Bolívar entró en la ciudad y en su corazón. Manuela se entregó a él y, por un proceso frecuente en estas cosas de mujeres, se apoderó de él al mismo tiempo. Pero, por entonces, el Libertador no se dio cuenta de que lo habían deslibertado. ” xi

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Así se fue desarrollando la epopeya hispanoamericana, con intrigas e hipocresía, con heridos y muertos en sucesivas batallas; con asesinatos y con desaparecidos, algunos voluntarios si convenía cambiar el rumbo después de provocar escándalos o incalculables daños materiales.

Entre tantos movimientos, “con derechos o sin ellos, Bolívar estaba resuelto a tomar a Guayaquil”.

Han destacado que “el 17 de junio de 1822 escribió Bolívar a San Martín agradeciéndole la colaboración prestada por la división peruano-argentina en las campañas de Quito y ofreciéndose a llevar sus ejércitos en auxilio de los patriotas del Sur…” xii

Simón Bolívar, “en su retiro de El Garzal, donde solía trabajar durante su estancia en Guayaquil, seguía siendo Manuela Sáenz su compañera constante”. xiii

1822 – Bolívar aún la anarquía y la monarquía…

Bolívar el 28 de julio de 1822, en una carta manifestó:

“Tú sabes que detesto el antiguo gobierno, pero conozco que este pueblo no está bien ilustrado, para ser gobernado por instituciones liberales”. /…/ “Necesita, pues la República un gobierno más fuerte y liberal al mismo tiempo, y creo que no sería difícil aceptase con gusto el de una Monarquía moderada y constitucional…”

En 1823, “en Lima y en Trujillo reinaba la anarquía… Los jefes del ejército apelaron a San Martín y firmaron un acta… llamándolo a salvar al Perú. El documento llegó a manos del Protector cuando se hallaba en Chile preparando su regreso a Buenos Aires. San Martín se negó a lo que se le pedía; puso buen cuidado en no recomendar a Bolívar para el papel de salvador, que él rechazaba, pero preconizó el reconocimiento sincero a la autoridad del Congreso” que ya se había disuelto porque “Torre Tagle había comprado al Congreso ‘con grandes sumas de dinero sacadas del Tesoro Público’, y haciéndose nombrar presidente y Padre de la Patria (8-VIII-23)”.

En su lejano Mendoza, San Martín, al enterarse de este nombramiento exclamaba: ‘Dios proteja al Perú. Yo creo que todo el poder del Ser Supremo no es suficiente a libertar ese desgraciado país: sólo Bolívar apoyado en la fuerza puede hacerlo”. xiv

Mientras tanto, Bolívar envió una carta a Joaquín “Mosquera, su ministro en Lima que comenta donosamente Simón Rodríguez” -su maestro viajero-:

“Es preciso trabajar porque no se establezca nada en el país, y el modo más seguro es dividirlos a todos. La medida adoptada por Sucre, de nombrar a Torre-Tagle, embarcando a Riva Agüero con los diputados, ofrecer a éste el apoyo de la división de Colombia para que disuelva el Congreso, es excelente. Es preciso que no exista simulacro de Gobierno, y esto se consigue multiplicando el número de mandatarios y poniéndolos todos en oposición. A mi llegada, debe ser el Perú un campo rasado, para que yo pueda hacer en él lo que convenga.”

Siendo presidente de la República Torre-Tagle, “declaró a Riva Agüero traidor a la patria y decretó ser meritorio para cualquier ciudadano el aprehenderlo vivo o muerto. Sucre estaba ausente…” xv

Después, más intrigas, detenciones, espionaje y asesinatos. “El 1º de septiembre de 1823, desembarcaba Bolívar en el Callao” y parece una leyenda lo expresado al Marqués de Toro en su carta del 30 de mayo:

“Ya usted está sin dos hermanos, y yo sin un millón de amigos, compatriotas y parientes. Parece que se ha verificado la fábula de Saturno: la revolución se está comiendo sus hijos, los más los ha destruido la espada, y los menos han perecido por la hoz del infortunio, más cruel que la atroz guerra. Yo no dudo que el desgraciado Fernando ha sido destruido más por la tristeza que por la muerte”. xvi

El 13 de septiembre de 1823, Bolívar estuvo en el banquete organizado en Lima. Allí prometió “un Perú libre y soberano… como nadie recordaba al Protector, Bolívar alzó su copa en honor de San Martín, típico gesto de su espíritu caballeresco, y exclamó luego: ‘Porque los pueblos americanos no sientan jamás elevar un trono en todo su territorio; que así como Napoleón fue sumergido en la inmensidad del océano, y el nuevo Emperador Iturbide, derrocado del trono de Méjico, caigan los usurpadores de los derechos del pueblo americano sin que uno solo quede triunfante en toda la extensión del nuevo mundo”.

En esos meses, “Riva Agüero había intentado por segunda vez apelar a San Martín. Pero esta vez, el ex-Protector, dándose cuenta de lo que se tramaba le contestó indignado:

‘¿Cómo ha podido Ud. persuadirse de que los ofrecimientos del general San Martín fueron jamás dirigidos a un particular, y mucho menos a su despreciable persona?’

No le quedaba a Riva Agüero otra salida que la de tratar con los españoles. Así lo hizo, con lo que, al fin y al cabo, entraba por un camino ya hollado por todos los caudillos independientes, desde Iturbide, Bolívar, San Martín y Sucre, hasta Rivadavia, que en Buenos Aires hacía lo propio en aquel mismo instante.” xvii

Salvador de Madariaga, de acuerdo a sus investigaciones expresó que “Bolívar ‘no era sincero en nada de lo que escribía sobre protección europea, ardid que empleaba según su táctica de siempre para, por reacción patriótica, reorientar a la opinión hacia su propia persona y protección’.” xviii

Afirma el investigador Madariaga:

“Nunca fue Bolívar más tortuoso de palabra y de hecho que en la cuestión de la monarquía. Ya sabemos por qué. Puesto que su plan era aceptar una Corona ofrecida, pero nunca alargar la mano para asirla. A Sucre no le engañaban estas artimañas de Bolívar. Ni a nadie. Pero Sucre sentía para con Bolívar sincero respeto y afecto, y solía escribirle con franqueza si bien con tacto.”

Recordó el historiador que “por ese entonces había publicado ya Bolívar su Mirada a la América, pintando el continente con los más negros colores.

‘No haya buena fe en América, ni entre los hombres ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones, libros; las elecciones combates; la libertad, anarquía, y la vida un tormento…”

Desde el 13 de octubre de 1823, estaba Manuelita Sáenz en Lima, “lo que no mejoraría en nada la salud de Bolívar, ya que, en punto a sensualidad, se juntaban así el hambre con las ganas de comer. Pero continuó aun así su vida febril de César universalmente admirado. Tuvo por entonces la satisfacción de salvar con su prestigio de las garras del Dr. Francia, dictador del Paraguay, a su amigo Bonpland, el compañero de Humboldt, y de ofrecer a Mademe Bonpland y a su familia ‘un destierro honroso en Colombia’.” xix

En 1824 “estaba por entonces Bolívar de un humor animoso como se desprende de sus cartas, las más brillantes, ingeniosas, profundas y humanas que escribió en su vida.

A pesar de lo difícil de la situación, sumido el Congreso en anarquía y derrotismo, había rehecho casi milagrosamente un ejército de diez mil hombres”…

Era el tiempo de sus vínculos con otra mujer, no Manuela Sáenz a quien había escrito: “en lo futuro tú estarás sola aunque al lado de tu marido. Yo estaré solo en medio del mundo”, sino con Manuela Madroño y en la misma carta remitida al general Francisco de Paula Santander -“no sin cierta hipocresía”-, le rogaba que “le enviara enseguida a su viejo amigo y maestro Simón Rodríguez, recién regresado a Bogotá”:

“En lugar de una amante, quiero tener a mi lado a un filósofo.”

“Hay en esta carta una frase curiosa: ‘Si Ud. se viese rodeado de traidores y de enemigos, de celos y de rabias, de conspiraciones atroces contra el Estado y contra su persona, no tendría la calma de duda si debe o no mandar refuerzos al Perú”.

En ese tiempo, “había recibido Bolívar aviso confidencial de que había sido enviado a su ejército un oficial expresamente para asesinarlo”. Los datos disponibles lo orientaron hacia la identificación de un “sargento mayor que hacía dos días se había encargado de la maestranza” y como relató en una carta fechada en Huamachuco, el 6 de mayo de 1824, enseguida pidió al ordenanza que lo buscara. Cuando el acusado llegó, lo hizo sentar mientras él “paseándose en la sala” lo interrogaba. Convencido de que era el emisario, le dijo lo que luego reiteró en esa carta:

“Los Jefes y Oficiales que se unen conmigo, y que generalmente corresponden a mis esperanzas, siempre son colocados dignamente: Ud. irá de Comandante de armas a un buen pueblo.”

Con sagacidad logró neutralizar tales propósitos y “se había reservado una especie de realeza militar nombrando a Sucre General en Jefe del ejército aliado”, quien “con un destacamento colombiano separado del grueso del ejército, gobernaba Bolivia por la autoridad moral y la elegancia de la conducta. Rodeado de ávidos políticos y generales, era desinteresado y falto de ambición. Era también generoso…” xx

Pronto logró Bolívar encontrarse con su maestro. El 10 de abril de 1825 salió de Lima para recorrer el sur, “síguele enorme séquito, en que figura su bufón-filósofo Don Simón, de regreso a la patria con la bolsa vacía y la cabeza llena”. Era el momento en que “el inglés José Lancaster, había emigrado al nuevo mundo desembarcando en Caracas para mejorar a los venezolanos”.

“Bolívar le escribió muy satisfecho de su llegada”.

Envió “20.000” pesos, “pagaderos en Londres por los agentes del Perú”, que finalmente pagó directamente de su bolsillo particular

Ha destacado el historiador Salvador de Madariaga que “no iba en su séquito Manuela Sáenz, a la que escribió desde Ica el 20 de abril una carta cuyo ardor verbal no logra ocultar su deseo de perderla de vista. Después de dos años de vida marital pública y escandalosa, bajo las ventanas de su marido (que tenía su clientela en Lima), le escribe Bolívar que deben separarse para no seguir siendo culpables: ‘En lo futuro tú estarás sola aunque al lado de tu marido. Yo estaré solo en medio del mundo”…

En ese tiempo, Bolívar “seguía siendo el caudillo napoleónico del continente” y al saber que se habían rebelado en Pasto, el 21-X-1825 le escribió a Santander desde Potosí:

“Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar. De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos aunque demasiado merecidos’. Sin embargo, el hecho de que oprimía tan duramente a aquel pueblo tesonero y amante de su libertad, no le impedía considerarse el Libertador de todo el continente. El 11 de noviembre le dice a Santander que Alvear le ha confiado el secreto de unir a Bolivia y Argentina bajo su nombre; y ruega al Vice-Presidente ‘hacer los mayores esfuerzos para que la gloria de Colombia no quede incompleta y se me permita ser el regulador de toda la América meridional. César en las Galias amenazaba a Roma, yo en Bolivia amenazo a todos los conspiradores de la América, y a salvo, por consiguiente, a todas las repúblicas”. /…/

En tales circunstancias, Simón Bolívar también escribió:

“…los argentinos quieren restringir las facultades del Congreso, y yo creo que se deben ampliar hasta lo infinito y darle un vigor y una autoridad realmente soberana. Yo desearía que esta Asamblea fuera permanente, para que sirviendo de árbitro en las diferencias que cada día han de suscitarse entre Estados nuevos y vecinos, fuese el lazo que uniese perpetuamente. La Inglaterra no me podrá jamás reconocer a mí por jefe de la federación, pues esta supremacía le corresponde virtualmente al gobierno inglés”.

Sabido es que Simón Bolívar, el 29 de diciembre de 1825 delegó sus poderes ejecutivos bolivianos en José Antonio Sucre porque había decidido estar en la próxima legislatura del Congreso peruano… xxi

1826 – Entrada triunfal de Bolívar en Lima.

El 23 de enero de 1826 se había rendido la última guarnición española en Sudamérica y Simón Bolívar llegó el 1º de febrero a Arica, se trasladó a su residencia de La Magdalena y el 10 de febrero de 1826, “hizo su entrada triunfal en Lima”.

“…Vivió otra vez uno de aquellos días de triunfo a que tan aficionado era, con arcos triunfales, lluvia de flores, repique de campanas, música de bandas militares, aclamaciones de la multitud, Te Deum en la catedral y recepción cívica en la que, por una vez , no hubo doncellas de blanco para coronarlo. Pero no faltó la escena simbólica. Mientras uno de los oradores que lo recibía manifestaba el deseo de volverle a ver a la cabeza del Estado, Bolívar respondió: ‘Sería un ultraje al Perú, al Consejo de Gobierno, a la mejor administración, compuesta de hombres ilustres, de la flor de los ciudadanos, al vencedor de Ayacucho, al primer ciudadano, al mejor guerrero, al insignia Gran Mariscal La Mar, que yo ocupase esta silla en que debe él sentarse por tantos y tan sagrados títulos. Sí… yo lo coloco en ella’. Y uniendo el gesto a la palabra, tomó del brazo a La Mar y ‘lo sentó en la silla destinada al Primer magistrado en las ceremonias públicas’; desde luego, sentándose él moralmente sobre la nación y el Presidente que así manejaba a su gusto. La Mar, ‘ruborizado’, no aceptó el honor. Lima fue entonces centro del continente… Bolívar llegó a ejercer más influencia y aún poder más absoluto en una gran parte de la América del Sur y en todo el continente, que el monarca más prestigioso de Europa en sus dominios’. La fase de emancipación había terminado; comenzaba la fase constructiva. Había opiniones para todo; pero en Lima gravitaban dentro de una órbita dominada por recuerdos de los tiempos espléndidos del virreinato. Unos abogaban por la unión del Perú y Bolivia, con Sucre de Presidente, es de suponer que vitalicio; otros apuntaban que sólo Bolívar podía restablecer el orden en Buenos Aires y Santiago, y que por lo tanto no había más solución que la unión de los Estados del Sur; un tercer partido, con Unanué a su frente, preconizaba abiertamente la monarquía, por estimar que los países recién emancipados no estaban maduros todavía para la República. Claro es que no había más que una persona con título para coronarse Rey. Bolívar dejaba hablar.”

Diversas reseñas históricas confirman que ese sueño apuntaba al establecimiento de una monarquía. Una carta permite reconocer otras ideas de Bolívar:

“Los ingleses y los americanos son unos aliados eventuales, y muy egoístas. Luego parece político entrar en relaciones amistosas con los señores aliados (es decir la Santa Alianza) usando con ellos de un lenguaje dulce e insinuante para arrancarles su última decisión y ganar tiempo mientras tanto. Si los americanos me creyeran, yo les presentaría medios para evitar la guerra, y conservar su libertad plena y absoluta. Mientras tanto insto infinito y de nuevo por la reunión del Congreso en el Istmo. Yo no quiero nada para mí; nada, absolutamente nada. Ud. que me conoce y los demás que deben conocerme, me harán esta justicia. Así, deberían poner toda su confianza en mí, y dejarme obrar con los aliados. Desde luego digo que ni aquí ni en Colombia ejerceré nunca poder ejecutivo alguno”. xxii

Hay una aparente contradicción en tales manifestaciones porque el 18 de marzo de 1825, “Bolívar convocó al agente secreto de Inglaterra J. Maling, residente en Chorrillos”, documentado en el informe -que el historiador de Madariaga tiene en su poder al relatar estos hechos-; documento que el inglés envió “al Vizconde Melville, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo”, donde consta lo expresado por Bolívar:

“Francia ha declarado que no tolerará gobiernos populares; que las revoluciones llevan ya conturbando a Europa treinta años, y que América no conocerá la paz mientras ceda a la demanda popular de la igualdad. En verdad -sigue diciendo Bolívar- opino como Francia, pues aunque jamás hubo mayor abogado de los derechos y libertades de la humanidad que yo… he de confesar que este país no está en situación de que lo gobierne el pueblo, cosa que hay que convenir es en general mejor en teoría que en práctica. No hay país más libre que Inglaterra, bajo una monarquía bien regulada. Inglaterra es la envidia de todos los países del mundo, y el modelo que todos desearíamos imitar en nuestras constituciones y gobiernos. De todos los países, Sudamérica es la menos apta para gobiernos republicanos. ¿En qué consiste su población sino en indios y negros más ignorantes que la vil raza de los españoles de la que acabamos de emanciparnos? Un país representado y gobernado por gente así tiene que ir a la ruina. Tenemos que acudir en auxilio a Inglaterra /…/ y tiene Ud. no sólo mi autorización sino mi ruego de que comunique nuestra conversación al gobierno de Su Majestad británica, oficialmente o de cualquier otro modo que crea conveniente. Puede Ud. decir que yo no he sido jamás enemigo de las monarquías en principio general; al contrario, las considero necesarias para la respetabilidad y el bienestar de las naciones nuevas, y si viniera del Gabinete británico una propuesta para que se estableciese una monarquía o monarquías en el Nuevo Mundo, me hallarán firme y seguro apoyo de sus deseos, perfectamente dispuesto a sostener al soberano que Inglaterra proponga. Ya sé que se dice que yo deseo ser Rey, pero no es así. (Maling dice en nota al pie sobre el no: ‘dudoso’). No aceptaría la Corona para mí, porque en cuanto vea a mi país feliz bajo un gobierno bueno y firme, me volveré a la vida privada. (…) Como el título de rey no sería popular al principio en Sudamérica, sería bueno satisfacer este prejuicio adoptando el de Inca, al que los indios son muy adictos…” xxiii

Destaca en consecuencia el historiador de Madariaga: “En víspera del Congreso de Panamá y en la aurora de la vida internacional oficial de las naciones americanas que había emancipado, Bolívar es partidario neto de un acuerdo con la Santa Alianza a base de una monarquía o confederación de monarquías en América”.

Al mismo tiempo, “por entonces pasó Bolívar por un período de interés especial hacia los Incas, y en particular hacia Manco Capac… y esa visión exige desarrollos que necesariamente son pertinentes a otro libro; como lo referido a sus derroches contenidos por voluntad de su hermana María Antonia y a “su sed nunca satisfecha de mujeres” que de acuerdo a la mirada de un historiador, “era en él un anhelo de huida de su vació interior”, considerando que “el amor de hombre a mujer es normalmente asociación que completa dos incompletos complementarios; mutua satisfacción de dos vidas insatisfechas que encuentran la una en la otra los elementos que a cada uno le faltan. Así sucede cuando ambos amantes se hallan cada uno en paz con su propio pasado que, a través de su amor, intenta anudarse el uno con el otro en un nuevo y siempre añejo futuro”. xxiv

Placeres en Lima y en La Magdalena…

Ha destacado el historiador Salvador de Madariaga, que Simón Bolívar mientras estuvo en Lima y en su retiro de La Magdalena, “vivía como un Rey… podía gozar con mayor discreción sus placeres favoritos: la buena mesa, la conversación animada y las mujeres. Sus éxitos femeninos de entonces llegaron al borde de la leyenda. Manuela Sáenz los toleraba, no siempre con paciencia, porque conocía su fuerza sobre él, y le dejaba jugar a cambio de una pensión generosa, no poco poder político y la libertad que, sin él no daba, ella se tomaba de tener por su cuenta tantas aventuras amorosas como él. ‘Los ayudantes de Bolívar me han contado cosas increíbles -escribe Boussingault en esta época-. Manuela solía ir a casa del general por la noche. Una vez llegó cuando no la esperaban; y he aquí que se encuentra en la cama de Bolívar un magnífico pendiente de diamantes. Hubo entonces una escena indescriptible. Manuela, furiosa, quería arrancarle los ojos al Libertador. Era entonces una mujer vigorosa y se abrazó a su infiel con tanta fuerza que el desdichado grande hombre tuvo que pedir socorro. Dos ayudantes tuvieron que hacer los mayores esfuerzos del mundo para libertarlo de aquella tigre. Las uñas le habían hecho tales arañazos en la cara del desgraciado que durante ocho días no pudo salir de su cuarto.’

Aquella vida costaba dinero”…

(Es oportuno tener en cuenta que Francisco de Paula Santander, en 1824 acercó a Colombia al científico francés Jean Baptiste Joseph Dieudonne, dedicado a investigaciones de Botánica y a la vez, observador de la realidad en los países andinos que estaban reorganizándose políticamente tras la independencia de la corona español. Estuvo cerca de Bolívar y lógicamente de su amante Manuela Sáenz. Diversas anécdotas fueron incluidas en su libro Viajes científicos a los Andes Ecuatoriales, editado en París en 1849.)

Manuel Lorenzo Vidaurre, “después de haber servido a Bolívar de estribo para subir al caballo fue a representarlo al Congreso de Panamá”. Vidaurre expresó que “los gastos personales del Dictador durante los cuatro años que gobernó al Perú subieron a 300.000 pesos, sin contar las joyas y objetos de arte que se le regalaron, que aumentarían la suma de 200.000. Afirma Riva Agüero, alegando documentos del Estado peruano, que se pagaron 8.000 pesos en agua de Colonia para Bolívar; que el Tesoro del Consulado de Lima abonaba a Manuela Sáenz 2.000 pesos al mes (que la dama acumulaba con la renta de 1.000 pesos mensuales que le seguía pagando su paciente marido), y que el jefe de Policía de Lima, Cayetano Freire, tenía órdenes de poner a su disposición todo lo que pidiera para joyas, muebles y gastos menores. Hay una carta de ella muy graciosa y familiar que pinta a lo vivo la vida de aquellos días en La Magdalena. Es de abril de 1826: ‘Señor, yo sé que U. estará enfadado conmigo, pe yo no tengo la culpa; entré por el comedor y vi qe, abía jente, mandé llevar candela pa sahumar unas sábanas al cuarto inmediato y al ir pa allá me encontré con todos: Con esta pena ni e dormido y lo mejor es Sr. qe yo no baya a su casa sino cuando U. pueda o quiera verme. Dígame si come algo antes de los toros. M. Va un poco de almuerzo que le gustará. Cóma por Dios’.

Era natural que en aquel ambiente de éxito, de adulación y de poder sin límites, resurgiera su añeja tendencia a la monocracia.”

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Enero de 1827 – Rebelión contra Bolívar

La tercera división del ejército de Bolívar había quedado en Perú y se generó una sublevación impulsada por el presidente “Santa Cruz y quizás también por Santander. Manuela Sáenz, al enterarse de lo que ocurría, salió a caballo de uniforme militar y se fue al cuartel para intentar reprimir la rebelión contra Bolívar, pero fracasó en su intento. El pronunciamiento adoptó en seguida los rasgos característicos de tales sucesos en la vida hispánica: reunióse el cabildo y asumieron poderes parlamentarios y hasta constitucionales, declaró abrogada la Constitución boliviana, en vigor la precedente, y por lo tanto terminados los poderes excepcionales de Bolívar”…

El 9 de marzo llegaron los emisarios a Bogotá “ y al saberse la noticia algunos jefes militares hicieron recorrer las calles por las bandas de música de sus unidades respectivas, mientras repicaban las campanas, volaban cohetes y se gritaban vivas”…

“Los sucesos de Lima fueron consecuencia de un nudo de fuerzas personales y nacionales. Reinaba en el Perú disgusto general ante la prolongada ocupación del país por las tropas de Colombia, aparte de la conducta buena o mala de estas tropas. Era un sentimiento nacional latente en todos los peruanos, hasta en aquellos que políticamente explotaban la presencia de la división colombiana”…

“Vidaurre escribió a Santander (14-IV-27) que temía una revolución porque Armero, Cónsul de Colombia, y Manuela Sáenz ‘no han cesado de seducir, prometer y aun gastar, la segunda cantidades muy crecidas. Con noticias exactas que tuve de cuanto se imaginaba por Armero y por esa mujer cuya escandalosa correspondencia tanto ha insultado la moral pública, lo hice llamar a las cuatro de la tarde. Le dije: ‘La Manuela se embarcará entre veinticuatro horas. Si no lo hubiere verificado en este tiempo, la encerraré en Casas Matas.’ La tenía en un Monasterio pero burlaba la incomunicación y era visitada de continuo por los oficiales’. Considerando que la presencia de la división colombiana era más perniciosa que útil, el Gobierno terminó por enviarla a guayaquil (17-III-27); y aprovechó la ocasión para remitir también a Guayaquil varios huéspedes importunos, entre ellos, Luis López Méndez, antaño agente de Bolívar en Londres, hogaño su enemigo y cómplice de Bustamante; Córdoba, el apuesto, impetuoso héroe de Ayacucho; y Manuela Sáenz, que trató de amenizar la travesía poniéndole cerco a Córdoba sin lograr hacer mella en la desdeñosa indiferencia del joven general”. xxv

1828 – Bolívar y el poder de Manuela Sáenz…

El historiador Salvador de Madariaga tras leer documentos en diversos archivos hispanoamericanos y británicos, aludió a la carta que Manuela Sáenz escribió a Simón Bolívar el 28 de marzo de 1828:

“…Esto más ha hecho Santander no creyendo lo demás bastante para que le fusilemos. Dios quiera que mueran todos estos malvados que se llaman Paula, Padilla, Páez y de este último siempre espero algo, sería el gran día de Colombia el día que estos viles muriesen.’ Estas palabras explican el escandaloso episodio de que fué protagonista en la quinta de Bolívar, donde a la sazón residía un día de fines de julio de aquel año, probablemente el del aniversario del Dictador. Había en efecto fiesta en la casa y es de suponer que se había bebido fuerte; pues alguien, por lo visto Manuela, propuso fusilar a Santander en efigie. Se vistió un muñeco imitando al reo, lo sentaron sobre un banquillo y lo fusiló por la espalda un destacamento de granaderos al mando de Crofton. Este Crofton, uno de los coroneles de guarnición escogidos por Bolívar para un mando en Bogotá, había sido ‘cabo en el ejército británico y era persona en exceso inculta’. Bolívar supo el suceso ‘con particular disgusto’…”

El investigador Madariaga, reiteró lo escrito en Bogotá en una carta dirigida a Bolívar, el 1º de agosto de 1828: “el texto de que puño y letra de Córdoba figura en el Archivo Nacional Inglés”, acerca de “lo ocurrido en días pasados en la Quinta de la Señora Sáenz”… Después de advertir sobre los riesgos de investigar sobre los responsables de aquellos actos, el apuesto general José María Córdoba se animó a escribir:

“…La operación dicen qe fue hecha en un muñeco figurando en él a Santander, qe fue puesto en una especie de banquillo, y como a traidor fusilado pr la espalda por soldados de Granad. qe pr desgracia estaban en aql campo haciendo ejercicio; con asentimiento de su comandte Croston sin duda pues era miembro y estaba presente en la función. Se ha dicho que la Sra. Sáenz fue qn promovió este escándalo y lo dirigió”…

“La defensa de Bolívar no es muy convincente:

‘Sabe Ud. que yo lo conozco a Ud. por lo que no puedo sentirme con lo que Ud. me dice. Ciertamente conozco también y más que nadie, las locuras que hacen mis amigos. Por esta carta verá Ud. que no los mimo. Yo pienso suspender al comandante de ‘Granaderos’ y mandarlo fuera del campo a servir a otra parte. Él solo es culpable, pues lo demás tiene excusa legal, quiero decir, que no es un crimen público; pero sí eminentemente torpe y miserable. En cuanto a la amable Loca. ¿Qué quiere Ud. que yo le diga a Ud.? Ud. la conoce de tiempo atrás. Yo he procurado separarme de ella, pero no se puede nada contra una resistencia como la suya; sin embargo, luego que pase este suceso pienso hacer el más determinado esfuerzo por hacerla marchar a su país o dondequiera. Mas diré que no se ha metido nunca sino en rogar […]. Yo no soy débil ni temo que me digan la verdad. Ud. tiene más que razón, tiene una y mil veces razón; y por lo tanto, debo agradecer el aviso que mucho debe haber costado a Ud. dármelo, más por delicadeza que por temor de molestarme, pues yo tengo demasiada fuerza para rehusar ver el horror de mi pena. Rompa Ud. esta carta que o quiero que se quede existente este miserable documento de miseria y tontería.’ Pero Bolívar no hizo nada de lo que prometió. Siguió con Manuela a su lado, y en cuanto a Crofton, he aquí lo que informa Henderson: ‘El Comandante Crofton, protagonista de este asunto […] siguió aquí al mando de la caballería y fue ascendido. Poco después le dio un fustazo a un joven por suponerlo del partido liberal y se negó a ir al campo del honor como se lo reclamaba el agredido. El joven y sus amigos apelaron al Libertador, pero como Crofton siguió en el servicio, el ofendido, el Sr. Posada, pidió su pasaporte y se ha ido a Jamaica.’

No era Santander mucho más prudente. Miguel Peña escribió a Bolívar desde Cartagena (9-VI-28) previniéndole contra Santander, que ‘cree que el asesinato es un crimen para el pueblo, pero que entre los grandes es una astucia recomendable”… xxvi

El acercamiento y apoyo de Bolívar a las autoridades de la Iglesia había contribuido a la recuperación del poder político y “el 27 de agosto de 1828 dio un decreto para que sirviera de ley constitucional hasta 1830. Lo esencial era la eliminación de Santander por la abolición de la vice-presidencia; con lo cual daba sanción oficial a una situación que había creado ya en febrero al autorizar a los ministros a reunirse y decidir asuntos de Estado en ausencia del Presidente y del Vice-Presidente. Este decreto establecía un Consejo de Estado que pobló de amigos suyos, y declaraba ‘dominante la religión católica, apostólica, romana’. El decreto le otorgaba el título de Libertador-Presidente.

Así quedó establecida una dictadura francamente militar, apoyada en un grupo de generales venezolanos y de coroneles irlandeses, y Bolívar gozó de un poder político que jamás virrey español alguno conoció ni aún soñó que fuera posible ejercer. De hecho, tenía en mano la vida y hacienda de todos sus súbditos. Se le trataba como a un Virrey. Bogotá conoció entonces una especie de corte que se entregó a una serie ilimitada y continua de fiestas y jolgorios. La adulación era la regla”…

“Aquella Corte militar hubiera podido florecer con todo el encanto y el refinamiento de una ciudad de añeja cultura de no haber mediado la debilidad de Bolívar para con la irresponsable e irreprimida Manuela. ‘El yelo de mis años se reanima con tus bondades y tus gracias -le escribía por entonces-. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti, no puedo privarme voluntariamente de mi Manuela. No tengo tanta fuerza como tú para no verte: apenas basta una inmensa distancia. Te veo aunque lejos de ti. Ven, ven, ven luego. Tuyo de alma.’ Manuela estaba entonces en el apogeo de su belleza y poder; y al ir a residir Bolívar al Palacio oficial tomó una casa cerca, en la Plazuela de San Carlos. Boussingault, que la frecuentaba entonces, escribe: ‘Manuelita estaba siempre visible. Por la mañana llevaba un negligé que no carecía de atractivos. Los brazos siempre al aire. Se cuidaba muy bien de no ocultarlos. Solía bordar luciendo los dedos más bonitos del mundo, hablaba poco, fumaba con gracia; su porte era modesto. Daba y acogía noticias. Durante el día, salía vestida de oficial. Por la noche, se metamorfoseaba; creo que experimentaba el efecto de algunas copas de vino de Oporto a que era muy aficionada; se pintaba desde luego. El pelo lo llevaba muy artísticamente tocado. Tenía mucho buen humor, era alegre, sin ingenio, y con expresiones a veces bastante escabrosas. Como todas las favoritas de altos personajes políticos atraía a los cortesanos. Era servicial y generosa de modo inagotable.’ Esta mujer que fumaba y se paseaba a caballo por la ciudad vestida de húsar y comportándose como tal, que contaba cuentos verdes y los vivía más verdes todavía, no podía ser reina de una Corte digna. Así pues el ambiente en que Bolívar instaló su dictadura tiraba más al campamento y al cuartel que a la cortesanía de la gentil Bogotá de antaño. Esta circunstancia contribuyó no poco a preparar la tragedia del 25 de setiembre”. xxvii

El historiador Salvador de Madariaga reitera una carta de Manuela Sáenz al científico Daniel Florencio O’Leary, incluida en las Memorias escritas por este notable irlandés en treinta tomos y que se comenzaron a publicar en 1883. Leídos los textos de esas cartas, Guzmán ordenó quemar todos los originales, salvándose algunas que fueron editados en 1914.

Así había expresado Manuela Sáenz al informar a O’Leary:

“El 25, a las seis de la tarde me mandó llamar el Libertador; contesté que estaba con dolor a la cara; repitió otro recado diciendo que mi enfermedad era menos grave que la suya y que fuese a verlo; como las calles estaban mojadas, me puse sobre mis zapatos, zapatos dobles… Cuando entré estaba en baño tibio. Me dijo que iba a haber una revolución. Le dije: ‘Puede haber, enhorabuena, hasta diez, pues usted da muy buena acogida a los avisos.’ – ‘No tengas cuidado -me dijo-, ya no habrá nada’.”

Manuela reprochaba al Libertador su indiferencia ante el peligro, tras el primer atentado organizado para el 10 de agosto en el Coliseo durante el baile de máscaras en celebración del aniversario de Boyacá, cuando ella “fue disfrazada, pero pronto se quitó la máscara, lo que enfadó tanto al General Bolívar que se fue del salón muy temprano, defraudando así los planes de los conspiradores”…

“Manuela sigue contando: ‘Me hizo que le leyera durante el baño; desde que se acostó se durmió profundamente, sin más precaución que su espada y pistolas; sin más guardia que la costumbre, sin prevenir al oficial de guardia ni a nadie, contento con que el Jefe de Estado Mayor, o no sé lo que era, le había dicho que no tuviese cuidado, que él respondía. Serían las doce de la noche cuando ladraron mucho dos perros del Libertador, y a más se oyó algún ruido extraño […] Desperté al Libertador y lo primero que hizo fué tomar su espada y una pistola y tratar de abrir la puerta y lo detuve. Entonces me ocurrió lo que le había oído al mismo general un día. ‘¿Usted no dijo a Pepe Paris que esta ventana era muy buena para un lance de éstos?’ –‘Dices bien’, me dijo; y fué a la venta; yo impedí el que se botase porque pasaban gentes, pero lo verificó cuando no hubo gente, y porque ya estaban forzando la puerta.”

En ese momento, los conspiradores “vieron a una mujer que, con una espada en la mano, los miraba tranquilamente a la luz de una linterna que uno de ellos llevaba. Daga en mano y cananas y pistolas colgándoles del pecho, se adentraron en el cuarto preguntando: ‘¿Dónde está Bolívar?’ ‘En el Consejo’, contestó Manuela. Uno de ellos notó la ventana abierta: ‘¡Se ha escapado!’, exclamó; y un soldado muy bruto, apodado Lopote, se echó sobre ella para vengarse. ‘No matamos mujeres’, dijo Horment fríamente. Manuela siguió desorientándolos, y ellos buscando a Bolívar y vagando por la casa par encontrar la sala del Consejo, hasta que perdieron la calma; y cuando Manuela se encontró herido a Ibarra y se puso a curarlo con su propia ropa, ambos cometieron de imprudencia que era de suponer. ‘¿Lo han muerto?’, preguntó él. Y ella contestó que no. Los conspiradores entonces dieron suelta a su furia dando a Manuela fuerte paliza con el plano de la espada, al punto que doce días después, el 7 de octubre, seguía todavía en cama. Por el momento, sin embargo, no parece haberse dado cuenta del dolor, pues siguió actuando con su admirable serenidad e inteligencia.” En aquellas circunstancias, Manuela vio como mataban a un colaborador de Bolívar mientras su sobrino Fernando estaba enfermo y ella “corría a los pisos altos para ocuparse del reto de la servidumbre”. Afuera continuaba la conspiración…

“Al caer Bolívar de pie en la calle ‘un centinela situado no lejos de la ventana lo tomó, según se dice, por un sirviente de Palacio’. Este error fué muy natural, ya que pasaba a la sazón por la calle un repostero de Bolívar que lo acompañó en su fuga. Ambos se echaron a correr a la luz de la luna y se fueron a esconder bajo el puente en el lecho fangoso del río de San Agustín donde siguieron ocultos, oyendo de cuando en cuando tiros y galopes y a veces vivas a la libertad o vivas a Bolívar. Así fue pasando el tiempo, entrecortado por tropillas de jinetes que cruzaban la ciudad por orden de Urdaneta en busca de Bolívar, el cual, aunque oía gritar Viva el Libertado, no se movía ni chistaba por temor a una celada. Pasaron tres horas y al fin Bolívar mandó a su criado saliera recatadamente arrimado a la pared para ver de indagar quiénes eran unos que se acercaban; reconoció el criado a unos oficiales que lo reconocieron a él y lo tranquilizaron sobre la situación; así que al fin pudo salir Bolívar de su escondite, empapado, entumecido y enfangado, y así llegó a caballo a la Plaza Mayor donde fue recibido con entusiasmo… dijo con voz sepulcral: ‘¿Queréis matarme de gozo estando próximo a morir de dolor?’

No cabe duda de que la causa de aquel dolor no era otra que la mancha indeleble que en aquella noche había empañado su gloria…

Todavía bajo esta nube que oscurecía su ánimo, Bolívar hizo venir a su Primer Ministro Castillo y le mandó convocara a Consejo, pues deseaba dimitir; también le indicó su deseo de que el Congreso que debía reunirse el 2 de enero se convocara inmediatamente, así como que preparara un decreto perdonando a todos los conspiradores, y que hiciese los preparativos necesarios para su propio viaje al extranjero” pero tras las súplicas de sus compañeros de lucha revocó tales órdenes y después de las sentencias a muerte, fueron asesinados algunos conspiradores… Bolívar dirigía esos procedimientos y acerca de Santander consideró que no había suficientes pruebas para condenarlo a muerte y recomendó “juzgarle más bien con clemencia que con rigor por causa de ser mi enemigo”.

“Santander fue enviado a Cartagena ajo la custodia del italiano Montebrune que escribió un diario de ruta y mandaba informes regulares… a Manuela Sáenz”. xxviii

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1829 – “Bolívar, sediento de poder”

Destacó Salvador de Madariaga que: “Bolívar, sediento de poder, no trabaja más que para sí mismo. /…/ Irascible, impaciente ante toda contradicción, ardiente, impetuoso, ha ejercido tanto tiempo la dirección exclusiva de los negocios, ha realizado él solo tan grandes cosas, que su confianza en sí mismo no tiene límites; y las oposiciones naturales en un gobierno libre son para él una especie de insubordinación militar que hay que reprimir de un modo expeditivo. En torno suyo todo respira el espíritu del despotismo. La adulación más servil lo eleva en apariencia por encima de todos los grandes hombres, y jamás la verdad deja oír lenguaje en aquel ambiente. Su hipocresía es tan profunda como su ambición…”

“Gran periodista, Bolívar dio la mayor circulación a este artículo que, imitando a su favorito, Voltaire, atribuía a ‘un fraile que tiene mucho talento’.

Sucre le escribía (7-VI-29) que había recibido tres ejemplares, ‘los he hecho correr por todos los amigos aquí, pues vinieron pocos’; lo que prueba que Sucre que no era contrario a las ideas de Bolívar, sino tan sólo a su arbitrariedad.”

Era el tiempo de la lucha política para dar “constitución a Colombia… pero Bolívar seguía con su campaña, rechazando con una mano lo que pedía con la otra… proponía dividir el país, puesto que no quería seguir unido. Mera táctica, para asustar y atraerse a los prohombres militares y aun civiles de Venezuela…”

El 27 de julio de 1829, “escribe a Sir Robert Wilson, el diputado británico y padre de su ayudante de campo, expresando su fe monárquica del modo más palmario:

‘En la capital se trata de fortificar y mejorar la naturaleza del gobierno y aun se dice, y casi se puede afirmar, que el proyecto más seguido se fija en un gobierno vitalicio bajo mis órdenes y un principado para sucederme. Me parece que la idea, aunque tiene sus ventajas peculiares, no carece de dificultades. Desde luego, yo no puedo ya continuar mandando porque mi físico se ha cansado, y poco falta a mi sufrimiento para agotarse’…”

Anarquía y propósitos…

Insiste el investigador Salvador de Madariaga en que “Bolívar profesa entonces querer desterrarse y abandonar a América a sus destinos. Sus motivos son característicos de su complejo estado de ánimo:

‘Acabar su vida pública de un modo digno e inspirar confianza no solamente a Colombia y al Perú, sino también a las demás repúblicas hispanoamericanas, de que él no aspiraba a la continuación de seguir mandando’.”

En aquel tiempo “el problema clave era la anarquía desencadenada en el continente al caer el régimen español”. xxix

En una carta enviada desde Quito (6-V-29), Bolívar expresaba:

“Estoy enteramente de acuerdo con Ud. en que es sumamente necesario un cambiamiento del sistema constitucional en la América antes española, para que pueda consolidarle; y creo también que, aunque hay sus dificultades, no son insuperables”.

Luego los ministros de Bolívar redactaron una Nota (3-IX-29) para Francia y para Inglaterra, exponiendo su plan. El texto para Francia es el más completo”.

Se trataba “no de un paso súbito de la República a la Monarquía, sino de una idea más sutil…”

En septiembre de 1829 “no cabía duda de que el gobierno obtendría mayoría suficiente en el Congreso, y que aun la medida tan insólita que se proponían preconizar hallaría aprobación parlamentaria”. La estrategia consistía en que “el Monarca futuro se escogería de la familia real de Francia…”

Esos párrafos aislados pueden generar mayor confusión acerca de la historia hispanoamericana, acerca del panamericanismo. Sólo la lectura completa de ambos tomos permite comprender algo más acerca de lo expresado por el autor en el prefacio: “Con esta Vida de Bolívar se completa al fin la trilogía americana” que había comenzado con la Vida de Colón (1940) y al año siguiente la de Hernán Cortés.

Aclara el autor en notas preliminares, que “la tradición de denigrar a España y a los españoles, establecida en todo el mundo (sin excluir a todo un sector de la misma España), y todavía vivaz, presta a los movimientos sudamericanos de secesión una índole de revoluciones contra el dominio de una nación extranjera que en realidad sólo muy en parte tuvieron; con lo cual los caudillos de aquellos movimientos parecen transfigurados en tipos convencionales.” xxx

Evidentemente, una maraña de intereses y de compromisos impidió la unidad hispanoamericana. Ese nudo inicial sigue inalterable en su potencia. xxxi

En ese punto… resulta oportuno reiterar: “a veces importa lo que se calla y por qué”.

Se podrán elaborar diferentes hipótesis y sucesivamente se renovarán las dudas.

El sueño de San Martín -y de Bolívar-, en las primeras décadas del siglo XIX… a comienzos del siglo veintiuno todavía no se ha convertido en realidad.

Bolívar y San Martín: el mestizaje

Otro nudo gordiano que resiste a sucesivas tempestades es el que simboliza los vínculos que relacionaron a los generales San Martín y Bolívar. El historiador Bartolomé Mitre intentó hallar las claves de ese enigma -y como reitera Salvador de Madariaga- hay que admitir la potencia de la ambición, aunque “San Martín declarara no tener ambición y de que abandonara la partida de Guayaquil La realidad es que San Martín vivió su carrera pública bajo una influencia napoléonica tan profunda como Bolívar. Que los resultados fueran diferentes, arguye entre Bolívar y San Martín diferencia de carácter, no de la influencia recibida por uno y otro. Cuando sale el sol revela con su luz un pino y una encina, que desde luego siguen siendo diferentes bajo la misma luz que los revela tan distintos. San Martín, desobedeciendo las órdenes del gobierno de Buenos Aires, guardando obstinado silencio sobre sus planes, dominando a los chilenos, riñendo con el airado Cochrane” (…)

Destacó Salvador de Madariaga:

“…cuando estalló en público su querella secreta… porque “San Martín no pagaba flota” argumentando que “no era un general chileno sino el Protector, o sea el Jefe de Estado, del Perú”… Se apoderó entonces Cochrane por la fuerza de las “fuertes sumas de oro y plata” que se habían depositado en unos navíos surtos en Ancón… El incidente perjudicó más a San Martín, que perdió prestigio, que a Cochrane, que no tenía nada que perder y que, después de otras aventuras por el estilo, desapareció del Pacífico tomando servicio en el Brasil.”.

Hay que tener en cuenta que transcurría el año 1821 cuando un diputado del Cabildo peruano le ofreció a San Martín “el gobierno del Perú” y el general “contestó con una sonrisa enigmática, pero seria y benévola, que hallándose en posesión del mando supremo por el imperio de la necesidad, lo conservaría si lo juzgase conveniente al bien público, evitando la convocatoria intempestiva de juntas y congresos, que no harían sino embarazar la expedición de los negocios públicos con vanas discusiones, retardando el triunfo de la independencia, que era ante todo.” (…)

Insiste Salvador de Madariaga en que la actitud de San Martín, al asumir “el poder absoluto del Perú sin aceptarlo del cabildo, es imagen de Napoleón reflejada en un lago recluido y elevado, como Bolívar es imagen de Napoleón reflejada en rápido y poderoso río. La liberación del Perú fue una conquista. San Martín se sintió muy como monarca; distrayendo su atención de la guerra, crea la Orden del Sol, da decretos sobre títulos de nobleza, organiza su casa política -cosas todas entonces baladíes. Nada de esto importaba entonces. Lo que importaba era la amenaza de los realistas. (…) Pero el mismo Mitre explica… ‘los instintos de criollo americano y de enemigo de raza’, de San Martín. Y como el padre de San Martín era español… lo que manifestaba eran los instintos de su madre, que era mestiza. La Orden del Sol, inventada y fundada por San Martín, expresa a su vez la síntesis de las dos tendencias de su alma: la imitación de Napoleón en la imitación de la Legión de Honor; y el resentimiento indio en la elección del símbolo, el salto atrás a la mitología Inca.”

Afirma el historiador Salvador de Madariaga que “Bolívar también odiaba a los españoles y los perseguía con una pasión que hubiera sido vesánica de no haberle brotado de la sangre de los naturales que fluía por sus venas.” (sic)

“Lo que daba tanto a Bolívar como a San Martín su fuerte pasión anti-española era la etapa trisecular de desposesión de los indios que les venía a ambos en la sangre de sus madres respectivas; y su furia, mucho más vehemente que la de cualquier indio puro, procedía del choque de las dos sangres en sus seres; del duelo entre el opresor y el oprimido, entre el desposeedor y el desposeído, vivos ambos en su carne. Estos eran los dos impulsos que animaban a San Martín y a Bolívar: ambición napoleónica, resentimiento mestizo. Por el primero iban a la dictadura; por el segundo a la emancipación de sus pueblos. Por el segundo eran hermanos de armas; por el primero, adversarios.” xxxii

(Es oportuno recordar lo expresado por el general Perón a mediados del siglo siguiente: “…la conducción debe estar en manos de hombres de un perfecto equilibrio. Napoleón lo definía como un perfecto cuadrado: los valores morales son la base; los intelectuales la altura”.

Insistía Perón “El conductor no puede decir la primera mentira, el conductor no puede cometer la primera falsedad ni el primer engaño; debe mantener una conducta honrada mientras actúe, y el día que no se sienta capaz de llevar adelante una conducta honrada será mejor que se vaya y no trate de conducir, porque no va a conducir nada. /…/ Un hombre sin virtudes no debe conducir, y no puede conducir aunque quiera o aunque deba”…

El general Perón decía con frecuencia que él entregaba a cada peronista “un bastón de mariscal” pero con eso no aseguraba que quien lo luciera fuera realmente un mariscal.) xxxiii

Plan propuesto a Francia e Inglaterra…

Una aproximación a lo expresado por el historiador Salvador de Madariaga permite disponer de más información acerca del general Simón Bolívar, fiel a su consigna: “La guerra es mi elemento”, mientras a pesar de los datos contradictorios -de “su ambición desmedida”- resultaba evidente que era “la única figura capaz de gobernar a Hispano-América.” Recuerda el historiador la carta de Bolívar desde Quito (6-V-29) contestando a Restrepo estar “enteramente de acuerdo”, “en que es sumamente necesario un cambiamiento del sistema constitucional en la América antes española, para que pueda consolidarse” y que “el 5 de agosto, Bolívar escribió a Castillo – Rada– exponiéndole los argumentos que podrían aducirse contra la idea, pero asegurándole que no se opondría, antes bien, ayudaría con tal de poder contar con la cooperación de Francia e Inglaterra; pero antes de saber a qué atenerse sobre este punto, reservaba su opinión. A principios de setiembre ya no cabría duda de que el gobierno obtendría mayoría suficiente en el Congreso, y que aun la medida tan insólita que se proponían preconizar hallaría aprobación parlamentaria. Así, los ministros de Bolívar redactaron una Nota (3-XI-29) para Francia e Inglaterra, exponiendo su plan”.

Insistían en que “S.E. –Bolívar- reúne todas las voluntades es el único capaz de mantener la unión y de consolidar un gobierno y debe necesariamente estar durante su vida encargado de regir a Colombia, no con el título de monarca que ni el Congreso le daría ni su Excelencia aceptaría, pero sí bajo el de Libertador que es para S.E. una propiedad de gloria. Su sucesor podría condecorarse con aquel nombre, y este sucesor, sí en el curso del tiempo no hubiera circunstancia que se lo impidiera, se buscaría de una de las familias reales de Europa, y probablemente de la Francia, con quien por mil motivos conviene a Colombia estrechar las relaciones. Tal es el proyecto del Consejo de Ministros en toda su extensión.”

Advierte el historiador Salvador de Madariaga que “Bresson envió a París la Nota con valiosos comentarios. Se trata ya, decía, no de un paso súbito de la República a la Monarquía, sino de una idea más sutil: ‘La Constitución que se da, que he visto y que enviaré a V.E. es la nuestra poco más o menos, sin el nombre de Rey’. Explica que se hará todo con y bajo Bolívar. ‘Hoy por hoy la cooperación del general Bolívar es segura y se nos dice en términos positivos que el Congreso no le ofrecerá la Corona ni él la aceptaría. Además, ni una palabra sobre el empréstito o asistencia pecuniaria. Sin embargo esto vendría como consecuencia con la que tenemos que contar.

El Ministro ha presentado como una probabilidad que el Monarca futuro se escogería de la familia real de Francia.”

Reconocía Bresson: “…está convenido entre el Ministro de Relaciones Exteriores y yo que al Gobierno inglés no se le informará más que de la parte de esta otra que se refiere al cambio proyectado en la forma de gobierno y para el que solicita el colombiano la aprobación de S.M. británica /…/ el Encargado de Negocios inglés ignorará pues por completo las miras del Gobierno colombiano sobre el sucesor y la petición de garantía y protección que dirige al de S.M.”

El 29 de agosto contestó el ministro francés de Negocios Extranjeros, “en tono más bien frío, censurándolo por su ostentosa presentación de cartas credenciales meramente ministeriales y no del Rey; y en cuanto al plan monárquico, fruncía el ceño”…

“El Gobierno del Rey está resuelto a permanecer ajeno al proyecto. No nos seduce nada la proposición que os han hecho ni sentiremos en lo más mínimo que se hagan a otro gobierno”.

Destaca el historiador Salvador de Madariaga: “Al Gobierno francés le desagradaba el empréstito de 20 millones de pesos a que Colombia aspiraba y daba instrucciones a Bresson de que se fuese de Bogotá”, sugerencia rechazada porque permaneció para “recibir del Congreso de Bogotá la proposición monárquica a base de la ayuda francesa”.

Mientras tanto, crecía la maraña de intrigas; hubo algunas sublevaciones y amenazas de renuncia; originales tradiciones que perduran en los últimos años del siglo XX y que aparentemente están tan arraigadas que no será fácil modificar las actitudes. Surge de la carta enviada el 22 de octubre de 1829 por Bolívar a Rafael Urdaneta:

“Con respecto al negocio entablado con los gobiernos de Francia e Inglaterra, me parece que nos hemos empeñado ya demasiado y la cosa es muy peligrosa e inevitable. No debemos, pues, dar un paso más adelante, y dejar al Congreso que haga su deber y lo que tenga por conveniente. Todo lo demás es usurparle sus facultades y comprometernos demasiado… Y una posdata reveladora, añade: ‘Mi nota va un poco durita porque estoy en una atmósfera muy liberal’, confirmación perfecta de todo lo que va dicho…

Es inútil tratar de quitar hierro a esta traición de Bolívar. El 20 de diciembre, Bresson informaba a su gobierno: “Nadie se explica su conducta. Parece entregado a mil sentimientos y a mil proyectos contrarios. Sus pensamientos, sus órdenes del día siguiente no se parecen en nada a los de la víspera. Todo en él es incertidumbre y contradicción. La debilidad sucede a la energía, el despertar al sueño; se diría la agonía de un alma grande. Una inteligencia noble, que lucha y que va a apagarse; su reputación, su popularidad, su influencia se resiente por ella. La fortuna se retira de él. Los miembros del gobierno no saben qué marcha seguir.

El General Bolívar les ha estimulado en sus gestiones con Francia e Inglaterra. Ha dejado que se comprometieran… y de repente, al primer grito popular, los deja en la estacada. Esto es burlarse no sólo de ellos sino de las potencias cuyo apoyo ha sido pedido. Si volviera a implorarlo de nuevo, ha perdido el derecho a que se le escuche.” Reitera el historiador que Bresson, en un despacho posterior, analiza la Nota de Bolívar con su agudeza usual. El 11 de enero informa: “Me ha anunciado el Ministro que después de la vuelta del Libertador, la administración actual se retirará, cediendo así a la opinión del momento; pero que queda persuadida de que el país no puede salvarse más que por este proyecto que había meditado, y que daría sus frutos en el porvenir. Ayer se expresaba el General Sucre en los mismos términos’.”

Estaba prevista la inauguración del Congreso el 3 de enero de 1830 pero Bolívar, “cediendo, sin gran resistencia, llegó a la capital el 15 de enero de 1830… las calles del tránsito se adornaron cual nunca”.

Un testigo -Posada Gutiérrez-, manifestó: “…Cuando Bolívar se presentó, yo vi algunas lágrimas derramarse. Pálido, extenuado; sus ojos tan brillantes y expresivos en sus bellos días, ya apagados; su voz honda, apenas perceptible, los perfiles de su rostro, todo, en fin, anunciaba en él, excitando una vehemente simpatía, la próxima disolución del cuerpo y el cercano principio de la vida inmortal…”

Desde otro punto de vista, se afirmaba: “Lo seguro es que su espíritu seguía fuerte, mucho más de lo que convenía a su desmedrado cuerpo. xxxiv

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Ante la ausencia de Manuela Sáenz…

Percibo otro impulso y releo lo escrito por Salvador de Madariaga refiriéndose a Simón Bolívar tras “la última revolución”:

“Uno de los rasgos más curiosos de este destierro de Bolívar es que dejara en Bogotá a su amiga Manuela Sáenz, a la que ya no volverá a ver. Manuela, aunque por su vida poco ajustada a la tradición burguesa y católica de Bogotá había sido una de las causas más fuertes de la impopularidad de Bolívar, seguía siendo dueña de su afecto. Desde Gauduas Bolívar le escribía tiernamente (11-V-30): ‘Mi amor: Tengo el gusto de decirte que voy muy bien y lleno de pena por tu aflicción y la mía por nuestra separación. Amor mío, mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora más que nunca mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues si no nos pierdes a ambos perdiéndote tú. Soy siempre tu más fiel amante – Bolívar.’ Manuela no hizo caso de la advertencia. Aquel año se celebró el Corpus Christi (9-VI-30), desde luego, con las ceremonias religiosas, pero también con las fiestas alegres y grotescas que en toda la cristiandad suelen acompañarlas. Iban a quemarse efigies grotescas del Despotismo y de la Tiranía que serían sendas caricaturas de Bolívar y de Manuela. Pero la valerosa quiteña, vestida de uniforme masculino, se lanzó al ruedo en forma que describe un periódico contemporáneo del modo siguiente: ‘Una mujer descocada, que ha seguido siempre los pasos del general Bolívar, es la que se presenta todos los días en el traje que no le corresponde a su sexo, del propio modo hace salir a sus criadas, insultando el decoro, y haciendo alarde de despreciar las leyes y la moral. [… ] Esa mujer, cuya presencia sola forma el proceso de la conducta de Bolívar, ha extendido su insolencia y su descaro hasta el extremo de salir el día 9 del presente a vejar al mismo gobierno y a todo el pueblo de Bogotá. En traje de hombre se presentó en la plaza pública con dos o tres soldados que conserva en su casa y que paga el Estado, atropelló las guardias que custodiaban el castillo destinado para los fuegos de la víspera del Corpus, y rastrilló una pistola que llevaba, declamando contra el Gobierno, contra la libertad y contra el pueblo…”

“…sigue diciendo La Aurora de Bogotá: ‘Empero, nada ha producido un sentimiento tan profundo como el haberse asegurado que S. E. el Vicepresidente de la República, encargado del Poder Ejecutivo, pasó personalmente, con mengua de su dignidad y carácter público, a la habitación de aquella forastera a sosegarla y satisfacerla, cuando su delito exigía que hubiese sido conducida en el acto a una prisión, juzgada y castigada conforme a las leyes.’ Sin dejarse amilanar por la oposición que se suscitaba, Manuela, que resentía como un insulto personal la influencia creciente que iban adquiriendo los santanderistas, cubrió los lugares más céntricos de Bogotá con carteles en que expresaba sin reserva su amor a bolívar y su desprecio a la ortografía:

BIBA BOLIVAR

FUNDADOR DE LA REPca.

Perseguida esta vez por la justicia, fue desterrada en agosto; pero aun entonces, aunque se fue hasta Guaduas, no se reunió con Bolívar. Esta extraña circunstancia merece alguna atención. ¿Por qué iba Bolívar a ocultar sus relaciones con Manuela, tan públicas mientas estuvo en el poder, ahora que se retiraba a la vida privada? La respuesta es doble. Es muy posible que los médicos le recomendaran, en el precario estado de saludo en que se hallaba entonces, que dejara a prudente distancia a una ninfa tan exigente; Bolívar además no se retiraba a la vida privada; su eclipse era tan sólo temporal y táctico; y quizá terminara por impresionarse ante la importancia que para su popularidad revestía aquella peligrosa relación.” xxxv

Indecisión y desazón…

Simón Bolívar instalado en Cartagena, escribió a Joaquín Mosquera comunicándole que había recibido el pasaporte y explicó que no había embarcado en “un paquete inglés” fondeado en ese lugar, porque “ya la cámara estaba ocupada con una porción de señoras”. En otra carta, el 24 de junio de 1930 le informaba:

“Los días que quede en Cartagena no pesarán al gobierno, pues, estoy muy lejos de conspirar contra mis mayores enemigos; y como he tenido el honor de contar a Ud. entre los que fueron mis amigos, me será grato poder influir de alguna manera en el éxito de la presidencia de Ud. que deseo sea tan gloriosa como lo merecen sus virtudes y talentos.”

Destacó el historiador Salvador de Madariaga que “en todo este período, hasta el 16 de octubre, su correspondencia revela tan viva como siempre la contradicción sempiterna en su ánimo entre la renunciación verbal y la ambición ejecutiva.”

Sucre asesinado…

“Hallándose una noche en uno de los bohíos recién construidos al pie de la colina de la Popa, a solas con su sobrino Fernando, oyeron acercarse a eso de las nueve dos carruajes, de donde se apearon el General Montilla, don Juan Francisco Martín y otros amigos de Cartagena. ‘¿Qué pasa? –preguntó Bolívar. ‘General -replicó Montilla-, han asesinado a Sucre en los montes de Berruecos. Se dió Bolívar una palmada en la frente, pidió detalles y rogó a sus amigos le dejaran solo con sus pensamientos. Largo tiempo estuvo paseando por el patio, y se acostó muy tarde; pero volvió a levantarse al alba y a seguir paseando por el patio sin descanso; con lo que se enfrío y tomó una fiebre que iba a tener que soportar hasta la muerte. Atribulado por la pérdida personal, lo estaba quizá más todavía por la revelación del abismo de violencia y anarquía que veía abierto a sus pies. La querencia a la libertad, a Europa, al cambio de aires, se vigorizó en su ánimo. Adivináronlo sus amigos y no tardaron en volver para disuadirle de tal propósito. Bolívar no necesitaba mucha persuasión para quedarse, aunque lo fingía… no era sincero al decir que quería irse. Sabía que Urdaneta, Manuela y sus demás amigos estaban conspirando contra el gobierno. Entonces vino a herirle en pleno corazón otro golpe casi tan duro como el de la muerte de Sucre. Así se lo anuncia en la misma carta a su primo: ‘Mientras tanto esos canallas del Congreso de Venezuela han cometido, por miedo, la abominación de proscribirme’.”

“Le aseguro a Ud. -decía Bolívar a Vallarino en Barranquilla (11-XI-30)- que es el suceso que me ha afectado más en toda mi vida.” xxxvi

“…Bolívar aspiraba a derribar el gobierno que profesaba sostener. Otro tanto hacían en Bogotá Urdaneta y Manuela Sáenz, a la sazón fraternalmente unidos, no sólo por ser Urdaneta el canal por donde solía venirle a Manuela los subsidios que le mandaba Bolívar, sino por haber sido ambos objeto de atentados, si bien fallido, contra su vida por parte de exaltados liberales”…

Continuaron las conspiraciones, hasta que el general Urdaneta y Manuela. “la cual posee grandes propiedades que distribuye liberalmente en caridad, lo que le da gran influencia en las cercanía de Bogotá, así como también por el clero y por los cabecillas del partido de Bolívar en la capital y en los alrededores. La fuerza llevaba cintas verdes con la divisa: por la Religión”.

“…Sin dejarse amilanar por las amenazas gubernamentales, los bolivaristas se pusieron en marcha con sus cintas verdes hacia Bogotá”…

El general Urdaneta integró el gabinete de Mosquera desempeñándose como ministro de Guerra.

17 de octubre de 1830

Hay más información del historiador de Madariaga sobre los sucesos de 1830:

Aunque ya el 17 de octubre, un español, Don Joaquín de Mier, a instancias de –Mariano- Montilla, había ofrecido a Bolívar su quinta de San Pedro Alejandrino en los alrededores de Santa Marta, Bolívar seguía en Soledad aguardando el resultado del incidente de Río Hacha… Desde su lecho, Bolívar enviaba a Montilla y a Urdaneta consejos hallados ‘en mi triste almohada…’ celebraba el triunfo en Cartagena… Aprovecha la ocasión para recomendar… ‘una espada bien templada’… Estoy desesperado con los hombres y con las cosas”.

Necesidad de recuperar “sus cartas”…

Recomendaba Simón Bolívar a Urdaneta: “…entregue todas mis cartas de esta época última al coronel Austria, pues pudiera suceder que en una revolución cayeran en manos de mis enemigos y le darían un sentido muy siniestro, aunque en todas he renunciado una y mil veces al poder supremo y he declarado que no he tenido parte alguna en esta reacción. Austria me las mandará y, si Ud. quiere, le devolveré las suyas o las quemaré; aunque las de Ud. edifican por la piedad. También le ruego que rompa luego las cartas que le escribo, pues estoy resuelto a decirle a Ud. algunas veces lo que pienso, porque nadie me quita de la cabeza que Uds. corren un furioso huracán y no dejo de tenerles lástima como buenos y antiguos compañeros.”

En esos meses sus “males han calmado un poco” como dice en una carta, aunque en otra expresa: “mi mal se va complicando y mi flaqueza es tal que hoy mismo he dado una caída formidable cayendo de mis propios pies sin saber cómo y medio muerto. Por fortuna no fue más que un vahído que me dejó aturdido’.”

A pesar de ese estado, con su oficial José Vallarino habló en noviembre, cuando “ya oscurecía y el mosquito empezó a ser molesto”…

Salieron “al balcón habiéndose abrigado antes con una caperuza de paño azul bordada, y forrada en terciopelo carmesí, que le cubría la cabeza, después pidió sus botas porque el mosquito le molestaba los pies”. Continuaron “hablando del Istmo, y de negocios políticos hasta las nueve de la noche…”

(No hablaban de los “ismos” reiterados por literatos y políticos, sino del Istmo que sigue interesando a los estadistas…)

Días después, Vallarino volvió a encontrarse con Bolívar cuando “el Libertador… volvía de paseo asido del brazo del comandante Glen, y cubierto con la caperuza”.

Juntos fueron hasta su casa y allí la señora de Molinares, “dueña de casa tomó los naipes”, llamó a su marido “con el título de Papá, me convidó a hacerle cuarto -dice Vallarino- y ocupé un asiento, estuvimos jugando dos horas, en este tiempo advertí que se molestaba cuando no tenía buen juego y que se fatigaba frecuentemente… El 24 de octubre, el médico Gasterbond había confiado a Bolívar que no respondía de su vida si no se mudaba a otro clima”.

Los últimos sueños…

Bolívar llegó a Santa Marta, en un bergantín; tuvieron que llevarlo en una silla de mano. Aquella misma noche trajo Montilla al médico francés Alexandre Prosper Révérend para que se encargara del enfermo. Cuidó a Bolívar con más abnegación que ciencia, y desde luego, diagnosticó que tenía ‘los pulmones en mal estado’, lo que no le comprometía mucho. Bolívar tomaba poco alimento, no dormía más de tres horas y deliraba con frecuencia…

Revérénd anota en su diario: “El enfermo disimulaba sus padecimientos, pues estando solo daba algunos quejidos /…/ sensible en el ejercicio de sus facultades intelectuales…”

Lo visitó el Obispo y le recomendó “a Bolívar ordenara sus cosas, pues era mortal”.

Simón llamó a sus familiares, rechazó esa posibilidad, “se levantó de la hamaca y se echó a andar. ‘Por gran rato quiso luchar contra la naturaleza, diciendo que no dejaría morirse por debilidad. Pero su físico no pudo soportar largo tiempo un esfuerzo tan violento y sobrenatural’… Después, dio instrucciones sobre sus bienes”…

“…aquella misma noche le dio la extrema unción el párroco (indio, por cierto) de Mamatoco, aldea cercana y con mucha sencillez y humildad, en presencia de unos cuantos indios.”

09-11-1830 – “La América es ingobernable para nosotros”

Otra carta escrita desde Barranquilla (9-XI-30) revela algunas conclusiones de Bolívar: “Ud. sabe que yo he mandado veinte años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1º, la América es ingobernable para nosotros; 2º, el que sirve una revolución ara en el mar; 3º, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4º, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5º, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6º, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.”

En su última carta reveló que “la unión de Colombia fue su último pensamiento… hablaba con frecuencia en sueños y aún medio despierto, estado en que pasó los últimos días”…

“De labios del moribundo brotan frases incoherentes: ‘Vámonos… vámonos… esta gente no nos quiere en esta tierra… vamos muchachos… lleven mi equipaje a bordo de la fragata…’

A la una, el 17 de diciembre, exactamente el mes, el día, la hora en que en 1819 había firmado la unión colombiana en Angostura, la fragata se hizo a la vela para la eternidad.” xxxvii

Ecos…

Tras la muerte de Bolívar, su amante Manuela Sáenz soportó persecuciones: en 1834 fue desterrada de Colombia por Santander y al año siguiente, el gobierno ecuatoriano le impidió estar en Guayaquil. Rocaforte, siendo presidente del Ecuador le impidió regresar a su ciudad natal. Vivió exiliada en Paita, puerto peruano ballenero a orillas del Pacífico. La acompañaba Simón Rodríguez, el otrora maestro de Bolívar. El 11 de agosto de 1847 se enteró de la muerte de su esposo James Thorne. Fue consejera del venezolano Juan José Flores. Una epidemia generada por los desembarcos afectó su salud y Manuela murió el 23 de noviembre de 1856, casi sexagenaria.

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No fue por casualidad que el otrora amigo y general Francisco de Paula Santander, tras adquirir el libro Cours Théorique et pratique de la Langue Italienne -obra de A. J. Fornassari, editada en Viena en 1826-, en la primera página anotara “de puño y letra”:

“Comprado en Hamburgo el día 18 de noviembre de 1829, primer año de mi violento e injustísimo destierro decretado por el Dictador de Colombia Simón Bolívar. Santander”.

Tampoco fue por casualidad lo agregado:

“El 1º de Marzo de 1831 supe en Florencia que Bolívar había muerto el 17 de diciembre de 1830 cerca de Sta Marta. No me alegré de ello, porque tengo muchos i mui justos motivos para quejarme de su gobno arbitrario ni tampoco lo sentí pr que la libertad de mi patria sofoca cualquier sometimiento en fe de lo cual Santander.

Losana en Suiza Marzo 27 1831”

Desde París, el 2 de abril de 1831, Santander envió una carta a la señora Josefa Santander de Briceño:

“En Italia supe la muerte del General Bolívar que te aseguro me hizo impresión. Cualquiera que sea la gravedad de mis persecuciones y su injusticia, no pude resistir a la idea de que en un tiempo fuimos amigos íntimos y el apoyo y la esperanza de los patriotas oprimidos por los españoles. Ojalá que su muerte sea el término de la discordia de los Colombianos…

Hasta ahora no sabía yo después más de doce años, qué cosa era vivir independiente sin tener que dar cuenta de su conducta a nadie, ni cargar con los pecados ajenos. En cuanto a venganzas, yo las he desconocido siempre: en mi mano ha estado muchas veces el vengarme de algunos y lejos de esto, he sido generoso. Yo antes de estar para morirme he perdonado a todos mis enemigos, y aúnque es muy duro vivir lejos de su patria, de su familia y de sus amigos, yo prefiero mi tranquilidad y sacrificio a la paz de Colombia todos los placeres que pudiera tener allá.”

El 19 de noviembre de ese año, escribió otra carta a la señora Josefa Santander de Briceño:

“He visto todos los papeles públicos de Caracas, Cartagena, Popayán, Bogotá, Antioquia, etc. Qué diferencia de lenguaje el de hoy al de ahora cuatro años. Qué satisfacción tengo al leer y ver que hoy hablan como yo hablé entonces, y á lo cual llamaban facción, ambición, intriga, etc… ¡Ah, tiempos, cómo se mudan! Pero yo no me cambio: yo soy el mismo para la patria, el mismo para mis amigos…

Una carta tuya en que vas calificando a todos los conocidos me ha gustado infinito. Esto me es importante, porque aunque yo no soy capaz de tratar mal a nadie, ni hacerles ningún mal a mis enemigos, quiero saber quienes han sido fieles a la libertad para tratarlos con mi particular distinción. Esto es justo y yo soy amigo verdadero.”

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No fue por casualidad que el 24 de febrero 1946 el Coronel Juan Domingo Perón, fuera electo por amplia mayoría para ejercer la Presidencia de la Nación y dos días después, necesitara escribir al político uruguayo Dr. Luis Alberto de Herrera:

Hay que realizar el sueño de Bolívar. Debemos formar los Estados Unidos de Sudamérica”.

En 1949, se realizaron en Chile los primeros trámites para lograr tratados de complementación económica, tendientes a generar la comunidad económica latinoamericana, tendencia demostrada en Europa en 1958, al suscribirse el Tratado de Roma y la creación del Mercado Común que ha sido la base de la actual organización de la Comunidad Económica Europea. Durante la primera y segunda presidencia, el General Perón impulsó y desarrolló los principios de la Doctrina Nacional Justicialista, que como él mismo decía, sintetizaba las prédicas de Jesucristo. Dos décadas después, esos principios se reflejaron en las Encíclicas Papales y fueron difundidos por la Iglesia Católica en todo el planeta. xxxviii

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Agrego, una década después de reiterados estos apuntes en torno a la historia de Hispanoamérica, algunos párrafos escritos por Zunilda Ceresole de Espinaco tras sucesivas lecturas y publicado durante el sexto año del siglo veintiuno: xxxix

“Simón Bolívar, uno de los personajes cumbre de la historia americana, quedó viudo a los 19 años, a 10 meses de haberse casado. Transido de dolor, juró no volver a casarse, promesa que cumplió.

No obstante su juramento, tuvo una vida esmaltada de amores, pero ninguno fue consagrado ante el altar.

El 25 de setiembre de 1828, estando Bolívar en el palacio presidencial de Nueva Granada junto a Manuela Saenz, la amante preferida de los últimos seis años, quien compartía sus ideales americanistas, unos asesinos políticos entraron para darle muerte. Sus pasos resonaron el corredor y llegaron a la puerta de las habitaciones de Bolívar.

Éste, dándose cuenta de lo que pretendían, se dispuso a resistir, pero Manuela Saenz logró disuadirlo. Prestamente abrió una ventana y pidió al Libertador que se salvara. Desde ese momento se la llama popularmente la Libertadora del Libertador.

La templanza de carácter, las palabras oportunas y el amor de esta mujer salvaron de una muerte indigna a quien fue sin duda una gran figura de la humanidad.”

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Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

i Madariaga, Salvador de Bolívar Buenos Aires, Editorial Sudamericana, Tomo I, 1975, 4ª ed., p. 62-63. Dos tomos recibidos por quien escribe estas líneas, junto con el Diploma otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica de Rosario, estímulos por un ensayo breve sobre El sentimiento hispanoamericano.

ii Ibídem, p. p. 92, 131, 143; 145 y 147.

iii Ídem, p. 152-153.

iv Íd., p. 87, 90, 95 y 209.

v íd. p. 154.

vi íd., p. 161.

vii íd., p. 155.

viii Diario La Nación. Buenos Aires, domingo 22 de enero de 1984, 4ª Sec., p. 6, c.3 a 6, con recuadro. Los Libertadores por Amando Alonso Piñeiro. Ver: Salvador de Madariaga Bolívar, p. 89; 98; 159; 189-193; 225.

ix Ídem, p. 621. (Los tratados del 11 de agosto de 1817 y del 27 de setiembre de 1819 fueron “impresos en diciembre de 1823” en Morning Chronicle de Londres.)

x Madariaga, Salvador de Bolívar. Tomo II. Ob. cit., 186-187.

xi Ibídem, p. 170-173; 187.

xii Ídem, p. 190.

xiii Íd., p. 201.

xiv íd., Bolívar t. II, p. 231-232. (Segundo tomo, 762 p. con apéndice, fuentes manuscritas, bibliografía y notas.)

xv íd, p. 232.

xvi íd., p. 233.

xvii íd., p. 235-237

xviii íd., Bolívar t. II, p. 338; 348. Esta obra aporta información que permite acentuar los rasgos conocidos del perfil del nombrado Libertador de América, como los argentinos reconocemos al General José de San Martín.

xix íd., p. 246.

xx íd., p. 260-261; 417.

xxi Ídem, p. 317.

xxii Íd., p. 293-294.

xxiii íd., p. 295-296.

xxiv íd., p. 183-184.

xxv íd., p. 362-364.

xxvi íd., p. 399.

xxvii íd., p. 394-395.

xxviii Íd., p. 406-409.

xxix Madariaga, Salvador de Bolívar t. II. Ob. cit., p. 450; 443-448.

xxx Siri, Ricardo J. El día de las Américas – 14 de abril. Universidad Nacional del Litoral. Instituto Social Santa Fe y Rosario, 1936. (Folleto distribuido “entre los establecimientos de enseñanza secundaria del país”. Adquirido en el mercado de libros usados en 1988.)

xxxi Madariaga, Salvador de Bolívar t. II. Ob. cit., p. 460-461.

xxxii Ibídem, p. 170-173.

xxxiii Perón, Juan Domingo. Conducción política. Buenos Aires, C. S. Ediciones, 1998, p. 21, 55, 77. En esta edición se han cambiado los títulos y se han incorporado subtítulos, con respecto a la primera que desapareció de las bibliotecas a principios de 1956, por la vigencia del decr. 4.161 del gobierno de facto. Ese texto original se observa en una inserción en el Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados (Congreso Nacional), 19 de diciembre de 1952. El subtítulo original correspondiente a esa cita es: “Hacer trabajar el criterio propio”, en la última edición es “El famoso caso del General Verdy Du Vernois”; en lo pertinente a “El conductor no debe mentir”, en la última se agregó el subtítulo: Los valores espirituales de la conducción. Son aspectos técnicos de renovada diagramación y sigue siendo idéntico el contenido, no siempre interpretado en la dimensión exacta en que fue concebido.

xxxiv Madariaga, Salvador de Bolívar t. II. Ob. cit., p. 6; 459-480; 517.

xxxv Madariaga, Salvador de Bolívar t. II. Ob. cit., p. 497-498.

xxxvi Ibídem, p. 504-506.

xxxvii Ídem, p. 519-531.

xxxviii Perón, Juan Domingo. Latinoamérica Ahora o nunca. Ediciones Argentinas, Buenos Aires, julio de 1973, p. 6.

xxxix Ceresole de Espinaco, Zunilda. Cuando el heroísmo huele a perfume de mujer. Relato publicado en el suplemento semanal “Nosotros” del diario “El Litoral” de Santa Fe de la Vera Cruz (República Argentina), el sábado 11 de marzo de 2006.