1492-1812 Aproximacion a la Conquista y la emancipacion…

conquista

Aproximación a la Conquista y la emancipación…

Herencia insoslayable

El historiador Boleslao Lewin destacó que “una de las consecuencias de las conversiones en masa de 1391, y de la incorporación definitiva de una parte de los confesos a la sociedad cristiana, fue el surgimiento del racismo. Por más que parezca paradójico, precisamente la pérdida por los conversos de sus características judaicas fue lo que condujo al establecimiento de distingos racistas. Sus émulos, que en forma manifiesta no podían hallar en ellos las presuntas particularidades antipáticas u odiosas de los judíos, creían reencontrarlas en su sangre, congénita y biológicamente predispuesta contra todo lo cristiano” y que reconoció “la originalidad de la idea a un autor dominico de fines del siglo XVI, fray Agustín Salucio. i

Explica luego que “la eclosión racista que dio origen a los estatutos de ‘limpieza de sangre’ tuvo lugar en Toledo, en 1449. Por motivo que nada, absolutamente nada tenían que ver con la fidelidad o infidelidad de los cristianos nuevos a la fe católica, sino con cuestiones fiscales y políticas, fue dictado en la capital eclesiástica de España un estatuto, es decir un reglamento, que los excluía de toda una serie de actividades públicas en la ciudad de Toledo”.

“Termina el documento redactado por el bachiller Marcos García de Mazarambrós, despectivamente llamado por sus adversarios Marquillos, y promulgado por ‘el muy honrado y noble caballero Pedro Sarmiento, repostero mayor de nuestro Señor rey e de su consejo, e alcalde mayor de las alzadas en la dicha cibdad de Toledo’…”

Al estar relacionado con cuestiones políticas y fiscales, “solucionadas éstas, fue anulado. Pero, como no se trataba de un ofuscamiento momentáneo, sino de un hondo resentimiento, sus efectos fueron muy graves… una lid -reflejo de aquélla- en el terreno teológico-político”… hasta que en 1449, el Papa Nicolás V expresó sus “puntos de vista contrarios al racismo en un breve especialmente dictado para tal fin… comisionó a los obispos de Toledo y Sevilla y a los obispos de Palencia, Ávila y Córdoba para que impusieran la pena de excomunión a los que no obedeciesen lo ordenado por él… en 1450 excomulgó formalmente a Pedro Sarmiento, el principal responsable por el estatuto de Toledo, y en 1451 repitió su breve de 1449.” ii

Aquellas actitudes racistas fueron condenadas en los sínodos de la Iglesia Católica Apostólica Romana de Vitoria y de Alcalá, oponiéndose también “Alonso Díaz de Montalvo, el más distinguido jurista de la época. Otro prelado famoso salió asimismo a la lid contra la ‘limpieza de la sangre’, aunque la suya propia estaba tan contaminada que el Papa -por más que lo distinguiera siempre, consideró prudente no incluirlo entre los comisionados que debían velar por el cumplimiento de su breve. Nos referimos al obispo de Burgos, Alfonso de Cartagena (1385-1456), hijo y heredero y legatario de Pablo de Santa María (1350-1432), ex teólogo hebreo y después eminente prelado católico que hasta los últimos tiempos la historia judía y la española consideraban como uno de los más decididos impulsores de la Inquisición… contra el linaje de judíos conversos. Incongruencia que nadie ha notado, quizá, porque el fenómeno racista, hasta el advenimiento de Hitler, no figuraba entre las preocupaciones de las mentes pensantes”.

El estudioso Boleslao Lewin, destacó que en 1450 el obispo de Burgos Alfonso de Cartagena, en “su propio palacio” había convocado a una reunión “con motivo de un posible ataque de Pedro Sarmiento contra Burgos” y que “otros miembros de su familia lucharon con armas en la mano contra las huestes de Sarmiento, a don Alfonso le estaba reservado otro papel: el teológico-literario. En ese terreno produjo su obra Defensorium Unitatis Chistianae… ‘presenta a la familia judía como elegida por Dios para preparar el advenimiento de la Iglesia católica y de la sociedad civil cristiana. La Iglesia es continuación de la Sinagoga; y los judíos que entran en ella no se acogen a una ley sin precedentes en su religión. Por la redención, judíos y gentiles, todos los pueblos del universo, se hacen uno solo en Cristo. Por eso mismo el judío convertido debe gozar de todos los derechos civiles y religiosos de que usan los cristianos, sin excepción alguna, y desaparecer de su persona el estigma que muchos le achacan de haber crucificado sus padres y pueblo al Salvador, Cristo; las culpas personales del padre no pueden ni deben pasar al hijo’.” iii

El historiador Lewin también destacó que “otro eminente sacerdote cristiano nuevo”, fray Luis de León -traductor del Cantar de los Cantares-, en su libro De los nombres de Cristo, “repetidas veces insiste en que todos los cristianos son de un mismo linaje, ‘hijos todos de Cristo’…”

Tras aludir a otras lecturas, manifestó que siendo en aquel tiempo frecuentes los “cargos contra la sinceridad en la fe de los cristianos nuevos, en el extranjero todos los españoles -sin importar el cargo que ocupaban- eran considerados marranos” y por ello, probablemente fray Luis de León dijo:

“Y como el cuerpo que en su parte está maltratado y cuyos humores se conciertan mal entre sí está muy ocasionado y muy vecino a la enfermedad y a la muerte; así por la misma manera el reino adonde muchas órdenes y suertes de hombres y muchas casas particulares están como sentidas y heridas, y adonde la diferencia que por estas causas pone la fortuna y las leyes no permite que se mezclen y se concierten bien unas con otras, está sujeto a enfermar y venir a las armas con cualquiera razón que se ofrece. Que la propia lástima e injuria de cada uno encerrada en su pecho, y que vive en él, los despierta y los hace velar siempre a la ocasión y a la venganza.” iv

“…fray Luis de León -de igual manera que don Alfonso de Cartagena- aunque no se oponía al castigo de los judaizantes, no sólo… no profesaba un odio ciego a todos los cristianos nuevos, sino por el contrario se atrevía a sumir su defensa con argumentos harto peligrosos. Partiendo de premisas evangélicas, es decir, ortodoxamente cristianas, dice que el ‘pueblo de Dios acabaría por prevalecer de la confusión de aquellos que han obrado injustamente y con poca piedad hacia Dios y hacia su pueblo, persiguiendo a los justos y a los buenos, así como a los pecadores, con un odio personal’. Entre los méritos de los hombres de ascendencia judía nos se olvida de citar que Cristo era de su misma estirpe.”

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De continente a continente, en el siglo dieciséis resultó evidente cómo nacían más brotes de la Inquisición, “una institución aprobada por los doctores de la Iglesia y autorizada por los papas”, aunque como lo destacó el historiador Lewin, “el Santo Oficio distaba mucho de ser considerado infalible canónicamente y su comportamiento en España y Portugal, los únicos países católicos donde existió como tribunal eclesiástico y estatal, siempre del agrado de la Santa Sede. Además, corresponde destacar que la Compañía de Jesús, en algunos momentos, y ciertos prelados de la Iglesia en otros, protestaron enérgicamente contra los procederes inquisitoriales en los dos países nombrados.”

“Ya en 1501, en la Instrucción al Comendador de Lares frey Nicolás da Ovando, la Reina Católica, dice a su enviado al Nuevo Mundo: ‘no consentiréis ni daréis lugar que allá vayan moros ni judíos, ni herejes ni reconciliados, ni personas nuevamente convertidas a nuestra Santa Fe, salvo si fueren esclavos negros u otros esclavos que hayan nacido en poder de cristianos, nuestros súbditos y naturales’.” v

En la cédula real de 1508 -cuatro años posterior a la muerte de la reina Isabel-, se comunica a Ovando que los procuradores de la Española suplicaron que los descendientes ‘de judíos y moros y de quemados y reconciliados, hasta el cuarto grado, y herederos de los sobredichos, no pudiesen ir a la dicha isla, y los que ahora en ella están se saliesen de ella’. Accediendo a esa súplica en nombre de doña Juana la Loca, se ordena en la misma cédula al gobernador de la isla, en aquel momento único lugar colonizado, si es lícito calificar así la anarquía reinante en la Española, que ‘no consienta, ni dé lugar a que ahora ni adelante vayan a vivir en ella ningunos hijos ni nietos de tornadizos y judíos, ni hijos de quemados ni reconciliados’. Pero he aquí lo sorprendente: en ese mismo momento, Fernando el Católico negocia con los conversos una licencia, al principio restringida pero después ampliada, para establecerse ellos en las Indias… suponemos que es consecuencia de la negociación aludida el hecho de que, en 1511, Fernando facultara ‘a los jueces oficiales para que permitiesen pasar a las Indias, islas y Tierra Firme del Mar océano todas las personas naturales, vecinos y moradores de estos reinos que quisiesen ir a ellas sin pedirles información, sino sólo con escribir los nombres de los que pasasen, para que se supiese la gente que iba y el lugar donde eran vecinos, diciendo que dispensaba el examen que antes tenía mandado sobre esto, poro facilitar el pasaje, respecto al deseo que tenía que las Indias se poblasen y ennobleciesen lo más que se pudiese’. El oro, ese vil metal con que los judíos ‘corrompían’ a orgullosos nobles, jugaba en ello un papel decisivo. No cabe otra explicación, por más que salga mal parada la memoria del Rey Católico, puesto que, dos años después de su muerte, en 1618, Carlos V deroga en términos realmente edificantes… cierta ‘habilitación y composición que se hizo por mandato del Católico Rey, mi señor y abuelo, que haya santa gloria, dizque que habéis dejado y dejáis pasar a todos los que quieren’ ir a las Indias. Esa composición consistió en la paga de 20.000 ducados”… vi

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“El conquistador Hernando Alonso, compañero de Cortés, fue procesado, en 1528, por la Inquisición ordinaria por haber prohibido a su esposa concurrir a la Iglesia estando ‘impura’… y… pro ese crimen Hernando Alonso fue quemado vivo”. vii

Sabido es que en hispanoamérica funcionó el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición con sede en Lima para el Virreinato del Perú y el de México, “una especie e Corte con jurisdicción originaria para las causas de fe y los delitos conexos a ella, conforme al criterio de la época, de los pobladores blancos y mestizos de América”. Por la extensión territorial, estaban organizados “órganos inferiores y subordinados: las comisarías locales. Su ausencia de Buenos Aires, por ejemplo, de ningún modo equivalía a la falta de vigilancia inquisitorial en la capital del Plata, ya que corría a su cargo el comisario, algo así como juez de instrucción inquisitorial. De igual manera el hecho de residir hasta fines del siglo XVIII el virrey en Lima, no significaba la acefalía de la autoridad administrativa en el Río de la Plata. Lo suplantaba y lo representaba en las tareas de menor responsabilidad el gobernador.” viii

“…Aunque la labor investigativa y policial de los comisarios regionales de la Inquisición no tenía que ver directamente con la quema de herejes, abarcaba sectores más vastos, afectaba un número mayor de personas y estaba más inextricablemente unida con la vida cotidiana de los habitantes de los poblados americanos que la parte más dramática y trágica del procedimiento del Santo Oficio en su propio lugar de residencia. Y lo que es quizá más importante: hacía a la Inquisición presente en todas partes.”

“…los comisarios, no sólo se dedicaban a una labor absolutamente secretar y a las esporádicas misiones por encargo de su superioridad que no podía quedar totalmente ocultas, sino también a una tarea periódica bien pública… la lectura solemne de los edictos de Delación y de Anatema, y a los conflictos por motivos de preeminencia o ceremonial surgidos a causa del despliegue del poder inquisitorial en tales ocasiones”. ix

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Posesión de la tierra…

La posesión de la tierra ha sido uno de los primeros intereses que ha motivado a los hombres a la lucha porque además de establecer sobre ella su vivienda sabe que tiene un valor económico que puede servirle para desarrollar algunas empresas.

En América, desde que Cristóbal Colón informó sobre el territorio hallado, se sucedieron los argumentos y los conflictos para establecer los límites del derecho del reino de Castilla.

En el año 1480 ese reino y el de Portugal, firmaron el Tratado de Alcaçobas reconociendo que las islas Canarias pertenecían a Castilla y que en consecuencia podrían explorar y conquistar navegando hacia el norte, mientras que a Portugal le correspondían los territorios que descubriera en el reino del Fez, navegando cerca de la costa africana, al sur de esa línea meridional que la imaginación proyectó sobre aquel punto estratégico reconocido como: las islas Canarias.

En ese tiempo el Vaticano estaba evaluando cómo redactar la Bula que había pedido el católico rey Fernando VII, por la cual se donaría a Castilla el nuevo territorio explorado Colón.

Así se concretó el 3 de mayo de 1493, cuando el Papa Alejandro VI firmó la denominada Bula de Donación, aunque fue insuficiente para rechazar los derechos de Portugal. El valiente navegante Cristóbal Colón estaba organizando su segundo viaje cuando en Barcelona -Cataluña-, donde estaba funcionando en ese momento la itinerante Corte-, dialogó el Rey Fernando con el embajador de Portugal -Rui de Sarde-, sin aludir a la Bula de Donación, porque sabía que sería reemplazada por la que estaba en trámite, que finalmente el Papa Alejandro VI firmó con fecha 4 de mayo de 1493, lógicamente antidatada porque resultaba imposible concluir esas gestiones en un día. Mediante esa Bula, se reiteraban todas las disposiciones de la anterior, agregando que se donaban al reino de Castilla todas las tierras encontradas en una línea ideal que se trazaba en dirección occidental de las Islas Azores y de Cabo Verde y que se extendía de polo a polo.

La ignorancia existente acerca del planeta tierra y de las poblaciones, justificaría esa fabulosa donación a los Reyes Católicos de Castilla, salvo cuando no estuvieren en posesión de otro rey católico y en lo sucesivo teniendo en cuenta el denominado Meridiano Alejandrino en homenaje al generoso Papa. A partir de ese momento, la diplomacia tuvo que analizar las distintas pretensiones, participó en las discusiones aunque no podía asumir resoluciones. Se sucedieron las protestas y los argumentos hasta que los Reyes coincidieron en la conveniencia de redactar un Tratado que luego aprobaron, ordenando que firmaran tres representantes por cada reino: el 7 de junio de 1494 mediante el denominado Tratado de Tordesillas, la línea imaginaria fue ubicada a trescientos setenta leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, sin dejar constancia de la localización de ese punto, originándose luego diversas controversias debido a la extensión de la isla.

Hay que comprender que en ese tiempo, esos errores generalmente se originaban en el desconocimiento de la geografía y en la falta de hitos definidos y sucesivos, en el vasto continente que los españoles recién estaban descubriendo y que obligaban primero a poner sus pies sobre esa tierra.

El reino de España reconoció al de Portugal sus derechos sobre la costa africana, el cabo Bojador y el reino de Fez; Portugal admitió la soberanía española en las islas Canarias; autorizó a los súbditos de los reyes católicos a navegar por la jurisdicción portuguesa sólo para trasladarse a su jurisdicción en occidente; ambos reinos se comprometían a no explorar territorios que no les correspondieran de acuerdo a esa demarcación y si por error los ocuparan tendrían que devolverlos a sus legítimos dueños.

Conquista y población

En América, desde el Atlántico hasta el Pacífico, desde un polo hasta el otro, primero vivieron los hombres nacidos en esa tierra -nombrados luego aborígenes o indígenas– y después llegaron los conquistadores que inculcaron el idioma y la religión, trayendo perros adiestrados para el ataque, sus espadas y armas de fuego.

A principios del siglo XVI, la Corona española intentaba descubrir un paso que permitiera unir el Océano Atlántico y el Pacífico; al mismo tiempo procuraban hallar los tesoros de metales nobles -oro y plata- que la naturaleza reservaba desde millones de años; en el extremo sur de América donde en los umbrales del tercer milenio, todavía yacen enterrados los restos de los dinosaurios esperando que los iluminen las exploraciones de algunos curiosos paleontólogos.

Los portugueses también intentaban conquistar los territorios sudamericanos. En nombre de los Reyes de España, don Juan Díaz de Solís partió el 24 de noviembre de 1514 de la península ibérica con “tres naves y la tripulaban poco más de sesenta personas” que debían cumplir la misión de cruzar el Atlántico y buscar una salida al Pacífico.

Don Juan Díaz de Solís había nacido aproximadamente en el año 1485, fue nombrado a los 23 años para suceder al hábil navegante Américo Vespucio en el cargo de Piloto Mayor de España y su “nacionalidad no está definitivamente aclarada ya que algunos historiadores le creen portugués y otros español”, como lo destaca el historiador santafesino doctor Leoncio Gianello.

Solís llegó al gran estuario donde se juntan las aguas de los ríos Uruguay y Paraná e inmediatamente empezaron a cumplir su misión: conquistar esas vastas extensiones y cuando se encontraran con pobladores anteriores, exigirían la sumisión. Bautizaron esas aguas como río de Solís, y pronto fueron rebautizadas por los portugueses como río de la Plata. El río situado hacia el oeste, entusiasmó a los expedicionarios y entre fines de enero y principios de febrero de 1516, navegaron sobre esas aguas que los indígenas llamaban Paraná Guazú, y que Solís llamó río de Santa María. En febrero de 1516, Solís navegó a lo largo de la costa uruguaya hasta la altura de a isla de Martín García, a la que él dio este nombre por haber enterrado allí al despensero de la expedición que así se llamaba”. Desembarcó para explorar la zona con ocho compañeros y han reiterado que fueron muertos por los charrúas, excepto “el grumete Francisco del Puerto de quien, por la edad acaso, se apiadaron”, escribió Gianello.

Asumió el mando de la expedición Francisco de Torres y decidió regresar a España. Naufragó una de las naves y dieciocho de los tripulantes se quedaron en esas proximidades, sorprendiéndose con las leyendas contadas por los indios acerca del País del Blanco y la Sierra de la Plata. En aquel tiempo se nombraba a Trapalanda -o Trapalandia-, a Lilin, que sólo eran mitos y diferentes nombres para la imaginada Ciudad de los Césares que habrían construido los expedicionarios que acompañaron a Magallanes, utilizando los mármoles, diamantes y oro encontrados en las tierras recién exploradas por los españoles; aparentemente situada al sur de Córdoba abarcando la parte norte de la Patagonia. Tras esa fantasía, en el Perú algunos curiosos desocupados se integraron en las caravanas de los incansables ambiciosos que intentaban encontrarla; mientras los primeros caudillos gobernantes impulsaban la fundación de colonias con la íntima esperanza de encontrar tal inquietante tesoro.

La necesidad de sobrevivir obligó a los españoles a tolerar las costumbres de los nativos americanos y de esa convivencia se empezó a gestar el mestizaje, fruto de las uniones de los españoles con las indias y viceversa.

El 4 de marzo de 1525 el marino italiano Sebastián Gaboto –Cabot- de aproximadamente 46 años, con conocimientos de cartografía y un evidente entusiasmo para explorar el planeta, acordó con el rey de España que cruzaría el Océano con el propósito de llegar hasta los mercados de Oriente recorriendo una nueva ruta hacia occidente.

A fines de febrero de 1527 ya estaban próximos al río de Solís y el 7 de abril fundaron el Puerto de San Lázaro en el Cabo de Santa María; allí se encontraron con Francisco del Puerto, el único sobreviviente de la expedición de Solís que ya era amigo de los indios y por ellos disponía de algunas noticias sobre la vida en estas naciones americanas.

El 8 de mayo de 1527 mientras un grupo quedaba en tierra, Gaboto siguió navegando aguas arriba del Paraná y en el día de Pentecostés, el 9 de junio de 1527 decidió instalar la primera población española, en las tierras ubicadas al oeste, construyendo el primer Fuerte que nombraron Sancti Spíritu -Espíritu Santo-, probablemente como alabanza por haber encontrado un lugar adecuado para el refugio y quizás por sugerencia del padre Francisco García, quien todas las noches celebraba las oraciones a María, virgen Santísima antes de cerrar el fuerte para descansar hasta el amanecer; convocando a la Santa Misa los domingos, lunes y viernes.

La conquista material exigía el constante fortalecimiento espiritual y algunos indios ya estaban entusiasmados con los nuevos oficios y ayudaban a cortar árboles, a trasladar los troncos y a aserrarlos para reparar las naves en los improvisados astilleros.

Desde entonces, la extensa Cuenca del Plata ha sido el espacio de las frecuentes comunicaciones y paradójicamente, motivo de contradicciones que provocaron incomunicaciones. Quedó a cargo del Fuerte el capitán Gregorio Caro y Gaboto avanzó con las naves hacia el norte; decidieron celebrar el 1º de enero de 1528 en una isla que bautizaron “Año Nuevo” y la imprudencia del vehemente Gaboto al ordenar que asaltaran y quemaran las chozas de los timbúes, porque aparentemente no había sumisión para servirles en el abastecimiento diario, produjo el efecto contrario: huyeron los caciques con sus tribus.

El hambre empezó a disminuirlos, algunos empezaron a alejarse del grupo y los ruegos del Padre Francisco contrastaban con la violencia demostrada al disponerse que Francisco de Lepe fuera ahorcado por ser el caudillo de los sublevados.

Allí quedó otro cadáver, que por su propia naturaleza era setenta por ciento de agua, cumpliéndose así otro ciclo natural de las transformaciones químicas, que reducen a algunos puñados más de mineral sobre el planeta Tierra a cada uno de los hombres -varones y mujeres- cuyos espíritus han desencarnado cumpliéndose el invocado Plan de Dios.

Siguió Gaboto su viaje hacia el norte, hubo murmuraciones y una confabulación: Francisco del Puerto estaba enemistado con Miguel de Rifos y con los indios preparó una emboscada muriendo Rifos, el contador de la expedición -Montoya- y dieciocho expedicionarios. En las costas del río quedaban las semillas de la traición, arraigando como cizaña despreciable y Gaboto desanimado optó por regresar al Fuerte Sancti Spiritu. En esa ruta se encontró con Diego García de Moguer que estaba en viaje desde el año anterior y una vez más hubo discusión por la posesión, esta vez de las tierras y de las aguas. Encomendaron regresar a España e informar al Rey sobre lo sucedido para que resolviera quién tenía derecho sobre esos bienes, hasta entonces posesiones de los indígenas que reconocían perfectamente los límites de sus respectivas naciones.

A medida que avanzaban hacia el norte comprobaban la combatividad de los nativos si eran provocados. Gaboto se imaginó que en el sur podían tener problemas en el Fuerte y retornó dispuesto a exigir sumisión utilizando los más crueles medios si fuera necesario.

Así sucedió cuando los nativos percibieron la diferencia entre el trato cordial del Capitán Caro y el autoritarismo de Gaboto, manifestándose con algunas hostilidades que provocaron la ira del conquistador. El violento italiano ordenó al capitán que dispusiera el asesinato de un centenar de indios como escarmiento para las tribus.

No había advertido Gaboto que la convivencia ya había establecido vínculos perdurables y que la mayoría de sus compañeros de ruta dormían en las chozas cercanas al Fuerte. Muertos los indios creció el rencor que movilizó a las tribus para actuar con espíritu de venganza y cuando a fines de agosto los socios Gaboto y García Moguer viajaban hacia el estuario, mientras los recién llegados agricultores españoles estaban cuidando sus sembrados, avanzaron los indios provocando la desesperación de la mayoría de los pobladores del Fuerte que huyeron hacia los bergantines, donde fueron capturados y muertos. Contrastaba en esa escena, la serenidad del Cura Francisco y del Capitán Caro quienes permanecieron en su nave junto a su tripulación y después zarparon hacia el sur, para encontrarse con los dos jefes que esperaban ansiosos la resolución que les otorgara el correspondiente poder sobre esas extensas áreas.

Juntos volvieron hasta el asolado Fuerte y a principios de octubre de 1529 retornaron a España, quizás ambos con el mismo sueño: ser reconocidos por la Corona Española como la máxima autoridad en el río de Solís, en el sorprendente Río de la Plata y en consecuencia, poder regresar con mayores recursos para vencer los obstáculos que les presentaban los primitivos pobladores.

Otros hombres con diferentes nombres fueron los convocados por el Reino, hasta que el 24 de agosto de 1535 partió de San Lúcar de Barrameda don Pedro de Mendoza, un hosco capitán -probablemente más huraño debido a su enfermedad- que había asumido la misión de comandar catorce navíos y mil quinientos hombres, siendo el Primer Adelantado y quien a bordo de la nave “Magdalena” -como ha expresado Gianello-, “forjaba sueños de gloria y de fortuna”. Lo acompañaba como Teniente Juan de Osorio que tenía buenas relaciones con toda la tripulación. Por efectos del celo o de la envidia hubo murmuraciones y las intrigas de Juan de Ayolas contra Osorio, denunciándolo como conspirador provocaron la reacción del primer Adelantado quien resolvió el conflicto ordenándole a Ayolas que lo apuñalara.

Después de cinco meses de incertidumbre -y probablemente de remordimientosen medio del oleaje y de las mareas del océano Atlántico; los expedicionarios llegaron al Río de la Plata y desembarcaron a la entrada del Riachuelo, en el lugar más alto, en el mejor asiento.

Primera escuela…

El 2 de febrero de 1536 fundaron Santa María de los Buenos Aires, invocando una vez más a la Patrona de los navegantes adorada en Cerdeña y en Sevilla: la Virgen del Buen Aire. Han destacado que en el año 1536 con don Pedro de Mendoza llegó “el Pbro. Juan Gabriel de Lezcano, vecino de Valladolid e hijo de Juan Sánchez de Lezcano y de Catalina de Villegas”, quien según comentó uno de los soldados de la expedición, “a poco de llegar abrió escuela en la recién fundada Santa María de los Buenos Aires”.

Una vez más surgieron dificultades por la falta de víveres y la resistencia de los indios a proporcionárselos, situación agravada por la enfermedad del Adelantado que sólo podía dar órdenes a distintos grupos que partieron en distintas direcciones, movimientos que también provocaban reacciones en las tribus próximas.

Una expedición fue la encargada de explorar la zona del Fuerte Sancti Spíritu al mando de Juan de Ayolas.

Una vez más los contrastes: la celebración católica del Corpus Christi, el tercer domingo de junio se enfrentaron los indios y los españoles; en el combate murió Gonzalo de Mendoza -hermano de Pedro- y su sobrino Pedro Benavídez junto a otros capitanes y “arcabuceros”; avanzaron los caciques al frente del “malón” que sitió el Fuerte y nuevamente los españoles soportaron el hambre hasta el límite indicado en las crónicas del viajero Ulrico Schmidel, quien relató que hubo casos de antropofagia.

Mientras tanto, Ayolas llegó al sitio donde Gaboto había fundado el primer Fuerte y precisamente el mismo 15 de junio de 1536, con sus ciento sesenta acompañantes fundaron el Fuerte y Puerto de Corpus Christi -actual localidad de Coronda- donde quedó un grupo y Ayolas regresó al puerto y Fuerte de Buenos Aires entusiasmando con sus relatos al Adelantado don Pedro de Mendoza.

Juntos llegaron hasta el sitio donde en septiembre de 1536 fundaron el Puerto de Buena Esperanza, actual Puerto Gaboto. Desde allí el Teniente Ayolas siguió navegando hacia el norte y el Adelantado regresó a Buenos Aires. Con el propósito de ayudar a Ayolas dio últimas órdenes: dispuso que Juan Salazar de Espinosa con tres bergantines y sesenta y cuatro hombres navegaran hacia el norte; que Ayolas lo sucediera en el mando y en caso contrario lo reemplazaría Juan de Salazar y Francisco Ruiz Galán asumiría como gobernador en las fundaciones realizadas en Buenos Aires, Corpus Christi y Buena Esperanza.

Después partió hacia España, murió en altamar el 23 de junio de 1537 y su cuerpo fue arrojado al turbulento océano. Mientras tanto, sobre otras aguas navegaban Ayolas e Irala cumpliendo la misión encomendada por Pedro de Mendoza: llegaron el 2 de febrero de 1537 al sitio donde desembarcaron y lo nombraron Puerto de la Candelaria; allí quedó Irala con tres naves esperando su regreso y si demoraba, tendría que volver a Buenos Aires. El Teniente Ayolas con ciento treinta hombres siguió navegando hacia el norte y mientras tanto el capitán Juan de Salazar llegó hasta la Candelaria, se encontró con Irala y como Ayolas no volvía, salieron para buscarle; se desencontraron y cuando él llegó a ese sitio que por esas circunstancias estaba despoblado, fue atacado por los indios y todos fueron asesinados. Son insoslayables estas dramáticas historias de intrigas, rencores, sangre y muerte, por ser verdaderos hitos en la Historia de la Patria Grande, sudamericana. x

En lo alto del Paraná se detuvieron Juan de Salazar e Irala, convencidos de que no podían seguir hacia el norte intentando cumplir la misión encomendada por don Pedro de Mendoza que culminaría con el hallazgo de los fabulosos tesoros imaginados a partir de los comentarios de los indios que indudablemente, sólo deseaban los conquistadores españoles se alejaran lo suficiente como para que no los limitaran en su libertad ni insistieran en modificar sus creencias y costumbres.

En agosto del año 1537 Juan de Salazar navegaba sobre el río Paraguay, desembarcó y el 15 de agosto decidió fundar el puerto que nombró de Nuestra Señora de la Asunción, ratificando así sus convicciones religiosas. Se comunicaron esas noticias y el entonces gobernador de Buenos Aires, Francisco Ruiz Galán decidió conocer los territorios que a su entender le pertenecían, de acuerdo a lo dispuesto por don Pedro de Mendoza. Allá estaba Irala instalado en el gobierno; nuevamente hubo discusiones porque ambos se creían con derechos para ejercer el poder hasta que el veedor Alonso Cabrera portador de la Real Cédula de septiembre de 1537, aclaró que “en caso de acefalía daba a los pobladores autoridad para elegir gobernante” y en consecuencia, se reconoció la legítima autoridad de Irala. A partir de ese momento se produjo una migración desde Buenos Aires a Asunción y en consecuencia una constante pérdida de poder de Francisco Ruiz Galán. El autoritarismo se manifestó en distintos hechos: Juan de Ortega recibió órdenes de obligar a los pobladores del puerto sobre el Río de la Plata y juntos tenían que regresar a Asunción; algunos hombres se resistieron; intentó lo mismo Irala con mayor violencia: incendió la nave que era el único refugio, convirtió en cenizas la capilla y las precarias viviendas.

Ese arrebato generó una situación de privilegio para el último Puerto hallado, y desde entonces ahí se reconoció la sede de las autoridades de la gran Provincia del Río de la Plata donde los indios tenían sus naciones, todas con sus caciques como legítimas autoridades.

Aquel conflicto aparentemente invisible porque los conquistadores con sumisión iban logrando lo necesario para cumplir su misión y con sus armas seguían tomando posesión de distintos territorios, luego comenzó a ser visible porque durante siglos se establecieron más Fuertes y continuaron los indios luchando por sus derechos mientras celebraban más nacimientos y crecía el mestizaje.

Desde España zarpó a fines de 1540, el entusiasta Alvar Nuñez Cabeza de Vaca con tres naves y cuatrocientos hombres con el propósito de encontrar a Ayolas y si estuviera muerto, asumir como segundo Adelantado en un territorio más vasto que el conocido por don Pedro de Mendoza y aun por Ayolas.

Llegó a Asunción el 11 de marzo de 1542 e inmediatamente Irala empezó a tejer su trama de proyectos, comunicándole que partiría con una expedición hacia la Sierra de la Plata. En ese tiempo, se confundían realidades con mitos y en los relatos se nombraba a la Tierra Rica, la Laguna del Dorado, el Gran Paitití, lugares donde aparentemente estarían las fabulosas minas de oro y de plata, que probablemente existan en la extensa Cordillera de los Andes, aunque evidentemente por su ubicación serían inaccesibles para la ambición humana.

El Adelantado observó la zona, comprendió que sus vecinos guaycurúes eran excesivamente belicosos e intentó aliarse con los carios para derrotarlos. Esa complicidad provocó la sumisión de la mayoría de los caciques quienes a partir de esas circunstancias fueron los socios de los conquistadores españoles. Al orgulloso Irala le molestaba la conducta del Adelantado y hubo nuevas murmuraciones y más intrigas: aunque no se había declarado una guerra, se sucedían las batallas entre los leales y los tumultuarios que eran la mayoría, disgustados porque esos vínculos de Alvar Nuñez con los indios, habían limitado su poder como encomenderos y en consecuencia, afectaban sus intereses.

Poco a poco crecía la ira hasta que Felipe de Cáceres, uno de sus fuertes enemigos, comandó el grupo que logró detener al Adelantado; lo embarcaron y como detenido fue trasladado a España. Volvieron a elegir autoridad como indicaba la Real Cédula en caso de acefalía. Se cumplieron dos sueños de Irala: fue nombrado gobernador de Asunción y concretó su expedición a la Sierra del Plata que se convirtió en una pesadilla porque todos los esfuerzos fueron vanos, el mineral que más encontraron era el agua, vivían rodeados de enormes vegetales y feroces animales; la mayoría empezó a conocer la selva sudamericana y sus frecuentes amenazas.

A fines de 1552, Irala logró que el rey Felipe II lo designara gobernador del Río de la Plata y el Paraguay aunque le impuso un límite a sus ambiciones al prohibirle seguir avanzando con exploraciones porque evidentemente era necesario consolidar esas posiciones, poblarlas y mantener buenas relaciones con los indígenas.

Murió Irala el 3 de octubre de 1556; asumió su yerno Gonzalo de Mendoza y al fallecer, fue reemplazado por otro yerno: Francisco Ortiz de Vergara.

En aquel tiempo se estaba despoblando Asunción porque los nobles minerales del Perú provocaban continuas migraciones. Sabido es que el poder suele estar vinculado con el dinero y en Asunción, el hacendado y minero del Alto Perú don Juan Ortiz de Zárate era considerado el ilustre gobernador y Capitán General de estas provincias por nombramiento del Virrey del Perú. Decidió viajar a España, pedir la ratificación del título de Adelantado y exhibir parte del oro hallado en el Guayrá -o Guayra, o Guairá-, región invadida con frecuencia por los portugueses “en la que atacaban y esclavizaban a indígenas aliados a los españoles”, como eran los leales guaraníes.

Esas circunstancias motivaron a Irala para disponer la fundación de la ciudad puerto de Ontiveros, en el Guayrá, zona situada al este del río Paraná, entre el río Iguazú y su finalización en la confluencia de los ríos Grande y Paranaiba, y que se extendía al este hasta el océano Atlántico. De acuerdo al tratado de Tordesillas firmado por los reyes católicos de España y el rey de Portugal el 7 de junio de 1494, el Guayrá era jurisdicción de la Corona de Castilla, pero los portugueses siguieron luchando para que perteneciera al reino de Portugal; intentaron dominarla incorporando sus pobladores, contando con el apoyo de los tupíes, valientes indígenas que habitaban el territorio por ellos dominado. xi

No sería fácil conquistar esos territorios y explotar todas sus riquezas.

Mientras tanto, en distintas localidades continuaban los procesos de la Inquisición. El historiador Boleslao Lewin anotó que “el primer proceso inquisitorial en el actual boliviano tuvo lugar en 1545. Fue incoado por el obispo de Charcas, fray Domingo de Santo Tomás. La primera víctima de la Inquisición delegada en Chile fue doña Francisca de la Vega. Su proceso falló en 1559. En el Río de la Plata, la Inquisición delegada descargó sus golpes contra el conquistador y gobernador del Tucumán Francisco de Aguirre, quien después de largas prisiones tuvo que abjurar sus ‘errores’ heterodoxos, el 1º de abril de 1569.

En otro párrafo, Lewin destacó que fue “Doña María de Castro, la última persona quemada (1736) por la Inquisición limeña, consideraba que Jesús ‘era un profeta enviado por Dios’, no obstante ello, exhaló su último aliento en la hoguera’.”

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Hacia la fundación de Santa Fe…

Mientras tanto gobernó en Asunción el vehemente don Felipe de Cáceres: la población se había sublevó y lo depuso; fue electo gobernador Martín Suárez de Toledo, amigo de Garay. En tales circunstancias, el gobernador dispuso que el noble Juan de Garay acompañado por “la porción dinámica de su población”, partiera desde Asunción hacia el sur. Así se hizo el 14 de abril de 1573 cuando “una parte de la expedición que llevaba el ganado necesario marchó por tierra siguiendo siempre el camino más próximo a la costa y sobre el ancho Paraná navegaban un bergantín, tres barcazas y dos balsas, escoltando a la carabela que conducía preso a España al depuesto gobernador Felipe de Cáceres”. xii

En ese tiempo el rey Felipe II había confirmado en el cargo de Adelantado a don Juan Ortiz de Zárate, quien regresaba comprometido a cumplir con la misión de fundar pueblos: en Buenos Aires o en San Gabriel; dos en Asunción y el Plata y otros cuatro en los sitios que resultaren convenientes. Era necesario limitar el avance de los portugueses; fundar un pueblo y un puerto en Buenos Aires para facilitar las comunicaciones hasta el océano Pacífico, con menor distancia que la del recorrido por el estrecho de Magallanes, evitándose además la incertidumbre durante el invierno, cuando la navegación en el Atlántico Sur está limitada por los hielos y los desplazamientos de enormes témpanos.

La empresa de poblar la llanura no interesaba tanto como la explotación de las minas y Garay tuvo que prometer la posesión de la tierra y de suficiente ganado, para lograr que lo acompañaran con entusiasmo. La llanura estaba habitada por indígenas, diferentes etnias organizadas en distintas naciones cuya autoridad era el cacique, el hombre de más edad que acumulaba el mayor saber, respetado por todos. Los expedicionarios arrearon el ganado que encontraron en su camino, y en julio de 1573 navegaron sobre el río Quiloazas -afluente del Paraná- y bajaron para explorar ese lugar. Garay ordenó que allí quedaran los animales y algunos hombres y él siguió el viaje hacia el sur, quizás con el propósito de encontrar un sitio más conveniente. El 19 de septiembre se encontró con milicias del gobernador de Córdoba Jerónimo Luis de Cabrera y Garay, en los alrededores de Coronda. En consecuencia se planteó un conflicto por la posesión de las tierras, que se resolvió con palabras y ambos grupos regresaron a sus respectivos asientos.

El domingo 15 de noviembre de 1573, Juan de Garay cumplió el mandato de quien era su futuro consuegro que residía en la ciudad de Asunción y “en nombre de la Sma. Trinidad y de la Virgen Santa María y de la universidad de Todos los Santos, y en nombre de la real majestad del Rey D. Felipe, nuestro señor, y del muy ilustre Juan Ortiz de Zárate…, gobernador y capitán general de la provincia de Calchines y Mocoretáes” fundó la “ciudad de Santa Fe”, ya que su encuentro con Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de Córdoba, le impidió fundarla más al sur donde la había imaginado, cerca del río Carcarañá.xiii

El valiente vizcaíno constituyó el primer Cabildo, nombró dos alcaldes y tres regidores, señaló el día de Año Nuevo para la elección y renovación de los cabildantes; repartió las tierras; de acuerdo a testimonio del Padre Lozano encomendó veinte mil indios y dispuso la ubicación de los solares y del sembradío de acuerdo al plano de la ciudad.

El 20 de noviembre de 1573 regresaba don Juan Ortiz de Zárate de España, con la ratificación de su nombramiento de Adelantado y apenas se internó en las tierras lindantes con el Río de la Plata, fue atacado por los indios, tribus charrúas que lo acosaron con su belicosidad. Ortiz de Zárate y sus hombres se refugiaron en la Isla San Gabriel y lograron el efecto contrario, porque los rodearon más charrúas y algunos guaraníes.

En marzo de 1574 se encontraron el tercer Adelantado y don Juan de Garay; juntos remontaron el Paraná para que Ortiz de Zárate asumiera sus funciones que desempeñó durante breve tiempo, con frecuentes dificultades por las confabulaciones de sus adversarios políticos. Murió el Adelantado en Asunción, el 26 de enero de 1576 y dejó “como único heredero de su inmensa gobernación a quien se casase con su hija doña Juana cuya madre era la princesa incaica Leonor Yupanqui, sobrina del inca Manco II”; delegó “los poderes del gobierno a su sobrino Diego Ortiz de Zárate y Mendieta, un joven disoluto a quien el vecindario de Santa Fe depuso en 1577. Confirmó a Martín Suárez de Toledo teniente gobernador en la Asunción y ratificó a Juan de Garay en sus títulos de teniente gobernador de Santa Fe y Justicia Mayor del Río de la Plata, instituyéndole en ejecutor de su testamento y dándole poder para concertar el matrimonio de doña Juana Ortiz de Zárate”. xiv

Esta última misión planteó dificultades porque los ambiciosos de ese tiempo pretendían no tanto a Juana -fruto del mestizaje- como al dominio territorial en los extensos campos cercanos al Río de la Plata. Contrajo matrimonio con don Juan Torres de Vera y Aragón, oidor de la Audiencia de Charcas; cuya autoridad no pudo ejercer debido a los litigios que se presentaron.

Una mirada a mayor distancia permite reconocer otras realidades: durante el año 1576, el rey Felipe II propuso al Papa Gregorio XIII, la designación del fraile dominico portugués Francisco de Victoria, antes judío y comerciante en Lima, vinculado con personajes de la Corte Española, para que ejerciera su acción evangelizadora como Obispo de Tucumán. Logrado el nombramiento, asumió sus funciones en Lima en 1581 y “al año siguiente comenzó su labor desde la Diócesis. En esa época era cosa corriente que hombres ávidos de fortuna tomaran los hábitos para valerse de su influencia en los negocios. No decimos que este haya sido el caso de Victoria, pero no podemos evitar la sospecha”.

La sucesión de hechos confirma que “este obispo formó una sociedad con un aventurero portugués” -López Vásquez de Pestaña-, propietario de un barco que cuatro años después de asumir el Obispo, fletaron a las costas del Brasil.

“Desde Santiago del Estero salieron los hombres de Victoria con varias carretas cargadas con harinas, tejidos de algodón, vinos, grasa y otros productos. El obispo había manifestado que el propósito del viaje era traer misioneros jesuitas del Brasil y que con las mercancías se pagarían los gastos de la empresa y se adquirirían ornamentos para las iglesias y el resto de los beneficios se aplicarían a sostener el Culto. De Brasil vinieron varios sacerdotes jesuitas, pero con ellos llegó una carga de hierro, seda y esclavos negros que se comercializaron en Potosí. De esta forma, el obispo Victoria abrió la ruta del contrabando que saliendo desde Buenos Aires, pasaba por Córdoba y seguía hasta Santiago del Estero, desde donde proseguía hasta el Alto Perú, que era el destino final. En los años siguientes Victoria dirigió unas cuantas operaciones de esta naturaleza…” xv

Mientras tanto, en Santa Fe en el año 1577 el Procurador informó al Cabildo que españoles y vecinos estaban viajando desde Santa Fe a Tucumán y Perú; y que “ha quedado poca gente”. Al año siguiente, llegó al Cabildo otra noticia: “había llegado un mercader al pueblo, y los vecinos y soldados querían seguirle tierra adentro, hartos de penurias y miserias”.

El abnegado maestro Pedro de Vega era el único que enseñaba a leer y escribir, también la doctrina cristiana.

El 15 de septiembre de 1578 el Cabildo de Asunción reconoció a don Juan de Garay como “Teniente de Gobernador del vasto territorio del Río de la Plata y por delegación del cuarto Adelantado don Juan Torres de Vera y Aragón”.

En Santa Fe los vecinos manifestaban su incertidumbre porque disminuía la población y pidieron al Cabildo que no autorizara el traslado de persona alguna, con lo cual prácticamente se impedía que el maestro se alejara, ya que había comentado tal propósito.

En el río de la Plata había pocos rastros de la primera fundación de Buenos Aires y después de fundar Santa Fe y dejar a su población con suficientes víveres, don Juan de Garay asumió el desafío de concretar la segunda fundación de Buenos Aires:

“Poco era lo que Garay podía ofrecer a los que se alistaran en su expedición fundadora. No se podía hablar de metales preciosos, pues era demasiado conocido por todos que en esas tierras no los había”…

Tampoco se podía hablar de encomiendas porque las tribus del sur eran nómadas y se resistían a perder su libertad.

Logró don Juan de Garay alistar aproximadamente sesenta hombres y los víveres necesarios: “un rodeo de mil caballos, quinientas vacas y un buen número de cabras y ovejas” con “la carabela San Cristóbal de la Buena Ventura, tres bergantines y un número considerable de embarcaciones menores” -indispensables para las comunicaciones fluviales-, partieron en “dos grupos entre fines de febrero y principios de marzo de 1580, partió de Asunción el total de los expedicionarios, unos por tierra y otros por agua: una vez más ambos elementos eran imprescindibles para que los hombres siguieran ampliando sus perspectivas.

1580: expedición al sur y sublevación de “los mancebos de la tierra”.

El domingo 29 de mayo de 1580, conmemoración de Trinidad -en la religión católica: Padre, Hijo y Espíritu Santo-, llegó la expedición al puerto del buen aire y el 11 de junio Garay fundó el pueblo que nombró ciudad Santísima Trinidad.

Los nombres en esos hitos geográficos, iban señalando otra dimensión: establecían una relación espiritual y una aproximación a la religión católica apostólica romana. Mientras tanto en Santa Fe, se rebelaron algunos mancebos de la tierra que lo habían acompañado desde Asunción, se produjo la sublevación de los Siete Jefes –incluyendo mestizos de Asunción- y las autoridades fueron encarceladas.

Algunos historiadores han expresado que ese movimiento respondía a los intereses de Córdoba y de Tucumán porque pretendían dominar la región y aumentar sus negocios. Es probable que haya tenido el propósito de manifestar la voluntad de mando de los nacidos en el Río de la Plata, quienes así intentaban reemplazar a los españoles.

Se ha destacado que “el ambiente comunero de la madre patria transportado al Río de la Plata, fue un factor decisivo en la brega iniciada por los criollos contra los conquistadores, allá en 1580, al grito de libertad lanzado por el heroico Lázaro de Venialbo, y sus seis compañeros no menos heroicos”.

Inmediatamente se produjo la contrarrevolución. xvi

Desolación y más exploraciones…

El historiador Manuel Cervera indica que “en Santa Fe en 1582 sólo había un sacerdote”, un dato más que permite imaginar la desolación existente. Avanzar en el establecimiento de poblaciones estables exigía un esfuerzo mancomunado con los sacerdotes y en consecuencia, es justificada la observación que transmitió el Virrey Luis de Velazco en una carta de 1596, al decir “…que no corriendo oro ni plata los sacerdotes no querían acudir a los pueblos o tierras de indios en el Plata. Sólo esos sacrificios lo efectuaban las órdenes franciscanas, mercedarios y otras”.

Estos datos permiten interpretar que faltaban clérigos para cooperar en la ardua conquista y así lo reconoce el doctor Cervera al expresar que “la escasez de sacerdotes, la pobreza del país y las penurias y trabajos entre los naturales, con sus reducciones alejadas de centros poblados obligaron a la asistencia de religiosos sueltos para la evangelización, los que pocas veces eran acicateados en la verdadera pureza de sus intenciones y esfuerzos.” xvii

Mientras tanto continuaba “el tráfico ilegal de mercancías que siguió a las andanzas del obispo Victoria” –de Tucumán, a partir del año 1581 y “los comerciantes de Lima elevaron sus quejas a la Corona, solicitando a la vez que dispusiera el cierre del puerto de Buenos Aires a las negociaciones de los portugueses establecidos en el Brasil.

Por Real Cédula del 28 de enero de 1594 el rey accedió a las peticiones de los limeños y ordenó la clausura de ese puerto al comercio con Brasil. Prohibía expresamente que se introdujera en Buenos Aires “hierro, esclavos, ni otro ningún género de mercancías del Brasil, Angola, Guinea ni otra ninguna parte de la corona de Portugal, ni Indias Orientales, sino fuere de Sevilla, en navíos despachados por la Casa de Contratación…”

Las protestas de los comerciantes porteños durante los primeros años de vigencia de esa prohibición, motivaron una modificación ocho años después, mediante otra Real Cédula y dieciséis años después de ese cambio, recién lograron alguna flexibilidad de la Corona para que pudieran aumentar el intercambio. Se ha reconocido que en aquel tiempo, a pesar de las cédulas reales “el contrabando fue cada vez más intenso, impulsado por súbditos portugueses que desde los primeros años de la década de 1590 se habían instalado en Buenos Aires, Potosí y en otras ciudades ubicadas en la ruta entre esos dos puntos. Con numerosos vecinos españoles establecieron estrechos vínculos en base a los que lograron formar una poderosa asociación que dominó la ciudad, imponiéndose incluso a la mayoría de los gobernadores, quienes generalmente participaron del negocio del contrabando. Muy pocos se sustrajeron a su influjo, entre los que puede citarse a Hernando Arias de Saavedra –Hernandarias-, quien persiguió el tráfico ilícito pero no consiguió desterrarlo”. xviii

El sacerdote jesuita Guillermo Furlong Cardiff ha destacado que en marzo de 1587, en viaje al Tucumán pasaron por Santa Fe los primeros jesuitas y que el 21 de septiembre de 1595, procedente de Asunción del Paraguay llegó el Padre Juan Romero, quien “predicaba los días festivos, tarde y mañana, precediendo al sermón de la tarde la explicación de la Doctrina Cristiana, para lo cual se juntaban los indios en número crecido, pues pasaban a veces de mil, y precedidos de setenta y más niños españoles, salían en devota procesión, cantando los Misterios Sagrados al espacio, que había desde el Templo de San Francisco hasta la Iglesia Matriz”. xix

El Cabildo de Asunción, el 13 de julio de 1592 había designado a Hernandarias, Teniente de Gobernador y Justicia Mayor; hay coincidencia al reconocer que “hasta su muerte en 1634, ejerció seis veces el gobierno con acierto y prudencia ejemplares” al decir del destacado escritor Leoncio Gianello.

Es posible advertir otras convergencias: varios historiadores coinciden en que eran tantos los conflictos con los indios “en Córdoba en 1597, ‘que los indios no debían pasar de Stgo. del Estero en tropas de carretas’ que iban más lejos”. En esos párrafos no se encuentra descripción de actos de contrabando, aunque eran la causa de los mayores enfrentamientos por “acusaciones recíprocas de contrabandistas entre comerciantes, funcionarios, desde gobernadores para abajo y también entre eclesiásticos que, en profusión, participaban en el tráfico ilegal.”

En ese tiempo era costumbre conducir las arreadas o vaquerías, trasladando ganado cimarrón para obtener los cueros y el sebo, dejando el resto para que se alimentaran otros animales. En el año 1602 mediante una Real Cédula se autorizó la exportación de carne conservada mediante la salazón y así comenzó la industria saladeril, en los alrededores de Barracas en la provincia de Buenos Aires; “se pagaba hasta tres reales de plata por la res pelada y el procedimiento empleado consistía en salar las mantas de carne, apresándolas con unas vigas. Este producto resultaba mal elaborado, no aprovechándose tampoco la grasa, que se hacía correr al Riachuelo.

1604: presencia de Hernando Arias de Saavedra…

A partir de 1604 la presencia de Hernando Arias de Saavedra significó un importante aporte para intentar relaciones positivas con los indios, evitando así sus invasiones” cuando “en busca de comida por la disminución de animales llegaban a los pagos de incipiente población, produciéndose así encuentros varios. A veces también, esa misma causa de disminución de ganado, falta de comercio y facilidades de tránsito, obligaban a las autoridades y vecinos a llevar malocas entre los indios cercanos y algo amigos, a los que se les expulsaba hacia el interior, provocando sublevaciones y daños. Como todos tenían que vivir, y no convenía estar en continuas reyertas con los indios, se señaló por tratado, al río Salado, como divisorio al sud, no debiendo pasar de él, ni los indios del sud, ni los españoles del norte. Pero no impedía esto, interrupciones de ambos lados, quizás debido al intercambio existente y al deseo de ocupar más espacio de tierra libre, para cría de ganado vacuno, con lo que, fue intensificándose la creación de fuertes en la frontera, donde los indios difícilmente colaboraran para su construcción; asentamiento de vigilancia con capilla, donde junto a la acción de policías se desarrollaba la acción evangelizadora de distintas congregaciones que intentaban convertirlos al catolicismo”.

En Buenos Aires, en la aldea que fundó don Juan de Garay por segunda vez en el año 1580, se presentó ante el Cabildo para ofrecer sus servicios como maestro de escuela don Francisco Vitoria -o Victoria, o Vittoria-, acordando una retribución de un peso por mes por enseñar a leer y dos pesos si enseñaba escritura y aritmética. Estos datos sugieren un breve análisis: desde aquel tiempo se mantiene una tradición que debiera erradicarse; los maestros tienen que ofrecer sus servicios acceder a los cargos y luego, aceptar las escasas retribuciones que les corresponda, siendo generalmente los trabajadores que perciben menor remuneración. Otra tradición es la de cambio de nombres -o de apellidos- y así es como se pueden imaginar distintas personas cuando en realidad se identifica a la misma, en diferentes circunstancias, registrados sus datos por diferentes escribientes o escritores.

Por rencor o intolerancia, aún suelen cambiar los nombres de calles, avenidas, plazas, pueblos, ciudades y provincias; las naciones aún cambian su denominación cuando son invadidas y pierden la guerra…

Es oportuno decir que si fuera Francisco de Victoria el nombre correcto, debiera ser reconocido como un homónimo del fraile dominico portugués que en el año 1582 se hizo cargo de la diócesis de Tucumán y promovió la ruta del contrabando.

La historia de la Historia exige un trabajo responsable que impida interpretaciones erróneas. Esta coincidencia para estar alertas.

Si se vuelve la mirada a la obra evangelizadora de los franciscanos hay que reiterar que el 23 de febrero de 1606 fray Luis Bolaños -y otros frailes-, informaron que “desde hacía 12 años evangelizaban entre expedicionarios e indios” y que en Santa Fe había “6 reducciones y doctrinas con iglesia y casa… que sin ayuda del gobernante poco podían hacer los religiosos para sacar indios de montes, pantanos e islas y colocarlos en reducción, y a los que continuas peste los destruía, pero les han levantado calumnias… en medio de ese ambiente mezquino, intranquilo y poco adaptable ‘al honor y pundonor de la sagrada religión y frailes’.”

Diez años después, el 25 de mayo de 1616, Hernandarias envió una carta al Rey y reconoce “tres, en Santa Fe” y expresa que “a cuarenta leguas al norte de Santa Fe, junta con doscientos indios reducidos y están por reducirse otros cuatrocientos”, de acuerdo con datos que halló el historiador Cervera. xx

En todas las épocas hubo testimonios contradictorios con respecto a la conducta de los indios y la de los conquistadores. “No estarían tan mal tratados todos los indios, cuando el Oidor Alfaro en 1611 declaraba: ‘que los indios de la Asunción no servían a los conquistadores por jornal sino como parientes, y lo hacían cómo y cuándo querían’; les eran necesarios y no podían tratarlos muy mal, y menos a las mujeres madres de sus hijos…”

El 8 de julio de 1617, el noble Hernandarias acostumbrado a combatir la pereza, ordenó que en la Plaza pública de Asunción se quemara una partida de yerba mate para evitar que los nativos prolongaran sus pausas cebando y tomando mate.

En aquellos tiempos era evidente la decadencia de Asunción a medida que crecían los pueblos más próximos al río de la Plata. El 16 de diciembre de 1617 el rey Fernando III dividió ese vasto territorio sudamericano y se crearon las gobernaciones de Guayrá y la del Río de la Plata. El gobierno que hasta entonces ejerció el último Adelantado del Río de la Plata don Juan Torres de Vera y Aragón, fue ejercido por don Diego de Góngora -comprendiendo Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo- y en el Guayrá fue nombrado don Manuel de Frías. Con tales decisiones se aceleró la destrucción del anterior poder de Asunción.

En toda América seguía gestándose el mestizaje, aunque era imposible evitar la violencia en tan vastos territorios. En el Virreinato del Perú, el segundo establecido por Cédula Real en el año 1542, cuya capital era Lima y que comprendía toda América del Sur, la región próxima a la desembocadura de los ríos Paraná y Salado soportaba los frecuentes ataques de los guaycurúes, charrúas, mocovíes y abipones. Es posible imaginar a los mocovíes y abipones cuando estaban alzados porque “tenían su táctica de pelea: desde las espesuras de los montes incitaban con sus alaridos y escaramuzas, salían de sus escondites arrojando flechas, haciendo gambetas y recostándose sobre las costillas de su cabalgadura. Las guerrillas que salían del fortín, manejaban lanzas y sables con destreza, aprendieron la técnica indígena, formaron la milicia criolla, que miraba con recelo los militares de escuela, y con sus lazos y boleadoras se los calificó como la gente de chuza.” xxi

1650: traslado de Santa Fe hacia el sur…

El agua, un elemento insustituible para la vida humana, por exceso significaba un problema para los pobladores de Santa Fe, que soportaban prolongadas inundaciones insuficientes para impedir el avance de los indios. En esas circunstancias, se resolvió el traslado de la población desde la zona de Cayastá hacia el sur. Allí se construiría otra ciudad conforme al plano de Santa Fe, la Vieja y entre las agitadas aguas de los ríos Paraná y Salado, comenzaría otra historia de la Historia. xxii

El 5 de octubre de 1650 el Cabildo santafesino dispuso que el capitán Lázaro del Pesso, Diego de Santuchos, Bernabé Sánchez, Jerónimo Rivarola y Arias de Mansilla exploraran el lugar más conveniente para trazar el plano del nuevo asentamiento de la población de Santa Fe, que sería idéntico al anterior para no generar problemas por la distribución de las tierras. Decidido que el emplazamiento sería en el Rincón de Lencinas, en terrenos que habían sido donados al Cabildo por el Cap. Antonio de Vera y Mujica, aparentemente protegido por los ríos Paraná y Salado, comenzó el traslado de las 126 familias -aproximadamente novecientas personas-, encomendado a Alonso Fernández Montiel, quien el 20 de febrero de 1653 repartió las tierras de labranza a todos los vecinos, en medidas idénticas a las que poseían anteriormente.

El Sargento Mayor Antonio de Vera y Mujica cinco años después realizó el Padrón de la Ciudad, incluyendo el trazado de las calles.

El traslado concluyó en el año 1660 cuando a la ciudad se la reconocía como Santa Fe de la Vera Cruz y dos años después, mediante la Real Cédula del 31 de diciembre se la declaró “puerto único y preciso”.

Aunque se habían trasladado con el propósito de evitar las frecuentes invasiones de los indios, no lo lograron solamente con el traslado.

Es oportuno tener en cuenta que “el procurador de Santa Fe en 1655 decía que ‘el guerrear y cautivarse unos a otros entre los charrúas y otros indios, es un vicio, que vendían a los propios suyos en esta ciudad, y traían otros, hasta de muy tierna edad de otras partes, y los daban o vendían por ropas, caballos, vinos y otros rescates” –así dice-. No los podían sostener entre ellos por falta de alimentos para los hijos; el vicio del aborto era común en muchas tribus desparramadas en el país; y así mismo otros vicios, que los destruían en guerras internas, hambre y otras miserias. No solo existía ese rescate de indios tomados en guerra o malocados por otros vecinos, sinó también el de objetos que se ofrecían en cambio de armas, vicios y otras cosas, que la Curia eclesiástica prohibió varias veces en bien general, y que fue costumbre no sólo en Santa Fe, sinó también en Buenos Aires, Corrientes y otras partes…” xxiii

Contrabandos…

En la historia de la Historia son frecuentes los contrastes: se ha difundido que en el año “1622, Fray Pedro de Carranza fue nombrado primer Obispo de Buenos Aires por influencia de su primo, el contrabandista Juan de Vergara, protegió espiritualmente el comercio clandestino llegando a utilizar la excomunión en contra del gobernador Francisco de Céspedes, quien pretendió encarcelas a su conspicuo y corrupto pariente”.

En tal circunstancia, “encarcelado Juan de Vergara en el Cabildo” -de Buenos Aires-, “allí concurrió el obispo para forzar la puerta y conducir al reo hasta la catedral, bajo su protección. Enterado Céspedes de estos hechos se dirigió a la iglesia, con un grupo de soldados, en donde fray Carranza lo recibió atrincherado tras la temible excomunión, que descargó sobre el alma del gobernador. Los soldados, temerosos como correspondía a la época, abandonaron a Céspedes, quien debió refugiarse en el fuerte desistiendo de sus propósitos. El conflicto fue llevado a la Audiencia de Charcas, por intervención de Hernandarias, pero Vergara logró la absolución y volvió a Buenos Aires en donde vivió hasta su muerte rico y respetado por los pobladores, contrabandistas y ‘probos’, si es que había de estos últimos”.

Es indispensable aportar otro dato: Juan de Vergara era “regidor perpetuo, cargo que había comprado en la Audiencia de Charcas, lo mismo que a otros, que adquirió para sus secuaces; era, además, notario del Santo Oficio, y junto a otro contrabandista portugués, de origen judío, Diego de Veiga, castellanizado Diego de Vega, era el hombre más rico de Buenos Aires, por lo que podía repartir favores y comprar conciencias”. xxiv

El noble gobernador criollo don Hernando Arias de Saavedra, hijo de Martín Suárez de Toledo -gobernador de Asunción- y de doña María de Sanabria -hija de Juan de Sanabria, quien debió ser el tercer adelantado del Río de la Plata; el entusiasta Hernandarias, esposo de Jerónima de Contreras -hija de Juan de Garay-, “se destacó desde muy joven estuvo en el servicio de su rey… era trabajador y enérgico… fue hombre de visión y realidad, su único espejismo fue aquella descaminada empresa hacia los Césares”, expresó el historiador Gianello y destacó que “con los pies bien cimentados en la tierra”, comprendió, ayudó y protegió a los indios hasta sus últimos días en su admirada Santa Fe de la Vera Cruz, donde falleció en el año 1634.

Estas crónicas confirman una vez más la condición humana y permiten entender que la fidelidad a una vocación, depende de los valores éticos que la persona sustente, como base esencial para cumplir con su insoslayable misión.

Es necesario admitir que los hombres, mujeres y varones, en distintas circunstancias pueden cometer algún error, siendo imprescindible reconocerlos oportunamente e intentar que el mismo, no se repita indefinidamente porque en tal caso se estaría en el umbral del fraude, dolo, estafa, falsedad, simulación, mentira, disimulo… engaño a sí mismo, injustificada deslealtad íntima, que incide en la modificación de la integridad humana, concebida como la inestimable manifestación de un espíritu encarnado, a imagen y semejanza de Dios.

Se impone reiterar y analizar otras medidas. En ese tiempo “los medios para ingresar mercancías de contrabando, en esta primera época del comercio ilícito, eran muy numerosos: desde el simple desembarco en estancias costeras, amparados por la soledad de las riberas y la complacencia de los funcionarios, hasta las ‘arribadas forzosas’. Simulaban averías en la nave o pérdida del rumbo. Luego, cuando se comprobaba la carga ilegal, que generalmente eran esclavos negros, las autoridades mandaban que saliera a subasta pública conforme a las leyes. Pero a la subasta no se presentaba nadie, por temor o complicidad, excepto uno de los principales contrabandistas que ofrecía por la carga un precio ínfimo. Obtenida así la mercancía quedaba automáticamente legalizada, por lo que llegaba a Potosí sin ninguna clase de obstáculos”. Así se acumulaba oro y plata en Buenos Aires que luego se enviaba a Europa, hasta que “para detener este drenaje de metales preciosos, la Corona ordenó establecer una Aduana Seca en Córdoba, en 1622. A Buenos Aires sólo se le permitía exportar hacia el Alto Perú los productos de origen ganadero.” xxv

Humillaciones de “la Inquisición”…

Desde 1657, por orden del Consejo Supremo de la Inquisición, (“Cap. 81 de las Instrucciones que hiço el Ill.mo S.or Don Fernando de Valdes. Azçobpo de Sevuilla”, en todo el territorio conquistado por la Corona española, “los sambenitos de los condenados por el Santo Oficio sean puestos en las iglesias donde fueron vecinos, ‘para que aia memoria de su infamia’.” xxvi

Sambenitos amarillos

Sabido es que “el sambenito” era originariamente una vestimenta penitencial y durante los primeros siglos del cristianismo se impuso como “la indumentaria de los pecadores arrepentidos, santificada por la bendición de los papas, bajo el imperio de la Inquisición se convirtió en una penalidad horrible. Fue Santo Domingo de Guzmán, en su calidad de inquisidor delegado, el primero en mandar usarlo con fines infamantes. Siguieron su ejemplo varios concilios y, sobre todo, los legados pontificios para el asunto de la pureza de la fe”. El historiador Lewin ha destacado que era “…‘un escapulario tan ancho como el cuerpo, y en lo largo que llegase hasta las rodillas, y no más abajo, par que no confundiese con los escapularios de frailes algunos. Esta idea fue origen de que los inquisidores españoles prefiriesen para los sambenitos el color amarillo en tela de lana, con el rojo para las cruces’, cosidas en los pechos. Las cruces, a fin de evitar su vilipendio, en 1514, fueron reemplazadas por aspas. Ésa fue la forma definitiva de los sambenitos, de los que había seis clases: tres para los reos que caían en las garras de la Inquisición por primera vez y tres para los que reincidían y pagaban irremisiblemente su pertinacia con al vida. xxvii

Cuando se trataba de un acusado sospechoso levemente, que era absuelto ad cautelam, poníasele un sambenito sin aspas; cuando la inquisición recelaba vehementemente de alguna de sus víctimas, pero la admitía a la reconciliación, le ponía medias aspas; y cuando lo declaraba hereje formal admitiendo, sin embargo, su abjuración, tenía que llevar aspas enteras. /…/ La ‘misión’ del sambenito no terminaba con el reo que lo llevaba. Después de su muerte, o del cumplimiento del término de la pena, era colgado en la iglesia parroquial para la infamia de sus descendientes. Éstos… no sólo estaban excluidos de los empleos públicos, sino también de la enseñanza superior, y no tenían derecho de viajar a caballo, vestirse de lujo ni establecerse en las Indias. Los sambenitos de los condenados por la Inquisición americana, celosamente vigilados, tenían igual efecto que los peninsulares, con la excepción, naturalmente, del derecho de residir en las Indias.

A las penas infamantes pertenecía asimismo la flagelación pública. Eran condenados a ella, como en otros casos, personas de ambos sexos y de todas las edades.” xxviii

El inquisidor Fray Pedro de Iramain.

Las denuncias y procesos en la provincia de Tucumán relacionadas con el juego o la bigamia -entre otras causas que justificaban la persecución y hasta la pena de muerte-, eran controladas por el franciscano Fray Pedro de Iramain, Visitador de aquella provincia y Juez de Comisión del Santo Oficio. El 1º de diciembre de 1630 habían ordenado a “don Fernando Franco de Riuadeneira” que cobrase a Francisco de Acuña de Santiago del Estero su deuda en pesos y arrobas de algodón. En el mismo documento, encomendaron recaudar al comisionado de Córdoba Antonio Rosillo contra Francisco de Lugones de La Rioja, por bienes que debía a Juan de Acuña de Noroña, “relajado por ese Santo Ofic.o”… Más órdenes de cobranza por acusaciones “de juego”, entre ellas una contra don Pablo de Argañaraz, vecino de la localidad de Jujuy. En otro ítem, indicación de hacer diligencia en el Puerto de Buenos Airess para saber si han cobrado las escrituras papales y recaudos que el Padre Provincial Fray M. de Arostegui había entregado… xxix

El 11 de mayo de 1632, el fraile Iramain había firmado un informe contra Alonso Guerrero por firmas en hojas en blanco, otro contra Gómez de Gayoso, un escrito de Pablo Francisco a favor del Santo Oficio, con promesa de no jugar,

Santa Fe y su Puerto Preciso…

Cuarenta años después, la Corona de España que con frecuencia revisaba sus errores u omisiones, mediante la Real Cédula del 31 de diciembre de 1662, otorgó a Santa Fe el privilegio de ser Puerto Preciso, el puerto obligado para controlar a todas las embarcaciones que navegaban sobre el Paraná en el recorrido desde el Paraguay al Río de la Plata; quedando Buenos Aires como puerto exterior; aunque recién tres décadas después se comenzó a analizar y a defender ese notable privilegio. xxx

Desde distintas localidades llegaban algunos viajeros a la quieta Santa Fe –a la hora de la siesta-, permanecían días o meses, observando las costumbres y los juegos de la época. Don Agustín Zapata Gollán concretó algunas investigaciones sobre el juego de las cañas, “un juego de mucho riesgo. Formadas las cuadrillas, una frente a otra, vestidas con distintas libreas o divisas, al son de las trompetas se enfrentaban por turno uno a uno”.

En la ciudad, “según un acta del Cabildo santafesino fechada el 10 de setiembre de 1674, desde la fundación se acostumbraba celebrar el día de San Jerónimo, su Patrono, además de las ceremonias religiosas, con corridas de toros y juego de cañas”.

En ese juego, “en vez de la gente principal de Santa Fe, intervenían indios, negros y mulatos, que ocasionaban con sus desmanes, serios perjuicios al vecindario”.

Por tal motivo el juego fue suspendido por el Cabildo en 1692; “en 1698, se volvieron a autorizar las cañas, pero con tal mala suerte, que en medio de la discordia y alboroto que se originó durante el juego, encontraron la muerte un hombre y un niño por lo cual al año siguiente se la volvió a prohibir, esta vez perpetuamente disponiéndose que en su lugar se oficiara un novenario en honor de San Jerónimo.” xxxi

Los pesos de “la Inquisición”…

En distintas localidades continuaban las acciones de “los Inquisidores” y el 2 de mayo de 1671 informaron acerca del “traslado a Buenos Aires de una crecida suma procedente del secuestro de los bienes de Mateo López Capadocio”, que como consta en un documento depositado en el Archivo Nacional de Santiago de Chile, era de “40568 pesos y 6 R.s”, descontándose “por Consumidos en las Cosas de mar y tierra 10136 ps” , el resto debía ser remitido a Madrid “en la primera ocasión”, como consta en el citado documento del 24 de octubre de 1672. xxxii

1712-1717: en “los pagos” santafesinos…

A principios del siglo XVIII, en Santa Fe “existían algodonales cercanos a la ciudad y a Coronda, cuya cosecha iba a las Misiones y al Paraguay, de donde se retribuía con azúcar y yerba. Cultivaban la vid y elaboraban vino para el consumo; sembraban maíz, trigo, mijo, cebada, papas y se recogían especies como la pimienta, canela, nueces…

Todo eso desaparecía a veces cuando los indios arrasaban estancias y rodeaban los poblados constriñéndolos a encerrarse en sus recintos defendidos por zanjas o tunales. Esta situación hace que en la campaña, la alimentación se torne exclusivamente carnívora ante la falta de pan…”

“El pan se hacía en los hornos de las huertas familiares y las típicas amasadoras lo vendían en sus casas o en las bandolas que se instalaban en la plaza. Fueron célebres las mujeres santafesinas por sus masas, dulces y alfajores. Esta industria casera estaba tan desarrollada que cuando en 1712 dos individuos pidieron permiso al Cabildo para instalar una panadería, las amasadoras presentan una nota oponiéndose puesto que se les privaba de sus medios de vida.” xxxiii

Rincón…

El historiador Agustín Zapata Gollán ha destacado que en Santa Fe, “en 1717, apenas llegan a trescientos los habitantes de la ciudad. El Fuerte del Rincón tiene solo cincuenta hombres, mal armados y medio desnudos”. Ese año se produjo un cruel ataque que significó hasta el abandono de la capilla, cuyos objetos luego habrían sido llevados por curas del Paraná y del Rosario.

En su testamento del 21 de enero de 1696, el Capitán Silvestre Martínez Negrón había pedido ser amortajado con el hábito franciscano y enterrado en Rincón, en el Convento de San Francisco y ese dato indica que la capilla construida a principios del siglo XIX por el Padre Francisco de Paula Castañeda no fue la primera existente en el pago de Antón Martín.

Una descripción de un Fuerte -o Fortín– en la reseña del Capitán Cristóbal de Oña en el año 1717, permite comprender que no ofrecía tanta seguridad, porque era “un corral donde queda la gente y toda su fortificación, se reduce a 4 puentes de 2 a 85 pasos y los otros dos de cuarenta pasos; frente cubierto con maderas que hasta ahora mantienen tosquedad con que se criaron, muy desiguales y todas concavadas, pero con estos defectos se consiguen naturalmente troneras para defenderse y más sirven de parapeto unos cueros; el terraplén es el natural de la pampa, pues no hay ni una pulgada de tierra levantada; tiene también dos cubos, que cada uno flaquea dos cortinas y sobre todo una que llaman mangrullo y sirve de atalaya”. xxxiv

Los indios con frecuencia llegaban hasta los límites de la ciudad de Santa Fe, a pesar de los continuos esfuerzos por mantener alejadas a las tribus; “este asolamiento plantea, aún en 1725, la eventualidad de un nuevo traslado de la ciudad, de la que huían numerosas familias”.

También es necesario considerar que Córdoba protegía “sus fronteras hacia la parte de Santa Fe; y sus tratos con los abipones, dio por resultado la instalación de varios Fuertes, entre ellos el de El Tío en 1727, para mantener despejado el largo camino hacia el Alto Perú”.

Sunchales…

En Santa Fe, en 1726 don Francisco Javier de Echagüe y Andía inició la defensa de la frontera norte que consolidó en 1735. Su casa estaba situada en la esquina suroeste de las actuales San Jerónimo y Buenos Aires y hacia el noroeste se extendían las estancias con peones que trabajaban en las chacras o cuidaban el ganado tanto como debían enfrentarse con los bravos indígenas.

En ese tiempo algunos documentos identifican a Laguna de los Unchales o Zunchales y desde el Tucumán el obispo Ceballos advertía que “los indios estaban muy ladinos y advertidos… ni la fundación de fuertes en un extenso límite que se podía abarcar, no daban resultado, sino todo lo contrario, sosteniendo la sucesiva agresión de los indios, quienes aunque se les atraía a la fe y con trabajos, tampoco daban resultado, y si solo destruir cantidad de indios o trasladarlos sin provecho, en cada expedición” -interpretándose una omisión del acento ortográfico, la lectura es “sí sólo destruir cantidad de indios o trasladarlos sin provecho”

A pesar de esa constante lucha a campo abierto, a pesar de la “irrupción continuada de hordas salvajes, sanguinarias y destructoras de todo, siguieron organizándose más reducciones”. xxxv

Santa Fe y su “puerto preciso”.

El desarrollo de los pueblos dependía de las comunicaciones y de las recaudaciones de impuestos para que el gobierno pudiera apoyarlos.

Recién en 1729 se completó la documentación sobre Santa Fe y su Puerto Preciso al conocerse “la Cédula Real que fijó los derechos sobre los productos del tráfico paraguayo para dotar de recursos la defensa de Santa Fe y se inició la gran polémica al interpretar los santafesinos los mecanismos previstos para el cobro de tales arbitrios”, porque los de Asunción y de Buenos Aires, sostenían lo contrario en defensa de sus intereses. xxxvi

Cuando Buenos Aires empezó a consolidar su Puerto, los barcos provenientes del Paraguay siguieron aguas abajo del puerto preciso de Santa Fe hasta que quedó desierto con sus carretas abandonadas. Una carta del Padre Matías Strobel escrita en Buenos Aires en 1729 permite imaginar el paisaje urbano y la situación política en junio de 1729 porque “afirma que Buenos Aires en su estructura no se diferencia de los pueblos de Hungría; tiene con todo un pequeño fuerte protegido por estrechos baluartes; por lo demás, en toda la ciudad no se ve ningún edificio que merezca atención, si se exceptúa el del consulado inglés. Desde la colonia portuguesa, introducen (los ingleses) furtivamente algunos artículos, y los ocultan; de suerte que no ha mucho, en sólo artículos comerciales de contrabando, se les ha secuestrado por valor de 300.000 pesos. En algunas partes de este territorio tienen los españoles otras ciudades; como son Córdoba, Asunción, Santa Fe, Salta… llamadas ciudades por ellos, pero en realidad se parecen a humildes aldeas, porque en las indias ningún pueblo pasa por la humillación de llevar el nombre de aldea o villa”.

Viviendas y población en la ciudad de Santa Fe…

Destacó el historiador Cervera que en esa carta el sacerdote describió “la humildad y respeto de los indios misioneros y su conducta intachable, y la inteligencia que demuestran para el aprendizaje de las artes, que les enseñan los jesuitas”. Esa realidad contrastaba con el comportamiento de otros grupos que “a manera de gitanos, van en bandas de un punto a otro, viven como brutos, y con frecuencia vienen a la ciudad con sus caballos y perdices, que a bajo precio venden a los habitantes”. xxxvii

Eran los rebeldes que preferían seguir siendo libres: convivir en tribus y con dignidad, compartir sus costumbres y creencias.

En ese tiempo, la ciudad se extendía en 12 cuadras de sur a norte y 6 cuadras de este a oeste, extensión que se mantuvo durante más de cincuenta años y de acuerdo a una descripción del sacerdote jesuita Padre Carlos Gervasoni, la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz era “un conjunto de casas, sin orden ni simetría, con plaza y calles plenas de polvo en los días secos, hechas un lodazal en los días de lluvia, con unas 16 o 20 casas en un sitio, a continuación un largo trecho de árboles y pastizales, y otro grupo de 14 casas, sin que se supiera donde comenzaba y donde terminaba la parte urbanizada de aquella Santa Fe. Dos grupos de casitas bajas y modestas, entre calles sin empedrar y veredas desiguales con campos baldíos entre una y otras casas, y éstas en total llegarían a ser unas treinta”. xxxviii

1731: declinación en Santa Fe de la Vera Cruz…

Ha destacado el historiador Roverano que el “de 1731 marcó el comienzo de un período de más de una década, que resultó poco menos que fatal para Santa Fe. La población completamente reducida, los recursos en la casi imposibilidad de recibirlos y el lógico desaliento de sus habitantes, que veían a sus tantas veces defendida ciudad, completamente arruinada y cercada por los indígenas, daban opacos colores a un cuadro infausto y desolado”.xxxix

Diez años después, el teniente de gobernador Francisco Javier de Echagüe y Andía logró que “el cacique Aria Caiquín se redujera y bautizara, junto con su chusma. Una tradición cuenta que eran dos hermanos: el otro Aria Caicá, siguió rebelde y nada quiso de vivir a ‘cruz y campana”.

Años más tarde, otro indómito mocoví, Icholai, fue bautizado en la iglesia de los jesuitas, adoptando los nombres de José Benavídez. Los vecinos asistieron absortos a la ceremonia, en la que el gobernador fue padrino”.

Los Fortines…

Así sucedía con frecuencia en distintas localidades santafesinas, donde “el fortín constituyó la avanzada en el inhóspito espacio, que las parcialidades autóctonas ocupaban y defendían contra los españoles antes y contra los criollos después”.

Es oportuno recordar que los indios, “para ganar la batalla de las fronteras, para organizar el país dentro de un orden establecido, tuvo que montarse también a caballo… en las milicias, en los fortines, y con las postas los misioneros. Tanto en las pampas del sur, como en las del norte.”

Se ha reconocido que “el servicio del fortín fue un menester militar permanente” y que ese quehacer tuvo su influencia en las costumbres, creó un estado social propio de Santa Fe durante años, entreveró a indios, criollos e inmigrantes y a desertores y matreros y dejó huellas en la toponimia, pues muchos fortines fueron origen de poblaciones. Y también sus rastros en el lenguaje de los campos…”

“Al fortín rodeábalo una empalizada de palo a pique o un cerco de tunas, aptos para la defensa por sus espinas y sus hojas carnosas. En su interior, en ranchos de tacuara y terrón o construidos con adobes, se instalaban el cuartel de guardia al frente de la entrada; en el centro, el mangrullo, plataforma avizora con sus escaleras y troncos; los cuartos para oficiales y tropa y también para familias; el pozo con horcones que sostenían los tientos para el balde; el horno criollo y el depósito de armas. Un puente sobre el foso con la puerta, movida también por tientos y zanjas o tapiales. Generalmente se lo erguía cerca de las aguadas de los arroyos o ríos, con sus corrales que encerraban los caballos, amenazados por los indios o por los perros cimarrones, que asimismo atacaban vacas y terneros. xl

1741: presencia de don Antonio Candioti.

En la historia de la Historia de los argentinos, algunas huellas registradas en el año 1741, revelan la presencia de Don Antonio Candioti en los pagos de la provincia de Santa Fe. Don Antonio “es español, nacido en Cádiz… tiene más aspecto de sajón que de hispano”, por la herencia de “antepasados nórdicos, de ricos suecos, venidos a menos, que el destino quiso llevar hacia la costa íbera del Atlántico”.

Desde allí emigró hacia América y “aparece en el Perú, convertido en una mezcla de explorador, soldado y empresario… Su carrera militar es corta. A la rígida vida del miliciano, prefiere la existencia azarosa del hombre libre. Personalista, rebelde, inquieto, deja las charreteras que le permiten mandar, pero que lo obligan a obedecer, convirtiéndose en jefe de sus propias empresas, por minas y pueblos. Enriquece pronto”.

Cansado del paisaje cordillerano decidió cruzar los Andes; pueblo tras pueblo avanzó hacia el sureste, hasta descubrir la extensa llanura y algunos montes; llegó hasta las proximidades de los ríos Salado y Paraná. xli

Don Antonio y su caravana…

El gobernador Vera y Muxica ha reconocido que don Antonio es una “persona rica, de gran menaje, crecido caudal y nobles procederes”.

El 14 de octubre de 1743, encabezaron la caravana: “montan ambos hermosos caballos de tipo andaluz, mestizados no se sabe con qué en estas pampas, y visten ricamente: los sombreros amplios; chaquetas de fina tela; chalecos de raso; pantalones de terciopelo y botas altas, volteadas a la francesa”.

Si es conocido el clima en esa región, fácil es comprender que pronto estarían bastante incómodos debido a las altas temperaturas.

“Quienes los siguen en primer término, visten también con lujo. Luego, en mitad del grupo, ‘la clase media’, gente que sin ser rica trata de parecerlo. Finalmente, a retaguardia, algunos peones y sirvientes, especialmente aquellas, nada hacen por disimular la modesta condición a que pertenecen. Están muy a sus anchas con el chiripá liado, las primitivas botas de potro y alguna blusa gastada”.

Siguieron “avanzando a través de una llanura en la que ningún obstáculo se les interpone. Dieciocho leguas recorrieron ya desde la ciudad de Santa Fe, sin encontrar otra cosa que aislados ranchos de quinchos, con techos de paja, a cuyas puertas asoman mujeres desarrapadas o chiquillos en cueros”…

Observaron que “en medio del paisaje, indios casi desnudos, trabajan. Unos, a la puerta de sus ranchos, trenzando cueros; otros, inclinados junto a los caballos para hacerlos más mansos a fuerza de pasarles las manos por las patas, acariciándolos; los más, sembrando en la tierra virgen que por primera vez recibe la bendición del esfuerzo humano”.

Cruzaron el río San Javier, llegaron hasta el pago de San Francisco Javier fundado por el Teniente Gobernador el mismo día en que nació Francisco Antonio Candioti, “con la contribución del vecindario de Santa Fe, que de su peculio particular costeó todos los gastos, proveyendo a los indios de alimentos e instrumentos de labranza”.

Allí el sacerdote jesuita Francisco Burjes destaca el trabajo que realizan los mocovíes; allí “cenan y duermen, ‘incómodos los más porque no hay camas’… Siguen hacia el oeste…” En ese tiempo, “la falta de inmigración influye poderosamente en la formación del carácter y psicología de los santafesinos, que llegan a convertir la población casi en una sola familia. Son tan pocos, que en el transcurso de cincuenta años los casamientos los emparentan a todos, haciendo más íntimos los lazos que los unen, tonificándoles el sentido de la solidaridad. El aislamiento los torna regionalistas, acrecentando el amor que despierta en ellos la tierra en que aman, sufren y trabajan. Estando solos y debiéndose a sí mismos, han de entregarse fervientemente a la defensa de lo propio, y luchar con males que parecen sobrepasar sus posibilidades. Quizás por esta circunstancia son bravíos, con más apego a su amor propio que a la vida. Enfrentan los peligros con resolución y sin quejarse; sufren estoicamente sin pedir nada a nadie, aunque siempre dan lo poco que tienen. Se igualan para defenderse. Las rígidas categorías y privilegios que imperan en Buenos Aires no los alcanzan… también allí existen diferencias sociales… pero cuando los indios atacan, las pestes los diezman o las inundaciones los abruman, todos luchan en el mismo puesto. No haya resentimientos entre ricos y pobres locales, sino rebeldías comunes contra quienes los mandan ‘desde afuera’. Son autonomistas por instinto y fomentan una democracia primaria, en la que pueden descubrirse perfiles federalistas. Anhelan la solidaridad nacional, pero inspirada en el reconocimiento a los derechos regionales”. xlii

Su hijo Francisco Antonio Candioti de Zeballos…

Mientras permanecía en Santa Fe de la Vera Cruz, se encendió la chispa que iluminó su futuro: conoció a María Andrea de Zeballos y el 24 de junio de 1743 nació su hijo Francisco Antonio.

“El andariego que llegó de paso, se queda en el lugar, definitivamente: por siempre, con afán de no desaparecer nunca, puesto que tiene ya un hijo que sabrá heredarlo”.

Los hechos confirmaron ese sueño: su hijo Francisco Antonio Candioti fue el primer gobernador de la provincia de Santa Fe; sus descendientes, “emparentados luego con familias santafesinas, especialmente con los Iriondo –Yriondo-, desempeñan importante papel en la vida de la provincia, como ciudadanos y gobernantes”.

Tres nombres sirven para completar estas referencias: don José Urbano Ramón de Yriondo -hijo de don Agustín Hermenegildo, el de los curiosos libros de cuentas-, contrajo matrimonio con su hija Petrona-; uno de sus hijos, el Dr. Simón de Yriondo (nacido en Santa Fe el 28 de octubre de 1836, gobernador delegado desde el 8 de abril de 1868 al 7 de abril de 1871, electo gobernador continuó en ese cargo hasta abril de 1874 y fue reelecto en el período 1874-1882) y su nieto el Dr. Manuel María de Yriondo, nacido en el año 1873, también gobernadores en la Provincia Invencible desde el 10 de abril de 1937 al 10 de abril de 1941. xliii

La madre de Francisco Antonio, sueña que su hijo estudiará en el convento y que será fraile; el padre también lo imagina en la escuela del convento y después de haber desarrollado las habilidades imprescindibles, quiere que su hijo sepa ser libre como los gauchos; buen jinete y prudente viajero, probablemente recorriendo los mismos caminos que él transitó desde el Perú hasta el Paraná.

El niño no había cumplido cuatro meses cuando el Teniente Gobernador de Santa Fe decidió iniciar una campaña al norte santafesino -con veinte jinetes-, impulsado por el “deseo de tomar contacto con ‘los alzados’, que se refugian en los límites de Santa Fe y el Chaco”.

1748: mayor presencia de jesuitas…

En 1748 desembarcó en el Río de la Plata el padre Ladislao Orosz con una misión integrada por “cincuenta y ocho jesuitas entre sacerdotes, estudiantes, y hermanos coadjutores”. Eran “casi todos hombres de oficios: herreros, ebanistas, tejedores de paño, sastres, albañiles, boticarios y cirujanos; mientras ocho sacerdotes alemanes venían ya doctorados en filosofía y algunos, no sólo dominaban además varios instrumentos de música, sino que sabían darse trazas para construirlos en estas tierras de América perdidos en pueblos miserables o en la sordidez de tolderías y reducciones”. Cumplieron su servicio eclesiástico en diversas localidades.

Así llegó Florián Baucke –Paucke, en escritos del historiador Manuel Cervera se lee Pancke; un hábil dibujante y las escenas que representan sus grabados son “un conjunto admirablemente orgánico donde cada figura armoniza y concierta en la composición. El Padre Baucke –Paucke-, era además un músico eximio. Él fabricaba diversos instrumentos con los materiales más primitivos; él les enseñaba a los indios a tocar en concierto las mismas partituras o motetes que componía; y en la soledad de los montes dominaba a los salvajes con los actos de la música.” xliv

1751: Compañía de Blandengues y defensa del puerto.

En 1751 fue creada la Compañía de BlandenguezBlandengues-, defensores de la frontera y levantaron tres fuertes.

Santa Fe de la Vera Cruz insistía en la defensa de su Puerto Preciso a pesar de la oposición de Buenos Aires y de Asunción. En ese tiempo el gobierno santafesino recurrió ante la Real Audiencia de Charcas y aunque resolvió conforme la Real Cédula de 1662 y el privilegio quedó consolidado, tuvo que otorgar algunas excepciones: desde Paraguay podían transportar los géneros de particulares que se cargarán como lastre y el tabaco negro para el Rey. Así las bodegas transportaban distintos materiales de contrabando porque era imposible revisar minuciosamente esas bodegas.

En Santa Fe había que controlar los ríos sin descuidar las tierras, ni los hombres, ni las almas. En el año 1759 se realizó un relevamiento de carretas resultando que en Santa Fe y en Coronda se registraron más de novecientas. En ese tiempo, el Cabildo cobraba un derecho a los propietarios de las carretas que transitaban por su jurisdicción, con diferentes valores si lo hacían vacías o con cargas.

Curatos…

La Iglesia Católica Apostólica Romana avanzaba en su organización en el territorio hispanoamericano y en consecuencia, “en 1760, se intentó señalar límites en Santa Fe a dos nuevos curatos, uno en el río Salado, con jurisdicción desde el paso de Santo Tomé al norte, hasta la costa del Saladillo, catorce leguas al oeste del Salado; salvo dos leguas de Santa Fe, de esta parte del Salado, con inclusión del oratorio de Setúbal” -actual Basílica “Nuestra Señora de Guadalupe”, levantada en la estancia de Juan Bautista de Alzugaray-, desde 1759 “correspondiente a los curas de Santa Fe”.

En el curato del Rincón, el 13 de noviembre de 1759 estaba en construcción la iglesia sobre los vestigios de otra anterior, el Deán y Cabildo eclesiástico ordenaba, “se devolvieran al Rincón, para la capilla, todo cuanto perteneció a la anterior allí existente y abandonada por invasión en 1717”. xlv

Los sacerdotes dominicos y los franciscanos habían levantado capillas en tierras de su propiedad y en 1760, “en el Rincón sólo existía una capilla sin cura”.

El historiador Andrés Roverano, ha destacado que en 1762, en las cercanías del río Salado en el tramo próximo a la capital santafesina, “se veía por ese tiempo continuar la repoblación de sus estancias y la formación de otras nuevas. La situación de toda esta región costera comenzaba a florecer, en una extensión hacia el norte, de más de 250 kilómetros. Ya no se temían los ataques de los naturales que, aunque no abandonaban sus correrías, parecían haberse aquietado. Pero otra circunstancia vendría a inquietar a los saladeños, que se vieron amenazados por el pillaje de que eran objeto por parte de los vagabundos que merodeaban la zona.

Los continuos saqueos, al principio, y los trágicos saldos que dejaron, después, sus asaltos, movieron al vecindario a recurrir en ayuda de las autoridades de Santa Fe que tuvieron que atender iguales pedidos formulados por vecinos de Rincón, Ascochingas y Añapiré. El procurador de la ciudad solicitó que se destinaran contingentes para perseguir y aniquilar a los delincuentes, designándose capitán de las fuerzas que debían ir al Salado, a Isidro Sánchez.” xlvi

1764: Francisco Candioti y su ruta hacia el Perú…

A fines de mayo de 1764, faltaba un mes para que Francisco Antonio Candioti cumpliera veintiún años y decidió partir desde Santa Fe hacia el Perú, con “veinte arrieros que cuidan un arreo de mil mulas, a las que se suman treinta bestias mansas, cargadas y algunos novillos”.

Es evidente que no tuvo la vocación imaginada por su madre, cuando expresó que podría ser fraile. Había acertado su padre: le interesaban los viajes y era un gaucho más, en la lenta caravana que partió hacia el norte aprovechando el clima otoñal y los reflejos de la luna llena.

Después de seis meses de ausencia, “se produce el milagro. Al amanecer del 10 de noviembre de 1764, Candioti regresa con sus veinte arrieros y otras tantas bestias de carga, en cuyos lomos trae más de diez mil pesos en oro y plata. Un nuevo horizonte se abre a las posibilidades de los santafesinos. ‘La ruta de Candioti’, tan sorpresiva e inesperadamente conquistada, permitirá la intensificación de un comercio hasta entonces raquítico, y enriquecerá a quien por ella se aventuró primeramente, para librarla al tránsito común… Allí empieza la verdadera historia de este hombre extraordinario, en cuya vida se resume una época. Seis meses del año los pasa viajando: hacia el Perú, con arreos de mulas; de ese lugar, con cargamentos de plata y oro. Los otros seis meses los dedica a organizar sus estancias; a conquistar desiertos.” xlvii

En 1766 el Cabildo propuso “poblar esos fuertes… y fortines, origen de pueblos, en cuyas cercanías residían tribus de indios que comerciaban fraternalmente unas veces con los habitadores; y otras, eran incómodos y dañinos vecinos”.

En el siglo dieciocho, “no se produjeron allí verdaderas reducciones de indios.”

Gastón Gori en su estudio sobre la inmigración y la colonización en la Argentina, ha expresado que “la provincia de Entre Ríos tuvo un antecedente asombroso en cuanto al dominio de la tierra por unos pocos. En el año 1767, tres grandes propietarios son prácticamente dueños de ella: la Compañía de Jesús poseía 1.200 leguas; las tierras de Antonio Vera y Mujica abarcaban 500, y las de Francisco de Larramendi otras 500 leguas; el resto era fiscal”. xlviii

Hay que tener en cuenta que el 16 de julio de 1767 desde Santa Fe de la Vera Cruz-, como resultado de las miserias humanas -difamaciones e intrigas por intereses creados-, hubo un destierro masivo durante el reinado de Carlos III de España, y la Orden de San Ignacio de Loyola fue “suprimida por Breve Papal desde 1773 hasta 1814.”

En su diario, la inmigrante Lina Beck-Bernard -esposa de Carlos Beck impulsor de la Colonia Esperanza y co-fundador de otras durante hacia 1859…-, escribió que “la real orden fue transmitida en secreto al Virrey y llegó inopinadamente a Santa Fe. El gobernador dio apenas dos horas a los reverendos para preparar la partida y salieron del convento con el breviario bajo el brazo y el rosario en la mano. Se embarcaron sin otro equipaje, porque no se les permitió llevar nada más. Pocos momentos después los delegados del gobierno entraban en la Merced para tomar posesión del convento en nombre del Rey de España. La iglesia, el convento, la sacristía, estaban allí, pero todo perfectamente vacío. Las riquezas, las joyas, el tesoro amonedado, ¡todo había desaparecido! En vano se buscaron huellas de sótanos y subterráneos. Poco a poco se abandonaron las búsquedas y la indolencia criolla se encargó de lo demás”.

Así va escribiéndose la historia de la Historia, unas veces con lo visto otras tantas con lo leído o escuchado, lo repetido generación tras generación durante diálogos…

El historiador José Luis Busaniche expresó que “la iglesia y el convento quedaron a cargo del Cabildo”. Varias décadas después se ubicaron los túneles debajo del amplio solar aunque nada se supo de los legendarios tesoros.

La expulsión de los padres Jesuitas había sido la culminación de un prolongado proceso generado al comparar los excelentes resultados en la organización misiones, reducciones y estancias de la Compañía frente a las expectativas de otros sectores incluyendo a clérigos de otras congregaciones: dominicos y franciscanos. xlix

Un testimonio del Padre Lozano permite comprender una parte de esa situación: “…no vivimos los jesuitas neciamente pagados de nuestra inocencia, que presumamos que ningún particular de la Compañía sea digno de reprensión, que eso sería salirnos de la esfera de los hombres, y aun de los Ángeles; cuyo haber muchos malos sin descrédito de su comunidad”.

Con la expulsión de los jesuitas se truncó el impulso transformador, básicamente educativo, sostenido en las dos últimas décadas.

Al alejarse los jesuitas, los objetos dejados en los templos fueron transferidos a otras congregaciones y los indios con sus familias también se fueron con la música a otra parte, a cualquier lugar hasta que nuevas órdenes pusieran renovados límites en el feraz territorio que durante siglos habitaron, formando diferentes naciones con distintas costumbres y lenguas.

El padre Carrasco, dominico, reconocía que en su orden, “pasado el primer siglo de la conquista y amortiguado un tanto el espíritu apostólico y el fervor por la observancia regular aparecen pequeñas corruptelas y aflojamientos religiosos que fueron agrandándose hasta mediados del siglo 18”, situación aludida por el historiador Cervera al reiterar que “todos los obispos del río de la Plata, quejábanse al Rey de que ni las costumbres ni la religiosidad priman”.

Mientras tanto desde el norte llegaban los indios que en ese tiempo robaron en las estancias y mataron a “ciento cincuenta españoles”.

A mediados de ese siglo, la Corona española revisaba frecuentemente la organización de las distintas jurisdicciones político administrativas en el vasto territorio de Hispanoamérica. La evolución en las distintas colonias americanas; la necesidad de controlar las pretensiones de expansión de los portugueses o las posibles usurpaciones ensayadas por algunos gobiernos imperialistas, teniendo en cuenta la situación estratégica en el Atlántico Sur, con sus islas y el interesante estrecho de Magallanes; la necesidad de evitar los continuos conflictos entre las autoridades de Lima y las de Buenos Aires, en función de los respectivos intereses en el comercio con el Alto Perú; fueron algunos de los factores que determinaron la creación provisoria del Virreinato del Río de la Plata.

Fue nombrado el primer Virrey don Pedro de Cevallos y Cortés cuya jurisdicción abarcaba las actuales repúblicas de Argentina, Bolivia, Paraguay, Uruguay, parte de Chile y de Brasil. Al año siguiente, mediante Real Cédula del 27 de octubre de 1777, se lo reconoció definitivamente y fue designado virrey don Juan José de Vértiz y Salcedo -más conocido como el virrey Vértiz-, desempeñando ese cargo durante ocho años.

La Posta de los Sunchales…

Historiadores santafesinos han reiterado que en aquel tiempo, en las tierras de Los Sunchales hubo una “posta”, aunque hay que tener en cuenta que algunos se refieren a una “misión”, organizada por los sacerdotes de la congregación fundada por San Ignacio de Loyola, dependiente de las autoridades eclesiásticas residentes en Santa Fe de la Vera Cruz, situada “en un mapa existente en la Biblioteca Nacional, de 1635”.

En ese plano es mencionada como Laguna de los Sunchales”, conforme lo expresó Diego Abad de Santillán.

En aquella época, en la Administración General de la Real Renta de Correos, se había nombrado al primer cartero don Brumo Ramírez a partir del 11 de septiembre de 1771 para que distribuyera la correspondencia a domicilio.

Los problemas en los Fuertes santafesinos eran semejantes a los que se planteaban en los Fuertes bonaerenses: “en el padrón de los fuertes al Sud de Buenos Aires, de 1781, se señalan 6 fuertes con unas 2.200 personas”; en Buenos Aires en 1784 “existían 2.171 milicianos en los fuertes pero en 1796 solo aparecen 506”; datos que demuestran el hostigamiento que soportaban y la razón que justificaba que tales fortines fueran abandonados. l

En territorio santafesino, los vecinos Larramendi y López Pintado, “se ofrecieron a levantar iglesia en el Salado” -en el Paso de Santo Tomé, capilla de Nuestra Señora del Rosario-; “y el obispo Malvar y Pinto procuró, que en el Rincón se elevara una capilla, la cual pidió construirla a su costa el cura vicario Juan Antonio Guzmán en 1787. Pero no se sabe, que ni en uno ni en el otro lugar, se hubieran efectuado esos trabajos. Sólo en este último punto levantó capilla el cura Castañeda”.

Destaca el historiador Cervera que “igual cosa sucedió con el deseo de fundar parroquias en el Arroyo Pavón, el año 1779, y una capilla en Sunchales en 1799.” li

Es interesante tener en cuenta que el 12 de junio de 1778, el virrey Teniente General Juan José de Vértiz y Salcedo -1778/84, creó los cargos de Alcaldes de Barrio encargados del servicio de policía que constituyeron la base de la organización de las futuras comisarías. Además de la vigilancia, correspondía que hicieran recorridas y pregones por la noche anunciando la hora y las características del clima. Al año siguiente dispuso la separación de Entre Ríos de la jurisdicción de Santa Fe.

Francisco Antonio Candioti: sus caravanas hacia el Perú…

Es imprescindible un ejercicio de memoria: desde el año 1764 el joven Francisco Antonio Candioti recorría durante tres meses con su tropa de arrieros, el sinuoso camino desde Santa Fe hasta Perú transportando ganado y algunas artesanías y en igual tiempo regresaba “con cargamentos de oro y plata”.

En el año 1780 emprendió “su décimoséptimo viaje, es ya el Señor de la Pampa. Nadie discute su autoridad ni hay quien pretenda igualarlo”.

Año tras año, partió hacia el Perú, después de atender durante seis meses sus estancias; la primera instalada en el Arroyo Hondo, en Entre Ríos con los diez mil pesos que ganó con los negocios realizados durante su primer viaje.

En aquel tiempo era reconocida “la ruta de Candioti” por todos los pobladores de las zonas próximas y comentan que “las caravanas que organiza semejan verdaderos ejércitos; parecen pueblos en continua marcha. Lo dispone todo con precisión y rápidamente… El cruce del Paraná, por las bestias, se hace a nado, lentamente, con descansos en las islas del delta, y bajo la dirección personal del dueño, a quien acompañan muchos peones. Una vez en Santa Fe, carga cuarenta carretas grandes con productos de fácil colocación en el Norte, muchos de ellos procedentes del Paraguay… Avanza hacia el Norte, rumbo a Santiago, dejando Córdoba al Oeste, para internarse por Tucumán y Salta. La llanura, ‘cubierta de pastos y regada copiosamente por arroyos’, le permite encontrar alimento para las mulas que lleva, y para los novillos que carnea durante el viaje… Es muy considerado con todos. Tolera errores, hasta algún atrevimiento, si quien lo tiene sabe pedir disculpa como corresponde. Alguna vez excusa al que juega cuando él prohíbe que lo hagan. Lo único que no perdona jamás es que un hombre se duerma cuando está de guardia.” lii

La pérdida del “Puerto preciso”…

Los diputados de Santa Fe José Teodoro de Aguiar y el Escribano Ambrosio Ignacio Caminos, en el año 1780 enviaron un memorial al virrey, pidiéndole la restitución del Puerto Preciso que habían perdido ese mismo año y que representaba enormes pérdidas para la provincia. En ese documento se reconoce que la ciudad de Santa Fe tiene doce cuadras de sur a norte y seis de este a poniente, “en lo más extendido de su población, que en muchas partes se reduce a sitios huecos, y la mayor parte de sus edificios, a ranchos o casas pajizas, de poco valor por los materiales de su construcción, pues muchas de ellas son sus paredes de barro, introduciendo un género de tejidos de palitroques y varitas delgadas o cañitas; y las mejores, son de adobe crudo, y los techos de unas y otras se componen de varas de sauces que producen las islas… sirviendo estos pobres albergues o chozas, de lucidos edificios para la morada de los más de aquellos desdichados vecinos, a quienes el Cabildo distribuye graciosamente los sitios en que los edifican, cercando sus cortas pertenencias con palos que acarrean de los montes”.

Desde entonces, la ciudad puerto empezó a declinar y crecía la importancia del puerto de los Buenos Aires, ambas fundaciones del noble don Juan de Garay, que salió desde Asunción con el propósito de abrir puertas en la tierra y que en realidad, abrió puertos en distintas latitudes y en consecuencia, con diferentes perspectivas.

Tránsito con carretas…

El ejemplo de Francisco Antonio Candioti había entusiasmado a otros viajeros que intentaron recorrer la misma ruta y a partir de 1781 “se abstienen de continuarlos” por los frecuentes avances de indios. Han destacado que “de novecientas carretas que comerciaban con el Perú, lo hacen cincuenta. En medio siglo sólo han recibido de la Capital sesenta soldados para la defensa, mientras centenares de santafesinos sucumben peleando en otros lugares… Los habitantes de la campaña viven en míseros ranchos de barro, sin protección de ninguna clase, librados a su propia suerte y ‘más pobres que las ratas’. En las inmediaciones de los desguarnecidos y pobres fuertes, se establecen familias a las que los indios despojaron antes. En el campo, de lejos en lejos, hay algunos ranchos ocupados por seres que visten harapos, y que se alimentan de mate, requesón y leche”.

En varias oportunidades don Francisco Antonio Candioti y otros comerciantes, entre ellos Juan Cabrera, Ignacio Crespo, Agustín de Iriondo, José Ignacio de Echagüe, Antonio Foncada, Bernardo Garmendia, Gabriel Lassaga, Antonio Zarco y Vicente Zavalla, analizaban las pérdidas que soportaban cada vez que los indios los asaltaban y después informaban sobre esos problemas a las autoridades. En consecuencia, instalaron un Fuerte en Los Sunchales aunque la falta de recursos permitió sólo organizar una avanzada, en un principio con 25 soldados que acompañaban a las carretas hasta llegar a Los Porongos en el rumbo noroeste y hacia el Sur hasta El Tío en el camino a Córdoba.

Hacia el sur, en el año 1785 seis ingleses se radicaron en la Patagonia y ensayaron con excelentes resultados la preparación de carnes saladas. En ese tiempo, “según informes del marqués de Loreto, don Francisco Medina fundó un saladero en su estancia, ubicada entre La Colonia y Montevideo, utilizando la sal que este mismo industrial explotaba en Patagones”; siendo los continuadores de las rudimentarias experiencias realizadas a principios del siglo XVII, que permitieron concretar las primeras exportaciones de tasajo. liii

El 3 de diciembre de 1787 el Procurador de la ciudad de Santa Fe don José Arias Troncoso presentó un informe que incluía un plano en el cual aparecían algunas capillas y conventos: la capilla de San Antonio de Padua, construida nueve años antes en la manzana comprendida entre las calles 4 de Enero y Urquiza, Mendoza y Salta -, luego el Cementerio de Ángeles y cementerio general, actual Colegio Nacional “Simón de Iriondo” (en la última década del siglo veinte, escuela de enseñanza media provincial).

En aquel tiempo, la calle 4 de enero era el límite oeste de la ciudad, allí había quintas y cerca estaban los hornos de ladrillos de los Tarragona. En la actual esquina de San Martín y Buenos Aires, la semidestruida parroquia de naturales reconocida como Iglesia de San Roque y la de los Padres Mercedarios con frente al oeste, en la actual calle 9 de julio entre Gral. López y Buenos Aires. Frente a la plaza Mayor estaba el Colegio de los padres Jesuitas, “la Ranchería, enfrente la huerta y la viña de los mismos”.

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1793: nacimiento de Juan Manuel Ortiz y Rozas López de Osornio.

En 1793 nació en Buenos Aires el primer hijo varón del matrimonio del teniente y administrador de las estancias del Rey, León de Ortiz y Rozas casado con Agustina López de Osornio, fue bautizado y según una crónica, en esa “fiesta de bautismo inolvidable… numerosos invitados… luego de admirar al recién nacido, bebieron chocolate y devoraron arroz con leche y pasteles de liebre. El chiquilín Juan Manuel fue desde entonces el ídolo de aquella casa…”

Aquel niño era la persona que luego, develada su vocación llegó a ser un estanciero y militar destacado. Debió cumplir una prolongada misión en la causa nacional, iniciándose cuando tenía catorce años participando en la defensa de Buenos Aires con motivo de las invasiones inglesas, de acuerdo a algunas referencias históricas.

Desde el 2 de junio de 1794 en Buenos Aires comenzó a funcionar el Consulado, un tribunal que funcionó conforme lo dispuesto en la Real Cédula del 30 de enero de ese año, abarcando toda la jurisdicción del Virreinato del Río de la Plata.

Sus autoridades tenían la obligación de vigilar “el cumplimiento de los reglamentos comerciales dictados por la Corona”; entender y juzgar “en los negocios y pleitos de los comerciantes de una jurisdicción determinada”, en función de un “régimen corporativo” cuyos antecedentes se remontaban a la Edad Media.

En aquel tiempo, en la provincia de Santa Fe el coronel Francisco Balcarce había llegado desde Buenos Aires para asumir la Comandancia de Fronteras. Hacia el oeste de la capital provincial, en la zona circundante al río Salado -como lo ha destacado el historiador Andrés Roverano-, “vagos y salteadores” estaban acosando a la población.

“No se conformaron estos delincuentes con los robos comunes en dinero, efectos y hacienda, sino que se atrevieron, en varias oportunidades, a apoderarse de mujeres. El capitán de milicias Agustín de Iriondo con 25 soldados, fue comisionado en 1795 para terminar con estos sujetos.

También fue requerida la colaboración de la Comandancia de Fronteras que, desde 3 años atrás, estaba al mando del coronel Francisco Balcarce”… liv

Francisco Antonio Candioti, amigo de Belgrano…

A fines de 1794, fue convocado para integrar el Consulado como representante de la provincia de Santa Fe don Francisco Antonio Candioti, amigo de Manuel Belgrano en ese tiempo secretario del Consulado, “constituido por un prior y dos cónsules” quienes entendían privativamente en todos los pleitos entre mercaderes por compraventas, seguros, cambios y fletes, quienes reunían a las partes para tratar de que llegaran a un acuerdo. Si no lo hacían, estos funcionarios dictaban sentencia, que era inapelable, si el monto en discusión no superaba los mil pesos. Si era mayor, los litigantes podían apelar ante un tribunal”. Además integraban el Consulado, “nueve conciliarios y un síndico, elegidos por los comerciantes cada dos años, y tenía, además, empleados permanentes entre los que el secretario y el contador eran los principales”. lv

Desarrollo de las provincias contra el centralismo…

Apenas don Francisco Candioti conoció a las personas designadas para acompañar la gestión de Belgrano, comprendió que “harán poca cosa. Le está encomendada a ese organismo, en realidad, una misión de trascendencia. La de fomentar el desarrollo de las provincias, dándoles vida propia, y librándolas del centralismo monopolista de los españoles y capitalinos. Todo queda en teoría y propósitos”.

Hay que tener en cuenta que el objetivo de la Corona española fue el de disponer de un organismo “auxiliar de la política mercantilista de los Borbones, pero las contradicciones que existían en el virreinato y en el mismo régimen que quiso implantar la metrópoli, que terminó en un completo fracaso, determinaron que este cuerpo evolucionara hasta posiciones librecambistas, por lo que en 1798 se pronunció por la apertura del puerto de Buenos Aires al comercio extranjero”.

Francisco Candioti: alcalde de primer voto…

Cuando Candioti regresó a Santa Fe, el gobernador Gastañaduy le comunicó que ha sido nombrado “Alcalde de primer voto”. Asumió el 1º de enero de 1795 y “de sus estancias salen cavallos y novillos; de sus arcas, relucientes monedas de plata. Se entrega con entusiasmo a la tarea que le corresponde, y, por primera vez, lo hace con resolución ‘porque Gastañaduy cumple lo que ofrece y trabaja por la Patria’. Sus primeros días de Alcalde no le ocasionan contrariedades. Pero el 7 de Enero llega a su poder una comunicación del Virrey Teniente General Nicolás de Arredondo -1789/95, en la que le participa haber sido nombrado Diputado del Comercio en el Tribunal del Consulado.

Lucha contra el monopolio y tráfico de negros

El ‘gaucho’ se subleva”; desconfía una vez más de los porteños y está convencido de que Belgrano no podrá controlar a los monopolistas y a los traficantes de negros porque evidentemente eran mayoría.

El historiador Bartolomé Mitre ha destacado que “era tal la ojeriza de los monopolistas contra la doctrina de comprar barato”, que después de la lectura de “un discurso ante el Consulado, apoyando las ideas de Belgrano y desacreditando el monopolio, el Prior pidió que se mandase recoger y quemar el borrador.”

De acuerdo a lo dispuesto por el Virrey, “en los casos de enfermedad grave, o falta del Diputado a dicho Tribunal, deban cumplir, y desempeñar las funciones respectivas a su cargo los jueces ordinarios esa ciudad, por comprender ser éste el espíritu del artículo de la Real Cédula de erección del mismo Consulado y por él, ni el cuarenta y ocho, se concede la facultad de nombrar tenientes en los casos indicados.”

1795: licencia de Candioti y decadencia…

El estanciero Francisco Antonio Candioti sabía cuál era la prioridad y el 23 de febrero de 1795 pidió licencia en los cargos de Alcalde y de Diputado, por “serle indispensable caminar fuera de esta ciudad al amparo de una tropa de mulas, que despacha”. Optó por enviar “un representante, o ‘teniente’ a la Capital, y eso le basta”.

Solicitó “al Síndico Procurador, don José Teodoro de Larramendi, la redacción de un informe sobre lo pedido por el Tribunal de Comercio del Consulado: “las causas que hayan contribuido a la decadencia de la agricultura, industria y comercio de esta ciudad y distrito”. Cuando regresó de su viaje trabajó con el Síndico y con otros Cabildantes en el análisis del escrito que Larramendi elevara al Cabildo el 6 de julio de 1795.

Población y viviendas en Santa Fe de la Vera Cruz

En ese tiempo, la extensión de Santa Fe de la Vera Cruz seguía siendo de 12 cuadras de sur a norte y 6 de oriente a occidente y “computadas las gentes de todas calidades y estados, ascienden al número de 4 a 5 mil personas… entre éstas se cuentan hasta setenta sujetos nobles y distinguidos… sus edificios se reducen a 135 casas de tejas… se ven además, otras 160 desiertas y 20 enteramente arruinadas”.

Se ha destacado que en una población de aproximadamente cuatro mil personas: “se cuentan hasta setenta sujetos nobles y distinguidos que forman la proporción más lúcida del vecindario; desde la abolición del Puerto Preciso se han emigrado de ella para la Capital y las demás provincias y ciudades vecinas más de sesenta familias, y se hallan al presente otras tantas con el mismo proyecto, entre ellas muchas de las que componen lo principal del vecindario”.

Una vez más los santafesinos protestaban por la arbitraria cancelación del Puerto Preciso porque al estar “injustamente cerrado por las autoridades de Buenos Aires, lo arruina todo, pues, ‘cuando el puerto trabaja, el labrador, sin los forzosos gastos y cuidados de los transportes, vende todos sus efectos, y percibe crecidas utilidades de sus cosechas; la variedad misma del consumo le estimula al cultivo de diversas especies de frutos, que expende ventajosamente según el vario gusto de los concurrentes…”

Fue entonces cuando partió hacia Buenos Aires el Diputado de Comercio don Francisco A. Candioti, con “la manifestación” de la realidad santafesina.

En la pujante ciudad-puerto observó distintas reacciones de sus autoridades y regresó para reintegrarse a sus funciones en el Cabildo el 26 de noviembre de 1795.

Expresó ante los cabildantes:

Vayan sabiendo que nuestras cosas tenemos que arreglarlas nosotros mismos, sin pensar en Buenos Aires.” lvi

1796: protección de la frontera norte de Santa Fe.

En el año 1792, cuando el Capitán de Dragones don Prudencio M. Gastañaduy sucedió a Melchor de Echagüe y Andía-, se imaginó en Los Sunchales como un Fuerte de Primer Orden ya que así lo disponía la Cédula Real y encargó que elaboraran un proyecto y un presupuesto que fue aprobado el 11 de abril de 1796.

Con todos los antecedentes a la vista, el capitán Gastañaduy dialogó con su amigo Francisco Antonio Candioti y los nombrados comerciantes.

Fortines, fuertes y mangrullos…

La experiencia demostraba que el mangrullo requería paredes gruesas y optaron por levantarlas con ladrillos, convencidos de que la acción del fuego convertía a la greda en un material más resistente que el adobe. Sobre una base de tres metros de ancho se levantaron los muros con una entrada en forma de arco, al estilo español. Una bovedilla permitiría al centinela estar alerta ante cualquier movimiento y el oficio de un herrero proveería lo necesario para mayor seguridad. La tierra generosa servía una vez más para solucionar sus problemas: el polvo que levantaban era un indicio de la distancia y de las características de “la maloca” según la cantidad de jinetes que avanzaban.

Se ha destacado que en el año 1797, en los alrededores del Fuerte de los Sunchales vivían aproximadamente 1113 personas. Es probable que ahí hayan prestado servicios un comandante y aproximadamente cincuenta soldados y para mayor seguridad habrían instalado los cañones. Así, sólo con verlos se ahuyentaban los indios, sin intentar defenderse de esos enemigos con las puntiagudas lanzas o arrojando con las tensas cuerdas de sus arcos, las envenenadas y temidas flechas que anunciaban una dolor y muerte.

Existe la creencia de que cuando tronaban los cañones de la batería, en las estanzuelas se protegían del avance de las tribus disparando también con sus armas y desalentándolos rápidamente porque sentían terror ante tales ataques. lvii

Cuando instalaban los fortines, primero construían un rancho grande, generalmente rodeado por una profunda zanja que acumulaba el agua de las lluvias y frenaba el avance de quienes hasta entonces vivían en esas tierras y defendían sus derechos. Construían un mangrullo o mirador para controlar sus movimientos y si se creaba un Fuerte, era necesario disponer de las viviendas para el comandante y para las familias de los pobladores. Por influencia de los sacerdotes católicos era imprescindible instalar un oratorio o mejor aún, una capilla. lviii

Más Fuertes y Capillas…

El Teniente Gobernador Gastañaduy con frecuencia era criticado por tantas inversiones en la instalación de fortines en la frontera norte, y el procurador José Teodoro de Larramendi, en una de esas circunstancias informó al Cabildo que “nada hay más fácil” que poner en ejecución el proyecto de instalación de fortines porque así “se defendían los intereses de Su Majestad y los de las poblaciones.”

Es oportuno reiterar lo expresado por el historiador Manuel Cervera acerca que no hay constancias de que se haya cumplido la decisión de fundar una capilla en Sunchales en 1799”. Acerca de los fuertes y de las capillas, es interesante tener en cuenta que en ese tiempo estaba instalado el Fuerte de Abipones a cincuenta o sesenta leguas de Santa Fe; y en la frontera de ésta y Córdoba el de Sunchales; y otro a igual distancia de Santiago del Estero, en el paraje donde desemboca el río Dulce en la laguna de los Porongos, y en el intermedio, fuertes del Viejo Cululú, Reina, Melo y Soledad; y más hacia la frontera de Buenos Aires otros fuertes, Mercedes, Melincué, etc.; y muchos otros aquí al Norte y Oeste de Santa Fe fueron levantados por el teniente de gobernador de esta ciudad, Frco. de Gastañaduy” -así está escrito, “y al derredor de estos fuertes formábanse poblados pequeños, algunos con capillas…” lix

Al nombrar el Fuerte de Soledad, que figura en el primer plano de Santa Fe elaborado por el historiador Dr. Manuel Cervera, es insoslayable una evocación:

El Sargento Bustamante nació allí en 1793, el año del nacimiento de Juan Manuel Ortiz de Rozas. Había cumplido noventa años cuando todavía recorría las calles pidiendo una limosna. Falleció el 1º de julio de 1883 y durante el gobierno del Dr. José Gálvez se dispuso el cumplimiento de la ley sancionada cinco años antes, ordenándose la construcción de un monumento. El 24 de mayo de 1893 se realizó un homenaje escolar, cuando se trasladaron sus restos del clausurado cementerio de Guadalupe para depositarlos en el mausoleo situado a la derecha de la calle principal de entrada al cementerio municipal, que se había habilitado en ese tiempo. lx

(Quien esto escribe, sin conocer su historia más que por algunos comentarios de su madre y la lectura de las palabras grabadas sobre el mármol gris, siendo niña depositaba una flor al pie de ese monumento quizás motivada por recuerdos de lo visto desde la puerta de su hogar en la calle San José y Salta, barrio de casas recién construidas y aún con quintas como las de Neri… frente al alambrado oeste del Regimiento 12 de Infantería “General Arenales” y también por las historias aprendidas en la escuela, sobre batallas, generales, sargentos -como “Cabral, soldado heroico”… el recordado patriota que protegió a José de San Martín en la batalla de San Lorenzo.)

La fiebre del tasajo y las invasiones inglesas…

Transcurrió una década desde que Francisco Antonio Candioti, fue nombrado Alcalde de primer voto y durante ese lapso siguió apoyando las iniciativas tendientes a promover el desarrollo de la economía en la provincia, impulsó algunas campañas para detener los indios y siguió atendiendo la expansión de sus estancias: “convive con los peones, que ya no ven al patrón, sino al patriarca. Es vigoroso, aunque pasa los sesenta y dos años, pues trabaja como cuando contaba treinta”. lxi

En el año 1796 crecían las exportaciones desde el puerto de Buenos Aires que se había habilitado tres años antes mediante Real Cédula y se registraron “40.759 quintales de carne seca y salada con destino a los puertos de Sevilla y la Habana, principalmente para este último”, comenzando a sentirse los primeros síntomas de la fiebre del tasajo.

Los ingleses ya habían puesto su mirada sobre los bienes del Río de la Plata y en Buenos Aires no disponían de las armas necesarias para defenderse.

Se sucedieron sus invasiones: el 27 de junio de 1806 desembarcaron 1.600 marinos ingleses en Buenos Aires. Los jefes españoles al no actuar inmediatamente, permitieron que ese mismo día el Brigadier General inglés William Carr Beresford se autoproclamara gobernador militar y político y detentó esas funciones hasta el 12 de agosto de 1806 cuando se produjo la Reconquista de Buenos Aires, que en realidad debe interpretarse como la reconquista del Virreinato del Río de la Plata.

Esa experiencia, alentó a los ingleses para avanzar nuevamente sobre la sede del gobierno la semana siguiente, con aproximadamente dos mil hombres.

El Virrey Brigadier Rafael de Sobremonte, nombrado con frecuencia Marqués de Sobremonte, Gobernador intendente de Córdoba y Subinspector General de Armas interino (1804/07), optó por una huida: abandonó la sede del gobierno y partió hacia Córdoba llevando parte del Tesoro con el propósito de instalar allí interinamente, la capital del Virreinato del Río de la Plata. El virrey Sobremonte avisó al gobierno santafesino lo sucedido y su decisión, provocando la inmediata reacción: se organizaron algunas fuerzas para la defensa y no necesitaron movilizarse porque los ingleses fueron vencidos por la decidida acción del Capitán de Navío Santiago de Liniers y Beaumont, más conocido como Santiago de Liniers.

Un Consejo de Guerra juzgó la actitud del Marqués de Sobremonte porque no habría cumplido con sus obligaciones como virrey; lo declaró cesante el 10 de febrero de 1807 y dos semanas después fue nombrado Virrey interino el Brigadier Pascual Ruiz Huidobro, gobernador de Montevideo, quien no se hizo cargo de las nuevas funciones.

Cuando se produjo la huida del virrey Sobremonte, el teniente del Regimiento Fijo de Buenos Aires León Ortiz de Rozas -padre de Juan Manuel de Rosas-, el administrador de las “estancias del Rey” que proveían de caballadas al ejército, “en la retirada del virrey (Sobremonte) fue el primero que se ausentó sin licencia abandonando su encargo y tuvo la indecencia de juramentarse (presentarse a prestar juramento de fidelidad a SMB –su majestad británica- Jorge III , tal como se exigió a los funcionarios coloniales).

Debido a su conducta, León Ortiz de Rozas sería exonerado del cargo- renunció a su empleo para dedicarse a la vida privada”, que en realidad significó poder atender exclusivamente sus intereses económicos, continuando con sus explotaciones ganaderas. Esa información sobre su actitud en 1807 contrasta con la decisión de la Junta revolucionaria en 1811 al reconocerle la propiedad en los campos del Salado.

En consecuencia es lógico suponer que luego habría apoyado a la causa de la independencia y pudo colaborar con el gobierno desde su saladero; con las cosechas de granos y las ventas de cuero, sebo y lana, que también realizaba con sus tropas de carretas por el sinuoso camino hacia el Alto Perú.

El historiador Bilbao expresó que “los padres de Juan Manuel eran esencialmente realistas y participaban de las costumbres e ideas trasmitidas por la España… la Revolución de la Independencia les fue extraña y más bien la miraban con aversión que con amor”. Tiempo después el Brigadier Rosas ante tales manifestaciones afirmó:

“…ninguno de mis padres, ni yo, ni alguno de mis hermanos y hermanas, hemos sido contrarios a la causa de la Independencia Americana. Pondría como ejemplo de esa adhesión su participación en el rechazo de las dos invasiones británicas y las comisiones oficiales que desempeñó”. lxii

El virrey Santiago de Liniers…

El 24 de diciembre de 1807, Santiago de Liniers fue nombrado Virrey interino en reconocimiento a su defensa del Virreinato del Río de la Plata y se desempeñó hasta 1809. Había nacido en Niort (Francia) el 25 de julio de 1753. Desde la niñez demostró su vocación por las armas. En el año 1774 se incorporó a la marina de España y combatió contra Marruecos. Participó en la expedición de Cevallos dos años después, volvió a Europa y viudo desde 1778, decidió en la década siguiente quedarse en el Río de la Plata donde contrajo matrimonio con “Martina Sarratea, hija del acaudalado comerciante don Martín de Sarratea, luego miembro del gobierno independiente”. lxiii

La princesa Carlos y la protección británica…

El 27 de octubre de 1807, se firmó el Tratado de Fontainebleu acordándose la tripartición de Portugal; fue autorizada la entrada de las tropas francesas en la Península Ibérica y cuando cruzaron el límite de España, se apoderaron de Portugal en nombre de Napoleón Bonaparte. El 29 de noviembre de ese año partieron desde Lisboa hacia Brasil el Príncipe Juan de Braganza -Regente desde que su madre fue declarada demente-, su esposa la infanta española Carlota Joaquina y todos los integrantes de la Corte. El embajador inglés Lord Strangford acompañó a esa flota hasta las islas Madeira y regresó a Londres.

Habían acordado que Inglaterra los protegería a cambio de la concesión de un puerto en las costas brasileñas porque evidentemente, los ingleses no estaban dispuestos a ceder ante las pretensiones de Napoleón. Con tal alianza, podrían seguir introduciendo sus productos en distintos mercados y estarían en una ubicación estratégica para influir sobre los gobiernos del Río de la Plata.

La Corte portuguesa se instaló en Brasil en enero de 1808 y asumió como ministro de guerra y de relaciones exteriores don Rodrigo de Souza y Coutinho, un influyente político dispuesto a promover la expansión de los dominios portugueses y para cumplir ese sueño, el 13 de marzo de 1808 remitió una carta al Cabildo de Buenos Aires exhortando a los cabildantes a aceptar la protección portuguesa, teniendo en cuenta que si Napoleón ejercía su poder en España, lógicamente lo haría en los territorios del Río de la Plata. El ministro insistía en que el libre comercio favorecería los mutuos intereses.

Amenaza de invasión inglesa…

El ministro de guerra Souza y Coutinho encomendó al emisario Joaquín Javier Curado que tratara de convencer a los miembros del Cabildo para que no se opusieran a ese plan, porque en tal caso podría reaccionar la corona inglesa intentando una invasión para evitar que Napoleón ejerciera tanto poder. Enterado el virrey Santiago de Liniers, el 30 de abril de 1808 rechazó la nota del ministro de guerra y ordenó al gobernador de Montevideo Brigadier Francisco Xavier de Elío, que impidiera la continuación del viaje del emisario hasta Buenos Aires. Fracasada esa misión, en agosto de ese año la princesa Carlota Joaquina, intentó ser reconocida como Regente del Río de la Plata y aunque la apoyaba el comandante de la flota inglesa Almirante Sidney Smith, la firme oposición del embajador Strangford convirtió aquel sueño en una pesadilla porque en Buenos Aires algunos cabildantes empezaron a imaginarse la posible dependencia.

Aunque al emisario Brigadier Joaquín Javier Curado no le permitieron pasar por Montevideo, es evidente que algún otro mensajero cruzó los ríos Uruguay y Paraná comunicándose con el Teniente Gobernador Prudencio M. Gastañaduy porque en el año 1809, informó al Cabildo que varios nobles portugueses, le habían enviado un oficio comunicándole que esos príncipes “se consideran con derecho a reinar, por ellos o por quienes nombre, en Santa Fe”.

Se sucedieron las intrigas y creció la incertidumbre. El Virrey Liniers temiendo una sublevación, decidió embarcar algunas tropas y avanzar sobre Santa Fe. El Cabildo santafesino pidió al Virrey que disponga el acercamiento de algunos jefes pero que no avancen todas las milicias, porque como se les paga poco temen que organicen algunos saqueos. Las fuerzas desembarcaron en Santa Fe -la ciudad de los contrastes-, donde algunas crónicas de ese tiempo destacaron que en los alrededores de la Plaza y del Cabildo, “la gente rica vive en casas grandes, de habitaciones espaciosas, escasas de muebles, pero en las que no faltan jarras, jarros, mates y aun palanganas de plata” y sabido es por distintas crónicas, que hacia el sur y al oeste, a pocas cuadras de la Plaza Mayor estaban los ranchos de barro con techos de paja.

Francisco Candioti ante la tercera amenaza de invasión inglesa…

El 30 de junio de 1809 llegó a Montevideo el designado virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros que reemplazaría a Vértiz. Más intrigas y los Carlotistas intentaron impedir que asumiera recomendándole al virrey que no entregara el gobierno y pidiéndole al comandante de las fuerzas militares Cnel. Cornelio Saavedra que le negara apoyo. Esos acontecimientos aceleraron las decisiones de diversas autoridades de las Provincias Unidas del Río de la Plata porque las reiteradas experiencias y amenazas de usurpación de derechos y de territorios por iniciativa de otros imperios, las obligaban a reflexionar sobre la necesidad de promover la unión de todos los gobiernos provinciales, para poder derrotar al enemigo exterior si se producía la tercera invasión. Con tal propósito, el Alcalde Francisco Antonio Candioti viajó desde Santa Fe a Buenos Aires.

Se entrevistó con su amigo el Licenciado Manuel Belgrano y han reiterado los historiadores que probablemente en esas circunstancias habrán analizado las dificultades existentes en las relaciones con Montevideo y con España, que en ese tiempo estaba bajo el dominio de los franceses.

El Alcalde Candioti regresó y durante la primera reunión en el Cabildo evidentemente no informó sobre todo lo observado ni lo conversado con Belgrano, aunque los hechos posteriores indicaron que ya se había encendido la chispa de la revolución.

1810: discriminación en el Río de la Plata

Sabido es que en “el estatuto de la Sociedad literaria y Económica del Río de la Plata, constituida en 1800 para la ‘ilustración de este país en todas las ciencias y ramos de la literatura’, se dice que sus miembros ‘han de ser españoles, nacidos en estos Reinos o en los de España, Cristianos viejos y limpios de toda mala raza; pues no se ha de poder admitir en ella a ningún extranjero, negro, mulato, chino, zambo, cuarterón o mestizo, ni aquel que haya sido reconciliado por el delito de herejía y apostasía, ni los hijos ni los nietos de quemados y condenados por dicho delito hasta la segunda generación por línea masculina y hasta la primera por línea femenina’.” lxiv

Durante la Cuaresma debían leer los Edictos generales de Fe y Anatema según orden de la Inquisición y así fue como en Corrientes, Juan Josef de Arze Comisario de Inquisición, informó al Cabildo, Justicia y Regimiento, que el 28 de febrero y el 4 de marzo de 1804, “con clarines y cajas por las Calles y plazas mas publicas y acostumbradas de la Ciudad, se ha de hacer el pregón, que debe preceder a la publicacion de dichos Edictos.” lxv

En otro documento, el doctor Juan Francisco de Castro y Careaga se refirió a aquel bando publicado por el “Cura de Naturales D.n Juan Jose Arze como Comisario del Santo Oficio” destacando que “a son de Cajas, y pífanos, y una gran Música q.e llevaba por delante, ordenaba q.e todos los estantes, y habitantes en el entorno de seis leguas de diez años p.a arriba concurriesen a la Ig.a Matris en los Domingos segundo, y quarto de Quaresma a la Publicación de los Edictos generales, y Anatemas, q.e se habían de leer en dhos días, pena de Excomunión mayor ipso facto incurrenda a los q.e faltasen a dho. Acto”.

También se generó una controversia por la convocatoria realizada el 11 de febrero de 1806 por don Domingo García, Comisario del Santo Oficio en Mendoza, y el mismo día, Juan Francisco Cobo, Notario del Santo Oficio entregó copias de la Instrucción de los Señores Inquisidores que incluía citas de cartas y cédulas desde 1618 hasta la circular del 20 de enero de 1746 firmada por el Virrey José Manso de Velasco, Conde Superunda”…

Estaba ordenado que el segundo domingo a la mañana, “se juntarán en Casa del Comisario los dhos. Ministros (del S.to Oficio), Corregidor, Cavildo, y Alcaldes ordinarios, todos con sus caballos, y sacaran y acompañaran a dho Comisario hasta la Iglesia en la forma, que el día del Pregon (llevando dho Corregidor á su mano derecha al Comisario), y lo mismo harán dho. Corregidor, Cabildo, Just.a y familiares el día de la Anatema hasta volverá su Casa al dho Comisario, y al entrar en dha Iglesia le daran el agua vendita los Curas o Clérigos, que estarán con sobrepellizes y despúes pasará el Comisario á su Silla, que estará con Alfombra y Cojín al lado del Evangelio, y el Alguacil, Notario, y demás Familiares por su antigüedad (que se regula por las fechas de los juramentos, y como se dice en el nº que trata dela forma de asientos) á vajo de las Gradas del Presbiterio en dho lado, que se sentarán en Banca cubierta de alguna Alfombra, y el Cabildo, enfrente en sus Bancas, y estando todos sentados, y hechose las Cortesías ordinarias, saldrá la Misa, que la dirá el Cura, u otro en su lugar, por ser así de su obligación.

=entre renglón =ser=vale=”…

En aquel tiempo, entre los británicos eran otras las prioridades porque entre 1806 y 1807 concretaron las dos invasiones inglesas en el puerto y ciudad de Buenos Aires.

Sabido es que en octubre de 1807, se generaron “entredichos con motivo de la publicación de los edictos del Santo Oficio en Buenos Aires, Asunción”… relacionados con el “reo (bígamo) Francisco de Isurza alias Ellacuriaga, residente en Santiago del Estero” y el entonces virrey, Juan José de Vértiz

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En Córdoba, con bienes donados por el Presbítero Ignacio Duarte Quirós oriundo de esa provincia, el gobernador Tomás Felipe Félix de Argandoña fundó el 1º de agosto de 1687 el Colegio Real Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat y enseñaban Latinidad, Teología y Filosofía hasta que en 1767 los jesuitas fueron expulsados por el virrey Francisco de Paula Bucarelli, sucesor de Pedro de Cevallos (1756-1766).

Aquel Colegio de Monserrat, sirvió como modelo al virrey Teniente General Juan José de Vértiz y Salcedo en 1771, cuando organizó el Colegio Real de San Carlos en Buenos Aires, también reconocido como Real Convictorio Carolino.

Casi todos los textos de historia referidos a gobiernos del Río de la Plata a fines del siglo dieciocho, destacan la fundación del Colegio Real de San Carlos sin aludir a las disposiciones relativas a los alumnos de esa institución, quienes además de “leer y escribir suficientemente”, debían ser personas “de buenas inclinaciones y costumbres para que no sean capaces de inficionar a los otros, ya sea corrompiendo la fuerza de sus costumbres, o inspirándoles un espíritu de queja y de inobediencia, para cuyo efecto los que hubiesen de recibirse en el colegio harán antes [una información] de ser cristianos viejos, limpios de toda mácula y raza de moros y judíos y recién convertidos a nuestra santa fe católica, y no tienen su origen de penitenciados por el santo oficio, ni que hayan ellos o sus padres tenido oficios infames.” lxvi

A fines de la primera década del siglo diecinueve, “en la Argentina, pese a lo que se cree comúnmente, con el estallido de la Revolución de Mayo el tribunal del Santo Oficio de la Inquisición no se extinguió automáticamente. Todo lo contrario, desarrollaba su actividad aún después del establecimiento de la Primera Junta, no sólo en lo atingente a la ‘pureza’ de la fe sino también en lo que respecta a las peligrosas ‘novedades’ de la época. Esto es absolutamente lógico, y dentro de las normas jurídicas vigentes a la sazón, si se toma en cuenta que las primeras autoridades argentinas no confesaban sus fines separatistas y decían gobernar en nombre del tristemente célebre monarca español cautivo, Fernando VII. En el proceso inquisitorial contra Fray Pablo Joven ‘por irregular conducta y cierta causa de novedad’, iniciado el 19 de noviembre de 1809 y seguido después de la Revolución de Mayo, nada menos que el traductor de El contrato social se ve obligado a acceder al pedido del comisario del Santo Oficio en Buenos Aires, don José Francisco de la Riestra, y dictar, el 16 de julio de 1810, una orden por la cual se dé ‘el auxilio de tres Blandengues con un Cabo’, a fin de conducir al mencionado fraile a Mendoza y de allí, a través de Chile, a Lima”… lxvii

Está documentado que el Doctor D. José Francisco de la Riestra, comisario del Santo Oficio, había recibido el 6 de julio “la providencia” del Tribunal de la Inquisición de los “Reynos del Perú” para proceder al traslado del fraile franciscano Pablo Joven, “entregándolo de Guardia en Guardia” y el 16 de julio -día de Nuestra Señora del Carmen-lo comunicó al “Exmo. S.or Presid.te y vocales de la Junta Guvernativa de las Provincias del Río de la Plata”. El mismo día, el secretario de la Junta Doctor Mariano Moreno, dejó constancia del trámite: lxviii

“Bs.As. 16 de julio de 1810. Dese el auxilio de tres Blandengues con un Cabo, quienes entregarán á el P.e Joven a la1.ª guardia de la jurisdicción de Mendoza, oficiándose por el Comisario requirente á todos los partidos de la carrera de Chile, para que por aquella vía sea conducido de partido en partido hasta su destino. [Rubrica] D.or Moreno.”

(A comienzos del siglo veintiuno, el Papa Juan Pablo II ha sido el primer pontífice que reuniéndose con rabinos y con representantes jerárquicos de distintas religiones, pidió perdón por las injusticias cometidas por la Iglesia Católica Apostólica Romana en siglos anteriores, refiriéndose concretamente a la Inquisición.)

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España y las guerras.

En las últimas tres décadas del siglo dieciocho, España participó en guerras durante veinte años. En consecuencia durante los dos tercios de ese período la corona española soportó enormes quebrantos materiales y todo el pueblo irreparables pérdidas espirituales.

“Desde 1779 a 1783 aliada con Francia en contra de Inglaterra; desde 1793 a 1796 aliada con Inglaterra en contra de Francia; desde 1796 a 1802 aliada con Francia en contra de Inglaterra; hubo dos años de sosiego; desde 1804 a 1808 nuevamente aliada a Francia contra Inglaterra y en 1808 comenzó su guerra de la independencia frente a la invasión napoleónica, en la que fue apoyada por Inglaterra hasta que, en 1813, quedó libre el territorio español”. lxix

Sabido es que el 24 de marzo de 1808, los “mamelucos” a las órdenes del mariscal francés Joachim Murat ingresaron en Madrid y tras varios asesinatos de los defensores situados en el Prado, quienes pudieron salvarse se reunieron ese mismo día en la “Villa de Móstoles”. En tales circunstancias, el Alcalde expresó:

“La patria está en peligro, Madrid perece víctima de la perfidia francesa: Españoles, acudid a salvarla”.

Fue el comienzo de los levantamientos contra los invasores y luego crearon las Juntas populares dependientes de la Junta Central presidida por el Conde de Floridablanca que reconocían y defendían la autoridad de Fernando VII sobre José I, hermano de Napoleón Bonaparte y más conocido como Pepe Botellas por su adicción a los licores.

En aquel tiempo, en el ejército español desde el 2 de noviembre de 1804 era Capitán segundo José Francisco de San Martín y Matorras.

En su hoja de servicios depositada en el Archivo de Sevilla, consta que comenzó su trayectoria militar el 21 de julio de 1789 y durante el reinado de Carlos V, siendo cadete en la Compañía de Granaderos del Segundo Batallón del Regimiento de Infantería de Murcia participó en el sitio de Orán entre junio y agosto de 1791.

El general Francisco Javier Castaños, jefe del Ejército de Andalucía había convocado a dos militares con reconocida experiencia: el mariscal suizo Teodoro Reding y el marqués de Coupigny al mando de tres líneas que el 19 de julio de 1808 cerraron el camino de Andújar impidiendo la entrada a la ciudad de Bailén. El joven José de San Martín era ayudante de campo de Coupigny y horas después, soportaron el ataque de la caballería francesa mientras otros flancos eran hostigados por batallones a las órdenes de Castaños durante nueve horas, hasta que muertos dos mil franceses y con aproximadamente medio millar de heridos y veinte mil prisioneros, optaron por la rendición. El ejército español registró 284 muertos y aproximadamente setecientos heridos, es la batalla que la mayoría de los historiadores argentinos mencionan al referirse a San Martín sin aludir a sus anteriores servicios, desde los once años de edad.

En aquel tiempo, en el Virreinato del Río de la Plata, sucesivos hechos culminaron en las manifestaciones públicas durante las jornadas de mayo de 1810.

Descubrimiento de la Patria…

El Cabildo reunido el 24 de mayo de 1810, generó el cambio de autoridades coloniales y la constitución de la Junta Provisional de Gobierno presidida paradójicamente por el supuesto depuesto virrey, don Baltasar Hidalgo de Cisneros y Latorre.

Vocales: Cornelio Saavedra, Juan José Castelli, Presbítero Juan Nepomuceno de Sola, José Santos Inchaurregui; renunciaron el mismo día y no cumplieron ninguna función.

Las potentes controversias internas determinaron que al día siguiente se integrara la Primera Junta:

Presidente y Comandante General de Armas don Cornelio Saavedra; vocales Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti, Domingo Matheu y Juan Larrea; secretarios Juan José Paso y Mariano Moreno.

Ha reconocido el historiador Salvador Dana Montaño que en ese momento, “la actual Provincia de Santa Fe integraba la Intendencia general del Ejército y de la Provincia de Buenos Aires. Como ‘Partido’ de ella, Santa Fe era gobernada por un Teniente de Gobernador, que en 1810 era el Capitán de Dragones, ex comandante de Armas de la plaza, don Prudencio de Gastañaduy, que se había distinguido en la defensa de nuestras fronteras, al punto que se afirma que a principios del siglo XIX su delineamiento habíase hecho definitivamente”.

Hasta entonces, el Cabildo de Santa Fe tenía “jurisdicción sobre la costa del Paraná (Entre Ríos) cuyos Alcaldes de Hermandad designó hasta después de producida la Revolución, a pesar de las protestas de Rocamora y otros pobladores entrerrianos.” lxx

Noticias en Santa Fe acerca del 25 de mayo de 1810…

El gobernador Gastañaduy estaba bien relacionado con los sacerdotes y en aquel tiempo, había cuatro Fuertes con capilla en Rosario, Coronda y Melincué y las restantes capillas estaban en las misiones jesuíticas. Allí también repercutió la incipiente revolución del 25 de mayo, anunciada en la plaza principal de Buenos Aires.

El 4 de junio de 1810 llegó la noticia a la ciudad de Santa Fe al pasar el Coronel José Ramón Espíndola y Peña -paraguayo- en tránsito hacia Asunción. Entregó al Teniente Gobernador Gastañaduy los pliegos donde la Junta Revolucionaria informaba que había sido depuesto el Virrey Teniente General Baltasar Hidalgo de Cisneros y Latorre, sucesor del Virrey Liniers. Incluían copia de la circular del 27 de mayo invitando a designar diputados, para integrar el congreso de los pueblos del virreinato según unos y la Junta, según otros.

Han reiterado que días después, el estanciero Francisco Antonio Candioti envió una carta a la Junta, expresando la complacencia de los santafesinos y desde Rosario, el cura Julián Navarro también felicitó a los miembros de la Primera Junta.

Mientras tanto el deán Funes recibía en Córdoba un mensaje entregado por José Melchor Lavin, un joven de diecisiete años.

Le informaban sobre un plan contrarrevolucionario y enseguida fueron convocados y se reunieron algunos civiles, autoridades eclesiásticas y militares, menos el Deán que estaba especulando con su adhesión al movimiento porteño. Realizaron reuniones secretas hasta que fueron capturados los conspiradores.

El Dr. Juan José Castelli -primo de Manuel Belgrano-, fue comisionado por la Junta de gobierno porteña para cumplir el oficio entregado por el secretario Mariano Moreno y partió acompañado por el “coronel Domingo French y su segundo, el teniente coronel Juan Ramón Balcarce. Se encontraron con los prisioneros en la Posta de Cruz Alta a la entrada de Córdoba. Liniers -y cinco prisioneros, entre ellos el Brig. Juan Gutiérrez de la Concha, gobernador intendente de la provincia de Córdoba del Tucumán- fueron fusilados a pesar de que el Obispo Orellana pidió que se permitiera a los condenados abandonar el país.

Con la muerte seguían despejando los sinuosos caminos de la política y el 28 de julio de 1810 se cumplió la sentencia. Allí fueron sepultados hasta que durante la presidencia de Santiago Derqui fueron exhumados los restos y trasladados a España, donde con solemnes fueron depositados en el panteón de los marinos ilustres, en la ciudad de San Fernando, cerca de Cádiz. lxxi

La Primera Junta recomendó el nombramiento de un diputado como representante de la provincia ante el nuevo gobierno.

En la Plaza Mayor -actual Plaza de Mayo- resonaron los disparos de fusilería y de artillería -frecuente recurso para que se congregara el vecindario para interesarse por determinadas cuestiones-; tañían las campanas de los templos y después hubo fanfarrias y bailes. Lejos de esos ruidos, en la casa del doctor José de Amenábar se reunieron algunos de los “sujetos nobles y distinguidos que forman la proporción más lúcida del vecindario” porque consideraban que era necesario resolver inmediatamente dos problemas: quién seguiría gobernando y quién los representaría como diputado. lxxii

Algunos vecinos coincidían en que desde 1793 Gastañaduy había ejercido la comandancia militar de la ciudad y dos años después la tenencia del gobierno, haciéndolo con austeridad y promoviendo la fundación de pueblos para asegurar a las poblaciones que los indios estuvieran más controlados y así había impedido los saqueos. También había insistido para la recuperación del Puerto Preciso. Al mismo tiempo, de acuerdo con los últimos acontecimientos en Buenos Aires, algunos vecinos ya habían elaborado una contundente y definitiva conclusión: los santafesinos también tenían derecho a nombrar su gobierno.

Gastañaduy decía que “los reyes son sobre los hombres y Dios es sobre los reyes, para darles premio o castigo según el buen o mal uso que hubieran hecho de la autoridad que les ha confiado”… lxxiii

Pulsaban en la memoria de aquellos hombres, los recuerdos del último lustro del siglo dieciocho, cuando el entonces Diputado de Comercio don Francisco A. Candioti partió hacia Buenos Aires para reclamar los derechos al “puerto preciso” y sus conclusiones tras dialogar con las autoridades de la pujante ciudad-puerto de Buenos Aires, que ya parecía ser la cabeza de un gigantesco pulpo con poderosos tentáculos que llegaban hasta los Andes, en el Alto Perú…

No había sido por casualidad que al reintegrarse al Cabildo santafesino, el estanciero Francisco Antonio Candioti, el 16 de noviembre de 26 de noviembre de 1795 expresara ante los cabildantes: “Vayan sabiendo que nuestras cosas tenemos que arreglarlas nosotros mismos, sin pensar en Buenos Aires.”

La información disponible encendió la chispa del entusiasmo revolucionario entre los políticos santafesinos aunque no sabían cómo actuar con precisión. Carecían de documentos oficiales que demostraran los cambios resultantes de las nuevas relaciones.

Don Francisco Antonio Candioti estaba en su estancia de Arroyo Hondo en Entre Ríos; una colonia donde el patriarca vivía con uno de sus tantos hijos, en “un rancho de tres piezas, que forma ‘con otras dos o tres construcciones aisladas, el costado de un cuadrado inconcluso”. Han destacado algunos historiadores que “el rancho en que vive es de apariencia modesta, tiene un lujoso lecho”.

La estancia tenía una extensión de “treinta y seis leguas cuadradas… otro lado y medio está ocupado por las chozas pequeñas y bastantes bajas de los cuarenta y cinco peones que cuidan las cuarenta mil cabezas de vacunos y cincuenta mil caballos y mulas que allí tiene. Alrededor de esta pequeña colonia hay cuatro enormes corrales para ganados y un chiquero”. lxxiv

En aquel tiempo, el empresario gaucho don Francisco Antonio Candioti era dueño de “trescientas leguas cuadradas de tierra, propietario de doscientas cincuenta mil cabezas de ganado… de trescientos mil caballos y mulas y de más de quinientos mil pesos atesorados en sus cofres en onzas de oro, importadas del Perú”.

Para lograr esa fortuna había trabajado durante años como arriero con sus carretas; nada era heredado ni producto del azar y los paisanos que así lo reconocían, admiraban los arreos del caballo que montaba y los estribos de plata que eran una original artesanía realizada por un lejano platero peruano. lxxv

En Santa Fe, “la conmoción que produjo la Revolución tuvo diversos matices. Escepticismo en algunos, recelo en otros y grandes esperanzas entre los verdaderos criollos”. Un chasqui llevó la noticia a don Francisco Candioti y de inmediato montó en su caballo acompañado por dos peones.

Diego Abad de Santillán destacó que “reunido el cabildo abierto el 9 de junio, se produjo una disputa en torno a prioridades para la votación, por la presencia de José Elías Galisteo, que ocuparon asientos reservados a antiguos capitulares. Consultada la Junta al respecto, Mariano Moreno respondió al cabildo el 19 de junio diciendo que ‘para la elección de diputado deben citarse todos los vecinos existentes en la ciudad, sin distinción de casados o solteros y que la asistencia debe verificarse sin etiqueta ni orden de asientos para evitar toda competencia y dilación’… El mismo día fue suspendido en el mando Gastañaduy con un pretexto cualquiera, pero en verdad era porque su antigua condición de funcionario español no inspiraba confianza en las nuevas autoridades y fue sustituido por el coronel Manuel Ruiz.” lxxvi

Mientras tanto, Gastañaduy había sido convocado en Buenos Aires para responder ante las nuevas autoridades sobre algunas denuncias de vecinos santafesinos. Es posible imaginar la incertidumbre que habrá soportado Gastañaduy durante los primeros quince días, hasta que el 19 de junio de ese año, se recibió la primera comunicación de la Junta disponiendo “que el expediente formado por Don José María de las Carreras, por cobro de pesos, quedaba suspendido interinamente, y que hasta tanto se apersonara el Coronel D. Manuel Ruiz, designado para sucederle, entregara el mando al Alcalde de primer voto”.

El nombramiento del Coronel Ruiz se concretó el 25 de junio de 1810, y se cumplieron las órdenes al asumir don Pedro Tomás de Larrechea -Alcalde de primer voto-; aunque inmediatamente comenzaron las protestas porque no aceptaban que desde Buenos Aires se continuara con la tradición de imponer los gobiernos provinciales y era necesario tener en cuenta que Ruiz era español, durante varios años fue jefe del Regimiento de Morenos y ningún santafesino lo había imaginado dando órdenes en su provincia.

Discusiones acerca del gobernador de Santa Fe…

El Licenciado Manuel Belgrano integraba la primera Junta de gobierno y aunque durante su gestión en el Consulado se comprobó que algunos de sus propósitos no se cumplieron porque se impuso la mayoría, este nuevo estado institucional y su amistad con don Francisco Candioti permitieron alentar algunas esperanzas entre los santafesinos.

Los paisanos se congregaron frente al Cabildo protestando contra el Coronel Manuel Ruiz e insistían en que fuera nombrado don Francisco Antonio Candioti.

El 9 de julio de 1810 don Juan Francisco Tarragona fue electo diputado del comercio y destaca Diego Abad de Santillán que “el acta correspondiente es respaldada por más de 60 firmas, comenzando por la del doctor Pedro de Aldao que había sido compañero de Moreno en Chuquisaca. Figuran también los nombres de los jóvenes que habían sido objetados por Tarragona y otros vecinos: Gregorio Echagüe, Manuel Pardo y Francisco Antonio Maciel. Los santafesinos manifestaron ya entonces el deseo de ser gobernados por uno de los suyos, y treinta y tres vecinos propusieron una terna de personas en la que figuraban Francisco Echagüe y Andía, Juan Antonio Echagüe y Pedro Pablo Morcillo.

El 14 de julio el Cabildo nombró interinamente a Melchor Echagüe y no se presentó hasta el 3 de agosto. Mientras tanto los paisanos seguían protestando porque querían que fuera convocado el perseverante Francisco Antonio Candioti.

El 25 de julio de 1810 expresaron la oposición a aquella terna y lo impulsaron como único candidato porque lo reconocían como “hombre honrado y de palabra”.

Esa decisión fue apoyada por el alcalde de primer voto Pedro Tomás de Larrechea. El 1º de agosto de 1810 la Junta con la firma de Manuel Belgrano, Miguel de Azcuénaga, Dr. Manuel Alberti, Domingo Matheu, Juan Larrea y el secretario Dr. Mariano Moreno, manifiesta que se habría acordado “la elección del jefe que debe gobernar esa provincia; pero habiéndose publicado la elección del Coronel Ruiz anticipadamente, es imposible por ahora una variación que comprometiera el concepto de madurez, con que este gobierno procede”. lxxvii

El 18 de agosto asumió el Coronel Manuel Ruiz y no hubo aplausos ni aclamaciones. El Cnel. José Ramón Espíndola paraguayo después de cumplir la misión de entregar los pliegos al Cabildo santafesino había avanzado hacia el norte e informó al Cnel. Bernardo Velasco que gobernaba en ese territorio, quien de inmediato rechazó al emisario de la Junta y le anticipó que estaban dispuestos a defenderse con sus armas.

En una perspectiva más amplia, como lo ha destacado el historiador Andrés Atilio Roverano, “la Junta de Buenos Aires trabajaba activamente y trataba de disponer todas las medidas tendientes a asegurar el buen resultado del movimiento”.

Lógicamente al llegar la noticia del rechazo de las autoridades de Asunción, inmediatamente se produjo la reacción. Las autoridades porteñas, dispusieron que el Licenciado Belgrano con el grado de “General” encabezara la tropa integrada por doscientos hombres que debía llegar a Asunción para terminar con el conflicto.

Es fácil imaginar la incertidumbre del General hasta que en sucesivas localidades pudo aumentar los recursos para esa inesperada empresa.

El aparente triunfo de Buenos Aires al imponer el gobernador de Santa Fe, en realidad fue el comienzo de profundas discrepancias: los santafesinos desde entonces tuvieron que afianzar su derecho a la autonomía estando alerta a las decisiones de la Junta porteña y al mismo tiempo tenían que observar oportunamente las pretensiones de Artigas que aspiraba a dominar el país.

Las intrigas no tenían límites y cada vez que se intentaban algunos avances estratégicos comenzaba la reacción de las fuerzas porteñas sobre el territorio santafesino.

01-10-1810: llega Belgrano a Santa Fe de la Vera Cruz…

El 1º de octubre de 1810, como lo ha expresado el estudioso Andrés Roverano, “en el paso de Santo Tomé, sobre el río Salado, la quietud del lugar se vio quebrada por un rumoreo y una actividad extraña a esa mansedumbre. Escasas y animosas tropas se aprestaban a vadearlo. Las órdenes precisas de su general eran acatadas de inmediato y cumplidas con toda premura. La voz de don Manuel Belgrano resonaba firme sobre el río. Y este encuentro del Padre de la Bandera con el Salado se iría a repetir varias veces en el correr de la historia” porque ese patricio -hijo de inmigrantes italianos-, supo defender a su naciente Patria luchando hasta agotar sus energías.

Para esa expedición, “el improvisado jefe militar Manuel Belgrano, recibió la ayuda en hombres y caballos de Gregorio Cardozo”.

Octubre de 1810: “…en la noche del 1º terminó Belgrano de cruzar el río.

No bien hubo alcanzado la otra orilla, la autoridad de la ciudad de Santa Fe en la persona del teniente de gobernador, coronel Manuel Ruiz, se hizo presente para saludarlo y testimoniarle su decidido apoyo. Algunos santafesinos de prominente situación formaban la comitiva. Allí, junto al río, les agradeció la bienvenida y, en uno de sus tantos nobles gestos, declinó los ofrecimientos de hospedaje, manifestando que se alojaría en el Convento de Santo Domingo, de que era devoto, a fin de no irrogar ningún desembolso a los vecinos”.

Es probable que el General Belgrano haya preferido estar en el convento para evitar entrevistas su propósito fundamental incrementar los recursos y aumentar la tropa, que poco se había fortalecido con la incorporación de trescientos setenta y cinco milicianos de San Nicolás y pocos más encontrados en el camino.

Presencia del joven Estanislao López

Belgrano siguió recibiendo más apoyo para su expedición, “la ciudad se desprendió de sus dos compañías de blandengues… pero antes aún de esta decisión, uno de los soldados de esa fuerza de frontera, Estanislao López” -de veinticuatro años- “había pedido a Belgrano que le permitiese marchar con la primera columna de vanguardia” y al reiterar esa información, Abad de Santillán destacó que “en medio de las demostraciones de júbilo con que Belgrano fue acogido en su breve paso por la ciudad, observó que la ‘cárcel de Santa Fe es peor que la más horrenda mazmorra de los africanos’…”

Francisco Candioti y Belgrano partieron juntos hacia la estancia de Arroyo Hondo y trajeron los mejores animales: “mil trescientos cincuenta caballos, de los mejores, con novillada gorda para alimentar a la tropa, y con doce grandes carretas, munidas de su correspondiente boyada y peones. Luego entrega dinero en efectivo y selecciona los baqueanos que han de acompañar al general hacia al Norte”.

Varios vecinos de Santa Fe también colaboraron y entre ellos, doña Gregoria Pérez de Denis -viuda de don Juan Ventura Denis-, cuya vivienda estaba a pocas cuadras del convento de Santo Domingo, a menos cien metros al oeste del Cabildo. Puso a disposición de Belgrano “sus haciendas, casas y criados, desde el río Feliciano hasta el puesto de Las Estacas” expresándole que en ese territorio, él sería el “dueño” de sus “cortos bienes, para que con ellos pueda auxiliar al ejército a su mando, sin interés alguno” y al mismo tiempo le pidió que tuviera en cuenta a su hijo Valentín para lo que necesitara.

(En la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, cuando Belgrano pasó por Santa Fe, ya estaba en ruinas el convento y la iglesia pertenecientes a la Orden de los Mercedarios, actual esquina noreste de General López y Nueve de Julio.

Los sacerdotes de aquella Orden se habían trasladado al templo y quinta de los Padres Jesuitas que habían sido expulsados en 1767 y esos terrenos fueron subastados para disponer de recursos a los fines de construir la casa del Cabildo y la Cárcel de Santa Fe de la Vera Cruz.

Dos años después, la parte sur del convento e iglesia fue adjudicada al protomédico Manuel Rodríguez -suegro de Estanislao López- quien construyó antes de 1823 la casa que abarcó todo el ámbito y la parte norte la compró Gabriel de Lassaga -el padre-, donándola a la Iglesia Matriz para ser el cementerio de “los pobres de solemnidad “ y hasta 1825 el lugar de enterramiento “algunos esclavos libertos”.)

En aquel tiempo, se sucedían las denuncias por los ataques de los indios a las tropas de carretas y el joven Mariano Vera se ofreció para marchar con una partida para dominarlos y así poder tranquilizar a los pobladores, propuesta rechazada por Belgrano.

El 8 de octubre de 1810, el General Belgrano acordó el título de “noble” al Ayuntamiento y Cabildo de Santa Fe y pidió a la Junta que así lo reconociera.

Cuando llegó al Perú la noticia del apoyo de don Francisco Antonio Candioti al ejército que conducía su amigo Belgrano, no sólo le confiscaron los bienes que ahí poseía; más severos aún ofrecieron una recompensa por su cabeza.

Nada de diálogos ni tolerancia, con la muerte despejaban los caminos…

Mientras tanto el español Coronel Manuel Ruiz, seguía siendo el gobernador de los autonomistas santafesinos.

En un informe a las autoridades de Buenos Aires, refiriéndose a la ciudad que abarcaba hacia el norte hasta la actual calle Tucumán, y que por el sur no se podía expandir porque el límite era el arroyo del Hospital (Quillá), el teniente de gobernador expresó: “…habiendo observado la posición de la Plaza con los riachos que la circundan, queda en la situación (la ciudad) de una península… he determinado que se forme una Batería en el riacho denominado ‘Campamento’, porque domina la entrada principal de la ciudad”, siendo la boca del riacho Colastiné, actual Plaza Colón frente al puerto. Luego informa que ordenó “el emplazamiento de dos fortines, situados en los desaguaderos de los ríos Fray Atanasio y el Negro”.

Es evidente que desde una perspectiva amplia, a partir de fines de mayo de 1810, existían otros intereses para los integrantes de la Primera Junta, y una de las prioridades era satisfacer a los monopolistas de la industria y la exportación del tasajo.

En ese tiempo se sembraron las primeras semillas de la discriminación al permitirse “allanar todas las dificultades con que tropieza continuamente la industria de carne conservada, se empieza por suprimir la franquicia de carnear el animal con la sola obligación de entregar el cuero a su dueño, pudiendo comerse la carne gratis. Se trataba de una ‘empresa de capitalistas y no se pensó en reconocer a los gauchos como socios’, observa agudamente Juan Álvarez. La carne destinada a consumo, que se vendía a buenos precios a los mismos gauchos y a los pobladores de las ciudades, era gravada con fuertes derechos, mientras se liberaba la destinada a la exportación”.

Los monopolios se afianzaban en el Río de la Plata y el puerto de Buenos Aires seguía creciendo como un fantástico pulpo cuyos tentáculos se extendían hasta las reservas de Asunción y del Perú. lxxviii

Es oportuno tener en cuenta la Historia Social y Cultural del Río de la Plata, con señales del evidente trasplante cultural producido en el lapso 1536-1810, a través de lo investigado por el noble jesuita Guillermo Juan Furlong, hijo espiritual de Villa Constitución.

En el siglo XX, analizando la realidad argentina destacó:

“Se podría hablar de la ‘idolatría equina’ que hubo entre nosotros, hasta muy entrada la segunda mitad del siglo pasado, y aún hasta principios de esta centuria”. lxxix

1811: decisiones de la Junta Grande.

La Junta Grande desde Buenos Aires, en 1811 seguía avanzando con sus decretos revolucionarios: desconoció la pretendida autoridad del Brigadier Francisco Xavier de Elío, designado por el Consejo Regencia después de la constitución del primer gobierno patrio y en consecuencia, sólo gobernó en el reducido territorio de la Banda Oriental -Uruguay- que siguió en poder de los españoles.

Ese mismo año, la mencionada Junta suprimió el tributo que estaban obligados a pagar “los indios, nuestros hermanos”. Sin embargo, en la pampa y en el litoral se ampliaban las líneas de fortines para acosarlos y obligarlos a replegarse sobre el Bermejo al norte y hacia el Estrecho de Magallanes al sur.

Autoritarismo del gobierno de Buenos Aires…

La provincia de Santa Fe soportaba las consecuencias del autoritarismo porteño y se sucedían los Tenientes Gobernadores quienes al decir Urbano de Yriondo -también identificado como Iriondo-, “no se ocupaban de otra cosa que en sacar contribuciones, primeramente a los españoles y luego a los criollos, y a los estancieros en general, auxilios de caballos y reses para el transportes de tropas que venían de Buenos Aires para pasar al Perú y Banda Oriental, dejando nuestra campaña a discreción de los indios”. lxxx

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1812: cambios de gobierno en Santa Fe.

En enero de 1812 las autoridades porteñas comprendieron que era necesario nombrar el Teniente de Gobernador que reemplazara al resistido Cnel. Manuel Ruiz y envió al Coronel Juan Antonio Pereira, militar que daba órdenes pero no gobernaba. Una vez más, algunas murmuraciones indicaban que una escuadra española había ocupado Corrientes y que seguirían navegando hacia el sur para dominar Santa Fe y luego Buenos Aires. El teniente de gobernador pidió la colaboración del pueblo y propuso que se armaran algunos grupos de indios.

Una vez más, don Francisco Antonio Candioti colaboró con sus bienes y lo apoyaron algunos vecinos santafesinos aunque recomendaron actuar con prudencia con los caciques porque suministrarles armas significaba un grave riesgo para los pobladores de la zona, aunque ellos con sus propias armas también podían luchar, y así lo demostraron cada vez que arrojaban con notable habilidad sus punzantes lanzas. El Coronel Pereira no tuvo en cuenta esa recomendación, ordenó que tañeran las campanas y con una salva de artillería reunió a los vecinos, entre ellos algunos grupos de indios a quienes les propuso “luchar contra los españoles” y les entregó las armas del ejército. Fácil es imaginar la sorpresa de los recién incorporados milicianos y la de los restantes pobladores santafesinos que ya parecían estar acostumbrados a las invasiones y los saqueos.

En la última semana de febrero de 1812, Manuel Belgrano intentaba mejorar el estado del Regimiento 5 de Infantería a su mando. Hizo un alto sobre la costa del Paraná, en las cercanías de la Capilla del Rosario. Belgrano tenía la responsabilidad de guiar una expedición hacia el norte, por caminos desconocidos para la mayoría de ellos y lo acompañaban escasas milicias voluntarias de fronteras, algunos soldados del Regimiento de Caballería de la Patria, un piquete de Granaderos y un escuadrón de Dragones. Consideró que las fuerzas nacionales usaban diferentes distintivos -entre ellos una cinta roja- y propuso al Triunvirato que como símbolo de unidad se dispusiera el uso de una escarapela celeste y blanca en todos los morriones. Era consciente de la trascendencia que tuvo el motín de las trenzas cuando sus soldados del Regimiento 1º de Patricios se subordinaron porque ordenó que se las cortaran y aún advertía resabios de desánimo en su tropa.

Al quinto día llegó la respuesta del Triunvirato y todos empezaron a usar ese distintivo. Belgrano pensó en la necesidad de llevar una Bandera al frente de la expedición y ordenó hacerla. El 27 de febrero Belgrano dispuso una formación y han reiterado que al redoble de los tambores se acercó a la escasa guarnición montando su caballo y escoltado por Dragones, expresó una breve arenga:

“Soldados de la patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno; en aquella batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas, juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del Sud será el templo de la independencia, de la unión y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria!”

Era el primer grito de la Patria Grande proyectado a los cuatro vientos y había surgido a orillas del Paraná, en tierras de la provincia de Santa Fe, cuatro décadas después distinguida como la cuna de la Constitución Nacional.

En sus Memorias, Domingo Crespo -casado con Dolores Candioti, hija del estanciero-gaucho Francisco Antonio; concuñado de Urbano de Yriondo casado con Petrona Candioti-, reconoció que en aquel tiempo, Buenos Aires insistía en nombrar al gobierno de Santa Fe; designó a distintos coroneles: la Junta nombró a Manuel Ruiz -”parece que el menos malo”-; el Primer Triunvirato al comandante Juan Antonio Pereyra –Pereira- en enero de 1812, desempeñándose desde el 14 de febrero al 18 de noviembre de 1812, sucediéndole el coronel Antonio Luis Beruti.

El historiador Gianello ha destacado que “grandes daños para los santafesinos trajo el gobierno del coronel Pereira quien, con motivo de un presunto desembarco de la escuadra española, dio armas a los indios no obstante las advertencias de los principales vecinos. La escuadrilla atacante no apareció nunca y los indios -del Rincón- asaltaron estancias y mataron a los blancos con las armas dadas por el gobernador porteño”. lxxxi

Las crónicas destacan que el 18 de noviembre de 1812 llegó el coronel Luis Beruti, nacido el 2 de septiembre de 1772, integrante del grupo que se reunía secretamente en la casa de Nicolás Rodríguez Peña, el representante del movimiento popular del 25 de mayo de 1810 que interrumpió a los cabildantes durante aquella memorable sesión proponiendo los nombres de los integrantes de la primera junta; dos días después nombrado jefe del Regimiento América creado por esa Junta. El Cnel. Beruti se hizo cargo del gobierno cuando en Santa Fe, todavía “el pueblo quiere saber de qué se trata”; porque de acuerdo a las protestas de los santafesinos autonomistas, todavía no entendían de qué se trataba… lxxxii

El Triunvirato integrado por Juan José Paso, Feliciano Chiclana y Manuel de Sarratea, en aquel tiempo soportaba conspiraciones y continuaban las intrigas con influencia de distintas logias masónicas.

El Teniente Coronel José de San Martín un año antes había decidido alejarse del ejército español expresando su deseo de “pasar a Lima” y ayudado por sir Carlos Stuart obtuvo un pasaporte y se embarcó subrepticiamente hacia Inglaterra. En Londres su amigo Lord Mac Duff, un escocés que combatía voluntariamente para España- lo apoyó hasta que se embarcó en el buque “Jorge Canning” anclado en el Tamesis.

Durante la permanencia en Inglaterra, San Martín se reunió con el venezolano Andrés Bello, el mejicano Servando Mier y los argentinos Manuel Moreno y Tomás Guido, iniciados en la entidad secreta fundada por Miranda en 1797, llamada Logia Lautaro o “Gran Reunión Americana” -que en realidad era sólo una logia controlada por masones- y José de San Martín fue admitido con el grado superior.

Cuando San Martín llegó a Buenos Aires, el gobierno le encomendó formar un escuadrón de caballería de línea y así se forjaron los primeros granaderos a caballo.

Es oportuno reiterar lo expresado por el historiador Juan Manuel Zapatero y López-Anaya acerca de la trayectoria militar de San Martín en España, iniciada en el décimo sitio de Orán durante el reinado de Carlos V “-duros períodos de amago e intento de conquista ejercidos por los moros argelinos y turcos”. lxxxiii

“…desde el 5 de junio hasta el 29 de agosto de 1791, participó como heroico defensor en treinta y tres días de asedio, el joven cadete del 2º batallón del regimiento de infantería de Murcia, en la compañía de Ganaderos, José de San Martín y Matorras, futura grandeza de la raza hispanoamericano, en cuyo escenario y tiempo recibiría el bautismo de fuego. Son los primeros días de su larga y gloriosa vida de guerrero, y el aprendizaje de las enseñanzas fundamentales que formarán técnicamente su cerebro y despertarán su valor.”

Zapatero incluyó en el citado libro San Martín en Orán, el “Apéndice Nº 6 / Hoja de servicios de José de San Martín… (Exp. Pers.; legajo núm. 1487. Archivo General Militar, Segovia.). Consta que en el “Batallón de Infantería Ligera – Voluntarios de Campo Mayor / El Capitán Segundo D. José de San Martín y Matorras, su edad 27 años, su País Buenos Aires en América, su calidad noble, hijo de Capitán, su salud buena. Sus servicios y circunstancias los que se expresan” y que hasta “fin de Diciembre de 1806” indicaban 17 años, 5 meses y diez días.

Cadete desde el 21 de julio de 1789

Segundo Subteniente desde el 19 de junio de 1793.

Primer Subteniente desde el 28 de julio de 1794.

Segundo Teniente desde el 8 de mayo de 1795.

Segundo Ayudante desde el 26 de diciembre de 1802

y Capitán Segundo desde el 2 de noviembre de 1804.

Sabido es que también estuvieron vinculados con los masones en España: Alvear, Pueyrredón (Hermano desde 1808) y Zapiola.

En la Logia Lautaro se integraron algunos miembros de la Sociedad Patriótica, entre ellos Gervasio Antonio Posadas, Juan y Ramón Larrea, Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, Bernardo Monteagudo, el padre José de Amenábar -y otros sacerdotes-, Manuel Dorrego; Antonio y Juan Ramón Balcarce relacionados con Alvear. Han reiterado que más cerca de José de San Martín estaban Vicente López, Manuel Moreno y pocos más.

En aquel tiempo, el Triunvirato estaba interesado en resolver los problemas de los ganaderos de la provincia de Buenos Aires: “A mediados de setiembre de 1812, declaró libres de derechos todos los artículos extranjeros que se introdujeran al país para el fomento de los saladeros; constituye este decreto el antecedente más remoto de las medidas proteccionistas directas, destinado a fomentar el establecimiento de las industrias nacionales”. lxxxiv

Es evidente que ninguno pensaba en promover la agricultura porque podían importar lo necesario y negociar los productos de la ganadería que exigían menores esfuerzos. Las estancias ya estaban organizadas y la peonada se había entusiasmado con la historia del nacimiento de la Patria y les podían exigir mayores sacrificios.

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Ganadería y tasajo…

En el puerto de Buenos Aires se concentraba el mayor poder; cerca estaban organizados los regimientos llegaban hombres desde distintas provincias con abundantes noticias. Hacia el noroeste se extendían las salinas tentando a los estancieros argentinos para que se convirtieran al mismo tiempo en industriales porque con bajo costo servían para la conservación de las carnes argentinas y en consecuencia, favorecían la exportación del tasajo. La Primera Junta había autorizado a dos ciudadanos británicos para instalar el primer saladero y con sus habilidades lograron que ochenta obreros asalariados -entre ellos inmigrantes europeos- desarrollaran una extraordinaria producción.

Al mismo tiempo se habían diseminado las semillas de la competencia industrial y quizás sin proponérselo, generaron el nacimiento de potentes brotes en la pugna por los mercados internacionales.

El estanciero Juan Manuel de Rosas -apellido que adoptó al alejarse de su hogar, durante su adolescencia, según los documentos Juan Manuel Ortiz de Rozas y López de Osornio-, fue uno de los primeros que agrupó a quienes estaban interesados en la industria saladeril.

Apenas se difundió ese proyecto se produjeron las primeras acometidas en la comercialización del tasajo. Con respecto a don Juan Manuel, en la mayoría de los documentos y publicaciones se lee su apellido como está escrito precedentemente, aunque como él lo aclaró en la carta que desde su exilio en Inglaterra envió a doña Josefa Gómez, en septiembre de 1866, “no me nombro de otro modo sino Juan Manuel Ortiz de Rozas y López”, siendo los datos que registraron su nacimiento.

Es interesante una mirada sobre la carrera del tasajo desde la perspectiva de los hechos registrados por algunos navegantes y mercaderes catalanes que cruzaban el océano Atlántico hasta Río Grande (en Brasil) o llegaban hasta el Río de la Plata para remontar el río Uruguay y desde allí desembarcarlo en Cuba. A partir del año 1605 no salieron de Buenos Aires “cargamentos de tasajo hacia la isla de Cuba y a partir de esa fecha, con diferentes altas y bajas se arriba a fines del siglo XVIII, cuando sucede un fuerte impulso, gracias a diversas disposiciones.

Ha destacado el historiador catalán Agustí Mª Vilà i Galí, que “los capitanes de la familia Vilà en su correspondencia y en sus libros de bitácora han mencionado, continuamente, los lugares donde estaban situados los principales saladeros: Montevideo, Soriano, Maldonado y Colonia, son los lugares donde se establecieron los primeros centros. Bien pronto se han agregado otros, también visitados por nuestros navegantes y mercaderes, como son Fray Bentos, Colón, Paysandú, Gualeguaychú, Ensenada de Barragán, Concordia, Concepción del Uruguay y Río Grande del Sud al sur del Brasil”. Advirtió que “la selección de la carne y su cargamento a bordo no podía ser desatendida… para que el saladista no entregara gato por liebre”. En otro párrafo el historiador catalán reconoce que en los libros de bitácora dejados por sus antepasados, se encuentran explicaciones más detalladas sobre la navegación fluvial en los límites de Argentina, sobre el río Uruguay y menciona la Isla Martín García y el Paso de Urquiza, entre otros.

“Toda la maniobra de remontar el Uruguay es hecha bajo la responsabilidad de prácticos muy especializados en aquella navegación fluvial. Se navega sólo durante el día, y a la noche se fondea en lugares de resguardo bien conocidos por los prácticos”. lxxxv

Se ha dicho que “Rosas llegó a dominar, prácticamente, las dos terceras partes de la región poblada de la provincia de Buenos Aires, y su influencia iba extendiéndose cada vez más lejos”. Santa Fe tenía lo propio: por los triunfos en otras batallas se entregaban enormes extensiones de campos prácticamente vírgenes.

Así se establecieron los estancieros que en la mayoría de los casos no conocían las estancias, ni siquiera colocaban los mojones. Era suficiente con tener la constancia entregada por el gobierno con las medidas y la ubicación de los montes, tanto mejor si cerca se encontraba algún río o arroyo. El agua es esencial para la vida -de animales y vegetales- y para cualquier industria, porque en todas se requiere la seguridad de la higiene.

Fueron suficientes ocho años de trabajo organizado para que se sextuplicara la exportación de tasajo, aumentando el 15% la venta de cueros “hacia Nueva Orleáns, Brasil y las Antillas, es decir (anudando) las relaciones entre el feudalismo criollo y el esclavismo de aquellas zonas”. lxxxvi

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Ecos de la Inquisición

En distintos frentes continuaban diversas batallas mientras funcionaba la Asamblea General Constituyente en la ciudad de Buenos Aires.

El presidente Pedro Pablo Vidal y el secretario Hipólito Vieytes, el 1º de septiembre de 1813 informaron: lxxxvii

“Habiendo entendido esta Asamblea G.ral que el Prelado local de la Comunidad de Observantes de San Francisco há mandado leer á presencia de ella en dos días diversos algunos decretos de las Inquisiciones de Madrid y Lima, el Supremo Poder Executivo Procederá á tomar la conveniente información del hecho, y exigirá de dicho Prelado los decretos originales que se hubieren leídos, y los dirigirá para su conocimiento á esta Asamblea G.ral.”

Días después, esta respuesta:

B.s A.s Set. 5 de 1813.

El Prov.l de S.n Fran.co

Contesta á la o.rn de V. E. del 3 del corr.te con inclusión de los Edictos de las Inquisiciones de Madrid y Lima. Dice que el Prelado local ha seguido la costumbre inveterada de leerlos, que su Patriotismo lo pone á cubierto de toda sospecha, pues creyó el Prelado, en cuya creencia están los de su clase, que aunque se haya suprimido la Inquisición, no sucede así con todas las disposiciones que emanan de ella, como igualmente se practica con la de la extinguida Comisaría de Indias. Espera la resolución de V.E. para cumplirla, protextando la inocencia y falta de malicia del caso.

Nota = No han venido á la mesa los Edictos.” lxxxviii

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Aquí, sólo estos apuntes recopilados tras sucesivas lecturas.

TODO eshistoria de Hispanoamérica, Historia de los Argentinos

¡Historia de la Humanidad!

Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

i Lewin, Boleslao. La Inquisición en Hispanoamérica – Judíos / Protestantes y Patriotas. Buenos Aires, Editorial Proyección, marzo de 1962, p. 33. El autor anotó en la página siguiente: “Véase Semanario Erudito, publicado por Antonio Valladares, Madrid, 1788, pp. 153-154” y transcribe parte del texto original.

ii Ibídem, p. 36. El autor remite por segunda vez al “estudioso moderno de la inquisición, el norteamericano Henry Charles Lea

iii En la página 37, Lewin indica: “Véase Francisco Cantera Burgos, Alvar García de Santa María, Madrid, 1952, p. 169.

iv Ídem., p. 39-40.

v Íd., p. 113. El historiador Lewin cita: Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las antiguas posesiones españolas de Ultramar, Madrid, 1879, t. I., p. 23.

vi íd., p. 113-115.

vii íd., p. 111-112. El historiador Lewin en nota al pie, expresó: “Sobre Hernando Alonso y los otros casos que tratamos véase el libro del autor Los judíos bajo la inquisición en Hispanoamérica, Buenos Aires, 1960, pp. 126.127.

viii íd., p. 27-29.

ix Orbea de Fontanini, Nidia A. G. Incluye comentarios sobre este tema, lo escrito con el título 19-12-1877 Colonia de inmigrantes rusos en Santa Fe, Argentina. (Portal www.sepaargentina.com.ar y CD “Decíamos ayer… / Hacíamos ayer... (2005) y Del vivir y vibrar (2006, parte de la obra édita e inédita.)

x Gianello, Leoncio. Compendio de Historia de Santa Fe. Santa Fe, Año del Libertador Gral. San Martín, Castellví S.A., 1950, p. 16-30.

xi Vega, Julio César de la. Consultor de Historia Argentina, p. 59.

xii Gianello, Leoncio. Compendio de Historia de Santa Fe, p. 38.

xiii Zapata Gollán, Agustín. Obra completa. Las puertas de la tierra, tomo 2. Santa Fe de la Vera Cruz, Centro de Publicaciones de la U.N.L. , mayo de 1989, p. 287.

xiv Gianello, Leoncio. Compendio de Historia de Santa Fe, p. 41.

xv Vega, Julio César de la. Consultor de Historia Argentina. Buenos Aires, Delma, 1993, p. 314-316.

xvi Presentación del historiador Félix G. Barreto -Miembro de la Junta de Historia y Numismática y de la Academia Americana de la Historia; Director del Archivo Histórico de Santa Fe, en La autonomía de Santa Fe, sus orígenes por Salvador Dana Montaño, Premio medalla de oro “Gobierno de la Provincia de Santa Fe, en el IV Congreso de Historia Nacional, Buenos Aires, 1933; 2º ed., Santa Fe, Fundación Banco Bica, 1987

xvii Cervera, Manuel M. Dr. Poblaciones y Curatos, Santa Fe, s.e., 1939, p. 162; 112; 166.

xviii Vega, Julio César de la. Consultor de Historia Argentina. Buenos Aires, Delma, 1993, p. 316.

xix Santa Fe. Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe, t. V. Santa Fe, Comisión Redactora de la Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe, octubre de 1973, p. 21. El autor transcribió textos del informe del Padre Lozano, en “Cartas Anuas de 1595-1596”.

xx Cervera, Manuel M. Ob. cit., p. 177; p. 203-204.

xxi Pérez Martín, José. Latitud Sur 31. Momentos Estelares de Santa Fe, p. 70. / Sea tenido en cuenta que: el primer virreinato en Hispanoamérica se creó en 1535, nombrado Virreinato de Nueva EspañaMéxico- y abarcaba América Central y las islas del Caribe, incluyendo parte del territorio poblado por los españoles en América del Norte. A partir de 1718 “con la nueva dinastía borbónica como casa reinante de España, se llevaron a la práctica una serie de reformas administrativas de carácter centralista” y hubo distintas jurisdicciones.

xxii Íd., p. 117

xxiii Cervera, Manuel M. Dr. Poblaciones y Curatos, p. 122-123.

xxiv Vega, Julio César de la. Consultor de Historia Argentina. Buenos Aires, Delma, 1993, p. 316-317.

xxv Ibídem, p. 317.

xxvi Lewin, Boleslao. La Inquisición en Hispanoamérica – Judíos – Protestantes y Patriotas. Buenos Aires, Editorial Proyección, marzo de 1962, p. 329.

xxvii Ibídem, p. 104-105. El autor citó: Juan Antonio Llorente, Historia crítica de la Inquisición de España, Madrid, 1822, t. I, p. 189.

xxviii Ídem, p. 106. El autor anotó: “Véase Los judíos en la Nueva España, Publicación del Archivo General de la Nación, México, 1932, pp. 17-82.”

xxix Íd. El autor reiteró el documento completo, con esta nota: “(Archivo Nacional de Chile. Inquisición. J. de Acuña. Concurso 1624…”

xxx Álvarez, Juan. Ensayo sobre la Historia de Santa Fe. Buenos Aires, Malena, 1910, p. 139-140. Algunos historiadores mencionan la Real Cédula del 26 de febrero de 1680 y el historiador Juan Álvarez sostiene que recién en 1726 el puerto de Santa Fe tuvo el privilegio de una “especie de monopolio interno del río”.

xxxi Zapata Gollán, Agustín Dr. Juegos y diversiones públicas. Santa Fe, Ministerio de Educación y Cultura, Departamento de Estudios Etnográficos y Coloniales, Segunda Época, Nº 8, 1972, p. 32; 35. Adhesión al 4º Centenario de la Fundación de Santa Fe 1573-1973. Ejemplar perteneciente a la biblioteca particular del Subsecretario de Cultura Dr. Jorge Alberto Guillén (fallecido en su despacho el 02 de septiembre de 1985-; donado a la Biblioteca Pedagógica “Domingo Faustino Sarmiento” de Santa Fe por sus familiares.

xxxii Lewin, Boleslao. La Inquisición en Hispanoamérica – Judíos – Protestantes y Patriotas. Buenos Aires, Editorial Proyección, marzo de 1962, p. 333-337.

xxxiii Pérez Martín, José. Latitud Sur 31. Momentos Estelares de Santa Fe, p. 91.

xxxiv Lischetti, Santiago. Historia de Villa Constitución. Santa Fe. Gobierno de la Provincia de Sana Fe, Municipalidad de Villa Constitución, 1980, p. 380.

xxxv Cervera, Manuel M. Dr. Poblaciones y Curatos p. 231 y p. 154.

xxxvi Álvarez, Juan. Ensayo sobre la Historia de Santa Fe. Buenos Aires, Malena, 1910, p. 139-140. Algunos historiadores mencionan la Real Cédula del 26 de febrero de 1680 y el historiador Juan Álvarez sostiene que recién en 1726 el puerto de Santa Fe tuvo el privilegio de una “especie de monopolio interno del río”.

xxxvii Ibídem, p. 253.

xxxviii Santa Fe. Historia de las Instituciones de la Provincia de Santa Fe, t. V, p. 364.

xxxix Roverano, Andrés Atilio. El Río Salado en la Historia. Santa Fe, Colmegna, 1956, p. 97.

xl Pérez Martín, José. Latitud Sur 31. Momentos Estelares de Santa Fe. Santa Fe, Colmegna, 1975, p. 67-71.

xli Newton, Jorge El príncipe de los gauchos. Francisco Antonio Candioti. Primer Gobernador de Santa Fe. Buenos Aires-Santa Fe, Ediciones Colmegna, 1941, p.5; 8-9.

xlii Newton, Jorge El príncipe de los gauchos. Francisco Antonio Candioti. Primer Gobernador de Santa Fe. Buenos Aires-Santa Fe, Ediciones Colmegna, 1941, p.5; 8-9; 15-16.

xliii Algunas referencias de José Rafael López Rosas señalan que Agustín Hermenegildo de Yriondo era hijo legítimo de Agustín de Yriondo y María Ana Josefa de Alberdi, nacido en Villa de Elgoibar en la provincia de Giupúzcoa -España-, el 13 de abril de 1753 y después del fallecimiento del padre se trasladó a América, vivió en Perú y con su hermano José María se dedicaron al comercio y en la Imperial Villa de Potosí firmó un testamento declarando universal heredera a su madre, el 7 de enero de 1779. Luego vivieron en La Paz, allí quedó su hermano casado con Juana Diez de Medina -pasando luego a San Salvador de Jujuy-. Agustín de Yriondo llegó a Santa Fe aproximadamente en 1785, decide contraer matrimonio por poder con María Josefa de Narbante -hija legítima de José Narbante, fallecido, natural de Villa de Zubieta, en el Reino de Navarra- y de María Clara López Carballo, descendiente de portugueses y navarros-, concretándose el 11 de abril, aunque el marido recién llegó el 30 de mayo desde “Buenos Aires para consumar el matrimonio”. Nacieron María Ana Josefa (21-11-1897, fallecida a los doce años) y en ese tiempo compró una estancia a Josefa Crespo dedicándose a la cría de ganado vacuno, lanar y mular. Nació el primer varón Agustín Gumersindo, el 13 de enero de 1797 y falleció en 1803-; celebraron el 5 de septiembre de 1798, el nacimiento de José Urbano Ramón -el destacado Urbano de Yriondo-, en 1826 casado con Petrona Antonia Candioti. El 15 de agosto de 1800 nació la última hija, María del Tránsito Agustina, casada en 1817 con Juan José Diez de Andino. Don Agustín disponía de carretas que recorrían desde Buenos Aires hacia el noroeste, llegando hasta La Paz, Chuquisaca, Cotagaita y Potosí (Alto Perú), y realizaba negocios con España y Paraguay; entre sus clientes hay registros de Martín de Álzaga, Juan Martín de Pueyrredón, Juan y Gaspar Santa Coloma, entre otros. A pesar de conocerlo el general Belgrano -a su paso por Santa Fe- y de algunas recomendaciones, la Junta Provincial Gubernativa ordenó en 1811 al teniente de gobernador don Manuel Ruiz, la “detención y confinamiento del capitán don Agustín de Yriondo, juntamente con don Agustín Rameri y don Ventura Coll. Luego padeció una apoplejía que lo obligó a delegar sus negocios en su hijo Urbano y entre sus compra-ventas registra bibliografía de carácter religioso. Hubo también tiempos de quebranto económico. Don Agustín de Yriondo falleció el 29 de abril de 1828, como comprobó su esposa, alrededor de las siete cuando se acercó para despertarlo. / En el gobierno de la provincia de Santa Fe, los liberales que luego acompañaron a don Domingo Cullen (1854-1856), en su mayoría eran sus parientes: Aldao, Iturraspe, Leiva, Oroño… opositores a los federales cuyo líder fue el Dr. Simón de Iriondo desde 1867, grupo político integrado también por familiares: Cabal, Iriondo, Zavalla…

xliv Zapata Gollán, Agustín. Obra completa. Las puertas de la tierra, t. 2, p. 70-74.

xlv Cervera, Manuel M. Dr. Poblaciones y Curatos, p. 316.

xlvi Roverano, Andrés Atilio. El Río Salado en la Historia. Santa Fe de la Vera Cruz, Editorial Colmegna, 28 de enero de 1956, p. 108-109.

xlvii Newton, Jorge El príncipe de los gauchos. Francisco Antonio Candioti, p. 21-22; 24.

xlviii Gori, Gastón. Inmigración y colonización en la Argentina. Buenos Aires, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1986, p. 79.

xlix Beck-Bernard, Lina. Cinco años en la Confederación Argentina. Santa Fe, Legislatura de Santa Fe, 1981, p. 68. Edición mediante Resolución propuesta por los diputados Juan Carlos Zabalza, Alejandro Tizón y Alejandro Rébola -Unidad Socialista-; prólogo de María del Carmen Mossello de Benzo -Partido Justicialista- Intendenta Municipal de San Carlos Centro (Dto. Las Colonias). Carlos Bernard -el colonizador- y su esposa Lina Beck vivían en una amplia casona frente a la Plaza de Mayo -hacia el oeste-, en el actual emplazamiento de los Tribunales de Santa Fe; al este de la plaza estaban la lglesia de la Merced y el colegio de los Jesuitas; hacia el sur el Cabildo -con un lugar próximo para detenciones- y hacia el norte, la Catedral y sede de autoridades eclesiásticas. Anota el historiador José Luis Busaniche que “algunos años más tarde, los mercedarios, que ya tenían casa en la ciudad, obtuvieron la cesión de los edificios dejados por los jesuitas” y que en 1837 vivía en el convento el anciano Padre Camacho, “y así se extinguió la comunidad”. / “La Merced -como ya se le llamaba- y su convento, pasaron a depender de la curia, quedando a cargo de clérigos seculares hasta la llegada de los jesuitas en 1862”, inaugurándose el colegio el 9 de noviembre de 1868 y la Facultad de Jurisprudencia.

l Zapata Gollán, Agustín. Obra completa. Las puertas de la tierra, t. 2, p. 269-270; 299.

li Cervera, Manuel M. Poblaciones y Curatos, p. 317.

lii Newton, Jorge El príncipe de los gauchos. Francisco Antonio Candioti, p. 24-30.

liii En un libro hallado sin tapas y mutiladas sus hojas, se lee que “el señor José Antonio Pillado, en su interesante estudio contenido en el Censo Agropecuario de 1908, recoge las opiniones del señor B. Vicuna Mackena” que son las que se transcriben en esta historia de la Historia de los argentinos.

liv Roverano, Andrés A. El río Salado en la Historia, p. 109-110.

lv Vega, Julio César de la. Consultor de Historia Argentina, p. 313-314.

lvi Ibídem, p. 39-51.

lvii Donato, Basilio María. El Fuerte de los Sunchales. Santa Fe, Castellví, 1974, p. 18-32

lviii Pérez Martín, José. Latitud Sur 31. Momentos Estelares de Santa Fe. Santa Fe, Colmegna, 1975, p.67-69.

lix Cervera, Manuel M. Poblaciones y Curatos, p. 316-317; p. 250.

lx Pérez Martín, José. Latitud Sur 31, p. 96.

lxi Newton, Jorge El príncipe de los gauchos. Francisco Antonio Candioti, p. 53-57.

lxii Sáenz Quesada. Mujeres de Rosas. Buenos Aires, Planeta, 1991, p. 14-16; 22-23.

lxiii Bucich Escobar, Ismael. Tragedias de nuestra Historia. 1ª Serie. Buenos Aires, Americana, 1936, p.14-16.

lxiv Lewin en la p. 118, cita: “Juan de Solórzano Pereira, Libro primero de la Recopilación, Buenos Aires, 1945, t. II, p. 262.”

lxv Íd., p. 285-286. “(A.G.N. Div. Colonia Sec. Gob. Tribunales, Ley 104, Exp. 36.)”

lxvi íd., p. 117. El autor cita: “Armando de Souza Argüello, Colegio Real de San Carlos”, Buenos Aires, 1918, p. 68.

lxvii íd., p. 227-228.

lxviiiíd., p. 279-280. En el apéndice del citado libro, Boleslao Lewin incluyó copia de ese documento perteneciente al Archivo General de la Nación. “División Nacional – Sec. Gob. 5-1-1-1 – Doc. Orig.”…

lxix Vega, Julio César de la. Consultor de Historia Argentina. Buenos Aires, Delma, 1993, p. 320.

lxx Dana Montaño, Salvador. La autonomía de Santa Fe. Sus orígenes. Santa Fe, Fundación Banco Bica, 1987, p. 25 El autor cita obras de los historiadores David Peña y a Manuel M. Cervera.

lxxi Bucich Escobar, Ismael. Tragedias de nuestra Historia. 1ª Serie. Buenos Aires, Americana, 1936, p. 24-54.

lxxii Abad de Santillán, Diego. Gran Enciclopedia t. I. José de Amenábar nació en Santa Fe el 19 de marzo de 1784 y murió el 8 de mayo de 1863. Doctor en derecho civil y eclesiástico egresado de la Real Universidad de San Felipe de Santiago de Chile, participó en la gesta de mayo de 1810; en la asamblea de 1813; en el Congreso Constituyente de 1824 y se opuso a la Constitución unitaria sancionada en 1826. Asesoró al gobernador santafesino Brig. Gral. Estanislao López y en varias oportunidades fue gobernador delegado; colaborando también con destacados políticos, entre ellos los gobernadores Pascual Echagüe, Domingo Crespo y Rosendo Fraga.

lxxiii Ibídem, p. 420.

lxxiv Newton, Jorge El príncipe de los gauchos. Francisco Antonio Candioti, p. 67-70.

lxxv Citado por Jorge Newton: Robertson, Juan P. La Argentina en los primeros años de la revolución. Traducción de don Carlos A. Aldao.

lxxvi Diego Abad de Santillán. Historia Argentina Tomo I, ob. cit. p. 420.

lxxvii Documento inserto por Salvador Dana Montaño en el libro citado, página 77.

lxxviii Dorfman, Adolfo. Historia de la industria argentina. Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p. 232.

lxxix Lischetti, Santiago. Historia de Villa Constitución, p. 453-455. En el libro séptimo de Bautismos de la Parroquia “San Pablo” de Villa Constitución, donde fue bautizado el 15 de agosto de 1889 Guillermo Juan Furlong Cardiff, nacido el 26 de junio de 1889, sobre el margen consta: “Hizo sus votos solemnes como religioso de la Orden de los Padres Jesuitas el 15 de agosto de 1948, según comunicación del Rdo. P. Rector del Colegio del Salvador, Castillejo, de fecha 17 de agosto de 1948. Doy fe. R. Benito E. Rodríguez, Párroco”.

lxxx Iriondo, Urbano de. Apuntes para la historia de Santa Fe. Santa Fe, Junta Provincial de Estudios Históricos, febrero de 1968, p. 31.

lxxxi Gianello, Leoncio. Compendio de Historia de Santa Fe, p. 91.

lxxxii El Cnel. Beruti se desempeñó como Teniente Gobernador en Tucumán -dependiente de Salta- desde junio de 1813 a marzo de 1814; fue ministro de Guerra y el Gral. San Martín lo integró en el Ejército de los Andes como Segundo Jefe del Estado Mayor. Aunque estaba retirado, siguió asesorando al ejército nacional en distintas oportunidades. Murió el 3 de octubre de 1841.

lxxxiii Zapatero, Juan M. San Martín en Orán. Buenos Aires, Edición del Círculo Militar, Vol. 705, 1980, p. 27; 201.

lxxxiv Dorfman, Adolfo. Historia de la industria argentina. Buenos Aires, Hyspamérica, 1986, p.228-229.

lxxxv Vilà i Galí, Agustí Mª. Navegants i mercaders. Una Nissaga marinera de Lloret. Gerona, Lloret de Mar, publicació Nº 4 Club Marina “Casinet”, 1989, p. 129-130; 150. . Ejemplar dedicado por el autor a quien escribe estas líneas, “compañera de inquietudes del espíritu e investigadora de nuestra Cataluña y de su Argentina. Bien cordialmente, Lloret de Mar, 2 enero 1990.” La traducción ha sido posible con el auxilio del “Diccionari Català – Castellà, 3ª ed. de Biblograf S.A., Barcelona (España).

lxxxvi Dorfman, Adolfo. Historia de la industria argentina. Ob. cit., p. 230. Transcribe texto de R. M. Ortiz, El pensamiento económico de Echeverría, Buenos Aires, Raigal, 1953, p. 19.

lxxxvii Lewin, Boleslao. La Inquisición en Hispanoamérica. Ob. cit., Apéndice, p. 280.

lxxxviii Ibídem, p. 281. “(A.G.N. – As. Gen. Const. 2 de julio de 1813 a Mayo de 1815. Doc. 125. Original…”